Actions

Work Header

satisfied [esp version]

Summary:

Roier ya lo sabía. Y ahora despertaría, otra vez con ganas de vomitar, y sus ojos estarían tapados, sus manos encadenadas, y todo estaría igual.

Pero no fue así.

-

Un AU Guapoduo (con migajas Parrotduo) donde Roier obtiene una oportunidad de evitar perder a su marido y terminar en un calabozo de la Federación, aunque no pueda salvar a su mejor amiga en el proceso.

Notes:

#guapoduo3anos NO PUEDE SER QUE YA TRES AÑOS DESDE LA BODA, AÚN NO LOS SUPERO AYUDA

disclaimer, fic sobre los cubitos de mc, nunca los ccs

si quieren una versión en inglés, es el siguiente trabajo de esta serie :D

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El suelo era frío, y su cabeza daba vueltas. De nuevo sentía ganas de vomitar, ya habían pasado probablemente días o incluso semanas, pero Roier era incapaz de acostumbrarse a la sensación. Como si no fuera suficiente el ser drogado casi las veinticuatro horas del día, tenía que estar encadenado y con una venda tapando sus ojos. Al menos a través de la tela blanca, Roier podía vislumbrar la tenue luz de las linternas de lo que suponía que sería el pasillo en el que se debía encontrar su celda.

 

Ya no recordaba cuanto tiempo llevaba sin dormir. El simple hecho de cerrar los ojos le causaba náuseas, y cada vez que lo intentaba, con esperanzas de poder recobrar unas pocas fuerzas y poder liberarse, terminaba devolviendo y aún más débil todavía. Las pocas veces en las que sus ojos se mantenían cerrados, era de caer inconsciente por el cansancio, y se levantaba al poco tiempo hiperventilando y sintiéndose peor que antes.

 

Y parecía que iba a pasar otra vez. Roier estaba haciendo todo lo posible por mantener los ojos abiertos, ya había vomitado lo suficiente en las últimas horas y no le apetecía mucho volver a hacerlo. 

 

Aún en esa situación, sintiéndose terrible, sin saber cuanto más podría aguantar, su mente no pudo evitar vagar hasta uno de sus recuerdos más preciados, un 16 de junio.

 

La imagen era borrosa, en el fondo se podía ver un poco de la glorieta de cuarzo que habían construido para aquel día, aún podía recordar como los amarantos colgaban de la estructura, pintando todo de blanco y rosa. Pero lo más importante estaba frente a él. Cellbit, observándolo con cariño, como si fuera lo más precioso del mundo. Su mechón blanco cayendo frente a sus ojos azules, su barba mal recortada, la cicatriz que cruzaba el tabique de su nariz. Roier sentía que solo de recordarlo, podía volver a ese día, sintiendo como su corazón se llenaba por momentos.

 

Hasta que sintió miedo. Peor aún, terror. Porque, ¿y si lo olvidaba? 

 

¿Y si terminaba pasando el resto de sus días (los cuales no parecía que fueran a ser muchos) encerrado en ese sitio, y al ser incapaz de poder volver a ver a Cellbit, cuando quisiera visitar de nuevo ese recuerdo, era incapaz de recordar su rostro? 

 

Es más, ¿si quiera se acordaba de como sonaba su voz? ¿De como sonaba su acento brasileño cada vez que hablaban español? ¿O de como se sentían las manos de Cellbit sobre las suyas? ¿Sus labios contra su piel?

 

Lágrimas comenzaron a resbalarse por las mejillas de Roier, que alzó su cabeza hacia el techo como si eso pudiera frenarlas, siendo consciente de que eso ya era imposible.

 

Lo que más le dolía era el hecho de que no podía hacer nada, el sentimiento de impotencia que invadía su corazón. Si tan solo pudiera regresar… Si tan solo pudiera conseguir que las cosas hubieran tomado un rumbo diferente…

 

Roier no sabía si existía algún dios en esa isla. Pero si existía alguno, Roier usó todas las fuerzas que le quedaban para suplicarle por una oportunidad para arreglar las cosas, antes de caer inconsciente en el suelo de pizarra profunda.

