Chapter Text
—Desamarrame, estúpido. —le gritó Enzo a quien sea que estuviera a su lado, suponía que era Lautaro por la forma en que fue llevado tan fácilmente al asiento trasero del auto de Leandro.
No estaba molesto. Más bien estaba desesperado. Estar amarrado de ambas manos y con una venda en los ojos lo ponían muy ansioso, de mala manera.
Solo escuchaba las carcajadas de sus amigos, a quienes les había parecido una maravillosa idea darle una “sorpresa” a Enzo antes de irse a Portugal.
Sus tres amigos le habían prometido hacer algo en forma de despedida de la vida en Argentina. Había firmado con un equipo portugués y era la última semana en suelo patrio.
—Dale, Enzo. Tenés que divertirte en tus últimos días en tu casa, gato. —Dijo Lisandro, quien parecía estar en el asiento del copiloto.
Las carcajadas fueron más fuertes, incluso sonaban más cómplices entre uno y otro, no le dió importancia en absoluto.
—¿pa’ eso me tienen que amarrar? —dijo sonando fastidiado, la falta de movilidad le estresaba y la risa irritante de Lautaro no ayudaba para nada.
Habían hecho una previa en lo de Leandro antes de ser amarrado y llevado, un poco a la fuerza, al auto. Puede ser que haya ingerido más alcohol del que se toma en una previa, lo que causaba que sus fuerzas disminuyeran un cincuenta por ciento.
Desistió de la idea de soltarse por sí mismo después de varios minutos. Escuchando a sus amigos cantando una que otra canción a todo volumen en las bocinas del auto, solo esperaba la llegada a su destino final.
—Pero canta Enzo, no te vas de tú país todos los días, boludo. Canta. —Le gritó Leandro sobre el sonido de las bocinas, pasando un brazo tras de Lautaro hasta llegar a tocarle el pelo al vendado.
La locura y euforia del grupo no disminuyó en absoluto, incluso crecía más a medida que pasaba el tiempo, pero lo que también aumentaba era la falta de razón en la mente de Enzo.
El alcohol mostraba su efecto por primera vez esa noche.
No sabía cuánto tiempo tardaron, la falta del sentido de la vista de alguna manera le hacía perder la noción del tiempo. Solo supo que llegaron cuando la música en el vehículo se apagó mientras escuchaba las puertas abrirse.
—Baja, Enzo. —le dijo Lautaro, tomándolo de las cuerdas que mantenían sus manos unidas en un apretado nudo.
Al morocho no le quedó más que hacerle caso a su amigo, ya no podía hacer nada. Cuando estuvo de pie, sobre lo que parecía ser pavimento, sintió como algunos brazos pasaban por encima de sus hombros en uno de esos abrazos que solía darse entre sus amigos.
—Hoy te divertirás un montón, negri. —le dijo Lisandro al oído, mientras con su mano apretaba su hombro como un gesto tranquilizador.
Enzo no dijo nada, solo siguió lo que sea que sus amigos iban a hacer. Sintió como los chicos lo dirigían en línea recta, sospechosamente en silencio caminaron unos cincuenta y nueve pasos hasta que Enzo volvió a percibir algo.
No sabía si era por su sentido del oído agudizado, pero a lo lejos se empezaba a oír una canción, pero no de las que siempre ponían en los boliches a los que iban, era de esas canciones que se prestaban para bailes sugestivos, de los cuales ya había oído.
A medida que la música se fue oyendo más claro en sus oídos supo que estaban a nada de llegar al lugar. A su vez el bullicio de las personas empezaba a escucharse, parecía un lugar con mucha concurrencia.
—Esperen aquí…—dijo Leandro. Enzo, sin saber por qué su amigo lo dijo, intentó escuchar algo más del ambiente para detectar alguna respuesta, al no lograrlo tuvo que recurrir a su amigo.
—¿A dónde fue? —preguntó el morocho.
—Fue a hablar con él patovica. —Le respondió Lautaro, quien lo seguía sosteniendo desde esas cuerdas amarradas.
Estaba muy confundido, el alcohol quizás estaba empezando a ganar terreno, tanto que no lograba juntar las neuronas para deducir en qué tipo de lugar estaba.
—Ya suéltenme, wacho. —Rogo Enzo, casi sin intentar zafarse por si solo, apostando por la lástima de sus amigos, igualmente no funcionó.
—En un rato te soltamos, cargoso. —Le dijo Lisandro, aún colgado de su hombro.
Leandro llegó después de unos segundos, avisando que los habían dejado entrar. Enzo se sintió aliviado, ya adentro del lugar seguro lo desataban, sin embargo las risas cómplices entre sus tres amigos no le dio nada de confianza.
—¿A dónde me trajeron, bola de pelotudos? —
—Ya te darás cuenta Enzurri. —
Volvió a caminar, siendo controlado por Lautaro mientras escuchaba que el ruido se acercaba más y más, de ahí no salió nada bueno.
