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Como todas las veces desde hacía diez años, Lionel encontraba la paz en los brazos de Pablo. Y así fue esa vez, a pesar de que era ese mismo vínculo el que le estaba causando tanta angustia. No quería seguir pensando y dándole vueltas al asunto así que cerró los ojos y se relajó. Estaba abrazado a Pablo bajo las sábanas después de un mes de distanciamiento, y eso era suficiente.
Sintió la mano del cordobés acariciar su pelo, rascando suavemente su cuero cabelludo. Casi se le escapa un gemido de placer ante la sensación. Lo maldijo mentalmente por conocer a la perfección sus puntos débiles. Percibió que la mano se deslizaba por su mandíbula, hasta que el pulgar rozó el labio inferior de Lionel. Pablo miraba fijamente su boca entreabierta deseando meter su dedo para que jugara con el. Como había sucedido tantas veces antes.
“Hacelo” pensó Lionel. “Besame, dame una señal de que te importa que me estás perdiendo”.
Buscó esos ojitos color caramelo que lo habían enamorado y le rogó en silencio.
Pero Pablo cerró los ojos y bajó la mano.
Lionel aferró su muñeca interrumpiendo el movimiento, haciendo que el otro se fije en él.
- Por favor, amor. - Le susurró en la oscuridad. Podía sentir la angustia brotar de su interior en forma de lágrimas incipientes. - No me hagas esto.
Quiso seguir hablando pero los labios de su novio se lo impidieron. Aprisionó su boca con desesperación en un juego de lenguas y dientes. Pronto se olvidaron de los ronquidos y de la cama deshecha de la otra habitación. Lo único que querían era saborearse y no soltarse más. Los pequeños sonidos de placer se escapaban irrefrenables.
Debajo de la frazada de plumas la temperatura aumentaba. Los cuerpos eran recorridos por manos impacientes, como si fuera la primera vez que tomaban agua después de un largo tiempo en el desierto. Scaloni se dedicó a saborear el cuello de su amado, prestando especial atención a los puntos exactos que lo hacían suspirar. Deslizó sus manos por la remera vieja de Metallica que usaba Pablo para dormir y se la sacó. Recorrió embelesado su abdomen mientras él también era desvestido. No podían pasar más de unos segundos sin besarse, sus bocas competían por la dominación.
De un momento a otro, Lionel sintió el roce de su cuerpo desnudo contra las sábanas. Su ropa interior fue deslizada por sus grandes muslos con suavidad. Sus pezones estaban sensibles y su virilidad ya demostraba su prominencia. Pablo se colocó encima suyo sin dejar de besar cada rincón de su torso. Sacando provecho de su posición, lo arrinconó sin dejarle mucha libertad de movimiento mientras su lengua se movía sobre su piel, lo que provocó que Lionel se retorciera de placer.
Los suspiros eran cada vez más altos. Siempre habían sido bastante cuidadosos a la hora del sexo, no querían ser el chisme del barrio pero esta vez nada les importaba. Le daban rienda suelta a su pasión debajo de la frazada que los sofocaba cada vez más. Lentamente, Aimar fue bajando hasta encontrarse cara a cara con el miembro de su amado. Lo sujetó con su mano derecha y lamió su extensión con delicadeza. Antes de que Lionel pudiera decir algo, su novio ya tenía la boca ocupada.
Al santafesino le encantaba esa parte de sus encuentros sexuales, no sabía si era su parte favorita pero siempre había disfrutado cuando el de rulos se deleitaba con su pene. Echó la cabeza hacia atrás, largando clamores de excitación.
- Uy sí… - Suspiró, incorporándose un poco para mirar a quien estaba debajo de las sábanas.
Pablo tenía los ojos bien abiertos, el más alto apoyó su mano entre los rulos castaños y lo obligó a incorporarse nuevamente sobre su cuerpo. Aprovechó para amasar su culo, aún con su bóxer puesto. Los músculos tonificados de Pablo en esa zona eran la perdición de Scaloni y más cuando tenía su prenda favorita, negra y ajustada por demás. Cuando sus lenguas se volvieron a tocar, bajó el bóxer hasta la mitad y le pegó una palmada. Pablo sonrió de lado.
- Ya sabés lo que tenés que hacer. - Le susurró al oído. Esa era la señal para que Lionel repitiera su palmada unas veces más.
