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El frio del norte fue algo que le advirtieron no tomar a la ligera cuando emprendió su viaje, desearía que le hubieran dicho lo mismo sobre sus hombres.
Supo lo que sintió en el momento en que lo vio, no tuvo duda alguna en que Cregan Stark encendió algo dentro suyo cuando su figura alta y corpulenta se acercó. El colmo fue verle arrodillarse, además de la forma en que sus ojos grises lo observaban sobre esos mechones oscuros.
Estaba jodido, lo suficiente como para haber aceptado la invitación a su habitación después de la hora del búho.
«‒Le he ofrecido un matrimonio, bajos impuestos, transporte de alimentos y un tratado de comercio para cada invierno, pero continua rehusándose a luchar por la causa de mi madre.»
La puerta de los aposentos del Guardián del norte se veía pesada, Jacaerys tenía la sensación de que, si la tocaba, produciría un eco tan estruendoso que toda Invernalia sabría lo que estaba a punto de hacer. El problema fue que la idea no le desagradó, más bien pareció avivar el fuego en sus entrañas.
Alzó la mano y cayó en la cuenta de que estaba temblando, pero no sentía frio. Estaba emocionado, enfermo de ansias por descubrir lo que le aguardaba detrás de esa puerta. Ansioso por conocer las maravillas que el viejo lobo prometió le haría sentir, si tan solo le daba lo que quería.
«‒Lo que quiero, mi príncipe, no puede dármelo.»
«‒Puedo intentar, si mi Señor realmente necesita algo de mí, con gusto haré el esfuerzo por satisfacerlo.»
Cuando la puerta se abrió, el mismo rostro varonil que llevaba persiguiéndolo en sueños apareció frente a él, pero en definitiva tenía algo diferente. Se notaba más relajado, ese ceño fruncido ahora estaba liso, recordándole cuan joven era realmente y sin su capa y tantos pliegues de ropa encima, era mucho más fácil apreciar la forma y tamaño de su cuerpo.
No dijo nada, ninguno de los dos pudo. Cregan se hizo a un lado y Jacaerys se abrió paso en la habitación, tratando de ignorar ver directamente a la cama.
Se colocó en el medio del lugar, sobre la alfombra, de espaldas a la chimenea. El corazón le repiqueteaba en el pecho con violencia, retumbando en sus oídos y silenciando sus pensamientos. Ahora estaba sudando y no podía dejar de pensar en sí eso le disgustaría a Cregan.
‒Dioses, te ves hermoso—sonó más a una maldición que un cumplido, casi un gruñido bajo desde el fondo de su garganta—Mi príncipe, ¿acaso sabes lo que le haces a mi cordura viéndote así?
Luchó contra el impulso de acomodar uno de sus mechones detrás de su oreja, porque él no era una condenada doncella, era un hombre. Un hombre que pasó horas frente al espejo, pensando cuál de todas sus prendas se le verían mejor y ayudarían a despertar el apetito del lobo, un hombre que peinó sus rizos con dedicación y se perfumó específicamente con la esencia de jazmín que Cregan dijo le encantaba.
Porque lo dijo con esas palabras y Jacaerys nunca lo olvidaría.
«‒Si te soy honesto, me cortarás la lengua.»
«‒No podría, dice cosas amables con ella. Me gusta donde está.»
Los anillos en sus dedos eran pesados y la falta de ropa interior bajo su jubón le hacía cosquillas en la piel sensible por los nervios.
Cregan dio un primer paso hasta él y era vergonzosa la forma en que Jacaerys quería que diera el siguiente y el siguiente, hasta que lo sostuviera entre sus fuertes brazos y dejara de torturarlo con tanta prudencia.
Se suponía que los norteños eran bruscos y salvajes, entonces, ¿por qué lo miraba con tanta adoración al mismo tiempo que parecía iba a devorarlo? Comenzaba a dolerle el pecho de lo rápido que latía su corazón.
Para cuando el Stark llegó hasta él, Jacaerys ya había perdido la fuerza de voluntad para mirarlo a los ojos.
‒ ¿Me tiene miedo, alteza? –preguntó casi como si jugara con él, alzándole el mentón con solo la punta de sus dedos—Puede cambiar de decisión, puede irse si lo desea. Aún es la realeza, aún es mi príncipe y yo su súbdito.
