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Aquel que podría salvarme

Summary:

«Yūta, si te dijera lo que siento...» no, no quería perder esto. No quería volver a la sofocante y pesada oscuridad.
Pero él era el único que podía salvarla.

Notes:

Disclaimer: Este trabajo de ficción, el cual se hace uso de los personajes de la obra original Jujutsu Kaisen, cuyo autor es Gege Akutami. Esta historia es únicamente para el entretenimiento del lector.

Para la Yutamaki week.
Día 05: Conversaciones nocturnas

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

 

 

Todo era blanco y negro. Bondad y maldad. Desesperación y esperanza.

Entre todo ello, Maki siempre había estado en medio. De entre las personas normales con poca energía maldita y hechiceros sobresalientes o capaces, ella estaba en medio. No era alguien común e intentaba encajar entre los demás. Incluso su atadura celestial fue incompleta hasta hace poco.

De entre el blanco y el negro, decidió no ser gris.

Rojo. Carmesí, como la sangre de su familia que escurría entre sus manos.

La catarsis luego de la batalla que destrozó parte de la ciudad y arrebató a más de no, ya no estaba. Y cada día los suspiros eran más profundos y, con ellos, una parte de su alma se consumía. Era como si la furia se hubiera apagado; la tristeza no desaparecía; era como si esta se hubiera entumecido, como si le hubieran sedado.

Parte se debía a su intento de protegerse: todos esos pensamientos eran relegados a un rincón de su mente. Intentaba mantenerse ocupada, pero durante la noche, en el silencio que se apoderaba de la oscuridad y de su soledad, Maki sentía la advertencia silenciosa de su fin.

Le aterraba.

No toleraba estar en su habitación, sin embargo, no había otro lugar para ella. No había nada que-

—¿Maki-san?

Maki levantó el rostro tan rápido que el súbito movimiento le mareó por un momento.

Yūta, quien había interrumpido el hilo de sus pensamientos y, sorprendentemente, la tomó desprevenida, se encaminó hasta ella.

—¿Qué haces aquí a estas horas?

Consternado, preguntó con suavidad, consciente de la hora y sin querer hacer ruido que pudiera despertar a alguien. Maki dudaba que eso sucediera, pues estaban afuera -a varios metros de los dormitorios, pero siguió su ejemplo y mantuvo el volumen de su voz.

—... ¿Regresas de tu misión?

—Sí. Aunque no esperaba encontrar a alguien a esta hora. ¿Tú... estás dando un paseo?

—Hace demasiado calor. Necesitaba aire fresco.

No era del todo mentira, excepto que fue la falta de aire, y no el clima, lo que le llevó a salir. El silencio de su habitación le asfixiaba.

—Entonces, tuve algo de suerte. ¿Está bien si te acompaño un rato?

La joven le miró con suspicacia. Su aspecto era el de alguien que había trabajado sin descanso por horas; el agotamiento era notorio, y cualquiera en su lugar se despediría y se iría directo a descansar. Maki estuvo a punto de reprenderle, pero las palabras no salieron de sus labios entreabiertos. Algo se lo impedía. Y sin poder identificar por qué, terminó asintiendo.

—¿Qué tal si caminamos un poco? Quisiera una bebida de la máquina expendedora.

Maki le mantuvo el paso, escuchando todos los detalles de su misión de dos semanas.

—Inicialmente no era algo difícil. La maldición en sí fue menos difícil, pero no había registro de un Usuario maldito. Me tomó por sorpresa y debo admitir que fue difícil.

—Claro —dijo ella con sarcasmo mientras imitaba a Yūta y le daba un trago al té

Ambos, sentados en un banco cerca de la máquina expendedora, llevaban un rato hablando, algo fuera de lo común. Al menos era así desde aquella gran pelea en Shinjuku. Este tipo de interacciones entre ellos había sido algo común, aun durante su estadía en el extranjero y su regreso luego de todo el horror en Shibuya, habían vuelto a una conocida y cómoda rutina. Pero aquello solo duró poco.

 Luego de dos años de todo lo que tuvieron que vivir, luego de lo de Mai, sus interacciones se volvieron poco a poco más limitadas. No había un motivo personal, simplemente la vida no regresó a su lugar luego de derrotar a Sukuna, nada se resolvió por sí solo y fueron todos ellos quienes tuvieron que encargarse de lidiar con las consecuencias de todo. En otras palabras, estaban muy ocupados, agobiados y cansados… tanto que Maki incluso había pospuesto el duelo por su hermana. No por falta de importancia, pero no había tenido ni el tiempo ni el valor (eso parecía), por lo que, naturalmente, todos y todo lo demás fueron relegados.

