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Durante el día la pequeña estola del joven amo era lo único que alcanzaba a divisarse por los pasillos del enorme castillo, mientras perseguía sirvientes asustados y sin salida. A veces los juegos de Sesshomaru tendían a ser un poco rudos.
Cazaba él mismo pequeños demonios que merodeaban por las afueras del castillo, para después usarlos como blancos de ataque. Estaba empezando a usar sus poderes, y la materialización aún no se le daba del todo bien, pero se esforzaba mucho, aquellos demonios despedazados en el patio principal eran prueba de ello.
Pasar sus días buscando a quien atormentar era su costumbre, pues no había nadie que se atreviera a írsele en contra o refutar alguno de sus caprichos, cosa que últimamente estaba empezando a cansarle.
Cada día era más aburrido y sus travesuras le satisfacían menos, los cientos de libros en su habitación no eran lo suficientemente interesantes, así tampoco lo eran ya todas las cosas que se podían encontrar en el palacio. Su mal humor era evidente, se volvía berrinchudo cuando algo le molestaba, y en aquel lugar no había nada que le ayudara a calmarse.
Su madre, de igual temperamento y con menos paciencia, no sabía cómo imprimirle más urgencia a sus palabras en las cartas que enviaba al general Taisho, quien desde hace meses, lideraba una batalla al sur en pro de conquistar nuevos territorios. A veces incluso, dudaba que estas le llegasen o que él las leyera.
Le rogaba por al menos una respuesta o una visita rápida, algún consejo siquiera para poder lidiar con su joven hijo, quién hace años, había dejado de ser aquel tranquilo bebé que solo quería estar a su lado. Pensar en esos días le hacían sentir nostálgica e igualmente, reflexionar sobre su vida y cómo había llegado hasta este momento.
En sus planes jamás había estado ser madre o compartir su tiempo con un hombre a quien apenas veía, y aún así, cuando se unió en matrimonio con el general había sido la más feliz y su dicha aumentó cuando vio finalmente a Sesshomaru en sus brazos.
Sesshomaru... la única buena decisión que había tomado hasta ahora fue haberlo tenido.
Su hijo jugaba afuera en uno de los jardines laterales, cerca del estanque. Le gustaba lanzar piedras y ramas a los pequeños peces, como si estuviera jugando tiro al blanco. Lo llamó desde dentro, donde ella seguía en su rutina de la correspondencia.
—¿Sí madre? —Respondió Sesshomaru.
—Parece que hoy tuvimos suerte —Le dijo ella, levantando un pergamino cuidadosamente doblado. Sobre él, el sello que utilizaba el general. Por fín había respondido.
Los ojos de Sesshomaru se iluminaron, cualquier mención de su padre podía llenarle de la más pura alegría. Estuvo a punto de correr y arrebatar la carta de las manos de su madre, pero recordando quién era, se contuvo y caminó a paso lento con el mentón en alto. Su madre le ofreció el sobre, tomándolo él con sumo cuidado, como si de un objeto antiguo de mucho valor se tratase.
Desdobló el papel, y a la vez que aparecían los caracteres elegantemente plasmados en tinta, su corazón se aceleraba con anticipación. Sin embargo, al comenzar a leer su contenido no resultó ser del todo lo que esperaba.
"El General espera poder reunirse pronto con usted joven amo... espera pueda comprender que este asunto es de vital importancia y debe ser atendido lo más rápido posible..."
Ni siquiera había sido él quien escribió, alguno de sus secretarios fue encomendado con la tarea. Sesshomaru no terminó de leer, le había sido suficiente con eso. Dejó lentamente la carta nuevamente doblada en su lugar, en el rostro de su madre se dibujó una expresión de pena, sin preguntarle podía adivinar qué decía.
—Sesshomaru... —Irasue tuvo la intención de querer consolarlo, aunque sabía que no serviría de nada.
—Tengo que irme.
Salió de la habitación sin perder una pizca de dignidad, él era Sesshomaru, primogénito del gran General Taisho, no podía dejar que cosas tan insignificantes le perturbaran, no era algo extraño para él tampoco el que su padre estuviera tanto tiempo ausente.
Pasó de largo del jardín donde momentos antes jugaba y se dirigió a otra ala del palacio, donde su padre solía entrenar y enseñar a los pocos subordinados que tenía. Sesshomaru no podía evitar creer que su padre no confiaba en su capacidad, y quién podía culparlo, Sesshomaru era un niño mimado y caprichoso, seguro se sentía decepcionado de él.
No era la primera carta de ese estilo que recibía, no era la primera vez que su padre se iba lejos, no era la primera vez que Sesshomaru se sentía poca cosa... Pero había decidido, en ese momento, que sería la última. Haría sentir a su padre orgulloso, sería un hijo digno para él, sería un demonio igual de poderoso que el General... ese día, Sesshomaru juró superar a su padre.
