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La última escena que me hubiera imaginado fue la que sucedía justo frente a mis ojos.
No sabía desde cuando Xavier había comenzado a sentirse tan cómodo cerca de mí, al punto en que lo vería caminando por su apartamento con tan solo una fina toalla cubriendo su abdomen bajo, con finas gotas de agua cubriendo su piel nívea, con mis ojos lujuriosos devorándolo entero.
De alguna forma, el pensar que él no me consideraba una amenaza contra la preservación de su castidad me hizo sentir molesta, y tampoco me favorecía mucho el tener mi periodo y ser presa del horrible altibajo hormonal desatándose en mi cuerpo.
—Tengo sopas instantáneas si tienes hambre, están en la alacena —dijo, con su atención puesta en algo que claramente no era yo.
Lamí mis labios y traté de actuar lo más indiferente que pude, pero conforme los segundos pasaban, el calor incipiente originándose en la parte baja de mi vientre era un recordatorio constante de la batalla vergonzosa que estaba intentando librar contra mis impulsos. Podía sentirme palpitando, mojada, desatendida. Se estaba volviendo cada vez más difícil de ignorar.
—Sí, gracias —conseguí responder, sonando vergonzosamente seca, como si estuviera batallando para que mis demonios internos jamás vieran la luz del día.
Cambié mi posición, cruzándome de piernas, apretándolas. La sensación fue intensa, irresistible. La respiración se me aceleró al momento en que sentí mi rostro colorearse en mil tonalidades diferentes de rojo.
Si no me iba de su apartamento en ese preciso momento, cosas terribles sucederían, no me quedaba más duda.
Me levanté, tomé mi chaqueta y caminé hacia la puerta principal. No podía quedarme ahí ni un segundo más, estaba segura de que mi cara reflejaba todos los escenarios sucediendo dentro de mi mente, posiblemente mis ojos bastaban para que él diera un vistazo en mi interior y se enterara de todas las posiciones blasfemas en las que nos imaginé.
—¿Sabes? Te veo luego, tengo trabajo que hacer —dije, avanzando más rápido hacia la puerta.
—¿Qué? —dijo él, apareciendo a través del umbral de la puerta de su habitación. Aún llevaba puesta la delgada toalla, y yo no pude hacer más que mirar su musculatura —Dijiste que ya habías terminado todo.
Cada centímetro de él, cada curvatura de sus extremidades, todo él era perfecto. Majestuoso. La forma en que su cuerpo tonificado parecía tallado por el escultor más minucioso era casi demasiado para el ojo humano.
—¿Por qué no te has puesto la ropa? —dejé salir en un suspiro, e inmediatamente me di la vuelta, volviéndome hacia la puerta. Mi voz había sonado como una petición lastimera, y mi vergüenza me había llevado al punto de querer ocultar mi rostro en la maceta más cercana, como un avestruz escondiendo su cabeza en el suelo.
—¿Qué? —dijo él, con esa voz peculiarmente suave y varonil, subiendo un par de decibeles por la sorpresa. Escuché sus pisadas acercándose, y me congelé. La mente me comenzó a dar vueltas, enviándome a un espiral de nerviosismo. En el momento en que su deliciosa fragancia inundó mis fosas nasales me sentí capaz de entrar en plena combustión, rindiéndome ante el impulso salvaje creciendo en mi interior, tornándose difícil de controlar con el paso de los segundos.
—Basta, no te acerques más.
Se detuvo de golpe, y no pude evitar darme severas reprimendas mentales al estar haciendo la situación mucho más dramática de lo necesario.
—¿Te encuentras bien?
—No, no estoy bien. Estoy… estoy a punto de tener mi periodo y me siento extraña y abrumada, y preferiría mil veces estar en mi cama que… aquí.
Seguía sin verlo, pero inmediatamente supe que sus labios se habrían curvado en una sonrisa, de esas que me dedicaba cuando quería tomarme el pelo, y yo se lo permitía. La sola visión de tal escena me produjo emociones que no debería permitirme experimentar, mucho menos en momentos como ese.
—Así que… ¿me odias cada vez que estás a punto de tener tu periodo?
—No te odio. Te quiero coger, y eso es mil veces peor.
No me había detenido un segundo a pensar antes de hablar. El silencio que siguió mi palabrerío se sintió particularmente ruidoso.
—Que tú… ¿qué?
Había cierta cantidad de veces en que una persona tenía permitido ser vergonzosa. En ese momento, yo había sobrepasado la cuota del día.
No podía soportarlo más.
Abrí la puerta, sintiendo un escalofrío formarse en mi espalda al notar la temperatura de la perilla, y me apresuré a salir de ahí.
—Bueno… ¡buenas noches!
—Pero solo es mediodía…
—¡Adiós!