Supo que habían entrado al lugar cuando la música retumbó en sus oídos. Por supuesto que no era un boliche común, esa canción se escuchaba con un ritmo electrónico y movida, con sonidos futuristas, nada que ver con lo que ellos escuchaban.
¿En dónde mierda se fue a meter?
Sintió cómo lo empezaron a jalar, está vez con más brusquedad, chocaba de reiteradamente con personas con quienes de inmediato se disculpaba. Puteaba a sus adentros por haber aceptado ir con sus amigos sabiendo cómo eran y cómo se llevaban.
Incluso sintió como una bebida se derramaba sobre su ropa, pero no tuvo oportunidad de quejarse ya que de inmediato lo volvieron a jalar hacia al frente haciendo que casi cayera de cara en el piso.
—Lautaro, la concha de tu madre. —Puteo, sintiendo, lo que sea que se haya derramado en él, recorriendo su cuerpo. Era una bebida pegajosa, no podía estar con más ganas de darle una piña a cada uno de sus amigos.
—Bue, para, amigo. Ya casi llegamos. —habló Leandro, de donde sea que estaba.
Estaba totalmente desorientado, a veces sentía que se movía a la derecha cuando lo hacía a la izquierda. Su visión estaba totalmente acostumbrada a la oscuridad de la tela es por eso que tardaba un poco en distinguir las luces blancas que pasaba intermitente por encima de la venda.
Esa música lo estaba haciendo enojar a medida que seguía, era demasiado para sus oídos agudizados y no le gustaba para nada el ritmo sugestivo que tenía.
—Leandro, soltame. —No recibió respuesta, aunque sabía que ahí estaba.
Y sí. Su amigo lo había oído, pero Enzo se escuchaba demasiado molesto y ya no había forma de rebobinar lo que estaba por hacer. Lo haría hasta el final.
—¡Leandro, hijo de puta soltame! —gritó, aunque no se escuchó demasiado por la música.
—Ya llegamos, Enzo. No te amargues, te dije que te divertirás. —le dijo Lisandro, intento escuchar algo más de donde estaba, pero seguía sin distinguir nada más que ese ritmo molesto.
Trató de calmarse un poco, tal vez sí estaba algo molesto ahora y quizás había sido por el alcohol, así que guardó silencio a la espera de alguna indicación de su amigo.
Un silencio (Si “silencio” se puede decir, ya que fuera de su burbuja el ruido seguía) se acomodo entre ellos, la tensión en el morocho crecía también. Se mordía el labio en señal de nerviosismo.
Hasta que volvió a escuchar a Leandro.
—...Queremos que él sea “Estelar” pagaré lo que sea si me lo asegura. —dijo Leandro.
El señor de aspecto “depravado” y poco aseado abrió los ojos cuando Leandro le mencionó que pagaría una suma grande de dinero porque Enzo fuera el “Cliente” principal.
—De ser así, no se tendrá que preocupar. Le daré de mi mejor “carne”. —comentó el viejo, quien tornó su mirada entre Leandro y los tres amigos.
El morocho estaba más perdido que un sordo en una fiesta de mudos, y si a eso le añadimos que no sabían dónde estaban, entonces estaba totalmente perdido.
—Está bien. Mi amigo también se lo agradece. —esta vez hablo Lisandro al lado de Enzo, tomándolo del hombro y moviéndolo como si lo animara.
El viejo asintió con una sonrisa dejando ver, entre las luces intermitentes y de colores, esos dientes amarillos y dañados que sin duda llamaban mucho la atención.
—Le pondré a mi nueva adquisición, es su tercera noche así que será casi un estreno. —
Los tres chicos rieron, como si de verdad fuera gracioso, y lo peor es que Enzo no podía refutar por el alcohol que lentamente recorría su sangre.
—¿Cómo se llama el chico, disculpe? Lo anotaré.
Los amigos se miraron entre ellos, dudando si decirle o no el nombre de su amigo. Era un futbolista bastante conocido en buenos aires, que no lo hayan reconocido era todo un milagro, no se arriesgarían tanto.
—Llámalo Miguel. —Dijo al fin Leandro. Asintiendo junto a sus amigos cómplices, Enzo en parte agradeció por esto; pero no quitaba que quería soltarle una piña a cada uno.
—Bueno, el show va a empezar déjenlo aquí, las chicas en un momento lo acomodarán. — explicó en viejo.
Los chicos le hicieron caso al viejo e hicieron caminar a Enzo más hacia adelante, sus risas seguían ahí y el morocho ya tenía severas sospechas de que algo andaba mal.
—Ponete esto. —Escuchó decir a uno de ellos sintiendo como sobre su pelo era depositado una gorra bien puesta hasta la mitad de la frente, como para que no se notará su rostro.
