Chapter Text
Se enterró más profundamente en el tupido cabello castaño de la chica. Harry no solía disfrutar personalmente los abrazos, pero a Hermione siempre le habían emocionado.
Todavía podía recordar la primera vez que lo abrazo, durante primer año, después de que la defendiera de Malfoy en un altercado poco memorable por demás, la chica había corrido a verlo después de que el callera al piso y lo había abrazo con fuerza, preocupada.
No había durado mucho, el estaba tan tenso que Hermione pensó que se había lastimado y se separó de inmediato, pero Harry cree que fue la primera vez que alguien lo abrazo.
Hoy, 5 años después, no podía evitar querer mezclar sus cuerpos en ese calor que le ofrece consuelo.
No vería a Hermione ni a Ron, o bueno, a nadie en absoluto, por el resto del verano, no era realmente tan distante de lo usual, siempre se quedaba atrapado con los Dursley al menos el primer mes del verano, pero esto era diferente.
Dumbledore había decidido llevarlo a una casa segura hasta que volviera a Hogwarts el primero de septiembre, sin visitas, sin cartas y sin compañía, lo cual se veía empeorado con la pronta muerte de Sirius.
Harry no podía conceder no hablar con nadie durante los siguientes dos meses, no después de haber pasado los últimos sin hacer nada más que llorar y esconder se tras la falda de Hermione como un niño.
Solo se le permitiría ver al guardián del secreto, un miembro de la orden del fénix de quien el chico todavía no conocía la identidad, probablemente sería el profesor Lupin, aunque Harry no sabía cómo podría verlo a la cara después de matar a Sirius.
Harry no había visto a nadie de la orden desde ese día.
Todo es borroso después de que Dumbledore se allá aparecido en el Ministerio, recuerda que los miembros de la orden se los llevaron a el y a los otros miembros del ED de vuelta a Hogwarts, puesto que nadie había tenido heridas graves decidieron no llevarlos a San Mungo, dónde definitivamente se llenaría de reporteros tras el desastre que había sucedido en el Ministerio.
Recuerda ser llevado a la oficina del director, recuerda sentir tanta rabia y dolor, recuerda gritar y gemir, querer destruir todo a su alrededor, que todo se acabará de una maldita vez.
Recuerda lo único que podía pensar en ese momento.
Lo mate, mate a Sirius, lo mate.
Recuerda la cara preocupada y decepcionada de Dumbledore, juzgadora y lastimera. Recuerda cómo el hombre no lo regaño o golpeó y recuerda lo decepcionado y molesto que estaba por ello, por poco sentido que tuviera.
Lo hizo sentir patético.
–Ya tengo que irme, Harry.
La voz ahogada de Hermione contra su pecho lo saco de sus pensamientos, se dio cuenta de que había estado apretando a la chica, negándose a dejarla ir.
–Lo siento.
Dijo mientras la soltaba finalmente, un poco reacio a separarse.
Hermione lo miraba con esos ojos preocupados que le recordaban a la señora Weasley, lo hizo sentir culpable por preocuparla tanto.
–Estaré bien, voy estar con un miembro de la orden, me verás aquí en septiembre, lo prometo.
Harry no sabía si quería tranquilizar a la chica o a si mismo, pero Hermione le devolvió una sonrisa que se veía definitivamente falsa junto a su ceño fruncido.
–Aún así nos preocupamos, hermano.– Hablo Ron detrás de la chica, viendo a Harry con bolsas bajo los ojos, el pelirrojo había estado despierto junto a Harry los últimos días, siendo el mejor amigo que alguien con tan mala suerte como el pelinegro podía querer.
Lo había consolado, cuidado e incluso lo había convencido de levantar sus hechizos de alrededor de su cama solo para poderlo despertar de las pesadillas.
Harry no sabía que haría sin el todo el verano.
–Vemos, el guardián podrá contarles como estoy aunque no pueda decir en donde estoy, encontraremos la forma de estar en contacto.
Harry fue interrumpido por el silbato del tren que anunciaba su pronta ida. Todos voltearon a verlo y Hermione aprovecho el momento para secar sus mejillas, mordiendo el interior de su boca con saña.