Decir que volé por el pasillo sería poco para describir la agilidad con la que me deslicé hasta el ascensor. El corazón me martilleaba contra el pecho, y me sentía sin aliento, como si hubiese corrido un maratón de 10 kilómetros, aunque la distancia entre el apartamento de Xavier y el ascensor fuera menor a 10 metros. Me dejé caer contra la esquina, completamente derrotada, y pulsé el botón para cerrar las puertas.
Por fin había controlado mi respiración cuando una mano pálida apareció entre las puertas, abriéndolas de nuevo, y emergió él, aun vistiendo esa maldita toalla.
—¿Qué demonios? —solté, en un jadeo entrecortado.
De forma inmediata fui acorralada contra la gélida pared, a tan solo un costado de la puerta.
Con una mano mantenía abiertas las puertas metálicas, mientras la otra me mantenía presa entre él, la pared y el panel de botones.
—¿De verdad esperas que te deje ir después de lo que dijiste? —soltó, un tanto agitado.
—Sigues estando casi desnudo, y no dije nada.
—Te escuché bien.
No podía mirarlo a los ojos. Intenté hacerme pequeña, pero él siguió mi movimiento y bajó un poco el brazo, impidiendo mi escape.
—No, no es cierto.
—No vas a engañarme.
—No estoy intentando engañarte.
—¿Entonces por qué quieres huir? —dijo, mirándome con altanería.
—Quiero dormir.
Le escuché reír por lo bajo, y una nueva oleada de calor azotó mi cuerpo al notarlo cernirse sobre mí.
—Déjame ayudarte a resolver la tensión que tienes aquí —dijo, presionando su dedo sobre mi vientre, moviéndolo hacia abajo lentamente. Lo tomé de la muñeca, deteniendo su movimiento.
Tragué saliva de forma ruidosa, odiaba el efecto que tenía sobre mí, y odiaba aún más que el pareciera disfrutarlo tanto como yo, aunque me negase a aceptarlo.
—¿Cómo?— solté, pretendiendo saber que no tenía idea de a lo que se refería. Él se acercó un poco más, y terminé pegándome aún más a la pared.
—Ya sabes cómo.
Me mordí el labio, y solté una risa nerviosa.
—¿Te volviste loco?
—Sé que has estado fantaseando conmigo desde hace algo de tiempo. Y… somos compañeros. Hicimos votos para protegernos el uno al otro mientras peleamos y…
—¿Acaso esto es una pelea para ti? —le interrumpí, alzando una ceja. La conversación había tomado un giro que no me esperaba, y no tenía idea de cómo lidiar con ello.
—Puede ser.
—No podemos hacer esto.
—¿Por qué no? ¿Tienes miedo de que arruinemos nuestra amistad? —dijo, ladeando su cabeza.
—Definitivamente lo haría.
—Entonces, no veo el problema.
Sentí una punzada en el pecho, pero agradecí que mi expresión no flanqueara, no quería mostrarle que sus palabras me habían hecho daño.
—¿No te importa? —dije, tan indiferente como pude.
—Claro que me importa, pero he estado buscando un avance… quizá esta sea mi oportunidad.
Mi mente tardo severos segundos en procesar sus palabras. Finalmente pude mirarlo a los ojos, y esperé que pudiera notar mi expresión de incredulidad.
—¿Qué?
—Quiero arruinar nuestra amistad— me respondió, confirmando mis sospechas, añadiendo un poco más de tensión a la situación.
Nuestros rostros estaban peligrosamente cerca, de haberlo querido lo hubiese besado ahí mismo. La alarma del elevador comenzó al sonar al permanecer con las puertas abiertas por demasiado tiempo, un sonido que en otro momento me hubiera molestado de no tener todos mis sentidos puestos en él.
—Basta…— logré decir, en voz baja, casi como queriendo indicarle lo contrario.
—OH, POR EL AMOR DE DIOS, ¿QUÉ SUCEDE CON USTEDES?
Una voz estridente me hizo sujetarme a sus brazos del susto. Xavier se pegó a mí, como queriendo protegerme de quién fuera que hubiese importunado nuestro momento, cuando una señora mayor apareció en el umbral del elevador, entrando seguida de un pequeño perrito Pomerania con un moño como collar.
—Oh…— fue lo único que logró salir de mi boca.
Nos miró por unos momentos, juzgándonos a diestra y siniestra. Yo abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua, sin saber qué decir ni qué hacer, y él simplemente la estaba mirando con esa expresión tan suya, tan desinteresada, pero a la vez divertida.
—¿Sabían que hay niños viviendo en este edificio? —susurró la anciana furiosamente— Miren, no estoy en contra de que la juventud se demuestre su amor, pero en mis tiempos esto…
—Lo sentimos, continuaremos en nuestro apartamento— dijo Xavier, tomando mi mano, arrastrándome con él fuera del elevador.
Escuché a la señora despotricar por unos breves segundos, y luego caminar hacia nosotros. Las pisadas del perrito hacían eco en el pasillo, lo cual me hizo sonreír por algún motivo.
