Actions

Work Header

I'd Rather Pretend

Summary:

Le enseñaron a odiarla.

Pero su cuerpo la buscaba como si fuera su única salvación.

Llevaba su nombre entre los dientes,
y su perfume tatuado en la piel.

Cada vez que la tenía, se perdía.
Y cada vez que la perdía, se destruía.

Porque en el fondo, sabía que ella era su única forma de redención.

Y él… no sabía redimirse.

Work Text:

Sus pasos sonaban con un eco vacío por los pasillos. debía darse prisa, pensó mientras tropezaba en el último escalón antes de que las escaleras cambiaran de lugar, su mal humor no hacía más que aumentar. Con una mano se aflojó la corbata y con la otra se rasco la cabeza exasperado. Iba tarde .

Dobló por una esquina casi ignorando el peligro de que si algún profesor lo atrapaba a esa hora tendría grandes problemas. Pero su cuerpo no respondía a las razones que demandaban su cerebro, lo único que le importaba era llegar.

Chasqueando la lengua tomó el pomo de la puerta y subió las escaleras de piedra en forma de caracol. Saltaba de dos en dos. Su respiración agitada competía con el latido acelerado de su corazón.

¿Y si se fue? le grito angustiado su cerebro. Lo silencio moviendo la cabeza. No, ella debía seguir allí, no se atrevería. No podía irse . Un vacío se instaló en la boca de su estómago y sus manos temblaron levemente.

Llegó al último tramo y apretando los puños paró en seco. Debía relajarse, dejó escapar todo el aire de sus pulmones, arregló su camisa y acomodo el pelo que había desordenado minutos antes. Se levantó por sobre toda su altura, inhalo profundo y adoptando un semblante aburrido abrió la puerta que daba a la torre de astronomía.

Sus ojos la encontraron antes de siquiera buscarla. Siempre era lo mismo, si ella entraba en la misma habitación que él automáticamente la miraba. No importa donde fuera, biblioteca, gran comedor, hasta en el campo de quidditch.

estaba de espaldas, agarrada del barandal mirando el cielo. La luz de la luna la iluminaba de una manera que la hacía ver mágica. Hermosa .

Dio un paso adentro y cerró la puerta a sus espaldas intentando no hacer ruido, aprovechando que no lo veía para poder empaparse de ella con libertad. Eso de disimular ya lo tenía agotado mental y físicamente.

Recorrió su cabello, siempre pensó que era tan rebelde como ella. Le encantaba enredar sus dedos entre sus rizos, que a pesar de su desastrosa imagen era suave al tacto y olía a lavanda. Él amaba la lavanda. 

Bajó la mirada a sus ojos. Merlín, esos ojos. Eran como dos faros que, en lugar de guiarlo, lo desorientaban. Lo perdían, lo hipnotizaban hasta el punto de querer pasar horas observándolos, explorando su adictivo color café. Y, por supuesto, él amaba el café.

Su nariz estaba rosada por el frío de la noche. Las pecas en sus mejillas brillaban bajo la luz de la luna. No se lo diría, pero él tenía una favorita. se encontraba en su mejilla izquierda, la que subía de lugar cuando reía, destacando entre todas las demás. Como una estrella en su constelación de piel. Y, por supuesto, él amaba la astronomía

Llegó a su boca. Qué perfección. labios rosados, suaves, irresistibles. Besarla era como probar la fruta más dulce o el postre más exquisito, su sabor lo atrapaba, envolviéndolo por completo. La suavidad de su lengua contra la suya era una trampa irresistible, una de esas de las que sabes que no puedes escapar. Lo atraía como un animal al peligro, a lo prohibido y él caía. Porque, al final, él amaba lo dulce.

—Llegas tarde —dijo ella, sacándolo de su ensoñación. Le lanzaba una mirada de fastidio, con los labios fruncidos y las manos en las caderas. Adorable .

Draco respiró hondo, preparándose. Adoptó la expresión más aburrida que pudo, caminando hacia ella con una actitud que dejaba claro que estar ahí era lo último que quería.