Tan pronto como ambos estuvieron desnudos, comenzó el vaivén de las zonas íntimas. Al más leve contacto se provocaban pequeñas oleadas de placer y no podían aguantar otro minuto más. Sin dejar de mover sus caderas contra las de su novio, Pablo se enderezó y se estiró hacia la mesa de luz. Manoteó el cajón y sacó el lubricante. Lionel aprovechó para masturbarlo. Quería verlo pedir por más. Como una especie de revancha personal.
Mientras Pablo se preparaba a sí mismo con destreza, Lionel acariciaba sus muslos. Lo tenía sentado encima, con sus zonas erógenas en contacto permanente. Aimar gemía de placer sobre sus dedos que se abrían paso dentro suyo más rápido, cada vez más deseoso de ser penetrado por algo más grande y más potente. Retiró sus falanges y lo miró con lujuria al morocho. Lentamente se sentó sobre su miembro, acostumbrándose al tamaño y a las sensaciones. Lionel lo observó morderse el labio y tirar la cabeza hacia atrás. Cada rincón de la piel se conectaba con la ajena haciéndolos delirar. Lo sujetó de las caderas y empezó el vaivén tan conocido que los volvía locos hacía diez años. Había pasado bastante tiempo desde sus primeras veces pero el sexo entre ellos se había vuelto más exquisito, como el vino.
El ruido de las pieles chocando retumbaba en el dormitorio, único testigo de la tregua apasionada.
- Me encanta… - Gimió Pablo, apoyando sus manos en los pectorales del mayor para posicionarse mejor, haciendo que su culo rebote aún más.
Scaloni aprovechó la cercanía para acariciar su rostro. Su hombre era hermoso, tenía un rostro tallado por los ángeles y verlo gemir de placer lo hacía aún más bello. Le devolvió el gesto de hacía unos instantes, rozó sus labios con sus dedos un instante antes de entrometerlos en su boca. Dejándose llevar por la lujuria, Pablo los chupó y los mordisqueó como si fueran su golosina preferida.
- Cómo te necesitaba, mi amor. - Susurró medio ido el cordobés, perdido en sus movimientos.
Esa frase despertó algo en Lionel, su taurino interior lo poseyó y con rapidez dió vuelta las posiciones. Ahora era él quien tenía la dominación. Volvió a penetrar a Pablo, que ahora lo miraba con la cabeza apoyada en la almohada, pero con firmeza. Mantuvo sus manos a cada costado y se movió con toda la destreza que le fue posible. Pablo alzó sus piernas y rodeó su cintura para tenerlo aún más cerca.
Sin que pudiera evitarlo, se le vinieron a la mente todos esos momentos de las últimas semanas donde ansiaba volver a vivir eso. Las primeras peleas importantes que le habían causado incontables lágrimas, las veces que había mojado con ellas su almohada por pensar que la relación se había terminado. La frialdad, la distancia y el no saber comunicarse habían provocado un pequeño abismo que pensaba que no iba a poder cruzar. Hasta había pensado que quizás Pablo había encontrado a alguien más en el hospital, alguien que entendía su difícil rutina y que tirarían diez años de relación por un polvo o por otro amor. Revivió las miradas de bronca que le tiró su amado más de una vez antes de irse a dormir solo y eso lo envalentonó más que la mejor gasolina del mundo.
- ¿Extrañabas esto? - Preguntó mientras apuraba sus movimientos.
Pablo revoleó los ojos, sabía a qué estaba jugando y le iba a seguir los pasos.
- La única que necesito es la tuya.
- ¿Ah sí? - Le mordió el labio inferior, tironeando de él. - No se notaba…
- Callate y cojeme Lionel.
Scaloni utilizó lo último que le quedaba de fuerzas para volverlo loco. Su longitud estaba toda metida dentro de Pablo y sus testículos golpeaban la piel salvajemente. Al estar distraído en su venganza, a Aimar le fue fácil mojar sus dedos con el lubricante y escabullirlos hacia el culo del otro. Llegó a su agujero tanteando ese terreno que no muchas veces tenía oportunidad de explorar. Ante la mirada atenta del santafesino que se preguntaba en silencio qué hacía, fue adentrando su dedo índice humedecido observando atentamente cómo Lionel se retorcía de placer.
Scaloni se sintió inundado por una oleada de excitación que hacía tiempo no sentía. Estaba penetrando y siendo penetrado al mismo tiempo por la misma persona. Era como estar en el cielo. Pablo lo miraba con adoración, rodeado por los brazos fuertes y llenos de venas marcadas de su amado. Pensar que provocaban todo eso en el otro era demasiado éxtasis.