 

 


 

 

Como cada vez que "dormía" desde que estaba encerrado allí, lo único que cruzaba su mente eran los recuerdos de esos últimos meses. El terremoto poniendo en riesgo a los niños, el cielo rojo marcando el horizonte, el mensaje en su comunicador que había zanjado todo. La antena siendo su última esperanza, Pepito observándolo con ojos llorosos, la soga alrededor de su cuello, y luego todo se volvía negro. Como si no recordara todo su dolor, su cabeza siempre le jugaba la misma mala pasada y le obligaba a sufrirlo todo de nuevo.

 

Roier ya lo sabía. Y ahora despertaría, otra vez con ganas de vomitar, y sus ojos estarían tapados, sus manos encadenadas, y todo estaría igual.

 

Pero no fue así.

 

No despertó en el suelo. La superficie era blanda. Quizás hace unos meses se habría quejado del colchón en el que estaba por no ser tan cómodo como el que tenían en el castillo, pero ahora mismo, cualquier cosa era mejor que el suelo duro y frío de la celda.

 

Sus manos estaban libres. Su cuerpo se sentía extrañamente descansado y distinto. Con miedo, Roier abrió los ojos, y por primera vez en lo que habían parecido meses, vio algo que no fuera tela. 

 

¿Estaba en una cueva? Y era extrañamente familiar, pero no sabía de donde la reconocía. 

 

Lentamente, Roier se incorporó, con miedo de que el movimiento rápido lo llevara a devolver una vez más, y fue ahí que notó otro peso en la cama en la que estaba. Y cuando giró su cabeza hacia la derecha, vio que la persona que lo acompañaba no era otro que su marido, aquel que se suponía que había muerto por aquella explosión.

 

Cellbit siempre había sido de sueño ligero, despertándose al mínimo movimiento que había, como cuando Roier solía levantarse a ir al baño en mitad de la noche, con el mayor cuidado posible, pero de alguna manera, cuando el mexicano regresaba silenciosamente a la cama, Cellbit lo esperaba despierto y con los brazos abiertos, con tal de volver a dormirse abrazados. Por lo tanto, no fue sorpresa que al haberse incorporado Roier, el rubio hubiera despertado también, frotándose los ojos con tal de poder ver mejor que le ocurría a su marido.

 

—¿Guapito? ¿Todo bien? — Preguntó Cellbit con voz ronca.

 

Roier permaneció inmóvil, simplemente pestañeando, como si esperara que todo fuera parte de su imaginación, un efecto secundario de las drogas que le suministraba cada día Cucurucho, y Cellbit fuera a desaparecer de un momento a otro. Pero extrañamente, no pasó, y el corazón de Roier martilleaba fuertemente contra su pecho, a punto de salir disparado, porque estaban en la cueva que el equipo rojo usaba de base, porque de alguna manera alguien había escuchado sus plegarias y había regresado al momento en el que todo se torció, y Cellbit estaba en frente suya y…

 

Cellbit estaba en frente suya.

 

Sin pensarlo dos veces, Roier se abalanzó encima del brasileño, aferrándose a él como nunca lo había hecho, dejándose embriagar por su aroma, y prometiéndose a sí mismo que si eso realmente estaba pasando, no se iba a permitir volver a perderlo.

 

¿Meu bem? — La voz de Cellbit ahora estaba inundada de preocupación, sin entender aún el por qué Roier parecía tan afligido de repente pero correspondiendo el abrazo sin dudarlo. — ¿Tuviste una pesadilla o algo así?

 

Roier despegó su cabeza del cuello de su marido, y lo miró directamente a los ojos — oh, cuánto había echado de menos perderse en esos ojos — y le dedicó una sonrisa, mientras una lágrima caía por su mejilla.

 

—Sí, algo así — Dijo Roier mientras se fundía con el toque de Cellbit, que ahora acariciaba con cariño su moflete, limpiando cualquier rastro de lágrimas.

 

—El evento final no es hasta la tarde, y aún es muy temprano — Dijo Cellbit, revisando la hora en su comunicador. — Quizás podríamos dormir un poco más antes de ir a prepararnos para salir, y ya que nos levantemos me cuentas que soñaste. ¿Qué piensas, guapito?

 

Si es que todo terminaba siendo una ilusión más creada por su mente, o si simplemente ya estaba muriendo y su mecanismo de defensa le había permitido vivir una fantasía antes de irse al otro lado, ¿qué mejor manera de marcharse que durmiendo en los brazos de su esposo?

