Actions

Work Header

El huerto y sus frutos

Summary:

"Fuerte es el amor, como la muerte, y tenaz la pasión, como el sepulcro."
U, Obi-Wan Kenobi tiene qué decidir hasta cuando el amor intransigente de Anakin Skywalker es demasiado.

Notes:

Esto es más como una historia de terror.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Grábame como un sello sobre tu corazón;

llévame como una marca sobre tu brazo.

Fuerte es el amor, como la muerte,

y tenaz la pasión, como el sepulcro.

Cantar de los cantares, 8:7

 

i.

El maestro Qui-Gon solía decirle que su mente era como una fortaleza, cuando debía ser más bien como un jardín. 

Nunca había entendido su manera de decir las cosas. Siempre decía una cosa cuando quería decir otra. No era un mentiroso, pero sí era una persona casi imposible de comprender. O, por lo menos, siempre le había parecido imposible a él comprenderlo. Era como si los dos hablaran un idioma totalmente diferente y como si los dos, más bien, se hubieran acostumbrado a entenderse así, sin hacer el esfuerzo por aprender aquella lengua desconocida. 

Cuando cerraba los ojos para meditar siempre pensaba en jardines y fortalezas. Se acordaba del castillo de Theed y sus torreones; de sus cúpulas doradas reflejando el sol; del ruido perpetuo de las cascadas, de las paredes altísimas que protegían toda la ciudad, de la vegetación que rebosaba por cada esquina. Se veía a sí mismo en el centro de un lugar como la plaza real de Theed, ahí en ese mismo país donde había perdido a su maestro. Se sentaba en el centro de ese espacio imaginario y le permitía a la Fuerza depositarse dentro de él: le abría la puerta de su corazón y se dejaba llenar de su agua ingrávida, de su luz sin peso. 

La sentía entrar desde el centro de su cabeza. Se abría espacio dentro de él como un río en un cañón, siendo creado por ella. Recorría su cuerpo entero. Tocaba todos los espacios en su interior que ni siquiera sabía que podían ser tocados: sus huesos, sus entrañas, debajo de las uñas, entre cada uno de sus cabellos.

Durante muchos años la única comunión verdadera que había tenido con alguien había sido con la Fuerza. Quizá a eso era lo que se refería Qui-Gon cuando le decía que era como una fortaleza.

Era algo en lo que pensaba mucho, sobre todo después de su muerte.

Sabía que Qui-Gon había cometido la transgresión de la atadura con Tahl, su antigua compañera jedi. La había amado y se lo había dicho, sin su característica ambigüedad. Sabía que Qui-Gon podía sentir ternura hacia las personas y las cosas, a pesar de que él nunca se había sentido recipiente de aquella deferencia tan especial. Por eso sabía que su maestro sería la persona, entre todos los que se hubieran atrevido, en decirle que estaba cerrado a la Fuerza. Sin embargo, a él nunca le había parecido que así fuera.

Siempre había sentido que existía una desconexión enorme entre lo que él sabía que era y lo que los demás intuían. Era como si no pudiera empatar su corazón con su rostro, y todos creyeran una imagen que no era. Todos pensaban que era un jedi imperturbable, escrupuloso y solemne. Todos creían que era inflexible, que no tenía miedo más que a romper las reglas, que lo único que deseaba era ser el mejor jedi del milenio.

Tal vez era porque nunca había sido bueno teniendo amigos. Qui-Gon sabía eso también. Le aterrorizaba el saber que estaba tan cerca de una persona que acabaría atándose a ella. Le tenía tanto miedo a una posibilidad que prefería no arriesgarse a nada. Con el tiempo, sus amigos del parvulario se convirtieron en colegas a secas. Ni Bant, ni Quinlan, ni Siri habían sobrevivido al severo tamizaje de su cariño. Todos habían pasado de estar en el centro de su corazón a convertirse en nombres que escuchaba en los pasillos y nada más.

Se acordó también de la ocasión en la que Qui-Gon lo mandó una semana entera al parvulario para ayudar a los maestros con el cuidado de los niños más pequeños. Había sido una semana horrible para él. Descubrió pronto que no había nada que le disgustara más que el ruido de los gritos de los infantes, así como el olor extraño que desprendían y sus pequeñas manos que se aferraban a todas las partes de su cuerpo, diciendo su nombre, pidiéndole que los cargara, que les enseñara su sable.

Debes acercarte más a la Fuerza Viva”, le recordaba su maestro, cuando llegaba a su habitación a reportarle lo que había hecho durante el día. “La que fluye por todos nosotros y nos une”.

Y él le decía que sí, que así lo haría, a pesar de que pensaba que nunca sería bueno cuidando de otra persona.

Pero no sería sino hasta que Anakin arribara a su vida que todas sus precomprensiones –todas las ideas que había esculpido de sí mismo, con base en sus experiencias, en sus sufrimientos, en todas las personas que había perdido– y que todas sus creencias se derribarían completamente y Obi-Wan tendría que comenzar de cero, teniendo como centro absoluto la fuerza gravitacional de Anakin.

Él había creído que no tenía amigos hasta que aquel chiquillo de Tatooine lo obligó a sentarse con él en el suelo del baño para que le contara todo lo que debía saber sobre el templo y sobre él antes de empezar su entrenamiento jedi. Había creído que no le gustaba cuidar niños, hasta que su pequeño padawan de 10 años comenzó a despertarse con él, en su cama, aferrado a su espalda, su frente perlada de sudor, su gesto pacífico. Se había creído eso de que era imperturbable, escrupuloso y solemne hasta que Anakin comenzó a perderse en los niveles inferiores de Coruscant para correr carreras ilegales y se dio cuenta que no era más que un manojo de nervios y aprehensiones que se inventaba excusas para no acusarlo frente al consejo.

Con Anakin se dio cuenta de que no quería ser el mejor jedi del milenio, sino que quería ser amado, con la misma intensidad que su padawan le pedía amarlo. Con Anakin se dio cuenta de que no era una fortaleza, como su propio maestro siempre lo había creído. Se dio cuenta de que era un jardín, que abría sus puertas cada vez que él tocaba.

Y Anakin tocaba. Golpeaba y golpeaba a su puerta, con ardor, sin preocuparse si en algún momento ésta se saldría de sus goznes.

 

ii.

La mayoría de las batallas en Anaxes habían sido en su atmósfera y Obi-Wan había creído que se habían salvado de un combate en tierra, pero si algo le había demostrado la guerra era que nunca había buena suerte y que, desde Geonosis, ninguno de ellos había sido salvado. No realmente.

