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Ni siquiera los mejores científicos pudieron explicar cómo el COVID19 mutó a esto.
Lo que comenzó como una pandemia que paralizó al mundo por fiebres altas, insuficiencia respiratoria o “gripe fuerte”, como le decían algunos, se transformó en un infierno cuando los contagiados de una nueva cepa no solo perdieron el olfato y el gusto, sino que también comenzaron a moverse por inercia, mordiendo a su antojo animales y personas, hambrientos de carne fresca. No tenía lógica. Que se sepa, el SARS-CoV-2 atacaba el sistema respiratorio, no era conocido por tomar el control del sistema nervioso de la gente, aunque lo único que pudieron relativamente decir desde los laboratorios fue que la proteína Spike del virus inflamó las conexiones neuronales, destruyéndolas y dejando a los infectados en un estado de muerte cerebral aparente, con el único propósito de “caminar, emitir sonidos extraños y morder”.
“No sabemos si estamos tratando con vivos o muertos”, decían alarmados en los noticieros cuando apenas toda la locura comenzó.
Si ya el mundo pasaba por un momento tétrico de tristeza y enfermedad, eso lo terminó de destruir. Los hospitales no se dieron abasto para tratar a los heridos por las mordidas, multiplicando a los infectados casi que de la noche a la mañana, las farmacéuticas no contaban con los suficientes insumos, las cadenas de supermercados hicieron lo que pudieron. El miedo colectivo a salir a las calles derrumbó la economía; el dinero ya no importaba porque la gente ya no compraba nada, sino que robaba por necesidad, para sobrevivir.
Desde que los “muertos vivientes” tomaron el control del mundo, los humanos sanos comprendieron que ahora la vida se trataba de matar para vivir o morir en el intento. Ya no existían los modales, ni la amabilidad. Los grupos de sobrevivientes se armaron de la cabeza a los pies, convirtiéndose a la fuerza en pandillas.
El olor a carne podrida de los muertos —caminantes o no— se podía oler en cada esquina. Las moscas abundaban, al igual que las ratas y las cucarachas. Los sobrevivientes seguían usando cubrebocas o, en su defecto, alguna tela que protegiera sus fosas nasales de tal putrefacción, porque era insoportable lo nauseabundo del ambiente. Mucha gente se refugió en las azoteas de los edificios más altos para poder respirar un poco de aire limpio.
Japón no estuvo exento.
Las peores pesadillas de los nipones se hicieron realidad cuando estalló la bomba de tiempo: unas personas que fueron repatriadas en un vuelo humanitario desde los Estados Unidos de América traían con ellos la nueva cepa del virus, distribuyéndolo en una zona residencial en Tokio, Adachi, el distrito de la clase trabajadora por excelencia. Los repatriados fueron puestos en cuarentena en el gimnasio de una escuela secundaria que servía como hospital improvisado, desatando el terror cuando tres de ellos atacaron a todos los que estaban a su alcance.
Lo demás fue historia.
—No te separes de mí.
Yuuji Itadori, con hacha en mano, caminaba casi sin hacer ruido sobre el desastre de vidrios que dejó lo que antes era un minimarket. Detrás suyo, Fushiguro Megumi asintió. Le seguía el paso con un arma de alto alcance, igual de sigiloso.
No deberían estar aquí. Dos jóvenes en edad de crecimiento merecen tener días de estudio, tardes de recreación y noches de películas. Deberían tener citas con gente linda de su edad y coleccionar amigos, colegas y contactos para la edad adulta. Ahorita deberían estar pensando en si quieren ser deportistas, policías o administradores de una empresa y vivir el resto de sus vidas sacando cuentas en una oficina, no asaltando lo que queda de una tienda de víveres.
—Se llevaron casi todo —susurró Megumi.
—No perdamos la fe.
Los pasillos 1, 2 y 3 se hallaban completamente desolados; no había rastro de comida enlatada, refrescos, papel higiénico ni pañales para bebés. Lo único que había en sus anaqueles era sangre y basura producto de una pelea y artículos destruidos. En el cuarto pasillo pudieron ver algunos productos de limpieza; algunas botellas de cloro —ya seco— se habían roto cuando cayeron y las bolsas de jabón en polvo brillaban por su ausencia, pero lograron meter en la mochila dos desinfectantes, jabón de barra, esponjas para lavar los platos y hasta un trapo de los amarillos.
—Ya veo cómo te brillan los ojos —se burló Yuuji juguetonamente por lo compulsivo que era Megumi con la limpieza.
En el quinto pasillo tuvieron mucha suerte: shampoo, acondicionador, jabón de tocador y desodorante. Cuatro de cada uno pudieron tomar del desastre que quedó en el suelo, era todo lo que había.
