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- ¡Román, Román!- El hombre grita como un loco, sacudiendo sus manos con exageración. - ¿Qué tenés, pibe? ¡¿Te pusiste manteca en los botines?!
El joven no lo mira, aún corriendo por toda la cancha sin parar un segundo. Él no quedaría como un débil frente a ese horrible señor, claro que no. Si para algo Román era bueno, era para jugar al fútbol. Aunque el viejo verdugo que odia por dentro, dijese lo contrario.
- ¿Ves que te digo, Pablito? Este no me sirve en el equipo, es malísimo.
Don Tito señala un Román matado, que sigue corriendo, pero esta vez sin remera por el insoportable calor. Pablo rueda sus ojos, sin querer empezar una discusión boba con su padre.
- Viejo, ¿A vos te parece normal hacerlo correr tanto tiempo? Desde las diez de la mañana está detrás de esa pelota-
-¿Y?- Su padre lo corta, interrumpiendo
- Que ya son las doce del mediodia, papá.
- ¡Yo débiles en mi equipo no quiero!
Pablito vuelve a rodar sus ojos, un poco harto por la terquedad de su padre.
El joven se pone de pie, listo para llevarle un poco de agua a su novio que parecía haber perdido su piel morocha por una completamente roja. Pablito ríe un poco, ignorando los gritos de su padre diciendo que entrenarlo sin agua era mejor, que así demostraba más su nivel.
¡pero por dios!
¡Ni que aquél club de barrio que Don Tito tenía fuese la gran cosa! es más, Pablo realmente no entiende por qué Román se dejaba basurear de esa forma, si todos muy bien sabían que haga lo que haga, el cruel Tito Aimar no lo dejaría ser parte de su equipo.
- ¡Román!- El menor le grita, haciendo que el pobre chico pare de correr- Pará de correr, ya está. Vamos adentro, tomá.
Pablo le pasa una botella con agua y Román la agarra con desconfianza, mirando de reojo a su suegro que lo miraba de brazos cruzados y esa expresión de molestia en el rostro- ¿Don Tito me deja parar?
- ¡Román! mi viejo está loco, ¡dejá de hacerle caso!- El rizado lo regaña, quitándole brusco la botella de agua, para tirarle un poco en la cabeza. No le sorprendería que este terminase ensolado- ¿Me venís a ver a mí o a mi viejo?
- A vos, amor.
- ¡No parece! todo el día con el cargoso de mi papá y para rematar, ¡Te paseas sin remera! ¿Te pensas que soy boludo? - Pablo se hace el ofendido, dándole un par de golpes a Román con la camiseta que este había tirado antes.
-¡Ah! Gordo, no hagas eso.¡Estoy todo quemado!
- Por boludo te pasa.
La pareja comienza a reír, ya sin sentir molesto el fuerte sol de aquel pueblito de Córdoba.
Román quiere acercarse un poco más a su novio, acariciandole las caderas y pidiendo por un beso que Pablito le niega por la presencia de su padre, sin embargo, un pelotazo los obliga a ambos a separarse.
- Ya está la comida.
Don Tito mira enojado a Román, y este se separa del hijo del señor, poniéndose firme, como en posicion militar.
Pablo no lo podia creer, y despues ese grandullón se la daba de picante...
- Y vos. - El anciano lo señala, amenazante. - Bañate antes de comer, parecés un imbecil así.
Román no dice nada, solo espera a que el tipo se aleje un poco para aprovechar y lanzarse sobre Pablo, que esta vez se deja besuquear.
[...]
- Romi... - El más bajo intenta separarlo, pero la fuerza de su novio era mayor. - Román, acá no.
- Shh...
Román no quiere oírlo, todavía con sus manos tocando las caderas anchas de Pablito, besando su cuello cómo tanto le gustaba hacerlo.
Están en el baño de esa casa, tocándose con desespero, no les importa que los padres del menor se encontrasen en el comedor esperándolos para almorzar. (Bueno, por lo menos a Román no le importaba)
- Un ratito, amor. - El mayor ruega apenas, casi suplicando que siguieran en lo suyo. - Haceme un pete rápidito, ¿Mmh?
Pablo se ríe, negando. - Se supone que solo vine a traerte ropa.