 

—Me parece genial, gatinho.

 

 


 

 

Un rato después, Roier volvió a despertar. En la misma cama, y con los mismos brazos rodeándolo. Lo que le llevaba a pensar en tres cosas.

 

La primera es que no estaba muerto. Bueno, al menos eso quería pensar. Quizás sí lo estaba, y esto era el cielo. Para Roier, estar en esos momentos abrazado a Cellbit se sentía como tal. Pero prefería mantenerse en la línea de que seguía vivo, y ese pensamiento lo llegaba al siguiente caso.

 

De alguna manera, había regresado al último día del Purgatorio. Esa tarde irían al evento en el que les permitirían ver a los niños, y después la Federación usaría la bomba de Maximus en su contra, activándola y causando un terremoto que les obligaría a abandonar a las crías de dragón y huir en dirección a un barco que los esperaba en la orilla con tal de llevarlos de vuelta a sus casas, a isla Quesadilla. Roier no tenía ni la menor idea de porque había regresado a semanas atrás, como si quiera era posible eso. Quizás sí existía un ente superior que lo había escuchado y le había otorgado la oportunidad por la que había suplicado. Ya habían sucedido muchos hechos extraños en la isla, hacer a un residente viajar en el tiempo no sería ninguna sorpresa, pero eso solo lo hacía preguntarse aún más cosas. ¿Por qué él? ¿Y por qué justo en ese momento? En cualquier caso, todo le llevaba al último punto.

 

Roier no iba a desperdiciar esa oportunidad. Ya sabía que pasaría, debía usarlo a su beneficio. 

 

Y definitivamente arrastraria a Cellbit con él a ese barco, aunque tuviera que jalarlo de las greñas.

 

—¿En qué piensas tanto? 

 

La voz de Cellbit lo asustó. Estaba tan perdido en sus pensamientos, buscando la manera en la que conseguir que esta vez todo saliera correctamente, que no se había dado cuenta que el brasileño se había despertado y lo estaba observando fijamente.

 

 —Buenos días a ti también, gatinho — Después de tanto tiempo sin darle los buenos días tan tranquilamente a su marido, Roier se sintió un tanto extraño, incluso melancólico, pero a su vez todo era tan natural, como si toda su vida hubiera valido la pena solo para poder vivir esos momentos de nuevo.

 

—¿Estás preocupado por el evento de luego? — Supuso Cellbit, acercándose aun más a Roier, acurrucándose en su cuello mientras que el castaño estaba tumbado sobre su espalda, mirando al techo. — Todo irá bien, y pronto estaremos de vuelta en casa.

 

"Oh, que hipocresía, gatinho, que digas eso tú"

 

—Más te vale.

 

—¿Es una amenaza? — El brasileño rio, incorporándose y observándolo con una ceja levantada.

 

—Sí — Le contestó Roier, sin filtro alguno. — Cellbit, ¿confías en mí?

 

Roier no podía decir directamente que sabía lo que iba a pasar. No creía que Cellbit lo trataría como si estuviera loco, pero Roier sentía que no era correcto. Como si confesar que eso había pasado sellaría ese destino, echando a perder su única oportunidad de arreglar las cosas.

 

—Claro. Al cien por ciento.

 

—Ya sabes de mis sentidos arácnidos, ¿no? Digamos que también tengo una intuición muy fuerte. Necesito… Necesito que confíes en mi más tarde, en el evento. Necesito que me hagas caso en lo que te diga — Intentó excusarse Roier.

 

—¿Por qué hablas como si supieras algo? Guapito… — La naturaleza curiosa de Cellbit quería saber más, no por algo era el investigador designado de la isla, pero en ese momento, Roier no se podía permitir saciar dicha curiosidad.

 

—Cellbit, solo confía en mi, ¿okey?

 

—… Está bien, guapito. Eu confío — Dijo Cellbit, haciendo reír a Roier por la frase.

 

Entonces Cellbit lo besó. Y para el brasileño eso estaría ya tan normalizado, igual que para Roier lo fue hace meses, pero después de tanto tiempo encerrado, después de recibir tantas miradas de compasión, tantos pésames, pensando que jamás lograría tener un momento así de vuelta, Roier sentía que su corazón podía explotar en ese momento de felicidad, al fin sintiéndose completo.