—¡DISFRUTALO ENZITO! —grito Lautaro, mientras sentía como lo soltaba, dejándolo solo en ese lugar. Lo último que escuchó fueron las sonoras carcajadas de sus amigos alejándose y sentía un profundo vacío alrededor, como si lo hubiesen dejado solo.
No fue así. Porque después de apenas tres segundos sintió como otro par de manos lo volvían a agarrar, está vez aquel agarre venía de manos más pequeñas que las de un hombre.
—¿Lisandro? —preguntó Enzo, rogando porque de verdad fuera su amigo.
—Calmate, amor. Hoy serás la estrella. Disfrutalo. —le habló sobre su oído una voz dulce, una mujer con aliento a alcohol y manos frías. Caminó con dificultad a donde sea que lo llevaban, tenía planeado escapar apenas se detuvieran, pero al parecer la chica tenía otros planes.
—Sentate, corazón. —Le habló al oído, por alguna razón (ya sea por miedo o sumisión) se sentó sin chistar, esperando a que lo soltaran para poder correr de ahí.
No lo hizo. Pues apenas cayó sentado, sobre lo que parecía una silla acolchada, fue amarrado de los tobillos a las patas de esta silla inmovilizandolo, ahora sí, por completo.
—¡¿Qué haces?! —dijo Enzo desesperado, lo cual ya se escuchaba como miedo. —¡Soltame! —
Ya no obtenía respuesta, pero aún era asegurado con cuerdas en sus tobillos.
Un momento de alivio sintió cuando notó como el nudo en sus muñecas era desatado, pensaba empujar, golpear, incluso arañar a quien sea que estuviera ahí.
No contaba con que quien lo desataba ya no era una mujer, sino dos hombres bastante grandes, que lo tomaron de sus muñecas nuevamente y lo amarraron otra vez, pero en esta ocasión a los brazos de la silla.
Estaba jodido.
Sintió como era dejado en esa posición: sentado y amarrado de sus extremidades sin movilidad alguna . Su respiración se tornó rápida y errática mientras la música del ambiente subía de volumen.
— /¿Are you ready?… / —Habló una voz robótica y profunda en el fondo, provocando que la gente dentro del lugar gritara eufórica.
Su miedo crecía, no sabía lo que estaba pasando y al parecer algo estaba por iniciar.
Pensó en gritar por ayuda, pero cuando estuvo a punto de hacerlo, su venda fue desatada. Y fue ahí cuando, literalmente, vio todo con más claridad.
Sus ojos sensibles reaccionaron al instante a las luces del lugar, que en una mezcla de blancos, morados y rojos, se movían de manera aleatoria por todos lados, prestó más atención y notó que estaba frente al público que lo miraba.
Habían otros seis hombres sentados y amarrados de la misma manera, solo que, a diferencia de él, no parecían asustados en lo absoluto… es más se veían ansiosos por qué iniciará lo que sea que iba a pasar.
Luchó con todas sus fuerzas por aflojar el amarre en sus manos, pero su fuerza estaba desinhibida por el alcohol y no pudo hacer mucho. Miró a su alrededor en busca de sus tres amigos, y puteó nuevamente por no verlos, los hijos de puta lo abandonaron ahí.
— /Your rush beggins in… / —volvió a hablar la voz robótica.
Miró con desespero alguna salida, y no encontró ninguna, más bien notó como había un tubo de pole dance al frente suyo.
~No puede ser… ~
Iba a matar a sus amigos, y no se arrepentiría.
La voz se volvió a escuchar volviendo a captar su atención.
— /Five/…—la gente gritó junto a la voz.
— /Four/…—
— /Three/…—
— /Two/…—
— /One/…—ahí fue cuando más personas gritaron, dando por terminado el conteo.
Una nueva canción empezó a sonar…
♪ I feel the rush… ♪
♪ Addicted to your touch…♪
—Ay no…—Susurro.
Y junto a la música salieron casi veinte personas, repartiéndose en el “escenario” y comenzaron a bailar, al parecer ese era el “Show” del que habló el viejo.
Ahí cayó en cuenta dónde estaba. Sus amigos lo llevaron a un StripClub, y no a uno cualquiera. A un StripClub Gay. Los iba a matar.
La canción con toques electrónicos sonaba a todo volumen mientras los presentes gritaban.
Tardó poco en notar la vestimenta de los que bailaban ya que era muy notoria. Los tipos tenían pantalones muy muy cortitos y el pecho descubierto solo teniendo una chaqueta abierta, dejando ver también el abdomen.
La música latía grave y profunda en el lugar, con luces rojas girando sobre el escenario amplio y abierto. Algunos de los bailarines se dirigieron al público, buscando entretener a algunos no estelares, mientras que otros se quedan en el escenario, moviéndose al ritmo.
Los ojos de Enzo estaban abiertos, sorprendido a tal punto que no parpadeaba.
