Actions

Work Header

Superstición

Summary:

"Pesci es muy supersticioso, cree que el cuarto está maldito."

Un evento desafortunado te envuelve en un escenario oscuro e incierto. Siete hombres son los que te sacan de tu vida en las calles para darte un nuevo empleo, quizás peor que el que tenías anteriormente. Entre altos y bajos, terminas dándote cuenta de que dentro de aquellas corazas tan duras existe un corazón, y harás lo posible para llegar al de ellos.

O quizás, ellos trataran de llegar al tuyo.

 

-Distintas rutas.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Encuentro.

Chapter Text

Todo lo tienes aun difuso en tu mente. Lo que pasó en ese bar ocurrió en minutos y finalizó contigo amarrada de pies y manos en una sala oscura con 7 hombres mirándote a unos 10 metros de distancia. Cierras los ojos un momento para aclarar tu memoria.  

Había empezado todo con un mal cliente.  

 

Nunca te ha gustado el rumbo que le diste a tu vida, pero ya te habías involucrado con personas malas, debías dinero y no existía otra manera de obtenerlo que vendiendo tu cuerpo a cambio de unos billetes. “ Lo hago por mi familia"  piensas cada noche en que terminas en la cama con más de un borracho de bolsillos gordos. Estabas cansada de que el sistema te obligara a eso y que no pudieras abandonarlo; la ansiedad de que el día de mañana no amanecieras viva te carcomía. Si no pagabas la deuda, incluso si la razón de eso era que estabas muerta, ellos irían por tu familia. 

Esa noche no era distinta. Estabas bien arreglada sobre las piernas de un hombre obeso. Sus manos decoradas por costosos anillos estaban sobre tu cadera, muy cerca de tu entrepierna, causándote nauseas; lo disimulas con una sonrisa. El hombre habla de póker, de putas y de dinero, de mucho dinero, y sientes que el escozor de ira que está en tu estomago sube hasta tu pecho. 

—Luego de esta partida te atenderé bien, chiquita —el hombre suelta el humo de su cigarro en tu cara. Odias el olor a cigarro, pero no te inmutas, solo asientes con tu cabeza y ves con disimulo los objetos de apuesta que están sobre la mesa. 

—Oye,  Dino .  ¿No haz pensado en compartir a la puta? Digo, no me queda ya más dinero pero ganas no me faltan —tu mirada se congela en el rostro del susodicho que ha hablado de aquella manera de tu persona. Le sientes odio, como a casi todos los hombres que terminas cruzando camino. 

El hombre gordo se ríe y te obliga a ponerte de pie para empujarte a la mesa de póker. Todos miran en su dirección mientras le exclamas que pare de portarse así. Con su aliento alcohólico chocando tu mejilla habla: 

—Apuesto a la puta. La que se la gane, puede hacer lo que quiera con ella. 

—¡Señor! —Tu voz tiembla. Pataleas contra él mientras que tus manos son agarradas por sobre tu cabeza y jaladas del otro extremo de la tabla, dejándote expuesta e indefensa—¡Señor esto no es parte del trato! 

—¿Y que ha de importarme lo que piense una puta? Las mujeres como tú  no sirven para nada más —Tus ojos se humedecen de pavor cuando vez el revólver frente a tus rostro. Empiezas a rezar, a pensar en tu mamá, en lo triste que debe ponerse cuando se entere de tu muerte. Piensas en tu padre, la decepción invadía su voz cuando le contaste la verdad de tu vida y, aun así, sabías que él estaba así porque te amaba. 

La ansiedad del  que  vendrá  te hizo temblar hasta las entrañas. Lo sentiste fluir por la sangre, escaparse por sus poros. Desde ahí, actuaste en automático y los siguientes recuerdos que tienen se vuelven borrosos. 

