Chapter Text
La calle apenas tenía nombre. Un tramo estrecho, mal iluminado, donde los faroles proyectaban círculos amarillos sobre el asfalto húmedo. Olía a basura vieja, tabaco rancio y al dulzor pesado del río cercano. A esa hora, casi medianoche, el French Quarter dejaba de ser familiar y se convertía en otra cosa: murmullos bajos, pasos que no querían ser oídos, sombras que sabían exactamente a dónde iban.
El edificio parecía una lavandería nocturna. Un letrero gastado colgaba torcido: Bayou Cleaners: Open Late. A través del vidrio frontal se veía una sola lavadora funcionando, girando lenta e inútilmente, como si nadie la hubiera detenido en años. El interior estaba exageradamente limpio para el barrio, y eso ya era una señal. La puerta principal no era la entrada real. Los que sabían no se detenían ahí. Caminaban hasta el callejón lateral, donde una puerta metálica sin manija tenía pintado, en letras casi borradas, Employees Only.
No se tocaba. Se golpeaba: dos golpes cortos, una pausa, uno largo. Si fallabas el ritmo, nadie respondía. Un ojo aparecía tras una mirilla. No preguntaban nombres. Preguntaban qué buscabas. “Necesito algo para el hechizo”, decías. Si la respuesta era correcta, el cerrojo corría con un chasquido seco. La puerta se abría apenas lo suficiente para dejarte pasar y volvía a cerrarse de inmediato, como si nunca hubiera existido.
Dentro, un pasillo estrecho llevaba a una falsa bodega con sacos de detergente y cajas de cartón apiladas. Uno de los sacos estaba marcado con tiza blanca. Al empujarlo, revelaba una trampilla de madera. Abajo, el sonido lo decía todo antes de verlo. Una voz grave, rota, casi animal, se arrastraba por el aire: I put a spell on you… El bar estaba bajo tierra. Techo bajo, vigas de madera, paredes de ladrillo sudando humedad. Luz roja y violeta bañaba todo, como si el lugar respirara pecado. El humo de cigarro flotaba espeso, pegándose a la piel.
El público era una mezcla peligrosa: músicos negros, mujeres con vestidos ajustados y labios oscuros, hombres blancos de traje que no querían ser vistos allí, y otros que definitivamente no querían ser reconocidos en ningún lado. En el escenario pequeño, una banda tocaba una versión cruda y lenta, con el cantante imitando los gestos salvajes de Screamin’ Jay Hawkins: ojos desorbitados, manos crispadas, la voz como un conjuro lanzado contra quien se atreviera a escuchar. No era solo música. Era amenaza. Era deseo. Era posesión. El bar servía alcohol sin preguntas. Whisky barato, ron fuerte, nada de etiquetas. Pagabas en efectivo. Demasiado contacto visual podía ser interpretado como un error. Aquí no se venía por accidente. Aquí se venía porque alguien te había dicho cómo entrar.
Alastor avanzó con naturalidad. La mayoría lo conocía. Algunos lo evitaban. Otros inclinaban apenas la cabeza. Él no devolvía el gesto; no lo necesitaba.
En una mesa lateral estaba el periodista con el que había acordado encontrarse, como solía hacerlo desde hace unas semanas. Blanco. Bien vestido. Demasiado cómodo para un sitio que no le pertenecía.
-¡Al! -dijo, levantando su vaso-. Pensé que no vendrías.
-¿Y perderme tu encantadora compañía? -mintió Alastor, sentándose-. Impensable.
Tuvieron la charla habitual: contactos, rumores, nombres que no debían repetirse en voz alta. El periodista bebía rápido, como siempre que se sentía importante. Alastor lo escuchaba indiferente, como quien deja que un animal se acerque a la boca de un depredador.
-Por cierto -añadió el periodista-. Invité a alguien más. Negocios. De Virginia.
Alastor arqueó una ceja.
-¿Negocios aquí?
-Televisión -dijo el otro, sonriendo satisfecho-. El futuro.
Alastor soltó una risa breve, seca.
-Debiste avisar.
-Vamos, Al -murmuró el periodista, Alastor odiaba esa confianza que tenia para llamarlo así-. Sé que no toleras a la gente nueva, sobre todo alguien ligado a las cámaras, pero este tipo es interesante. -Bajó la voz-. Dinero serio. Construyó su imperio con una velocidad sorprendente; hace unos años era un don nadie. Algunos lo consideran sospechoso, porque su talento no es nada fuera de lo común. Si quieres mi opinión, aunque me agrada, está sobrevalorado.
Alastor no respondió. Giró la vista hacia la entrada justo cuando la puerta se abría otra vez.
Vincent entró como alguien que no quería llamar la atención… y falló. Traje oscuro, corte impecable, el tipo de hombre acostumbrado a que los espacios se acomodaran a él. Se detuvo apenas para orientarse, evaluando el lugar con una rapidez calculada. Sus ojos se ajustaron a la penumbra, al humo, a las miradas que se quedaban medio segundo más de lo habitual.
