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Bajo los dulces rayos del sol que iluminan un prado verde que florece, se encuentra un rebaño de ovejas. Con su lana blanca que brilla bajo la luz y sus ojos llenos de pureza.
Son un rebaño unido, se mantienen juntos y nadie se aleja demasiado del prado verde en el cuál habitan. Ahí tienen lo necesario para vivir; alimentos, agua que toman del lago cercano, un refugio en forma de granero dónde entran en las tormentas y dónde pasan los días de frío invierno. No hay necesidad de alejarse por las colinas, descubrir que hay más allá donde los grandes árboles pueden verse. Nadie se aleja.
Las ovejas mayores son quienes cuidan a los demás. Siempre se debe seguir lo que ellos dicen. Los ancianos saben más, así que escucharlos es lo que tienen que hacer. Seguir sus enseñanzas y aprender que cuestionar el porqué de las cosas es inútil. Así es como son. Así es la vida. Así es ley.
En ese prado verde tan tranquilo, con el cielo despejado y las nubes flotando alto, todo es felicidad. Quizás, a veces algunas ovejas mayores maltratan un poco a las más pequeñas. Quizás nunca se les deja hacer preguntas. Quizás son enseñadas a siempre respetar, no protestar y solo seguir al rebaño.
¡No importa! Todos son felices.
En ese bonito campo, recostado entre las flores que llenan su lana de un dulce aroma, está un corderito. Es blanco, suave, esponjoso. Es pequeñito. Es joven e inocente. Es puro.
Y en el borde del bosque, acecha un gran lobo feroz. A su nariz llega el delicioso aroma de las ovejas, aún mejor, el de los pequeños corderos. Son tan jóvenes, apenas unos meses de nacidos. Protegidos por el rebaño, cuidados, ocultos. Aunque no del todo.
Sus grandes ojos se fijan en el pequeño recostado en las flores, su pequeña cola a juego con las orejas en su cabecita. La cola del lobo se mueve, contenta con lo que puede oler del jovencito, su aroma traído por el viento. Le hace agua la boca, su estómago gruñe al no haber comido propiamente en días. Su hocico empieza a derramar saliva de entre sus fauces.
Sigiloso, se acerca. El rebaño está pastando lejos, dejando al pobrecito escondido en la maleza oculto de la vista de cualquiera de ellos. Sus garras apenas hacen ruido al rozar el césped, cada vez más ansioso por darle el primer bocado a ese delicioso manjar que tiene en frente.
De pronto, el cordero despierta y levanta su cabeza, sus enormes ojos fijos en su forma. El lobo se congela, incapaz de apartar la mirada del pequeño ser que lo observa tan atentamente, con las orejas en su dirección y la colita quieta. Hay tanta pureza e inocencia en esos ojos marrones, que le quita el aliento.
No puede evitar recostarse frente a la criatura, acercándose para juntar sus narices. El corderito se deja llenar del suave contacto, con la cola corta moviéndose alegre, mientras le pasa el hocico por la cabeza y el cuello. Un balido distante se oye, y el lobo rápidamente desaparece.
El cordero se pone de pie, balando en dirección a la extraña criatura que acaba de desaparecer en el bosque. Sus pezuñas se mueven, su paso alegre mientras intenta seguirlo, movido por una gran curiosidad de descubrir más, mucho más. Un carnero le corta el paso, haciéndole bajar las orejas y la postura al verlo ahí parado.
Lo llevan de regreso al rebaño, dónde todos se agitan con preocupación. Un lobo, dicen, rondando por el campo. El cordero pregunta, inocente, que hay de malo con el lobo. Parecía amigable.
Corderito ingenuo.
Los lobos comen ovejas y corderos. Los toman primero. Los devoran hasta dejar los huesos rotos y una mancha de sangre en el piso, solo lana atorada en sus fauces. Luego se van, sin arrepentimiento por el acto atroz que acaban de cometer contra los protegidos de Dios. Y si no los comen, intentan llevárselos lejos de la seguridad del hogar; con palabras que los incitan a olvidar sus creencias y rendirse al impío pecado que ellos cometen.
Su pregunta es recibida con gestos aireados de molestia y preocupación. Lo rodean, todos los mayores mientras los más jóvenes son empujados al centro del círculo junto a él. Casi con vergüenza, una oveja mayor les susurra que los lobos se aparean por placer, no para tener descendencia. De inmediato todos golpean el suelo con la pezuña, agitando las cabezas o mirando al cielo con disculpa.
Ellos nunca deben hacer eso, o dejarán de ser puros y no podrán entrar al cielo.
Pero el corderito tiene dudas. Y la curiosidad a veces es más grande que el temor.