Román quiere protestar, pero un golpe fuerte en la puerta, como una patada, retumba en toda la habitacion de baño. Una, otra y otra. Las patadas siguen, y Román no encuentra por dónde escapar, no había una ventana, una puerta, nada.
Era hombre muerto.
El rizado solo suelta un bufido, abriendo sin una pizca de miedo la puerta, irritado.
- ¿Pasa algo, papá?
Pablo se cruza de brazos, esperando una respuesta por parte de su padre, que sólo tiene su atención sobre el muchacho en ropa interior que se cubre la entrepierna con sus manos y no lo mira, cabizbajo.
- Estaban tardando mucho, quería decirles que la comida ya está lista.
En el fondo, a veces Don Tito sabía que era un poco insoportable con su único hijo, pero no podía controlarlo, necesitaba cuidar a su "bebé" todo el tiempo.
- La próxima tocá la puerta más despacio, ¿Sí? - Pablito le sonríe sarcástico, dándole una palmadita en la mejilla a su padre quien también le sonríe.
El menor amaga con irse y Román no sabe dónde meterse, todavía semi desnudo, ya sin tener una erección. Pero Pablo se da vuelta, mirando con diversión al par que tanto se odiaba, eran como un perro y un gato.
- Pa, mirá si le estaba tirando la goma y justo nos veías, ¡Por eso te digo que toques la próxima!
Don Tito mira a su hijo partir, boquiabierto. Pablito siempre había sido así, no le tenía miedo a su padre y lo trataba como a un amigo más, siempre haciendo la suya. ¡Pero decirle aquello!
Descolocado, el viejo Tito dirige su mirada a Román, que rápidamente comienza a vestirse, listo para correr lo más rapido que sus pies le permitiecen correr.
- ¡Pendejo de mierda!
- ¿Yo?
El morocho se hace el desentendido, señalándose a si mismo.
- ¿Y quién sino?
- Y bueno, pensé que-
- ¡Sh, no te quiero escuchar! - Parecía que tendría un paro cardíaco y Román definitivamente no lo ayudaría, o quizás sí... Por Pablito, por la aceptación, quién sabe. - Te voy a decir una cosa nomás. ¡A mí hijo no le tocas ni un pelo!
Román quería soltar una carcajada. Si Don Tito supiera... ¡Moría de un infarto!
[...]
- ¿Y Román? - La mujer pregunta, notando que este faltaba en la mesa.
- Cambiándose, pero ya tendría que estar aquí. - Pablo contesta, un poco confundido.
Bueno, no le sorprendería que su novio se esté escondiendo de su padre. ¡Cobarde!
- Le dije que limpie el baño, por eso debe estar tardando.
Don Tito suelta como si nada, siguiendo con su almuerzo mientras lee en el diario alguna que otra noticia sobre fútbol.
Pablo rueda sus ojos por décima vez en el día, ya cansado de lo insoportable que podía llegar a ser su progenitor. - Lo voy a buscar.
Está por pararse, pero Román justo pasa por la puerta del comedor, vestido con una camiseta, azul y oro... De boca. Boca Juniors.
El chico toma asiento junto a Pablo, agradeciendo a su suegra por servirle un plato de comida. - Gracias, doñita.
- De nada cielo, espero te guste.
Román quiere seguir la charla, pero un pellizco en su muslo le hace voltear hacia Pablo, que le agranda los ojos y le rechina los dientes, parecía un demente.
- ¿Eh?
Quiere preguntar qué pasaba, pero se dió cuenta apenas vió de reojo al viejo sentado en la punta de la mesa. - ¿No te dijeron que en mí casa no se permiten esos colores?
El pibe casi se atraganta con los fideos, sin saber que responder. - emm...
- Sacatela.
- ¡Ay, Roberto! ¡Tanto escombro por una camiseta!
Su mujer lo regaña y el hombre guarda silencio, volviendo con su lectura.
- Pendejo de mierda...
Tito murmura, observando por encima del periódico al pibito que parece murmurar algo también, algo como "viejo choto", por lo bajo.
[...]
Ahora se encuentran en la alberca, disfrutando que era la hora de la siesta y nadie podía molestarlo. Y a nadie, se referían a Tito.