—Agradece que vine, Granger —escupió mordaz, y tuvo que morderse el interior de sus mejillas y apretar los puños dentro de los bolsillos cuando vio el destello de tristeza que inundó sus ojos. Solo duró un segundo, pero para él fue eterno.

Se apresuró a abrazarla. No como le hubiera gustado: fue brusco, posesivo, lo que provocó que ella lo empujara y se alejara, con el ceño fruncido.

Chasqueó la lengua. Sentía cómo el vacío en su pecho se agrandaba al verla retroceder. La angustia inundó su rostro, y el pánico comenzó a apoderarse de él. Pero no dejó que ella lo notara; rápidamente recuperó su pose de indiferencia.

—Bueno, si quieres que me vaya, lo haré —dijo exasperado—. Tengo mejores cosas que hacer.

Retrocedió lentamente, cada paso más pesado que el anterior. Su corazón latía con tanta fuerza que apenas podía respirar. Cerró los ojos con fuerza, reuniendo el valor necesario. Tenía que funcionar, siempre funcionaba .

Cuando estaba a centímetros de tocar la puerta, sintió el alivio inmediato al notar las pequeñas manos de Hermione aferrándose a su antebrazo. Se dio la vuelta y la encontró mirándolo con tristeza, suplicándole en silencio que no se fuera.

Un tic sacudió su ojo. Algo se rompió en su cabeza, estaba seguro. Porque, si no, su fuerza de voluntad debía ser extraordinaria, ya que cada célula de su cuerpo le exigía arrodillarse a sus pies, suplicando perdón, pero al contrario lo único que hizo fue sonreír con diversión. Si pudiera, se golpearía hasta quedar inconsciente. Era un maldito imbécil .

Se dejó arrastrar hasta la baranda, justo donde lo había estado esperando. ¿Acaso sabía que, si le pedía saltar, él lo haría sin dudar?

Ella buscó sus ojos una última vez y, con una suave sonrisa, se dejó caer en su pecho. se permitió disfrutar de la sensación cálida de tenerla cerca.

Aunque la había visto hace unas horas, durante el almuerzo, la había extrañado. Mierda .

Enredó un dedo en uno de sus suaves rizos, y ella se acurrucó más cerca. La observó cerrar los ojos, escuchando el latido de su corazón contra su pecho, inhalando profundamente su perfume. Tan tierna.  

Sin poder soportar un segundo más, levantó su mentón con delicadeza y se inclinó hasta quedar a su altura. Sus miradas se encontraron por un instante y se hundió en sus labios.

Primero saboreó el inferior, succionando ligeramente antes de abarcar toda su boca. No tuvo que pedir permiso; ella se abrió, invitándolo a pasar.

Fue un beso lento, cargado de deseo, tomándose su tiempo para explorar cada rincón. Sus manos subieron, una hasta su mejilla y la otra hasta la nuca, mientras inclinaba su cabeza para profundizar.

Él era un adicto y ella su droga. No importaba cuánto tiempo la besara, nunca era suficiente. La necesitaba tanto que sus encuentros ya no se limitaban a las reuniones en la torre los fines de semana. 

Ahora, la esperaba en rincones del castillo, memorizando sus horarios. Como un maldito psicópata, la interceptaba. Solo para probar de ella.

Al principio, creyó que necesitaba saciarse, que cuanto más la tuviera entre sus brazos, más rápido se cansaría, y podría dejarla ir. Pero su grandioso plan se estaba yendo a la mierda, porque cada día quería más. Y eso, lo sabía bien, no era bueno.

Hace tres días, estuvo media hora, como un imbécil en el pasillo que llevaba a Herbología. Y cuando la tuvo entre sus brazos, la castigó en un aula abandonada por haberlo hecho esperar, provocando que perdiera su clase.

Las manos de ella subieron hasta su nuca, enredándose en su cabello y acercándolo aún más y antes de que pudiera contenerlo un gemido escapó de sus labios. Mierda .

Caminó, empujándola suavemente hasta la pared más cercana, y apretó su cuerpo contra el de ella, profundizando el beso lo máximo posible.

Esta vez, fue ella quien soltó ese dulce sonido y el placer lo recorrió de pies a cabeza con un escalofrío.