El rebaño permanece tenso por días, aunque finalmente se relaja, confiados. El cordero espera, un poco más lejos de los demás que juegan despreocupados o los mayores que descansan en el granero. Entonces lo ve, grandes ojos azules fijos en su cuerpo, con una sonrisa que muestra afilados dientes y una cola que se mueve detrás de él. Los árboles, espesos, proyectan sombras sobre el lobo que lo hacen ver aterrador.
Corderito, corderito, ven a jugar. El lobo le dice, con una voz profunda pero amable. Duda, recordando las palabras de su rebaño.
Los lobos comen corderos, no me puedo acercar.
Él se ríe, alegre, como si fuera una broma. ¡Tonto corderito! Los lobos no hacemos eso, yo jamás me comería a una cosa tan pequeñita y dulce como tú.
Un poco más confiado, se acerca. El lobo es enorme visto de más cerca, pese a su postura relajada y su sonrisa. Vuelve a acercar su rostro, olisqueando su cuerpo casi con delicadeza. Finalmente, le pasa la lengua por el cuello, haciéndolo reír por las cosquillas.
¿Ves? Los lobos no comen ovejas, corderito tonto.
Aun así, no me puedo alejar. No debería estar hablando con extraños. El cordero responde, dando un tentativo paso más cerca del rebaño. No, no, no puede permitir que se le escape ahora su dulce cosita de ojos marrones.
Llámame Robert, ahora dime tú nombre. Así, ya no seremos desconocidos y podemos ser amigos. Jugar juntos.
El cordero se presenta simplemente como Gavi. Ahora conocen el nombre del otro.
Ahora pueden ser amigos.
Ahora pueden jugar juntos, alejarse corriendo de la seguridad del granero y aventurarse en los árboles del bosque, listos para descubrir que hay más allá del pacífico prado verde. Pero el lobo no se lleva al corderito. No todavía.
Juega con él, lo suficientemente cerca de su rebaño para no asustarlo, poco a poco alejándolo más y más. Ganarse su confianza toma tiempo, y recursos. Le lleva flores, un balón blanco y negro que se niega a decir de dónde robó, un pequeño peluche. Le toma también una cuidadosa elección de palabras para asegurarle que no pasaba nada si se alejaba un poquito, recordarle que no se lo va a comer, que debe confiar en él. Se la pasan tan bien juntos, correteando la pelota y corriendo hasta que la energía del cordero se agota, cosa difícil de lograr.
Lo más importante y difícil es hacerlo guardar el secreto.
Nadie más debe saber de nuestras salidas, corderito, ellos no lo entenderían, si lo saben intentarán apartarte de mi.
No lo entiende, ¿qué hay de malo? Descansan en la hierba, se acurrucan, y el lobo le deja jugar a perseguir su cola cuando pierde interés en el balón. El lobo le habla de la tierra de dónde viene, con un idioma extraño que no comprende, pero llena sus ojos azules de diversión cada vez que lo intenta imitar.
Es dulce, es bueno.
Claro, a veces se comporta un poco raro, olisqueando su cuello, lamiendo detrás de sus orejas, o dándole esas suaves mordidas en los muslos cuando se tumban juntos. Pero no hay nada malo en ello. Son solo juegos. Robert solo está siendo cariñoso, cuidándolo como hacen los mayores.
¿Verdad?
Claro que sí, ingenuo corderito.
Cada segundo de espera vale la pena para el lobo, pues cada vez hay más confianza entre ellos. Lo ve dormido junto a su costado, tan inocente y tierno con su lana blanca moviéndose por la suave brisa. La vista es más que preciosa. Irresistible.
Su corderito empieza a crecer, igual que lo hace su hambre. Había pensado que podría esperar un poco más, hasta que el cordero creciera más y se hiciera un adulto, quizás así, podría saciar su hambre para siempre.
Pero no puede aguantarlo más tiempo.
Necesita comer.
Corderito, ven aquí.
Y él obedece, acercándose y contándole su mañana. Le habla de la visita al río, de cómo los mayores ya no ven con buenos ojos que jueguen en el agua, pues están creciendo y pronto será un adulto a ojos de los demás.
Esa palabra le hace gruñir. Su corderito creciendo le molesta, quiere conservarlo por siempre joven y puro. Solo para él.
Distraído como está, el cordero no nota que lo han guiado por el bosque, hasta un área rodeada por árboles espesos, dónde apenas entraba la luz del sol.
¿Dónde estamos?
Pobre corderito, ingenuo corderito, debió escuchar a su rebaño. Así no se habría metido en las fauces del lobo.
El viento sopla con fuerza, alborotando el pelaje marrón y la cola del lobo. Él se voltea, con una sonrisa llena de dientes afilados, los ojos brillando de un sentimiento que no reconoce. Se acerca, pasos lentos hasta que lo hace tropezar, dejándolo tumbado sobre hojas secas y tierra que ensucia su pelaje.
Tranquilo, solo vamos a jugar.