 

Cellbit se separó a los pocos segundos, para la tristeza de Roier, pero no sin antes dejar un beso cariñoso en la frente del castaño, para después incorporarse y estirarse, haciendo crujir unos cuantos huesos de su espalda y brazos.

 

—Le prometí a Philza que lo ayudaría temprano a hacer té para todos, ¿quieres venir? — Le ofreció Cellbit, levantándose de la cama y vistiéndose para salir a ayudar al híbrido de cuervo, pero Roier negó con la cabeza.

 

—Gracias, pero creo que quiero salir a tomar un poco de aire. Dale los buenos días a Felipe de mi parte — Rechazó Roier, imitando a Cellbit y saliendo de la cama en dirección a la piedra donde había dejado su ropa el día anterior, al parecer.

 

—Está bien, guapito. Te veo luego entonces.

 

Ya con todo su equipamiento listo, Cellbit se acercó una vez más a Roier, dándole un pico rápido en los labios antes de salir del hueco en la cueva del que habían hecho su habitación conjunta temporal esos últimos días en el Purgatorio.

 

A Roier no le habría importado ir a ayudar a Cellbit y Philza con los cultivos, de hecho, fue lo que hizo la última vez (si es que esa vez de verdad había existido, las cosas eran muy confusas en ese momento), y quizás su tiempo encerrado no había sido real y su cuerpo no lo había sufrido, pero todo dentro de él le pedía ver el mundo exterior, aunque fuera el rojo cielo del Purgatorio, y respirar un poco de aire, aunque no fuera tan fresco debido a las continuas corrientes de viento que traían gases tóxicos, razón por la que todos estaban prácticamente obligados a llevar máscaras de gas. Los rojos aún más, dado que dichas corrientes parecían ser incluso más frecuentes en la zona de su base. Roier recordaba como le costó acostumbrarse en su momento.

 

Perdido en sus pensamientos, Roier salió a la entrada arenosa de la cueva, llenando sus pulmones de aire y mirando agradecido en dirección al sol, aunque sintiera que sus ojos quemaran. Tan perdido estaba en su cabeza que no detectó una presencia nueva en su lado derecho.

 

—¿Nervioso por hoy? — Roier se sobresaltó por un segundo por la voz femenina, pero la reconoció tan rápidamente que no pudo frenar una enorme sonrisa posándose en su rostro.

 

—¡Jaiden! — El castaño se lanzó prácticamente encima de la peliazul, abrazándola con fuerza y a la vez con delicadeza, no queriendo herir sus alas.

 

—Wow, hey, ¿todo bien? Ni que no nos hubiéramos visto en meses, Roier.

 

Para Jaiden, habían sido unas escasas horas sin la presencia del mexicano, y la mayoría las habían pasado dormidos.

 

Para Roier, habían sido semanas sin noticias de su mejor amiga, todos tomándola como presuntamente muerta.

 

Jaiden tampoco había regresado en ese barco. 

 

—Perdón, tienes razón. Deben ser los nervios por hoy. ¿Tú también saliste a tomar aire? — La híbrido de loro asintió, sentándose en el suelo y dando unas palmadas en la tierra al lado suya, invitando al mexicano a que se sentara con ella.

 

Por unos minutos, un silencio cómodo reinó entre ambos. Jaiden simplemente miraba el cielo, apreciando las distintas tonalidades de rojo, mientras que Roier maquinaba en su cabeza, buscando una forma de conseguir que Jaiden regresara a casa con él, tal y como planeaba hacerlo con Cellbit.

 

—Presiento que hoy habrá un atardecer precioso, ¿sabes? — Jaiden fue la que rompió el silencio, sin apartar la mirada del cielo.

 

Roier solo se giró a mirarla, consciente del peso y significado que tenían los atardeceres para ellos, y rebuscando entre sus recuerdos por alguna imagen mental de como fue el atardecer aquel día, pero solamente llegaban fotogramas del barco, de los mensajes en su comunicador, y del contador llegando a cero con dos de las personas más importantes para él sin estar a su lado.

 

—Roier, ¿puedo sincerarme contigo? — Al fin, Jaiden le regresó la mirada al castaño, que solo asintió, con un sentimiento que no sabía describir inundando su cuerpo al completo. — No sé que sea lo que pase hoy, pero si es algo malo, no sé si tendré las fuerzas para apartarme.