Dos años habían pasado, y aunque estaban lejos de decir que la vida había vuelto a ser la de antes, parecía que las cosas comenzaban a encaminarse a un curso determinado -la vida en Japón, en Tokio, se estaba alineando con lo que en un futuro sería la nueva "normalidad". Maki por su parte se sentía perdida

—¿Maki-san, sucede algo?

Ella levantó la vista y se preguntó qué gesto estaba haciendo para que Yūta pusiera esa expresión de preocupación. La chica desestimó su preocupación y solo dijo lo primero que le vino a la mente.

—Me preocupa que te estés volviendo débil si un hechicero así te da problemas. Considera dejar tu título como clase especial y dáselo a alguien con más potencial. Oh, no, ahora temo que tus kōhai te den una paliza durante los entrenamientos.

—¡Hey! Estás siendo muy dura

—Es mi reputación la que está en juego. Nadie dirá: «¿Clase especial, entrenado por Miguel durante unos meses? No, no. Maki le entrenó por un año,» No puedo con ello.

Yūta parecía a punto de derrumbarse y el quejido, además de su agobio, le pareció divertido.

—Lo dices porque no estuviste en mi lugar. Y era más fuerte de lo que parecía -no, más escurridizo.

—De haber estado en tu lugar, lo habría detectado de inmediato.

—...

—¿Ves? No lo niegas —ella rió ante el silencio que le daba la razón.

—Entonces, pediré que me acompañes de ahora en adelante a todas las misiones.

—¿Acaso soy tu niñera?

—¿Es por tu reputación? —Ah, la sonrisa amable de Yūta no quedaba con ese intento de manipulación.

Ugh. Maki no podía quejarse, pero le molestaba que él usara sus propias palabras en su contra con un gesto tan amable—. Simplemente lo negaré. Diré que jamás entrenamos juntos.

—¡No, no puedes! ¡Eres mi mentora más importante, eso no cambiará!

Estar junto a Yūta siempre fue fácil. Entre ellos había cierta comodidad en su convivencia que le había olvidado lo fácil que era hablar con él. Habían estado tan ocupados que pasaban semanas sin verse. Sus horarios no se alineaban o simplemente no coincidían, a pesar de habitar en el mismo espacio que era los dormitorios y las áreas comunes de la escuela.

La familiaridad que creyó que se había perdido ahí estaba de nuevo.

Yūta provocaba en Maki una risa fácil, sin tener que pensar en sus problemas, él era como la brisa cálida y gentil que envolvía la noche de verano.

 


 

Sin darse cuenta, se estableció una nueva rutina entre ellos.

Sentados en un sofá de la sala común, mirando a lo que sea que estuviera en la televisión, sin prestar realmente atención. Estaba perdida en sus pensamientos. Sinsentidos y preguntas tontas que no podía erradicar en ella.

—¿Entonces Kugisaki e Itadori hicieron eso? Lo siento por Fushiguro —Yūta dijo con un poco de pena, comentando a lo que ella le había contado. Una de las tantas locuras de sus kōhai.

Como un acuerdo no dicho, Maki solía contarle a Yūta los sucesos durante sus ausencias. De todos, él era el más ocupado. Comenzó esa noche, hace meses, cuando, semanas después de su primer encuentro nocturno, Yūta la encontró sola en la sala común. Sentada en la oscuridad, rodeada del silencio.

Maki sabía por qué lo hacía, Yūta estaba preocupado por ella. Antes, eso le habría enfurecido, gritado que ella no necesitaba su lástima... pero la Maki de ahora no lograba reunir ni el coraje ni el orgullo para apartarlo. La Maki de ahora estaba perdida, detestaba el silencio y aborrecía la oscuridad. Podía ver sus rostros, escuchar sus gritos. Por ello, por su debilidad, Maki aceptó su amabilidad; aunque era lástima, la preocupación en él era genuina.

—Mira, este es el lugar al que fui. El pueblo está cerca del mar, la vista es preciosa —con voz animada, le mostró la fotografía en su celular. Maki se inclinó hacia él, mirando la imagen.

—Luce...como un lugar tranquilo.

—Lo es. Quedé maravillado: el aire es tan puro, las personas son amables y la comida es deliciosa.

Maki observó a Yūta mientras él seguía hablando del lugar. Sí, era lindo y podía imaginar que, en un lugar tan espacioso, al aire libre, uno no se sentiría asfixiado.