—No olvides las toallas sanitarias para las muchachas —dijo Megumi.
Yuuji las guardó en la mochila. Por suerte no estaban rotas.
Los pasillos seis y siete fueron saqueados por completo; no había ni un paquete de fideos, arroz, sopa en sobre, galletas, cereales ni nada que sirviera para comer.
—Esto es una @#$&@ —La frustración a veces producía que Yuuji dijera palabrotas.
—No hay que perder la fe —dijo Megumi esta vez.
Había mucho desorden. Cajas, basura, vidrios, muebles… Muy seguramente cuando entró aquí la estampida de personas fue una completa locura. Más bien tuvieron mucha suerte de encontrar lo que encontraron.
Megumi revisó el área de caja, con Yuuji cubriéndole las espaldas. Jamás se separaban porque en este mundo no hay paz ni de día, ni de noche en ningún lugar. Desde el primer segundo en que comenzó la pandemia fueron el fuerte apoyo el uno del otro.
El abuelo de Yuuji pereció por la primera cepa, cuando apenas el COVID-19 se manifestaba a través de la insuficiencia del sistema respiratorio y afectaba exclusivamente a las personas mayores. Le siguió la mamá de Megumi y su hermana cuando la cepa se hizo más fuerte. Después, con la llegada de los muertos vivientes fallecieron los padres de Yuuji, quienes se sacrificaron para proteger a los dos muchachos mientras huían por la puerta trasera de la casa.
Siempre fueron amigos del colegio y vecinos, sus familias se conocían, y sus amigos también, desde niños. No obstante, el lazo que los unía se afianzó cuando el mundo se hizo un lugar hostil. Yuuji no salía del escondite sin Megumi y viceversa. Ambos eran lo único que les quedaba de su antigua vida.
—No lo puedo creer…
—¿Qué pasa, Gumi?
—Mira esto.
Bajo la caja registradora, en el compartimiento que usan las cajeras para guardar las bolsas y colocar demás utensilios de trabajo, existía un pequeño compartimiento. Tal vez para guardar la mochila de la trabajadora o algo más. Megumi lo miró al quitar unas cajas vacías de baterías AAA.
—¿¡Qué!?
Yuuji estiró la mano, mirando las barras de chocolate como si fueran oro. Seguramente fueron guardadas allí para comer más tarde o llevar a una casa a la que nunca llegaron, y ahora cinco barras de chocolate grandes se presentaban a ellos como un gran tesoro.
Sonrieron grande, mirándose a los ojos. Detrás de los chocolates había un paquete de chicles y una tira de caramelos. Para esos tiempos, fue mucho mejor que conseguir un sobre de fideos salados en un pasillo de vidrios rotos.
—Volvamos.
Salir de día o de noche era igual de peligroso. De noche salían los muertos vivientes, y de día, existía el riesgo de que las otras pandillas pudieran verte caminando por la acera como en la vida de antes; así que los chicos tenían que ser muy cuidadosos al desplazarse, siendo siempre cubiertos por Maki y Nobara, que se encargaban de cuidar el perímetro. Eran amigas excepcionales que esta locura de mundo les dio. Mujeres fuertes, muy valientes, que dejaron atrás sus facetas de idols para convertirse en guerreras.
También tenían a Mai, Momo y Miwa, integrantes de la misma banda que Maki y Nobara y que se dedicaban a cuidar el refugio con armas largas mientras los demás salían a buscar provisiones. Todas juntas se hacían llamar “Las Hechiceras" en sus tiempos de fama y su música era muy pegajosa, aunque ellos no conocían sus talentos desde antes de encontrarlas por accidente.
Con una seña, Megumi les indicó a las muchachas que todo estaba bien, y avanzaron.
Ambos están muy agradecidos con la vida por encontrarse con ellas y con su representante. Desde que se unieron al grupo sus vidas mejoraron en un doscientos por ciento. No es lo mismo salir dos personas a buscar comida que formar parte de un grupo organizado, y más cuando todos sus integrantes son increíbles personas de buen corazón.
—¡Tenemos algo que les va a encantar! —La sonrisa de Yuuji fue tan grande que se notó aún con la mascarilla cubriéndolo. Las otras dos muchachas también sonrieron, levantando el pulgar en aprobación.
—Aunque no encontramos comida —se disculpó Megumi.
—No te preocupes —Maki, aunque de rostro serio, solía ser la más empática de todas—. Gojo consiguió arroz, harina de trigo y una gallina, ¿pueden creerlo?
—Ja, ja. Ese tipo es increíble —completó Nobara—. ¡Una gallina!