 

—¿… A qué te refieres con eso, Jaiden?

 

Roier notó el cansancio en los ojos de su mejor amiga, y algo se removió dentro de su pecho, una idea formándose en su cabeza aunque su corazón quisiera negarlo.

 

—Sé como funcionas, Roier, y te admiro mucho por como eres. Eres mil veces más fuerte que yo. Sé que aún así, sigues sufriendo por dentro, pero te sigues levantando, ¡y mira donde has llegado! — La peliazul rio, pero para Roier no pasó desapercibida la lágrima que la chica intentó disimular. — Construiste la ciudad que te pidió, formaste una nueva familia, y todo sin dejarnos de lado a Bobby y a mí. 

 

—Tu también eres mi familia Jaiden. Nunca has dejado de serlo, ni lo dejarás de ser — Roier se apresuró a decir, agarrando la mano de la mujer, que le respondió con una sonrisa.

 

—Lo sé, Roier, y te lo agradezco. Pero como decía, no soy ni la mitad de fuerte que tú — Una vez más, los ojos morados regresaron hacia el cielo. — Y no sabes cuanto quiero volverlo a ver.

 

—…¿Y pretendes que me quede de brazos cruzados? ¿Que no haga nada por ti, que simplemente me quede mirando mientras tú te quedas atrás? 

 

—Sé que es muy probable que no lo hagas. Va en contra de tu naturaleza, de tu buen corazón. Yo solamente te lo pido, y te digo que nunca será tu culpa, que nunca lo fue, y que pase lo que pase hoy, siempre serás el mejor amigo que pude tener en esta isla.

 

Era un pedido injusto. Mucho. Aún más para Roier, sabiendo lo que ocurriría perfectamente, y que si hacia lo que su amiga le pedía, terminaría pasando lo que ella quería, nada de una desaparición temporal o un descanso demasiado largo, sino que una muerte inevitable. Roier no quería eso, bajo ninguna circunstancia. Ya perdieron a Bobby una vez, no quería perder ahora a la única que había compartido al completo ese dolor con él, la única que podía comprender por lo que había pasado.

 

Al mismo tiempo, conocía el sufrimiento de Jaiden. Y sabía que si la arrastraba de vuelta a ese barco con él, era una elección egoísta de su parte, que la peliazul terminaría recluida de nuevo en Bobby Fields, deseando que las cosas hubieran sido distintas. 

 

Jaiden se lanzó a sus brazos, y fue ahí que Roier se permitió llorar. Era raro, llorar por la muerte de alguien que aún no fallece, en los brazos de dicha persona.

 

Se separaron a los pocos minutos, cuando ambos ya no tenían más lágrimas que soltar. Aún así, Jaiden mantuvo sus manos en los hombros de Roier, con tal de que se siguieran mirando directamente, y entonces le sonrió.

 

—Vamos dentro, Roier, ya casi es hora de irnos — Jaiden se levantó, ofreciendo su mano al castaño para que se alzara también. Roier la tomó y aprovechó el impulso para abrazarla una vez más, sacando una risa de la chica.

 

—No es justo Jaiden, yo te amo mucho… — Reclamó el de bandana en su cuello, mientras que la híbrido solo acariciaba su espalda en un intento de consuelo.

 

—Y yo a ti, solo espero que algún día me puedas perdonar — Respondió Jaiden, sin saber que aún no había pasado, pero ya tenía el perdón del castaño, porque nunca conseguiría culparla de algo o enfadarse con ella por más de un segundo. — Ahora limpiate las lágrimas y vamos a la base, si Cellbit ve que lloraste va a intentar saber que pasó y me va a atacar si se entera que te fue mi culpa — Se quejó la de ojos morados, haciendo reír a Roier mientras se limpiaba las mejillas con las mangas de su sudadera oscura.

 

—Ya sé, es un chismosito.

 

—Igualitos, por algo estáis juntos.

 

—¡EY! ¿Qué insinúas con eso, culera? — Le reclamó Roier, señalandole con un dedo de forma acusadora.

 

—¡Nada! — Gritó la peliazul entre risas, corriendo hacia la entrada de la cueva, sabiendo que Roier comenzaría a perseguirla.