—¡Oigan! Esto no es posible, voy a llamar al casero…
Imploré a todos los dioses habidos y por haber que Xavier no hubiese cerrado la puerta al salir tras de mí. Cuando al darle un empujón cedió, supe que mis plegarias habían sido escuchadas. Entramos como un vendaval, y una vez la puerta se cerró a nuestras espaldas, estallamos en carcajadas.
—Esto es una locura…
—Ni siquiera hemos comenzado— dijo, y el tono de su voz me hizo volverme hacia él de inmediato.
De un momento a otro, él estaba sobre mí. Sus labios exploraban los míos con un deseo tangible, desenfrenado. Apenas me dio tiempo de rodear su cuello con mis brazos cuando sentí que me alzaba, clavándome contra la pared. Dejé soltar un jadeo ante lo repentino del movimiento, y presioné una mano contra su pecho, empujándolo ligeramente hacia atrás.
—Espera… no te emociones tanto…
—¿Por qué? —dijo, sin aliento, mirándome con la luz azul de sus ojos transformada en un brillo lujurioso.
—Porque…
No tenía razones más allá de las evidentes. El cambio que se avecinaba en nuestra relación, el límite que hasta ahora siempre me había aterrorizado cruzar.
—¿Quieres hacerlo? —preguntó, mientras sus pupilas se dilataban un poco más. Parecía bajo el efecto de algún estupefaciente. De inmediato acuné su rostro con mis manos y solté un ligero jadeo al observarlo restregarse contra mi piel.
—Sí, pero no quiero que dejemos de ser… amigos.
—Los amigos no se quieren besar… ni tocar de esta manera…—dijo él, mostrándome que el joven taciturno y bien portado había quedado relegado en algún espacio de su mente. Sus manos se deslizaron por mis costados, provocándome cosquilleos por todo el cuerpo. Adoraba la gentileza de su tacto, y lo suaves que sus manos se miraban a pesar de pertenecerle a un cazador. Casi eran el engaño perfecto ante cualquier presa, mostrando la perfección producida por el depredador más experimentado para atraer a su víctima.
—Entonces… ¿Qué somos?
—Tú eres… mi reina. Mi primer amor. Mi luna… —dijo a murmullos que me erizaron la nuca.
Me sonrojé a más no poder. La forma en que las palabras salieron de su boca me hicieron sentir una calidez que no correspondían al producto del deseo en mi corazón, sino de algo más. Algo a lo que jamás le había puesto atención, pero que se sentía tan familiar, como si siempre hubiera estado ahí.
—Xavier…
—Podemos ser lo que quieras, menos amigos. Jamás me sentiría conforme siendo solo tu amigo.
Acaricié su rostro, deslizando mis dedos por sus pómulos, deteniéndome en sus mejillas, prestando especial atención a la forma de sus labios. Adoré lo sonrosados que se mostraban tras el beso que compartimos hace un par de segundos. Mis ojos se movieron nuevamente a los suyos, pero fui incapaz de soportarle la mirada y terminé enfocándome en su boca.
—No hagas eso —dijo él, en un suspiro entrecortado.
—¿Qué cosa? —pregunté nerviosa.
En lugar de responderme, volvió a cerrar la distancia entre nosotros. Ahora eran sus manos las que acunaban mi rostro, y sus labios eran los que guiaban a los míos.
No era una mentira que había fantaseado con ese momento desde hace demasiado tiempo, la sola idea de que él lo hubiera notado me provocaba un cosquilleo en el estómago.
Deslicé mis manos por su espalda, hasta terminar clavando ligeramente las uñas en la suave piel de su cintura. Adoraba el calor de su cuerpo contra el mío, era mejor que la sensación de cualquier cobija en invierno.
Me sentía cada vez más lejana, abandonándome a ese lugar donde mis inhibiciones tenían el coraje de hacerme frente. Presioné ligeramente mis palmas contra su pecho nuevamente, separándonos. Su mirada oscurecida cuestionó mi movimiento, mientras yo me sentía en las nubes al notar su estado desaliñado, su pecho subiendo y bajando, su cabello apuntando en diferentes direcciones y su piel dulcemente sonrojada. Dio un paso hacia mí nuevamente, pero mis labios susurraron un “Espera”, y comencé a despojarme de mi ropa.
Al verme batallar con el botón de mis jeans, sus dedos inmediatamente se apoderaron de la tarea de desabrocharlo. Sin querer desperdiciar ni un segundo, me quité la playera, arrojándola sin cuidado al suelo. Sus manos comenzaron a bajar mi pantalón, anclando sus dedos en la fina tela de mis bragas. Al notarlo, no pude evitar sentirme excitada, su ansia era tan similar a la mía, pero no pensaba apresurar nuestro encuentro. Quería que fuera lento, que durara el tiempo suficiente para ahogar cualquier duda que amenazara con plagar mi mente.
Cuando la tela de mi ropa interior estuvo a punto de descender por completo, sujeté sus muñecas, deteniéndolo, volviendo a colocármelas en su lugar.
