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Perdona nuestros pecados...

Summary:

El sacerdote Robert es enviado a un pequeño pueblito en España.

Notes:

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Día 2 — Incubo

¿Podría considerarse como consentimiento dudoso? Tal vez.

Al final viven felices.

Work Text:

Otro agotador día llegaba a su fin, para la tranquilidad de los músculos cansados de Robert.

Otro día más de cumplir la rutina que se había inculcado en su alma desde aquel día que aceptó convertirse en sacerdote, motivado por los valores familiares que se le habían enseñado desde muy joven. ¿Qué mejor que dedicarle su vida a Dios?

Así que eso hizo; se enfocó en sus tareas y aprender todo lo posible sobre la iglesia. Tomó sus votos de celibato y se convirtió en uno de los sacerdotes más queridos del pequeño pueblo en que vivía. La gente adoraba tomar misa con él y era constantemente buscado por sus sabios conejos junto a amables palabras. Creyó que Dios estaría complacido con lo hecho.

Olvidó que a Dios le fascina poner pruebas.

Y así fue que recibió la suya. Pues un pequeño pueblo al norte de España requería un sacerdote, dado que el anterior había fallecido recientemente y no tenían cerca a nadie que pudiese cumplir el rol. A Robert le fue ofrecido diciendo lo bonito que era el lugar, pintoresco, y con gente que sin duda necesitaba de su sabio consejo.

Olvidó que la envidia corroe el corazón de los hombres, incluso aquellos de fe.

Así que tomó sus pocas pertenencias, un diccionario de polaco a español, y se aventuró al viaje sin entender más que unas pocas frases del idioma. Quizás, ¿podría dar la misa en inglés?

Olvidó que muchos peligros no son humanos.

Lleva tan solo dos meses instalado en su nueva residencia, una pintoresca iglesia no demasiado grande, bastante destruida por falta de mantenimiento, pero linda. Sumado a sus usuales deberes, se enfocó en arreglar lo más posible la casa del Señor; puliendo ventanales, limpiando pisos, arreglando las bancas. Empezaba a verse cada día mejor con su esfuerzo.

La gente ahí era un poco extraña. Muy dados a supersticiones de hace cinco siglos, asustadizos y temerosos, igual que corderos. Acudían cada domingo a misa sin falta, el resto de días también. Todos eran muy amables aunque de nuevo, raros. Nadie le decía porqué había sal en cada casa, o porqué todas las ventanas estaban tapadas, o porqué cada luna llena nadie salía después de las ocho de la noche.

Pese a todas las rarezas del pueblito, se la pasa bien. Casi se ríe de sí mismo al pensar en como al inicio creyó que era un castigo divino, cuando sus días aquí han sido llenos de calma. Además del esfuerzo físico que conlleva arreglar la iglesia, ha empezado un huerto en el terreno trasero, dónde cultiva algunas flores que le gustan y vegetales para sus alimentos o para regalarle a las personas cuando la cosecha es demasiada.

Tiene algunos conocidos que empieza a considerar amigos, una rutina que le gusta, está cumpliendo su propósito al servir al Señor. Se siente en paz consigo mismo, seguro que está transitando por el camino ideado para él y cuando muera, llegará al cielo por la vida que ha llevado.

Entonces iniciaron los sueños.

Al principio, no había nada raro en ellos. Estaba él, dando misa, pero había alguien en las butacas que no pertenecía al pueblo o a alguien que hubiera conocido. Era un joven de cabellos y ojos marrones, con un aire de inocencia en sus rasgos juveniles. Bastante menor que él, eso seguro. El joven solo se sentaba ahí, escuchando la palabra, hasta que el sueño llegaba a su fin.

Luego, comenzó a aparecer más cerca. Sentado en la primera fila, pero ahora sus ojos no llevaban ese brillo inocente. Se veían oscuros, cargados de pecado, llenos de algo que no se atrevía a nombrar. Justo cuando el joven se ponía de pie, el sueño llegaba a su fin. Robert despertaba agitado, sin entender qué estaba sucediendo. ¿Por qué ese sueño se repetía cada noche?