Pero no lo era. Un príncipe no se hubiera casi arrastrado con ansias hasta la habitación de otro hombre con el deseo ferviente de que se lo cogieran; un príncipe no estaría ahí, rezando porque se le cumpliera un simple deseo, tan sencillo y mundano como si no fuera un príncipe dragón que ya podía tenerlo todo con solo pedirlo.
‒Sí me voy, tus dos mil barbas blancas se quedaran aquí y mi madre no tendrá norteños fuertes que peleen por ella.
Ese era el trato, Jacaerys se metía en su cama y Cregan enviaba hombres a pelear para la causa de su madre. Sencillo, simple, demasiado fácil para ser verdad.
‒Me has demostrado la determinación de tu casa y el compromiso con tu causa—lo elogió Cregan, con una sonrisa venenosa que le provocó morderse el labio del antojo—Respeto eso, pero la decisión es tuya, mi príncipe.
Los dedos de Cregan continuaban sosteniendo su mentón, obligándolo a verlo a los ojos, quizás para que no dudara de sus palabras, pero a Jacaerys no podía importarle menos su honor que en esos momentos. Sí, le importaba la causa de su madre, sí, quería ganar y pelear por su derecho y el de su familia; pero también quería lo que Cregan le ofrecía, más que cualquier otra cosa en el mundo.
«‒Te deseo a ti, mi príncipe. Deseo poseerte y reclamar cada parte de ti, hasta que no exista un rincón de tu piel que no lleve mi nombre.»
Empujó su rostro al frente, deslizando su mejilla sobre la palma abierta de Cregan, restregándose en la piel cálida, sin dejar de verlo, para que él también entendiera que iba en serio, que su palabra no era voluble.
‒No quiero ser un príncipe ahora—confiesa, dejando suaves besos en la mano de su señor, bateando sus pestañas con suavidad y fingida inocencia—Dijiste que me librarías de mi carga, aunque fuera por un momento. Hazlo, mi Señor, libérame, por favor.
La caricia siguió hasta que Cregan pudo enroscar sus dedos entre los rizos de su nuca, tirando de estos hasta que le empujó la cabeza hacia atrás, con la boca ligeramente abierta y la garganta expuesta.
‒ ¿Así que eso es lo que se necesita? –preguntó emocionado el lobo—Dos mil hombres y te abres como prostituta en taberna. Me pregunto qué harías si te diera a los más de veinte mil hombres que tiene el Norte.
Lo que sea que se hubiera imaginado el hombre, los hizo sonreír a ambos, pero Jacaerys estaba ruborizado ante el descaro, la insolencia despertando su propio pene. Se le escapó un gemido cuando Cregan le dio otro tirón a su cabello.
‒ ¿Así es como conseguiste a Vale? ¿Las Tres Hermanas?
‒No—dice demasiado rápido, demasiado desesperado en probarle que esto solo era por él, olvidando por completo que no le debía explicación alguna—Tu eres el único, mi señor.
Decirlo en voz alta se sintió demasiado bien, como si fuera un secreto que llevara escondido en su pecho por años. Se aventuró a poner las manos sobre el otro, tratando de acercarse, tratando de recibir más de ese cariño que dolía tan bien.
‒Cregan—saboreó su nombre, lamiéndose los labios después de pronunciarlo—Dijiste que me querías a mí, ¿crees que estaría aquí si no lo quisiera también?
El placer no era extraño para Cregan. Había conocido infinidad de hombres y mujeres que le despertaban el apetito, pero nada como lo que sea que fuera aquello que le provocaba Jacaerys.
Había algo en su forma tierna de mirar, de moverse con gracia y modales tan exquisitos que le provocaba querer romperlo. En cuanto lo vio, no dudó en ponerse de rodillas, porque así es como se debía de tratar a un príncipe como él, pero al hombre que tenía delante, ansiaba tragárselo vivo.
Y ahora, que escuchaba que era deseado en igual medida, ¿quién era él para negarse? La verdad era, que los dos estaban más que dispuestos a hacer lo que fuera necesario por complacer al otro; Cregan iría a la guerra por él y Jacaerys firmaría tantos acuerdos y tratados como el otro quisiera; el sexo era para ellos, un regalo mutuo y al mismo tiempo egoísta para no tener que pasar el resto de sus vidas viviendo sin haberse probado el uno al otro.
‒ ¿Harás lo que yo te diga? –preguntó Cregan, acercando ese bonito rostro al suyo, sus narices jugueteando la una con la otra.
‒Si—respondió desesperado, casi sin aliento, buscando la boca de Cregan con ansias—Sí, lo que mi Señor quiera.