—Todo a su tiempo —dije, rodeando su cuello con mis brazos, pegándolo a mí. El efecto magnético entre nosotros hizo que nos besáramos por inercia, y aproveché la oportunidad para morder su labio inferior y esbozar una sonrisa traviesa.
—De igual manera te las voy a quitar —dijo entre el beso.
Me sonrojé aún más, sintiendo mi piel arder. Sus dedos dibujaron un camino descendente por mi espalda, haciéndome respingar y arquearme más hacia él. Mi respiración era embarazosamente errática a ese punto, tan solo el imaginarme todo lo que seguiría a continuación hacía que mi núcleo palpitara, casi rogando por su atención.
Nos besamos mientras mi pantalón se deslizaba hacia el suelo, los segundos que me separé de su boca para apartar la prenda de mi camino provocaron una especie de ansiedad en él, ya que me sorprendió alzándome nuevamente y llevándome hacia el sofá. Me recostó con cuidado, con una ternura que me hizo derretirme, y luego se cernió sobre mí, colocándose entre mis piernas. Su peso era reconfortante, adoraba tenerlo así de cerca. Mis dedos inmediatamente se enredaron en su cabello, quería que su aroma permaneciera impregnado en mi piel.
—Enséñame a hacer nudos —dije, sin aliento.
Me miró con extrañeza, frunciendo el entrecejo.
—Esa toalla no se ha movido para nada. —continué, llevando una mano hacia su parte baja, jalando el material de la tela.
Esbozó una sonrisa que le dio un brillo travieso a su mirada, y tomó mi mano, mordisqueando mis dedos.
—No te enseñaré, no quiero que los nudos de tu toalla sean difíciles de deshacer.
—Envidioso.
Entrelazó nuestros dedos, y ancló nuestras manos por encima de mi cabeza. Con su mano libre comenzó a explorar las curvas de mi cuerpo, amasando mi piel, masajeándola, dándome dulces pellizcos que me provocaban estremecimientos de pies a cabeza. Se detuvo unos segundos en mi trasero, y solté un quejido al notarlo estrujando mi piel, arañándome ligeramente.
Escondió el rostro en la curvatura de mi cuello, y depositó besos que terminaban convirtiéndose en mordidas. Oír sus quejidos, su voz ligeramente ronca, percibir su respiración acelerada y verme bajo su total dominio, me tenía hecha un desastre. Se empujó contra mí, buscando un roce que por poco y termina nublando mi mente por completo.
Mis caderas correspondieron a su vaivén, mis uñas rasgaron su toalla hasta que finalmente el nudo se abrió, y la tela cayó contra mis piernas, revelándolo ante mí.
—No tengo condones… —susurró contra mi piel.
—Bueno, entonces deberíamos parar —dije, sintiéndome divertida al escucharlo gruñir—. Mírame.
Lo hizo, y me enterneció ver su frustración haciéndole poner una expresión suplicante.
—Estoy tomando pastillas, ¿estarás cómodo si lo hacemos sin protección extra?
—Sí —soltó apresurado, y solté una risita.
—Ni siquiera lo pensaste…
—No tengo que pensarlo demasiado.
Pasó un brazo bajo mi cintura y me alzó, cambiando nuestras posiciones. Ahora estaba sentada sobre su regazo, y sus manos subían y bajaban por mis muslos, hasta que terminaron moviéndose a mis glúteos. Me propinó un apretón, y mis uñas se clavaron en sus hombros.
—Sé cuidadoso.
—¿Te lastimé?
—No, pero estoy sensible. Y no me iré a ningún lado.
—Lo sé, es solo que…—dijo, subiendo sus manos lentamente por mi cuerpo, deslizándolas por mi cadera, hasta llegar a mi cintura. Siguieron subiendo hasta que acunaron mis senos, y apretaron suavemente, sin hacerme daño. Miro hacia arriba, hacia mi rostro, librándose brevemente del encanto en el que lo tenía mi cuerpo, y el corazón me brincó dentro del pecho al encontrarme su rostro sonrojado, sus ojos dilatados —No es suficiente. Quiero más.
—¿Puedo hacer algo?
Asintió, y me puse de pie. Su mano, reacia a soltarme, casi volvió a jalarme de nuevo hacia él, pero no cedí. En su lugar, me acomodé entre sus piernas y bajé, sentándome sobre mis rodillas.
—¿Qué vas a hacer?
—Es bastante obvio, ¿no crees? Recuéstate y déjate llevar…
—No, no tienes que hacer eso si no…
—Quiero hacerlo —dije, empujándolo suavemente hacia atrás, haciéndolo recargarse por completo en el sillón. Me miraba con los labios entreabiertos, y el ceño ligeramente fruncido, en una expresión que me hablaba sobre una petición silenciosa, que, al parecer, aún estaba muy avergonzado para hacer. Cubrió con su propia mano la mía, la cual estaba sobre su pecho, y entrelazó nuestros dedos. Noté de inmediato sus palpitaciones, apresuradas, como si dentro de sus costillas hubiera un pajarillo encerrado desesperado por emprender el vuelo. Me pareció enternecedor, la ternura y lujuria queriendo ganar terreno dentro de mi mente, aunque la última estaba ganando por mucho.