Sin separarse de su boca, deslizó una mano pesadamente a través de su rostro, como si fuera un ancla a la que aferrarse, un recordatorio de la realidad. 

Sus labios descendieron por su cuello, saboreando y dejando marcas a su paso, acompañados por los suaves suspiros que escapaban de la chica.

Cuando llegó a su clavícula, ascendió nuevamente, dejando un rastro húmedo con su lengua. Ella se aferró a sus hombros, inclinando el cuello para darle más acceso. Finalizó en su oreja izquierda, donde mordió suavemente. 

Sonrió complacido al escucharla suspirar. Dejó que ella fuese consciente soltando una suave risa.

—¿Me extrañaste? —susurró con voz ronca, mientras soplaba sobre la humedad, erizándole la piel.

Sintió una especie de orgullo al verla apartarse ligeramente. enderezándose, con una mueca de altivez cubriendo su bello rostro.

—Yo no soy la que te busca entre clases —replicó con ese tono remilgado tan característico de ella. mientras cuadraba los hombros con determinación.

Maldita bruja inteligente . No tenía idea de cuánto lo enloquecía. O tal vez sí. claro que era él el que la extrañaba. Se sentía desesperado si no podía tocarla en cada momento: al buscar libros en la biblioteca, al pasar por un pasillo abarrotado, o durante las clases de pociones.

El simple roce de su mano era suficiente para calmarlo cuando sentía que ya no podía más. Su expresión no lo demostraba, pero sus ojos la bebían como si ella fuera agua y él un hombre perdido en el desierto.

Y cuando ella lo miraba y le sonreía tímidamente, dulce, feliz, llegaba a la conclusión de que lo hacía a propósito.

En la última clase de pociones, la muy estúpida había llegado con los labios y la lengua teñidos de rojo por haber estado comiendo una pluma de azúcar de frambuesa. Sus favoritas . Lo cual fue suficiente para arruinar su concentración durante toda la clase, ganándose miradas de desaprobación de su padrino.

Pero, ¿Cómo concentrarse cuando ella se veía tan apetitosa? Todo lo que podía pensar era en probar el caramelo directamente de su lengua. 

Ese día no se contuvo. La arrastró detrás de una columna, mandando a la mierda la precaución de que no los vieran. Y merlín, fue el dulce más delicioso que había probado en su vida.

Volvió a bajar, dejando besos húmedos a su paso, esos que sabía que a ella le gustaban. la sintió jadear, mientras sus manos se entrelazaron en su nuca. Él se aferró a sus caderas, justo donde la falda y la camisa se separaban, permitiéndole sentir el suave contacto de su piel.

—Entonces ¿por qué viniste? —preguntó intercalando las palabras con pequeñas caricias de sus labios. Necesitaba dirigir la conversación a un terreno seguro. Si seguían por ese camino, sería su perdición.

Si ella llegaba a descubrir, aunque fuera solo un uno por ciento del poder que tenía sobre él, todo estaría perdido. No tendría otra opción que lastimarla cruelmente para alejarla. Porque su orgullo era lo único que le quedaba, lo único que no le quito . Y se aferraría a él con uñas y dientes.

De repente, él enterró sus dedos en sus costillas y se apretó contra su cuello, haciéndole cosquillas. Ella soltó una carcajada, retorciéndose entre sus brazos. Su risa llenó la habitación, y él sonrió contra la suave piel de su cuello. Una sonrisa auténtica, no la mueca de lado con una ceja alzada que solía mostrar.

—Admítelo y acabaré con tu tortura —dijo imitando la voz de un villano.

—¡Ya, ya! —exclamó entre risas, su voz apenas un hilo—. ¡Sí, te extrañé! —gritó, divertida y con los ojos cerrados, por lo que no noto la mirada de anhelo que él le devolvía.

Ahí estaba de nuevo, todo lo que él no era. Todo lo que no se atrevía a ser. Ella no tenía problema en demostrarle sus sentimientos, lo envolvía en su ternura, lo miraba como si fuera lo más valioso del mundo. Lo adoraba. Y él, a veces, llegaba a creer que lo merecía.