Notó como había un espacio en el medio de los bailarines divididos en filas, era un espacio intencionalmente separado. Los tres tubos frente al escenario estaban aún vacíos.
Su mirada se desvió de inmediato cuando una luz blanca iluminó el centro de todo…
De ahí salió un chico que no se le notaba mucho la cara, había algo que le cubría el rostro, pero su seguridad era difícil de pasar por alto.
Era un hombre de piel blanca y suave, cabello castaño algo largo que caía en mechones enrulados y húmedos sobre su frente, dándole un aspecto salvaje y juvenil. O al menos eso fue lo que pudo notar al verlo.
Tragó saliva, tratando de deshacer el nudo que se había formado en su garganta. No quería ser partícipe de eso… pero aún así no podía evitar ver al chico, literalmente era lo único claro que tenía a la vista…
Mediano, con músculos definidos pero no tan grandes como los suyos, vestía lo mismo que los otros chicos, pero por alguna razón ese pequeño pedazo de tela le resaltaba más a él, quizás debido a su voluptuoso…
Ya estaba pensando en boludeces. Tenía que salir de ahí. Intentó moverse de manera brusca buscando suavizar el amarre en sus muñecas. Jaló con fuerzas pero fue en vano, ni sus tobillos ni manos estaban más libres. Estaban incluso peor.
Su respiración volvió a ponerse frenética. Desesperación y ¿Miedo?... Sí, miedo de lo que podría pasar en ese lugar, miedo de lo que podría hacer si ese chico se acercara, de seguro le soltaría un cabezazo. (Pensó)
Volvio a poner su vista al frente, y sin buscarlo su vista se quedaba de vuelta en ese chico que empezaba a bailar con movimiento sexys, lo vió al rostro y descubrió aquello que lo dejaba ver si rostro: un antifaz negro elegante le cubría la mayor parte del rostro, solo dejando visibles solo sus labios carnosos, una mandíbula fina y unos ojos castaño claro llenos de deseo.
~¿Qué carajos estaba viendo, no? ~
Bueno, no era lo único que vería.
Aquel chico castaño caminó hasta que se acercó a la barra de pole dance y comenzó a moverse con gracia inigualable. Sus manos agarraron el metal frío, elevándose con facilidad; las piernas envolvieron la barra mientras giraba lentamente, arqueando la espalda todo esto abajo las luces rojas del escenario que aparecieron para darle aún más erotismo al baile. Los presentes gritaban con cada movimiento, fascinados por la destreza del castaño.
Bajó deslizándose con control sensual para luego impulsarse de nuevo, abriendo las piernas en el aire, el torso flexionado y el cabello castaño pegado a la piel sudorosa, con ese esfuerzo sus abdominales y su pecho parecía más firme de lo normal.
Enzo cerró los ojos tan fuerte como el alcohol en su sangre se lo permitió, no debía ver más. Tenía que salir de ahí, y si golpear a alguien sería su salida, entonces lo haría.
Terminó su actuación con un giro final y bajó de un salto suave, el cuerpo brillando bajo las luces. Vió hacia quién había pagado por sus servicios y lo encontró con los ojos cerrados, insolentemente ignorando su performance.
Caminó hasta acercarse un poco y le prestó más atención a aquel rostro…
La música sonaba aún fuerte mientras él elevaba sus comisuras en una sonrisa, soltando una risa nasal… —Hum… Mirá.. —Susurro para él mismo… el otro no estuvo ni cerca de escucharlo.
Caminó hacia el chico sentado y fijado sobre la silla, ese hombre de piel morena que cerraba los ojos con fuerza le hizo sacar una sonrisa…
Llegó hasta al frente de él y Enzo ni enterado. Imaginaba que si sus ojos no captan nada entonces él no lo haría. Estaba muy equivocado porque a los pocos segundos sintió como una pierna se subía sobre él, haciéndolo abrir los ojos de inmediato.
Y lo vió, el chico de pelo castaño y antifaz estaba arrimado a él, una pierna sobre su regazo y ambos cerca del rostro del otro.
Su ceño se frunció, usaría el método que usaba siempre para escapar de esa situación.
Sin embargo el castaño se adelantó a todo.
—Hola, lindo. —Dijo susurrándole al oído en un movimiento casi a la velocidad de la luz.
Lo que pasó después no estaba en lo que Enzo tenía planeado. El chico paso la lengua por la zona detrás de su oreja, causando un estremecimiento en él. Su cuerpo se tensó ante la reacción, adoptando una posición de autodefensa.
—No volvas a hacer eso o te cago a trompadas cuando me desamarren. —dijo sonando más enojado de lo que estaba, en realidad estaba actuando con nerviosismo, solo que nunca le habían causado un nerviosismo así.
El chico rió con insolencia, como si lo que dijera fuera un chiste mal contado.
Tomó de un solo la tela de mezclilla de aquella gorra de Enzo entre sus dedos, e hizo su nuca hacia atrás haciendo que de nuevo se tensara.