Pero lo que más le cautivaba era el brillo emocionado en los ojos de Yūta. Esos ojos que se encontraron con los suyos.

Maki no desvió la mirada, su rostro se mantuvo impasible, esperando. Observó el cambio en Yūta, cómo la emoción se disipó y la incertidumbre la reemplazó.

Ahí estaba de nuevo, ese silencio tenso que en ocasiones los abordaba, sin motivo aparente. Cuando esos sucedían, sentía el palpitar de su pecho más pesado, su respiración más lenta. También podía escuchar los latidos rápidos del corazón de Yūta, su respiración contenida, la dificultad con la que pasaba saliva y su cuerpo tenso.

¿Qué esperaban que sucediera? Lo que fuera sería imposible. Entre ellos había una distancia que no podía cruzarse. Por más corta que esta fuera físicamente, ellos no podían eliminarla. No podían tocarse.

Hey, Yūta... si te dijera que-

Fue Yūta quien rompió el contacto visual, aclarando la garganta y sentándose erguido. Maki también dejó de inclinarse hacia él y su mirada se posó en sus manos.

—¿Te gustaría ir? — Se refería al lugar del que le había hablado.

Miró de nuevo la foto y se imaginó en ese lugar, respirando aire fresco, lejos de los horrores de su vida. Incluso si fuera por un instante, ignorar su realidad. Ella asintió.

—Entonces, vayamos algún día.

De nuevo le miró, y aunque él veía hacia la imagen, su rostro, con una expresión expectante, cohibida.

Su corazón, que proclamó Mai, se llevó consigo y retumbaba con fuerza contra su pecho, como si manifestara su presencia. Retumbando en ella, sacudiendo las emociones que aseguró que ya no existían en ella, eran conocidas y era Yūta quien desde el inicio la provocaba.

Yūta, si te dijera lo que siento... no, no quería perder esto. No quería volver a la sofocante y pesada oscuridad.

Pero él era el único que podía salvarla.


 

.

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Yūta escuchaba su respiración. Era apacible. El subir y bajar de su pecho era lento y constante. Llevó su mano hasta su rostro y acarició gentilmente su mejilla. Era especialmente delicado con las quemaduras. Sus dedos se acercaron a sus párpados cerrados, pero mantuvo la mínima distancia. Tomó nota de sus largas pestañas descansando sobre sus mejillas, de sus labios ligeramente entreabiertos y de su ceño relajado. Maki se durmió durante la conversación, pero Yūta se mantuvo despierto.

Había noches donde no podía evitar las viejas preocupaciones que resurgían. El miedo a perderla, la ansiedad de estar haciendo algo que la lastime. Esa noche se debió al clan Gojo, a sus expectativas y exigencias. Pero no importaba lo mucho que se le presionara, él jamás, por ninguna circunstancia, se alejaría de Maki. Incluso si, por ello, incumpliera el deseo de su difunto maestro, Yūta no dejaría ir a la persona que amaba.

Les había tomado mucho tiempo llegar ahí. Bajo la misma cobija, compartiendo el calor y la protección.

—¿Yūta...?

Yūta contuvo el aliento y se reprendió de inmediato.

—¿Lo siento, te desperté?

—Está bien —Maki se acercó más a él, rodeando su torso con sus brazos, enterrando su rostro en su clavícula— ¿No puedes dormir...?

—... estaba recordando el pasado.

Ella apretó un poco más el agarre y, al mismo tiempo, relajó los brazos. Era una suave reprimenda.

—Deja de hacerlo. Pensar demasiado te dejará calvo. Y no quiero estar con un calvo.

Maki sabía que no eran solo los recuerdos los que le perturbaban. Pero su tono apacible y sus comentarios socarrones eran una forma de decirle que todo estaría bien. Y Yūta lo entendió.

—Eso es cruel, Maki-san. No creí que fueras tan superficial.

Yūta reprimió el temblor que el suave resoplido de ella contra su clavícula le provocó. Acarició afectuosamente su cabello y, si Maki fuera un gato, estaría seguro de que ronronearía. La abrazó, prometiéndose a sí mismo que no se separaría de ella, porque estaba seguro de que no podría vivir sin Maki.

Entre suaves murmullos, sinsentidos dichos en la privacidad de su habitación, sosteniendo en brazos a la persona que amaba, la oscuridad ya no era sofocante.

 

Notes:

No estoy satisfecha con este, pero ya no tenía tiempo (ni ganas) para comenzar otro desde cero.