Pero, por mucho que lo intentara, no iba a derribar su última barrera de frialdad. No podía . Aunque cada fibra de su ser le rogaba que cediera, que se dejara llevar por el amor que ella le ofrecía sin esperar nada a cambio, él se aferraba a su distancia.

Su máscara indiferente ocultaba las mariposas en su estómago y la emoción en su corazón. En ese instante, se sentía capaz de enfrentarse a Voldemort sin varita, al más puro estilo muggle. 

Se acomodaron en un banco de mármol. Le pasó un brazo por sus hombros, recostándola suavemente sobre su pecho, mientras ella jugaba con su mano, trazando caminos invisibles sobre su piel.

Levantó la mirada, y con esa sonrisa que solo le dedicaba a él, comenzó a hablar de su semana. él se dedicó a observar cómo movía las manos al aire mientras contaba algo que le molestaba, reír al recordar una anécdota de la biblioteca, y suspirar al hablar de los exámenes. 

Él estaba completamente absorto en su rostro, intentando no parpadear, temeroso de perderse algún detalle. No escuchaba ni la mitad de lo que decía, pero de vez en cuando soltaba un "mmm hmm" o un "claro", para no hacerla enojar.

Sin embargo, ella no parecía notar su falta de atención, porque ahora hablaba entusiasmada explicándole lo que había aprendido en clases de transformación.

Cuando lo miro indicando que era su turno. Hizo lo que más odiaba: le contó todo. Le dijo qué había desayunado, la discusión tonta que tuvo con Blaise y cómo la habían resuelto una hora después. Habló de sus sueños, de sus fantasías y de algunos de sus miedos, aunque no todos. cruzaría la línea .

Ella lo escuchaba con atención, asintiendo de vez en cuando y apretando su mano en señal de apoyo cuando mencionaba algo difícil. Sus ojos brillaban cuando él reía y se humedecían cuando compartía sus tristezas. Era cálida y dulce, y él estaba pasando a territorios peligrosos.

Se mordió la lengua y con una excusa torpe, se movió, fingiendo acomodarse, separándose de ella de forma brusca. vio cómo el brillo en su mirada se opacaba, y sintió su corazón agrietarse. Cada día, sus ojos parecían apagarse un poco más.

Pero, ¿qué más podía hacer? Ella ya lo tenía de todas las formas posibles,  estaba en la palma de sus pequeñas y suaves manos. 

Había roto cada límite que se había impuesto por ella. Incluso estaba desafiando años de tradiciones familiares y se arriesgaba a enfrentar un enorme castigo. ¿Qué más quería?

Se acercó a su rostro y besó suavemente la punta de su nariz, sin perder detalle de su peca favorita, que se elevó cuando ella sonrió. Volvió a besarla en el mismo lugar, y su sonrisa se acentuó más.

Ella tomó su rostro, acercándose para que sus miradas se encontraran y sin necesidad de palabras, le contó historias de fantasía donde ambos vivían felices, donde su padre no sería capaz de asesinarla si se enteraba de lo suyo, y en cambio, la recibiría con los brazos abiertos. orgulloso de su hijo por haber encontrado a una jovencita tan hermosa e inteligente.

Le contaba de un lugar donde no se avecinaba una guerra que los separaría, donde no estarían en bandos opuestos.

Cuando abrió la boca para decir esa frase que lo elevaba y aterraba, la besó por muchas razones, pero dejando de lado los deseos carnales y sentimentalismo, solo quedaba el miedo.

Él veía dos realidades. Una, llena de llanto, sangre y dolor. Y la otra, donde él se enfrentaba a cualquier cosa para protegerla, donde luchaba por ella, para ella . Pero él no era un Gryffindor. No era valiente .

Así que la besó, con la intención de que todo se desvaneciera. Que olvidaran sus nombres y quiénes eran, convirtiéndolos en nada más que dos adolescentes enamorados.

Cuando ella se puso a horcajadas sobre sus piernas, la adrenalina subió por su cuello. Sintió cómo sus manos lo acariciaban suavemente, jugando con su cuero cabelludo. 

Dejó escapar un suspiro, disfrutando pero la suave risa de ella lo hizo mirarla, y devolviéndole la sonrisa la tomó de los muslos y la apretó contra él haciéndola temblar.