—¿Estás seguro? —le habló al oído y como si fuera un niño terco volvió a hacer lo que le dijeron que no hiciera, pasó su lengua nuevamente (está vez por el cuello descubierto de Enzo).
La piel de Enzo se erizo, involuntariamente. Frunció su ceño ante su propio actuar y gruñó haciendo que el chico lo mirara a los ojos, el agarre sobre la tela de la gorra seguía y aún así se las arregló para quedar frente a frente al chico.
—Te dije que te quedaras quieto. —amenazó. —Yo no soy puto. —
El chico alejó su mirada a poca distancia, aún sobre él, y se rió, otra vez como si fuera el mejor chiste del mundo.
—Pues tú cuerpo no dice lo mi'mo, culia' —Rió, para seguir en lo suyo.
Enzo abrió los ojos por tercera vez con sorpresa. Esa tonada, ese tono de voz, ese aliento…
Se lo quedó mirando, como buscando una respuesta que nunca llegó (como todas las de esa noche).
El castaño se incorporó y se dio la vuelta, volviendo a seguir el ritmo de la música con sus movimientos; se sentó completamente sobre el regazo del cautivo, enfrentándolo. Ya no lo estaba con una sola pierna sobre él. Ahora tenía una de cada lado.
♪
You got my heartbeat crazy…
My body… blazing…
♪
La cara de sorpresa de Enzo era por una mezcla de todo: Enojo, frustración, desesperación, confusión y pensamientos que no llegaban a nada.
~¿Quién es este pibe? ~
El chico siguió con su baile, ahora sobre el regazo de Enzo (aún sin responder) los movimientos de su coreografía creaban un frotamiento tentador y profundo.
El hombre atado cerró los ojos con fuerza al principio, la mandíbula apretada, luchando por mantener el control, porque esa fue la única manera que halló para no “caer”.
Intentaba convencerse de que podía superarlo, de que solo era un roce sin importancia, pero al parecer era demasiado intenso y eso sumado a que… talvez esa voz le recordó algunas cosas, se volvió una tortura.
Culpaba al alcohol de todo desde ese momento, no era él ¿No? ¿Cómo se explica que el chico sentado en su regazo moviéndose le haya provocado “cierta reacción”? Y todo porque su voz lo dejó desconcertado, tumbando todo ese teatrito que había armado con el “no soy puto” que decía cuando sentía que “esa” parte de él quería salir.
Y justo en ese instante quería salir.
Poco a poco, sus caderas empezaron a buscar más fricción, mínimas pero inevitables. Definitivamente ya no era él… o tal vez era el verdadero él, esa versión que había dejado atrás hace más de seis años justo cuando fue “abandonado” por alguien.
Su respiración se volvió más pesada, más entrecortada. La resistencia se desmoronaba a medida que el castaño seguía moviéndose sin piedad, su cuerpo caliente y húmedo deslizándose arriba y abajo sobre lo que crecía dentro de su pantalón.
Su cabello castaño húmedo cayendo sobre la frente mientras el antifaz negro ocultaba la expresión de puro deseo en sus ojos, aunque… si no fuera porque su antifaz tuviera los agujeros de los ojos grandes, no lo habría notado, porque sí lo vió, vió esos ojos y su mente nuevamente hizo cortocircuito.
El roce se volvió cada vez más húmedo y desesperado. El hombre bronceado ya no podía negar la excitación que lo invadía por completo, y más cuando los ojos del castaño parecían tan familiares… y tan… excitante.
A este punto su pija palpitaba violentamente contra el cuerpo del otro, el cuerpo temblando en busca de contacto al igual que una parte de él moría por seguir viendo esos ojos tan lindos que juraba haberlo enamorado en algún otro lado.
En su mente, la frustración se disolvió completamente, reemplazada por una necesidad irracional que tenía de fundirse contra el cuerpo del chico.
Ya no importaba nada, quería usar sus manos, tocar esa piel blanca y suave para saber qué tan familiar sería.
El chico encima suyo continuaba su danza lenta y tortuosa, el cuerpo ondulando con maestría, entregándose por completo mientras Enzo atado se rendía, poco a poco, a un deseo que ya no podía ocultar ni controlar.
Pero para su desgracia…
La música se detuvo, dando lugar a los aplausos y gritos del público. —N-no. —alcanzó a pronunciar, y para su mala suerte el chico ya lo lo miraba pues agradecía al público con reverencias, al igual que los otros.
No podía dejar eso así, tenía que hablar con ese chico, no lo iba a dejar ir.
Movió sus muñecas con fuerza que no tenía y logró hacer que se aflojaran los amarres, dejando un espacio justo para poder soltarlas.
Rápidamente y casi al momento en que el chico se iba a retirar lo tomó del brazo con fuerza.
—N-no. —pronunció en un tartamudeo, pero con una gran fuerza en su mano.