Juegan, se salpican y hacen carreritas, como dos nenes. Pablo quiere seguir nadando, pero un Román lo lleva hacía un costado de la pileta, robándole un besito tierno que hace suspirar al rizado.
- ¿Cuando vas a venir a casa? - Román le pregunta, dándole otro beso en los labios. - Mis viejos laburan todo el día.
- Cuando termine de aprobar todas las materias que debo. - Pablito hace un puchero, enredando sus piernas en la cintura del mayor.
Román aprovecha y le muerde apenas el labio inferior a su novio, que se deja hacer y empuja con sus piernas el cuerpo del mayor más hacia él, creando una fricción entre los dos.
Pablo deja soltar un gemido bajo, sintiendo el miembro erecto de Román rozar el suyo, aumentando sus ganas de llevarlo hasta su pieza y cumplir el pedido que Román anteriormente le había hecho en el baño.
El menor dirige sus besos hacía la mandíbula de Román, dejando lamidas de gatito. - ¿Vamos a mí pieza?
Quiere asentir, pero la presencia a lo lejos de su peor pesadilla lo hace separarse.
- ¿Qué pasa ahora? - Pablo se queja, intentado atraer nuevamente al contrario tomándolo del elástico de su short.
- ¿Y quién va a ser? - Pregunta obvio, señalando con su mentón en direccion al viejo que los mira con el ceño fruncido, mientras toma unos mates.
Pablo mira a su papá y le saca el dedo del medio, pero ni eso basta para que su padre se marche y los deje tranquilos.
- Te juro, amor, que cuando tu viejo me deje de hinchar las bolas, te voy a romper el orto con todas las ganas que tengo. Te lo juro por boquita.
Román suelta y Pablo lo hunde hacia abajo, comenzando un beso medio dificl bajo el agua.
[...]
La noche llega y están todos en el living, frente a la televisión que reproduce la película de King Kong más vieja existente. La parejita quiere largarse a la mierda, pero muy bien sabían que tenían un gran obstáculo que no se los permitía.
- ¿Alguien quiere? - El hombre mayor les ofrece a cada uno un bowl con pasas de uva, que todos rechazan.
Sin embargo, el viejo insiste en que Román tome una.
- No, gracias.
- Comé, comé. - Insiste, pero Pablito le aleja el brazo, para que ya no molestara.
- A Romi no le gustan, papá.
- ¡Já! Y claro, no soporta el sol y encima, ¡No come pasas de uva! - Tito comienza a quejarse, enumerando cada uno de los errores que según él, Román poseía. - ¡Lo que pasa, es que esta generación de pendejos no saben lo que es pasar hambre!
Pablo bufa, tomando de la mano a Román para que se levantara del sofá y lo siguiera. Ya era suficiente, sentía verdaderamente lástima por su pobre noviecito. ¡Si Román era tan bueno! El mejor novio que pudo tener. Y no pensaba dejarlo, así que su padre tendría que acostumbrarse a su presencia, a las remeras de Boca y el no comer pasas de uva.
- Hasta mañana.
Pablito se despide de sus padres con un beso en la mejilla, sin soltar la mano de su pareja que también saluda a su querida suegra y a Roberto.
Viejo de mierda.
- ¡Habitaciones separadas!
Tito les grita a lo lejos y los adolescentes no tienen de otra más que obedecer, besándose en la puerta de la habitación de invitados, donde dormiría Román.
Román lo acorrala, sin poder despegar sus manos de las nalgas del menor, que mete sus manos en la camiseta de su novio para acariciar los abdominales de este a gusto.
Sus respiraciones comienzan a agitarse, siendo ruidosos en pleno pasillo silencioso.
- Cuando mi viejo se duerma, venís. - Pablo deja un beso en el cuello de Román, sin querer separarse aún. - Cuando termine el programa de tycsport, ponele que a las doce, ¿Si?
Román asiente, picoteando los labios ya rojos del menor. - ¿Me esperas despierto?
- Sip. No hagas ruido, ¿Okey?
[...]
Su erección pincha en sus pantalones, no puede soportar un segundo más en ese estado. Mira cada dos por tres el reloj que se encuentra en la mesita de luz, ansioso por ver marcadas las 00:00.