Alastor lo observó con interés genuino. -Virginia. Este no pertenece aquí.-pensó
-¡Oh! Lo logró -dijo el periodista, alzando la voz-. ¡Vincent por aquí!
Vincent se acercó, y entonces sus ojos se posaron en Alastor. Lo recorrió con curiosidad abierta, pero se dirigió a quien había acordado de encontrarse.
-¡Vaya! Sí que fue difícil encontrar el lugar, y ahora entiendo por qué -dijo, recorriendo la mirada por todo el lugar hasta volver a encontrarse con la de Alastor.
-¡Oh! Claro. Vincent, quiero presentarte a mi dear pal Alastor -dijo el periodista mientras ellos se miraban-. Tal vez hayas escuchado de él; es locutor, una estrella de la radio.
-Un placer —sonrió Vincent mientras estiraba la mano-. Alastor, The Night Host, ahora lo recuerdo.
-El mismo -respondió Alastor, estrechándole la mano-. Aunque no suelo salir en las fotos.
Vincent rio.
-Ahora que lo mencionas, supongo que te imaginaba diferente. No… no sabía que no eras blanco. Tu voz no es común para… -se detuvo, incómodo.
El silencio fue breve, pero denso.
Alastor inclinó la cabeza, divertido.
-La radio tiene esa ventaja -dijo-. No necesita rostro.
Vincent parpadeó, captando tarde el filo del comentario.
-En realidad es una lástima. Te verías bien en televisión -quiso corregir su error, con intención de broma, aunque parte de él lo decía en serio.
-Jamás lo habría pensado -respondió Alastor, sonriendo sarcásticamente.
-Por otra parte -interrumpió el periodista-, Vincent es tan famoso en Virginia que tiene su propia secta.
-No es una secta -se burló Vincent-. Diría que es más bien…
-¿Un club de fans? -agregó Alastor con incertidumbre.
-Un movimiento -enfatizó Vincent-. La televisión es el futuro, y hay gente que lo entiende. No solo para entretenimiento. Para mover masas, influir en la gente.
-¿Ves? -dijo el periodista, codando a Alastor mientras se burlaba-. Dije que era una secta.
-Como quieras llamarlo. La cuestión es que planeo hacer lo mismo en todo el país, y en este momento mi objetivo es aquí, en Luisiana.
El periodista se aburrió del discurso de su visitante hasta que unas risas cercanas lo distrajeron.
-Ahora vuelvo -levantándose con risa burlona mientras se alejaba-. ¡Pero no se maten sin mí!
Se fue con un par de mujeres, dejando a Alastor y Vincent frente a frente, ignorando la ausencia de su anfitrión.
-¿No estás interesado en seguirlo?
-¿Por qué lo dices? -cuestionó Vincent mientras tomaba un trago.
-No lo sé, tal vez no te interesen las “criollas”.
-Creo que mi comentario anterior se malinterpretó… mira, yo…
-¿O es porque son mujeres? -dijo duramente, mirándolo sin pestañear, poniéndolo a prueba.
¡Pero qué carajos! -la compostura de Vince cambió por completo, a la defensiva-: ¿Te estás burlando de mí? ¿Insinúas algo? ¿O eres de esos faggots?
Podía tolerar criollos y negros, pero de ninguna manera dejaría que se le asociara con algún maricón.
-Es solo una broma, no tienes por qué molestarte -dijo Alastor, divertido-. En fin, me sorprende lo completamente seguro que estas de que lograrás tu expansión televisiva.
Vincent tragó su enojo y decidió pasar completamente desapercibida la "broma" de mal gusto.
-Por supuesto, solo necesito convencer a unos cuantos inversionistas. De hecho, mañana temprano me reuniré con los afortunados. Easy-peasy -alardeó Vincent con una sonrisa que mostraba sus dientes.
-Vas a necesitar más que eso, cariño -se burló Alastor acercando el vaso a su boca.
“¿Cariño?” pensó molesto Vince, pero siguió ignorando.
-¿Qué te hace pensar eso? Ya lo logré en Virginia, ¿por qué sería diferente aquí?
-Mira a tu alrededor, white boy -acercó su cara de manera desafiante, recargando el brazo sobre la mesa-. ¿Esto se parece de alguna forma al lugar de donde vienes?
Vincent se quedó pasmado. El tipo tenía razón de alguna manera, pero sabía que eso no lo detendría; su determinación era más grande que cualquier obstáculo. Se las arreglaría de alguna forma, pero le seguiría el juego a este hombre. Si tenía respuestas, alguna pista, podría usarla. De alguna manera, se sentía atraído a él.
"No atracción sexual. Claro que no, es solo… simple interés." se dijo a sí mismo.
Pero no se lo mostraría. Empezaba a encontrar exasperante a este sujeto recién conocido, y de alguna manera sentía la necesidad de convencerlo. Sería su primera prueba.