Subió sus manos por debajo de su falda sintiéndola tensarse, levantó la cabeza para mirarla. Pero en ese momento, ella lo tomó con vehemencia y lo besó de nuevo, esta vez con mayor pasión.

Luego de un momento de saborear su boca rompió el beso y tomó la piel de su cuello entre sus dientes, le mordió suave y succiono, sabiendo que dentro de unas horas se formaría un moretón, pero ella solo levanto el mentón y arqueo la espalda para darle mejor acceso. Maldita sea

Sus dedos llegaron al inicio de su ropa interior, apretó la carne por unos segundos y comenzó a descender siguiendo la línea de la tela de encaje obligándola a aferrarse a sus hombros.

—Mírame — demandó con la voz tomada. ella bajó la mirada y el café de sus ojos tenía fuego. Él le sonrió y tocó la piel sensible de su clítoris a través de la tela haciendo que soltara un sonido de placer. 

Con una mano la sostuvo de la cintura y con la otra jugó comenzó a jugar en su zona más sensible. ella se movía como un venado recién nacido pensó divertido.

—Dije que me mires, Granger— gruño. 

Ella lo miró, ahora velada en excitación con su labio inferior entre sus dientes.  sintió su erección apretar en su pantalones de forma dolorosa. se acomodo abriendo las piernas, obligándola a hacer lo mismo. dándole mayor acceso.  Metió en su interior un dedo y luego otro. Ambos gimieron, ella de satisfacción y él por sentirla tan mojada, ya preparada para él.

Cuando pensó que tenía el control ella se dejó caer sobre su hombro cerca de su cuello y comenzó a balancearse adelante y atrás. sus jugos escurriendo sobre su mano. 

—Draco— susurro en su oído. 

Con un gruñido se puso de pie sin soltarla y en dos zancadas la apretó contra la pared donde se habían besado minutos antes. ella sollozó cuando sus sexos se rozaron por sobre la tela. 

frotó sus caderas, provocando mientras ella le desprendía la camisa con manos temblorosas.  Se separó para buscar su rostro, el cual tenía los labios separados, hinchados y húmedos, sus mejillas rosadas y la mirada cargada de lujuria. hermosa .

Desabrochó su cinturón y con un ridículo movimiento de piernas su ropa se juntó en sus tobillos.  Apartó la suave ropa interior a un costado y con la punta de su pene frotó el clítoris.

—¿Qué quieres Granger? — A pesar de todo, su instinto se mantenía despierto, y lo obligaba a llevar el control, fingir el poder.

— Draco— suspiró apoyando su frente contra la suya —por favor.

No podía resistirse a nada que saliera de ella. Sus palabras eran órdenes y eso la hacía peligrosa. 

Sin darle a tiempo a pensar se abrió paso en su interior. Tan suave . Un sabor dulce le llenó la lengua, y la sensación se extendió por todo su cuerpo 

Le dio un momento para acostumbrarse. La calidez de su interior casi le hizo acabar en ese momento. Sus piernas se flexionaron apoyándose con una mano en la pared y la otra la sostenía. Merlin. Estaba tan mojada. 

Hundió su nariz en el hueco de su oreja. Ella no estaba colaborando. Había comenzado a mover las caderas gimiendo con los ojos cerrados, apretando sus piernas a su alrededor para sentirlo más. Lo iba a matar.

Su mano libre se cerró en un puño. Debía pensar en otra cosa. Si, veamos. Ah sí, el partido de quidditch del fin de semana anterior. entonces ella le mordió un lóbulo entre susurros que pedían más. 

Se cacheteo mentalmente. emm, cierto, la tarea de transformaciones que debían entregar dentro de seis días. Ella pasó su lengua por su cuello. Mierda, mierda, mierda

Se acercó al escote que dejaba ver la camisa entreabierta y comenzó a lamer como un hombre famélico, apretó su mano en su cadera y acompañó el movimiento. Siguiendo el baile que ella quería guiar.

Iba a explotar. debía relajarse, pensar en la fiesta. Sí, esa maldita fiesta.

