Actions

Work Header

Entre una noche calurosa y unos compañeros de cuarto

Summary:

König odia el calor, odia sudar como un maldito puerco cuando esas temporadas se acercaban. Y Horangi estaba allí para hacerlo cambiar de opinión, no a voluntad propia, por supuesto. Horangi solo buscó ayudar, sin embargo no se arrepiente de sus acciones.

Notes:

Conozco muy poco de call of duty, (muy obvio si se lee con atención, ¿verdad?) Así que las personalidades con casi hc.

En este fanfic König se llamará Killian y Horangi permanece con su nombre real.

Si alguien ve un error no dude en comentarlo para arreglarlo, termine esto en la madrugada y lo revise varias veces pero se que algo se me debió escapar por ahí.

Pues nada, espero que lo disfruten y les agrade. Se que una buena amiga va a ser la primera en leerlo, así que es como un regalo para ella. Fer, te envío un abrazo <3

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Fue una de las noches más calientes de la semana, König trataba de dormir con solo sus boxers y un par de calcetines puestos, pero lo único que conseguía era sudar más. Amaba generar calor corporal para calentar un estado cuando el invierno llegaba, pero en verano era un castigo, un infierno del que no podía salir.

Por ello se vio en esa situación incómoda.

Sediento, sudoroso y quejándose en voz alta.

No quería levantarse para vestirse y bajar a la cocina general en busca de agua, tampoco tenía ganas de moverse para abrir la ventana sobre su cabeza en un intento de que el aire fresco entrara, (los insectos aprovechaban para entrar también). Pero si quería llorar de la impotencia, con mocos y todo, quería gritar y recostarse en el suelo. Estaba entrando a un punto de ebullición sin retorno. Necesita a relajarse, necesitaba entrar en razón antes de arremeter contra la nada.

Decidió sentarse en su cama, lento, con las sábanas despegándose de su húmeda espalda con un asqueroso sonido.

Ugh, fick mich.

— Carajo, König.

El llamado saltó cuando la voz de su compañero de cuarto lo sorprendió. No creía ser tan ruidoso como para despertarlo pero, nuevamente no estaba muy atento en sus acciones. No era su culpa, (sí lo era), él solo quería dormir sintiéndose fresco.

— Perdona, Horangi — trató de disculparse cuando el otro imitaba sus acciones y tomaba asiento en su propia cama con un enorme suspiro —. No quería despertarte, es solo... Hace calor.

El azabache de corta estatura restregó sus manos en su rostro, buscando alejar la sensación del sueño y la humedad casi nula. Estaba irritado por ser interrumpido, por el calor y por qué König no dejaba de soltar ruiditos molestos. Tardó tanto en conseguir su sueño como para ser arrancado de el de esa forma, era insultante, digno de un castigo divino y el infierno eterno.

Carajo, ni siquiera pensaba bien. Maldecida al pobre gigante sin pensar en como se sentía, en lo incómodo que debe ser para él esa temperatura veraniega.

Ahora que lo miraba bien Horangi notó la falta de ropa y su rostro despejado, esa cara lo tomaba por sorpresa cada que aparecía, era como un folklore. No podría explicarlo, es algo salido de los cuentos de hadas.

Parpadea saliendo del trance al momento en el que el otro trata de quitar el sudor de su frente con una mano demasiado agresiva y brusca.

— Creo que aún tengo un compresor frío —. Con las mejillas rojas, se levanta de su cama para sacar el objeto del cajón a su lado. Afortunadamente el compresor apenas estaba derritiéndose, lo helado era un alivio en sus manos húmedas —. Es más agua que hielo, ¿Está bien?

Giró a tiempo para ver a König asentir con entusiasmo, lanzando pequeñas gotitas de sudor por toda la habitación. Era asqueroso, no adorable, nada lindo, no. No tenía a Horangi sonriendo como tonto.

En lugar de entregarlo, el azabache decidió sentarse en la cama ajena. Hacerse un espacio al lado del grandulón y dejar que sus manos presionarán el compresor en la espalda ancha. La reacción fue rápida, al momento König arqueo su columna y jadeó aliviado, (o sorprendido). Era una reacción común al cambio de temperatura tan fuerte, algo que el cuerpo experimentaba conforme caían las gotas heladas por toda su espalda hasta el elástico de sus boxers verdes. Tan normal que su piel se erizará, que el frío pintara su palidez en rojo y temblará cada que movía el compresor a sus hombros anchos. Común, natural y... quizá seductor.