—Con tal de que no la haga subir a las camas —era una preocupación real para Megumi. El representante de las chicas, Gojo, solía ser alguien muy peculiar, aunque tiene que admitir que salir a hacer las misiones solo y volver con éxito es digno de admirar.
—¡Nooo! ¡Tonto! —se burló Nobara—. ¡Congelada en un refrigerador!
—Ninguna gallina se subirá a la cama de ustedes, enamorados tontos —terminó de decir la otra muchacha.
Los chicos se callaron, con las mejillas ardiendo y corriendo a toda prisa hacia el edificio donde vivían. Se lanzaron una mirada rápida llena de culpabilidad.
No era de extrañarse que les hicieran ese comentario. Ya ellos podían imaginarse que los demás “lo sabían” aunque jamás hayan dicho nada en voz alta sobre su relación. Y, para ser sinceros, ni siquiera ellos mismos se habían dicho a la cara algo al respecto sobre ponerle un nombre a lo que tenían. Simplemente una noche sucedió que necesitaban estar más cerca que nunca y se besaron con labios temblorosos y los corazones a punto de estallar de amor.
Todo empezó por Yuuji, que solía colarse en la cama de su compañero con la explicación de que tenía miedo. Megumi renegaba. La costumbre de dormir solo era más grande que su empatía por Yuuji, pero entonces el otro hacía ojos de cachorrito con un gran puchero en el rostro pidiéndole “por favor, Megumi”, y la verdad es que él no podía decirle que no a esa linda cara, aunque disimulara refunfuñando y murmurando algo así como que solo sería por esa noche y ya. Entonces, Yuuji sonreía enorme antes de hacerse un lugar entre sus sábanas, agradeciendo la hospitalidad.
No sucedió solo una noche. Yuuji no paró de pedirle un espacio así estuvieran durmiendo sobre cartones o colchones rotos. Siempre necesitó estar cerca suyo al dormir. Incluso, cuando se encontraron con Las Hechiceras y Gojo, tuvieron la suerte de habitar y hacer suyo un edificio residencial vacío en su totalidad, con camas, duchas, mesas y las comodidades que otros no podían darse en esos momentos. Cada uno de ellos obtuvo una cama cómoda, y aún así, Yuuji pedía —por favor— un ladito.
Antaño era una residencia de quince pisos, donde familias hicieron alguna vez su vida diaria. Después de ser destruida por la mutación del SARS-CoV-2, los saqueos y las peleas entre pandillas, ellos lograron hacer una base principal allí, con los restos de los utensilios de personas que ya no existían, alojándose en el último piso.
Hicieron trampas de seguridad, bloquearon puertas y ventanas, construyeron con sus propias manos salidas alternas y lograron hacer de ese edificio un búnker seguro.
—Hoy nos toca a nosotros la azotea —avisó Megumi refiriéndose a que les correspondía cuidar el edificio durante la noche.
—Está bien, me gusta cuando hacemos guardia arriba. Puedo mirar las estrellas —respondió Yuuji con ánimo. La verdad pensaba en el chocolate que se comerían más tarde.
—Debemos ver hacia abajo, no hacia arriba.
Funcionaban como el Yin-Yang, uno tenía lo que le faltaba al otro. Mientras Yuuji era espontaneidad y color, Megumi era más analítico y sobrio. Uno era ruidoso y el otro callado. Uno reía mucho y el otro solo sonreía en momentos precisos. Lo único que tenían en común era el amor mutuo que latía en sus corazones, la entrega al otro incondicionalmente y en cualquier momento.
Los muchachos salieron a la terraza cuando el sol bajó por completo, contemplando el silencio del mundo. A veces se preguntaban dónde estarían los demás humanos, los sanos como ellos. Desde hacía meses las telecomunicaciones no funcionaban, ni se cruzaban a nadie por las calles.
—¿Sería verdad que Corea hizo la fumigación?
Yuuji se imaginaba un escenario donde cuerpos de la seguridad de Corea del Sur se aliaban con los Estados Unidos, poniendo en marcha el plan de “fumigación” que consistía en rociar un gas venenoso para los infectados, matándolos como a las plagas. Eso dijeron la última vez que pudo ver la televisión; que comenzarían por sus propios países, y luego se expandirían por los países aliados.
—No lo sé. No he olido nada raro, ¿y tú?
—No…
—Igual hay muchos zombies por ahí. No creo que hayan fumigado nada.
Juntos comían arroz con guiso de la famosa gallina que llevó Gojo. Tenía un sabor a comida hogareña, calentito para sus estómagos. Comidas así se sentían como un banquete.
—Siento que estamos solos en este país —Megumi suspiró al terminar su comida. Lo que le quedaba era la resignación.
