Chapter Text
Escucha las pisadas al lado de su cabeza mucho antes de ver la mancha negra que ahora sabe no es nada menos que el profesor Snape.
Se acomoda torpemente las gafas para ver al hombre que lo mira con esa expresión de odio, como si hubiera olido mierda.
El hombre lleva un saco oscuro y pantalones de vestir, distinto a la túnica escolar que solía usar durante clase.
–Levántese, Potter, por más que me gustaría tenerlo como alfombra en mi sala es muy molesto verlo ahí tirado con la boca abierta.
Snape hablaba con ese tono característico que devolvió a Harry a la tierra.
Se levantó apresuradamente, con una mueca de fastidio.
–¿Qué haces aquí?– se quejo el niño, mirando a Snape con toda su rabia, no había forma de que el hombre lo hubiera podido encontrar, ¿Cómo es que el molesto hombre había llegado hasta aquí?.
Snape bufo una pequeña risa sarcástica llena de despreció.
–De verdad que tú estupidez puede llegar a sorprender.– dijo mientras se dirigía a la cocina, donde Harry lo persiguió.
El hombre parecía disgustado mientras analizaba la cocina, aunque en realidad Harry nunca lo había visto con otra expresión en su cara.
–Yo…– inicio el hombre mientras sacaba su varita y lanzaba un hechizo de limpieza no verbal sobre la encimera. –Soy el guardián del secreto, Potter.
Harry sintió que todo se le venía encima (una vez más).
–No, no, no, no, no. El director Dumbledore dijo que alguien de confianza serie el guardián, no..– Harry señalo a todo Snape con una expresión de desprecio.–Tu…
El hombre saco una bolsa de su chaqueta y la desencogió, dejándola sobre la mesa de la cocina.
–Siempre tan elocuente, Potter. Para su información soy la persona en la que Dumbledore más confía, ese viejo decrépito podría poner su vida en mis manos.– El hombre hablo con tono irritado mientras volvía a la sala, parecía listo para irse de nuevo.– Está casa es una pocilga, hasta a mí me sorprende que seas tan sucio, Potter.
–La casa ya estaba así cuando llegue.– Se queja Harry, con las mejillas ligeramente sonrojadas, –A demás, no hay como limpiar, ni siquiera corre el agua aquí.– El chico corrió a defenderse, aunque en realidad no le importaba que pensara Snape de su dotes de limpieza.
–Tu incompetencia de verdad llega a lugares inexplorados, no niño? Solo usa tu varita, un mago de casi sexto año debería ser capaz de hacer hechizos de limpieza.
Snape no espero mucho más y se adentro en la chimenea.
–Volveré en unos días, Potter, no te mates.
–Espera, ¿Que hay de la comida y suministros?- Harry intento hablar pero el hombre se fue de inmediato con el característico estruendo de la red flu.
Harry dio una patada en el piso con molestia.
No podía ser, no podía pasar el verano entero solo con Snape, tendría que ser una equivocación, una broma pesada y sin sentido.
Enfurruñado se dirigió a la cocina, tenía hambre y Snape había llevado lo que supuso sería comida.
Adentro de la bolsa había bollos de morcilla, demasiados de ellos, grasosos y asquerosos como solo una cocinera en el Knockturn Alley podría prepararlos. Esto tendría que ser una nueva forma de tortura.
Harry suspiro con fastidio, tal vez no tenía tanta hambre.
Volvió a su cuarto, está vez arrastrando consigo el baúl. Saco el viejo álbum y lo coloco sobre la cama, busco la foto de sus padres, esa que tomaron en una estación de tren, donde su madre le devolvía una sonrisa radiante y su padre la abrazaba por atrás, juguetón.
La coloco sobre la mesa, hizo un rápido hechizo para limpiar la cama y se acostó, sin apagar las luces y viendo directamente a la foto.
No hablo, no pensó, no quería, ya estaba demasiado cansado para eso, en vez de eso dejo que las lágrimas corrieran por su rostro.
Aquí había mucho silencio, no el ruido de una casa habitada, ni siquiera el sonido del aire corriendo a través de la ventana. Y todo estaba tan oscuro, encerrado, lo hacía sentir de vuelta en el armario.
Se concentro en lo único que podía escuchar, el latido de su propio corazón y su respiración agitada entre sollozos.
Finalmente callo en un sueño intranquilo, que lo llevaba por manos, sangre, y sus propios gritos rebotando en el ministerio.