Deslicé mi mano hacia abajo, liberándome de su agarre, recorriendo su abdomen, llegando a la parte baja. Su pene estaba erecto, descansando cómodamente contra su piel.
Pasé mi dedo lentamente por la base hasta llegar a la punta, y comencé a dibujar círculos, acariciándolo, con cuidado excesivo. Esparcí lo más que pude el líquido preseminal por su piel, disfrutando de la sensación resbalosa.
Los sonidos que abandonaron sus labios permanecerían grabados en mi mente por mucho tiempo, eran deliciosos, la melodía que emitía un cuerpo al ceder ante sus deseos. Podría haberme considerado melómana de intentar diseccionar sus quejidos, convirtiéndolos en una pieza de arte irrevocablemente mía.
—Yo también quiero tocarte…
—Necesito lubricante, y asumo que no tienes, ¿cierto? Tengo una idea.
Mi zona íntima estaba hecha un lío, podía sentir la humedad descendiendo por mis pliegues, y por nada del mundo me atrevería a desperdiciarla. Llevé la mano libre hacia mis bragas y las hice a un lado, reclamando un poco de mi propia lubricación para ayudarle a él con la suya.
Lo escuché gruñir, incluso maldecir.
Sonreí complacida.
Restregué mi propia esencia sobre su longitud, y también use un poco de saliva, hasta que finalmente supe que no lo lastimaría una vez comenzara a masturbarlo, y finalmente me puse manos a la obra, apoyándome con la otra mano para acariciar sus testículos.
Verlo contraer el abdomen casi me hace perder la cordura. Por la mente se me pasó la idea de tomarlo por completo, de treparme a él y cabalgarlo hasta que ni él ni yo pudiéramos formar un pensamiento coherente.
Pero no podía ceder, aún no.
—Me dejarías tocarte… ¿aquí? —dije, deslizando mis dedos suavemente hacia su perineo— No iré más abajo, te lo prometo.
Era un desastre de quejidos y gruñidos, los sonidos que salían de su boca eran combustible para mi propia excitación. Veía sus manos arañar las vestiduras del sofá, además de que se veía completamente fuera de sí mismo. Cubriéndose la boca con el dorso de la mano, me miró a los ojos y gruñó.
—Sí…
—Avísame si te molesta.
Me incliné un poco más hacia él, y al tiempo en que masajeaba su piel sensible, decidí pasar mi lengua por la punta de su pene, sorbiendo ligeramente, depositando besos.
Quería devorarlo como una paleta, aunque era imposible que entrara todo en mi boca.
Sus dedos se enredaron en mi cabello, y sus ojos permanecieron cerrados. Lo hubiera dado todo por ver su rostro, por escuchar los suaves murmullos que se escapaban de sus labios. Verle perder la cabeza de esa forma, bajo mi poder, era una hazaña excitante en toda la extensión de la palabra.
—Espera, creo que…
Su cuerpo se tensó, y tomándome por sorpresa, sentí que un líquido me caía en el rostro. Afortunadamente no entró en mis ojos, o de lo contrario hubiese sido una sensación para nada grata. Me limpié la cara y reí un poco, lamiendo mis dedos, disfrutando del espectáculo frente a mí, mirándolo deshacerse por completo.
—Qué obsceno —solté, mirando a su longitud palpitar.
—¿Si te escandaliza por qué lo miras tanto? —dijo, jadeando.
—No estoy escandalizada. Estoy… contemplativa.
—¿Cómo sabes hacer eso? —dijo, segundos después, cuando fue capaz de contener el orgasmo.
—¿De verdad quieres saber? —solté, sabiendo que mi comentario levantaría alarmas en lo profundo de su mente que a mí me entretenía activar.
Sus ojos se enfocaron y me miró por unos segundos, frunció el entrecejo y abrió la boca, pero no salió palabra alguna de su boca. En su lugar, cerró los ojos con fuerza y negó repetidas veces.
Estaba a punto de decirle la verdad cuando se levantó de golpe, haciéndome caer hacia atrás por la sorpresa. Antes de que pudiera golpearme con la mesita de centro, sus manos se colaron por debajo de mis axilas, alzándome. Creí que simplemente me mantendría de pie hasta que pasó un brazo mis rodillas, y me cargó.
—¡Espera! Tengo… una petición.
—¿Qué es? —preguntó, deteniéndose.
—Puedo… ¿podríamos grabarnos?
Casi pude escuchar el engranaje de su mente al procesar lo que le había pedido. Se inclinó hacia mí y mordió el lóbulo de mi oreja.
—¿Cómo? —susurró.
—Sabes que dentro de poco me iré a una misión lejos, y… Bueno, me gustaría tener algo para… Ya sabes para qué.