Blaise lo había arrastrado a una reunión privada en un aula en el cuarto piso. Al principio se había negado, pero cuando su amigo le lanzó una mirada inquisitiva, supo que no tenía escapatoria.

El plan era sencillo: hacer acto de presencia y cuando Blaise estuviera lo suficientemente ebrio, podría escabullirse en busca de los brazos de ella.

Todo marchaba bien. Bebieron whisky de fuego, jugaron al snap explosivo y fumaron de una pipa de dudosa procedencia.

Cuando una morena de Ravenclaw lo agarró para llevarlo a la pista de baile, él se dejó. Disfrutando de las miradas de envidia que le lanzaban las demás chicas queriendo estar en sus brazos.

Con el ego elevado, comenzó a pasar sus manos por el cuerpo de esta. No era Hermione, pero era suficiente para mantener su fachada de mujeriego intacta.

Al entrar al lugar, su primer instinto fue buscar esa melena castaña que tanto anhelaba, y al no encontrarla, se relajó. Grave error. Porque se olvidó de buscar a otra persona que podría arruinarlo: una pelirroja que estaba en un rincón charlando y no le quitaba la vista de encima.

La chica entre sus brazos, no se molestó en pedirle su nombre, lo sujetó del cuello y lo besó intensamente. "Qué asco", pensó. El beso le supo insípido, demasiado desesperada. mucha lengua y dientes. Pero no había marcha atrás, así que tomándola del cuello, lo profundizó.

—¡Eso, Draco! —gritó su amigo a sus espaldas. cuando lo buscó para devolverle la sonrisa, lo encontró al lado de ella. La weasley menor.

El color desapareció de su rostro. ¿estuvo allí todo este tiempo?  

Ginny Weasley lo miraba con una sonrisa desafiante mientras soltaba el humo de la pipa que sostenía entre los dedos. Draco sintió como si lo tuviera agarrado de los testículos de la misma manera.

 A su lado, la lunática lo observaba con una sonrisa triste, apoyada bajo el brazo de Theo, que descansaba despreocupado sobre sus hombros. este lo miraba en silencio. Sus ojos azules apenas reflejaban emoción, pero Draco pudo sentir el juicio en su mirada, como si estuviera decepcionado.

Lovegood se inclinó hacia la pelirroja y le susurró algo al oído. Ginny negó con la cabeza sin apartar los ojos de él. Draco tragó saliva y le devolvió una sonrisa tensa a Blaise, el único en el grupo que no tenía idea de la tensión que se respiraba en el ambiente. 

respiro con dificultad y volvió a besar a la morena, aunque sentía su corazón latiendo con fuerza en la garganta. Tenía que seguir con el papel. Debía seguir fingiendo

Al volver a mirar, la comadreja ya se había ido. y los otros tres charlaban ya sin prestarle atención. Intentó buscar mil excusas para irse también, pero no se lo permitieron. 

Le preguntaban a dónde iba tan temprano, y al no poder responder, permaneció sentado en un rincón, ya sin beber, observando el reloj con impaciencia. Cuando finalmente escapó, ya iba veinte minutos tarde.

Por eso había corrido desesperado, porque sí la pelirroja había llegado primero con Hermione, todo estaba perdido. 

Ya habían tenido esta discusión miles de veces, y era lo único en lo que ella no quería ceder. Lo único que él no había logrado romper: su terquedad.

Ella le había dejado en claro que si volvía a verlo con otra chica, si se llegaba a enterar de que había alguien más, se iría. Terminarían. Era consciente que la lastimaba cada vez que se enredaba con alguien, pero tenía que mantener las apariencias. Si dejaba de actuar de esa manera de un día para otro, la gente sospecharía.

¿Acaso creía que lo hacía por placer? Si por culpa de ella cada mujer que se cruzaba en su camino le parecía insípida y sin gracia.

Por eso cuando llegó y vio que aún no sabía nada, sintió que sus pulmones volvían a llenarse de aire. La necesitaba, y sabía que, cuando ella se enterara, lo obligaría a elegir. Y como el imbécil que era la perdería.

Porque a pesar de soñar con otra realidad, no podía olvidar quién era ni cuál era su familia. Sabía que en sus próximas vacaciones tomaría la Marca Tenebrosa. El símbolo que pronunciaba todo el odio que debía sentir hacia su persona. 