Personas gritando, cuerpos colapsando a tu alrededor. Escuchas a unos hombres de lejos pedir que te calmes; uno de ellos lanza un trozo de espejo a tu dirección, de este sale un brazo en tu rostro y tu visión se va a negro. 

 

 

—¿Qué es esto Risotto? —Escuchas la voz dura de uno de los hombres mientras tiene su mirada sobre ti. Te devuelve a la realidad, al piso frío y a las sogas dañando tus articulaciones. Vociferas unos insultos en tu lengua madre y te retuerces buscando el modo de desatarte. El hombre que había soltado la pregunta te mira con el ceño fruncido, sus fríos ojos azulado se posan en ti unos segundos y luego vuelven hacia el hombre más alto que compone al grupo —¿Por qué hay una prostituta gritando en medio de la sala? 

—No es cualquier prostituta —Contesta el aludido, al quien identificas como “ Risotto” . El se agacha y dirige su vista en un vaso de agua que se encuentra en el piso, apunta con un dedo para llamar la atención del objeto en cuestión —Estaba con el tipo que nos habían encargado. Algo pasó en el bar, ella se ocupó del asunto. Mira... —El hombre de cabellos rubios y ojos azules se inclinó. 

—Es una usuaria de  Stand ... 

— El agua se mueve si está dentro de su rango. No solo el agua, es como todo lo que está a su alrededor se viera envuelto en esas ondas —Con cuidado, el hombre de ojos rojizos, tenebrosos, toma el vaso de agua y lo mueve unos centímetros a su dirección —¿Ves? Su rango máximo son unos 10 metros… 

—¿¡Qué carajo es todo esto!? —Gritas a todo pulmón. La televisión se enciende y apaga luego de que tu voz sale de tu garganta, te asustas y los miras otra vez —¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hago aquí?... 

—¿Y si me respondes porque no la mataste junto con los otros, Risotto? —Cuestiona otro de los espectadores. Su cabello corto, levemente rapado, alza la voz y saca un cigarrillo de su bolsillo. 

—Tu no estuviste ahí,  chiquitín  —Le contesta el que está al lado derecho de su persona. Su cabello largo está sujeto por coletas —Lo que hizo esta chica fue escalofriante. Había visto ejecuciones de otras personas, pero nunca había sido tan crudo como lo que pasó ahí. ¿Habías visto antes como a alguien se le salían los ojos de la nada? 

—Suficiente —El hombre al mando, Risotto, trae el silencio de nuevo a la habitación y te mira en silencio por unos segundos. Se incorpora y camina rodeándote, como si siguiera una línea invisible a tu alrededor —Deberías tranquilizarte si no quieres que se salga de control. 

—¿¡Qué es todo esto!? —Vuelves a gritarle, sintiendo tu voz temblar y el nudo atorarse en tu garganta; estás aterrada, pero no quieres llorar, no frente a ellos —¿Qué es lo que me ocurre? 

Stand.  Eso es lo que te ocurre —Contesta con voz grave, te inspecciona de pies a cabeza —Te ocupaste de nuestro trabajo sin que te lo pidiésemos, pero eres peligrosa, por eso te atrapamos... 

—Basta, no entiendo nada de lo que estás diciendo. ¿ Stand?  ¿Qué carajos es eso?... 

—Tranquila, relájate. No pensamos en hacerte daño... —Miras al resto de hombres, sintiéndose juzgada por cada uno de sus ojos —Si cooperas con nosotros, será bueno para ti. No te veías muy feliz en el bar con esos hombres usándote. 

—No es tu problemas —contestas con el ceño fruncido y la voz más firme que hace unos segundos atrás. 

Le miras directo a los ojos, desafiante y orgullosa. Escuchas como alguien ríe y festeja, pero no quitas la vista de los ojos rojizos que están sobre ti. 

—¡Mira eso! ¡Ve esa mirada Ghiaccio! ¡Mírala, mírala! 

—¡Cierra la maldita boca Melone! ¡Esa mujer  inservible  solo trae problemas! 