—Está bien, te mandaré el video. —dijo, y continuó con su camino, no sin antes tomar su teléfono de la mesa de centro.
Una vez dentro de su habitación, me bajó al suelo y me dio la vuelta, guiándome hacia su cama con ambas manos sobre mis caderas. Iba a girarme para verlo a la cara, pero terminó empujándome hacia la cama. No pude cambiarme de posición ya que, de forma casi inmediata, él se colocó sobre mí, presionándome contra el colchón.
—Respóndeme algo… ¿lo has hecho con alguien más?
Sabía que estaba jugando con fuego, pero, aun así, quería seguir provocándolo.
—Creo que la experiencia habla por sí misma…
Soltó un gruñido y su rostro se escondió en la curvatura de mi cuello, besando mi piel, mordiéndome. Solté un quejido y mordí mi labio inferior. Sus manos rápidamente se deshicieron del seguro de mi brasier, pero mis bragas corrieron con un destino diferente. Él simplemente se propuso a hacerlas pedazos, y era obvio que la delgada tela de algodón no pondría ninguna resistencia.
—No tenías que romperlas…
—Estás mintiéndome —dijo, y no era una pregunta.
—Xavier… el teléfono…
Con gentileza, hizo mi cabello a un lado y presionó una hilera de besos desde mi nuca, hasta el centro de mi espalda. Su cercanía estaba activando todos los cosquilleos en mi cuerpo, me resultaba un tanto embarazosa la forma en que mi cuerpo se retorcía ante su tacto.
Se apartó por unos segundos, y luego lo escuché acomodar el teléfono sobre la mesa de noche, eché un vistazo y noté que la cámara apuntaba directamente hacia nosotros. Había sido una petición que se me había ocurrido al momento, no tenía idea de que mi subconsciente fantaseara con algo como eso, aunque realmente no podía quejarme.
Cuando volvió a cerrar la distancia entre nuestros cuerpos, puso su mano sobre mi cadera, haciéndome girarme para tenerlo frente a frente. Me sentía completamente vulnerable, un tanto cohibida. Quería pedirle que apagara las luces y cerrara las cortinas, pero no quería sentirlo lejos de mí ni tan solo por un par de segundos.
Mi miraba desde arriba, podía jurar que ahora sus ojos se veían oscuros, peligrosamente negros.
—Ven, acércate… —dije, extendiendo las manos hacia él.
Obedeció mi indicación, y se acercó a mí, recostándose sobre mí, recuperando su lugar entre mis piernas. No existía impedimento para poder amarnos, nuestros cuerpos se encontraban más ansiosos que nunca, y nuestros corazones finalmente latían al unísono.
Nos besamos por un par de minutos, de todas las formas en que se nos pudo haber ocurrido. Al inicio lento, luego más descuidado. Lo sentí morder mi lengua, y luego me vengué, mordiendo sus labios. Un “auch” salió de su boca, y llevé mis manos a mi rostro, haciendo un gesto gracioso con mis dedos índices, emulando unos colmillos. Sonrió, sentí un cosquilleo en el estómago. Volvimos a besarnos, y justo cuando el beso cobraba más ansia y desespero, terminó inflando mis cachetes ligeramente, sorprendiéndome.
Me reí.
—Eres un tonto.
—Gracias.
Se alzó un poco, apoyándose sobre su brazo, y posó su mano libre sobre mi estómago. Fue ascendiendo ligeramente, hasta que rodeó mi seno izquierdo y me propinó un suave apretón, sin dejar descuidado mi pezón endurecido y altamente sensible. Luego, su mano descendió, deslizándose entre mis pechos, llegando a mi abdomen, y luego hasta mi vientre.
Amaba sus manos, tenía unos preciosos dedos largos y ágiles que eran sumamente gráciles. Había perdido la cuenta sobre las veces en que pasé tiempo jugando con sus dedos, haciéndole cosquillas en la palma de sus manos, dibujándole conejos, escribiéndole mis secretos.
Quería tomar su mano, pero él fue más rápido. Con toda la delicadeza del mundo sentí sus dedos abriéndose paso entre mi intimidad, remojándose en mi humedad.
—Estás hecha un lío aquí abajo…
No me había percatado de que me estaba aferrando a él con tanta fuerza que, al momento de detener mi agarre en su hombro, este quedó coloreado en un suave sonrojo.
—¿Puedes culparme? Gimes muy rico —dije, en un suave jadeo.
—Ah, ¿sí? Bueno, entonces ahora es mi turno de disfrutar tus encantos.
Dejando desatendida mi intimidad, su mano se colocó debajo de mi nalga y echó mi pierna por encima de su cadera. Luego, su mano me presionó hacia él, sin desaprovechar la oportunidad de darme un apretón.