Horangi tragó un suspiro cuando König emitió un quejido.

"저주", no debió hacer eso.

— ¿Mejor?

— Sí — airoso respondió.

—Okay.

Qué debía hacer ahora. El Austríaco no parecía incómodo o como si fuera a quitar el objeto para continuar él. Al contrario, levantaba los brazos para que la tela del compresor pasarán por los costados de su estómago. Y ya que ninguno de los dos quería detenerse, Horangi tiró del hombro ajeno hasta que volvió a recostarse boca arriba. Ahí, con la cara espolvoreada en pecas y la sangre manchando sus mejillas, König yace dichoso. Satisfecho al verse atendido, suspendido en su espacio despreocupado. Él no conocía esa faceta pero quería investigar a profundidad el por qué existía. Poco a poco lo averiguó.

El hielo hizo contacto con el estómago ajeno, ahí donde los músculos se escondían detrás de una capa de grasa adorable, y con ella König vibró.

Subio con cuidado por su ombligo, humedeciendo cada espacio hasta que tocó las costillas ajenas. König río entonces, algo pequeño y airoso.

— Cosquillas — comentó como si no fuera obvio.

Horangi sonrió con él —, ¿Sí, aquí? —. Y tocó con los dedos entumecidos cada costilla. Contando en su cabeza mientras König reía con un poco de fuerza. "Onceava, décima, novena, octava, septima. ¡Oh! La sexta lo hacia retorcer". Se detuvo cuando las manos ajenas capturaron las suyas y exigieron libertad. — Mi error, mi error. ¿Continuó?

— Por favor.

Pasando por la caja torácica de gran tamaño, Horangi saltó a los brazos ajenos. Recorriendo cada curva que sus músculos creaban, adentrándose en la piel sensible de su antebrazo y rozando la piel dañada de sus dedos. Primero izquierdo, luego derecho. König permitió su manejo como si se tratará de un títere sin cuerdas, tan sencillo fue acomodar sus brazos sobre su cabeza y hacer que sus manos se tomarán entre sí. Ni siquiera tuvo que pedir que las dejará ahí, König lo hizo sin rechistar.

Oh, su corazón no aguantaría tanto. Desarrollaba en su cabeza un sinfín de posibilidades que no sabía si algún día podría cumplir.

Arrastró su cuerpo para sentarse al lado de las rodillas ajenas. Y dudó. Dudó un poco al notar tanta diferencia entre un torso desnudo a un par de piernas y unos boxers. El conocía a König sin camiseta, era común si señalaba su amistad y la forma en que compartían cuarto. Él sabía los recovecos de su espalda, donde había sombras por el hundimiento de los músculos y dónde aparecían las pecas cuando el sol acariciaba sus hombros. Sabía de las cicatrices de su torso, pero sus piernas... Él ni siquiera conocía las marcas de estrías en sus muslos ni el color casi invisible de los vellos sobre ellas. Era un nuevo terreno, unas tierras nuevas para expandir su conocimiento y educar su tacto.

Solo podía mirar detrás de sus pestañas y rogar por ser digno de tocar. Tragar el cumulo de saliva en su garganta y teñir su vergüenza en rojo.

"저주", pensó.

— Hong Jin.

Salta al escuchar su nombre real. Siempre que König lo llamaba de esa forma, él se arrepentía un poco de haberle contado. En ese momento, no lo hizo. En ese íntimo segundo, su nombre fue el susurro de un dios en sus oídos pecadores.

— ¿Mm? — murmura sin ser capaz de responder con palabras correctas.

— Está bien.

Confundido despegó sus pupilas de las sombras en la única tela en el cuerpo del gigante para mirar las iris que taladraban su alma con timidez y... mucha sensualidad.

Esa cara era la segunda que conocía en la misma noche.

Sus cejas delgadas se arqueaban en súplica, sus labios se pintaban de granadas por los dientes pálidos que se aferraban a ellos y el color café desaparecía de sus ojos por la dilatación de su pupila. Era un espectáculo de otro mundo.

— ¿Qué cosa? — cuestiona sabiendo y no la respuesta.

— Está bien si quieres tocarme.

En ese momento, Horangi consideró ponerse de rodillas y agradecer a cualquier dios que puso sus ojos sobre él con la única esperanza de hacerlo feliz. Pero el no era un hombre de fé.