Ron poso su mano sobre el brazo de Harry, el pelinegro no estaba seguro de porque pero Ron se había vuelto más reservado con el contacto físico con los años, antes solía ser casi tan afectivo como Hermione, pero ahora parecía evitar los abrazos innecesarios o los acercamientos efusivos.
–Te extrañaré, hermano, por favor, ten cuidado.– dijo y procedió a abrazar a Harry, lo que le dio a todo un tinte trágico, como si fuera la última vez que lo vería.
Tras un corto apretón y un último beso en la mejilla por parte de Hermione, los chicos salieron corriendo, saludando a Harry desde el tren en marcha como una película triste en la que los dos amantes son separados al final.
Harry espero ahí hasta que el tren desapareció de su vista, ya no quedaba nadie más aparte de Hagrid, quien lo había acompañado a despedir a sus amigos y ahora lo esperaba junto a un carruaje jalado por thestrals.
–Desearía haber tenido amigos tan buenos cuando iba a la escuela.– Empezó Hagrid mientras se subían en la carroza, –Ustedes son los niños más unidos que he visto jamás en Hogwarts, buenos, por no mencionar a tu padre y sus amigos, aunque Sirius solía pelearse…– El hombre se interrumpido ante el cambio de expresión del chico, retorciéndose incómodo en el pequeño asiento y haciendo temblar todo el vehículo. –Lo siento. – Dijo con una expresión de dolor.
Harry suspiro, resignado, sabía que su amigo semigigante no tenia malas intenciones, solo que siempre había sido extremadamente imprudente.
–Esta bien, Hagrid, no pasa nada, solo… no tengo muchas ganas de hablar en este momento.
–Esta bien, puedo hacer silencio, soy muy bueno haciendo silencio. Hay muchos animales con los que uno tiene que ser muy silencioso, veras por el ejemplo…–
Harry se dedicó a mirar la ventana con resignación mientras el gran hombre parloteaba, viendo el corto viaje hacia el castillo. Ya había recogido todas sus cosas, así que solo tendría que buscar su baúl en su habitación antes de ir a la oficina de Dumbledore.
No quería volver a entrar ahí después de su rabieta, sabía que era imposible pero una parte de el esperaba encontrar las que cosas que había tirado con tanta rabia todavía en el suelo, como un recordatorio de su arrebato, pero no había nada cuando entró en la habitación.
Tampoco podía ver a Dumbledore, sabía que estaba ahí, lo sentía, pero el hombre parecía haber decido dejarlo reflexionar un poco en el silencio del despacho.
Todo estaba devuelta en su lugar, un despacho ordenado y normal excepto por la vieja bota marrón gastada y sucia que se encontraba delicadamente sobre el escritorio, también estaba el echo de que los cuadros de los antiguos directores de los cuales Harry no se había molestado en aprender los nombres parecían chismear en su susurros entre ellos, pero en el mundo mágico eso tampoco estaba muy fuera de lugar.
Harry apretó el asa de su mochila mientras se sentaba sobre su baúl, había dos sillas frente al escritorio de Dumbledore, cómodas y listas para ser usadas, pero Harry no quería sentarse ahí de nuevo, así que mejor se dedicó a ver el piso y morderse las uñas como un niño enfurruñado.
–Ah, Harry, lamento hacerte esperar. –La voz del hombre irrumpe la habitación y una rabia fría invade a Harry.
Todo esto es su culpa, si el hubiera protegido a sus padres mejor, o no lo hubiera sacado de la casa de los Dursley, si no hubiera acusado injustamente a Sirius, nada de esto estaría pasando.
Harry pensó que la rabia se había calmado, pensó que al ver a al hombre hoy se sentiría apenado e incómodo, pero solo estaba molesto.
Aún así no dijo nada, aunque una parte del el siempre había creído que el hombre podía leer su mente, una que ahora estaba más segura de eso tras enterarse de que la legeremancia existía.
El hombre negó con la cabeza tras un rato sin respuesta, con una expresión resignada, Harry no pudo evitar bufar.
