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Tenía nueve años cuando el jardín del palacio de los Portal se convirtió en mi mundo secreto. Era un lugar amplio, rodeado de muros altos que ahuyentaban el ruido del mundo exterior, con rosales que trepaban por enrejados antiguos y un estanque pequeño donde las hojas flotaban perezosas bajo el sol de la tarde. Mis padres trabajaban en las cocinas reales, sirviendo a la familia Portal con lealtad silenciosa, lo que me permitía vagar por los jardines como un plebeyo invisible entre las sombras de la nobleza. Leonardo, el príncipe alfa heredero, tenía diez años, alto para su edad, con el cabello revuelto por el viento y una seriedad que ya asomaba en sus ojos, como si cargara con el peso invisible de la corona.
Nos conocíamos desde que éramos más pequeños, cuando mis escapadas del ala de sirvientes coincidían con sus paseos solitarios. Jugábamos sin palabras que lo complicaran todo, ignorando las diferencias de casta que los adultos murmuraban. Ese día, él había encontrado una pelota vieja en el cobertizo, y la lanzaba contra el suelo con fuerza contenida, haciendo que rebotara alto, casi tocando las ramas bajas. Yo corría detrás, riendo bajo, con la respiración ligera y el pecho abierto al aire cálido, mi instinto respondiendo inconscientemente a su presencia, un tirón sutil que aún no entendía.
Cada vez que el balón atrapaba, o fingía atraparla, dejando que se me escapara para prolongar el juego, él sonreía de lado, un gesto mínimo que duraba solo un instante antes de disimularlo con un ceño fingido. Como alfa, ya mostraba esa protección innata, aunque en él era más un impulso juguetón que una obligación. Nos sentamos al fin bajo el rosal más grande, exhaustos, con las espaldas contra el tronco áspero. El aroma de las flores era dulce, casi pesado, mezclado con el leve olor a feromonas que iniciaba a emanar de él, sutil y cálido, como un sol poniente. Lo observaba de reojo, vulnerable en mi admiración infantil, en la forma en que sus dedos jugaban con una hoja caída, cómo su respiración se calmaba lenta, sincronizándose sin querer con la mía.
Sentí entonces algo nuevo, un peso suave en el pecho, como si una mano tibia se posara allí desde dentro, presionando con ternura. Era solo una presencia, un pulso callado que respondía a su cercanía, el inicio de un amor que florecía en silencio hacia alguien inalcanzable. Él se inclinó un poco, sin mirarme directamente, y arrancó una rosa apenas abierta, de pétalos pálidos y bordes suaves. La giró entre sus dedos, protector, como si temiera romperla, su instinto extendiéndose incluso a algo tan frágil. “Mira”, murmuró, su voz baja, casi un secreto. Me la tendió, no del todo, solo lo suficiente para que el aroma llegara hasta mí. Nuestros dedos se rozaron en un roce fugaz y accidental, y el peso en mi pecho se intensificó, cálido.
A lo lejos, las campanas de la capilla real sonaron una vez más, un sonido grave que se coló entre los muros, recordándonos el mundo exterior y las normas que nos separaban. Leonardo se tensó apenas, soltando la rosa en mi regazo antes de levantarse. “Tenemos que entrar”, dijo, distante ya, aunque sus ojos se demoraron un segundo más en mí, teñidos de algo tierno que no nombraba, un conflicto entre su deber real y el lazo instintivo que nos atraía. Recogí la flor, presionándola contra mi piel, sintiendo cómo sus pétalos se curvaban levemente, como si ya intuyeran la marchitez futura.
En ese jardín, antes de las negaciones, antes de que el vínculo se volviera oscuro, amé en silencio absoluto. Era un amor de niños lleno de gestos mínimos, miradas que duraban lo justo, respiraciones compartidas bajo el sol. Pero incluso entonces, en el eco de esas campanas lejanas, sentía un mal presagio, acercándose como un frío moral que aún no entendía, filtrándose como incienso en el aire dulce, algo acechando en mi pecho como raíces dormidas. Y el peso en mi pecho, tan suave al principio, ya prometía raíces que un día me consumirían.