Vuelves a escuchar esa palabra. Dos veces en un día, y dolía como la primera vez que la escuchó decir por parte de su progenitor. Los miras a ellos con la misma fiereza, parecen darse cuenta de que estás en serio poniéndote firme y ellos dan un paso atrás. El tal  Melone se arrima a la espalda del joven con gafas, este le da un codazo para quitárselo de encima. 

—Oye, desactiva tu  stand  ahora —otra vez el hombre bien peinado se dirige a ti, el sabe sostener su mirada contra la tuya. 

Stand  esto,  stand  esto otro. ¡No se de lo que están hablando! 

—Mujer, cálmate —Risotto vuelve a llamar tu atención y lo miras suplicando una explicación —¿Es primera vez que ocurre algo como en el bar? 

Contestas asintiendo con la cabeza, pero sientes tu cerebro hacer  click  y vuelves a contestar, esta vez, sacudiéndola de lado a lado en negativa. 

—Pero esa vez no le hice daño a nadie, sólo me soltaron y pude huir. 

—¿Y eso cuando fue? 

—Hace unos meses… 

—¿Es una usuaria de nacimiento? —Cuestiona otra vez el de cabellos cortos. Suelta una queja —Oye Risotto, ya tranquilízala, estoy cansado y quiero echarme en el sillón. 

—Dos minutos —sentencia el hombre bien peinado —y no me interesa si te molestas conmigo Risotto. O la calmas, o la ejecuto. 

—Vamos chicos, ustedes no saben como tratar a una dama —el joven de cabello largo sonríe de medio lado y también camina para acercarse. Sus pasos sigue el mismo camino imaginario trazado por el hombre a cargo. Su sonrisa no desaparece de su rostro, no comprendes si es sincera o no, pero te tranquiliza un poco más que el resto —Lo mejor es que te calmes. No podremos hablar contigo si es que no lo haces, sentimos mucha curiosidad de lo que puedes hacer y nadie aquí quiere matarte. 

—Yo si quiero —El hombre de ojos azules alza la mano levemente; tu y el hombre de coletas lo miran feo. 

—No lo escuches, Prosciutto solo tuvo un mal día porque su  bebito  no hizo un buen trabajo  —El se  arrodilla ante ti y levanta la mano —Voy a acercarme un poco , no puedo desatarte si no dejas de hacer  eso.  

No sabes a que se refiere con  eso , pero por primera vez en la noche ya no te sientes tan asustada. Algo en tu pecho dice que esos hombres no te harán daño, a menos de que tu los pongas en peligro a ellos. Respiras hondo y ves como los dos hombres cercanos a ti asienten con la cabeza entre ellos, al ansiedad, fuente de las vibraciones que liberas sin querer, comienza a disiparse. La televisión y luz se apagan, dejándolos a oscuras, el tipo que te hablo da unos cuantos pasos hacia ti, tanteando terreno, hasta que logra llegar a tu lado y soltar las cuerdas. 

—Lo ven, rápido y eficaz —Levanta las sogas victorioso y todos comienzan a caminar en tu dirección. Nuevamente te sientes juzgada, pequeñita ante sus auras oscuras y dominantes.  “Estos hombres no son buenos”  piensas —Me llamo Illuso, y nosotros queremos saber más de ti, señorita desconocida. 

Extiende su mano a tu dirección y te ayuda a levantarte. Caes en cuenta de tu vestido rajado por el costado hasta la cintura, y los tirantes descocidos; otra vez te sientes muy expuesta y tratas de sostener la tela en su sitio. 

—Encaje, que femenino. ¿Usas una tanga? —El hombre de cabellos morados recibe un manotazo en la cabeza por parte del tipo con buena imagen; sabes que te tienes que cuidar de aquel pervertido. 