Jadeó con suavidad, mirando de nuevo a los kilómetros de piernas que lo esperaban temblorosas —. ¿Estás seguro? — interrogó con la tensión de una cuerda a punto de romperse.

— Mientras yo pueda tocarte a ti —. König sonrió — Está bien.

— König, cariño. Puedes matarme y yo estaría feliz.

La risa del austríaco era similar al sonido de unas campanas pequeñas. Fino, divertido y sorprendente. Le gustaba mucho hacerlo reír a carcajadas con sus chistes malos o historias viejas, pero ¿Hacerlo cuándo el aire se sentía caluroso y pesado? Oh, era una delicia.

Lástima que Horangi la cortará cuando levantó la pierna ajena con una mano sosteniendo el interior de su rodilla.

Toda diversión se apagó, permitiendo a la intimidad entrar con grandes zancadas y mucha autoestima.

El tobillo de König descanso en su hombro, para que sus manos y el compresor tuvieran más espacio para tocar, para enfriar y calentar.

Primero tanteó la pantorrilla dura, acariciando el vello delgado y el músculo firme. El hielo lo tensaba hasta que König apretó los dedos de sus pies causando un pequeño sonidito en sus huesos. Horangi no comentó nada pero si sonrió astuto. Dejó a los gotas heladas bajar por el interior de su rodilla hasta su muslo grueso y carnoso, antes de pasar la compresa para que todo quedará húmedo y sus dedos resbalaran con libertad. Era tan suave, como... No había forma de describirlo, era tan humano, caliente y frío, rugoso y terso. Horangi quería enterrarle sus dientes hasta que una marca grande quedará en ella y palpitara cada que König la tocara.

Descansó su mejilla contra la pantorrilla ajena con un jadeó quejoso escapando de su boca. König lo imitó con un suspiro propio, uno ronco y tímido.

Levantó la pierna ajena cuando eso pasó, decidiendo que, si tenia permitido tocar, lo haría apropiadamente. König debió leer su mente, porque entendió correctamente sus acciones al alzar su pierna y darle un hogar entre el calor de sus muslos.

Iba a volverse loco, jamás había sudado como lo hacia en ese momento y ya no sabía si se debía a las temperaturas infernales o al gigante color sol.

Obligó a ambas piernas a doblarse, hasta que solo sus pies descansaban en la cama y las rodillas miraban al techo, entonces le dió algo de cariño al segundo muslo del austríaco. Ese que tenía una gran cicatriz irregular por no haber sanado correctamente. La compresa jugó su papel al humedecer la piel sensible para después descansar con tranquilidad en el estómago bajo del hombre, este tembló y suspiro, sorprendido de verlo aparecer de nuevo.

Horangi deslizó sus dedos por la piel rugosa. Detalló la singular textura del inicio de su rodilla hasta el final de su cadera, subió y bajó cada vez con más fuerza, hasta que sus uñas dejaron largas líneas rojas que aparecían ante la presión y la palidez.

— 저주 — jadeó —. Eres tan fácil de marcar, König.

El llamado no prestaba atención a sus palabras, sus párpados caían sobre sus ojos y la boca se abría en un intento de que el aire entrara para rescatar a su pobre corazón acelerado.

— König, déjame marcarte — suplicaba, perdido en su deseo — König, déjame morderte.

Ante la repetición de su nombre, el pelirrojo enfocó su mirada en el hombre entre sus piernas y pensó en lo mucho que lo quería. En el tiempo que había pasado enamorado de él, queriendo que algo así ocurriera, imaginando tantas cosas que no se comparaban a la realidad. König lloraría de la alegría. Y en lugar que confesarlo, él susurro —, haz que duela.

Así lo hizo.

Horangi capturó la pierna donde la cicatriz brillaba y clavo sus dientes justo sobre ella, fuerte, ardiente, como un tigre enterrando sus colmillos en su presa, deseando sangre y carne, deseando llenar su estómago hasta satisfacerse. Soltó solo para bajar un poco más y morder de nuevo.

König abría su boca en un gemido sordo, nada de sonido escapada, pero las lágrimas bajaban por sus mejillas hasta gotear en su barbilla.

Atacó su segundo muslo después, arañando y mordiendo, hasta que bajó entre la conexión de sus piernas y, con la mejilla descansando en la tela que cubría su calor, chupó la piel suave que conectaba con su entrepierna.

