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El rechinido de los columpios era el único sonido que se oía entre ellos dos. Yūta estaba nervioso y un poquito asustado. Miró de reojo a la niña sentada en el columpio a su lado. Su mirada hosca, la forma en que su nariz se arrugaba ligeramente en una mueca de desagrado y sus labios fruncidos.
Le había dicho a Yūta que ella sería su amiga, pero le resultaba difícil interactuar con ella. Jugar y hablar con otros niños no había sido tan difícil en su antiguo hogar, pero a pesar de que la niña a su lado era tan bonita como una muñeca, tenía un aire imponente.
—Hey, mirar así a los demás es de mala educación. ¿No lo sabías?
El niño casi respingó, avergonzado de haber sido tan grosero como ella lo había dicho y por haber sido atrapado en el acto. Jugó con sus manos nerviosas.
La niña se llamaba Maki Zenin. Aunque era un año menor que Yūta, tenía la misma estatura. Su cabello le llegaba a los hombros, usaba un kimono bonito, pero su forma de hablar era cortante y desafiante. Le intimidaba.
—Lo siento. Zenin-san —se disculpó avergonzado.
—¡Ya te dije que no me llames así! —le reprochó con fastidio, frunciendo aún más el ceño, y, por ende, Yūta se sintió amedrentado.
El niño guardó silencio, pero la mortificación fue más fuerte. Todo era nuevo para Yūta. Lejos de su casa, de sus padres. Llevado a otro lugar que desconocía, con "familiares" de los que nunca había oído hablar. En un entorno que le confundía y le asustaba.
Sin darse cuenta y sin poder retenerlas, las lágrimas se le derramaron por las mejillas. Le siguieron el hipo y el temblor en el cuerpo. Su pecho dolía, como si le estuvieran estrujando el corazón.
—¿Por qué lloras? —Ella resopló confundida. Pero solo obtuvo más sollozos por parte del niño. Si alguien fuera a buscarlos en el jardín y viera esa escena, pensaría que Maki le había hecho algo al niño. Maki no quería ser reprendida y no sabía si en el clan Gojo impartían los mismos castigos que en su familia—Hey, deja de llorar.
Pero tuvo el efecto contrario, porque las lágrimas y los gemidos aumentaron.
Maki se sintió abrumada por el llanto repentino. Pensó que quizá fue su culpa, pero no había hecho nada. Aun así, no creía correcto dejarlo llorando e irse.
Con un pequeño salto bajó del columpio mientras rebuscaba en el kinchaku que llevaba consigo. De la bolsita sacó aquello que buscaba. Parándose frente al niño que seguía sollozando, con las manos sobre la cadera y con voz clara y firme, le llamó.
—No debes llorar solo porque alguien te reprenda. Serás presa fácil si te muestras así de débil.
Entre lágrimas, Yūta le vio. No entendía a qué se refería. Él no era un animal. ¿Cómo podría ser presa de algo? Pero solo más hipos ahogaron su pecho.
—¿Por qué estoy aquí? ¿Hice algo malo? —No entendía por qué, luego del accidente con Rika, le había llevado a ese lugar. ¿Hizo algo malo? Pensar en ello solo provocó que el dolor en su pecho aumentara y, con voz entrecortada, al fin dijo lo que tenía encerrado en su corazón: —Quiero irme a casa.
Con sus padres y su hermanita. No quería estar en esa casa tan grande con demasiadas personas desconocidas. Todos vestían ropa similar a la de Maki, pero las miradas que le dirigían eran extrañas y le hacían sentir incómodo.
Los ojos de Maki se agrandaron brevemente por la sorpresa. No esperaba escucharlo decir eso con tanta desesperación. Ella no compartía del todo el sentimiento de Yūta por regresar a casa. Sin embargo, era imposible no sentir pena por él. Recordó lo que le habían dicho de él y Maki consideró lo que estuvo por decir.
—No podrás —el llanto se volvió más desesperado. Maki casi dio un paso atrás, sorprendida. Luego continuó con un poco de urgencia— Al menos, no por ahora. Sé que Satoru estudia en Tokio, y él dijo que nosotros podríamos hacerlo también, pero-
—¿Pero qué?
