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Will podía reconocer con facilidad el sonido de los pasos del doctor Chilton, las suelas de los zapatos venían acompañadas por el bastón. Seguía viniendo de visita a su celda de vez en cuando, en cuanto tenía oportunidad, muy a pesar de su negativa a hablar con él. Incluso para avisarle de las visitas, se molestaba en ir hasta su pequeña y reducida habitación.
“Ha venido un hombre en calidad de tu abogado” dijo, pero Will permaneció en silencio, mirando a un punto perdido en la distancia. Podía oír a Chilton a través de las paredes de su palacio de la memoria, sin tener que molestarse con su presencia. “No el abogado que te defendió en el juicio, uno distinto que no había tenido la oportunidad de conocer hasta ahora. Ha sido muy extraño ver a otra persona con tu cara”.
Entonces tuvo toda su atención, Will alzó la vista y el rostro con intriga. Hacía mucho tiempo que no sabía nada de sus hermanos, y no esperaba ver a Nolan precisamente.
“Nolan Price. Me extraña que tengáis apellidos distintos. He tenido que llamar a Jack Crawford para comprobarlo”.
“Jack guarda la información de mi familia en privado porque eso es, privada” espetó Will.
“Sí, pero al menos ha tenido la decencia de confirmarme que tienes familia con vida. Tres hermanos nada menos”.
Tras una pausa breve, en la que Chilton esperaba algo más por parte de Will y en la que Will no respondió con nada más que con un gesto inexpresivo, Chilton suspiró y le preguntó si aceptaba la visita, a lo que Will tan solo asintió. Frederick desapareció a través del largo pasillo entre las numerosas celdas de sus pacientes presos y, al poco tiempo, le sucedieron otros pasos, los del celador y los de Nolan.
Su hermano se detuvo a la distancia prudencial marcada por la línea de seguridad que habían pintado en el suelo, con su largo abrigo negro y su maletín de cuero, la misma expresión amargada de siempre, remarcada por las características arrugas de un hombre que ha visto demasiado y el inicio de canas en sus sienes.
Ambos permanecieron en silencio mientras el celador esposaba a Will y lo sacaba de su celda, para luego caminar a tan solo un metro de distancia el uno del otro, como si la distancia prudencial de hacía un minuto ya no fuese un requisito. El celador hizo pasar a Will primero a la sala de visitas, donde se sentó y fue esposado a la mesa. Después, hizo pasar a Nolan.
Solo cuando ambos estuvieron a solas, sin cámaras, micros ni vigilancia, de acuerdo con la ley cuando un recluso está acompañado de su abogado, empezaron a hablar con total libertad.
“¿Por qué no llamaste?” Preguntó Nolan.
Will se acomodó en la silla, sin dejar de apoyar los antebrazos en la mesa.
“Encefalitis craneoencefálica” dijo sin más, como si la enfermedad lo excusara de pedir ayuda cuando todo empezó a irse a la mierda.
Nolan apartó la mirada, mordiéndose el labio inferior en señal de pesadumbre.
“Cuéntame lo que ocurrió”.
Will cedió a su petición, narrando los hechos tal y como ahora podía recordar, todo lo que había acontecido desde que conoció al doctor Lecter. El uso de drogas en sus sesiones, la forma en que torturó su psique hasta el punto de hacerle creer que había matado a sangre fría, que era el imitador que estaban buscando. Le contó a Nolan cómo Hannibal había tejido los hilos y los manejaba a todos como marionetas, desde el momento en que hizo que disparase a Garret Jacob Hobbs el día que mató a su mujer y a su hija, hasta el día en que le introdujo la oreja de una de sus víctimas por la garganta. Las lagunas habían vuelto a él, regresando no solo su memoria, sino su cordura.
“¿Habéis venido los tres?” Preguntó Will, habiendo terminado su relato y apenas dando tiempo a Nolan para asumir toda la información.
“Claro. Estamos aquí para ti, Will. ¿Qué quieres que hagamos?”
“Quiero que matéis a Hannibal Lecter”.
Lejos de sorprenderse u horrorizarse, sonrió y soltó una pequeña risa entre dientes.
“No podemos hacer eso. El objetivo es sacarte de aquí” respondió, entrelazando los dedos e inclinándose hacia delante. “Pero hay otras formas, querido hermano”.
Will dejó todo en manos de Nolan, el mayor de los cuatro. Él siempre sabía mantener la mente fría en cualquier ocasión, él les enseñó todo lo que saben. Por eso, Will confiaba plenamente en él y en su criterio.
Para mantener las apariencias, Adam y Bobby permanecieron ocultos, solo Nolan visitaba a Will; encuentros regulares a lo largo de tres semanas, siempre en calidad de abogado, siempre en privado. Claro que no eran las únicas visitas que recibía, el doctor Lecter venía a verle, a veces acompañado de Alana, y, en cada ocasión, Will llevaba a cabo su mejor actuación, una performance digna de un óscar.
“¿Por qué no me hablaste de tus hermanos, Will?” Preguntó Hannibal, allí de pie, respetando la línea de seguridad que le separaba de la celda, sujetando su abrigo bien doblado con el brazo. Frederick observaba y escuchaba la conversación desde su despacho, como siempre.
“Asumo que el doctor Chilton se lo ha contado” dijo Will, ignorando la expresión de dolor que había en el rostro de Hannibal. Como si esa pequeña mentira supusiera una traición igual o mayor que la que él había ejercido. “Llevo años sin hablar con mis hermanos. A excepción de Nolan”.
“¿Es tu nuevo abogado?”
“Así es, y es muy buen abogado. Prepara una apelación” explicó Will, siguiendo su guion.
“Me alegra que hayas sanado lazos familiares, y de que te ayuden” sonrió con cierta amargura, aunque estaba siendo sincero con sus palabras. “También veo que has mejorado”.
“Lo he hecho. Ahora sé que no fui yo”.
“¿Has recordado?”
Will se quedó en silencio durante unos segundos, saboreando la curiosidad que emanaba del caníbal, decidiendo que le mantendría en la incertidumbre.
“Lo suficiente”.