‒ ¿Y si quieres parar? ¿Sí cambias de opinión?
‒No lo haré—lloriqueó, aferrado a su ropa con tal de tenerlo cerca—Lo juro. No pares aun si te lo pido. Por favor.
Sabía cuánto le gustaba a Cregan que suplicara, por eso no aceptó ninguno de sus tratos en las negociaciones, por eso tuvo que orillarlo a ofrecerse a sí mismo como moneda de cambio. Y aun no era suficiente, ahora tenía que hacerlo suplicar por más, y lo peor de todo, es que a Jace le encantaba cuando lo recompensaba.
Le concedió un beso que lo hizo gemir de nuevo, el choque fue satisfactorio y el príncipe se deshizo en el gesto con facilidad. Cregan seguía tomándolo por el cabello, pero la mano libre lo sujetaba de la cintura, jalándolo hacía él en un apretujón que le provocaba enroscarse como una serpiente.
Jacaerys no mentía sobre su inexperiencia. Cregan lo supo en el beso, pero hubo algo en el detalle que lo enloqueció. Le mordió los labios, usó su lengua para saborearlo y se deleitó con cada ruido que escapaba de la boca de Jace.
Al separarse, el pequeño príncipe se quejó, avaricioso como siempre.
‒De rodillas—le dijo provocativo y la forma tan fácil en que las piernas de Jacaerys se doblaron le hizo palpitar de excitación. – ¿Lo has hecho antes?
Conocía la respuesta, solo quería volver a escucharlo. Quería ver salir de esos preciosos labios las palabras, una y otra vez, hasta que no existiera otra verdad, hasta que, sí le estaba mintiendo, le hiciera creer que no hubo ni habría nadie más.
‒No—respondió con vergüenza— ¿Podrías guiarme? Quiero hacerlo bien, quiero hacerte sentir bien.
‒Sigue hablando así, y te daré otros mil hombres.
Jacaerys espero pacientemente a que Cregan se deshiciera de sus pantalones. Lo observó entusiasmado, con esos preciosos ojos de cervatillo, chispeantes con el reflejo del fuego.
El asombro en su rostro no fue fácil de ocultar cuando el enorme miembro de Cregan se liberó a escasos centímetros de su cara e instintivamente comenzó a salivar.
Extendió una mano temblorosa, Cregan reaccionó al tacto, sensible y emocionado por la imagen debajo de él, lo que ayudó al nerviosismo de Jace, como si no hubiera caído en cuenta de que sí el hombre se encontraba así, era por él.
Abrió la boca, por puro razonamiento, y sacó la lengua todo lo que pudo, acercándose lentamente a su objetivo. Le dio un lengüetazo a la punta, haciendo jadear a Cregan. Continuó lamiendo alrededor, hasta asegurarse de que todo el pene estuviera reluciente de su saliva, es entonces que Cregan lo vuelve a tomar de la cabeza, manteniéndolo quieto y empujando lentamente el falo dentro de su boca.
‒Así, eso es—lo envalentonó con una sonrisa lobuna—Mn, Jacaerys…
Era la primera vez que lo llamaba por su nombre y nada nunca se sintió tan bien en su vida. Como si por fin tuviera un propósito, como si el único motivo que tenía para llamarse así, era para que Cregan lo dijera con ese tono y él de rodillas.
No pudo engullirlo todo, no parecía posible para una primera vez, pero lo mantuvo ahí lo más que pudo, respirando por la nariz, moviendo la lengua para continuar arrancándole esos bonitos suspiros que hacían a su propio pene alzarse dolorosamente dentro de sus pantalones.
Cregan echó la cabeza hacia atrás cuando Jacaerys comenzó a moverse y aunque lo sostenía por el cabello, le dejó ir a su ritmo, encontrando otras formas de tenerlo controlado.
Jacaerys tuvo que sostenerse de sus piernas usando las dos manos, por lo que fue fácil para Cregan sentir la ausencia de una de estas cuando Jace quiso complacerse mientras continuaba la felación. Acto arruinado por el pie de Cregan, que se interpuso en su camino y presionó contra su erección.
Jacaerys jadeó aun con el pene en la boca y se le comenzaron a llenar los ojos de lágrimas.
‒ ¿Quién te dio permiso de tocarte? –le dijo empujando las caderas un poco—Te correrás cuando yo lo diga, ¿entendido?