Todo el Consejo Jedi sabía que las hostilidades estaban llegando a su fin. La mayoría de los bloqueos habían sido desintegrados, la influencia de la Federación del Comercio en el Senado había perdido todo su vigor inicial y habían logrado eliminar a los espías que Dooku había colocado dentro de sus filas. Anaxes parecía ser la luz al final del túnel para la mayoría.

Lo que no esperaron fue que los separatistas hubieran decidido usar a un ejército de anaxenos radicalizados, que les pusieran armaduras doradas, como las que usaban los droides, y que los lanzaran al centro del campo de batalla. Cuando él, Anakin y Mace entraron a la refriega y se dieron cuenta de que aquello no era ni lodo ni agua, sino sangre, tuvieron que ordenar a los clones que cesaran el fuego y que se retiraran. Pero el daño ya se había hecho. Durante los primeros y confusos minutos, cuando Obi-Wan saltó de la nave de asalto hacia la tierra lodosa, sólo con el discernimiento de que detrás de él estaba Anakin, no se percató de que se estaba defendiendo de una persona y no de un droide. Cuando vio a su antiguo padawan alzar el sable y perforar a uno de los soldados y que de su pecho no brotaran ni chispas ni cables, sino que apareció sangre coagulada y el inconfundible aroma a carne chamuscada todo a su alrededor ya se había convertido en un matadero.

“¡Retirada! ¡Ponds! ¡Cesen al fuego! ¡Son personas!”, gritó Mace, levantando su mano y repeliendo con la Fuerza a los pocos cabos anaxenos que quedaban en pie. “¡Skywalker! Llama a Rex, dile que bajen con las naves de enfermería. Vamos Kenobi, veamos quienes quedan vivos”.

Anakin apagó el sable y volteó a verlo, con un gesto de aprehensión. Aquella había sido una crueldad inconcebible. Los habían obligado a matar gente inocente, civiles. La guerra había sido medianamente digerible durante todos esos años porque siempre habían peleado contra pedazos de metal y cerebros digitales. Aquella había sido la concesión: que los jedis entraban a la lucha, pero que no matarían a una persona.

Todavía aturdido, Obi-Wan miró su sable. Era plasma. Era luz compactada. No era posible que quedara grabada la marca de un asesinato en su cuchilla. Si había matado a alguien o no, nunca lo sabría y aquella certeza provocó que su estómago se revolviera.

Sintió una mano sobre su muñeca y se percató de que Anakin se había acercado hacia donde estaba él. Tenía el rostro sucio y el cabello revuelto, pero nada más. La pechera de su armadura no mostraba más que la salpicadura de la tierra mojada de aquel lugar. Cuando bajó la mirada para ver cómo Anakin tomaba su sable y lo apagaba, se dio cuenta de que era él quien, en su armadura blanca, portaba la evidencia de la masacre.

“¿Estás bien, Obi-Wan?”, susurró Anakin, sin soltarlo de la mano, sin dejarlo de ver a los ojos. Detrás de él, Mace le gritaba que lo estaba esperando. En la nariz, solo podía oler hierro y tierra mojada. Todo lo demás era ruido.

“Sí”, le respondió al chico. “¿Y tú?”.

“Ven conmigo, maestro. No estás bien. Estás conmocionado”, insistió él, entrelazando sus dedos con los suyos, presionando con fuerza la punta de su dedo índice.

Aquella presión lo hizo volver a la realidad. Giró la cabeza hacia donde Mace lo veía con impaciencia y, con reticencia, se soltó de la mano de Anakin y tomó su sable de su otra mano.

“No, estoy bien. En serio. Anakin, ve. Yo me quedo con Mace”.

“Estoy atento, ¿entendido? Estoy atento a ti todo el tiempo”.

Anakin lo miró durante medio segundo más antes de darse la vuelta e irse. Sabía qué quería decir esa mirada: que no estaba de acuerdo en su decisión y que prefería que le hiciera caso y se fuera con él. Y Obi-Wan lo hubiera hecho, sin chistar, de no haber tenido la presencia de otro jedi tan cerca, y no de cualquier jedi, sino Mace Windu, quien siempre había sido tan crítico de Anakin y de su relación con Obi-Wan.

Anduvo detrás de Mace, procurando no pisar los cuerpos de los soldados caídos. Le había dicho que buscaran si entre los cuerpos había algún sobreviviente, para llevarlos con los clones médicos a que curaran sus heridas y retenerlos para cuestionarlo, pero durante largos y angustiosos minutos Obi-Wan no encontró nada bajo sus pies más que muertos.

La mayoría tenían agujeros perfectamente delineados en el pecho y en la cabeza, que indicaban que aquello había sido obra de los soldados clones. Pero algunos de ellos tenían pequeñas marcas perpendiculares y largas que Obi-Wan sabía eran producto de los disparos que ellos habían repelido con sus sables. Una de aquellas marcas había impactado de lleno en el rostro moreno de un anexano. En el suelo, lo único que quedaba intacto era el resto de su cuerpo, abierto hacia el cielo, como una flor espantosa, mientras que su cara entera se abría en dos, dejando al descubierto los huesos y la carne, y el suave y resbaladizo material de su cerebro.

Lo único que pudo hacer fue correr un par de metros hacia una de las trincheras que habían construido los combatientes y arrodillarse ahí para vomitar. Vació el estómago por lo que le pareció una eternidad. Sintió que las rodillas y las manos se le hundían en la arcilla de la tierra y le pareció como si la tierra misma hubiera querido tragárselo entero, como si quisiera llevárselo a él también a la imposibilidad de la muerte.

Las manos de Mace lo sostuvieron de los hombros, a la orilla de la trinchera, mientras intentaba tomar aire y centrarse en la Fuerza, mientras intentaba dejar de sentir que su cuerpo entero luchaba contra el asco y el terror.

“Ya está, Kenobi. Respira”, le dijo el maestro jedi, sin mirarlo y con la cara alzada hacia el cielo encapotado. Obi-Wan se llevó la mano al estómago y lo sintió vacío. “La Fuerza está contigo. Déjala tomarte”.

 

iii.

Los clones y Mace encontraron un par de sobrevivientes. Uno de ellos sabía el nombre del general que los había reunido para luchar contra los jedis, así que él y su pelotón se adentraron hacia la ciudad en busca de aquella conexión con Dooku, mientras Anakin y Obi-Wan volverían a Coruscant y esperarían las órdenes del resto del consejo antes de volver a la batalla.