El castaño lo miró con sorpresa, aunque después tranquilizó la mirada y después de mirar a los lados volvió a inclinarse hacia él. Específicamente al oído.
—Nuestro contrato no ha terminado, te ves molesto, pensé que no querrías hacer nada más… —Susurro. —Pero si querés tener la diversión completa anda a la habitación 912. —y se retiró, dejando ahí a Enzo, parpadeando lentamente digiriendo lo que él chico le había dicho.
Enzo reacción a los pocos segundos, y como si fuera una bala movió su cabeza a gran velocidad buscando un rastro del chico, afortunadamente ya lo estaban desatando y en el instante en que fue libre se paró para buscarlo.
Y así fue… lo vió dirigirse a una puerta roja y sin mirar atrás entró, al igual que Enzo a los pocos segundos. No vio si alguien lo había visto, no le importaba, necesitaba encontrarlo.
Cuando entro pudo notar que era un pasillo largo y con puertas con números de metal en sus centros. Enumerados del 900 al 915, eran solo quince habitaciones al parecer.
Caminó lentamente hasta llegar a esa habitación en donde el otro le había indicado.
~912…~
Y lo encontró.
Se paró frente a la puerta, y trago saliva lo más fuerte que se podía antes de tomar el pomo y girarlo. Y cuando la puerta se abrió por completo se encontró con la silueta de aquel chico, de espaldas y de pie.
+¹⁸
Entró por completo haciendo sonar la puerta seguidamente, no importaba cuán tétrico se veía, “algo” en él podía más.
La habitación era estrecha y apenas iluminada por una luz roja tenue que se filtraba desde donde no sabía. El aire olía a sudor, alcohol y algo más acumulado, todos proporcionados por Enzo.
No sabía porqué pero trato con todas sus fuerzas de ser el primero en hablar, necesitaba hacerlo.
—T-tu… —Logró decir.
De un momento a otro, sin dejar que terminara y dándole un susto por la sorpresa, el chico de cabello castaño empujó con fuerza a Enzo contra la pared fría, presionando su cuerpo entero contra él. Cosa que tomó al morocho desprevenido.
Enzo, aún con las marcas de los nudos en las muñecas y los tobillos, sintió cómo su espalda chocaba contra la superficie dura, con los ojos bien abiertos ahogó un quejido de susto y sorpresa.
Toda su mente tenía poca racionalidad, perdía aceleradamente los sentidos, haciendo que sus movimientos fueran más pesados y su resistencia más débil.
El más bajo, todavía con el antifaz negro puesto, tomó el control de inmediato. Sus manos firmes sujetaron las muñecas del otro por encima de su cabeza, inmovilizándolas contra la pared con una fuerza sorprendente, por supuesto que Enzo borracho era más fácil de manejar.
Su cuerpo caliente y húmedo se pegó descaradamente sobre el de Enzo, aún con su “uniforme puesto” podía sentir el calor del otro.
Su pija en su diminuto pantalón ya empezaba a endurecerse, y como no… si sentía la extensión del otro creciendo a la vez que la suya.
Rozó el abdomen Enzo mientras sus caderas comenzaban a moverse con autoridad. En una mezcla de quejidos y gimoteos de ambos, el castaño bajó la cabeza y mordió el cuello del morocho, succionando con fuerza, dejando una marca rojiza mientras su rodilla separaba las piernas del más alto para abrirlo más.
—auhg. —Gimio Enzo. —Pará, lindo. —y lo miró a los ojos
Parecía “hambriento”, y Enzo también estaría igual si no fuera por lo desinhibido que lo tenía el alcohol, al menos su pija se paraba.
La sorpresa dejó de ser parte de él y dió paso al deseo, ya se le olvidaba lo que quería hablar con él castaño, ahora solo había un objetivo y lo tenían ambos.
Sin dar tiempo a ninguna protesta interna, el chico castaño deslizó una mano entre sus cuerpos, buscó con destreza el elástico del boxer de Enzo y, después de desabotonar su pantalón, lo encontró, se sorprendió por lo grande aun estando sin estimular, aunque no se iba a dejar intimidar por esto.
Agarró la pija gruesa del morocho, masturbándola con movimientos rápidos y precisos, sintiendo cómo se endurecía bajo su toque a pesar del alcohol que lo volvía más sensible y menos resistente.
Lo miró para ver cada expresión. —Ough. —Dio un quejido. —que hijo de puta. —Dijo mientras se miraban, Enzo mordiéndose levemente el labio con el ceño algo fruncido.
El castaño se escondió en el cuello de Enzo, tratando de disimular esa parte también. —¿Te gusta? —le salió preguntar.
—Mira como me pajeas, hermoso, ¿cómo no me va a gustar? —
No sabía de dónde le salía decirle esos adjetivos y mucho menos supo de dónde vino acercarse al rostro del chico y darle un beso en la mejilla (porque no logró atinarle a los labios).