— ¡Hong Jin! — jadeó alto y ruidoso, con los codos ayudándolo a sentarse un poco en la cama para mirar el rostro perdido de su compañero.

Su piel soltó con un "pop" húmedo antes de restregar su rostro en la dureza ajena como si de un gran gato amaestrado se tratará. König intento cerrar sus piernas ante la sensación pero Horangi fue las rápido al tomarlas y evitarlo. Sonreía con la mejilla descansando en su entrepierna y los párpados pesados en sus rasgados ojos. König no sabía como mirarlo, era vergonzoso sentirse latir y mirar como la cabeza ajena subía cuando pasaba, era penoso encontrarse demasiado animado por la cercanía y la textura del vello ajeno raspando sobre la tela.

— ¿Fue demasiado? — cuestiona el azabache con gusto en sus palabras.

El austríaco negó con fuerza, agitando su cabeza de lado a lado, repitiendo la acción de lanzar pequeñas gotas de sudor al rededor. Horangi seguía pensando que era algo demasiado lindo, sucio pero lindo.

— ¿Puedo seguir?

Hubo un poco de duda, algo ligero que hizo a Horangi elevarse rápidamente en sus rodillas para alcanzar el rostro ajeno entre sus manos y acercarlo. No le gustaba cuando la ansiedad de König lo atacaba, siempre apareciendo en los momentos menos esperados y llenando su cabeza de miedos que no existían.

— Hey —. Trazo las mejillas ajenas con sus pulgares, capturando unas lágrimas que no había notado antes —. Está bien, König. Podemos parar en cualquier momento, no voy a molestarme.

El gigante permitió el toque, derritiéndose como mantequilla entre las manos del hombre y tratando con todas sus fuerzas de cerrar los ojos para dejarse sentir. Es que era demasiado, tantas cosas pasaban a la vez y por más que las deseara, seguían asustando a su pobre corazón sensible. Tenía miedo de que todo fuera un sueño o su imaginación, que él ni siquiera se diera cuenta de que estaba soñando despierto de nuevo.

— Me gustas mucho — murmuró el pelirrojo con su acento espeso como miel en su lengua floja.

El asiático no esperaba una confesión en ese momento, creía que pasaría después, cuando ambos bajaban de su satisfacción y medio dormidos se recordarían lo mucho que se querían, porque era obvio... Horangi casi lloraba de lo obvio que era König con sus bonitos ojos llenos de corazones cuando estaba en su campo de visión. Al tiempo pensó que si el otro no lo escondía, pues él tampoco lo haría; comenzó a coquetearle, a llevarle regalos y perseguirlo por todos lados como un cachorro perdido. Imagino que König sabía de sus sentimientos, al parecer se equivocó.

— Oh, König — dijo con un aliento de voz y sus labios besando la punta de la nariz griega del lindo hombre. Cada beso se repartió por el bonito rostro con la misma delicadeza de una mariposa descansando en una flor para beber de su nectar. Beso sus mejillas, sus párpados revoloteando, la frente arrugada en preocupación y la cicatriz que recorría desde su ojo izquierdo hasta la comisura de su boca.

El hombre parecía satisfecho con la respuesta no verbal, como si sus dudas se volvieran nubes y desaparecieran en el techo de su habitación.

— Te quiero — Horangi susurró sobre los labios temblorosos de su amor, conteniendo sus deseos carnales de besarlo hasta sangrar, hasta mallugar y doler —. Te adoro.

Había algo fuerte entre ellos, como una barrera delgada, una línea invisible que alguno de los dos debería cruzar. Tenso, pesado y crudo, casi podía sentirla cuando König deslizó sus manos sudorosas por su cintura y jaló, acercándolos. Intentando unir sus pieles, fundirse en uno, mezclar sus almas y sincronizar sus corazones.

— Besame — exigió el pecoso creyéndose un rey descansando sobre su trono.

Y quién era Horangi para negarlo.

El contacto fue lento, un baile de una pluma sobre un soplo de viento frío, delirante. El azabache abrió su boca para capturar el belfo inferior de König y chupar. Al instante soltó el ruido más adorable que Horangi alguna vez pudo escuchar, era un gemido de tono ronco y tímido que hizo a su sentido común desaparecer. Bebió de su boca como un hombre sediento, besó con fuerza y determinación, König le dejó gobernar. Le permitió rozar su lengua contra la suya haciéndolo saltar por el contacto, le dejo chupar sus labios hasta que el rojo sangre los pintaba y sollozó cuando tiró de su labio superior con una mordida que sería capaz de cortar si lo deseara.