De esa manera tanto las naves, como Obi-Wan, podían obtener los reparos y el descanso que tanto necesitaban. Eso había dicho Mace frente a Anakin, como si él tuviera la culpa del súbito malestar de su maestro. Anakin solamente lo miró, cruzado de brazos.

No fue sino hasta que el hombre se fue con sus hombres, que Obi-Wan sintió la mano de duracero de Anakin enterrarse en su codo y encaminarlo hacia los camarotes. Él, que todavía se sentía mareado y liviano, como si hubiera vomitado los huesos también, se dejó llevar por el chico.

“Te dije que estabas mal. Te veías mal”, le reclamó, mientras Anakin pasaba su otra mano por su cintura y lo abrazaba con fuerza contra sí mismo. Obi-Wan se sostuvo de su mano, que se prensaba con facilidad en la carne blanda de su costado. Se sentía increíblemente agotado. “Sé que fue horrible. Ni siquiera nos dieron oportunidad para verlos de cerca. Si los hubiéramos visto habríamos sabido que eran personas. Dooku se está volviendo cada vez más desesperado. Sabe que estamos a punto de ganarle”.

Estaba bien”, insistió Obi-Wan, mientras Anakin golpeaba con los nudillos el botón de su habitación para dejarlos entrar. Los clones y los droides médicos sabían que toda herida que él o Anakin sufrieran, entre ellos dos se las curaban. Nadie a su alrededor parecía extrañado de aquel extraño ritual, el de ellos dos arrastrándose el uno al otro hacia la privacidad de sus camarotes. Así había sido durante años. Así había sido siempre.

“Estabas bien hasta que vomitaste el estómago entero entre los cadáveres. Siéntate, déjame– déjame quitarte todo”.

Con el paso de los días dentro del caos de la guerra, Obi-Wan se acostumbró a dejarse hacer. Era el placer de Anakin el tomarlo y desvestirlo y curarle las heridas y, si había tiempo, besarle el resto del cuerpo, introducir sus dedos en todos sus orificios, hacerlo venir y beberse sus gemidos directamente su boca. Obi-Wan se lo permitía porque, dentro del caos de la guerra, nada más tenía sentido que el peso del cuerpo del hombre que más amaba sobre el suyo.

Y para él, aquella devoción tan impresionante era una pausa necesaria. Era un lugar que Anakin había construido para los dos, como una pequeña casa bajo la sombra de un árbol, como una pérgola hecha de sus dedos entrelazados, con el espacio suficiente para que Obi-Wan pudiera entrar, hacerse ovillo y dormir sin pensar en los rostros de los que había perdido, ni en el olor del metal fundido y la sangre.

Pero en aquel momento, Obi-Wan no quería nada de eso. No quería que Anakin lo tocara, no quería que le quitara la ropa, ni que lo ayudara a bañarse. Quería cerrar los ojos un par de horas, así, con las botas llenas de lodo y la armadura salpicada de sangre y quería pretender que no era ni un jedi, ni un general, ni un hombre.

Continuaba sintiendo el estómago adolorido, como si dentro no tuviera más que ácido y aire. En la boca, todavía tenía el regusto del vómito y en las rodillas, la humedad de la sangre de los anaxenos. No se sentía enfermo, pero se sentía mal, descolocado; como si una mano gigante lo hubiera tomado y lo hubiera arrojado hacia el otro lado de la Galaxia. No se sentía como él mismo. Estaba fuera de sí mismo, atascado en la tierra, atrapado por los cuerpos de las personas que habían muerto sin una razón.

Pero Anakin ya se había adelantado: le había quitado las botas, el peto, las hombreras y el resto de su armadura. Tomó sus manos entre las suyas y las revisó al derecho y al revés, luego le depositó dos besos a cada dorso. Le quitó los tabardos y le abrió la túnica, lo suficiente como para dejar su pecho al descubierto y, como con las manos, lo besó en el centro, justo donde se unían sus costillas.

Le alzó las piernas del pantalón, para asegurarse de que no estuviera herido y, finalmente, se acomodó entre sus piernas, como había hecho incontables veces, y tomó su rostro entre sus manos, para moverlo de un lado a otro, pasando sus ojos por todos lados, pasando sus dedos por su barba, debajo de sus ojos, detrás de sus orejas.

La paciencia que tomaba era única para esa actividad. Lo hacía como todavía maravillado de que Obi-Wan lo dejara tocarlo, como si fuera a perder la oportunidad de hacerlo de nuevo si no lo hiciera con el más absoluto cuidado.

“Eres hermoso y estás perfectamente bien, Obi-Wan”, le aseguró, con la boca muy cerca de la suya; su vaho golpeando sus labios, el resto de su cuerpo pegándose al suyo. “No tienes ninguna herida visible”.

“No me siento ni hermoso ni perfectamente bien”, se sinceró él, posando sus manos sobre el pecho cálido de Anakin. Quería decirle que no quería nada de lo que sabía que se avecinaba, pero no encontró las palabras para negarse.

Durante tanto tiempo había sido “no” su respuesta predeterminada, que una vez que empezó a decir “” ya no supo cómo volver a la negativa. Anakin había tomado todos sus nos y los había pulverizado dentro de su mano.

“¿Quieres que te haga sentir mejor?”, insistió el chico, comenzando a quitarse la armadura, dejándola caer sin cuidado sobre el suelo de su camarote. “No puedo dejar de pensar en ti, maestro. Creo que el otro día dejamos algo pendiente”.

Hacía más de dos semanas que Obi-Wan se había despertado con la mano de Anakin en su pene y su boca en el cuello. Ni siquiera su voz lo había despertado, sino que fue la sensación de imposible placer que lo había invadido lo que provocó que abriera los ojos.

Luces tan bonito cuando estás dormido”, le había dicho su antiguo padawan, pasando de su cuello a su clavícula, y de su clavícula a su pezón, para prensarse de él, para succionar y morder, mientras su mano hacía lo mismo y sus dedos hallaban el familiar camino hacia su interior. “Siempre te he amado dormido. Cuando no te tenía era el único momento en el que te podía tocar”.

Y él había curveado la espalda y había abierto las piernas para dejarle libre acceso a ese lugar que Anakin amaba tanto, y su cuerpo reconocía ese amor perfectamente, tanto así que sus dedos entraban con facilidad, sin necesidad de lubricante o saliva. Pero la alarma los había vuelto a interrumpir, así como la llamada de Mace Windu, pidiéndoles que bajaran a tierra, en Anaxes.

