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Sherlock Holmes estaba ocultando algo.
No era difícil de adivinar, para John era bastante obvio. Sin embargo, el doctor Watson no había sido capaz de descubrirlo todavía.
Había empezado con Sherlock saliendo de casa temprano. Mucho más de lo usual. Sherlock NUNCA -y las mayúsculas están allí por un motivo- se levantaba temprano. A eso había que añadirle algunas salidas nocturnas, siempre rondando las diez de la noche, y la extremo oposición del detective a las visitas no anunciadas de John.
Ah, y también estaba esa vez que John lo pilló arrastrando hasta su cuarto un enorme costal cuyo contenido no supo descifrar.
—Experimento —explicó brevemente.
John levantó una ceja, no le había preguntado nada.
Eso tuvo que haber sido suficiente para encender las alarmas en su cabeza, pero como Sherlock más de una vez había apuntado, John veía pero no observaba.
(Por cierto, eso era una gran ventaja dada la situación)
Las semanas fueron pasando, y la curiosidad de John crecía y crecía. No le preguntaba nada a Sherlock, sin embargo, porque por un lado no quería darle esa satisfacción, y por el otro quería regodearse de poder averiguarlo por su cuenta.
Su estado anímico había mejorado bastante también. John temía que después de lo de Eurus se volviera más retraído, pero todo lo contrario, ahora siempre estaba de buen humor.
Algo raro estaba pasando y John odiaba no saber qué era.
Molly no estaba siendo de ayuda tampoco. Cuando le comentó lo inusualmente feliz que Sherlock se veía últimamente, la patóloga evadió sus cuestionamientos y trató de cambiar de tema.
Sherlock Holmes estaba ocultando algo, y Molly Hooper era su cómplice.
De hecho, prestándole más atención, John pudo notar que Molly siempre estaba en el departamento cada vez que él se hallaba ausente. Había sido más de una vez en la que llegando de visita, se la encontraba saliendo del lugar o ya instalada allí dentro. También la notó más feliz, incluso, como si cada día que pasara estuviera más y más contenta. Mucho más que de costumbre…
John intentó no sólo ver, sino observar.
Y observó que las pupilas de Molly se dilataban cada vez que estaba en Baker Street y que ahora parecía llevarse mejor que nunca con Sherlock. Ya no había más deducciones que terminaban con ella furiosa o llorando, sino montones de sonrisas cómplices y cuchicheos que John no alcanzaba a entender.
Entonces lo vio, tan claro como el agua.
¡Claro, debía ser eso!
John se sintió contento con sus deducciones. Por un lado estaba satisfecho de haber logrado descubrir el secreto de Sherlock Holmes, y por el otro se regodeaba al ver que el solitario detective por fin había aceptado que el amor no era ningún defecto químico hallado en el lado perdedor ni que tampoco era una desventaja o alguna paparrucha como esa.
Y cuando un día llegó sin avisar a Baker Street y vio a Molly y Sherlock saliendo de su habitación, coreó y celebró mentalmente su pequeña victoria. ¿Ver pero no observar? ¡Toma eso Sherlock Holmes!
Bien, pero todavía era muy pronto para celebrar. John tenía que comprobarlo por sí mismo, y hoy era el día.
Se levantó muy temprano en la mañana, y tras dejar a Rosie con su niñera, se dirigió hacia Baker Street. Se suponía que su turno en el hospital durara toda la mañana, y según había averiguado, Molly tenía esa mañana libre. Si sus deducciones eran ciertas -y vaya que lo eran, había aprendido del mejor-, Molly iría al piso de Sherlock en cualquier momento. Así que, asegurándose de que nadie lo viera, el Dr. Watson esperó pacientemente oculto tras un menú del Speedy's a que Molly llegara.
Molly arribó a las 9:00. Cargaba una bolsa consigo, y lucía tan contenta como las veces anteriores. John esperó unos segundos, y subió las escaleras que tan bien conocía. Contó hasta diez, y con un ¡ajá! abrió la puerta de par en par.
Molly y Sherlock se dieron la vuelta rápidamente, rígidos en su sitio por la sorpresa. Ninguno dijo nada por un momento, demasiado aturdidos por la inesperada aparición de John.
—J-John —logró articular Sherlock tras unos segundos sin decir nada. Esperen, ¿acaso Sherlock acababa de tartamudear?— Qué sorpresa.
—H-hola, John —saludó Molly, nerviosa.
—¿Qué está pasando aquí? —interrogó John, todavía en el marco de la puerta.
—¡Nada!
—¡Nada!
La respuesta vino al unísono, con demasiada rapidez. Mienten, dijeron los sentidos de John. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo de pensar en ello. Un particular sonido vino detrás de ellos, a lo que John levantó una ceja.
—¿Qué fue eso?
—Ese fue mi teléfono —respondió Sherlock, pero John ya conocía ese tono y esa mirada. Mismos gestos que usó el día de su cumpleaños cuando recibió aquel mensaje.
John entrecerró sus ojos, sospechando. Algo no andaba bien allí.
¡…!
Allí el sonido otra vez. Esta vez John se movió de su sitio, y dando grandes zancadas, llegó hasta donde Sherlock y Molly se habían quedado paralizados como estatuas, haciéndolos a un lado, ansioso por saber la verdad.
¡Guau!
Un cachorro terrier irlandés, de pelaje rojizo le saludó agitando la cola animadamente.
—¿¡Un perro!? —la declaración de John sonó más a pregunta que exclamación.
—Por supuesto que es un perro, John —lo atajó Sherlock—, no un pato.
—Un perro —repitió el doctor, estupefacto.
Sherlock recogió al animal del piso, y acarició sus orejas, ante lo cual el cachorro sacudió su cola con satisfacción.
—No me dijiste que tenías un perro.
—Hay muchas cosas que no te he dicho y no estás armando una escena por ello —se defendió el detective.
—Perdona John, Sherlock quiso mantenerlo en secreto—se disculpó Molly.
John rodó los ojos, aceptando las disculpas.
—Y bien, ¿cómo se llama?
—Barba Roja —respondió Sherlock con orgullo—. Fue un regalo de Molly.
John se acercó para acariciar al cachorro, el cual soltó un ladrido de gusto y agitó su colita contento.
—Justamente iba a llevarlo a pasear, ¿quieres venir?
John se encogió de hombros.
—Vale.
