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Jardín cerrado, fuente secreta

Summary:

“¿Es este mi regalo?”, le preguntó, incrédulo, demasiado azorado como para fingir humor o sentirse irritado. Anakin no se veía particularmente preocupado. Se encogió de hombros, como indiferente. Tomó el sostén de vuelta y lo apretó contra su puño.
“Bueno, podrías decir que es un regalo para mí también, como lo quieras ver”.

Notes:

Edit: Y ahora, con un animatic de @babkeboy JARDIN CERRADO, FUENTE SECRETA - An Obikin animatic

El prompt de este fic es: "Fashion, lingerie".
Y por supuesto, tuve que llevarlo a esa cita del Cantar de los cantares que atormenta mi vida y que no he podido dejar de pensar desde que comencé a escribir obikin. Es que Anakin es tan "esposo bíblico-coded": la devoción absoluta, su conexión con dios, la brutalidad de su regla, la violencia de su amor. Y Obi-Wan es tan "esposa bíblica-coded": tan bueno, tan correcto, siguiendo la ley de dios al pie de la letra, a pesar de los abusos y la humillación. En fin, ya tenía esta idea media cocida y fue que hasta que con este fest que pudo salir. Sé que no es Pada-Wan pero espero que la disfruten de la misma manera.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Eres jardín cerrado,

hermana y novia mía,

eres jardín cerrado,

fuente secreta.

Cantar de los cantares, 4:12

 

Estaba soñando con agua.

Era un sueño que solía tener de niño, cuando pasaba horas y horas en la Sala de las Mil Fuentes, porque ya era un padawan y podía andar por todo el templo sin la supervisión de un adulto. Sin embargo, en lugar de meterse por las ventilas del edificio y pretender que descubría nuevas civilizaciones, como el resto de sus amigos, decidía quedarse a la orilla de un estanque y practicar sus katas o meditar o leer.

Le gustaba estar ahí porque estaba solo. Ahí, su maestro no le preguntaba cosas que sabía que no tenían respuesta y sus amigos no se reían de él por no gustarle el sabor del spochka. Le gustaba estar ahí porque se sentía parte de un todo, de un sistema natural; era un pedazo de madera, una hojita de césped o un haz de luz. Luego, cuando volvía a su cama, sentía que el mundo iba y venía en el vaivén ligero del agua estancada, en el murmullo del agua que cae, en la brisa del agua que existe sólo para ser vista.

En el sueño, el agua de las fuentes se torna roja. El carmesí contrasta con el esmeralda de la vegetación a su alrededor. En el sueño, Obi-Wan no tiene miedo. Se acerca a ella y con el canto de su mano recoge un poco para bebérsela. Está fresca, se da cuenta. Le sacia la sed.

Cuando abrió los ojos, y todavía en el sopor de la somnolencia, se preguntó cómo era posible que la sangre le supiera a agua y cómo era posible que la idea de convertirse en cáliz de un ofrecimiento así no lo matara del miedo.

Lo que vio, en lugar de la sangre, fue el brazo de Anakin, que le atravesaba el pecho. Sintió su respiración cálida en la nuca, acompasada, pesada de sueño. Los dos estaban desnudos y todavía pudo sentir entre las piernas el dolor que lo acompañaba luego de pasar una noche con él.

Se sintió cansado, adolorido. No había dormido las horas necesarias. No se había bañado, no había ido al Archivo a buscar los mapas que necesitaba. No había hecho nada de lo que quería hacer en esa pequeña ventana de tiempo que tenían en tierra, antes de volver al espacio y a la guerra. No has hecho nada bien, Obi-Wan, se dijo, sin piedad.

Pero Anakin decidió quedarse con él en el templo y no quiso desaprovechar la oportunidad, o esa fue la excusa que se puso él mismo. Incluso aunque eso significara que irían a mancillar el único lugar que quedaba libre de su pecado. Porque una cosa era hacerlo dentro de las entrañas de un destructor, de camino a un sistema de lunas inertes, para matar o morir, que hacerlo ahí, en la misma cama en la que solía dormirse con él cuando Anakin era un niño y tenía miedo de que se muriera de repente y lo dejara solo.

Era muy temprano todavía y el reloj que colgaba en la pared le anunció que todavía tenía una hora antes de volver a esa vida en la que era un general de guerra y no un hombre arrepentido de despertar.

Se levantó con cuidado, para no molestar a Anakin y se metió al baño, donde abrió la regadera con el agua lo más caliente que pudo soportar y se talló a conciencia todos los recovecos de piel que pudo alcanzar, mientras pensaba en pársecs y en parábolas y en la temperatura que debe alcanzar la plasma para fundir el acero.

Cuando salió del baño, sintiéndose muy blando, tiritando de sentir el frío de la habitación, se percató de que Anakin ya estaba despierto y cambiado, y que lo estaba mirando con intensidad desde la orilla de la cama. Él solamente tenía puesta la toalla alrededor de la cadera.

“No te vistas”, le pidió, en voz baja.

“No empieces, Anakin. En media hora tenemos que estar listos para irnos”.

“No me tomará media hora”.

Obi-Wan se detuvo para mirarlo, con las manos todavía metidas dentro del cajón de su ropa.

“¿De qué estás hablando?”.

“Te traje un regalo”, fue lo único que dijo, sonriendo con fingida inocencia. O el tipo de sonrisa que hacía cuándo él creía que estaba haciendo algo bueno, a pesar de no serlo. “No te vistas”.

Se quedó muy quieto mientras veía que de entre los pliegues de sus tabardos asomó una pequeña bolsa de papel, al tiempo que se levantaba y se acercaba a él. Con un ligero “ven” pronunciado entre besos, Obi-Wan se dejó arrastrar por él, que lo había tomado de la cintura. Se dejó besar un rato así: desnudo y mojado, bajo la ropa pesada y oscura de Anakin, como en una alegoría perturbadora de lo que eran todo el tiempo. Él, sólo un hombre, presa de un amor que lo hacía cometer los pecados más impronunciables y Anakin, el pecado, el amor, la oscuridad y la luz, al mismo tiempo. Obi-Wan como una copa y Anakin como el vino que la llena. Y como un encantamiento, escuchaba a Anakin repetir sus alabanzas.

“Eres tan hermoso, maestro. Me encantas. Hueles delicioso. Aunque no te bañes. Sobre todo cuando no te bañas y todo huele a ti. Tu ropa, tus manos, tu cabello. No hay nada que me guste más. Me gustaría abrirte en dos y vivir ahí adentro”.

Y en cada ocasión, en cada beso, Obi-Wan nunca tardaba en responder a sus avances: sentía en el pecho la enormidad de su sentimiento, que lo aplastaba como un yunque, le impedía respirar, pensar claro. Sentía en su verga el deseo de ser tocado por Anakin como lo besaba todo el tiempo. Vuelve a sentir entre sus nalgas, el pulso del hambre, de volverlo a tener dentro de él.

Anakin se separó de él, apresándolo con sus rodillas y tomó la bolsa de papel de entre su túnica. Luego, de su interior, sacó lo que le pareció un pedazo de encaje nada más. Por un momento no comprendió que estaba viendo.

“Quiero que te pongas esto”, explicó él, pronunciando cada palabra entrecortadamente, como si decirlo en voz alta fuera suficiente para excitarlo. “Lo compré para ti. Es azul. Como tus ojos”.

Su antiguo padawan extendió uno de esos pedazos de encaje y la figura se formó frente a él: era un sostén, lo suficientemente grande como para cubrir su pecho, pero de una tela tan ligera y transparente, que no servía para su propósito real. Pero eso era. Un sostén de mujer, de un azul profundo, como el que tomaba el cielo a media tarde. Aterrado ante lo que Anakin pretendía proponer, se quedó quieto debajo de él, mientras él se colocaba el sostén en la boca, para poder sacar algo más de la bolsa de papel. Obi-Wan ya se imaginaba lo que sería, pero aun así se sorprendió al ver una braga del mismo material y color, cuyas orillas se sostenían por una tira de listón satinado.

“¿Es este mi regalo?”, le preguntó, incrédulo, demasiado azorado como para fingir humor o sentirse irritado. Anakin no se veía particularmente preocupado. Se encogió de hombros, como indiferente. Tomó el sostén de vuelta y lo apretó contra su puño.

“Bueno, podrías decir que es un regalo para mí también, como lo quieras ver”.

Obi-Wan puso los ojos en blanco e intentó levantarse, pero el chico encima de él apretó las piernas y puso las dos manos sobre su pecho, impidiendo que se moviera. En una costumbre terrorífica que en ocasiones le producía ganas de vomitar, se volvió a acordar de él cuando era más chico: Anakin tenía entre 15 o 16 años y los dos habían pasado una calurosa tarde de primavera practicando en el dojo y el chico lo hizo trastabillar con un golpe y lo tiró en el tatami. Se había subido encima de él, así como ahora. Había puesto sus manos en sus hombros y se había reído como un loco, feliz de haber vencido a su maestro. Y él se había reído con él, porque era un niño, un adolescente que lo único que quería era ganar, algo, lo que fuera, a él. Pero ahora no le daba tanta risa.

“Anakin, déjate de tonterías. Necesito cambiarme”.

“No, no. Por favor. Déjame ponértelos. Por favor, maestro. Los compré para ti”.

“No seas ridículo”, insistió, pero Anakin no se había movido ni un centímetro y Obi-Wan no quería pelearse con él de nuevo. No quería volver al silencio incómodo y las órdenes dichas entre dientes; ni tampoco a las miradas furtivas, a ver desde la ventana del transbordador del templo como Anakin corría entre las calles de Coruscant, hacia el Senado, hacia República 5000, para verlo hasta 3 días después, oliendo a flores y a coñac de Naboo.

Era vivir una constante paradoja: no quería tenerlo ahí encima de él, pidiéndole otra cosa inconcebible, humillándolo una vez más; pero tampoco lo quería lejos, en los brazos de alguien más, de quien no lo había visto recibir un bláster en el pecho y perder sangre a borbotones, de quien no lo había criado, ni lo había alimentado, ni limpiado las lágrimas que había llorado noches enteras, pidiendo por su madre o por Qui-Gon.

A veces se imaginaba que podía quitarse el recuerdo de Anakin del centro de la cabeza y que podía rehacer su vida sin esa presencia descomunal, que torcía todo lo que era, así como el espacio se curveaba alrededor de una estrella masiva. Era un pensamiento atroz, más que consolador, y que venía de esa parte egoísta y oscura dentro de él, que también había intentado eliminar desde que había sido aprendiz. Pero había tenido el mismo éxito que con lo que sentía por Anakin: ninguno en absoluto. Se sentía presa de la violencia del amor que le profesaba a su padawan y del amor violento que su padawan le profesaba a él. Estaba encerrado, entonces, atado de pies y manos, en un agujero en la tierra y la única salida era la obvia, la inevitable. Dejarse matar por ello.

“No, Anakin, suéltame. ¿Para qué quieres que me ponga eso?”, insistió, de todos modos, esperando que quizá Anakin desistiera de ello y se guardara eso de nuevo. No creía que tuviera tanta suerte.

“Porque eres hermoso, Obi-Wan”, dijo Anakin, como si le estuviera diciendo que eran las 9 de la mañana. Casual, casi aburrido. “Porque mereces verte hermoso todo el tiempo”.

“Estás loco. No sé ni siquiera de dónde compraste eso. ¿Cuándo lo hiciste?”.

Anakin sonrió, extendiendo el sostén y colocándolo por encima solamente. El roce del encaje en sus pezones lo hizo tiritar.

“Hace un tiempo. Hay muchas tiendas en el sector comercial. Y me sé tus medidas exactas. Fue fácil”.

“No soy droide que puedas ver y calcular su volumen”, exclamó Obi-Wan, quizá más irritado por eso que por el hecho de que Anakin estaba metiendo su mano por una de las correas del sujetador para comenzar a ponérselo.

“Combina tan bonito en tu piel”, replicó en voz baja, sin hacerle caso, absorto en la actividad de ponerle el pedazo de lencería. “Me encanta el color de tu piel, maestro. Dios, es que me encantas todo tú. Anda, déjame ponerte esto. Sólo hoy. Por favor, por favor”.

Obi-Wan no contestó y sabía que eso era suficiente para él. Dejó que Anakin le levantara la otra mano, para pasarle la otra correa y acomodar los broches debajo de su espalda, sin cerrarlo todavía. En su lugar, se bajó de encima de Obi-Wan y le quitó la toalla con un jalón, exponiéndolo completamente; su verga media dura, su vello púbico todavía medio húmedo, como testigos inimputables de que lo que estaba haciendo le gustaba demasiado. Anakin se colocó a sus pies, mirándolo como hacía cuando estaba a punto de pasar media tarde chupándolo y lamiendo entre sus nalgas, como si de eso dependiera su vida, o como una bestia salvaje a punto de devorar a su presa.

“No sé, maestro. Estaba caminando el otro día de camino al templo y la vi detrás de una ventana, en una de esas tiendas de lujo y no lo pude evitar. Pensé en ti, pensé en tus ojos. Me imaginé tus tetas. Las amo. Amo tus tetas. Y me encanta tu verga y me encanta tu culo. Tu coño. No podía dejar de pensar en lo hermoso que te verías con esto puesto”.

Todo eso lo dijo en una retahíla de palabras jadeantes, compuestas con la cadencia tan particular de su voz, con la inflexión de un acento aprendido, de palabras que para él siempre son nuevas y, por lo tanto, son nuevas en los oídos de Obi-Wan, quien nunca se ha acostumbrado a escucharlo decir “tetas” con tanta libertad, o “verga” cuando hablaba de su pene, o “coño” cuando hablaba de su agujero. O cuando hablaba de las cosas que lo hacía indudablemente un hombre como si fuera una mujer; y no ninguna mujer, cualquier mujer, pero la suya. La mujer de Anakin.

El chico comenzó a subirle las bragas por las piernas, con cuidado. Al llegar a su entrepierna, lo alzó de la cintura, para acomodárselas en la cadera. Después, con la misma delicadeza, lo sentó en la cama, para cerrarle el sostén por la espalda, al tiempo que le besaba la espalda y le pasaba la punta de los dedos por los hombros, tocando su piel y el encaje de la lencería.

Mirándose, Obi-Wan se sintió extraño. Se pasó una mano por el pecho, tocándose por encima del sostén, intentando darle sentido a lo que acababa de permitir, pensando en las implicaciones de dejar a Anakin a hacer su voluntad en su cuerpo, con su cuerpo, con su espíritu. Sobre todo cuando había invertido tanto tiempo en cultivar una imagen que representara lo que él siempre había querido ser y no lo que sentía que realmente era. ¿Era esto lo que quería? ¿Permitir que Anakin le hiciera esto era equivalente a él hacérselo a sí mismo?

“¿Ves? Estás precioso. Si pudiera… si no estuviéramos ocupados todo el maldito tiempo, así te tendría siempre”, susurró Anakin en su piel, debajo de su axila, metiendo una mano debajo de la copa del sostén para estrujarle el pezón, mientras con la otra, la enguantada, acariciaba su pene, no como para excitarlo, sino como para acostumbrarse aquella nueva textura. El encaje sobre la piel que tanto decía adorar. El color azul radiante, como el zafiro que vivía dentro de sus sables, contrastando con lo blanco y rosado de su piel. “Eres tan bonito como una muñeca. Me gustaría guardarte detrás de un cristal, también. Pero sólo para mí. Que nadie te vea más que yo”.

Pero Anakin ya no pudo decir nada más y Obi-Wan ya no se pudo imaginar esa vida que le prometía, porque de sus comunicadores sonó la alarma de punto de encuentro, que indicaba que habían sido llamados a sus destructores.

Le fue casi imposible, también, intentar quitarse la ropa interior, porque Anakin salió volando hacia su cajonera y tomo sus pantalones y su túnica e insistió en que se vistiera así, que nadie lo vería, que nadie sabría, que sólo él, ellos dos, y que pensaría en su secreto desde el puente de mando, mientras le acomodaba los tabardos, con impresionante eficiencia, mientras él se pasaba una mano por el cabello, preguntándose dónde había dejado su peine de carey, dónde había quedado su dignidad, sus ganas de gritar que no.

Quizá en las trincheras”, pensó, mientras Anakin le cerraba la última hombrera y lo besaba en la barba, debajo del lunar en su mejilla. “Cuando creíste que perdías a Anakin y te prometiste qué harías todo lo posible para no hacerlo”.

Corrieron hacia el hangar, uno del lado del otro, en perfecta sintonía, y por un momento, un largo y sostenido momento –en el que los soldados andaban alrededor de ellos, en el que los maestros les anunciaban que tenían que volar hacia Jabiim, a través de la Ruta Perlemiana, luego del edicto senatorial que les daba permiso para volar sin pasar controles republicanos, y en el que él, solo y en el puente del mando de El Negociador, pensaba en censos poblaciones, en pársecs y en parábolas y en la temperatura que debe alcanzar la plasma para fundir el acero– Obi-Wan olvidó que debajo de su armadura blanca, de su uniforme jedi perfectamente almidonada, llevaba puesto el regalo de Anakin.

Salieron de la atmósfera y navegaron hacia el Borde Exterior sin más obstáculos ni retrasos, hacia el centro del conflicto. La pantalla de flimsi frente a él le anunciaba que un par de segundos detrás de ellos, iba El Resoluto y que en un par de horas arribarían a su primer destino, al cinturón de asteroides del sistema de Jabiim, donde la flota separatista los esperaba para dialogar. Pasándose una mano por la barba, Obi-Wan pensó que las negociaciones que él preferiría sostener no eran las que su padawan traía a la mesa. Así que sopeso ambas posibilidades: la primera, la de encontrar un punto de común acuerdo, uno donde la gente de Dooku les permitía la entrada al planeta para resolver la guerra civil en tierra, y la segunda, la de permitir que Anakin, tan joven y ansioso, liderara a sus tropas para destruir el bloqueo y bajar a tierra victoriosos.

Pensó, inocentemente, que quizá las dos posibilidades podían existir. Que quizá podía encontrar un buen acuerdo entre esos dos deseos: entre evitar la muerte de personas, incluso aunque fueran estas sus enemigos, y en permitir saciar el hambre de lucha de Anakin. Y quizá también podía encontrar buen acuerdo entre todo lo demás: entre amar al chico que había criado desde que tenía 9 años y culparse cada día de ello, hasta el punto de enfermarse; entre seguir siendo el jedi que todos creían que eran y en recibir a Anakin en su cama; entre ser el alto general Obi-Wan Kenobi, comandante de las Fuerzas Armadas de la República y el hombre que usaba lencería de mujer porque su protegido así se lo pedía.

El comandante Cody lo sacó de sus pensamientos, posicionándose a su lado. Obi-Wan se llevó la mano a la abertura de su túnica, tragando saliva con dificultad. Nadie lo sabía, nadie lo sospechaba y, sin embargo, nunca se había sentido tan expuesto.

“Las cosas no lucen bien en el sistema de Jabiim, señor. Y si la inteligencia es correcta, no encontraremos mayor dificultad en el bloqueo. Me parece que lo peor está en tierra. El general Norcuna ha mandado aviso de que el senador de Ryloth ha hablado con los líderes nacionalistas, quienes han prometido no atacar en el espacio abierto. No creo que sea una promesa con la que podamos contar”.

“Por supuesto. ¿Qué nos espera en el cinturón de asteroides, entonces?”.

“Solamente el destructor de la acólita del Conde Dooku y un par de cazas”, le dijo, con el tono de voz que utilizaban los clones cuando hablaban de sus enemigos. Obi-Wan miró al casco del comandante, agradecido de tener oportunidad de pretender que aquello era una guerra que podían ganar.

“Es un señuelo”.

“Es lo que pensaba”.

Era obvio que Ventress buscaba hacerlos perder combustibles y energía contra un enemigo falso, para cansarlos antes de entrar a la batalla real. Era obvio, también, que su plan tenía una falla elemental: le dejaban a él, la libertad de entrar al destructor y encontrar información que les ayudara a apaciguar las insurrecciones de los mineros en Jabiim, o, por lo menos, averiguar más sobre esa extraña y letal aprendiz de Dooku.

Obi-Wan se enderezó y con aquel movimiento pudo sentir, con perfecta claridad, el roce del listón en la cadera. Quiso cruzarse de brazos, pero tampoco se animó a hacerlo. Alrededor de las costillas, como si se trataran de dos manos apresándolo, sentía el elástico del sostén. Se quedó muy quieto entonces, intentando dejar de pensar en eso y pensar mejor en Dooku, en nacionalistas, en el discurso que Orn Free Ta pudo haber hecho en el Senado, pero nada lograba sacarlo de ahí, de su cuerpo.

“¿Está bien, general?”, preguntó el clon, que se había quedado expectante por sus palabras que no aparecían. “Se ve un poco abochornado”.

“Eso es todo, comandante. De aviso a El Resoluto de lo que acaba de informarme. Prepare una nave para hacer contacto con el destructor enemigo, así como los cañones. Hay que alistarnos para las dos posibilidades”, ordenó al comandante, sintiendo que incluso su voz lo traicionaba. Cody pronunció un “sí, general” y lo dejó solo frente al tablero de estrategia.

La cosa sobre caer, analizó Obi-Wan, es que casi muy pocas veces se hace a consciencia. El trastabilleo es accidental. Los pies se enredan entre ellos, se atoran con una piedra, y se pierde el equilibro. Es normal. Es normal caer, así como también lo es levantarse.

Lo que no es normal es buscar la caída. Lo que no es normal es prolongarla. Dejarse caer indefinidamente, en una especie de trance, de falsa paz. Lo que no es normal es creer que caer no lleva, inevitablemente, al suelo. Al golpe fatal. Y Obi-Wan sentía que estaba cayendo y cayendo. Sentía el encaje rozarle los pezones, ligeramente, no lo suficiente como para irritarle; era suave, el material apenas tocando en su piel. Era peor que una quemadura. Los alfilerazos se replicaban en el resto de su cuerpo, del centro de su pecho a todas partes. Los brazos, las piernas, la nuca, detrás de las rodillas. Eran como olas, como pulsos intermitentes, que le robaban el aliento, que lo desconcentraban. Estaba excitado, casi tanto como estaba consternado de sentirse así.

Se sostuvo con fuerza en la mesa, dejando que el filo de la orilla se enterrara en la parte blanda de sus manos, en busca de otra sensación salvo la del encaje sobre las partes más sensibles de su cuerpo. Tenía la boca seca y estaba respirando con dificultad. Y dentro de sus pantalones, su pene se estremecía lastimeramente. Desesperado, volteó hacia atrás, hacia el pasillo que se abría hacia el interior del destructor, donde sabía que estaba su camarote, pensando en que debía cambiarse inmediatamente, quitarse esa ropa y lanzarla por la exclusa más cercana. Hacer algo más que quedarse ahí, preso de la tortuosa suavidad de las atenciones de su antiguo padawan.

Sin embargo, las cazas de Ventress atacaron apenas entraron al espacio del sistema de Jabiim y Obi-Wan tuvo que detener cualquier ideación de huida. El escuadrón de Anakin salió un segundo después, directamente hacia la formación enemiga por lo que, haciendo un esfuerzo, alzó el comunicador para advertirle:

“No gastes municiones, Anakin. Es una trampa”.

“Y estoy accionando la trampa, maestro”, le contestó él. Su voz llegaba a él con estática y entrecortada, pero feliz de estar ahí en medio, haciendo desaparecer naves enteras con el disparo preciso que lo caracterizaba. Los disparos de los separatistas ni siquiera habían tocado a los destructores, y Anakin solo había decimado a la flota de Ventress. “Cody me dijo el plan. Gana el primero que llegue al puente de mando”.

Obi-Wan salió como pudo hacia la bahía de carga, donde su interceptor ya estaba listo, y se subió, limpiándose el sudor de la frente y colocándose la diadema en la cabeza. No le gustaba volar solo. No le gustaba saber que Anakin estaba en medio de una batalla y él a unos pasos, sin saber realmente que estaba pasando. Podía sentirlo, sí. Si se concentraba lo suficiente, podía sentir a Anakin, por muy lejos que estuviera, justo como alguien intuiría el sol cubierto por nubes de lluvia. Pero ahora mismo no se podía concentrar. Su cuerpo era el que estaba en control, yendo y viniendo entre la sensación de placer feroz que le producía la lencería y la angustia y náusea de sentirse fuera de sí mismo, febril, y casi enfermo, pensando en Anakin solamente, en sus manos en su pecho, en su boca por todas partes; pensando en que la única solución de calmar lo que sentía era dejarlo hacer todo lo que siempre quería hacerle: meterlo en una caja de cristal sólo para observarlo, abrirle el pecho y comerse su corazón, tenerlo perpetuamente en el límite de la excitación, rogando por su verga.

Despegó y arribó al área de despeje del destructor enemigo, con la voz de Rex en el oído, quien le decía que, como había predicho, el lugar estaba vacío y todos los controles estaban activados en automático. Los pocos droides que se habían quedado atrás ya eran montañas de chatarra más.

“El general Skywalker está arriba ya”, le explicó, y Obi-Wan tuvo que hacer un esfuerzo monumental para respirar acompasadamente, para pensar claro y no en las cosas que quería hacer cuando “el general Skywalker” lo encontrara. “Nos quedaremos en la torre de comando, esperando a que terminen la exploración”.

Y como en un sueño, atravesó el hangar de la nave, que era un reflejo inverso de la nave de la que acababa de salir. Atravesó el vestíbulo, el elevador y el largo pasillo que llevaba a la sala de comando, donde sabía que estaba Anakin. Y como en un sueño –un sueño que nunca había tenido, pero que sabía que era uno que tendría inevitablemente, o quizá era de los tantos que había tenido y que se había obligado a olvidar– corrió hacia el chico de cabello dorado y ojos jade, que estaba de pie frente a la misma pantalla que Obi-Wan había abandonado.

“Maestro, mira aquí dice que...”, comenzó a decir él, pero lo tomó de los tabardos de piel y lo volteó hacia con él. Anakin abrió los ojos, sorprendido.

“Cállate, Anakin, por la Fuerza– sólo” y lo besó, fuerte, haciendo chocar los dientes, la nariz contra la suya, desesperado, temblando, imposiblemente duro entre las piernas, en los pezones, que presionados sobre el pecho y la pierna de Anakin encontraron algo parecido al alivio. Lo único que sentía era saliva y lenguas y exhalaciones veloces. Su corazón golpeando su pecho, con la misma fuerza que un misil chocando contra el casco de una nave.

Y Anakin lo besó de vuelta, por supuesto. Quizá un poco sorprendido, preguntándose qué habría desencadenado esa acción, qué habría hecho diferente para provocarle tal locura a Obi-Wan, y qué podría hacer para volver a tener esta reacción, esa explosión en su boca, esos puños que lo apresaban con fuerza, todo venido de ese hombre que le pide más, más, por favor. Algo. Tú.

“Nos van a ver”, le dijo cuando pudo separarse un centímetro de él, empujándolo debajo de la escalera de metal, golpeando su cuerpo febril y quebradizo en una caja de municiones. La orilla fría y afilada de la caja contra sus puernas lo hizo volver un poco a la realidad. Miró a Anakin, quien no se veía preocupado de que los vieran, pero sí confundido, quizá un poco triste. Su cabello en lugar, su rostro compuesto. Él era el que se estaba fracturando bajo las manos de su padawan.

“Ya sé. Es sólo que– necesito… necesito que”, compuso, incapaz de decir más, meciendo la cadera, en el muslo de Anakin, en busca del mínimo contacto.

“¿Qué necesitas?”, preguntó él, acercándose a su cara, pasando sus manos de su cintura a su pecho, tentando con las puntas las líneas de lo que sabía que había abajo. “Dímelo, maestro. Dime exactamente qué necesitas”.

Y Anakin lucía exactamente como ese niño encima de él, hace 6 años o más, con un gesto de triunfo en el rostro, exultante, risueño, haciendo puños en su ropa, feliz de haber ganado algo. Feliz de haberle ganado a él. Y sí se sentía como una victoria. Se sentía como una concesión. Un proceso de mutuo acuerdo, en el que Obi-Wan acordaba dejarse vencer, por él, y Anakin acordaba vencerlo, para su placer. Porque había peores cosas que esa transgresión, como la guerra, por ejemplo. Como el ver a niños y familias enteras morir. Como verte a ti desangrarte en el campo de batalla.

“Que me cojas”, pronunció en su boca, separados por un milímetro. “Te necesito dentro de mí. Por favor”.

El beso que siguió fue delicado, un fantasma del primero, pero las manos de Anakin comenzaron a abrirle la túnica con violencia, con la misma desesperación que Obi-Wan sentía. El aire frío y artificial le pegó de lleno en el pecho cuando lo descubrió por fin y las dos manos del chico se aferraron a él con fuerza.

“Mírate, Obi-Wan”, comenzó a decirle, pasando sus pulgares por sus pezones rosados y erectos, pellizcándolos con suavidad, estirándolos hacia él. “Un desastre. Un perfecto y hermoso desastre”.

Eso hizo durante un momento: tomó con las dos manos la entereza de su pecho, besándole el cuello, lamiéndolo a través del encaje, mordiendo sus pezones adoloridos de haber pasado tantas horas bajo ese material extraño, bajo el hechizo de Anakin y su promesa.

"¿Te gusta?", preguntó Anakin haciendo referencia a la lencería. Obi-Wan negó con la cabeza, pensando: no, no; me gustas tú, como un idiota, un mal padre, mal maestro. Te amo a ti.

Luego, sin decir nada más, lo volteó con una mano y lo acostó sobre la caja metálica, al tiempo que metía una mano en sus pantalones, para bajárselos hasta la orilla de las nalgas. Obi-Wan pegó la frente enardecida en el metal frío, sintiendo como detrás de él, Anakin se sacaba la verga y comenzaba a frotarse en la línea de sus nalgas, por encima del encaje azul, en un movimiento que casi fue suficiente como para llevarlo al límite.

“Eres tan bonito, maestro. Debería tenerte así, todo el tiempo. Mira, todavía estás abierto de hoy en la mañana. No he podido dejar de pensar en ti. Supongo que eso nos hace dos, ¿verdad? ¿Verdad?”.

Anakin introdujo dos dedos cubiertos de piel dentro de él, sin bajarle las bragas, solamente haciéndoselas a un lado, jadeando las preguntas que le hacía. Demandando más y más de Obi-Wan. Escuchó también como escupía directamente en su entrada y comenzaba a pasarle la saliva por todos lados, metiéndole los dedos con más facilidad.

“Sí”, le contestó él, porque era verdad, por muy horrible que fuera. “Sí, no podía dejar pensar en ti”.

“¿Qué te cogía? ¿Así, frente a todos? ¿Con mi regalo puesto?”, volvió a preguntar, metiendo y sacando los dedos en un ritmo desesperado, tocando con la punta de uno de ellos su próstata, haciéndolo gemir, obligándolo a decir “sí, sí, sí” entre quejidos, como si le doliera. Y luego, como una promesa, sentenció: “Sólo tienes qué decirlo, Obi-Wan. Sólo tienes qué pedírmelo y lo voy a hacer”.

Sacó los dedos y el súbito vacío lo hizo temblar. Sin embargo, sin esperar más, sin decir más, lo penetró, con calma y hasta que sintió que el abdomen de Anakin golpearle las nalgas, imposiblemente lleno. Se quedó así un momento, pero no el suficiente como para que Obi-Wan pudiera transformar el ardor en algo diferente, porque comenzó a bombear dentro de él con una energía animal, justo como Obi-Wan sentía que necesitaba ser penetrado. Porque quizá así, en una combinación demoledora de placer y dolor, quizá pudiera encontrar ese punto de equilibrio, en el que pudiera habitar sin sentirse asqueado de sí mismo, enloquecido por el sentimiento hacia Anakin. Porque quizá eso era lo que realmente era: un hombre hecho a la imagen del deseo de la Fuerza, porque Anakin era la Fuerza. Era su hijo indiscutible, y Obi-Wan era algo más parecido a un juguete: no era el jugador, como pretendía ser frente al mando de control. No era el juego, sino lo jugado, el que perdía constantemente, para que Anakin ganara.

Su propia verga, atrapada en la delgada capa de encaje, se satisfacía con la fricción del metal, pero todo lo demás, todo lo que le producía placer y dolor, era Anakin dentro de él: su signatura envolviéndolo, como un insecto en ámbar, sus manos aferrándose a la carne de sus caderas y su voz, el único sonido real entre el zumbido del destructor.

“Me encanta tu coño, maestro. Debería preñarte. Quiero preñarte. Te gustaría, ¿verdad? Que sepan todos que hacemos esto, que te mueres por la verga del que fue tu padawan. Creo que debería hacerlo, Obi-Wan. Mostrarle a todo el mundo lo mucho que te gusta que te coja, que te vista como mi mujer. Como mi esposa. Porque eres mío, maestro. Mío, mío y de nadie más”.

Sin perder brío, Anakin lo tomó de la barbilla con su mano de carne para levantarlo de la caja de metal. Fue en ese momento que se dio cuenta que tenía la mano llena de sangre, como si se hubiera cortado la palma entera. Obi-Wan curveó la espalda, exponiéndose completamente, gimiendo, jadeando, al borde del precipicio, listo para lanzarse, mientras Anakin seguía embistiéndolo sin tregua, golpeando su próstata perfectamente, susurrando promesas vulgares con absoluta devoción:

“Voy a ponerte a mi hijo en tu vientre. Voy a mostrarles a todos para lo que estás hecho de verdad. Tus tetas hermosas, llenas de leche, para mí, para saciar mi sed. Te voy a llenar de mi leche y vas a ser la madre de mis hijos”.

Y él, con la misma devoción, en un bucle perfecto de sensaciones, tomó la mano de Anakin y se la llevo a la boca: juntos sus labios a lo largo de la herida y bebió de ahí la sangre que salía, oscura y pesada ya, y que sabía a hierro, a sal y a agua. Que sabía a una promesa. A una concesión. A decir sí, sí. Haz de mí lo que desees. Te creó la Fuerza y tú me creaste a mí. Soy sólo de ti. Soy tuyo, soy tuyo.

Porque eso era la síntesis de lo que eran: Él, sólo un hombre, y Anakin, la Fuerza entera hecha carne. Obi-Wan como una copa y Anakin como el vino que la llena. Él lo puesto en juego y Anakin el juego, el árbitro y el ganador. Y así, como atrapado en lencería que no quería usar, atrapado en una excitación que no hubiera existido si él así lo hubiera deseado, Obi-Wan se convertía en algo hecho a la medida de Anakin, hecho según sus deseos, sin pensar en reglas, en códigos, en promesas. No había escape y Obi-Wan pensó que quizá no quería escapar, que quizá lo que realmente quería era formar parte de ese orden en el que sólo habitaban los dos. Copa y vino. Mano y sangre.

No duraron mucho tiempo más. Anakin se vino dentro de él con un gruñido animal, mientras que con la otra mano comenzaba a masturbarlo, si bajarle las bragas; la mano y su miembro debajo de aquel pedazo de tela que no estaba hecho para ocultar algo y así fue como también eyaculó, con fuerza y entre gemidos, entre un par de “gracias” pronunciados sin voz, solo labios moviéndose en silencio, como una oración.

Se quedaron así más tiempo del que deberían: Anakin dentro de él, todavía moviéndose dentro de él, besándole el cuello, pasándole las manos por el pecho. Los comunicadores comenzaron a sonar. La voz de Rex los hizo volver a la realidad, al hecho de que estaban en la guerra, realmente, de que tenían qué buscar información sobre la acólita de Dooku, sobre la insurrección de los mineros en el planeta debajo de ellos.

Anakin salió de él y lo ayudó a vestirse de nuevo. Ya tendría tiempo de cambiarse, pensó, mientras se acomodaba la túnica, cubriéndose el pecho enrojecido de estar presionado en la caja de metal. Está vivo. Está aquí. Eso es lo que importa. Su antiguo padawan se subió los pantalones, tomó el comunicador y le contestó a su comandante que les dieran un par de minutos más.

“Me corté entrando al interceptor”, le explicó cuando finalizó el mensaje, levantando la mano, mostrándole la herida, limpia y muy clara. Luego, guardándose el comunicador en el cinturón, giró la cabeza para mirar a Obi-Wan: “Tienes sangre en la boca”.

Obi-Wan solamente asintió, respirando por la nariz, probando la sangre de Anakin que todavía tenía en los labios.

Notes:

Quisiera prometerles no más citas biblícas pero eso es algo que simplemente no va a suceder :')

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