Jacaerys intentó responder, pero Cregan mantuvo su cabeza donde estaba y volvió a empujarse más adentro, haciendo escurrir la saliva por los bordes hasta la bardilla de Jace. El jovencito entendió el mensaje, tampoco le habían dado permiso de sacarse el pene de la boca.
Asintió al tiempo que succionaba, nuevamente con esos ojos llorosos e inocentes, supuestamente tristes y asustados de haberlo hecho enojar. Cregan presionó un poco su pie sobre su entrepierna, Jacaerys brincó por la nueva sensación.
Pronto, los jadeos de Cregan se combinaron con el ritmo de succión de Jacaerys, pronto no tuvo que hacer nada, ni moverse ni darle más indicaciones, pues el chico aprendía rápido y parecía disfrutar lo que estaba haciendo, gimiendo y lloriqueando por una caricia que le seguía siendo negada.
‒Ya casi, bonito, lo estás haciendo muy bien—dijo entrecortadamente, como si luchara por no trastabillar—Dioses, Jacaerys, harás que me corra en tu boca si sigues chupándomela así.
Jacaerys murmuró un “por favor” ininteligible mientras suprimía las lágrimas, mientras luchaba contra todo lo que estaba sintiendo, pero falló, y terminó corriéndose dentro de sus pantalones, con el pie de Cregan aun presionándolo de una manera que solo le hacía temblar.
Cregan tiró de él para retirarse, observando como el joven príncipe temblaba por las oleadas de placer que debían estarlo recorriendo en ese momento y se veía como el desastre más hermoso alguna vez creado. La saliva aun le colgaba en hilos hasta la barbilla, tenía los labios hinchados y rosas, respirando entrecortadamente con la boca abierta y los ojos rojos por el llanto que contuvo todo este tiempo.
Pero había algo más, algo que Cregan aprovecharía en él: su vergüenza. Le había fallado, le dio una orden sencilla y no pudo cumplirla; se corrió sin su permiso, tuvo el descaro de prometerle obediencia para luego desobedecerlo, siendo recompensado antes de siquiera merecerlo.
‒Mi señor—logró decir Jace, con la voz atrofiada—Lo siento, no era mi intención, lo intenté, pero…
‒Una pena—dijo, como si no estuviera más duro que hace unos segundos—Ahora tendré que castigarte.
Jacaerys creyó que lo echaría, que su trato estaba terminado, o peor, que realmente lo había hecho enojar. No se movió hasta que Cregan lo tomó del rostro y lo puso de pie, y solo sintió que respiraba cuando le acarició el rostro con la misma delicadeza de antes.
‒Quítate la ropa.
Dio un paso lejos de él para también terminar de desvestirse, sus ojos grises se mantuvieron fijos en cada uno de los movimientos del príncipe, haciéndolo sentir más grande y al mismo tiempo tan a su merced. Cuando por fin estuvieron completamente desnudos, Jacaerys regresó a su actitud cariñosa y necesitada, esperando eso aplacara la decepción en su amante.
‒ ¿Qué desea mi señor que haga?
La pregunta fue acertada, Cregan le regaló una sonrisa por la obediencia y le extendió una mano, Jacaerys sonrió y la tomó sin dudarlo, pensando que debía verse patético y desesperado, pero importándole poco, sí lo que recibiría a cambio sería el afecto de Cregan.
El lobo se colocó detrás de él, tomándolo de las caderas y guiándolo paso a paso hasta la cama, dejando que sintiera toda su virilidad en la parte baja de su espalda. Jacaerys no sabía que tan prudente era pedirle que lo pusiera dentro de él aún, pero lo consideraba seriamente con cada segundo que pasaba.
‒Inclínate. Muéstrame ese bonito culo que tienes.
El guardián del norte vio cómo el chico que estaba a punto de ultrajar se puso rojo, desde el cuello hasta las orejas y no pudo contenerse de morderlo. Jacaerys jadeó cuando los dientes de Cregan se enterraron en su piel, pero no lo detuvo, porque se sentía demasiado bien, en especial cuando comenzó a succionar y comenzó a acariciarlo.
Las manos ásperas recorrían sus piernas, haciéndolo retorcerse cuando pasaron cerca de su miembro aun sensible, hasta juguetear con su torso y atrapar sus pezones entre sus dedos.
‒Soñé con tenerte así desde la primera vez que te vi—frotó entre sus dedos el capullo, endureciéndolo—Adorarte, consentirte, hacerte sentir tan bien que nunca querrías dejarme.