Enzo volvió a su lugar, respiraba agitado, el pecho subiendo y bajando con fuerza, el placer lo invadía demasiado rápido algunas veces, pero está vez incluso había tardado.
Enzo no se esperaba que el otro chico lo fuera a manejar a su antojo, y menos que lo tiraría sobre la cama de un solo empujón. Su pija, que ya se asomaba por completo, palpitaba por atención. Sin perder el tiempo se quitó por completo lo que le quedaba de ropa al ver cómo el castaño lo hizo primero.
El cuerpo del castaño quedó descubierto por completo, excepto por ese antifaz que aún cubría su rostro. Le daba curiosidad la forma en que cuidaba que no se le cayera.
Enzo, ahora completamente desnudo y erecto sobre la cama, esperaba por el próximo movimiento del otro. Le prestó atención al cuerpo ese chico…
—Que lindo que sos… —Dijo el morocho de la nada. —Mira ese culo hermoso que tenés. —
Trago fuerte cuando el castaño se acercó de manera casi “felina” hacia él sobre la cama, quedando frente a frente, Enzo bajo la mirada de esa mirada café.
—¿Y querés ser el primero en probarlo? —Enzo quedó pendejo. Cada vez podía menos con lo directo que era ese hermoso chico.
Le tomó algunos segundos para responder, segundos que el más bajo aprovechó para dejar besos sobre los abdominales del morocho.
—S-si, por favor… —¿Desde cuándo era tartamudo? A… si, desde que el chico castaño empezó a ser el dominante durante ese acto.
El castaño sonrió canchero, como si esa fuera la respuesta que obviamente sabía que le daría.
Se arrodilló sobre el cuerpo acostado de Enzo, pasando una rodilla a cada lado del morocho. Su blanco y suave culo, el camino Enzo había piropeado hace poco, se apoyó sobre la pija del color de los labios de Enzo.
Solo había tenido un contacto piel con piel y ya sentía que quería terminar.
Para evitar pensar en ello, dirigió sus manos hacia el posterior firme del castaño y le dio una nalgada a ambos cachetes, dejando una marca en ambas.
—¿Quieres usar condón? —volvió a hablarle al oído. —Yo te aseguro que estoy limpio, pero si querés- —Fue interrumpido.
—No, quiero sentir ese culo. —hablo firmemente el morocho con voz torpe, aún sujetaba el culo del otro con ambas manos.
Subió un poco su cuerpo haciendo que la presión entre su culo y la pija de Enzo se pasara.
La atenta mirada del morocho estaba clavada sobre el castaño, pendiente a cada movimiento y cada gesto en su rostro al sentir la pija de Enzo entrar en él.
Así, sin preparación alguna, solo con saliva, jugueteo con la punta del pene de Enzo, usando el líquido preseminal como lubricante inserto la extensión de Enzo dentro suyo. Y se sentía dolorosamente placentera.
Un gemido se escapó de ambos, uno muy grave que puso haberse escuchado a las afueras de esa habitación.
—Agh. Dios… —dijo Enzo, mordiéndose el labio, sintiendo las paredes del culo del otro apretarlo de manera perfecta.
El rostro del castaño parecía una de concentración, pues estaba tratando de acostumbrarse al tamaño de Enzo, y estuvo subiendo y bajando para hacerlo.
Claro, sin saber qué cada vez que lo hacía Enzo sentía que estaba llegado a su punto máximo… solo con cuatro veces que sintió al otro.
Después de tantos segundos empezó a acoplarse a ese tamaño, a encontrar un espacio dentro suyo para cada vena de esa pija. —Hmmh —Gimio, para lo que Enzo fue música para sus oídos.
De un momento a otro el ritmo empezó a subir, de parte del castaño el va y ven era más rápido y por ende los gemidos se hacian presente. Enzo arqueada su cuerpo ante el placer, aguantando lo más que podía.
Un rulo se pegaba a su frente sudorosa mientras aceleraba el ritmo, el culo apretado succionando y masajeando la pija de Enzo sin piedad. El morocho sentía cómo el placer había subido demasiado rápido; el alcohol hacía que su cuerpo respondiera con una sensibilidad exagerada, cada roce, cada contracción del interior del culo del castaño era el cielo en la tierra.
Sus caderas intentaban empujar, pero el otro las controlaba con su propio peso y movimiento, dominando cada segundo del acto. Jamás se hubiese imaginado estar así de controlado ante alguien, y mucho menos que le encantara tanto.
—Ohh. Si, mira como te tragas mi pija, lindo. Sos perfecto. —Dijo Enzo. El sacaba fuerzas cuando menos lo esperaba, como en esta ocasión donde consiguió levantarse hasta darle un beso al castaño, aún sintiendo ese culo de haciéndole ver estrellas.