La cama golpeaba duramente contra la pared. Eran tantas sensaciones vividas y largadas en tan poco tiempo que ni ellos podían aguantar un segundo más. Antes de poder avisar, Pablo llegó a su punto cúlmine, salpicando su torso y parte de las sábanas con su propio fluido. Sin embargo, siguió siendo estimulado, pues Scaloni no había salido de sus adentros y seguía siendo deleitado por los dedos del cordobés. Cuando no lo pudo frenar más, acabó como nunca antes en sus 30 años de vida, llenando todo el interior de Pablo. La habitación se hacía eco de sus gemidos ardientes. Cuando sintió el vacío, cayó derrotado sobre su amado. Ambos respiraban como podían, Lionel cerró los ojos para disfrutar de los últimos espasmos. Todo había pasado muy rápido.
Tras unos minutos, se incorporó para buscar los pañuelitos descartables que en noches anteriores había usado para limpiar sus lágrimas. Primero se encargó de acariciar los muslos de Pablo con el papel, lo hacía suave y con todo el amor del mundo. Cuando terminó, buscó su mirada y lo descubrió con lágrimas en los ojos. Al sentirse observado, largó un sollozo.
- Por favor no me dejes. - Le rogó.
Lionel se estremeció. Pablo no era de hablar así.
- Perdón por lo que te hice estas semanas. Fui un egoísta, perdón. - Siguió susurrando, sus lágrimas caían imperturbables sobre sus mejillas. - No me dejes, mi amor.
- Pablo…
- Estuve muy estresado y me la agarré con vos porque soy un estúpido. Voy a trabajar menos, vamos a pasar más tiempo juntos como antes, te lo prometo. Pero por favor no me dejes. - Se cubrió los ojos con la palma de su mano.
Scaloni estaba congelado en su lugar, sintió sus propios ojos llenarse de lágrimas ante las palabras de su novio. El desahogo después del desahogo. Pensó algo para responderle pero lo único que le salían eran más lágrimas. Negó con la cabeza y miró para otro lado.
- Todo este tiempo pensé que me ibas a dejar vos, pensé que te habías cansado de mí. - Volvió la mirada hacia el castaño y lo tomó de la mano. - Los dos hicimos las cosas mal, yo también fui un egoísta.
Aimar se aferró a sus manos y besó sus nudillos con delicadeza. Había dejado de llorar pero aún tenía lágrimas rodando por sus mejillas.
- No dejemos que esto pase de nuevo, no quiero perder lo que tenemos.
- Llegué a pensar que te estabas viendo con otro. - Confesó en voz baja Lionel, avergonzado.
- Hey no. - Pablo lo obligó a sostener su mirada. - No me interesa nadie más. No quiero interesarme por nadie más que no seas vos. Sos el único al que amo. Me comporté como un boludo y por eso casi te pierdo. No te quiero perder.
- Te amo para siempre Pablo. No me vas a perder porque no pienso dejarte ir.
Esta vez, el beso que los unió no fue salvaje sino apasionado. Al intentar separarse, volvían al encuentro. Se miraron a los ojos, registraron cada detalle del rostro del otro para luego repasarlos con el tacto suave de sus dedos. Lionel intentó acomodar los rulos rebeldes de su novio sin éxito y rieron en voz baja. Aún tenían los ojos llorosos.
- Cuando te contestaba mal, me arrepentía enseguida pero vos me esquivabas. Sabes las veces que estuve a punto de venir acá a dormir con vos… Pero tenía miedo de que mandes a la mierda.
Lionel le sonrió y depositó un beso en su frente.
- Eso no va a pasar, amor… - Lo pensó unos instantes. - A no ser que te quieras empomar a algún residente más jóven, ahí me vas a conocer.
- Bobo. - Se rió Aimar, se acercó para darle un beso tierno. Sentía su piel erizarse nuevamente pero por la temperatura del ambiente. - ¿Me abrazás?
Tras acomodarse nuevamente entre las sábanas, volvieron a la posición original. Abrazados y enredados, las caricias y los mimos después del sexo eran el mejor método de relajación. Con la cabeza apoyada en el pecho del cordobés, sentía que se entregaba al sueño bajo las caricias en su pelo. Sin embargo, una pregunta curiosa rondaba en la cabeza de Lionel. Buscó su mirada, Aimar sonreía mirando el techo sin interrumpir sus atenciones.
- Eso que me hiciste… ¿Podemos probarlo de nuevo otro día?
Quería más sensaciones, quería probar más de su novio en todos los sentidos.