‒Haré lo que sea—dijo sin pensar, ansioso por más—Solo quiero que mi señor me perdone.
La mano de Cregan cayó con fuerza sobre uno de los glúteos de Jacaerys, y este brincó por la sorpresa del impacto.
‒Muéstramelas mi amor, deja que tu Señor juegue un poco contigo y tal vez lo acepte como disculpa.
Al principio le costó seguir la indicación, no porque no haya entendido lo que se le pedía, sino porque la idea de estar completamente abierto y expuesto para él lo abrumó, como si la sola idea lo emocionara tanto que le impidiera pensar con claridad.
Le dio otra nalgada, sacándolo de su ensoñación y el castaño se agachó hasta posicionarse sobre sus rodillas en la cama. Cregan deslizó una mano por su espalda, ayudándole a adoptar una postura más cómoda, separándole las piernas y posicionándose en medio de estas.
Por un momento, Jacaerys se asustó de verdad; sí bien no tenía experiencia en el acto, sabía lo necesario para conocer la forma en que se llevaba a cabo y sabía que, sin una preparación adecuada, no sería placer lo que encontraría; el corazón le dio un vuelco cuando le elevó la cadera y le separaron los pliegues. Aun temblaba, sintiéndose inmensamente vulnerable en esa posición, encontrando un nuevo nivel de sumisión.
Otro azote le cayó, arrancándole un grito y haciendo que su pene flácido, poco a poco se tensara contra su abdomen por completo. De un momento a otro, Cregan le tomó firme su pene, cubriéndolo de algo húmedo y viscoso que Jace asumió era saliva, antes de comenzar a masturbarlo.
‒Creg… ¡Ah! Mi señor, espera…
‒ ¿Por qué? ¿No era esto lo que querías?
Volvió a golpearlo, sin reducir el ritmo del estímulo, disfrutando de como Jacaerys comenzaba a temblar y retorcerse. No volvió a pedirle que se detuviera, simplemente enterró la cara entre las almohadas para amortiguar los gritos, sacudiéndose con violencia cada vez que Cregan volvía a nalguearlo como el niño mal portado que era.
‒No te resistas—susurró contra su oído, dejando más marcas de mordidas alrededor de su cuello—Te veías muy necesitado de venirte, lo suficiente como para desobedecerme, ¿por qué te contienes ahora?
Otro azote, luego otro y otro, la mano de Cregan estaba casi tatuada en su trasero y Jacaerys deseaba con todo su corazón verla, que nunca se borrara, que el día de mañana al sentarse le doliera para nunca olvidar su desobediencia.
‒Despacio, por favor—volvió a suplicar, pues era demasiado, podía ver como su pene comenzaba a escupir pequeñas gotas de semen, pero no sabía cuánto tiempo más soportaría—Mi señor, Cregan… Duele…
‒Y te encanta, ¿no es así?
Jacaerys volvió a correrse con un estruendoso gemido que alcanzó a esconder, enterrando la cara entre las almohadas y el colchón. No le sorprendió que durara tan poco, pero Cregan no lo soltó; le dieron la vuelta y ahora el pene de Cregan se unió a la caricia, la mano del norteño era lo suficientemente grande para amortiguar ambos y su mano continuó moviéndose de arriba abajo, como si lo estuviera exprimiendo, usando su propia semilla para facilitar la masturbación.
‒ ¿Quieres que pare? –preguntó con una amabilidad perversa.
‒ ¡Sí, sí! Por favor, por favor, no puedo…
‒Pero, dijiste que no cambiarias de parecer. Jacaerys Velaryon, eres un mentiroso.
Aplicó un poco de presión cerca del glande, provocando que saliera más y más de sus fluidos sobre su abdomen. Cregan le sonreía desde arriba con una suficiencia que le encogió el pecho; no pudiendo detener el pensamiento de que así es como estaría toda la noche, a su merced, quizás en esa misma posición, con el gigantesco miembro abriéndose paso hasta sus entrañas.
‒Cregan—murmuró Jace, temblando y siendo incapaz de contener sus espasmos—Me estas lastimando, es la…
Venia otro orgasmo, lo sentía, le robaba la capacidad de hablar y de pensar con claridad, ni siquiera estaba seguro de poder ver con propiedad. Los movimientos de Cregan lo hipnotizaban, la simulación de las embestidas, viniendo de ese enorme cuerpo eran más de lo que podía soportar.