Y König lo miraba como si hubiera bajado la luna con todas las estrellas del cielo.

Actuó por instinto cuando su mano empujó el pecho contrario para recostarló en la cama que rebotó por la fuerza. Se dejó llevar por las sensaciones, por la emoción y el rico aroma que su dulce amor exudaba.

Trazó la piel de su cuello con su lengua, capturando gotitas de sudor salado y atrapando la nuez de Adán que, subía y bajaba por la saliva acumulada. Horangi la mordió con suavidad, apenas dejando una pequeña marca rojiza y satisfecho continuo su camino, bajó por sus clavículas llenas de pecas y beso con cariño cada una de ellas. Luego subió su cabeza para mirar los pectorales de König, esos músculos gruesos que lo tenían loco, en ese momento se veían sonrojados y llenos de agua del compresor...

¡Oh, el compresor!

Horangi se alejó en busca del mismo, encontrandolo justo donde lo dejo. En el regazo de König, al parecer el otro no se molestó en quitarlo. Sonrió tomándolo entre sus dedos, agradeciendo a los dioses por qué este continuará frío y procedió a realizar una de las fantasías que atacaba su mente cada que se daba un baño de agua tibia.

— Relájate — ordenó antes de deslizar el compresor por los pectorales de su amado compañero, notando la forma linda en que sus pezones rosados se hincharon por el cambio de temperatura. König suspiró por la sorpresa y el gélido tacto.

Satisfecho, Horangi lanzó el objeto sin contemplaciones, escuchando el ruido sordo de caída al otro lado de la habitación.

— Mira eso, König —. Sus manos cruzaron el camino de su torso con calma, antes de descansar en la parte inferior de sus pectorales y con vehemencia capturó la carnosidad entre sus dedos como si buscará pesar el volumen de ellos —. Mira tus lindas tetas.

König subió sus hombros hasta sus orejas, tratando (y fallando) de esconder la timidez de sus mejillas rojas.

— Hong Jin — susurró cerrando sus ojos con fuerza.

El llamado empujó suavemente la carne relajada, consiguiendo que está saltará una y otra vez. König, obviamente, lo sintió y tuvo que abrir los ojos para mirar sus propias tetas brincar y brincar. No entendió el sentimiento que lo invadió; era cercana a la vergüenza y la fascinación. Tragó la sequedad en su garganta cuando Horangi las tomo de los lados y junto, creando la ilusión de ser más grandes de lo que eran.

— En la próxima ocasión... — inició Horangi con la boca acercándose peligrosamente a uno de los pezones hinchados —. Voy a cojerme tus lindas tetas... —. Su lengua salió de su boca para pasar con lentitud sobre el pezón izquierdo —. Para que cada día que las mires, pienses en mi pene entre ellas.

Decidió morder al finalizar su oración, la punta de su pezón fue atrapada por su hilera de dientes blancos con una delicadeza abrumadora. No dolía pero se acercaba demasiado a eso, era tan diferente al placer, era una locura. Luego las chupo, amamanto su boca con sus pectorales como un hombre muriendo de sed. La electricidad acariciaba el centro de su espalda y llenaba su ropa interior de humedad.

Latía, su polla latía tanto dentro de la tela que juraba que podría venir por la sensación.

Era demasiado, la boca cálida y mojada de Horangi no daba espacio a su mente para pensar. Mordía hasta sacar quejidos, chupaba hasta que moretones florecían en su piel y limpiaba con su lengua cada gota de sudor que bajaba por su cuerpo.

Quería más.

Paso sus manos temblorosas por los hombros anchos del azabache, aclamando una atención que se le dió de inmediato. Los ojos rasgados de Horangi lo miraban mientras su boca chupaba uno de sus pezones hasta despegarse con un suave sonido húmedo.

Jadeó con los labios temblando, la boca abriéndose en un intento de hablar, de contarle sus profundos deseos. Rogarle por sus dedos, por su polla, por su lengua y sus caricias. Todo y nada, König quería al otro enterrado en su cuerpo hasta llorar. Pero, ¿Horangi lo quería así? Ya que el Austríaco era un hombre grande, se le imaginaba tomando el mando en los actos sexuales pero eso no lo llenaba correctamente; siempre dejaba un vacío que no conseguía ocupar.