–·–·–·–·–·–·–
Eventualmente se rindió con intentar dormir, pero el menos podía ver la hora, conjuro un Tempus y pronto descubrió que eran las 4 de la mañana, no es que realmente importara, después de todo no iba a hacer nada más.
Se levantó y se puso manos a la obra con la limpieza, limpiando todo tan lento y meticulosamente como los hechizos que había aprendido en encantamientos se lo permitían, leyendo un libro de la misma materia que se encontraba en el estante para las tareas más difíciles como un intento poco efectivo de limpiar las baldosas manchadas de la cocina.
Después de limpiar durante toda la mañana, el chico se volvió a quedar sin nada que hacer.
No pudo evitar sentarse en el mueble y ver el techo sin hacer nada más que lo único que siempre había podido hacer: pensar.
Cuando era una niño y pasaba sus días en la alacena era la única cosa que podía hacer sin ser castigado, solía imaginar que era otra persona, más fuerte, más inteligente, más grande y definitivamente no un bicho raro.
Si acercabas lo suficiente la oreja a la puerta de su alacena, a veces podrías escucharlo susurrar palabras que no eran más que los diálogos de las historias que imaginaba.
Ahora, lastimosamente, había perdido esa habilidad, y lo único en lo que podía pensar en momentos como este era en su vida.
Los pensamientos y recuerdos inundaban su cabeza. Cedric, los dementores, Voldemort, y ahora Bellatrix y Sirius, sus estrepitosos gritos y el ardor en su garganta.
Tenía que entrenar, tenía que mejorar, la gente se estaba muriendo y el no hacía nada, no mejoraba, no cambiaba.
Sirius había muerto por su culpa, si se hubiera esforzado más en las clases de oclumancia…
El había pensado que lo hacía bien a pesar de las burlas de Snape, pues había logrado ocultar le al hombre muchas cosas, pero por culpa de su incompetencia habían asesinado a Sirius.
Su cabeza dolía, en realidad no le gustaba pensar.
Una pequeña parte de el empezó a extrañar a los Dursley, los odiaba con toda su alma, pero el silencio y la soledad lo volvería loco más pronto que tarde.
Termino por levantarse e ir a estudiar, tampoco había mucho más que hacer.
Los siguientes 2 días pasaron igual, sin pena ni gloria, tuvo que terminar comiendo los asquerosos bollos, pues a pesar de años de experiencia pasando hambre, al tercer día sin comida todo se ve lo suficientemente apetitoso.
También termino una buena parte de sus tareas de verano, eran pesadas, pero sin mucho más que hacer no tenía muchas opciones.
Al cuarto día escucho el estruendo de la chimenea mientras se dedicaba a intentar convertir un vaso en un ratón, solo por diversión.
Antes de poder salir de la cocina vio el cuerpo del hombre entrar, esta vez llevaba una camisa de vestir negra abrochada hasta el cuello, los mismos pantalones y el saco colgando del brazo.
–Pensé que me había abandonado para morir de hambre.– Dijo Harry volviendo a su hechizo, el vaso ahora contaba con pelo y una cola que se movía asquerosamente, bastante patético para un quinto año, pero en su defensa transformación nunca había sido su fuerte.
–Me hubiera encantado, pero Dumbledore parece tener “grandes” planes para ti.–Harry casi pudo ver las comillas en la voz de Snape, lo cual era honestamente sorprendente.
Snape saco unas pequeñas bolsas de su bolsillo y las devolvió a un tamaño normal, está vez parecían ser compras de verdad y no solo esa comida asquerosa. Harry pudo ver leche, huevos, harina, pan e incluso frutas y verduras. El hombre desencogió todas las bolsas y con un solo movimiento de varita todo se acomodo solo en los diferentes gabinetes y en la nevera.
Si Harry pensó que el hombre era bastante poderoso, no dijo nada.
–Algo así me han dicho.–Fue todo lo que respondió.
–Ven a la sala, seguiremos con tu entrenamiento.– El murciélago no espero respuesta y se fue rápidamente a la siguiente habitación, con un Harry confundido detrás de el.
–¿Entrenamiento? ¿A qué te refieres?
Harry había planeado entrenar el solo, a pesar de los que algunos vampiros chupa-felicidad pudieran pensar, Harry pensaba que en magia el era, en el mejor de los casos, mediocre.