—Pero dijo que primero debíamos ser fuertes. Por eso debes parar de llorar.
Yūta intentó ahogar el llanto, pero el hipo no se detuvo. Además de la cara machada de lágrimas, sus mejillas, ojos y nariz estaban rojos y algo escurría de su nariz. Para Maki esa era una imagen lamentable. De alguna forma le recordaba a su hermana.
Seguro fue por ello que, sin pensarlo, se acercó a él y, con el pañuelo que había buscado en su bolsita, limpió su rostro y su nariz. Debería de ser desagradable, pero estaba acostumbrada a hacer eso con Mai. El inesperado actuar de Maki tomó por sorpresa a Yūta, quien movió sus brazos con inquietud al sentir el pañuelo en su cara.
Cuando Maki dejó de limpiar su rostro, Yūta sacudió la cabeza rápidamente, y cuando su rostro confundido volteó hacia ella, Maki le observó con atención. Su cabello negro y desordenado, la ropa informal. Sobre todo, sus ojos grandes, brillantes y tristes. Maki ladeó la cabeza, corrigiendo lo que había pensado antes. No, Yūta no le recordaba a su hermana. Era más bien como un cachorro abandonado.
Sintió un pinchazo en el pecho al recordar que ella también era como un gato abandonado.
Apretó los puños y, con una mirada determinada, dio un paso más hacia él.
—Si quieres ver a tu familia, si quieres salir de aquí, si quieres sobrevivir, debes ser fuerte. —No hay otra alternativa, por eso, ya no llores —le ofreció su mano. Él la miró con confusión, pero luego, de forma tentativa, tomó esa mano, igual de pequeña que la suya, y, con grandes ojos expectantes, le observó con atención. Maki continuó con un tono más suave, pero no menos determinado— No estarás solo, así que volvámonos tan fuertes juntos.
Yūta estaba sorprendido. Aunque Maki era menor que él, era, sin duda, valiente y decidida. Maki no solo intentaba consolarle, sino que también le daba la mano y le decía que estaría a su lado. Entusiasmado, asintió con fuerza ante las palabras de ella.
—Lo haré. Me esforzaré por ser fuerte.
Como respuesta, la mano que sostenía le dio un apretón y fue acompañada de una sonrisa vivaz.
—Eso espero. Debes volverte más fuerte que yo y no pienso dejártela fácil. ¿Está claro?
Yūta le observó con una mezcla de fascinación y admiración; la niña de pie frente a él parecía bañada por los cálidos y brillantes rayos del sol. La tristeza que había apretado su corazón fue reemplazada por algo que no supo nombrar.
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—Huh... ¿Cómo debería llamarte?
Yūta preguntó mientras iban de regreso a la residencia.
—Da igual, solo no uses mi apellido. No me gusta y también... las personas aquí les agrada menos.
La mano que le guiaba era cálida. Yūta titubeó, su mirada se movía nervosamente de ella a su alrededor— ¿Maki-chan...?
—No —ella le cortó de tajo. Esa era la forma en que su detestable primo se dirigía a ella. Yūta le miró confundido— Puedes decirme solo Maki.
Aunque ella le dio permiso, Yūta se sentía incómodo tan solo al pensar en llamarle de esa forma tan informal. Intentó de nuevo
—Maki-san...
Maki resistió el impulso de suspirar. Este niño ponía a prueba su paciencia. No es tan lindo como Mai. Aun así, viendo lo difícil que era para él, la niña supuso que era mejor que lo anterior. Seguro que, con el tiempo, dejaría de usar ese sufijo con ella.
—Está bien.
El rostro del niño pareció iluminarse ante su aprobación. Con brinquitos emocionados, continuó: —Entonces, a mí puedes decirme-
—Yūta.
La sonrisa con la que Maki dijo su nombre, Yūta solo podía compararla con los rayos del sol.
—¿Así está bien? —Ella le preguntó ante el silencio del niño. Yutá logró asentir, pero no pudo hablar. Su corazón latía de forma extraña. Ante la confirmación de él, Maki volvió a sonreír y, apurándole, caminó y entrelazó sus manos—Entonces, camina más rápido.
Era luminosa y cálida.