Yuuji lo miró en silencio un buen rato, acercándose un poco más a su lado.
—No estamos solos. Tenemos a las chicas, a Gojo, y nos tenemos el uno al otro.
Por primera vez en todo el día podían permitirse ser cariñosos, lejos de la mirada de los demás y con las estrellas que nacían en el cielo como testigos. Megumi y Yuuji descansaron recostándose el uno en el otro, mirando el panorama. El frío de la noche ya comenzaba a sentirse sobre sus mejillas. La ciudad de Tokio, abajo, se llenaba de los ruidos característicos de la noche; las ratas rebuscando entre la basura, los sonidos raros de los muertos vivientes que arrastraban los pies y la brisa.
—Nunca me faltes, Yuuji.
—No lo haré. Te lo prometo.
Megumi rodeó a Yuuji con sus brazos, recostándose de su pecho. Escuchar latir su corazón siempre era un buen relajante. Por su parte, Yuuji besó su cabello negro con muchísimo amor. Oler el shampoo sobre el cabello brillante y recién lavado de Megumi le dio un alivio para su corazón. Vivir en este mundo solo se podía definir como vivir en una maldita pesadilla, pero a su lado, podría sobrellevarlo.
Cuidar la azotea era fácil a menos que un helicóptero llegara para destruirles el edificio. Solo debían sentarse ahí, mirar hacia abajo cada cierto tiempo para verificar que todo estuviera bien y estar atentos a los sonidos y alarmas que pudieran venir del piso siete, donde Gojo hacía guardia todas las noches mientras las chicas dormían en el piso 15. Los días que las muchachas hacían guardia, ellos podían dormir y así iban turnándose. Poco a poco se convirtieron en una familia que se cuidaba mutuamente.
—Tengo algo para ti.
Megumi se levantó, buscando dentro de su mochila de emergencia. Siempre tenían una mochila a la mano cada uno con una muda de ropa, medicinas de primeros auxilios, una botella de agua y cartuchos para sus armas, pero ahí, dentro de la mochila de Megumi, no solo un chocolate esperaba ser compartido.
Los ojos de Yuuji brillaron.
—Conseguí esto —continuó, extendiendo hacia Yuuji una pequeña cajita, algo maltrecha.
—¿Qué es? —Yuuji se levantó de un brinco, muy emocionado. Adoraba las sorpresas, los regalos. Era como un pequeño cachorro, solo le faltaba mover la cola y sacar la lengua.
—Es una medalla para collar. Lo ví hoy en el lugar que entramos.
Dentro de la cajita, había un colgante en forma de corazón. Decía “I Love U”.
—Gumi…
—Quiero que lo lleves siempre contigo. Yo… te amo, Yuuji. No importa cómo sea el mundo si puedo estar a tu lado.
Yuuji no respondió con palabras, sino que lo abrazó fuerte. Sus corazones latían juntos, necesitando ser el ancla que los sostuviera. Besó su mejilla y acarició su cabello recién lavado una vez más, sintiéndose afortunado de amar a Megumi, de tenerlo a su lado.
—También te amo. Estaré contigo hasta el final.
Por la emoción desbordándose en su corazón, los dedos de Yuuji temblaron al tratar de introducir la medallita en su collar de cuero. En realidad contenía las ganas de derramar una lágrima, era muy sentimental.
—¿Qué tal? —preguntó una vez lo tuvo bien puesto en su cuello.
—Hermoso.
De inmediato, Megumi sacó de la mochila el tan esperado chocolate. Con una sonrisa cómplice se lo dio a Yuuji y se sentaron juntos muy cerca del borde para vigilar cómodamente desde allí.
Fue un día bueno. No tuvieron pesadillas en la madrugada, desayunaron, salieron a buscar provisiones y regresaron con cosas, vivos, sanos, y con sus compañeras. Cenaron guiso de gallina y ahora pueden compartir un chocolate mientras observan el cielo.
—Está rico.
—¿Quieres más? Sabes que no como mucho dulce —Megumi estaba muy dispuesto a darle su parte del chocolate. Todo para que Yuuji fuera feliz.
—Yo sé que tú también quieres chocolate, Megumi. No te hagas.
—Puedo dártelo a ti. Sé que te gusta más.
—Quiero compartirlo contigo.
—Dios, eres terco.
—¡Aún así me amas!
Ambos rieron, fuerte y de verdad. Tal vez usarían de excusa el frío, pero se abrazaron intentando dejar de temblar por la baja temperatura o el amor que los emocionaba hasta los huesos. El mundo allá afuera cambió, era difícil, hostil y sangriento, pero ellos eran todo lo contrario a eso y era lo único que necesitaban.