Y ella, que susurraba su nombre sin parar moviéndose entregada al placer. Ella era la cosa más hermosa que había tocado, tan suave y dulce al tacto, que no se sentía digno. porque aunque nunca lo escucharían de su boca, sabía que no la merecía.

No recordaba en qué momento desapareció la camisa, ya que ahora se encontraba en falda y sostén. sin preguntar acercó su boca a sus pechos. E lla amaba que la tocara con la ropa interior puesta. lo habían descubierto juntos en sus muchas reuniones.

Pasó la lengua por el encaje sintiendo sus duros pezones y comenzó a chupar y morder haciéndola arquearse más. Ya iba a llegar, podía sentirlo. y si todo resultaba como él pensaba, esta seria la ultima vez que la tendría en sus brazos, por lo que aprovecharía cada segundo.

Sosteniéndola con ambos brazos la despegó de la pared y en esa posición, sin ningún apoyo más que sus piernas la hizo rebotar sobre sus caderas. el sonido del choque de sus cuerpos sonaba sucio y vulgar acompañado del coro de gritos que empezaron a escapar de los sus dulces labios. Volviéndolo loco .

—Mírame. Mírame, Hermione —jadeó, buscando su rostro.

Ella le dio una mirada llena de amor, y ambos sonrieron. Draco sin poder decir con palabras lo que sentía, lo hizo con sus besos, transmitiendo todo lo que ella le hacía sentir: pasión, devoción, miedo, amor

Porque ella tenía todo lo que él amaba, la lavanda que estaba en su amortentia, su presencia que le hacía ver la vida con colores. Su mirada que le hacía creer que merecía ser feliz.

Las palabras se ahogaban en su garganta, cada roce de sus labios decía lo que él no podía. Cada vez que la besaba, era como si se revelara un secreto que ni siquiera él sabía que guardaba. 

Porque no era solo el deseo lo que lo impulsaba; había algo más profundo, algo más verdadero. Ella lo hacía sentir humano en medio de un mundo que lo obligaba a ser un monstruo.

Aceleró frenético, sus cuerpos chocando a un compás desordenado. Sintió su suave cuerpo tensarse y apretarse a su alrededor. Su cabeza se elevo hacia las estrellas. convirtiéndose en una. Tenía brillo propio y sus gritos hicieron eco en las frías paredes del salón

Sin poder contenerse más, apuro sus movimientos acompañado de un sonido húmedo y la siguió en el placer, uniendo sus gritos en uno solo. Se escuchó un “te amo” que él decidió ignorar repartiendo besos sobre su cuello. 

Con resistencia, la soltó cuando le pidió que la dejara bajar, al hacer pie, sus piernas se doblaron de forma graciosa y se aferró a su camisa para recuperar el equilibrio. rió avergonzada, feliz. mientras se acomodaba la falda, que se había subido más arriba del ombligo, dejando ver un destello de su ropa interior negra. 

Draco sintió que su cuerpo reaccionaba al instante, excitándose de nuevo. Era como si tuviera voluntad propia, buscando su cercanía. Para distraerse y desviar sus pensamientos, le acercó la camisa que estaba en el suelo y lanzó un hechizo de limpieza para ambos mientras ajustaba su cinturón. 

La observó en silencio mientras ella abrochaba los botones, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes clavados en el suelo de piedra. Le dio una sonrisita tierna y empezó a jugar con su pelo nerviosa. Encantadora.

 se clavó las uñas en la mano hasta lastimarse. No, no, no. 

—Estabas ansiosa, ¿eh? —soltó en un tono arrogante, tratando de romper el silencio con una burla.

—Calla —replicó ella molesta, con un destello de tristeza, su sonrisa desapareciendo al instante. 

había pinchado su burbuja de alegría, una vez más, volviendo a traer la distancia entre ellos. Aferrándose a su habitual máscara de arrogancia, lastimándola.

—Te acompaño a tu sala común —dijo, tendiéndole la mano.

—Pero qué caballeroso —respondió divertida, entrelazando sus dedos con los de él.