Todo comenzó a empeorar Desde ahí.

Se había enorgullecido de su nulo libido, siendo capaz de ignorar la tentación de la carne con facilidad. Pero desde que ese muchachito apareció en sus sueños, era como si hubiese encendido en Robert un interruptor que no sabía que tenía.

Lo soñaba extendido en el altar, bebiendo del vino sagrado con los ojos fijos en los suyos, con la camisa blanca desarreglada mientras más bebía y por sus labios se derramaba el líquido hasta empapar su camisa. Hasta que sus labios se manchaban de rojo y lo invitaban a probarlos.

Lo imaginaba arrodillado entre sus piernas en el confesionario. Con alguien al lado contando sus pecados en busca de consejo, mientras miraba los ojos de la tentación hecha persona. Con una dulce sonrisa, lo despojaba de sus vestimentas de sacerdote y envolvía esos tentadores labios a su alrededor.

Lo veía en el cementerio del pueblo, acostado sobre una de las tumbas más ornamentadas, aquella del primer sacerdote. Desnudo por completo, con la piel rosácea por el frío, con la boca abierta gimiendo y gimiendo mientras su cuerpo rebotaba suavemente con cada dura embestida de su parte.

Escribió cartas llenas de preocupación a su natal Polonia, suplicando el consejo de cardenales, sacerdotes y curas por igual. Cualquiera que pudiera ayudarlo a saber que hacer, como echar de su mente a tal demonio que se negaba a dejarlo en paz. No recibió una sola respuesta luego de semanas esperando, quedando solo.

¿Por qué Dios disfrutaba poniendo pruebas así?

Jura por todos los santos que nunca había sido tentado de tal forma a romper sus votos, a caer en uno de los pecados capitales, a dejarse envolver en la lujuria ardiente que le quemaría la piel igual que el fuego del infierno.

Entonces, no es capaz de comprender por qué a él se le está presentando tal castigo.

Ya no puede dormir una noche completa, despertando siempre lleno de sudor y con un vergonzoso problema en sus pantalones de dormir. Está distraído en misa, taciturno, incómodo alrededor de la gente del pueblito que lo miran con preocupación con cada día que pasa, sus ojeras haciéndose más profundas contra la palidez de su piel.

Su desesperación alcanza niveles críticos, enviando una carta al mismo Vaticano para solicitar apoyo del Papa. No se atreve a abandonar el poblado, pues ya lo ha intentado antes, le resulta imposible salir de la frontera del lugar. Al verse solo, comienza a investigar a la gente.

Ellos le dicen que nadie que llega al pueblo puede irse otra vez, ya que lo encuentran tan bonito que nadie quiere abandonarlo. Al final, todos se acostumbran a la vida y la rutina de aquellos que llevan aquí desde que solo habían dos casitas de madera. Nadie tiene nada que decir sobre sucesos extraños de ningún tipo, lo que aumenta su paranoia y miedo.

¿Dios lo ha abandonado?

Es uno de los miembros más nuevos quién finalmente le da algunas respuestas. Murmura haber venido aquí por un trabajo, y al igual que cada nuevo visitante, no puede encontrar fuerza de voluntad para salir más allá de los límites del poblado. Hay algo que le impide dar el paso más allá, y la única vez que lo intentó, sintió un miedo tan atroz que no le quedaron ganas de volverlo a intentar.

Entonces empieza a investigar en la iglesia. Con una simple vela en mano, baja al sótano polvoriento del que salen ratas despavoridas y un pequeño murciélago. Apretando el crucifijo en sus dedos, se encomienda a Dios al bajar las escaleras, alumbrando pergaminos mohosos llenos de polvo. Limpiar le toma un tiempo, pero al acabar se convierte en su lugar seguro.

Aquí siente paz mientras se sumerge en las palabras escritas con tinta negra, relatando la fundación del pueblo, algunos eventos religiosos, listas de suministros, copias de cartas enviadas a otras iglesias o al Vaticano. Ha empezado a descuidar sus deberes, pues saliendo del sótano la sensación de ser vigilado constantemente lo tiene tenso, aterrado. No soporta la pesadez de ojos invisibles que lo siguen a todas partes.