Necesitaba un momento, un descanso o al menos un estímulo diferente o se desmayaría antes de que Cregan pudiera reclamarlo como suyo y por nada del mundo deseaba posponer ese momento. Tenía que ofrecerle algo más a cambio, algo lo suficientemente bueno para que se apiadara de él.
‒Para y, lo intentaremos de nuevo—logró articular—Te daré otra noche.
‒ ¿Solo una? ¿Eso es lo que vale mi misericordia?
Aceleró el ritmo y Jacaerys se mordió la lengua para no gritar. Le ardía el vientre bajo y se le contraían los músculos al sentir tanto al mismo tiempo.
‒D-dos noches, ¡ah! –gritó cuando comenzó a masajearle las bolas—Tres, oh, por favor, ¡una por cada hombre!
Los movimientos de Cregan por fin disminuyeron, no al punto de detenerse, pero al menos eran más lentos, lo suficiente para que Jacaerys tuviera la cabeza despejada y encontrara una forma de regular su respiración.
‒Repítelo—ordenó, apretando su pene y arrancándole un gemido alto que le costó otro espasmo.
‒Cada hombre que pelee por nuestra causa, será una noche en la que puedas tenerme. De la manera que quieras, como más lo quieras, pero, por favor, piedad.
Agachó la mirada, observándolo a través de esas oscuras pestañas húmedas. Aún lo estimulaban, erizándole la piel al concentrarse en la sensación de las manos ásperas de Cregan, conteniendo la respiración. Cregan no pudo evitar inclinarse hasta él y besarlo, cuidando de no dejar caer todo su peso sobre él, concediéndole un poco de esa misericordia que tanto clamaba de él. Jacaerys se tragó el llanto cuando se liberó del agarre de Cregan, pero no supo si se debía al alivio o el sentimiento repentino de soledad.
‒El príncipe sabe negociar—le concedió con una sonrisa que le regresó el alma al cuerpo—Entonces, ¿tres mil noches?
Los ojos de Jace se abrieron con sorpresa, y aunque quería hablar, decir algo, preguntar al menos el por qué, Cregan no le dio tiempo a discutir. Se puso de pie y rodeó la cama con calma, para recoger de uno de los cajones un pequeño frasco de aceite. Volvió a posicionarse en medio de sus piernas, pasándole una mano por el pecho para hacer que se recostara por completo, pidiéndole que se relajara con caricias y una mirada fría que le recordó debía de respirar.
‒ ¿Prometes ser un buen chico? –le preguntó mientras quitaba la tapa del frasco y sambutía varios dedos en este—Ahora más que nunca debes demostrarme lo bueno que quieres ser para mí, Jace.
Asintió sin perder de vista sus manos, ido en la emoción de ser profanado, abriendo más las piernas, ganándose una radiante sonrisa que lo sonrojó hasta las orejas.
Cregan acercó un dedo a la parte más íntima de su cuerpo, provocándole un saltito de emoción. Lo palpó con atención, dejando que el aceite se extendiera por todos lados, desde su ano hasta los testículos, jugando a los alrededores de su pene hipersensible, dejándolo todo pegajoso y resbaladizo.
‒ ¿Habías hecho esto antes? –le preguntó con genuina curiosidad, aun sí ambos conocían la respuesta.
‒No, mi señor sigue siendo el primero.
No sabía describir lo que le provocaba que Cregan fuera tan feliz con tan poco, era una especie de calor por el grato reconocimiento y aprobación para con el hombre. El saber que una acción tan simple como la de mantenerse casto lo llenara de satisfacción y le hiciera desearlo más, era único, lo volvía especial.
‒ ¿Ni siquiera los tuyos?
El primer dedo entró, despacio, cortándole la respiración un momento y estropeando lo que sea que fuera a responderle.
‒Dime, bonito, ¿te has tocado a ti mismo así? –el dedo entraba y salía con facilidad, mientras la sombra de Cregan lo cubría como un manto de deseo y afrodisiacos—Cuéntame las cosas que te has hecho, ¿cómo te hacías feliz antes de mí?
El segundo dedo entró, forzándolo a estirarse más de lo que apenas se estaba acostumbrando, pero a pesar de que el cuerpo de Jace se contraía, el aceite los volvía lo suficientemente escurridizos para que nada fuera un impedimento.
‒Nada—logró decir, mientras los dígitos se movían dentro de él, estirándolo, preparándolo para recibir ese enorme pene que continuaba erecto por él—So-solía, aah, mis pezones, pero…
Cregan se inclinó hasta atrapar uno de sus botones entre su boca, les pasó la lengua como si degustara la cubierta de un postre y después lo metió de lleno en su boca, succionando y chupando mientras curvaba los dedos dentro de Jacaerys, haciéndolo gemir cuando al empujar más adentro, encontró su punto débil.