Su ceño fruncido fue besado por el hombre pálido, arrancándole una sonrisita avergonzada.

— ¿Qué quieres decirme? —. Horangi junto las puntas de sus narices en un suave roce.

König decidió que su amante lo quería lo suficiente como para escucharlo, así que dijo con lentitud y tranquilidad, para que Horangi escuchará a la perfección — Follame.

— Oh — clamó, temblando desde las puntas de sus pies hasta el último cabello en su cabeza —. Vas a matarme, König.

Río porque Horangi se veía desecho, parecía que sus palabras eran una bendición para sus oídos.
Asintió con su cabeza descansando en su pecho, luego asintió de nuevo con más entusiasmo.

No hubo lubricante, ya que ninguno esperaba actuar de esa forma y no querían despegarse para correr al área médica a pedir uno. Decidieron usar un aceite que Horangi guardaba en el fondo de su cajón, una con un suave aroma florar que hizo a König sonreír con hoyuelos y arrugas a los lados de sus ojitos. El asiático no se dejó intimidar por la vergüenza de tener productos de belleza en su poder, era un hombre que le gustaba verse bien y oler bien, sin importar que solo él (y könig) podía ver su rostro.

Dejó el aceite al lado para su uso y prefirió continuar su trabajo con la boca dejando un suave beso justo en el ombligo del contrario.

König acarició sus cabellos cortos cuando sus manos tantearon el elástico delgado de sus boxers y su lengua lamió el miembro duro sobre la tela. Olía a almizcle y al desodorante corporal del Austríaco.

Atrapó con su dedo incide el elástico, tiro de el y luego soltó, sacando un sonido sorprendido de la boca de König y una marca roja en la bonita piel pecosa.

Sin perder el tiempo, Horangi bajo la tela hasta que el pene de su chico salió de un salto, aterrizando en su estómago con un alegre balanceo. Se pregunto cuánto de eso podría entrar en su garganta sin hacerlo vomitar.

— Solo un chico tan lindo... — dice con los labios rodeando la sensible piel de su rosada glande goteando grandes cantidades de presemen —, podría tener una polla tan adorable, mira eso... Tan húmeda.

— N...no... Horangi —. König no conseguía formar palabras completas sin deshacerse en temblores.

El Austríaco era un hombre grande, su polla se amoldó al tamaño de su cuerpo y Horangi estaba fascinado con ese hecho. Dejó que su boca se estirará para que la glande entrara al calor cavernoso de su garganta y continuará hasta que solo podía saborear y respirar a König. Podría acostumbrarse a eso, a la presión en su garganta y, el subir y bajar de su cabeza, a sus manos tomando los testículos ajenos entre sus dedos para amasarlos, a la forma en que su respiración desaparecía cada que König jalaba su cabello perdido en su propio placer. El dolor en las comisuras de su boca se opacaban por los gemidos gustosos de König, esos pequeños; oh, ah, mm, tan roncos cómo su voz delgada permitía.

Tragó una vez, sorprendido de que la glande se moviera con la succión y entrara sin restricciones más abajo de su garganta.

Carajo, en su vida se imagino haciéndole una garganta profunda a su compañero de habitación pero aquí estaba, atragándose como un campeón y alegre por la intromisión.

— ¡Dios, Hong Jin! — su menor, sin medidas, tiraba de sus cabellos y movía su cabeza a su complacencia. Usándolo sin pensar en la forma en que volvía loco a Horangi, sin analizar que su propia polla latía incontrolable entre sus piernas por las sensaciones —. Ah, tu boca. ¡Hong tu boca se siente... ah!

Debió separarse en un punto, en un momento el asiático tomo las manos de su amado y sacó la carne de su garganta con un gran jadeó que sonaba más como un quejido. Sentandose sobre sus piernas, Horangi lanzó su cabeza sobre sus hombros y miró al techo mientras buscaba el aire que le había sido arrebatado gustosamente. Sonrió lento, relamiendo la sal de sus belfos y dedicándole unos ojos a su chico que murmuraban una promesa. Quizá otro día dejaría a König joderle la garganta las veces que deseará, en ese momento quería usar su boca y dedos para algo más.

Repartió besos cariñosos en los nudillos del austríaco antes de ordenarle desnudarse mientras el tomaba la botella de aceite y vaciaba un poco en sus dedos. Se detuvo cuando König volvió a recostarse con las piernas abiertas para él y los ojos atentos en sus dedos mojados. Miró abajo de sus testículos, dónde su entrada se apretaba con anticipación y decidió usar más aceite.