Caminaron por los pasillos, subieron escaleras y se besaron en algunos descansos con sus manos recorriendose el cuerpo.  Draco soñó con un mundo donde él no fuera Malfoy, sino solo un chico normal, sin expectativas que cumplir.

En ese mundo, podría caminar de la mano de Hermione Granger sin preocuparse por lo que pensaran los demás. La besaría en público sin miedo a las reacciones exageradas de nadie, porque en ese universo él no sería nadie. 

Entonces le pediría que fuera su novia de la manera más cursi y empalagosa que a ella tanto le gustaba. Y golpearía a cualquiera que la mirara, empezando por Weasel.

—Llegamos —susurró ella, rompiendo sus pensamientos.

—Sí, claro—se aclaró la garganta—. Nos vemos.

—Buenas noches, Draco —dijo poniéndose de puntas para besarle la mejilla—. No olvides que mañana no podré ir, así que nos vemos el lunes en clase —remarcó cada palabra con un suave toque de su dedo índice en su pecho.

Asintió revoleando los ojos. se sentía morir.

—Ya vete —la apuró, tratando de ocultar el vértigo que lo invadía.

—Lo haría si me soltaras —dijo divertida.

Miró sus manos que seguían entrelazadas, aferrándose de forma inconsciente. Intentando evitar lo inevitable. Con todas sus fuerzas de voluntad la dejó ir. Pero cuando ella dio un paso para alejarse, la volvió a tomar de la muñeca y con velocidad la hizo girar provocando que chocará contra su pecho. 

Observó su rostro, intentando memorizar detalles que pudo haber pasado por alto y la besó.  lento, dulce, cargado de emociones que no se atrevía a verbalizar. Era un beso de amor, pero también de tristeza.

Las lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos, y para disimular, comenzó a repartir pequeños besos desesperados por todo su rostro. su frente, sus ojos, su nariz, sus pecas. limpiando con sus labios las lágrimas que no podía contener. Ella, sin embargo, reía alegremente, y eso era todo lo que le importaba en ese momento.

—¡Basta, Draco! —rió, empujándolo suave antes de correr hacia el retrato que guardaba la entrada a la sala común. Lo miro con los ojos brillantes, y antes de que el cuadro se cerrará, moduló un: "Te amo".

El cuadro se cerró con un sonido seco, que sintió como si lo hubiera golpeado en el pecho. sonando con un eco sellando sus destinos. 

Una metáfora que cargaba todo lo que temía: la distancia, la inevitable separación, el abismo entre sus mundos. Parecía que el universo entero le daba la espalda, que aquel “te amo” se había perdido al otro lado de la puerta, dejándolo a él con su culpa. 

Su corazón se estrujó en su pecho, tuvo que apoyarse en sus rodillas porque el peso de la situación lo hizo tambalearse y jadeo en busca de aire mientras las lágrimas volvían a nublar su vista.

Apretando los labios con fuerza, caminó hasta la pared más cercana. El enojo y la impotencia hervían bajo su piel. Golpeó con el puño cerrado, una, dos, tres veces.

 Cada golpe era un grito que no se atrevía a soltar. Allí, en la fría piedra, estaban concentradas todas las cosas que odiaba: su sangre, su padre, Voldemort y él mismo.

Ya podía imaginar a Hermione entrando en su habitación, la misma que había conocido una tarde, cuando ella enfermó y él había entrado por la ventana con su escoba. hechizando las cortinas para esconderse cuando sus compañeras de cuarto entraron. mientras ella dormía recostada sobre su pecho.

Pero ahora, Weasley estaría esperándola ansiosa para contarle todo lo que había pasado, y él. él quedaría como la mayor mierda del mundo. Porque después de besar a otra, había ido a acostarse con ella.

Entonces lloraría, ya podía oírla. Se sentiría usada, traicionada y lo odiaría, desmoronando todo lo que habían construido.

Con los nudillos sangrando y el pecho aún agitado, se detuvo y respiró hondo. Dio un último vistazo a la torre, con la garganta cerrada. Porque en su mundo, ser valiente solo existía en sueños.

—Yo también te amo —susurró al aire perdiéndose en las sombras del castillo.