 

Mientras tanto, Cellbit y Philza solo observaban la persecución de los otros dos desde los campos de té, el primero con la cabeza ladeada, curioso por el revuelo, y el mayor solo reía mientras negaba con la cabeza.

 

 


 

 

Pasó tal y como Roier recordaba.

 

Llegaron al lugar. Vieron a los niños. Roier saludó a Richas, a Leo. Apareció Quackity. O bueno, ElQuackity. Roier se preguntó si podría haber hecho algo para evitar eso también, pero se temía que para ese tema habría necesitado mucho más que un día. Quizás sea lo que sea que le dio esta nueva oportunidad, se la daría mucho antes en otro universo, con tal de evitar que uno de sus mejores amigos terminara así.

 

Luego fue la bomba que Maximus había estado fabricando, y su inminente explosión, haciendo a todos entrar en pánico. Roier solo se mantuvo firme, preparado para salir corriendo en cuanto llegara el momento, apretando la mano de Cellbit.

 

La ruleta de eventos que había girado durante esos días sin descanso alguno dio un último giro, anunciando un terremoto, y la cuenta atrás comenzó. Esa fue la señal para que Roier saliera corriendo, arrastrando a su esposo fuera del edificio, aunque este no parara de girar su cabeza a mirar como Richarlyson se quedaba atrás. Él y Leo estarían bien, Roier lo sabía, pero no podía evitar preocuparse igualmente. Aún así, sacudió su cabeza y se concentró en llegar al barco con vida, y muy importante, acompañado.

 

Les habían dado nueve minutos y medio para llegar al barco, y Roier y Cellbit ya estaban en la costa cuando en el contador quedaban aún casi dos minutos al completo. El castaño estaba casi feliz de notar el agua entrando a sus botas y mojando sus pantalones, aliviado por haber llegado con tiempo de sobra, cuando un tirón en su brazo, indicando que Cellbit había parado de andar, lo hizo detenerse en seco.

 

—Roier, yo… No me puedo ir sin Richas. Tú tienes que subir a ese barco, pero yo no soy capaz.

 

"1 minuto 37 segundos. Puedo hacerlo, puedo jalar a este cabrón conmigo."

 

—¿Y que pretendes hacer, Cellbo? ¿Buscarlo si acaso sobrevives a la bomba? ¡No siempre tienes que ser tú el que se sacrifique por todos, pendejo! ¡No puedes dejarme solo, no de nuevo! — Roier no había sido consciente de como su tono se había elevado cada vez más con cada palabra hasta que su voz se rompió con la última frase. Cellbit solo lo observaba, perplejo, no estaba acostumbrado a ver a su marido tan enfadado, y Roier le extendió su mano una vez más. — Confía en mí. Subamos al barco, regresemos a casa, y desde allí podemos buscar a Richas, a Leo, y a todos los demás niños. Podemos lograrlo, pero tenemos que estar juntos, culero, no me puedes dejar así.

 

El híbrido de gato lo observó fijamente, reconsiderando todas las opciones que tenía, y finalmente, asintió, tomando la mano de Roier, cuando apenas quedaban 40 segundos en el contador. Ambos se subieron al barco, apresurados, y Cellbit se quedó hablando con Philza, ayudándole a hacer recuento de quienes faltaban por subir, mientras que Roier se acercó a la proa del barco, mirando su comunicador por instinto, pero esta vez, no tenía ningún "Adiós guapito" en su bandeja de mensajes nuevos.

 

Sin embargo, sí tenía un mensaje de Jaiden, que no tardó en responder.

 

"Te dije que el atardecer sería hermoso hoy."

 

Roier observó el horizonte y efectivamente, el color rojo del cielo del Purgatorio se había teñido con algunos tonos de otros colores como naranja o rosa, dejando una imagen hermosa de las montañas en frente del barco, por las que habían cruzado para venir. En una de ellas, el castaño pudo vislumbrar una figura lejana, pero sus alas extendidas dejaban solo una posibilidad entra las personas a las que podía pertenecer la silueta.

 

"Tienes razón, Jai. Se ve hermoso."

 

Y luego el contador llegó a cero. El barco comenzó a alejarse, mientras que Roier se dio la vuelta y se sentó junto a Cellbit, que aún parecía afligido por haber dejado a su hijo allí, comprensiblemente, y lo abrazó fuertemente mientras que un sonido atronador les informó que la bomba ya había explotado.