Instruyó al pelirrojo para que colocará una de las almohadas debajo de sus caderas y abriera sus piernas tanto como le fuera comodo. Luego tomo la polla que brillaba por su saliva con la mano sin aceite, mientras la otra formaba circulos lentos al rededor del nudo de nervios. Masturbaba con cuidado, agradeciendo que sus largos dedos alcanzarán a rodear lo suficiente de ella. König apenas respiraba, demasiado nervioso y deseoso como para permitirse relajarse ante las buenas sensaciones.

— Tranquilo, König — murmuró con sus dedos dando suaves golpecitos a la entrada que se negaba a cooperar —. Si me quieres aquí, necesitas dejar de pensar.

El pecoso asintió, cerrando sus ojos para concentrarse en su respiración y la forma en que el puño de Horangi giraba sobre la punta de su pene, de tal manera que lo hizo abrir la boca asombrado de lo electrizante que se sentía. Ahí sintió el empujón de un dedo demasiado delgado y largo, dándose espacio en el interior de su cuerpo. Despacio, paso a paso, hasta que el nudillo de su mano apenas rozaba el borde de su entrada. Tuvo que apoyarse en sus codos para mirar el antebrazo del azabache tensarse por el movimiento de entrar y salir, era... Diferente. König pensó que se sentiría bien pero era solo... Diferente.

Horangi río divertido del rostro abatido en König, luego decidió darle algo de diversión cuando saco su dedo por completo para agregar uno más y entrar de golpe.

— ¡Oh!

Fue demasiado rudo para su primera vez, sí, pero König se veía encantado de ello. Feliz de que sus entrañas fueran abusadas por sus dedos astutos. Acarició la vena bajo su pene mientras sus dedos se separaban dentro de König haciendo que los anillos se estiraran y amoldarán al contorno de sus dígitos.

Un chorrito de presemen salto de su pene cuando pulsó con fuerza, un aviso de que se sentía espléndido bajo su toque.

Horangi tanteo los anillos de músculos hasta que alcanzó una esponjosa bolita de nervios que presiono, al instante König apretó sus muslos alrededor de sus costados y lanzó la cabeza sobre sus hombros para gemirle al cielo.

Ahora de sentía bien, ahora entendía porque la gente hacia eso. Porque permitían enterrarse hasta el fondo de su carne y rogar por más. König quería rogar por más, quería entender que tan bien podía sentirse cuando Horangi juntarse sus cuerpos en esa danza carnal.

Él otro hombre debió ser un lector de mentes, ya que no tardo nada en sacar sus dedos y bajar su pantalonera delgada hasta que su pene saltaba de la oscuridad. La dejo brillante cuando coloco algo de aceite en ella, de una manera que König deseó poder probarla pero no interfiere en la misión de Horangi. El hombre parece dispuesto a cumplir cada inciso de su lista de "cosas que tengo que hacerle a König".

— Inhala — instruye cuando la punta roja de su polla dibujo círculos sobre su dilatada entrada. König toma aire y lo mantiene en sus pulmones mientras el asalto comienza. Horangi va lento a pesar del calor ardiente que cubrió su pene, poco a poco intentando que la succión de los músculos no lo haga venir antes de disfrutarlo.

Sus manos tuvieron que hacer palanca en las rodillas alzadas de König y de su boca salieron quejidos que el gigante respondía gustoso.

Era tanto y tan poco.

Cuando sus caderas tocaron la carnosa piel de los glúteos ajenos, Horangi ordenó —, exhala.

El aire abandonando a sus pulmones acompaño a la relajación de su entrada, ayudando a que la prisión fuera menos apretada y más estimulante. Se sentía latir dentro de König, se sentía húmedo y jugoso, juraba que podía saborear la carne rodeándolo con cada suave movimiento que el alto realizaba. König no se quedaba atrás, él miraba el techo con los ojos perdidos y la boca abierta sacando respiraciones  profundas. Amaba eso, amaba sentir a Horangi dentro de él y otorgarle una parte tan privada de su persona, le gustaba tanto que si no fuera por el temblor en sus rodillas, hubiera puesto al asiático boca arriba para montarlo hasta sacarle la última gota de vitalidad.

Cuando sintió que la presión en sus pelotas se apagaba, Horangi decidió seguir y rogarle a los dioses que no lo hicieran correrse demasiado rápido.