–¿Tienes todo contigo, muchacho?– Pregunto el hombre a lo que Harry le dio dos palmadas a su baúl bajo en, Dumbledore asintió. –Bien.
Dumbledore bajo de las escaleras hasta colocarse detrás de se escritorio.
–Este es un trasladador que te llevará a la casa segura, hijo mío. – Dijo mientras señalaba la bota con la mano izquierda, mientras mantenía elegantemente oculta la derecha. –Mientras estés allí, el guardián de el secreto irá aunque sea una vez a la semana, te llevara comida y vera como te encuentras.
–¿Quién es?– interrumpió Harry, corto y conciso, no tenía muchas ganas de hablar con el viejo realmente.
–Lo sabrás pronto, muchacho. – Dumbledore lo miraba con ese brillo sospechoso que lo hizo sentir tremendamente molesto.
–Si me dijera lo que pasa no tendríamos tantos problemas. – La voz del chico sonaba molesta y seseante, Harry no entendía por qué tenía la necesidad de pelear con el mago más poderoso de siglo, pero estaba tan molesto.
–Sabes que no puedes quedarte en la casa de tus tíos después de el último ataque, Harry, es demasiado peligroso. – Dumbledore hablaba con calma y paciencia, como si Harry no fuera más que un niño tonto.
–Usted sabe perfectamente que no estoy desesperado por volver a esa casa,– Su voz se volvía estridente con cada palabra, el hombre estaba consiente de la cantidad de veces que el chico le rogo para que no lo devolvieran ahí por el verano. – Pero no hay ninguna razón para que me ocultes con quién pasaré los siguientes dos meses de mi vida.
Harry sabía que solo quería pelear, alguien de la orden lo acompañaría, y a menos que fuera el profesor Snape no había ninguna chance de que se encontrará disconforme con su acompañante.
Pero el echo de que Dumbledore quisiera ocultar le información de nuevo le hacía hervir la sangre, ¿De que servía siquiera no decirle? No había forma de que alguien se enterara estando solos en la oficina, y Harry acabaría por enterarse en solo un par de horas.
Todo parecía solo un gran sin sentido.
–Lo sabrás pronto muchacho.– Dumbledore ignoro su rabieta, señalo la bota en la mesa nuevamente, dándole esa sonrisa de abuelo a Harry. –Ya es hora de que te vayas, hijo, me comunicaré pronto.
Harry cogió su baúl y se acomodo la mochila, tomó la gastada bota desde la parte de arriba, no planeaba despedirse del viejo.
Apenas su piel tubo contacto con el objeto sintió ese tirón horrendo que le llevaba de vuelta a la tercera prueba. Antes de que sus pensamientos pudieran perderse en ese horrible día sintió su rostro estrellarse contra una superficie dura y luego un par de cosas caer sobre su cabeza pesadamente, seguido directamente por el sonido de algo quebrarse a su lado.
–Genial.– Se quejo mientras sobaba su cabeza, se encontraba en una sala simple de paredes de un color amarillo manchado, había un mueble marrón no muy agraciado, una chimenea y tres puertas con la madera gastada.
La única decoración de la habitación era el estante de libros con el que se había golpeado, ahora con una buena parte de los libros se encontraban tirados a su alrededor, y lo que parecía haber sido un florero vacío se encontraba quebrado no muy lejos de el.
El chico se levantó con un bufido, no esperaba que no lo primero que tuviera que hacer este verano sería limpiar, no ahora que no iba a estar con los Dursley, pero la desgracia parecía tener una fijación en el.
Tiro su bolso descuidada mente sobre el mueble y se concentro en recoger los libros, echándoles rápidos vistazos, todos parecían ser informativos, libros de hechizos de diferentes materias o tópicos, uno que otro de historia y un tomo especialmente pesado de pociones.
No tardo mucho en tener todo de vuelta en su lugar, pero tenía que encontrar algo con que limpiar el vidrio del piso.
Se pregunto si podía hacer magia aquí, pero prefirió no arriesgarse.