Se encierra y lee, hasta quedarse dormido y ver ese extraño rostro aparecer, otra vez lejos. Lee hasta enterarse que le iglesia se fundó cien años después del pueblo, cuando los habitantes comenzaron a ser acechados por un demonio que estableció su dominio aquí. El primer sacerdote que vino logró encerrarlo, y la historia de como sellarlo se transmitió de sacerdote a sacerdote por años antes de ser olvidado, pues se había creído que habían erradicado por éxito al demonio.

Robert ve con claridad lo equivocados que estaban.

Un incubo, un demonio sexual que se alimenta de la energía de sus víctimas. No debería haber podido traspasar las paredes de la iglesia, un lugar tan sagrado, pero lo había hecho de alguna forma, eligiéndolo como si nueva víctima. El crucifijo en su cuello y su fe, lo único que lo mantiene a raya en las noches.

El conocimiento debería hacerlo sentir más tranquilo, pues solo necesita realizar un exorcismo y alejar por completo al mal que acecha a los pobres pobladores del lugar. No lo hace. Le deja con más ansiedad que nunca, y tras otro día de buscar respuestas, debe salir de la seguridad del sótano para cerrar las puertas de la iglesia antes de irse a dormir.

Hay algo distinto en esa noche de luna llena, lo siente desde que se para frente al altar, con Cristo crucificado a sus espaldas. El sudor ya le baja pro la frente al caminar a la entrada para cerrar las pesadas puertas de madera. De algún modo, se siente cuál encerrarse con una bestia hambrienta.

De camino a sus aposentos, reza.

—Padre nuestro que estás en el cielo…

Cada paso hace eco en el suelo de piedra, tan frío que sus manos pálidas tiemblan. ¿Cuándo fue la última vez que salió a tomar el sol?

—Perdona nuestros pecados…

Su voz tiembla, lo que parece una risa se escucha desde dentro de sus cráneos, calando en sus huesos.

—Amén.

Finaliza al meterse a la cama con la angustia carcomiendo su pecho. Mientras se encomiende a Dios, todo estará bien, ¿verdad? El Señor ama a todos sus hijos por igual y siempre responderá a las oraciones de los desesperados.

Entonces…

¿Por qué Dios ha ignorado sus plegarias?

No hay sueños esta vez, o quizás no lo recuerda. Despierta en algún momento de la madrugada, cubierto de sudor frío, incapaz de moverse. El terror que le recorre el cuerpo al ver una sombra parada en la esquina de la habitación es tan visceral que quiere gritar por ayuda. La sombra avanza, lento, con su sonrisa extendiéndose cada vez más hasta llegar a las cuencas rojas que tiene por ojos. Justo cuando lo toca, Robert es capaz de moverse.

Presa del pánico, sale corriendo sin saber a dónde se dirige, solo sabe que necesita escapar. Las paredes se cierran a su alrededor mientras manos intentan alcanzar sus pies descalzos para impedir su huida.

Corre hasta percatarse que ha llegado al cementerio detrás de la iglesia, frente a la tumba de mármol blanco en la que descansa el sacerdote encargado de sellar al demonio. El ángel que llora sobre la piedra parece estar sonriendo, con la luna roja pintando un brillo innatural en sus facciones perfectas.

—He venido a confesarme, Padre.

Se gira tan rápido que cae sobre la lápida, mirando con horror a la criatura frente a él. Es un jovencito, de ojos marrones que le dan un aura encantadora pese a su sonrisa que augura maldad.

—¿Q-qué?

Él se ríe. El sonido se mezcla con lo que parecen un montón de voces al mismo tiempo. —Anda, ¿no me reconoce? Si ha leído de mi todo este tiempo. Incluso ha soñado conmigo.

Da un paso más cerca, y la ropa que lo cubría desaparece en un segundo. Ahoga un gemido, llevando ambas manos a su crucifijo. Sus ojos se cierran al tiempo que sus mejillas arden de vergüenza al pensar en la desnudez del chico.

—No te pongas tímido, Padre.