-¿Entonces podrías enseñarme? -insistió Vincent-. Tú eres de aquí, y pensándolo bien…
-¡JA! ¿¡Ayudarte!? -rió Alastor, casi gritando-. ¿Crees que perdería mi tiempo en un negocio tan frívolo y duck soup que está desplazando mi carrera?
-No desplazar -frunció el ceño Vincent-. Una asociación: radio y televisión, juntas.
Pfff… Alastor gruñó mientras miraba a otro lado. Conocía a los de su tipo, se aprovecharía hasta el momento que pudiera deshacerse de él.
-Piénsalo, pal -insistió el hombre blanco-. Tú tienes tu audiencia, podrías promocionar mi televisora, y mi televisora promocionar tu estación y…
-No -interrumpió de manera cortante.-y no me llames pal.
Silencio desafiante.
-No eres lo que esperaba -admitió Vincent.
-Suele pasar -respondió Alastor-. ¿Te molesta?
Vincent lo pensó y mintió a medias.
-No-dijo finalmente aunque quería decir: si-. Me intriga.
-Bueno, yo no podría decir lo mismo; pareces bastante común. Poco interesante -mintió Alastor, queriendo molestarlo, encontrar sus límites, desafiarlo.
-¿Perdón? -con el ruido alrededor creyó que no había escuchado bien.
-Aunque debo confesar que ese par de ojos tuyos son bastante…
-¿Bastante…? -el empresario estaba incrédulo y algo molesto.
-¿Cómo lo describiría? -se acercó lentamente, hablando en voz baja y lenta-. Sin igual.
Vincent renegó.
-Bueno, supongo que lo tomaré como un cumplido -bebió de su vaso-. En fin…
Continuaron bebiendo, hablando sobre Nueva Orleans, las diferencias con Virginia, su gusto por el alcohol y momentos bochornosos que pasaron con gente que los admiraba. Por un momento, el mundo se redujo a ideas, humo y música vieja.
Hasta que un ruido quebró la atención mutua.
Una copa rota. Una discusión. Una bofetada que resonó más de lo debido. Las mujeres se fueron indignadas. El periodista bebió el resto de su trago, notó la mirada fija de Alastor y decidió que era hora de marcharse usando una puerta trasera al lado opuesto de la entrada, más discreta que la otra. Avergonzado y sin despedirse.
Alastor se levantó.
-Disculpa -le dijo a Vincent-. Necesito el baño.
Vincent asintió, distraído.
Alastor salió por la puerta trasera… y no encontró al periodista.
La calle angosta estaba casi a oscuras. Un farol parpadeaba al final. Escuchó pasos apresurados que cesaron bruscamente. Alastor avanzó sin prisa, cuchillo en mano. Era el momento perfecto.
Lo vio entonces, recargado en la pared de la esquina del otro lado del edificio, respirando agitado.
Se acercó. Parecía tan fácil.
El cuchillo entró limpio en el abdomen.
-¿Qué…? -
No hubo reacción. No hubo lucha.
Extraño. Alastor frunció el ceño. Esperaba ver esa mirada que siempre hacen cuando pierden el aliento para no volver.
Y entonces vio una sombra detrás de su víctima.
-¿¡La cagué!?… -pensó-. No importa, eso se puede arreglar. Pero la luz hizo visible el cuerpo, y pudo ver más detalles.
Una cuerda alrededor del cuello. Tensa. Firme.
Reconoció la silueta apenas familiar.
Era Vincent quien estaba detrás, con los brazos rígidos. Igual de confundido que él.
El periodista cayó al suelo cuando Vincent soltó la cuerda.
Miraron el cuerpo y luego se miraron entre sí. Vince prendió un cigarro.
Por un segundo eterno, ninguno habló.
Alastor fue el primero en reaccionar.
-Esto es inesperado pero entiendo -sonrió-. Era insoportable.
Hizo una pausa-. Aunque esa era MI presa.
Vincent lo observó, inhalando el cigarrillo.
-Hablaba mierda de mí con los inversionistas -confeso-. Iba a “apoyarme” mañana durante la negociación. No podía permitirlo.
Alastor sonrió, genuino esta vez.
-Parece que tenemos algo en común.
-Parece que sí.
El silencio volvió a caer sobre la calle.
-Bueno -añadió Alastor-. Al parecer ahora somos culpables y cómplices.
Vincent sostuvo su mirada sin apartarse.
-Ninguno puede darse el lujo de hablar.-dijo lo obvio.
Alastor rió bajo.
-Y podría decir que…-tomó el cuchillo que se encontraba en el cuerpo inmóvil para después sonreír mientras se incorporaba-. ya me pareces mucho más interesante.
La música del bar seguía sonando al fondo, como si nada hubiera pasado.
Y en ese instante, sin saberlo aún, ambos cayeron en algo parecido a un hechizo.
Un pacto sin decirlo.