—Creo que lo primero que debes hacer es cambiarte. Tomate tu tiempo —Risotto se acerca hacia a ti y deparas en su estatura, tratas de sacar cálculos de cuantos centímetros te saca y te asustas al hacerte ideas indecentes de él. Tratas de que no se note demasiado y desvías la cabeza —Illuso, llévala al cuarto vacío. 

—Pero ese era el cuarto de Sorbet y Gelato —el joven de aspecto extraño habla por primera vez. Lo miras y te cuestionas del porqué su cabeza parece fusionarse con su cuello. El tal  Prosciutto  se gira a él y vocifera un “ Cállate   Pesci "  

—Pues ellos ya no lo necesitan más —no dice nada más y entiendes que él ya ha dado la orden. Nadie le contradice, e  Illuso   te hace seguirlo hasta la habitación vacía. 

El entrar te causa escalofríos, no hay ventanas y la cama esta desordenada. Hay vasos usados y colillas de cigarro en el cenicero, un par de zapatos tirados en el suelo y un paquete de papas abierto sobre la mesa. Es como si alguien hubiera estado aquí antes que tú. 

—No hemos entrado aquí en largo tiempo, así que disculpa el desorden —Illuso entra contigo encendiendo la luz —Pesci es supersticioso, cree que el cuarto está maldito. 

—¿Por quién? —Tu pregunta es inocente pero parece afectarle al tipo que te sigue. No contesta, solo recoge algo de basura del piso y lo lanza al tarro de basura. 

—¡Con permiso! —Casi saltas de tu lugar cuando escuchas una tercera voz adentrarse en el cuarto. El tipo de cabellos morados y comentarios desatinados entra al cuarto con una bolsa negra en sus manos. La lanza en tu dirección y a duras penas la atrapas —Una chica linda como tu debe usar ropa linda como esta. 

—¿Qué haces tu con ropa de mujer en tus pertenencias? —Illuso lo mira extrañado y el sonríe de oreja a oreja. 

—Secreto —Otra vez el chico te mira y sientes ganas de quitarle los ojos. Odias ese tipo de miradas sobre ti, pero al parecer, deberás de acostumbrarte —Prosciutto dice que te da diez minutos para bajar o te quedas sin cena. 

—Ve y regatéale quince, y de paso, dile que deje de ser tan duro con la niña —Illuso sonríe otra vez en tu dirección y Melone suelta un berrinche. 

—No es justo, deja de cortejarla frente a mi. ¿No vez que va a creer que soy un pervertido? 

—¿Y no lo eres? 

—N-No es que quiera interrumpir, pero… — Tu voz titubea y miras tu ropa destruida — ...necesito privacidad —Miras el contenido de la bolsa en silencio. Aunque estés acostumbrada a la desnudez y a los ojos curiosos de las personas sobre ti, te reúsas a ser observada por los hombres que te están “ayudando". 

Ellos no dicen nada, te dejan ser y cierran la puerta para dejarte a solas en el cuarto. Suspiras y te sientas en la orilla de la cama con la ansiedad comiéndote las entrañas, nada de lo que está pasando tiene sentido, solo quieres volver a tu hogar, beber el vodka que escondes en la cocina, meterte en tu cama y hacer como que nada de esto es real. 

Recuerdas las palabras del tal Melone. No querías quedarte sin cenar, así que terminas por ponerte el extraño vestido blanco que estaba dentro de la bolsa y te miras al espejo. Te llega una mano hasta las rodillas. Usas vestidos largos y ceñidos casi siempre, no te gusta que se vean, en ella hay muestras de una desagradable vida como trabajadora sexual; no te colocas los zapatos, suficiente tienes de usar tacones. Suspiras otra vez y piensas en los hombres que mataste, algo dentro de ti se regocija por el extraño evento ocurrido en el bar.  

Ellos se lo habían buscado, ellos merecía morir. Esa idea te hace esbozar una sonrisa leve y tu instinto te dice que, por fin, llegaste al lugar a donde perteneces.