—Aléjate de mi, demonio. S-soy un devoto hijo de nuestro señor Jesucristo… —Su risa la hace sentir más asustado. Va a empezar a rezar, cuando un calor anormal se filtra a su cuerpo.

—Los más aferrados siempre son los más dulces de romper. Pobres idiotas como tú, que piensan que unas palabras vacías realmente lo harán escuchar. A Él no le importas en absoluto.

Niega, reclinándose hacía atrás en la tumba, intentando poner distancia entre ellos. La cruz en sus manos arde cuál hierro al rojo vivo. La risa cruel que se escucha aumenta el dolor en su corazón mientras intenta aferrarse a sus creencias, a sus votos.

El frío se cuela en su piel al evaporarse su ropa para dormir, dejándolo expuesto y congelado. Se siente diminuto, pequeño, a la deriva. Su alma llora una vez más deseando que Dios, a quién le ha entregado toda su vida, venga a salvarlo.

—Piénsalo. Dejó que a tus compañeros los corrompiera la envidia, dejó que ellos hablaran a tus espaldas para que te mandaran a ti aquí, dejó que siguiera alimentándome de cada humano del pueblo. Y no te protegió de mi. —Cada palabra corta más hondo en su cuerpo, hasta que con dolor, acepta que él dice la verdad. El crucifijo en sus manos desaparece, la última protección que le quedaba.

Llora suavemente, herido por el abandono. Casi un instante después, la ira lo llena. Después de todo lo que ha hecho, lo que ha sacrificado, lo que ha soportado…

Suaves manos que arden tanto como el fuego toman su rostro, levantándolo para que pueda mirar los ojos marrones del demonio. La sonrisa que le da es dulce, tan llena de amabilidad que calma las heridas sangrantes de su alma. Algo en el fondo de su mente le grita que ha caído redondo en su trampa, pero no puede escucharlo, embelesado con la belleza de la criatura frente a él.

—Te ha negado tanto, ¿verdad? No más. Ahora estás conmigo.

Se recuesta contra la piedra, observando como él se acomoda con facilidad sobre sus muslos, el peso de su cuerpo se siente reconfortante, cálido. Si Dios lo ha abandonado, ¿qué le impide dejarse hundir en el pecado?

Manos que tiemblan se colocan contra esas caderas bronceadas, sintiendo la suavidad, inseguro sobre qué hacer a partir de ahora. Él vuelve a sonreír, de esa forma tan linda que lo vuelve loco aunque no quiere reconocerlo. Sus manos lo tocan; en el pecho, los hombros, bajando a su abdomen, un poco más abajo…

Su toque arde y quema, le da vueltas la cabeza por la sensación tan desconocida que recorre sus nervios tensos. Placer, se da cuenta tardíamente, tan bueno como la mejor de las drogas. Observa esas manos diestras y pecaminosas tomar su longitud cada vez más dura, goteando líquido que arrastra por la punta con movimientos lentos, recorriendo las venas hinchadas.

Levanta las caderas, buscando más de esa sensación igual que un adicto incontrolable. Él ríe, suave y dulce y tan bueno, mientras se levanta un poco para poder acomodarse sobre sus caderas. Robert se funde de deseo de dentro hacía afuera, con una necesidad abrasadora jamás sentida en su vida, el profundo deseo de fundirse en ese cuerpo hasta que sean uno mismo casi lo asusta.

Lo mira; quizás en busca de respuestas para saber en qué clase de hechizo lo ha puesto, quizás en busca de algo a lo cual aferrarse para no deshacerse en un montón de piezas. Necesita, ¿qué? Tomarlo, poseerlo, ser suyo, suyo, suyo.

—Por favor…

Le reza, delirante de fiebre. Su miembro palpita dolorosamente, ignorado entre sus piernas mientras él no hace más que burlarse con toques que no son suficientes. Y aún así, no se atreve a tomar más.

—Llámame Pablo.

—Pablo. —Vuelve a suplicar. Esta vez, su plegaria es escuchada y su Dios responde. Con la luna de sangre proyectando un halo rojo a su alrededor, los ojos brillando en la penumbra, Pablo se desliza sobre su longitud con facilidad.