 

 


 

 

Dos años más tarde

 

 

Unos pocos rayos de luz entraban a través de las cortinas del balcón que tenían en su cuarto. Antes no estaban, pero a petición de Cellbit, que a veces se iba a dormir a altas horas de la madrugada y no le apetecía levantarse por la luz inundando el cuarto antes de conseguir las horas de sueño minimamente necesarias, terminaron instalando unas bonitas cortinas de color rojo que combinaban con el castillo.

 

Ese día Roier se había levantado primero. No era ninguna novedad, pasaba muy a menudo, y el mexicano solía aprovechar esas ocasiones para bajar a preparar el desayuno para sus hijos y su marido, que siempre terminaba despertándose no mucho más tarde — Cellbit era de sueño ligero, y ahora parecía que no podía soportar más de diez minutos en la cama en ausencia de su marido, porque terminaba levantándose, sintiendo que algo estaba incorrecto — y lo interceptaba en la cocina, abrazándole por la espalda y llenando su cuello de besos. Definitivamente era el ritual matutino favorito de Roier.

 

Aún así, ese día Roier prefirió quedarse en la cama un rato más, mirando al techo y pensando en todo lo que había ocurrido en los últimos años.

 

El moreno agradeció a quien fuera que le dio una oportunidad más. Roier no sabía a quién le estaba dando las gracias, la verdad, pero se encargaba de hacerlo a menudo.

 

Después de que se subieran al barco y regresaran a la isla, las cosas fueron ocurriendo sucesivamente tal y como Roier las presenció antes de su secuestro, pero en un ambiente muy distinto.

 

Primero fue la llegada de los tres nuevos niños: Sunny, Empanada, y obviamente Pepito

 

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Roier cuando el pequeño se acercó lentamente a él y a Cellbit, con el papel de adopción en sus manos, con su nombre y el de sus otros amigos no tan presentes en la isla. El sentimiento de culpa inundó su pecho momentáneamente, por como había sido su trato hacia el pobre niño que no tenía culpa alguna de las cosas que le habían pasado a su padre, pero rápidamente se desvaneció, sustituido por la inmensa alegría de poder hacer las cosas bien. 

 

Esta vez, Pepito no vería a su Apá Roier sonreír únicamente en cuadros y fotos. Esta vez, Roier recibió a Pepito con una gran sonrisa, mientras le revolvía los cabellos cariñosamente, y le presentaba a su esposo, le mostraban sus castillos, y le hablaban de las otras crías de dragón como él que eran su familia, y que pronto volverían con ellos.

 

Y efectivamente, no mucho después, el resto de niños regresaron. Roier recibió a Richas y a Leo entre lágrimas. Sabía que regresarían, pues todo estaba ocurriendo como él había vivido anteriormente, pero aún existía el pensamiento intrusivo, el "¿y si no sucede así?". 

 

El mexicano aprovechó que ya no tenía que pasar tanto tiempo construyendo una antena para buscar al estúpido de su esposo para estar más con su hermana, sabiendo el estado en el que se encontraba Vegetta, profundamente dormido desde hace ya semanas, y que Foolish aún no regresaba del Purgatorio. Sabía que lo haría, por lo que no estaba muy preocupado, pero la pequeña Leo no sabía eso, y necesitaba todo el apoyo posible de su hermano mayor en esos momentos.

 

Cuando llegó el día en el que en el anterior ciclo — Roier había terminado dándole ese nombre, inspirado por las películas en las que los personajes regresan varias veces al mismo punto en la historia para cambiar algo, aunque el castaño esperaba no tener un "nuevo ciclo" pronto — Roier fue secuestrado, el miedo se instaló en su pecho inevitablemente. Estuvo todo el día paranoico, mirando en cada esquina, detrás de cada árbol, analizando cada sombra sospechosa, esperando que allí estuviera Cucurucho esperándolo con una soga que atar a su cuello y dispuesto a separarlo de su familia una vez más.

 

Pero eso no pasó. La noche llegó, y durmió en la cama del castillo, después de darles las buenas noches a Richas y Pepito, de mandarle un mensaje a Leo de que mañana irían a comer a la taquería juntos, y protegido por los brazos de Cellbit.