La primera puerta por la que paso llevaba a una cocina de baldosas amarillas y telarañas en las esquinas, quien allá elegido los colores de esta casa no tenía los gustos más refinados.
Las alacenas estaban vacías y llenas de polvo, la nevera ni siquiera tenia agua y cuando abrió el grifo para probar suerte la misma salió de un tono marrón oxido.
No había escobas ni suplementos de limpieza, así que se rindió con la habitación y paso a la siguiente.
El baño no era la gran cosa, una bañera con ducha, un retrete manchado y un lavabo con un espejo oxidado. Tan horrendo como el resto de la casa. Tampoco tuvo suerte, estaba tan vacío de suministros como la cocina.
Termino finalmente en el cuarto, era estrecho, solo contaba con una cama matrimonial y un armario, pero para ser justos era mucho más grande que el segundo cuarto de Dudley.
Resignado se dejó caer en la cama y una ola de polvo se levantó, dejándolo tosiendo y enfurruñado.
La casa era una pocilga y ni siquiera podía limpiarla, no es que el fuera un amante de la limpieza pero al menos lo mantendría entretenido.
No había visto ni una ventana ni una puerta de salida, solo la chimenea de la sala, pero se pregunto si siquiera estaría conectada a la red flu.
Se revolvió en la cama, había tanto silencio.
De repente volvió a sentirse extremadamente triste, metió su mano en el bolsillo y saco el espejo roto que le había dado Sirius.
Una parte del no quería más que hablarle, pero sabía que nadie respondería, en cambio apretó el espejo contra su pecho, sollozando.
Después de lo que pareció demasiado tiempo llorando en la cama se dirigió a la sala, no quería que el guardián viera el vidrio roto cuando llegara, una parte de el sentía que lo regañarían si llegaban y estaba este desastre, casi podía sentir la mano de su tía arder en su mejilla.
No tenía donde tirar el vidrio así que con resignación lo llevo al cuarto, dejándolo en el cajo de la mesa de noche, no era lo más práctico pero cuando tuviera materiales de limpieza podría sacarlo de ahí sin que nadie lo notara.
Volvió a la sala, buscando algún libro que en realidad no quería leer antes de dejarse caer pesadamente sobre el mueble.
Era un libro de encantamientos estéticos, vaya mierda, el chico no estaba realmente interesado en el tema, pero la idea de tener que levantarse a buscar otro libro parecía demasiado difícil como para cambiarlo.
Al final no importo mucho, pues después de pocos minutos de lectura el chico empezó a dormitar, no estaba seguro de que hora era, pues sin ventanas ni reloj era ligeramente imposible saberlo, pero sabía que no había pasado mucho tiempo, aún así, el silencio y el aburrimiento de no hacer más que pensar en su trágica vida mientras fingía leer rápidamente lo llevaron a los brazos de Morfeo.
—·—·—·—·—·—·—·—·—·—·—·—·—·—·—··—·—·—·—·—·
Unas manos lo estaban tocando.
Todo estaba oscuro pero podía sentir las manos meterse debajo de su camisa, desabrocharle el pantalón, metiendo dedos carnosos en su boca.
Harry quería vomitar.
–Eres tan bueno para mí, niño.
El aliento caliente pegaba contra su oído y un sollozo lastimero quedó amortiguado contra los dedos de su boca.
Había tantas manos, tocando lo por todas partes, algo duro y asqueroso restregándose contra su parte trasera.
De repente un fuerte estruendo lleno la habitación y Harry abrió los ojos de golpe, justo para ver lo que parecía una persona entrando por la chimenea.
Con la mirada borrosa, pues sus lentes se había deslizado por su rostro, lo único que pudo ver fue una silueta negra con el rostro pálido, no pudo evitar pensar que era un mortifago, con un chillido un poco similar al de un cerdo salto hacia atrás, cayendo por el respaldo del mueble y golpeándose la espalda tontamente.
–Tan agraciado como siempre, señor Potter.
La voz profunda y siseante hablo desde la parte delantera del mueble, dónde Harry no podía verlo, pero la reconoció al instante.
–Mierda.