Cuando la hora se cumpla por fin, no pierde tiempo en colocarse de pie y salir con delicadeza de aquella habitación. Cerrando la puerta casi con cariño, no queriendo hacer el más mínimo ruido.
De puntitas de pie camina hasta el final del pasillo, espiando y asegurándose que su suegro se encontrara completamente dormido. Y gracias a dios, el tipo dormía en su sillón mientras de fondo se escuchaban los periodistas deportivos gritando y peleando por alguna opinión futbolística que verdaderamente a Román no le interesaba. Lo único que tenía en mente, era llegar hasta su destino.
No toca, entra sin avisar, con pies descalzos para no correr el riesgo de ser escuchado.
Lo recibe un Pablito sentado en su cama, sólo con un shortcito de River que le queda chico, cubriendo apenas sus regordetes muslos.
Se dedican una sonrisita cómplice, sabiendo lo que seguía.
Pablo se recuesta en su cama, como dándole paso a Román para que se acercara e hiciese con él lo que le plazca. El mayor se acerca hasta él, cubriendo el cuerpo de Pablito con el suyo, comenzando a besarlo con lengua y todo incluido, deleitándose con el sabor que la boquita de su novio tiene y la danza placentera que le regala meneando sus caderas, buscando sentir la verga de su novio que ya se encuentra dura, nuevamente.
Román muerde con deseo los labios del contrario, como si una fruta divina fuera; Su fruta prohibida.
- Que hermoso te queda este short. - Suelta un halago, dejando un golpe seco en una de las nalgas de Pablo, que se prende más y abre sus piernas sin pensarlo dos veces. - Lástima el escudo.
- Cogeme con el shortcito puesto.
No le pide, le ordena. Y Román ya está acostumbrado a que lo tengan de la oreja, pero tampoco niega que la idea se la pone más dura y la verdad es que a ese punto, ya no le interesa cogerse a Pablo con o sin ropa, ni tampoco en qué lugar, solo le importa eso, cogerselo.
Román lo acomoda mejor en la cama, que es muy bonita pero también muy ruidosa, con resortes que parecen hacerles la contra. Pero en momentos de calentura, ya más nada importa.
Podía manejar el cuerpo de Pablo a gusto, sin pesarle absolutamente nada, le encantaba doblarlo en todas las poses que pasaran por su cabecita y garcharselo así, profundo y bruto. Pablito no se quejaría, dejándose movilizar a gusto de su novio.
Los besos en el cuello del menor comienzan a ser más sucios, dejando marcas que más tarde serían dificl de ocultar. Román juega con uno de los pezones de Pablito, haciéndolo arquearse, mientras que su otra mano no deja ni un segundo de masajear, apretujar y amasar el culo del más chico, adicto a cómo este se siente en la palma de su mano.
- ¿Ves cómo me tenés? - Su voz ahora es ronca, y no había otra cosa que a Pablo le guste más que escuchar a su novio tan perdido. - Mirá cómo me la ponés.
El mayor toma la manito de su novio, que acariciaba el abdomen de Román, y la dirige hasta la verga dura y viscosa por el preseminal. Hace que lo toque y sienta el estado en que lo ponía, en cómo el causante de estar tan erecto sea él, Pablo.
Comienza a subir y bajar su mano, pajeando a un Román que parece desesperado por concluir el acto y poder sentir finalmente las paredes anales de su hermoso, hermoso, novio. Pero lo aleja y lo toma brusco de las caderas, moviéndolo hasta tenerlo encima de él, justo dejando el culo de Pablo sobre su erección.
El rizado se sostiene en el pecho del mayor, arqueandose en la posición perfecta para sentir la punta del miembro de Román rozar su entrada aún cubierta por la prenda. Pablo baja su rostro para comenzar a besar a su novio, pasando su lengua por encima de los labios de Román, comenzando a trazar círculos sobre la verga del mayor, fingiendo montarlo.
Román decide por sacarse sus propios shorts, tirandolos lejos para no extrañarlos. Pablo mira la erección de su novio con hambre, queriendo bajar y chupársela hasta hacerlo acabar dentro de su garganta, como tanto les gustaba hacer cada que tenían tiempo. Pero Román lo para, corriendo un poco la única prenda que separa sus cuerpos, soltando una sonrisa socarrona cuando nota que Pablo no llevaba ropa interior.