‒ ¿Así? –preguntó juguetonamente Cregan, presionando suavemente el pezón entre sus dientes.
‒Despacio—pidió en un sonido entrecortado—Sigo sensible.
Y de nuevo, no lo escuchó. Siguió presionando dentro de él y chupando sus pezones marrones hasta que ambos estuvieron duros y brillantes de su saliva, hasta que bastó un simple roce con la punta de sus dedos para que Jacaerys intentara huir de la caricia.
Agregó un tercer dedo que por fin lo puso a gritar. El estiramiento era incomodo y extraño, pero combinado con la presión en ese punto de placer en su interior, era más de lo que esperó obtener.
‒ ¿Debería dejar que te corras otra vez? –preguntó amable, pero con un dejo de burla que lo avergonzó— ¿Ya has aprendido la lección?
‒Mi señor, d-deja que lo haga contigo—se estiró para intentar tocarlo, alcanzar lo que fuera de él, pero lo detuvo y Cregan se impulsó hasta que la mano quedó sobre su cabeza y sus dedos fueron más adentro—Dije que quería hacerte sentir bien y no has…
Cregan abrió un poco los dedos para continuar estirando, sonriendo malicioso al ver como Jacaerys luchaba por encontrar las palabras para decir, o más bien, la claridad suficiente para articular dichas palabras.
‒Has fallado en tu tarea—le reconoció, pero no se sentía como una queja en absoluto—Pero me lo compensaras mañana y el día siguiente y el que sigue después de ese, porque eres mío ahora, Jacaerys. Vas a compensar todo lo que te hecho, ¿verdad?
Asintió con violencia, bajando la mirada a como los dedos de Cregan ya no tenían dificultad para entrar y salir de él, a la forma en que era más fácil para él golpear ese mismo punto una y otra vez.
‒Haré lo que me pidas—dijo con un hilo de voz—Te la chuparé cuando quieras, me colaré en la sala del consejo, debajo de la mesa. Te esperaré en los establos para montarte, te llevaré conmigo al Sur, para que…
Se estaba conteniendo, justo como le había enseñado. Su pene no se había vuelto a levantar, pero Cregan veía los signos de otro orgasmo recorriéndolo, tratando de arrastrarlo con él, pero había aprendido la lección y no se arriesgaría a otro castigo.
‒Eso es, buen chico—curvó los dedos de nuevo, Jacaerys echó la cabeza hacia atrás—Aguanta, un poco más y te daré lo que quieres; dime de nuevo lo que quieres.
Dos golpes certeros y Jacaerys ya se sentía desfallecer, con la cabeza en las nubes, pero Cregan lo tomó del rostro, lo obligó a mirarlo y supo que no había nada que no soportaría por esos ojos, por ser mirado así.
‒Te quiero a ti, Cregan, mi señor—a este punto, las lágrimas eran incontenibles, el dolor de retener el orgasmo lo mataría—Quiero que me cojas, quiero que me llenes con tu semilla tanto como desees; no quiero ser tu príncipe, sino tu puta.
‒ ¿Por qué?
‒ ¡Por favor! Cregan, te lo suplico, ¡por favor, por favor! Follame, por favor…
Cuando lo vio asentir con la cabeza, fue como respirar por primera vez. Todas las sensaciones a su alrededor se intensificaron y la próxima vez que golpeó su próstata, el orgasmo en seco que lo arrasó lo hizo maldecir tan alto que por poco y no escucha la risa perversa de Cregan.
Lo tomó de las piernas, lo jaló hasta él y puso un cojín debajo suyo, maleándolo como un muñeco sin voluntad. Estaba exhausto, sin fuerzas para nada, de pronto viendo estrellas y solo guiándose por el sonido de su propio corazón tamborileando en sus oídos.
Hasta que una presión inhumana lo trajo de vuelta a la realidad.