Y, como si el otro le quisiera devolver el gesto, se inclinó hacia adelante, mordiendo el labio inferior de Enzo mientras seguía cabalgándolo con fuerza, su propio pene frotándose contra el abdomen marcado del futbolista y dejando rastros pegajosos de su pegajoso líquido.
—Decime que te gusta. —ordenó el castaño, tomando del pelo a Enzo, donde ya no había rastro de una gorra, y dejando un beso otra vez en los labios de Enzo.
—Si digo que me gusta me quedaría corto, amor. —chamuyo Enzo, haciendo que por primera vez en la noche el chico castaño miestre algún rastro de una emoción positiva. Una sonrisa genuina. El Enzo borracho ya se sentía ganador.
Sus embestidas se volvieron más urgentes, más brutales, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la habitación. Enzo volvió a gemir sin control, y sin aviso ni permiso el orgasmo se acercaba a toda velocidad por culpa de aquella sustancia repleta en su sangre.
Ya ninguno de los dos podía más.
Con un último descenso violento, el castaño se clavó hasta el fondo y contrajo su interior con fuerza. Enzo explotó casi de inmediato, su pija gruesa palpitando violentamente dentro del culo apretado mientras eyaculaba con fuerza, chorros calientes llenando el interior del que estaba encima suyo. El orgasmo fue intenso pero corto, el alcohol haciendo que el placer llegara y se desvaneciera con rapidez, dejando al morocho jadeando y temblando contra la cama.
El más bajo, aún no satisfecho del todo, siguió moviéndose unos segundos más sobre el pene sensible de Enzo, exprimiendo hasta la última gota, su propio orgasmo llegando poco después con un gemido bajo mientras su pene salpicaba el abdomen bronceado del otro. Luego se detuvo, respirando agitado, manteniendo a Enzo presionado contra las sábanas con su cuerpo, el control absoluto aún en sus manos. El acto había sido breve, intenso y completamente dominado por él chico.
Enzo no podía estar más maravillado, miraba al castaño como con admiración, endiosandolo, como una imagen divina ante él.
Y el castaño también lo miró, y ahí sus miradas conectaron con algo que ambos conocían, pero que solo uno de ellos sabía que ya había existido antes.
Enzo elevó una mano hacia el rostro del otro, aún con su pija dentro, y le toco le rostro… Ahí volvió a sentir que su mirada lo quería llevar a algún lado, solo que él no sabía a dónde…
Si tan solo se quitara esa cosa…
En cambio volvió a mirarlo a los ojos, con sus propios ojos brillando, maravillado por la vista…
—¿Quién sos? —preguntó Enzo.
El chico encima suyo elevó sus comisuras, sonrió sin mostrar los dientes antes de hacer lo que sabía que Enzo quería ver.
Retiró su antifaz por encima de su cabeza y descubrió su rostro. Ese rostro perfecto, como el de un príncipe… como la de un rey. Enzo juraba que acababa de coger con un ángel.
Enzo lo miró, con la boca abierta. El chico era hermoso, con lo poco que le permitía ver la iluminación de la habitación sabía que era el ser humano más hermoso que había pisado la tierra.
Sus ojos parpadeaban le lentamente, por sueño, por cansancio, por ver algo tan hermoso.
De poco a poco se fueron Cerrando, pero el chico no perdió la oportunidad.
—¿Que, ya no me recuerdas…
—Su voz sonó como un eco, pero entendió—.
... Enzo? —
Enzo quería hablar. Ese chico sabía su nombre y al parecer él también lo conocía… solo sintió como el chico caía sobre él, abrazándolo aunque desafortunadamente sus ojos ya estaban cayendo.
—¿Q-qué- ?—fue lo último que pronunció…
…
Enzo había caído rendido después de mostrarle su rostro, nunca supo si lo reconoció, pero al menos lo había intentando.
El sol estaba saliendo en buenos aires y el ya no podía seguir ahí, se vistió lo más rápido que pudo, tomando del del suelo la ropa del show e iba a salir de la habitación.
Pero vio por última vez a Enzo.
Dormía placenteramente, como un bebé, con el cabello desordenado. Le puso una nueva muda de ropa (suya) que tuvo que buscar en su "contenedor" y él mismo se encargó de vestirlo.
Pensaba en irse así, pero ante la no certeza de saber si el chico sabía quién era, decidió tomar una última alternativa..
Tomó su billetera, de ahí sacó una foto, una de dos niños, uno de pelo negro y otro castaño un poco más claro que el suyo actual. Era una foto Polaroid.
La miró por última vez y la dejo dentro de la billetera de Enzo. No sin antes dejarle una nota tras de esta.
“Ojalá con esto sí me recuerdes.
Juli ♥”
Acomodo la billetera y salió de la habitación no sin antes dejarle un beso en los labios a Enzo, y lo dejó ahí, acostado, dormido y con mil preguntas que aún no podía responder.
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