Pero eso había sido hace dos semanas y ahora Obi-Wan se sentía prisionero de un cuerpo que se negaba a sentir otra cosa más que dolor. Cerró los ojos, intentando traer a su memoria, el recuerdo de su excitación en aquel día; como se había despertado rodeado absolutamente de Anakin, como le había hecho sentir su absurda confesión, de que lo había deseado desde que era un niño; como le había pedido que lo penetrara rápido, aunque fuera con los dedos, porque necesitaba sentirlo dentro, donde nadie lo había tocado más que él. Pero no encontró nada.

Era como si le hubieran quitado algo dentro de la cabeza, como si a él le hubieran abierto el cráneo en dos y le hubieran sacado de ahí en medio la conexión necesaria para sentir placer y la hubieran remplazado por una que sólo producía náusea.

Se acostó en la cama y se dio la vuelta, dándole la espalda a Anakin, con los ojos cerrados todavía y su antiguo padawan, tomando un indicio donde no había ninguno, se colocó detrás de él. Le besó la nuca y, con un movimiento rápido y aprendido, le bajó el pantalón debajo de la curva de su culo y Obi-Wan pudo sentir su erección, acomodándose en su entrada. Acomodó su mano de duracero debajo de su cuerpo, para pegarlo aún más hacia él y con la mano de carne, separó sus nalgas, para, con un movimiento fluido, entrar a él.

Anakin comenzó a moverse, depositándole pequeños besos en el hombro y en el cuello, diciéndolo lo hermoso que era, lo bien que se sentía, lo mucho que lo había extrañado. Obi-Wan bajó la mirada y se dio cuenta que en su pecho todavía quedaba una pequeña manchita roja, del largo y ancho del diente de Anakin; era la mordida que le había dado hacía tantos días.

Por alguna razón, darse cuenta de la marca de los dientes de Anakin en su cuerpo le llenó los ojos de lágrimas. Incluso aquella marca se había negado a dejar su cuerpo. Incluso los moretones de Anakin vivían más tiempo dentro de él que su endeble determinación.

Cuando con un gruñido sintió que se había venido dentro de él, Obi-Wan intentó levantarse, con toda la intención de encerrarse en el baño y quedarse ahí hasta que Anakin se durmiera o que la ducha sónica le quitara toda sensación en la piel, pero él lo detuvo con un brazo y lo besó con fuerza en la boca.

“No te vayas todavía. Es tu turno”, le pidió, mientras con las manos terminaba de bajarle el pantalón. Sin embargo, se detuvo abruptamente cuando vio que Obi-Wan seguía flácido. Era la primera vez que, en todos sus encuentros, no se había excitado. Anakin se quedó muy quieto, confundido, como esperando que el hombre debajo de él se explicara, le dijera algo que justificara aquello, pero Obi-Wan se quedó callado. Lo único que hizo fue llevarse el dedo medio a la marquita que tenía en el pecho.

Cuando Anakin entendió lo que estaba sucediendo, se levantó del camastro y comenzó a vestirse en silencio. Luego de lo que pareció una hora, Obi-Wan se atrevió a pronunciar palabra.

“Anakin…”.

“¿Por qué no me lo dijiste?”, le reclamó. Su voz imposiblemente fría, herida. Obi-Wan ni siquiera supo qué empezar a decir. Por qué siento que la muerte ha hundido su mano helada dentro de mi corazón y porque tengo miedo de quedarme dañado para siempre. Porque presiento que no hay nada en el mundo que me pueda recomponer de vuelta, ni siquiera tú.

“Porque– yo creí que tú–”.

“Bueno, es que es jodida vergüenza, Obi-Wan. No soy un maldito animal”, exclamó él, poniéndose las botas y recogiendo los pedazos de su armadura, antes de irse de su propia habitación y dejarlo solo ahí. Solo y con la voz automatizada de la nave, anunciando que estaban a un par de horas de llegar a Coruscant.

Antes de salir del destructor, una vez que éste aterrizó, Obi-Wan decidió ir a la enfermería de la nave, para activar al droide médico de emergencia y que le hiciera un escaneo de rutina. Presionó los botones, se sentó en la silla de examinación y dejó que el droide pasara sus aparatos por todo su cuerpo.

Todos los ruidos que producía sonaban amplificados, pues al parecer era el último ser dentro de las entrañas del navío. Ni siquiera había visto a Anakin salir. Se quedó con la mirada fija en el dorso de su mano derecha, pensando que él se la había besado, incluso después de haber matado a una docena de inocentes. ¿Por qué no podía otorgarse a sí mismo el perdón que Anakin le ofrecía tan libremente?

“Chequeo médico de rutina: completo”, anunció el droide con su voz mecánica, sacándolo de su ensimismamiento. “Signos vitales: normales. Presión arterial: normal. Niveles de sangre: normales. Función cerebral: normales”.

Obi-Wan suspiró, aliviado. Pero antes de que se pusiera de pie, el droide volvió a hablar.

“La ecografía de rutina muestra una anomalía. El paciente presenta un embarazo ectópico en la cavidad peritoneal. Se recomienda un procedimiento médico para remover el producto, pues estos casos traen consigo complicaciones fatales”, pronunció el droide, mostrándole en la pantalla de su datapad el holograma de un pequeño feto, como una castaña, incrustado entre las curvas de sus intestinos.

 

iv.

El problema era que Obi-Wan siempre había amado a Anakin, incluso antes de amarlo así.  Y quizá ese había sido el asunto.  

El desdén se convirtió en cariño y el cariño se transformó en compromiso. El hueco que le había quedado de Qui-Gon había sido llenado y rebosado tan rápido que a Obi-Wan le pareció que nunca le había hecho falta su maestro. A veces se despertaba muy en las mañanas, cuando Anakin tenía diez u once años, y se quedaba de pie frente a la pequeña cama que compartían y solamente se quedaba mirándolo, como intentando escudriñar de donde provenía ese sentimiento; como queriendo averiguar cómo es que de su corazón seguía fluyendo y fluyendo, como agua de una roca, un amor que parecía inundarlo todo, que lo había tallado para tomar la forma serpentina de un río que intenta abrirse camino hacia el mar.

Sabía que era amor, incluso cuando se había hecho creer que no lo era. Incluso cuando años después, Anakin de 16 o 17 años, había intentado besarlo en el dojo y él había tenido que empujarlo lejos, decirle que era impropio, que no debía sentirse así, que debía pedirle entereza a la Fuerza y dejarlo ir. Y mucho tiempo después –quizá de camino a una misión, esperando a un mandatario en el vestíbulo, quizá dentro de una nave, encerrado en el azul del hiperespacio– pensaría que aquellas palabras no eran tanto para Anakin como lo eran para él.

No le había dedicado tanto tiempo a escudriñar cuando se había dado el cambio: cuando el amor inocente de un maestro hacia su padawan se había transfigurado en una cosa que no tenía nombre y que estaba prohibida. Quizá si lo hiciera, pudiera encontrar el momento exacto, el minuto preciso en el que su corazón decidió que amarlo como un padre a su hijo o como un hermano mayor a su hermano menor no era suficiente.

Intuía que había sido entre el incidente del dojo. Antes y después.

Quizá porque las señales ya habían estado ahí, pero Obi-Wan no había logrado interpretarlas hasta que se contextualizaron con el beso. Y después porque, si era honesto un día en su vida, no había podido dejar de pensar en los labios de su padawan desde aquella ocasión.

Recordó como incluso había dejado de comer un par de días porque cualquier roce en su boca lo hacía recordar con una severa exactitud la suavidad húmeda de la boca de Anakin. Y si se los tocaba con la punta de un dedo, volvía a sentir su lengua romper el sello de sus labios, volvía a recordar sus manos en la solapa de su túnica de entrenamientos, como dos carbones ardientes, y volvía a ver las lágrimas en los ojos de Anakin, diciéndole, rogándole, que se dejara besar.

Habían tenido que pasar 2 o 3 años, había tenido que empezar la guerra; había tenido que perder el brazo, que formar una “amistad” con la senadora de Naboo; había tenido que destruir a Obi-Wan y todo lo que era y había tenido que volverlo a recomponer para que él, su maestro, el hombre que lo había criado, se dejara besar por fin.

Estaba sentado en una de las unidades de estudio del Archivo Jedi mientras recordaba todo aquello. Su primer beso.

Había salido del destructor como una aparición. O al menos así se había sentido. Saludo a un par de maestros que le preguntaron, preocupados, por su salud. Habían escuchado lo sucedido en Anaxes, se lamentaron todos del estado de las cosas y, como en un guion aprendido de memoria, todos concordaron que la Fuerza, finalmente, los guiaría hacia la luz. Obi-Wan solamente había asentido un par de veces, luchando contra sí mismo para no colocarse las manos sobre el vientre y tentarse el lugar donde sabía que estaba eso.

En el baño de su habitación se abrió la túnica y se colocó frente al espejo para ver el lugar donde el droide le había señalado que ahí se encontraba el feto. El reflejo le devolvió su figura delgada, su estómago casi cóncavo. Se le veían las costillas debajo de su piel muy blanca y su vello oscuro. Si no supiera, pensaría que se veía normal; que estaba cansado y flaco por la guerra; que había vomitado porque no estaba acostumbrado al hedor de la muerte.

Pero el holograma no mentía. Obligó al droide hacerle la ecografía dos veces más y el resultado había sido el mismo cada vez. El droide médico le indico que tenía 7 semanas de desarrollo, que no era más grande un frijol y que la operación la podía realizar él mismo sin más complicaciones. Que la cicatriz que quedaría sería tan pequeña que se olvidaría de ella muy pronto.

En la pantalla frente a él, las búsquedas que arrojaba el archivo sobre embarazos ectópicos no decían nada sobre hombres cisgénero teniendo uno. Porque era físicamente imposible, porque, para empezar, no tenía un útero como para que el feto se saliera de su lugar. La criatura dentro de sí mismo había aparecido en un lugar donde nunca iba a prosperar, donde su vida significaba la muerte de Obi-Wan y la suya.

Se quedó frente a la computadora otro rato más. A lo lejos, podía escuchar las vocecitas agudas de los párvulos que estaban haciendo su tarea, inmunes a los terrores de la guerra y del odio, y del amor que era tan grande, y era tan terrible, inconmensurable, que era capaz de cambiar el cuerpo de los hombres.

Porque era obvio que la cosa dentro de sus intestinos era el producto de la unión entre él y Anakin. Eso fue lo primero que había intuido, incluso antes de pedirle al droide que le tomara la segunda ecografía.

Por supuesto que había sido Anakin. ¿Quién más?

Obi-Wan nunca había estado con otra persona en su vida. El único cuerpo que conocía era el de su padawan. La única boca que había besado era la suya. El único semen que había entrado a su cuerpo había sido el del Elegido de la Fuerza. Y hacía siete semanas habían estado juntos, en Cato Neimoidia y Anakin había terminado dentro de él, como en otras ocasiones. Se habían encontrado en el pasillo de camino a su camarote. Obi-Wan lo había tomado del cinturón para acercarlo a él, en la esquina donde los dos sabían que había un punto ciego, y le había dado un beso en la comisura de los labios.

“Esta es la décima vez que te salvo el pellejo, maestro”, le había dicho él, sonriendo tan ampliamente que Obi-Wan le hubiera creído que ese era el final de la guerra.

Se llevó las manos a la cara, intentando recordar qué había sucedido, pero no encontró algo extraño. O más bien, el cimiento de su relación con Anakin estaba deformada desde un inicio y ya no tenía comprensión de lo que era normal ni de lo que era aceptable. ¿Cuántas veces Anakin le había susurrado que lo iba a preñar? ¿Cuántas veces lo había obligado a vestirse ropa interior de mujer, a ponerse de rodillas y decirle que sí cuando le preguntaba si él era su mujer?

Le había dicho que sí a todo eso y a más porque lo amaba. Esa era su cimiento. De ahí todo derivaba. Esa era la tierra fértil en la que todo crecía. Del amor que Obi-Wan le profesaba a Anakin: como maestro, como padre, como hermano; como creyente, como seguidor, como creación de un Dios que no tenía mesura, que no conocía la contención, que solo conocía el desbordamiento. Y él se había puesto ahí, en ese campo abierto, con los brazos en alto, dispuesto a morir y a matar por él. Se lo había dicho, desquiciado de amor, enloquecido de placer: Haz de mí lo que desees. Te creó la Fuerza y tú me creaste a mí. Soy sólo de ti. Soy tuyo.

Pero ahora, cuando la muerte lo había tocado tan íntimamente, se había depositado en el interior de su cuerpo y le demostró las consecuencias inequívocas de la entrega y de la atadura, Obi-Wan se echó para atrás.

Se tentó el estómago de nuevo. Ahí, debajo del ombligo, en el lado izquierdo, sintió la presencia de algo más. Algo que no debía afianzarse dentro de su cuerpo, pero que lo había hecho de todos modos, como una flor creciendo en el medio de un desierto. Ahí estaba Anakin. Su amor descomunal, monstruoso. Como una ola gigante, como un torrente de fuego. La semilla de su ardor tomando raíz en la tierra fértil de su devoción.

Obi-Wan es el espacio donde Anakin comete su devastación; su cuerpo es un mapa de estrategias, es un campo preparado para la guerra. Y Anakin, su Anakin, es un dios luchando contra la Naturaleza. El amor de un dios que es tanto y tan abarcador que no solo trae vida, sino muerte.

No: prefería ser una fortaleza. Prefería ser una torre.

Dolía menos así.

 

v.

No vio a Anakin el resto del día, ni a la reunión urgente del Consejo, ni al día siguiente. Eso sólo significaba dos cosas: que no estaba en el planeta o que estaba en República 5000.

Tomó la decisión cuando se levantó, muy temprano en la mañana. Cuando los únicos despiertos eran los jedis que salían a meditar a la Sala de las Mil Fuentes en la luz azulada, casi gris, del amanecer. Salió hacia los hangares del templo, cubierto por su capa y las sombras, y se adentró al que guarecía a El Resoluto. No había nadie salvo los pequeños robots de mantenimiento a la altura del suelo, limpiando. Se adentró al destructor, intentando no pensar en lo que estaba a punto de hacer, contando sus respiraciones, una afuera y una adentro; pidiéndole a la Fuerza por templanza, por luz, por algo, algo más, salvo esto.

Pero lo único que recibió de vuelta fue silencio.

Una vez dentro de la enfermería, el proceso no tomó mucho tiempo: encendió al droide médico, activo el código para su operación y se acomodó en la plancha de operación, sin más ceremonias. Se desanudó la túnica y el droide comenzó a trabajar con precisión mecánica. A su alrededor, sólo se escuchaban los silbidos y zumbidos de los aparatos médicos y sus propias exhalaciones, que parecían llega a sus oídos como el ruido que hace el viento entre las copas de los árboles.

Era un contraste impresionante, el de estar ahí, en el ambiente clínico y frío de la enfermería, mientras un par de dedos de metal le abrían la piel e introducían un tubo de aspiración, y el de estar con Anakin, debajo de él, en el sopor cálido y familiar de su abrazo, mientras le hacía el amor y le depositaba en las entrañas lo que ahora él se quitaba con terror, con la mirada fija en la lámpara quirúrgica, pensando en los ojos verde-azul de su padawan; con las manos muy quietas y replegadas a sus costados, pensando en que esas manos habían tomado el rostro de Anakin entre ellas y que se había maravillado de la suavidad de su piel.

¿Cómo serían sus hijos?, pensó, mientras el droide depositaba algo en una pequeña palangana de metal. ¿Tendrían el color de sus ojos? ¿Serían rubios como él? ¿Crecerían tan altos como Anakin? ¿Sufrirían del mismo corazón sin límites?

El droide le cerró la herida y le pegó un pequeño parche de bacta. Le dijo que todo había salido en orden y que el producto sería desechado bajo el protocolo de eliminación de residuos biológicos. Obi-Wan no pudo evitar sentir una punzada de arrepentimiento. Después de todo, no era culpa de la criatura el haber sido concebido. En todo caso, la culpa había sido suya por haberlo permitido.

“Gracias”, susurró él, mientras se cerraba la túnica y se levantaba. Había estado temblando y la espalda la sentía dormida, pero eso era todo. No sentía dolor alguno.

“Es recomendable para el paciente descansar de 2 a 3 días para que la recuperación sea exitosa. Por favor no realizar actividades físicas importantes durante este tiempo”, terminó de decir el droide, mientras limpiaba la estación en la que acababa de operar a Obi-Wan.

Por supuesto, no había oportunidad de eso. La noche anterior les habían avisado que debían volar a Yerbana, para romper el último bloqueo que quedaba todavía en pie en la Ruta Triella de Comercio. Con la liberación del planeta, la Orden Jedi y la República podía decir que había liberado al Borde Exterior de las garras de los separatistas.

Los hologramas de los generales jedi mostraron gestos de un alivio y esperanza que Obi-Wan no había compartido. Lo único que se mantenía en pie dentro de él era el sentido de responsabilidad que había depositado en Anakin. Con el fin de la guerra, se habían prometido los dos, serían libres. Ahora, con el parche de bacta debajo del ombligo, le pareció difícil encontrar un camino hacia la libertad. Era como salir de una guerra para entrar en otra. Una donde lo que se peleaba era su integridad, su alma.

Así que prefirió quedarse dentro del El Resoluto. Anakin había configurado el sistema de seguridad de su habitación para reconocerlo a él también y era el único lugar en el que podía esconderse mientras reunía fuerza para bajar al templo y seguir pretendiendo que era un buen jedi y un buen hombre. Atravesó el crucero, anduvo por los pasillos oscurecidos y callados, entró al camarote de su padawan y se acostó en su camastro, que no olía como él, que olía al detergente que usaban para lavar las sábanas y para limpiar el interior de las cabinas. Se acostó y se quedó dormido, hundiéndose rápido a un sueño sin sueños, oscuro y solitario.

Minutos después –u horas o días– lo que lo despertó fue la sensación de que alguien sostenía una navaja en su espalda: le recorrió por la espina un escalofrío helado, un sentimiento de terror, como el que aparecía cuando sabía que detrás de él se encontraba un enemigo, un droide con un bláster cargado, un sith. Pero cuando se dio la vuelta, se encontró con Anakin, quien estaba sentado en la silla de regulación de su habitación, frente a la cama.

Las luces estaban apagadas, salvo el pequeño foco de emergencia carmesí que brillaba desde el suelo. El chico frente a él tenía la mano de duracero frente a su boca y lo veía directamente a los ojos. No dijeron nada durante un par de segundos.

“No creo que entiendas que no hay un lugar en la Galaxia al que puedas irte donde yo no te encuentre”, fue lo que dijo Anakin, finalmente. Su voz sonaba grave, pero suave, con la peculiar candencia que lo caracterizaba. Era como terciopelo oscuro. Como el pelaje de una pantera. “Te lo dije, ¿te acuerdas? Te siento todo el tiempo. Cierro los ojos y sé donde estás. ¿Por qué nunca me crees?”

“Anakin–”.

“Realmente crees que todo esto es una farsa. ¿Piensas que soy un mentiroso? ¿Qué he pasado todo este tiempo mintiéndote?”, continuó diciendo él, sin permitir que Obi-Wan terminara de preguntarle cualquier cosa. “No soy como tú, maestro. No sobrevivo yo con medias verdades y secretos. No me conformo yo con las sombras y los susurros. ¿No ves que todo esto lo he hecho por ti? Debimos habernos ido de la Orden desde el primer día pero me quede aquí por ti. Debí haberme casado contigo, debí haberte sacado de este sucio planeta y debí haberte llevado lejos donde sólo yo conozca. Pero amas ser un jedi, ¿no? Lo amas más que a mi. Amas al código más que a mí. Amas a los maestros del Consejo más a que mí. Tú eres el mentiroso”. 

Obi-Wan se cubrió el estómago instintivamente. El chico había dicho todo aquello no como un reclamo, sino como una amenaza. El aire del camarote se había helado. Era como si cada palabra que pronunciaba fuera un dardo de hielo y se clavara en el corazón de Obi-Wan. 

“No, Anakin. Te amo”. 

Anakin negó con la cabeza. Sus facciones, deformadas por la luz roja, parecían talladas en roca. 

“Entonces ¿por qué no me dijiste?”.

“¿Decirte qué?”. 

“Que estabas cargando a mi hijo”. Silencio. O quizá ruido. Sólo ruido. Obi-Wan solo sentía la mirada de Anakin encima de la suya y los bordes del parche de bacta en el vientre. Anakin soltó una risita incrédula, al tiempo que se levantaba para acercarse al camastro: “No le borraste la memoria al droide. Y mataste a un niño. Qué jedi tan impresionante”. 

Se sentó en la cama, sorprendido, molesto. No podía creer lo que estaba escuchando. Se sentía mareado todavía, recién despierto, con frío, hablándole a una sombra que no entendía de razones, que le decía cosas que no tenían sentido.

“Anakin, ¿a un niño? ¿De qué estás hablando? Eso– eso dentro de mí no era un niño. ¡Era una imposibilidad! ¡Una aberración! ¿Por qué me hiciste eso? No tenías ningún derecho a–”. 

No pudo terminar de decirle que no tenía ningún derecho a hacer de su cuerpo lo que el quisiera porque Anakin conectó su palma directamente en su quijada. El golpe fue tan repentino que Obi-Wan no pudo hacer nada para bloquearlo. Apareció como de entre la oscuridad; una saeta de metal y cuero, aturdiéndole, sacándole el aire del cuerpo, vaciando a su cerebro de toda palabra.

Anakin lo tomó de la solapa de la túnica y lo volvió a golpear dos veces más en el mismo lugar, las dos con la misma fuerza y con la misma intención: hacerlo callar, hacerlo doler.

“¡Era mi hijo! ¡Tú eras el que no tenía derecho a hacer eso!”, gritó Anakin, mientras comenzaba a quitarle la túnica a puños y estirones. Sintió que de los ojos comenzaban a salírsele lágrimas, aunque esta vez no de pena, sino del impacto de sus bofetadas. “¡Eres mío, Obi-Wan! Mío. Todo tú. Cada centímetro de tu cuerpo. No te mentía cuando te lo decía. Pero tú sí. Tú nunca me lo dijiste creyéndolo. Eres un maldito mentiroso. Una deshonra. Un asesino”.

La Fuerza alrededor de ellos vibraba cortante, como si estuviera hecha de metal, de pedazos de vidrio roto y estuvieran cortándolos de todos lados. Sentía el interior del cuerpo escocido, sentía la piel herida. Y no se podía mover un centímetro. Anakin lo tenía paralizado debajo de él con la Fuerza, para dejarse examinar.

El chico le bajó la pretina del pantalón lo suficiente para ver el pequeño parche de bacta, que le arrancó sin consideración. El cabello lo tenía todo sobre la cara y estaba respirando con dificultad.

“Anakin, por favor– déjame ir. Esto es un error. Todo esto es un error”.

Pero Anakin no lo escuchaba. Pasó dos dedos por la pequeña cicatriz roja y sensible que le había dejado el droide. No lucía más que un rasguño, una marca dejada por sus dientes. No demostraba lo que había pasado ahí realmente.

“Esto era mío, maestro”, susurró él, pasándole la mano por el resto del estómago, en una caricia suave, tierna, que provocó que Obi-Wan temblara de miedo. Luego, se levantó de encima de él y comenzó a quitarse las hebillas de su guante de cuero, para poder sacárselo. “Tú me lo diste. Tú me dijiste que me amabas. Soy un necio por habérmelo creído, supongo”.

“Por favor, por favor, Anakin”, insistió él, al ver cómo su antiguo aprendiz arrojaba el guante al suelo de la habitación y procedía a bajarle el pantalón aún más. Estaba abierto de brazos sobre el camastro, completamente expuesto, sin defensa alguna. Pero, incluso sin la Fuerza, ¿qué haría? ¿Lo golpearía de vuelta? ¿Huiría de él?

Tenía razón. Era un mentiroso y un asesino. Quizá este era su castigo. Quizá esto era lo que merecía por haberse dejado arrastrar por el mar oscuro que era Anakin. Por haber creído que él era inmune a las fuerzas de la Naturaleza, por haber creído que podía respirar bajo el agua.

“Te vas a venir en mi verga, maestro. Y no me voy a ir de aquí hasta que suceda. No te voy a dejar ir hasta que yo me venga aquí”, le dijo, en voz suave, atemperada, presionando con un dedo duro y metálico en la herida en su vientre. Se siente como una puñalada, pero se siente también como un beso.

Todo a su alrededor está revuelto de eso: de dolor y de culpa y de traición, pero también de placer y de pasión y de amor. Todo es amor, pensó Obi-Wan, todo, incluso la muerte, es amor. Este dolor, este desconsuelo. La guerra, la destrucción, el odio. Cuando se trata de Anakin, todo es amor.

Anakin terminó de arrancarle los pantalones y le alzó las piernas para colocarlo en posición. Con sus dedos de duracero recorrió su cuerpo: del cuello, a la clavícula, al estómago, al vello púbico y luego debajo, a la entrada de su agujero, que recibió sus dedos sin problema alguno. Pero aun así, Obi-Wan tragó aire con desesperación, asustado y adolorido, cuando los dos dedos de Anakin se convirtieron en tres y comenzó a introducirlos sin consideración, sin buscar su satisfacción, como con la meta expresa de abrirlo en dos. Y él gritó cuando, en lugar de tres, sintió que la punta de todos sus dedos comenzaba a adentrarse a él, rasgándolo terriblemente

“Te voy a hacer doler, Obi-Wan. Pero te va a gustar, ¿entendido? Dime que lo entiendes”, le ordenó Anakin, que con la otra mano se bajaba el pantalón y se sacaba la verga. Todo era sombras oscuras y escarlatas. Lo único que se escuchaba era el ruido de la ropa de su padawan y de sus dedos entrando y saliendo de él, haciéndole daño, rompiendo la piel sensible.

“Sí”, exhaló él, haciendo la cabeza para atrás, incapaz de seguir viendo lo que Anakin hacía con su cuerpo, de ver como lo rompía en pedazos. “Sí, sí, sí”.

“Deberías verte, maestro. Ojalá pudiera enseñarte cómo te ves cuando haces eso. Quizá entenderías porque soy un adicto. No puedo vivir sin esto. No voy a dejar que me lo quites. Y mira, sí que te gusta”, dijo, sacando la mano de su agujero y tomando su verga media erecta y sensible, pasando su pulgar de metal cálido por su cabeza, sacando de sus labios un gemido a medias. “Eres tan horrible como yo, Obi-Wan. Pensé que luego de tanto tiempo ya lo habías aceptado”.

Entró a él después de esto. Le abrió las piernas con las manos bien sujetas en sus muslos y lo penetró de una vez, sin detenerse un segundo a que Obi-Wan lo aceptara, sin preocuparse tampoco de si él mismo se lastimaba con su intrusión. Fueun asalto frontal, un ataque a mansalva, sin cuartel. Anakin no buscaba sobrevivientes: lo único que quiere es dejar su mella en Obi-Wan. Lo único que desea es demostrarle lo que le ha repetido una y otra vez desde que se atrevió a pronunciarlo: Eres mío, déjate hacer.

Y como prometió, Anakin no lo tocó en otro lado. No lo sostuvo ligeramente de la cara mientras lo besaba, ni le mordió los pezones, ni lo acarició. Su mano de duracero se depositó con fuerza en su cuello mientras entraba y salía de él con violencia, no para ahorcarlo, sino para evitar que volteara la cabeza, para sostenerla ahí, ligeramente hacia adelante, para que viera lo que estaba haciendo él en su cuerpo y para que no perdiera detalle de la respuesta de su propia y enferma satisfacción. El dolor se transformó en placer y el placer, en su lugar, comenzó a convertirse en algo incalculable, como mirar al centro de una galaxia, como acercarse a un agujero negro.

“Vente en mi verga, maestro. Por favor. Necesitas esto más que yo. Vente en mi verga, mientras me cojo tu coño. Siempre te ha gustado que te diga así. No me puedes mentir. A mí no. Dame tu semen, mi amor. Vente conmigo adentro”, y Obi-Wan no podía hacer nada más que dejar que el orgasmo llegara a él como una tortura, como un expiación, un nacimiento de algo demasiado terrible como para nombrar. Así que eyaculó con fuerza sobre sí mismo, sobre su pecho y su cuello, con las manos todavía atrapadas bajo las manos invisibles de Anakin y lleno de él en todos lados, como agua helada alrededor de cada esquina de su cuerpo.

“Mierda. Siempre te sientes tan bien. Incluso así. Eres hermoso y te sientes tan bien”.

Su padawan siguió cogiéndose su cuerpo abusado hasta que, al borde de su propio orgasmo, se salió de él, depositó su semen justo sobre la herida de su operación y, como para dejarlo todo muy claro, se subió sobre su pecho y le abrió la quijada con dos dedos, para echarle sobre su lengua las últimas gotas de aperlada semilla. Todo había sido una demostración; una puesta en escena. Era Anakin demostrándole, una y otra vez, que quien estaba en control era él y que no dudaría en hacérselo saber.

Se tragó las gotas de semen y cerró los ojos, al tiempo que los grilletes de la Fuerza se desvanecían en la oscuridad y el chico se dejaba caer sobre él, exhausto también, y hundiendo su rostro en la curva de su cuello. Todo su cuerpo estaba adolorido, punzante, en carne viva. Sus muñecas, su rostro, su estómago, sus piernas. No parecía existir un centímetro de piel en su cuerpo que no estuviera lesionado.

No supo cuánto tiempo pasó, pero la respiración de Anakin nunca se atemperó. Continuó inhalando y exhalando irregularmente sobre su pecho, hasta que Obi-Wan lo tomó del cabello y levantó su rostro, para verlo. Anakin estaba llorando. Tenía los ojos rojos y el rostro lleno de lágrimas.

“Perdóname Obi-Wan”, le pidió, entre sollozos. “Pero te amo tanto. Te amo tanto que me vuelve loco”.

Obi-Wan lo abrazó, intentando no quejarse de su propio dolor. Lo rodeó con sus brazos y lo depositó en su pecho, como había hecho tantas veces desde que era un niño de ojos brillantes y piel caliente.

“Te amo también”, le contestó, acariciándole la cabeza, susurrando con cuidado sobre su coronilla. “Pero no podemos seguir haciendo esto. Ya no puedo más”.

Intentó pensar en jardines y en castillos. Intentó recordar la arquitectura especial de la plaza real de Theed, del sonido que hacían sus cascadas, del aroma a verdor, a luz de sol, a agua que fluye y que nutre y que hace vivir. Intentó recordar el rostro de su maestro, el rostro del anaxeno que había matado; intentó repetir el Código Jedi, pero nada vino a él. Lo único que lo acompañaba era la Anakin, su signatura, su olor, su peso sobre su cuerpo. Lo único que tenía era a él.

Y lo amaba, era verdad. Pero amarlo, también, era como una condena a muerte. 

Notes:

He estado un mes sin terminar nada ni publicar porque estuve a dos centímetros de caer en el burnout, así que preferí darme un pequeño espacio, respirar, equilibrarme mentalmente y volver a terminar mis pendientes. Por supuesto, gracias al server de Discord, lo primero que apareció fue esta locura. Luego, pues ya saben, tuve que denunciar a mis vecinos por violencia animal, cuidar a una perrita enferma y he estado en este embrollo estos días. Lol. En fin, espero estar por aquí ya más seguido. Les quiero mucho.

Series this work belongs to: