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Summary:

Maekar ha cuidado de él como Baelor lo hizo durante toda su vida, pero sigue siendo un hombre con necesidades, y no puede esperar más.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

Tres semanas habían transcurrido desde que Baelor despertó. A partir de aquel momento, Maekar se había esforzado en ser un apoyo para su hermano, alguien en quien pudiera sostenerse. Lo acompañaba a todos lados y procuraba atender sus necesidades tanto como le fuera posible. Intentaba cuidarlo tan bien como Baelor alguna vez cuidó de él, años atrás, y también, de alguna manera, saldar su deuda.

Maekar tenía, sin embargo, el defecto de ser tan sólo un hombre. Un hombre con necesidades insatisfechas. Tras casi un mes de abstinencia, en el cual intentó mantenerse paciente y casto por el bien de su hermano, su paciencia comenzaba a agotarse.

Abrió la puerta de la habitación de Baelor, cerrándola con llave a sus espaldas. Escuchó a Baelor moverse entre las sábanas de su lecho hasta sentarse; a juzgar por su semblante confundido, no esperaba visitas a altas horas de la noche, pero tampoco parecía disgustado.

—¿Maekar? —ladeó la cabeza al preguntar, curioso—. ¿Pasó algó?

Maekar sacudió la cabeza repetidas veces mientras se adentraba en el cuarto. Se negó a responder. Una vez estuvo lo suficientemente cerca, colocó una mano en su pecho y lo empujó suavemente, obligándolo a acostarse de nuevo.

El ceño de Baelor se frunció, pero el gesto se desvaneció cuando Maekar se colocó a horcajadas sobre su regazo.

—¿Quieres hablar? —preguntó Baelor, colocando ambas manos en su cadera por inercia. Maekar resistió las ansias de rodar los ojos ante tan tonta pregunta.

—No —contestó sin más, estampando sus labios contra los suyos.

Tanto tiempo había pasado desde el último beso que compartieron que gimió ante el contacto. Sus labios se movieron con desesperación y sus manos viajaron por el cuerpo de Baelor rápidamente, intentando tocarlo y deshacerse de sus prendas lo más pronto posible. Movió sus caderas contra las suyas, robándole un jadeo a Baelor, y descendió por su cuello, mordisqueando y succionando la piel sin cuidado alguno. Sus dedos se apretaron alrededor de la cintura de Baelor, quien volvió a gemir y colocó una mano en su hombro para detenerlo.

—Espera —su voz sonó ronca y débil—. No tan… No tan brusco.

Comprendió que Baelor seguía sin recuperarse del todo. Iba a darle lo que deseaba, por supuesto, Baelor siempre lo complacía en aquel aspecto; pero cuidarlo debía mantenerse como la principal prioridad de Maekar, más allá del placer.

—De acuerdo, de acuerdo —murmuró antes de besarlo otra vez. Fue más lento en esta ocasión, más tierno. Baelor sonrió entre el beso, sus manos perdiéndose entre los mechones plateados de la cabellera de Maekar.

Al separarse, los labios de Maekar volvieron a descender por el cuerpo de Baelor; besó la comisura de sus labios, su quijada, su cuello, la curva de su hombro y la piel de su clavícula…

Lo sucedido semanas atrás regresó a su mente y pensó en cómo, si el desenlace hubiera sido otro, no hubiera tenido oportunidad de vivir otro momento así con Baelor. De haber perdido a Baelor en aquel duelo, Maekar jamás habría podido volver a besar sus labios, tocar y saborear su piel, o escucharlo pronunciar su nombre entre tenues gemidos.

La idea le escoció el corazón, así que le dedicó más tiempo a besar su piel para demostrarle lo mucho que apreciaba aquellos momentos de intimidad, cuánto lo amaba y valoraba.

Mientras tanto, sus manos se encargaron de deshacerse de su camisón, que dejó caer de la cama. Incluso ahora, con nuevas cicatrices y moretones a punto de desvanecerse, Baelor era hermoso. Maekar lo tenía claro. Sabía que era afortunado de poder tocarlo, de poder amarlo y de ser correspondido. Aún así, siempre debía detenerse y admirarlo.

Desabrochó su propia ropa y la dejó caer, sin importarle demasiado. Se inclinó hasta alcanzar un mueble cercano, donde encontró un aceite de palma que habían usado en encuentros anteriores. Abrió el frasco para tomar un poco entre sus dedos, pero Baelor sostuvo su muñeca.

—Lo haré yo —le dijo, robando el frasco de sus manos. Estuvo por quejarse hasta que Baelor se estiró lo suficiente para darle otro beso, y tocó el espacio vacío a su lado—. Aquí, Maekar. Ven.

Maekar se acercó un poco, buscando facilitar el proceso. Baelor tomó una decente cantidad de aceite y lo distribuyó en sus dedos antes de acercarse a los muslos separados de Maekar. Cuidadosamente, introdujo un dedo en su entrada, moviéndolo suavemente.

—Baelor, ¿podrías apurarte, por favor? —pidió con voz intranquila, la respiración agitada entrecortando sus palabras.

—Paciencia, Maekar —replicó con calma mientras introducía un segundo dedo. Al sentir el contacto, Maekar arqueó la espalda soltando un gemido de alivio.

Baelor sonrió y continuó preparándolo. Sin embargo, siguió incluso cuando Maekar por fin estuvo listo, como si fuera una clase de juego diseñado para frustrar a Maekar hasta hacerlo suplicar.

Pero esa noche Maekar no tenía intenciones de suplicar. Quería tomar el control.

Abofeteó el dorso de su mano con la fuerza necesaria para obligarlo a quitarla. Baelor soltó un quejido y lo miró con una mezcla de confusión y reproche. Maekar hizo caso omiso a sus gestos y cambió de posición hasta quedar alineado con su miembro, para después descender inesperadamente.

Baelor soltó un gemido, asombrado y excitado, y sostuvo sus muslos con fuerza, previniendo otro movimiento súbito.

—Maekar, lento —le recordó. Maekar soltó un sonido frustrado antes de asentir.

—Sí, sí. Lento —repitió con aburrimiento antes de inclinarse y colocar otro beso sobre sus labios.

Comenzó un vaivén paulatino después, sin separar sus labios más de lo necesario, hasta que la habitación se llenó del sonido de pieles chocando y gemidos.

El ritmo de sus caderas se aceleró con el paso del tiempo, buscando alcanzar el éxtasis. Cuando lo alcanzó, ambos gimieron sus nombres contra sus bocas.

Con la respiración agitada, pero increíblemente satisfecho, Maekar se dejó caer sobre el pecho de Baelor cuidadosamente. Baelor lo rodeó con sus brazos y lo acercó a su cuerpo todavía más, acariciando su piel con delicadeza mientras depositaba suaves besos en su coronilla.

—Tienes mucho que compensar —murmuró Maekar contra la piel desnuda de su pecho. Baelor soltó una risa y se agachó un poco, para besar la mejilla de Maekar.

—También te amo, Maekar.

Notes:

este también lo escribimos a las dos de la mañana en un ataque de demencia. agradecimientos especiales a la almohada que hizo de guía para las poses

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