 

Después de eso, acostumbrarse de nuevo a vivir sin saber que viene después fue un tanto complicado, pero no imposible. Además, Roier encontró la distracción perfecta, algo que llevaba rondando su mente desde hace mucho tiempo pero nunca llegó a poder hacer.

 

En una semana de trabajo, Roier trasladó la tumba de Bobby al lugar donde Jaiden habría querido que estuviese: Bobby Fields. Y además de eso, justo al lado, hizo una tumba nueva, y se encargó de poner a ambas en dirección al atardecer, para que con cada visita, los tres pudieran observarlo juntos, como solían hacer en tiempos más sencillos.

 

Fue una semana muy emotiva, entre el dolor en sí que causaba pensar en el hueco que existía en su corazón y que jamás podría ser llenado de vuelta por la falta de su hijo y su mejor amiga, dejándolo incompleto, además de que estar tanto tiempo fuera de casa por el traslado implicaba que en un punto, Pepito empezó a hacer preguntas, y explicarle a un niño tan pequeño la muerte de otro, siendo esta una cruel e injusta, no fue lo más agradable para Roier. 

 

Desde entonces, Roier visitaba dichos campos de amapolas todas las semanas. A veces solo, otras veces acompañado, de Cellbit y sus flores, de Richas — que siempre traía sus pinturas nuevas para mostrárselas a Bobby, una escena que siempre estrujaba el corazón del mexicano aún con el paso de los meses —, incluso de Pepito, al que le gustaba contarle su día a ambos como si verdaderamente estuvieran allí. A Roier le gustaba pensar que así era, y solo observaba con ternura la interacción.

 

Y con eso, fueron pasando las semanas, luego se hicieron meses, y hasta años. La isla cambiaba poco a poco, a veces llegaban nuevos isleños, y a veces otros se iban por su cuenta, nuevas construcciones aparecían y antiguas eran destruidas o renovadas. Habían cosas que no cambiaban, como la desconfianza a la Federación, o los miles de misterios que residían en la isla, pero de todas esas cosas inmutables, la favorita de Roier era el amor a su familia y el agradecimiento por haber podido hacer las cosas mucho mejores.

 

Inevitablemente, Roier volteó su cabeza en la almohada hacia la derecha, obteniendo la visión del rostro tranquilo de Cellbit, aún dormido y con su cabello despeinado, su clásico mechón blanco y algunas hebras rubias cayendo sobre sus ojos.

 

¿Qué habría sido de él si nunca hubiera podido arreglar las cosas? ¿Habría muerto drogado en las celdas de la Federación, aún aferrado a la esperanza de reunirse con su familia? ¿Cellbit verdaderamente se habría muerto por la explosión de la bomba en la isla del Purgatorio, o habría regresado y nunca habría podido descubrir el porqué de la ausencia de Roier?

 

Bom dia, guapito — La voz ronca de recién despertado de Cellbit lo sacó de su espiral de pensamientos, haciéndolo sonreír inconscientemente al ver como los ojos azules lo observan con tanto cariño.

 

—Buenos días, gatinho — Respondió Roier, acercándose un poco para dejar un beso rápido en los labios del brasileño, que sonrió complacido.

 

Feliç aniversário, meu bem — Roier sonrió, recordando que un año más, podía despertar un 16 de junio al lado de su esposo.

 

—Gracias por darme los tres mejores años de mi vida, mi amor.

 

Y al menos esa mañana, ambos se permitieron olvidarse de cualquier responsabilidad, culpa o tarea que tuvieran y se quedaron juntos en la cama, solo ellos dos apreciándose mutuamente y disfrutando de la tranquila mañana de su tercer aniversario de bodas.

 

(O al menos así querían que fuera, hasta que ciertos chillidos de dos niños que se creían capaces de hacer una tarta de chocolate para desayunar con tal de conmemorar el aniversario de sus padres — y que pronto se dieron cuenta de que quizás no eran tan capaces — los sacara de su burbuja. 

 

Pero por unos minutos, dejemos que disfruten de su tranquilidad, muy merecida, ¿si?)

Notes:

me debatí mucho mentalmente sobre si dejar viva a jaiden o no y así terminó, ya me retaron mucho las dos personas que ya sabían del fic, una disculpa

como le dirían al mismísimo leon kennedy, no puedes salvarlos a todos novato🚬🚬🚬

Series this work belongs to: