Chapter Text
Un buen amigo que me ha pedido mi ayuda para organizar su boda, él es un ogro amargado que vive en un pantano mágico.
Me es bastante agotador viajar de una dimensión a otra en mi estado actual, así que he decidido traer una parte de su dimensión a la nuestra momentáneamente para facilitar mi traslado. Por lo tanto, tened mucho cuidado si os la encontráis en sus viajes.
La zona es muy peligrosa aunque no lo parezca, haced lo os gusten pero les recomiendo encarecidamente que sólo exploréis los bordes por su seguridad, adentrarse en el pantano es suicidio.
Merlon.
Eso decía la carta que todos los habitantes del pueblo recibieron esa mañana al despertar en sus buzones. No hace falta aclarar que dicha advertencia fue bastante ignorada por la mayoría que decidió ir en busca de dicho pantano.
Los más veloces en aventurarse ya habían esparcido por todo el pueblo algunos de sus descubrimientos, desde monstruos venenosos, una gran variedad de plantas exóticas y tesoros olvidados; entre otras muchas curiosidades. Una de esas cosas resultaba ser una aldea de ranas pesqueras, con las que podrías incluso comerciar. Esto llamó poderosamente la atención de Misa, que reconociendo los peligros del pantano y su muy pobre experiencia en supervivencia, decidió invitar al Mc trío, Quackity y a Spreen para que lo acompañaran.
En nada estaba el grupo adentrándose y, lo que comenzó como un viaje rápido al pantano en busca de una aldea de sapos, se transformó rápidamente en un viaje a algún círculo del infierno. La advertencia de Merlon resultó no ser una broma. En el lugar se hallaban las criaturas más extrañas, feas y peligrosas que los chicos hayan recordado ver en mucho tiempo; ni sus armaduras encantadas le hacían frente a esas abominaciones de fango que parecían irradiar radioactividad por sus poros. El lugar también era muy complicado de transitar, había arenas movedizas camufladas en el lodo, del cual era muy fácil quedar atrapado, y cada cosa que rozaras tenía una alta probabilidad de ser venenoso.
Un monstruo de barro había corrido al grupo hasta los terrenos de una bruja, quien apenas los notó, comenzó a invocar muchas arañas y a dispararles pociones.
— ¡Ah, me dieron! - grito Mariana de dolor —. Amigos necesito ayuda, no veo ¡No veo! — su vista comenzaba a ser borrosa producto de la rozadura del veneno de una planta —. ¡Creo que estoy ciego wey!
— Ya cállate pendejo — gritó Aldo cerca suyo atravesando con su espada a dos arañas que rodeaban a su amigo. En respuesta Mariana dio uno de sus típicos grititos agudos.
— Oye a mí no me andes insultando mono, que por tu culpa me quede sin pociones de vida.
— Pendejo te di mi escudo para que te cubrieras con…
— ¡Ja, todo pendejo! Mira a quién habla ahora estúpido — celebro burlonamente ante la brusca caída del moreno, luego de ser picado por una de las arañas venenosasv—. Espera Aldo… ¡Aldo despierta que te hacen burrito! ¡Aldo! Mierda no veo, no veo…Shrek creo que estoy ciego.
La inconfundible risa de Quackity resonó cerca de ellos.
— ¡Quackity! ¡Ayúdame por favor!
— Eso estoy intentando cabrón pero no eres el único que está en problemas — grita seguido del sonido de un golpe de su escudo.
A unos cuantos metros de ellos estaban Spreen y Roier tanqueando arañas y esquivando pociones mientras trataban de llegar al cuerpo inconsciente de Misa.
– Roier agarrá a Misa y llévatelo de acá con los demás. Yo les cubro.
– ¿Tú sólo te vas a quedar a pelear con esa vieja? No estoy seguro Spreen de que puedas ganarle.
— ¿No pensás que pueda ganarle? — dice en tono burlón.
— Spreen…
— No voy a pelear con ella, sólo voy a llamar su atención para alejarla y luego la rodearé para huir — ante la dudosa mirada agrega —. Soy el más rápido de ustedes, aparte mi armadura está menos hecha pija que la tuya. Dale andá con Quackity antes de que sean cuatro los cuerpos que tengas que arrastrar.
No muy convencido Roier aceptó y tomó en sus brazos a Misa y corrió hacia sus otros amigos, detrás suyo pudo escuchar como el semi oso comenzaba a gritarle obscenidades y otros insultos a la bruja que parecieron funcionar, puesto que ella comenzó a prestarle toda su atención.
Spreen comenzó a alejarse con la bruja y un séquito de arañas detrás suyo, el plan parecía estar funcionando.
Roier ayudó a Quackity a matar las arañas que los rodeaban y juntos llevaron a un Aldo inconsciente y un Mariana ciego a los límites del pantano. El pelinegro le insistió en que lo ayudará a llevarlos al médico lo cual Roier aceptó ansioso por la seguridad de su otro amigo.
— No te preocupes hermano, ese cabrón sabe cuidarse. Seguro que llega ileso en unos minutos.
Roier solo asintió intentando convencerse y alejar la ansiedad de su cerebro.
Cuando llegaron con Zorman a los gritos, éste no tardó en recibirlos y comenzar a tratar a los heridos mientras no dejaba de reclamarles por lo que habían hecho.
— Es necesario que te lo bebas para quitar cualquier toxina a la que tu cuerpo haya quedado expuesto — le dijo el mayor volviendo a ofrecerle un jugo apestoso en un vaso de plástico luego del amable rechazo. Roier intentó negarse nuevamente pero Zorman fue más insistente y el chico terminó aceptando. A pesar del curioso aroma, el jugo le supo a sandía.
Zorman le explicó que logró retirar el veneno en Misa y Aldo, aunque para ello debió aplicarles una enorme aguja en sus traseros que no dudaba que sentirían el malestar al despertar. Mariana había recuperado su vista y ahora dormía en una de las camillas. Quackity también se había echado una siesta pero en el sofá.
Roier, al asegurarse que sus amigos estaban fuera de peligro, se levantó de su asiento preocupado por Spreen que aún no había aparecido pero, de repente, un mareo intenso lo obligó a sentarse. Su cabeza le daba vueltas como trompo y sus ojos comenzaron a cerrarse, en unos minutos él también se hallaba dormido.
Despertó dos horas más tarde sintiéndose más cansado y adolorido que cuando llegó, la espalda y cuello le estaban matando debido a la posición en la que estaba. Zorman le explicó que se había quedado dormido, debió ser por el cansancio acumulado en su cuerpo aunque el castaño estaba seguro que la pócima que bebió tenía más la culpa. Quackity se había despertado hace media hora y se había vuelvo a su casa mientras Mariana apenas comenzaba a abrir los ojos quejándose de un horrible dolor de cabeza. Aldo y Misa seguían durmiendo y no parecía que despertaría pronto.
Roier acompañó a Mariana hasta su casa y en el camino pasaron frente a la casa del oso.
Tocaron la puerta pero nadie les respondió y notaron que las luces estaban apagadas, esto les preocupó a ambos pero tuvieron que aceptar que ninguno se encontraba en condiciones de ir en ese momento al pantano a buscarlo, si es que seguía en ese lugar —. Tu sabes tanto como yo que Spreen sabe como cuidarse solito, de seguro no le paso nada.
Mariana le ofreció a Roier su sofá para que descansara y el chico aceptó la invitación frustrado de que el dolor de cabeza parecía estar volviendo.
Despertaron al día siguiente pasando la media mañana, los dolores habían desaparecido casi por completo. Roier tenía solo una pequeña punzada en su cabeza mientras que Mariana ya podía ver con claridad nuevamente. Fueron con el científico para ver cómo estaban sus amigos, Misa tenía los ojos abiertos aunque seguía algo débil para hablar mientras que Aldogeo seguía durmiendo, Mariana se sintió culpable por burlarse anteriormente ya que el chico, aparte del veneno, se había golpeado fuertemente la cabeza al desmayarse.
— ¿Viste a Spreen? — preguntó el de rojo pero solo recibió una respuesta negativa de parte del científico quién les recomendó preguntar por el pueblo.
Los chicos le hicieron caso y fueron a buscarlo, Roier se encontró con Luzu en el camino y el mayor lo saludó y preguntó por su salud.
— Quackity me lo contó todo — el menor le preguntó por el híbrido pero recibió la misma respuesta que el científico. El mayor entendió la preocupación de su amigo y decidió ayudarlo a buscar después de saludar a Misa.
Pasaron casi dos horas y no parecía haber rastros de Spreen por ningún lado. Roier, Mariana y Quackity, quién se había unido a la búsqueda, estaban todos muy preocupados por su amigo.
Los cuatro chicos, decidieron ir al pantano a buscarlo. Luzu tuvo que utilizar todos sus trucos para convencer a Roier de buscar sólo en los alrededores ya que comenzaba a oscurecer y no había pasado mucho tiempo desde que los tres se habían despertado. A regañadientes el castaño aceptó y su ansiedad aumentó al no encontrar rastros del híbrido, y peor aún, la noche sucumbió al pantano en una penumbra total haciendo casi imposible ver algo.
Tanto Quackity como Mariana aceptaron la propuesta de Luzu de seguir buscando mañana temprano, aunque con Roier no hubo caso a la primera. El mayor ayudó al chico a seguir buscando por otra hora más, adentrándose poco a poco en el lugar hasta que los mismos monstruos les empezaron a impedir el paso, con todo el enojo, Roier debió aceptar la retirada y prometerle a Luzu que mañana temprano seguiría buscando.
Al volver a su casa, intentó dormir pero le atormentaron imágenes del cuerpo de Spreen desmembrado sirviendo como cena de algún monstruo. Intentó por todos los medios quitarse esas horribles imágenes y descansar aunque sea un poco. La noche se le hizo eterna en ese momento.
Antes de que los rayos iluminaran su rostro, Roier ya se hallaba despierto corriendo a la casa de Luzu. El mayor le abrió la puerta bostezando y sólo hizo falta un vistazo a los tormentosos ojos cafés para preparar su mochila. Acordaron pasar a buscar a los demás pero en el camino se encontraron con Vegetta, el mago se sorprende por verlos despiertos tan temprano y se preocupa al ver las ojeras del más joven.
— ¿Spreen está perdido? Pero si lo vi hace nada por el pueblo, creo que iba a la casa de Zorman.
Los ánimos de Roier habían sido renovados, ambos castaños le agradecieron y acordaron contarle a Vegetta más tarde lo que había pasado.
— Tú ve a verlo, yo iré a ver a Quackity y a Mariana para avisarles — Roier le agradeció y corrió hasta la guarida del doctor, jamás se esperó lo que le pasaría en las siguientes horas.
Roier llegó hecho un torbellino al lugar preguntando por Spreen.
— Roier, justo estaba por buscarte para decirte que Aldo despertó — el castaño volvió a preguntar por el híbrido repitiendo lo que Vegetta le había dicho –. Oh si, Spreen está aquí. Él… está bien…pero pidió que nadie lo vea – esto lo sorprendió mucho –. Por favor no me veas así, sólo repito lo que dijo – la mirada verde viajó nerviosa de una esquina a la otra —. Te puedo asegurar, te juro que está bien pero necesita estar un tiempo a solas.
— ¿Cuánto tiempo?
De nuevo volvió a rodar los ojos.
— Créeme que él te lo hará saber cuando decida salir.
Eso hizo entre poco y nada por callar sus alertas internas. Para Zorman la tarea se volvió más complicada cuando llegaron los demás exigiendo saber lo mismo.
— No, ya les dije que está bien y necesita su tiempo para descansar. No les voy a decir dónde está tampoco, está en un cuarto bien y ya. Mejor vengan a ver a sus amigos que se despertaron.
Entre muchas protestas terminaron aceptando y yendo a la sala médica donde los esperaba Misa y Aldo comiendo tranquilos.
La tarde pasó tranquila luego de eso, Zorman decidió darles el alta al día siguiente y el resto de los chicos se despidieron para volver a sus actividades.
A pesar de las buenas palabras, Roier no se pudo quitar el malestar en el cuerpo debido a su preocupación por Spreen. Este malestar le duró dos días más hasta que el mismo nombrado decidió aparecer enfrente de su puerta asegurando su bienestar.
— Mierda pero ¿Qué te pasó?
— Me lleve a la bruja y sus arañas de mierda a lo más profundo del bosque, no pensé que esa vieja me perseguiría tanto. Logré dejarla ahí pero ya se había hecho de noche y la verdad es que me perdí boludo, no tenía idea de donde pinga estaba ya, me tomó un poco encontrar el camino de regreso.
— Debió ser bastante agotador salir de ese lugar, qué bueno que no te pasó nada y estas bien.
— Si, todo salió bien.
Esa explicación debió ser más que suficiente para Roier, pero había algo que aún lo inquietaba. A pesar de estar usando sus típicos lentes de sol, el castaño podía sentir que los ojos ónix no lo estaban viendo mientras hablaba; por no agregar que los dedos de una de sus manos se frotaban. Estaba claro para él que su amigo le estaba ocultando algo.
— Si, todo está bien, ¿verdad?
Los dedos dejaron de moverse entre sí y pasaron a frotar su cuello mientras sus orejas se tensaron en alerta por un segundo.
— Obvio que estoy bien ¿Qué no me ves?— la mirada castaña lo interrogó en silencio, para su suerte, fue salvado por la interrupción inoportuna de Quackity y Mariana.
— ¿Spreen ya te dieron el alta? ¿Cuándo saliste? ¿Te sientes bien?¿Qué te pasó?
El chico le dio un resumen rápido de todo agregando—. Le pedí a Zorman un espacio para descansar y reponerme. Sabía que con ustedes y sus gritos cerca sería imposible así que le dije que les dijera que no me molestaran hasta estar bien.
— Ah claro, porque nosotros somos unos monos que no sabemos comportarnos ¿no?
— No, no. Yo no dije eso.
— Míralo se está riendo el pendejo.
Las risas no se hicieron esperar y pronto el ambiente parecía ser el mismo. Todos terminaron despidiéndose para volver a sus asuntos y el tema pareció quedarse ahí. Aunque para Roier, esto estaba recién empezando.
Hizo falta el ataque de unos cuantos zombies en una mazmorra para que todo el caos se desatara.
Vegetta le entregó al McTrio un mapa de tesoro. El lugar daba a una, aparente, vieja y olvidada mazmorra. Roier había propuesto invitar a Spreen en agradecimiento por salvarlos esa vez en el pantano y los demás estuvieron de acuerdo.
Ya en el lugar, Mariana activo accidentalmente una de las miles trampas mortales que había, liberando una horda de zombies mutados atrapados en jaulas.
El primero en caer fue Mariana. Aldo logró activar una trampa que abrió el suelo haciendo que todos los monstruos sobre este cayeran, el problema es que ahora existía un enorme agujero que lo separaba a él y a Mariana de Roier y Spreen.
— Según el mapa de Vegetta, debería haber una salida siguiendo recto — gritó el chico de gorra roja.
— Salida los putazos que te dejare en la cara – gritó su amigo castaño del otro lado sabiendo que lo único que el chico debía hacer, era volver a activar la palanca que hacía que el agujero se cerrara.
El verdadero problema para Aldo era que, de su lado, se encontraba el tesoro. Tesoro que Spreen ya reclamó y amenazó como suyo al 100% por tener que lidiar con los zombies de las trampas.
— Roier, si bajo esa cosa Spreen se robará todo el tesoro — habló en un tono bajo esperando que sólo lo oyera su amigo.
— Cuando salga de acá te voy a robar hasta lo que traes puesto — gritó enfadado el pelinegro.
— Ya lo oíste Roier, entretenlo wey mientras me llevo el cofre.
— ¡Oye wey ábrenos! Aldo no te hagas el pendejo.
El chico se echó a correr con su amigo moribundo dejando solo el eco de sus pisadas para disgusto del castaño —. No puedo creer que de verdad nos haya abandonado ese avaricioso de… ¿Adónde estás yendo?
— A la salida cómo qué a dónde. — sus ojos se fijaron en el estrecho pasillo frente a ellos, estaba poco iluminado y no veía el final—. ¿Venís? Yo voy a salir antes que ese boludo y pienso sacarle hasta la última moneda.
A medida que avanzaban más profundo, el camino comenzó a volverse más estrecho al punto en que ambos chicos debían estar encorvados para seguir cabiendo.
— Mierda ¿Oyes eso?
El inconfundible gruñido de un zombie comenzó a hacerse presente, a medida que más avanzaban, el sonido tomaba más fuerza y me multiplicaban. Al llegar al final del corredizo entendieron de dónde provenían los sonidos, debajo de ellos se hallaba una continuación del agujero que Aldo había abierto. La mayoría de los zombies no había muerto por la caída y se encontraban paseando de una esquina a la otra debajo de ellos.
— Ahí está la salida — señala la afilada uña una puerta pegada a la superficie rocosa, estaba a un máximo de 20 pasos de ellos. El problema es que para llegar a ella debían bajar al agujero. — Si no hacemos ruido creo que no deberían vernos.
Con mucho cuidado, saltaron al piso inferior y comenzaron a caminar lentamente hacia la puerta aprovechando que los zombies se habían movido hacia el otro lado en su caminata. Cuando faltaba menos de diez pasos, uno de los cadáveres en el suelo resultó no estar del todo muerto, aunque le faltaba la mitad de cuerpo, agarró fuertemente el tobillo de Roier y comenzó a emitir sonidos que llamarón la atención de algunos zombies cercanos a ellos. El chico no dudó en arrancarle la cabeza al monstruo con un corte limpio de su espada, sin embargo, la muñeca seguía fuertemente aferrada.
— Mierda.
— Roier qué estás haciendo rápido — susurro enojado Spreen delante de él mientras atravesaba con su espada la cabeza de un zombie.
— Esta cosa no me suelta — responde desesperado comenzando a forcejear con la mano. El sonido terminó por atraer al resto de monstruos lo que incrementó su nerviosismo.
Usando su espada como si fuera una lanza, Spreen derriba al zombie que estaba más cerca de llegar a Roier. Se acerca corriendo hasta su amigo y se acuclilla para ayudarlo, este estaba agachado forcejeando con violencia con la mano en su tobillo, pero al acercarse, Roier logra zafarse de forma violenta y le da un fuerte golpe con el codo en el pecho por accidente. El híbrido se apartó con un grito de dolor agarrándose la zona afectada fuertemente.
— Mierda Spreen, lo siento no te vi.
— Cállate y corre que ahí vienen — gritó enojado.
Y así lo hizo, ambos corrieron con los zombies pisándoles los talones los 10 pasos faltantes hasta la enorme puerta, entró primero el oso seguido del peli café que rápidamente cerró la puerta y usó su espada como traba. Los monstruos comenzaron a golpear fuertemente la puerta pero, para suerte de ambos, esta nunca se vino abajo; los sonidos con el tiempo fueron bajando hasta detenerse por completo. Roier no se sentía seguro de sacar la espada así que decidió dejarla en su sitio.
Cuando el chico de rojo se volteó de la puerta, se asombró al notar que estaba rodeado de una gran cantidad de monedas, gemas, cuadros y algunos jarrones con decoraciones muy delicadas. — Esto es… ¡No puede ser! Es el tesoro real del mapa — exclamó con una enorme sonrisa perdiéndose en el brillante amarillo frente a él—. Seguramente lo que Aldo vio debe ser otra trampa — aseguró mirando las obras imaginando cuánto podrían valer y cómo las usaría para burlarse de sus amigos.
Fue entonces, cuando se volteó para seguir burlándose de la mala suerte de sus otros compañeros, cuando escuchó un quejido lastimero que lo hizo callarse al instante. Dándole la espalda se encontraba Spreen encorvado, con una mano sobre la pared por encima de su cabeza y la otra parecía estar en su pecho. Se acercó rápidamente preguntando cómo estaba, noto que efectivamente, su mano estaba sobre su pecho pero agarra con fuerza de su playera celeste. Se asuntó recordando el golpe que le había dado y comenzó a repetir sus disculpas pero con más insistencia intentando buscar el rostro del chico que seguía inclinado hacia abajo.
Spreen movió negativamente su cabeza e intentó alejarse de Roier que invadía su espacio preocupado, intentó hacerle entender que todo estaba bien, pero al acercarse más, Roier notó el color celeste oscuro que parecía tener la camisa debajo de la palma de su dueño.
Muerto de preocupación creyendo que era sangre, Roier tiro de la mano de Spreen en busca de una herida, para su fortuna no halló ningún agujero en la prenda. Sin embargo, la playera si estaba mojada pero curiosamente en la parte superior del pecho, específicamente en los pectorales y la sombra oscura poco a poco comenzaba a caer formando una especie de línea sobre la ropa.
— ¿Qué es eso? — recibe un fuerte empujón que lo lleva a retroceder un par de pasos —. ¿Se te abrió alguna herida en el pecho?
— No.
— ¿Acaso alguno de los zombies te tiro algo o…?
— Que no.
— Dios ¿Te rompí algo del pecho con mi codo? Te lo juro que fue un accidente. No tengo mi mochila si no te daba alguna pócima de vida, aunque no se si eso sirva para una rotura de hueso…
— ¡Te dije que no ya cállate! — los ojos se abrieron con sorpresa y pasaron al horror —. Puta madre y mi mochila.
— Quizás la dejaste con las demás cosas, del otro lado del agujero.
Roier veía como Spreen insultaba a la nada girando su cabeza a todos lados en busca de su mochila.
— Pero la concha de mi madre, esto no me puede estar pasando. Aldo hijo de mil puta, bastardo, cuando te encuentre ¡Dios! — luego de un golpe a la pared que hizo temblar algunos cuadros, el chico se deslizó hasta quedar sentado en el piso tirando de su cabello frustrado —. Esto no me puede estar pasando chabon, no p… ¡Aghh! — una de sus pálidas manos viajó rápidamente hasta su pecho agarrando la zona.
— Spreen por favor ¿Qué está pasando? — preocupado se inclina frente a él —. Y no me vengas con que no es nada porque claramente te pasa algo y no puedo ayudarte si no me lo dices estúpido —. Desde su posición, podía ver los ojos que se asomaban de los lentes oscuros, poseían un brillo intenso que no sabía descifrar.
El híbrido lo miró, desvió la mirada y abrió la boca pero rápidamente la cerró. Roier esperó pero la paciencia no era exactamente una de sus virtudes. Se inclinó hasta quedar con las rodillas pegadas al pecho y estaba a punto de ser él quién hablará cuando finalmente escuchó.
— Tenés que prometerme que no le vas a decir a nadie.
— ¿Qué? Spreen no…
— Prométeme o no te digo nada — tenía el ceño muy fruncido, estaba hablando muy enserio.
— Si si… que si, te lo juro.
Ambos se miraron con intensidad.
— Esto es posta, mira que si te haces del boludo lo que le voy a hacer a Aldo, cuando salga de acá, no se compara en nada a lo que te voy a hacer a vos si me entero.
— Ya te dije que te lo juro, posta. No le pienso decir a nada ¿Pero qué te pasa?
— ¿Te acordás que te dije que desvié a la bruja en el pantano y no pasó nada?
— Si.
— Bueno, en realidad sí pasó algo — tragó saliva nervioso —. Una de sus arañas me sorprendió y me picó con un veneno paralizante, lo que hizo que la vieja me capturara y llevara a su casa. Me obligó a beber un líquido raro, que hasta el día de hoy no se que es y, por su culpa mi cuerpo ahora está…raro. — las palabras comenzaron a trabarse al salir de su boca, se detuvo para tomar un respiro antes de continuar —. El veneno paralizante desapareció horas más tarde y me escape esa misma noche. Y sí, me perdí en el pantano. Cuando volví lo primero que hice fue visitar a Zorman para que me ayudara porque… mi cuerpo se estaba poniendo raro. Le pedí que no los dejará pasar hasta que mi cuerpo dejara de hacer… eso.
— ¿Eso?
…
— ¿Qué es eso? ¿Qué le pasa a tu cuerpo?
— Le pregunté a Zorman pero él tampoco sabe que tengo pero me prometió ayudarme. Hasta que obtenga una cura, me dio algo para poder lidiar con el dolor. Pero lo tengo en mi mochila que no la tengo y ¡Aagh! ¡Esto es una mierda!
— Spreen ¿Qué tiene tu cuerpo?
El pelinegro levanta la cabeza a la altura de castaño y le da, probablemente, una de las miradas más intensas y dramáticas que el chico cree recordar. Se hacen unos segundos de silencio, que le parecen eternas, hasta que finalmente el chico baja ambos brazos, toma el borde de la tela con sus puños muy apretados y la eleva sobre su pecho.
Suelta un suspiro rápido de la impresión; sus ojos marrones se abren con absoluta incredulidad ante el rastro blanquecino que se escurre lentamente por el pecho de su amigo. El cerebro de Roier comienza a trabajar a mil para intentar entender lo que estaba viendo, los pezones rosados y erectos de Spreen estaban segregando una especie de líquido que mojaban su pecho.
— ¿Eso es leche? — su pregunta le sonó más a una afirmación. Inconsciente, acercó su mano hasta el lugar pero antes de que siquiera lo rozara, el mayor se removió y pegó más contra la pared alejándose. Roier rápidamente retiró sus dedos avergonzados mirando de reojo como su amigo se bajaba la playera ¿Acaso su pecho se veía más grande de lo habitual o ya estaba imaginando cosas?
— Eso parece. Zorman cree que debe ser el efecto secundario de eso que bebí.
Roier tenía tantas preguntas en ese momento pero ninguna parecía formularse adecuadamente en su lengua para ser pronunciada.
— Duele — los ojos cafés rápidamente se enfocan en los lentes negros interrogante—. Mi pecho, duele. Si no quito la leche — claramente se lo veía muy incómodo pronunciando esa última palabra —.Se acumula y tu golpe sólo lo empeoró.
— Lo lamento — pronunció con total honestidad.
— Lo sé — responde en un tono bastante suave pero seco.
— Y... ¿Cómo haces para quitar eso? — señala con el índice el lugar.
— Pues — se remueve un poco en su lugar —. Con una extractora, ya sabes esas… esas que usan las embarazadas — se remueve incómodo con las mejillas rojas.
— Oh — escapa de sus labios como si fuera la respuesta más lógica del mundo. La cara se sonroja y por su cabeza comienza a imaginar en un extractor de leche y luego en el chico usándolo. Un quejido serpentino lo trajo de regreso.
— ¿Te duele ahora? — la expresión de obviedad y sarcasmo fue toda la respuesta que obtuvo —. Déjame ayudarte.
Roier se sorprendió de él mismo por la propuesta. Spreen lo veía igual o peor, lo observaba como si le hubiera salido otra cabeza, no podía creer lo que había escuchado.
— P-puedo ayudarte — tartamudeó nervioso, su cara se volvía roja a diferencia de la sombra negra de absoluto terror que invadía a su compañero.
— Ni en pedo, no.
— P-pero.
— ¡No! No y no ¡¿Te volviste loco puto enfermo?!
— ¿No dijiste que era doloroso? ¿No te está doliendo ahora?
— Puedo manejarlo.
— Supongamos que si ¿Tú puedes pelear también en ese estado? — el pelinegro lo miró ofendido asomando las garras —. Afuera de la puerta deben haber más monstruos y eso sin contar lo que te encuentres hasta que llegues a tu casa. No tienes pociones, ni de vida ni de velocidad ¿Vas a poder pelear así? Además esta Aldo y Mariana ¿Qué pasa si los encuentras afuera y te ven así? — Roier había dado un fuerte golpe, la cara de Spreen era de auténtico asco y terror. Se imaginó sólo por un segundo la cara de Aldo transformándose al verlo, incluso si lo mataba en ese instante, viviría con el recuerdo de la vergüenza por el resto de su vida —. Solo quiero ayudarte, en parte es mi culpa de que estés así. Yo te golpee y me siento terrible, ¿No hay nada que pueda hacer? —. Quitando la vergüenza que sentía arder en su rostro, sus palabras eran muy sinceras, se sentía muy mal por ver a su amigo en ese estado. Además que un bichito de culpa lo carcomía por dentro desde que descubrió que, por dejarlo solo en el pantano, le había pasado eso. Su culpa le decía que tuvo varias oportunidades para volver pero al final nunca lo hizo, o mejor aún, nunca debió proponer invitarlo a esa excursión en primer lugar; de ser así, seguro que eso nunca le hubiera pasado.
— Esta bien — acepto no muy seguro el moreno—. Pero si le dices a alguien, te mato — Roier estaba sorprendido, no por la amenaza, sino de que hubiera realmente aceptado.
— ¿Qué tengo que hacer? — preguntó ansioso.
Spreen se toma su tiempo en responder, como meditando si estaba seguro de lo que realmente harían. Finalmente desvió la mirada hacia un costado, su ceño se frunció de puro coraje mientras sus mejillas comenzaron a adquirir un tono rosa chicle intenso que, mientras más hablaba, más se expandía por todo el cuerpo.
— Tendrás que hacer de extractor — la cara de Roier era un poema —. Tienes que apretar, tsk.
Los pálidos dedos vuelven a levantar la tela, temblando ligeramente.
Roier se acercó más a la zona, dirigió sus ojos por un momento a su compañero, este tenía los ojos enfocados en una esquina de la pared con su ceño fruncido pero podía empezar a notar un pequeño brillo rojo en sus orejas a través de unos mechones de pelo oscuro. Regresó toda su atención al frente, definitivamente el pecho del chico había crecido un poco más de lo habitual. Spreen por lo general tenía buena figura, debido a tanto parkour y peleas era algo normal, lo había visto sin camiseta un par de ocasiones y estaba seguro que en ninguno recordaba que sus pechos se vean así. Tragó saliva mientras movía ambas manos ¿La piel de Spreen siempre había sido tan pálida? Nunca se había tomado la molestia de compararla con la suya. Su piel más bronceada daba un contraste bastante notorio al ponerlo cerca de su amigo.
El pecho de Spreen era muy pálido, subiendo y bajando rápidamente por la respiración. Roier enfocó su vista en las dos protuberancias rosadas; los pezones era de un rosa pálido, estaban hinchados y algo erectos, de su punta salía el líquido blanco que dejaba brillante tanto el pecho como los mismos pezones. Roier no fue consciente de que pasó la lengua por sus labios tenuemente.
Al simple roce de los dedos, Spreen emitió un suspiro de sorpresa y arqueo un poco la espalda. Roier alejó rápidamente su mano y miró al dueño esperando alguna queja, este seguía sin devolverle la mirada y tampoco le dijo nada. El castaño lo tomó como algo positivo y tomó entre sus dedos los pezones con más confianza.
— Son tan suaves — pensó mientras comenzaba a frotar la punta. El cuerpo de Spreen comenzó a temblar sin poder disimularlo. Cuando Roier estiró fuerte el pezón hacía adelante, un gran chorro de leche salió directo y fue a parar al piso, un gemido de dolor sonó en toda la habitación mientras el cuerpo se arqueaba contra la pared.
— Mierda, ten más cuidado — le gruño a través de los lentes, el castaño podía jurar que creía ver pequeñas gotas acumularse en las esquinas de sus ojos.
— Lo siento — se disculpó apenado.
Los dedos volvieron a tirar pero esta vez con menos fuerza y el resultado fue el mismo pero con menor intensidad. Así, Roier comenzó a mover sus dedos por los pezones, ordeñándolo como lo hacía con sus vacas pero de forma mucho más lenta y suave.
Spreen se mordía los labios, Roier podía ver perfectamente su cara de vergüenza desde su posición, le pareció adorable.
Habrían pasado ya tres minutos y la espalda de Roier comenzaba a dolerle por la posición tan encorvada en la que se encontraba. Comenzaba a frustrarse porque la leche no acababa y eso mismo parecía compartirlo el dueño.
— ¿Cuánto tiempo te toma hacer esto? — pregunta mirándolo.
— Depende, diez o veinte minutos — responde inconforme.
Tanto él como Roier notaron lo que eso significaba, estar en esa posición por diez minutos o más. Para Spreen su cara se volvió más roja, de ser posible, y para Roier, su rostro puso una mueca de dolor al pensar en su espalda.
Fue entonces cuando una idea le vino para agilizar las cosas.
— Oye, qué es… Ahh — chillo Spreen cuando vio a Roier acercar su cara contra su pecho y llevar su boca hasta el pezón izquierdo. Rápidamente llevó una de sus manos para tapar los murmullos que salían de su boca y con la otra se agarró fuertemente del cabello ajeno.
Roier chupó el botón y cuando sintió que sus mejillas se llenaban apartó el rostro escupiendo la leche a un costado, repitió el movimiento dos veces más antes de cambiar con el otro pezón mientras su otra mano seguía amasando el pezón que quedaba libre. Podía sentirlos más duros y mojados que cuando había empezado.
El cuerpo del moreno se retorcía en espasmos imposibles de controlar, su mano estiraba el cabello castaño mientras que la otra era mordida tan fuerte que le empezaba a salir sangre.
El cuerpo de Roier se inclinó más hasta estar casi pegado al del Spreen, al principio estaba nervioso y su agarre era tembloroso, pero luego de tres chupadas, sus labios se cerraban ansiosos como si de un bebé se tratara. Había algo que no lo dejaba detenerse. La carne se sentía tierna alrededor de sus labios y la leche estaba tibia, tenía un extraño sabor dulzón como miel o azúcar, que no le parecía para nada desagradable. Una voz en su cabeza comenzó a decirle que lo tragara, pero utilizó de todo su control para ignorarla; de igual forma, con cada nueva succión, Roier probaba sus límites para mantener la leche dentro de su boca hasta el punto de ser imposible y tener que escupirla.
Estuvieron haciendo eso por unos minutos más hasta que Spreen se quitó la mano de la boca debido al dolor que estaba sintiendo, dejando un rastro de saliva y sangre, se notaba una fea marca de dientes bastante profunda. Le ardía horrible y muy apenas podía moverla. Lo bueno es que esa sensación tan dolorosa contrarrestar la que Roier le estaba haciendo sentir y se aferra de eso para estirar más fuerte el cabello y pedirle que se detenga.
Roier se alejó con la respiración muy agitada, su boca y barbilla estaban empapadas con el líquido, varias gotas caían mojando su saco rojo. Intentó levantarse pero las piernas le fallaron la primera vez, estaban entumecidas y temblantes; para su segundo intento, casi se resbala con la misma leche que había estado escupiendo. Ahora que lo notaba, había creado un gran charco blanco que los rodeaba, de este emanaba un dulce aroma que comenzaba a mezclarse con el olor metálico de las monedas. En poco tiempo, toda la habitación quedó impregnada con ese aroma. También estaba el olor de la sangre, que salía de la mano de Spreen, las gotas rojas caían al piso mezclándolo con lo blanco.
Roier se volvió a inclinar un poco hacia adelante, mirando la mano herida, las palabras no le salían; su boca se veía más concentrada en hacer entrar aire a su sistema. De todas formas, no hizo falta decir nada, Spreen lo entendió y levantó su mano sana dándole a entender que no necesitaba acercarse. Se incorporó usando la pared como soporte, su cuerpo temblaba como un animal recién nacido.
El castaño apartó la vista avergonzado, de repente empezó a caer en lo que acababa de pasar y se sentía incapaz de ver al chico frente a él.
Spreen finalmente logró incorporarse, se acomodó la camiseta y caminó hasta una manta que cubría un mueble, sus pisadas creaban un sonido de chapoteo que hacía eco en toda la habitación. Llegó hasta la tela y arrancó un pedazo para poder vendarse la mano herida, no era lo mejor pero esperaba que le soportara hasta que llegara a su casa.
Ninguno decía nada, tampoco sabían qué decir y ninguno se animaba a comenzar, pero el sonido de unos gruñidos llamaron su atención; zombies. Los monstruos que seguían del otro lado de la puerta y arrastraban sus pies los trajo de regreso.
— Hay que irnos— murmura Roier y puede escuchar un simple sí del otro. Ninguno vuelve a decir nada, incluso dejan el oro detrás de ellos. Roier no se sentía con la fuerza para tomar nada, aunque anotó en su mapa la ubicación para volver en otro momento y asume que Spreen haría lo mismo.
Se encaminaron hacia la puerta contraria y recorren el único camino hasta dar con la puerta de salida, está los dejaba justo en el bosque a varios metros de la mazmorra.
Los recibió la luna y los tétricos sonidos del oscuro bosque, muy diferente al sol y los pájaros que habían cuando habían entrado al lugar.
Encendieron una antorcha y emprendieron su viaje hasta el cruce, cada uno tenía sus casas en lados opuestos, siendo la de Spreen la más marginada mientras que la de Roier estaba casi en el centro del pueblo.
— Buenas noches — Roier casi se tropieza al escucharlo, estaba muy perdido pensando en todo lo que había pasado. — Buenas — logra articular de forma atropellada pero no estaba seguro de que fuera escuchado ya que para ese entonces, el otro chico se hallaba varios metros lejos de él.