Empieza igual que siempre, con su nariz oliendo su cuello, lamiendo detrás de sus orejas. Le hace reír, mover la cola contento, dejarse hundir más en la sensación de calma. Suaves mordidas caen en sus muslos regordetes, y el cordero deja salir un balido ante una especialmente fuerte.
La oscuridad del bosque parece ensombrecer su corazón con miedo al escuchar profundos gruñidos provenientes del lobo, con el hocico entre sus piernas y las garras a la vista. Su lengua, larga, húmeda, caliente, pasa justo debajo de su cola. Detente, le pide, ya no quiero jugar. El lobo se ríe.
Pobre corderito. Atrapado en el bosque, separado de su rebaño, a merced de un monstruo.
Pequeño, dulce, ingenuo corderito. Demasiado desesperado por alejarse de las garras controladoras de su pueblo, acabó cayendo en una trampa aún peor.
El lobo ignora sus protestas demasiado débiles mientras continúa lamiéndolo, disfrutando del sabor y el fuerte olor a miedo que emana el cuerpo debajo del suyo. Lo hace callar con dulzura, diciéndole que todo está bien, solo debe relajarse y dejarlo cuidar de él. Todo estará bien, pequeño cordero.
Las pequeñas orejas se mantienen gachas, los ojos marrones se empañan con lágrimas. Todo eso no hace más que aumentar su excitación. Se dice a sí mismo que intenta ser gentil, no quiere romper a su cordero, lo hará sentirse bien. En el fondo sabe que es solo un lobo egoísta y si desea algo, lo toma.
El sonido de dolor queda perdido entre los árboles al finalmente abrirse paso en el cuerpecito joven que tiene a su disposición. Él llora y patalea, sollozando contra la sensación de estar demasiado lleno en muy poco tiempo. Ver su carita llena de lágrimas le hace arrepentirse de no haber hecho esto antes, cuando era mucho más joven e inocente. Es tan dulce ver sus mejillas rojas manchadas de lágrimas saladas, el brillo en sus ojos desvaneciéndose.
Nada importa más que el placer de ser el primero en poseer su cuerpo virgen, arrancarle los últimos vestigios de inocencia, saberlo suyo. Lo mantiene quieto, dejando que sus gemidos de dolor se escuchen, están demasiado lejos para que alguien venga a ayudarlo de todas formas. Le muerde el cuello y la espalda hasta hacerlo sangrar, para así saborear el dulzor del líquido que ahora mancha su lana de intenso carmín. Solo vuelve la escena más dulce ante sus ojos.
Continúa por lo que parecen ser horas o días para el pequeño cordero, y con un gruñido de satisfacción, se entierra lo más profundo que puede en él. Le lame con falsa ternura las heridas que le ha provocado, elogiando lo bueno y dulce que ha sido, llorando tanto y estando tan apretado. Un chico tan dulce y lindo. Tan bonito.
Al salir de su cuerpo lastimado, se ríe entre dientes al ver el desastre blanco y rojo entre sus muslos. El pobrecito debe estar muy adolorido si ha sangrado tanto. Le da otro lametón dulce entre las orejas, volteando su cuerpo laxo para poder seguirlo usando a su antojo.
Hasta que él no pueda más.
Hasta que su hambre quede satisfecha.
Hasta que lo haya consumido por completo.
Termina, y se levanta con la sonrisa todavía en su rostro. El pelaje, las orejas y la cola se desvanecen de su cuerpo al llevar sus manos a su pantalón, cerrándolo y caminando lejos del cordero en el piso de cemento sin darle una segunda mirada. Ya ha calmado su hambre, ya no tiene interés en el joven que ha destrozado.
Pequeños sollozos recorren el cuerpo que pierde su lana manchada de barro y sangre hasta dejarlo desnudo, herido, lastimado. Pobre corderito, nunca debió confiar en el lobo. Ahora ha pagado las consecuencias.
Quizás si hubiera escuchado a su rebaño, hubiera podido salvarse. Pero en su sobreprotección, no lograron protegerlo.
Y cuando el cordero regrese a casa, ellos le darán la espalda por haberse atrevido a confiar en un extraño. Los murmullos lo seguirán a todas partes, ojos que lo miran con asco y desaprobación, susurros sobre nunca hablar de lo sucedido pues es vergonzoso. Su nombre se pronuncia siempre con desprecio al hablar de como su carácter impulsivo lo llevó a eso. Tonto Gavi, dicen, un cordero tan ingenuo.
El prado sigue igual de verde y bonito, con un rebaño de ovejas blancas y esponjosas. Ahora hay una con lana gris, que nota los grilletes en sus piernas que le impiden alejarse de su iglesia, la misma que lo atormenta bajo una falsa preocupación. La misma que años después lo obligará a seguir las reglas, igual que una simple oveja.
Pobre, pobre corderito.