Comenzó a frotarse entre mis pliegues, masajeando mi clítoris con la punta de su pene. Se deslizaba de una forma deliciosa, generando sonidos que plagaban la habitación de un ambiente afrodisiaco en sí mismo. Todo en él, en ese momento, era una composición erótica que ponía a prueba mis sentidos, y mi paciencia. Estaba segura de que podía venirme tan solo con su roce, comenzaba a sentir mi cuerpo cosquilleando con mayor insistencia.
—Mételo ya…
—Todavía no.
Sabía lo que quería hacer, podía leer su plan en sus ojos, y le permití llevarlo a cabo.
Siguió frotándose por un par de minutos más, volviéndome loca de ansia. Estaba atento a mis quejidos, a la forma en que mis uñas se clavaban en su piel. Era una posición deliciosa, ambos de lado, frente a frente. Me pegué más a él, quería gemirle directamente a la boca, susurrarle palabras que él jamás hubiese pensado escuchar de mis labios.
Llegué a un punto donde esa sensación tan indiscutible comenzó a hacerse cada vez más difícil de controlar. Me sentía más acelerada, en las nubes. El pareció identificar que era el momento, y cambió nuestras posiciones, empujándome hacia atrás para que mi espalda diera con el colchón, y el pudiese colocarse sobre mí.
Entró lentamente, adueñándose de mi intimidad, expandiéndome a sus anchas. Y fue entonces cuando me estremecí de pies a cabeza. Mis músculos se contrajeron alrededor de él, lo que le hizo soltar un gruñido. Arañé su espalda sin cuidado, soltando un gemido en alto. La sensación era deliciosa, quemaba de una manera que derretía todas mis terminaciones nerviosas y me hacía agua en sus brazos, haciéndome temblar.
—Síguete moviendo, no pares —jadeé, en medio de mi orgasmo.
Mientras seguía penetrándome lentamente, colé una mano entre nosotros, permitiendo a mis dedos trazar círculos alrededor de mi clítoris, lo que prolongó mi éxtasis más tiempo del que podía soportarlo. A ese punto mis ojos ya se habían llenado de lágrimas, y me había abandonado por completo a la lujuria.
Sin dejar de moverse, y dedicándome una sonrisa pícara, se irguió y colocó mis piernas sobre sus hombros.
—Oh, lindos aretes… —bromeé, ganándome una embestida. Los ojos se me pusieron en blanco, y eché la cabeza hacia atrás.
—Estás muy sensible…
—Te dije… te dije que… estoy…oh
Antes de inclinarse sobre mí, acomodó una almohada bajo mis caderas, y se lo agradecí ya que, aunque me consideraba una persona lo suficientemente flexible, forzar mi cuerpo en una posición como la que proponía no dejaba de resultar un tanto incómodo.
Volvió a hundirse en mí, pero esta vez lo sentí más profundo.
—Despacio… —dije, clavando mis uñas en su cadera, soltando un ligero quejido.
—¿Te lastimé?
—No, pero… estás muy dentro.
—Eres muy flexible —dijo, mirándome con una sonrisa lobuna.
Sin duda era un lobo escondido bajo la piel de un cordero.
—¿Por qué quieres romperme? —gemí, acostumbrándome a la posición. Su ligero vaivén no dejaba de golpear un punto en mi interior que me estaba causando más sensaciones de las que podía controlar.
—No es eso, solo quiero poner a prueba mi control.
—Y estás perdiendo… —dije, dejando que una de mis piernas se deslizara por su brazo.
Su mano se movió con rapidez, agarrando mi muslo, abriéndome un poco más para él. La sola escena de verlo aferrándose a mi piel de esa manera me recordó a esa escultura de Hades y Perséfone, y de inmediato mis ojos se cerraron con fuerza, incapaces de mantenerse abiertos tras la ola de placer que me hizo temblar.
Sus penetraciones comenzaron lentas, pero poco a poco se tornaron vigorosas, desesperadas. Parecía querer enterrarse más profundo, aunque no fuera posible. Sus labios proferían palabras que no lograba entender del todo, como palabras olvidadas de otra época, o quizá mi mente estaba lo suficientemente nublada para encontrar el sentido de su devoción.
Como pude, volví a enfocar mi mirada. Su frente estaba aperlada en sudor, sus ojos completamente ahogados en su propio placer. El azul que antes solía evocar calma era tormenta absoluta. Como pude extendí la mano hacia su oreja, y le hice cosquillas, sabiendo bien que sus lóbulos eran un lugar altamente sensible para él.
Cuando las palabras no alcanzaban para hacerme entenderle lo mucho que significaba para mí, la mirada lo era todo. Quería que él se percatara de los sentimientos que hacían brillar mis ojos, a través de lágrimas de placer.
Permitió que mis piernas cayeran a sus costados, y decidí enredarlas en su cintura, moviéndome al compás de sus embestidas. Con una mano libre rodeó mi cuello, levantando mi rostro para hacer que nuestros labios se encontraran.
Su respiración se tornó errática, sus embestidas también, estaba a punto de liberarse así que enredé mis dedos en su cabello y jalé un poco, haciéndole soltar un gemido contra mi boca. Yo misma estaba a punto de ceder completamente a otra ola de orgasmos, no podría soportarlo más si él seguía penetrándome en esa posición.