A como pudo, miró hacia abajo, a donde Cregan intentaba penetrarlo y el alma le volvió al cuerpo. El miembro de Cregan estaba reluciente de lubricante, envuelto entre una de las manos de Cregan, firme y tosco como el tronco de un árbol, con sus bordes venosos e irregulares. Jacaerys nunca había deseado tanto algo como eso, se vio a si mismo tomándolo de todas las formas humanas posibles y no teniendo suficiente
Cregan se apoyó con una mano en el hueso de su cadera y con otra lo sostuvo del cuello, para quitarle cualquier oportunidad de girarse a otro lado. Se abrió paso de un solo movimiento. Lo suficientemente lento para sentirlo en todos sus adentros, pero también a una velocidad que lo volvió primitivo. Gritó y arqueó la espalda al sentirlo hasta el fondo, sus paredes palpitaron sensibles alrededor de la carne caliente que parecía partirlo en dos.
‒Oh, mi príncipe, tu agujero es mucho mejor que cualquier coño—salió y empujó de nuevo, hasta el fondo, hasta que la piel parecía una sola—Aprietas más rico que cualquier doncella—aplicó presión a los lados de su cuello y volvió a arremeter—Estas hecho para engullirme, tesoro.
Dolía, demasiado, más de lo que imaginó, pero Jacaerys sabía que las lágrimas no tenían nada que ver con eso, sino con el hecho de que se había corrido otra vez apenas Cregan lo penetró. Estaba de nuevo, golpeando con una precisión que no debería de ser posible, que era injusta.
‒Más, por favor—suplicó a través de la deliciosa presión en su cuello—Así, se siente tan bien… Oh, Dioses, que rico.
La risa de Cregan brotó de su pecho como un tambor, animándolo a ir más rápido, más fuerte, pareciendo que se convierte en una bestia y el hombre finalmente se pierde. Jacaerys se aferra a su brazo, amando la forma en que el aire vuelve a sus pulmones cuando Cregan sabe que lo necesita, al tiempo que le dice obscenidades que lo llevan al límite y halagos que lo sonrojan.
‒Sí fueras una dama—jadea como un toro, no, como un lobo en plena carrera, enseñándole los dientes y relamiéndose ante la idea de su sabor—Te preñaría para que nadie pudiera apartarte de mi lado.
‒ ¡Sí, hazlo! Préñame, róbame, haz que me quede aquí… Cregan, mi señor, duele, me duele mucho, tu enorme verga me hace daño.
Le subió una pierna temblorosa al hombro y se inclinó sobre él, aumentando la profundidad del alcance de sus embestidas, pero no perdiendo en ningún momento su puntería. Se besaron, ahogando los gemidos del otro, bebiendo las lágrimas de Jacaerys. Cregan podía sentir su espalda ardiendo por los arañazos, y no había una sola parte del cuerpo de Jace que no doliera de solo pensar en ella, pero estaba bien, todo estaba perfecto, porque era exacto lo que buscaban.
Jacaerys ya no era un príncipe perfecto, era un agujero lleno y usado para amortiguar el placer, para desahogarse y guardar la polla del hombre que anhelaba, nada más y nada menos que un objeto de placer por el que se pelearían guerras; y Cregan ya no era un protector, era el animal que tanto lucha por mantener en control, la bestia que ansiaba morder y despedazar, hacer daño y que se le dé un premio por ello.
Dolor y placer, ambas partes en dos personas que ahora se conocían y podían complementarse hasta el ultimo de sus días.
‒Cuatro mil hombres—susurró Cregan, sus bolas estrellándose contra el trasero de Jace, su pene palpitando en su agujero—Cinco… ¡Oh, mierda! El norte, te daré el norte.
Ahora fue el turno de Jace por reír. Volvió a buscar su boca y después le entregó el cuello como buena presa que era y dejó que el lobo lo marcara, que le enterrara los dientes hasta que sangrara. Jacaerys gimió su nombre, hasta que parecía que era la única palabra que conocía.
En una última estocada, tan profunda y estruendosa, Cregan alcanzó el clímax y Jacaerys tembló cuando el calor de su semilla se derramó, calentándole el vientre, casi desmayándolo cuando se movió varias veces más en su interior, creando sonidos obscenos de chapoteo al escurrir su semen de su agujero.
Se hicieron juramentos, hubo besos suaves, Cregan seguía duro cuando por fin perdió el conocimiento, pero no le sorprendió despertar con él dentro suyo de nuevo, ni que se hubiera vuelto a correr en sueños.
Se aferraron el uno al otro por tanto tiempo, que la historia no puede recordar un solo momento en que el dragón no hubiera estado acompañado del lobo y ese calor y ese fuego que pareció en algún momento los consumiría, no hizo más que traerlos a la vida una y otra vez. Tanto en las peleas que libraron, como en la privacidad de su habitación.