- Tenías todo planeado, ¿No? - Pablo se hace el tonto, cerrando sus ojos cuando siente los dedos de Román haciendo presión en su agujero. - Putita de mierda.
Pablo gime, tirando su culo hacia atrás para darle más espacio al mayor y este pudiese abrirlo más cómodo. Román deja un golpe en una de sus nalgas, introduciendo dos dedos empapados con su propia saliva dentro de la estrechez de Pablo, que abre su boquita en forma de O pero no suelta sonido alguno, recordando que no estaban solos en su casa y que la puerta de su habitación no tenía perilla.
La erección de Pablo roza el estómago de Román, que no piensa tocarla hasta tener su verga dentro del muchachito que acalla sus gemidos mordiendo su labio, con las cabeza hacia atrás, dejando en exposición su cuello.
Román con uno de sus brazos lo da vuelta, quedando ahora encima del menor, que lo mira a los ojos por la sorpresa y excitación. Román acelera las penetraciones con sus dígitos, en busca del punto sensible dentro de Pablito, que voltea sus ojos hacia atrás por tener -ahora- tres dedos dentro suyo cepillando su interior y la mano de su novio cubriendo su cuello, haciendo presión en el lugar.
Pablo siente la asfixia, pero no le importa, la estimulación lo lleva a los cielos, sus piernas se cierran por sí solas por tantos puntos sensibles siendo torturados. Su cuello presionado por la enorme mano de Román, los dedos martillando su punto exacto y la boca del mayor succionando uno de sus pezones.
El rizado sólo puede soltar sollozos ahogados, su pecho subiendo y bajando, en busca de aire y un poco de atención en su pene que no ha sido tocado aún.
- Romi, por favor.
Román se separa, dejando de tocar el cuerpo tembloroso que reside bajo suyo. El morocho lo mira, con un brillo indescriptible en sus ojos y las pupilas que parecían locas, porque Román se encontraba probando la droga más adictiva, una droga que él mismo descubrió, la consiguió y no pensaba compartirla jamás en su vida.
Pablo era suyo y se lo dejaría bien en claro.
El mayor se toca a sí mismo, disfrutando la vista que Pablito le regala. Quiere corromperlo, algo dentro de su ser le exige que lo haga y las ideas locas y retorcidas invaden su mente; tenerlo así, tan entregado entre las sabanas donde todas las noches dormita, en la casa donde los padres del menor viven y se encuentran. Tenerlo tan necesitado, tan deseoso de sentir la hombría de Román en su agujero, que lo profanara y lo hiciera gritar, que los gemidos retumbaran en esas cuatro paredes y despierten al viejo loco que dormía en la sala de estar, que correría y intentaría hacer algo.
Pero sin embargo, ya sería demasiado tarde porque Román ya lo rompió. Se apropió de cada pizca de inocencia y la fantasía lo vuelve tan, pero tan loco que él solo toma la carita de Pablo entre sus manos, dejando su frente contra la del menor.
- Por favor...
Ruega una vez más, arañando apenas los costados de Román, intentado sentir más cerca el cuerpo del contrario.
- ¿Pero, cómo podría yo cogerme al nenito de papá? - Pregunta incrédulo, chocando su respiración hirviendo contra la de Pablo. - ¿Eso querés Pablito?
El menor asiente, chupando su propio labio inferior al sentir como de a poco Román se adentraba a él, lento como una tortura. Pablo chilla, dejando sus uñas marcadas en los hombros fuertes de Román, que no rompe el contacto visual, observando cada detalle, cada mueca que Pablo le regala.
Los dos suspiran con alivio cuando todo el miembro ya está dentro. La felicidad inunda al morocho que suelta un ronquido ante la exquisitez de tener esas paredes tan estrechas apretando su verga, manteniéndola calentita y a gusto.
- Cogeme, por favor.
Román se apoya en sus rodillas, comenzando con penetraciones toscas que mueven el cuerpito de Pablo. El mayor separa más las piernas del rizado, enganchando una de ellas en su cadera, acelerando sus estocadas sin importar el barullo que los resortes hacen, haciendo que se mezclen con los gemidos finitos que Pablo suelta, el ruido de pieles chocando y el sonido obsceno y humedo que el interior del menor y sus lenguas producen.
Era todo una obra de arte. Si Román pudiera, grabaría el momento y lo escucharía más tarde, cuando su cuerpo comenzara a extrañar el de Pablo.
Una de sus manos sube nuevamente hasta el cuello del menor, haciendo sus penetraciones aún más profundas. Las paredes de Pablo parecen no querer soltarlo y la sensación de cogerselo a pelo era de otro planeta, esa calidez que le vuela el bocho y se vuelve cada vez más imposible de querer separarse.
- ¿Oís cómo gemís, amor? - Presiona un poco más fuerte, comenzando a frotar con un par de dedos la erección abandonada del menor, que chilla ante la acción de Román. - Estás mojadito.
- Romi...
- ¿Mmh? - Se hace el tonto, bajando la intensidad de sus penetraciones, sonriendo cuando Pablo pierde el habla, intentado separar sin éxito la mano de Román que sigue asfixiando su cuello. - ¿Me sentís?
Pablo asiente, sin poder controlar los movimientos que su cuerpo hace, casi agonizando por la sobre estimulación. Román sigue jugando con el miembro del menor, hasta que sube esa misma mano hacia la barriga de Pablito.
- ¿Me sentís acá? - Hace presión en la zona, mostrándole a Pablo hasta dónde su verga podía llegar, acelerando sus embestidas para abultar un poco más el lugar. - Mirá cómo puedo llenarte el bombo y tu padre ni se entera.
- ¡Román! - Pablo llora, tocándose a sí mismo la punta de su pene, que hace fricción con la tela de un short completamente empapado en la parte delantera. - Lo quiero dentro... Acabame dentro.
El mayor siente el clímax cerca, las paredes de Pablo aprietan con fuerza, casi haciéndole doler. Sin cuidado lo toma de las muñecas, dejando las manitos del rizado sobre su cabeza, para que no pudiese tocarse. Román lo besa con hambre, buscando su orgasmo con desesperación, ninguno de los dos puede respirar correctamente y la cama parece estar a punto de romperse, Pablo llora sobre su boca y ninguno parece poder controlar sus cuerpos, prisioneros del deseo y la desesperación.
- Sí, sí, sí... Romi, acabame dentro.
Su voz afónica pronuncia como puede y Román toma sus mejillas, obligándolo a que se miren, una punzada en sus vientres bajos les avisa y sus alientos se mezclan entre sí cuando el orgasmo llega, dejándolos abatidos y acalambrados.
El cuerpo pesado de Román cae sobre el más pequeño, mientras sus bolas todavía se descargan en el interior de Pablo, que termina de arruinar la prenda aún puesta.
Román se sostiene en sus brazos, rozando su nariz con la de Pablito, que lo mira con una sonrisa satisfecha y coqueta, ese lunar precioso que adorna su rostro y que tanto enamora al idiota de Román, que besa aquel lugar y le susurra un "te amo".
- Sacate a la mierda esto. - Finge quejarse, arrancando el short del cuerpo del menor, que suelta un quejido por la brusquedad que hace doler sus músculos. - Así, sin nada sos más lindo.
Pablo le da un piquito, moviéndose para quedar un poco encima de su novio, dejando su cabeza descansar sobre el pecho de Román, trazando algunos dibujos bobos en la piel de éste. El mayor hace lo mismo, pero en la espalda de Pablito.
Estar así, en silencio, sintiéndose mutuamente después del orgasmo. Todo era perfecto.
- No sé cómo carajos voy a tapar las marcas.
- Con una bufanda.
- Estamos en verano, Román.
- Y bueno, qué sé yo.
Pablo le muerde un hombro, haciendo reír a su novio.
Pero está bien, Pablo no se hace problema la verdad. Si alguno de los dos salía lastimado, era obvio que ese sería Román. No quiere imaginarse lo insoportable y chinchudo que su padre se pondría, pero eso no le importa, no en ese momento.
Que Román se prepare para recibir un par de golpes, solo eso.
