Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandoms:
Relationship:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2024-02-22
Completed:
2024-02-23
Words:
4,414
Chapters:
2/2
Comments:
20
Kudos:
51
Bookmarks:
2
Hits:
575

Actividad paranormal

Summary:

De hecho, hay una canción de Taylor Swift que lo explica (Haunted)

Lionel y Pablo están en la cuerda floja, su relación está a punto de romperse. Y entonces, suceden cosas raras en la casa. Una serie de eventos paranormales que dejan paranoico a Lionel.

Inspirado en un tweet. Obviamente.

Notes:

Volví, en forma de fichas. Vi la idea en un tweet de Maru y Ferreuscelo y me pareció genial para escribir. Ya sé que tengo mi fic abandonado, pronto habrá novedades.

Disfruten.

O no.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

La canción en cuestión.

 

Lionel no estaba en la mejor temporada de su vida. Cada mañana abría los ojos y pensaba que quizás ese día las cosas iban a mejorar, pero todas las noches volvía a la cama con ganas de desaparecer de la faz de la tierra. 

 

El trabajo lo absorbía. Sentía que en cualquier momento se iba a arrancar los ojos si seguía mirando la pantalla de la computadora por más tiempo. Al principio el home office le había parecido la mejor de las ideas, trabajar en pijama y con la televisión puesta de fondo en canales deportivos era el paraíso. Incluso podía dormir una siesta y fingir que seguía trabajando. Lionel decía que ahorrar en transporte público y evitar las calles cortadas del centro le habían devuelto años de vida. 

 

Hasta que dejó de ser divertido. 

 

Empezó a necesitar más aumento en los anteojos, sentía tenso cada músculo de su espalda y si prestaba atención, cada vez que movía la muñeca escuchaba a sus huesos crujir. Ansiaba el fin de la jornada laboral para salir disparado a la plaza del barrio. Necesitaba recuperar sus energías de alguna forma y correr era el remedio que había encontrado. El cansancio repercutió de a poco en su estado de ánimo, estaba malhumorado y cualquier cosa le molestaba. No tardó en reflejarse en su vínculo más importante. Su novio Pablo, con quien convivía, le tenía una paciencia infinita, hasta que un día dijo basta.

 

Pablo pasaba al menos 12 horas fuera de casa. Soportaba gente maleducada todo el día, la falta de insumos en el hospital le sacaba canas verdes y el viaje de una hora a veces se duplicaba por las manifestaciones. La medicina era su vocación pero estaba agotado. Había encontrado un lugar donde le pagaban bien y pudo combinar sus horarios con su consultorio particular para lograr un buen número a fin de mes. Era más el tiempo que pasaba fuera de la casa que en ella. Ambos sabían que era un sacrificio necesario. Su objetivo de tener un techo propio estaba cada vez más cerca pero todo padecimiento tiene un costo. Todo el ajetreo había provocado que su vínculo de diez años estuviera en la cuerda floja. Pablo llegaba cansado y sólo quería comer e irse a dormir mientras Lionel lo esperaba con la cena lista. 

 

Las peleas empezaron a ser más recurrentes, el fin de semana se había vuelto el tema central. Aimar quería quedarse en casa lo máximo posible y Lionel quería salir a pasear, ver un poco de cielo, gente y disfrutar al aire libre. Ninguno entendía el razonamiento del otro y el malhumor empezó a caldear tanto que cualquier cosa era motivo de discusión así que optaban por cenar en silencio. Si es que cenaban juntos, porque últimamente Pablo llegaba muy tarde y se iba directo a dormir. Se había cansado de los reclamos de Scaloni y sólo quería unos momentos de soledad. Nunca antes habían estado así, siempre habían logrado resolver cada obstáculo que se les presentara, y eso que no habían sido muchos.

 

Lionel se tuvo que tragar las lágrimas cuando Pablo dijo que prefería dormir en el sillón antes que con él. Ya ni siquiera compartían el espacio sagrado de intimidad y ninguno daba el brazo a torcer, ni siquiera para sentarse a conversar y sincerarse de una vez por todas. 

 

Hacía un mes que estaban en el limbo. La hermana de Lionel, su eterna confidente, le dijo que era hora de poner las cartas sobre la mesa y decidir. O armaba las valijas y terminaba todo o buscaban la forma de comunicarse y solucionar las cosas. Pero cómo hacerlo si apenas convivían unas horas bajo el mismo techo y Pablo se las pasaba durmiendo. 

 

Todo eso rondaba por la mente de Lionel al cumplirse un mes del divorcio de dormitorios. Definitivamente no quería separarse pero no encontraba el momento para volver a conectar con su pareja. Esa noche, el cordobés había salido a festejar el cumpleaños de un amigo que Lionel no soportaba así que fue solo. Scaloni se conformó con cenar en la cama y ver una película hasta quedarse dormido. 

 

Su conciencia despertó antes que tuviera la voluntad de abrir los ojos, su vejiga le imploraba interrumpir su sueño. A pesar de que trató de ignorar la señal, a los pocos minutos saltó de la cama y se dirigió al baño. Lionel odiaba tener que despertarse en pleno invierno para eso, siempre le costaba volver a dormirse y sobre todo si Pablo no estaba a su lado. Detenido en el pasillo, Lionel miró hacia la habitación donde el cordobés se había mudado y notó que estaba vacía. Todavía no había llegado. Al apoyar la cabeza en la almohada nuevamente, sintió un frío repentino que estremeció hasta la punta de sus dedos. Estaba temblando aún debajo de su frazada de plumas favorita, la que habían elegido con Pablo el invierno anterior en un especial de descuentos online. 

 

Trató de no pensar en su novio. Lo extrañaba demasiado y darse cuenta de que seguían viviendo bajo el mismo techo con la relación deteriorándose cada día hacía que la angustia empeorara. Cerró los ojos y trató de pensar en otra cosa, en la película había visto hacía unas horas, en lo que sea con tal de poder relajarse y entregarse al sueño otra vez. 

 

Poco duró la relajación. Sintió un sacudón típico de las pesadillas de cuando era niño que lo despertó abruptamente y miró la hora en su celular. Recién había pasado media hora desde que se había despertado para ir al baño. Suspiró derrotado asimilando que sería otra noche larga sin poder acurrucarse en los brazos de su amado. Tras acomodarse en la cama, agarró el celular y abrió sus redes sociales. No era la persona más activa pero le gustaba husmear en la vida ajena para sentirse un poco menos mal consigo mismo. Se encontraba revisando la cuenta de su futbolista favorito cuando escuchó unos suaves ronquidos de la habitación contigua. Había dejado la puerta abierta y podía escuchar a Pablo entregado totalmente al sueño. Le dió bronca, cómo podía su novio dormir tan tranquilo mientras la situación amorosa en la que vivían era un desastre. Se preguntó cómo no había escuchado el estruendoso portón del garaje que estaba debajo de su ventana. Quizás había sido la media hora de sueño más profunda de toda su vida. Buscó distraerse nuevamente con su celular mientras se hundía en las sábanas y trataba de no pensar en aquellas noches en las que su pareja volvía tarde y al verlo dormido, besaba con dulzura su frente y le acomodaba las sábanas antes de acostarse a su lado.

 

Su largo dedo índice deslizaba la pantalla cada vez más lento, sus ojos se cerraban de a poco haciendo que sus pestañas chocaran entre sí. Los ronquidos lejanos hacían la música de fondo.

 

Hasta que escuchó el portón del garaje abrirse y se sentó de un salto en la cama. 

 

Agudizó el oído, para intentar oír lo que pasaba en el piso de abajo. Escuchó el ruido de la puerta que conectaba el garaje con la cocina y luego silencio. Pensó con algo de miedo que mañana saldría en el noticiero por haber sido desvalijado en la madrugada. Intentando guiarse por su intuición y recordando los objetos que podían servirle para una posible defensa, Lionel se levantó de manera sigilosa de la cama a oscuras y tanteó con la mano debajo de ella. Su abuelo siempre le había querido inculcar la costumbre de dormir con un arma, pues era hombre de campo, pero como Lionel no lo era, había guardado un martillo viejo bajo su cama, aún ante las burlas de Pablo. 

 

Tomó su rudimentaria arma y se dirigió lo más silencioso que pudo a la habitación de Pablo, tenía que avisarle que alguien había entrado a la casa. Cuando se asomó por la puerta entreabierta, distinguió gracias a la luz de la calle la cama impecablemente hecha, como si nadie se hubiera acostado allí esa noche. Lionel sintió un escalofrío y todo su cuerpo se estremeció. Estaba seguro que había escuchado los característicos ronquidos de Pablo hacía tan solo unos instantes, no era posible que haya sido producto de su imaginación. Soltó un pequeño sollozo que reprimió con todas sus fuerzas. La idea de los ladrones le había parecido más llevadera.

 

De repente escuchó pasos en la escalera. Algo dentro suyo se armó de valor y salió al pasillo dispuesto a atacar a quien sea que fuera el intruso. No podía ver nada en la oscuridad pero agarró con fuerza el martillo dispuesto a dar el golpe. 

 

De repente, un alarido y la luz del pasillo se prendió.

 

- ¿Qué te pasa chiflado? - Le preguntó Pablo alejándose unos pasos, con los ojos muy abiertos fijándose en el martillo que llevaba Lionel en su mano. 

 

El aludido no respondió, no podía hacerlo tras la agitación y el repiqueteo de sus latidos del corazón. 

 

- Pensé… Pensé que había entrado alguien…

 

- Sí Lionel, yo entré. 

 

- No, antes… Los ronquidos… - Scaloni trató de recobrar la compostura apoyándose contra la pared. Pablo lo miró confundido. - Te juro que te escuché roncar desde tu pieza. Eras vos.

 

Aimar frunció el ceño. Creía que estaba loco. 

 

- No Leo, acabo de llegar. Seguro lo soñaste y pensas que pasó de verdad, a veces pasa. 

 

- No Pablo, estaba bien despierto. - Lionel trató de calmar su tono de voz, no quería empezar otra discusión a la madrugada. - Eran tus ronquidos, hace diez años que te escucho dormir, no me voy a confundir. 

 

El más bajo suspiró. Estaba cansado y había comido mucho, no quería discutir. Sin decir más, entró a su habitación del exilio y se quedó mirando algo que Lionel no llegó a distinguir. Se dio media vuelta y lo enfrentó. 

 

- ¿Vos dormiste acá?

 

- ¿Qué?

 

- Que si vos dormiste acá, yo dejé la cama hecha a la mañana. 

 

Lionel abrió los ojos como platos y entró a mirar. En efecto, la cama que él había observado perfectamente hecha, estaba revuelta, como si alguien se acabara de levantar de ella. 

 

- Ah no, yo en esta casa no duermo más. - Miró para todos lados, aún con el martillo en la mano. - No dormí acá Pablo. Me levanté para ir al baño y me… Me fijé si habías llegado. - admitió con cierta vergüenza. - Estaba la cama hecha, me volví a dormir y a la media hora cuando me desperté escuché los ronquidos, entonces supuse que habías llegado. 

 

Pablo lo miró extrañado. No sabía si creerle o no, pero Lionel no era una persona fantasiosa.

 

- Bueno no sé. Yo quiero dormir. - Entró aún más en la habitación y se detuvo, miró hacia la ventana que estaba cerrada. - ¿Por qué hace tanto frío acá?

 

- Yo qué sé Pablo, ¿ahora me echas la culpa de eso también? - Ya algo malhumorado, Lionel se dio cuenta de que era hora de retirarse. Esa había sido la conversación más larga que habían tenido en semanas.

 

Volvió a su dormitorio, dejó el martillo en el suelo y se metió entre las sábanas. Había dejado nuevamente la puerta entreabierta y podía escuchar a Pablo moverse en la otra habitación. Ni siquiera un susto les podía dar una tregua. Suspiró resignado, se acordó de esa canción de Abel Pintos que hablaba de que mucho amor puede terminar haciendo mal y se maldijo a sí mismo. Cómo le gustaba angustiarse. Necesitaba probar que podía estar sin él, mostrarse tan orgulloso como lo estaba Pablo que no daba el brazo a torcer. Sin embargo, no quería estar solo y no quería dormir así. Prendió el velador y agarró nuevamente el martillo, con sus cinco sentidos en alerta. 

 

- ¿Podés relajarte? No hay nada. - Escuchó decir a Pablo desde la otra habitación, con el tono de impaciencia que lo caracterizaba últimamente.

 

- Dejame Pablo. - Exclamó el santafesino haciendo puchero. Pensaba dormir sentado con la luz prendida como cuando era niño. 

 

Escuchó movimiento nuevamente. Lionel podía casi adivinar que Pablo estaba dando vueltas en la cama pequeña. Tras unos minutos, vio que su puerta se abría. Apareció Aimar con cara seria y su almohada bajo el brazo. Mirando fijamente a su novio, acomodó su pertenencia en el extremo de la cama de dos plazas que hasta hace un mes ocupaba y se metió bajo la frazada. 

 

- Me estoy congelando allá. - Se excusó el más bajo. 

 

Lionel no supo qué decir. Lo inundaba la emoción y la sorpresa pero no quería ilusionarse. Se sobresaltó al escuchar un bocinazo en la calle y se dio cuenta que estaba temblando.

 

- Vení. - Pablo lo hizo soltar el martillo, lo acomodó a un costado y apagó la luz. 

 

Aprovechó para arrastrar a Lionel hacia su cuerpo, tumbados de costado, lo acomodó en su pecho, acunándolo como si fuera pequeño. Lo rodeó con los brazos y se quedaron en silencio. Sólo podían oír sus respiraciones, pero Lionel estaba seguro de que el corazón se le iba a salir del pecho. Lo había extrañado tanto. Su olor, su tacto, tenía miedo de que todo desapareciera de un segundo para otro. Pasó su brazo por la cintura del cordobés y enredó sus piernas en el otro par. 

 

Cerró los ojos, reteniendo esa sensación lo más posible. No sabía qué suceso paranormal lo había despertado y tampoco sabía qué pasaría mañana, pero quería disfrutar del calor del cuerpo de su amado. Aunque sea una última vez.