No entendía como el, un niño de casi 16 años, podía ser la única esperanza del mundo mágico para terminar con Voldemort, pero definitivamente no quería ser “entrenado” por Snape.
Tal vez Harry podría haberse esforzado más con la oclumancia, pero Snape era definitivamente tan mediocre en la enseñanza como Harry en todo lo demás.
–Por más sorprenderte que te parezca mover un solo dedo durante tus preciados veranos, tu vagancia no será permitida mientras yo esté en esta casa. –El hombre usaba otra vez ese irritante tono de superioridad mientras dejaba caer el saco sobre el mueble y se volteaba repentinamente.–Legeremantis.
Antes de siquiera poder estar consiente de lo que pasaba, Harry es arrojado a las profundidades de su mente. Escucha los gritos de su madre y un frío matador le recorre los huesos, el recuerdo pasa rápido y ahora huye de el profesor Lupin en el bosque prohibido, siente las llamas del dragón de la primera prueba quemar su ropa mientras vuela en la escoba y la certeza de que va a morir a manos de Voldemort en el cementerio.
De repente está de regreso en el ministerio con esos oscuros pasillos infinitos y la risa de Bellatrix llena el lugar. Corre desesperado, con la seguridad de que trajo a sus amigos a una muerte segura, y ahí es cuando lo ve, Sirius, que lo mira con calma antes de caer por el velo.
Esa es la gota que rebasa el vaso y con todas sus fuerzas empuja hasta que está de vuelta en la casa, tirado sobre ese piso de madera vieja y gris que estaba empezando a odiar.
–Ni siquiera los estás intentando, Potter.– Se queja Snape mientras lo ve desde arriba.
–¡Lo hago! ¡Pude expulsarte!– Harry habla entre jadeos desesperados mientras se levanta, del piso.
–Si eso para ti es expulsarme, entonces eres incluso más imbécil de lo que creí.
–¡Tal vez sería mejor en esto si me enseñarás algo!. –El tono de voz de Harry sube una octava, irritado con la actitud de Snape.
–Yo te estoy enseñado, no es culpa mía que tú cerebro microscópico no pueda entender instrucciones simples.– El hombre se acerco con pasos lentos, cerniéndose sobre Harry como una figura amenazante, era mucho más grande que el chico, y más grueso, ya que se encontraba a contra luz lograba dar está ilusión de murciélago incluso sin la capa. Harry no pudo evitar pensar que era un don.
–Claro, porque “Despeja tu mente” y “Concéntrate, Potter” son de muchísima ayuda– Grito Harry usando una voz ridícula y burlesca para imitar a Snape, a pesar de todo, el muchacho no se había acordado, estaba demasiado molesto con todo como para retroceder.
No le importaba molestar al hombre, una parte del incluso quería hacerlo a propósito, sacarlo de sus cávales hasta que se enojara tanto que le hiciera daño, solo para ver qué pasaba.
–¡50 puntos de…!– Snape fue interrumpido por un bufido de Harry, quien también se había acercado y ahora estaba a solo milímetros de la cara del hombre.
–¿50 puntos de Gryffindor? ¿En serio? No sabía que era un perro de un solo truco, señor.
El ardor reconocible de una cachetada se poso en la mejilla de Harry, el cuarto estaba en silencio otra vez, solo la respiración agitada de Snape lo llenaba.
Cuando Harry se atrevió a verlo, el hombre parecía completamente loco, con la mirada desorbitada de la rabia y una mueca fea, incluso se veía rojo, algo que Harry no sabía que era capaz de hacer.
–Ya me cansé de tu insolencia Potter, trate de ser bueno contigo, solo porque Dumbledore me pidió que te tuviera compasión, pero eres incluso peor que tu padre.– El hombre se acomodo el pelo con una mano y su saco salió disparado solo hacia la otra. –No eres más que un descarado falta de respeto.
Dijo y con eso se fue, tan repentinamente como antes.
Harry se llevó la mano a la mejilla, ardiendo de furia, las lágrimas calientes empezaron a caer en contra de su voluntad, estaba enojado, ya no quería llorar más, estaba cansado de llorar.
En una rabieta empezó a patear las cosas de la habitación, quería destruirlo todo, con su propias manos, tiro todos los libros y el estante y pateo el mueble hasta hacerle un hueco.
Termino tirado en el piso, sollozando, sin ni un solo ruido más.
Estaba tan cansado.