Y luego, marcando el fin de nuestra coreografía, mis músculos se contrajeron a su alrededor, y temblando me permití dejarme ir por completo. Él me siguió segundos después, dando últimas estocadas hasta que lo sentí palpitar dentro de mí. Me llevé una mano al rostro y dejé salir un largo suspiro, sonriendo como tonta, completamente abandonada en el éxtasis. Las vibraciones en su pecho me hicieron saber que él también estaba riendo.
Si antes estaba mojada, ahora estaba segura de que estaba chorreando. Contraje mis músculos alrededor de su pene, y me deleité en el quejido que ahogó contra mi piel.
Mordió suavemente mi mejilla, y luego me lamió, haciéndome sonreír un poco más.
—Vamos a ensuciar las sábanas… —susurré, acariciando su espalda.
—No se saldrá —dijo, y se incorporó. Quería que no se apartara, que permaneciera pegado a mí un poco más de tiempo, pero él terminó aferrándose a mis muslos para alzar la parte inferior de mi cuerpo hacia él, arqueándome en una posición donde me permitió ver la forma en que su lengua se perdía entre mis pliegues.
—Espera… no puedo más… estoy muy sensible y…
Su lengua trazaba patrones en mi clítoris que me hacían retorcerme en su agarre, los sonidos de su lengua al sorber nuestras esencias combinadas estaban a punto de convertirse en mi ruina. La sobreestimulación me tenía en un estado donde mis extremidades estaban dormidas, y saber que estaba totalmente a su merced no ayudaba a la creciente necesidad de correrme de nuevo, aunque eso significara perderme por completo.
—Por cierto… creo que olvidé iniciar la grabación.
Solté una carcajada, y me cubrí el rostro con las manos.
—Debí suponerlo —me quedé callada unos segundos, y luego volví a hablar— No tenía batería tu celular, ¿cierto?
—No.
Silencio. Volvió a esconder el rostro entre mis pliegues, haciéndome gemir.
—Podemos hacerlo otra vez… —alcancé a escuchar.
—¡Xavier!
**ੈ✩‧₊˚
Mis ojos se abrieron lentamente, y volvieron a cerrarse al notar la luz del sol colándose por la ventana, lastimando a mis recién despiertas pupilas.
Sentía como si me hubiese pasado un camión encima, o peor aún, una nave espacial. Los brazos, piernas y caderas me dolían de la misma forma en que lo hacían cuando me pasaba horas entrenando en la Asociación, esforzándome para poder controlar el peso del mandoble.
Me estiré, dejando soltar un largo y profundo quejido, y luego me coloqué en posición fetal, llevando las rodillas a mi pecho. Rodeé sobre mí, y enterré la cabeza en la almohada, disfrutando la sensación de compresión y estiramiento de mis extremidades.
Escuché una risa, y giré la cabeza hacia un lado, encontrando a Xavier mirándome desde el umbral de la puerta, recargado ligeramente sobre la misma, con una taza de café en las manos.
—Buen… ¿buenos días? ¿tardes? —solté, sonriendo.
—¿Dormiste bien? —respondió, entrando a la habitación, dejando la taza de café sobre la cómoda. Mis fosas nasales se dilataron al percibir la delicia del aroma, y sonreí un poco más.
—Mejor que nunca. Aunque me duele todo…
—Lo siento…
—¿Eh? ¿Por qué?
—Siento que ayer fui un poco… brusco.
—No me estoy quejando.
Me erguí, cubriéndome con la sábana, y él se acercó a mí y me robó un beso. Fue corto, y al terminar nuestros labios hicieron ese sonido de chasquido que tanto me gustaba. Quería jalarlo hacía mí, cuando se alejó, dándome la espalda.
—La señora fue a quejarse con administración, me echarán por perjuicios a la moral y exhibicionismo —dijo, y sentí que el corazón se me caía al estómago.
—¡¿QUÉ?! —solté de golpe, poniéndome de pie, arrastrando la sábana conmigo. Di un par de pasos, pero por el frenesí de mis movimientos terminé tropezando. Si él no se hubiera movido, habría terminado en el suelo. Estaba a punto de seguir despotricando contra la señora cuando lo noté temblando. Miré hacia arriba, estaba riendo —¡Eres horrible! ¡Me espantaste muchísimo!
—Hubieras visto tu cara. —dijo todavía riéndose un poco, acunando mi rostro, con una mano, pegándome hacia él con su brazo libre.
—No hay perdón para ti.
—Oh, no. Haría cualquier cosa por tu perdón.
—Demuéstralo. —dije, liberando mi agarre de la sábana, rodeando su cuello con mis brazos. Lo único que impedía que la tela cayera al suelo por completo eran nuestros cuerpos, apresándola entre nosotros.
—¿Segura? El café podría enfriarse.
—De.Mués.Tra.Lo.
Fin