Gime, echando la cabeza hacía atrás al verse rodeado por paredes aterciopeladas tan calientes como lava. Arde hasta quemarle los huesos, forzando a su alma a hacerle un espacio para que pueda por siempre alimentarse de él. Robert le daría lo que quisiera; su ser, su carne, su sangre.

Lo toma con fuerza de los muslos, incapaz de apartar la vista de él, tan precioso e impío, montándolo con dulces gemidos abandonando sus labios que solo sirven para esparcir el pecado de su existencia. Con la garganta expuesta, su pulso acelerado resalta contra la delgada piel, llamándolo, tentándolo.

Poseído por una extraña furia, envuelve su mano alrededor de su cuello. Los voltea de un fluido movimiento, disfrutando de ver la sorpresa en sus rasgos perfectos e irreales. Aprieta la mano, cortándole el paso de la sangre. Él jadea, con los ojos cerrados al abrir las piernas.

La lujuria corre por sus venas al comenzar a follarlo con el desenfreno de un animal salvaje. Gruñe, gime y jadea al igual que el demonio debajo suyo, lloriqueando con cada golpe contra su próstata, extendido sobre una tumba igual que una puta.

Lo muerde, lo rasguña, lo deja con las rodillas sangrando por resbalarse de la lápida tras un empuje demasiado fuerte. Nada importa más que satisfacer a la bestia ahora liberada en su interior, aquella que desea perderse en el placer embriagador que obtiene con cada gemido que llena sus oídos.

Por fin lo tiene como tanto ha querido, como tanto se negó al seguir un voto vacío. Repitiendo su nombre cuál plegaria, no paran hasta que la luna está por esconderse en el horizonte. No sabe quién lleva la mayor cantidad de mordidas y rasguños, o quien está cubierto por la mayor cantidad de semen, todos sus sentidos están embotados por el hormigueo que recorre sus nervios demasiado sensibles tras orgasmo tras orgasmo.

Voltea a verlo, acción que él imita. No puede evitar darle una sonrisa, cansada, pero sincera.

—Me has arruinado, Pablo.

Le susurra. Se dejó tentar por el diablo y tras sumergirse en el pecado, no cree que pueda regresar a la vida que alguna vez tuvo.

El sol empieza a salir, adornando a Pablo de un resplandor naranja que le hace ver casi angelical. Tiene sentido, supone, que sea tan bello.

—Me has arruinado por completo. Y lo peor es que ni siquiera me importa que embrujo me has puesto. No mientas pueda seguir disfrutando de esto.

Levanta sus manos unidas por el meñique, un gesto extrañamente íntimo y suave para él salvajismo que había mostrado horas antes. Las mordidas sangrantes en el cuerpo del demonio son suficiente prueba.

Él se ríe, alegre. El sol sale por completo y Robert despierta, tumbado boca abajo en su cama, sobre un enorme charco de semen y sudor. Más ligero que en días, más relajado que en toda su vida.

Pablo vuelve a visitarlo esa noche. Y la siguiente. Y la siguiente. Y la siguiente.

La gente del pueblo susurra sobre el sacerdote que un día se encerró en la iglesia y jamás volvió a salir. Incluso los más atrevidos se encontraron sin saber a qué iban al acercarse al edificio que pronto quedó olvidado.

Nadie nunca sabría que él decidió encerrarse ahí, teniendo lo justo para sobrevivir en el día, cuando la más leve sombra de un abrazo le daba fuerza. Aunque eran las noches las que anhelaba, momento en el que al fin podía encontrarse con el objeto de su delirio. Su salvador, su Dios.

Nunca parecía cansarse de su cercanía, su calidez, y se lo recordaba cada día antes de salir el sol. Antes de que su tiempo juntos llegase a su fin para siempre.

—¿Tiene sentido todo lo que te digo?

—Si. De todos, has sido mi favorito. Te guardaré siempre un lugar especial, Robert…

Y cuando el sacerdote murió, el demonio no volvió a pisar la tierra de los vivos, contento de pasar su eternidad junto a él.

 

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