Deslizó sus dedos por la piel húmeda en los muslos grandes y músculos del Austríaco, y los empujó hasta que las rodillas se pegaban a los lados de su pecho. Miro hacia abajo, donde ambos se conectaban, y salió despacio asombrado de ver la succión de la entrada de König, como si no quisiera que se alejara ni una pulgada. Cuando solo la cabeza de su pene se encontraba dentro, entró de golpe logrando sacarle un gemido dulce y entrecortado a König. Mordió su labio inferior y repitió el movimiento, frunció su ceño y golpeó con más fuerza, jadeó con la boca abierta y las caderas movió en círculos.

— König.

Dolía, se sentía tan bien que dolía. Apretaba cada que salía y soltaba cada que entraba, había algo en esas contracciones involuntarias que lo volverían loco si no lo mantenía a su lado por toda la vida.

— Hong Jin — fue esa dulce vocecita lo que lo hizo alzar la vista y mirar la cara del hombre que lo encantaba con los movimientos de sus caderas.

Tercer gesto que conocía esa noche; sus cejas rojas se tensaban sobre un par de ojos con mirada perdida, el rojo teñido en sus mejillas ahora bajaba hasta su cuello y pecho, su mandíbula no conseguía cerrarse causando que la saliva mojara y goteara de sus labios hinchados hasta la barbilla que descansaba sobre su gran pecho. Era una exhibición adulterada, lo sentía impropio y vulgar... Lo hacia querer joderlo hasta que esa cara se quedará impregnada en sus memorias hasta el día de su muerte.

Cuando su vaivén aceleró, los ojos de König subieron por su cadera, torso y finalmente chocaron con su propia mirada.

— Muy bonito — airoso comentó con una sonrisa permanente acompañándolo.

El halago hizo que sus hombros subieran hasta sus mejillas en un intento de ocultar su pena, pero las pupilas jamás se despegaron de las suyas. Lo miraba con algo en mente, con una confianza que pocas veces nacía en König... Con tal determinación.

Lo sintió como un desafío.

Quiza por ello elevó sus cadera hasta que solo sus rodillas tocaban el colchón, enterró sus uñas en la carnosa piel de sus muslos e inclinó su cuerpo hasta que su rostro se elevaba sobre König. El ajuste le dió la oportunidad de moverse con más fuerza y de golpear ese suave punto dentro del Austríaco que lo hacia volverse loco.

Al instante las cejas de su compañero se alzaron sorprendidas y de su boca salió el sonido más erótico que había tenido la oportunidad de escuchar.

— ¡Ah, Hong jin...! — su dulce acento se deslizaba por su garganta sin prisas —. Fick mich.

Las grandes manos de König tomaron los lados de su rostro con delicadeza y tiró hacia abajo hasta que sus bocas se encontraron en un beso desordenado, sin nada de coordinación, era solo la necesidad de tocar sus bocas y sentirlas rozarse unas contra otra. Al menos lo fue, hasta que König paso su gran lengua rosada sobre sus labios abiertos, lamió su boca abierta, no entró, no tocó sus dientes, lamió el exterior de la misma forma que se lame la nieve sobre un cucurucho de galleta. Horangi lo miro entre sus pestañas con un deseo que no conocía, soltó sus piernas para descansar sus manos en la almohada a los lados de su cabeza y con las narices chocando susurró — Hazlo de nuevo.

El Austríaco, con su gesto de cachorro perdido, saco su lengua y lamió de nueva cuenta su boca. Está vez de una forma menos desesperada, ganando la vergüenza sobre el deseo.

Horangi negó, eso no era lo que quería y como castigo azotó sus caderas contra las otras para detenerse ahí, profundamente enterrado en el otro. König clavo sus uñas en su cara y lo miro con las cejas unidas, y la boca abierta.

— Otra... Otra vez — jadeó perdido en la forma en la que Horangi golpeó justo su centro.

— No.

Su negativa ganó un puchero, uno que le saco a él una risita divertida y encantada. Jamás había visto a König hacer pucheros por no conseguir lo que quería.

— Hong Jin.

Negó de nuevo, está vez con burla pintada en sus gestos.

— Por favor.

— Dame lo que quiero y te daré lo que quieres — acotó tratando de llegar a un trato justo y cuando König resbaló sus dedos por su rostro hasta su nuca, y rascó sus cortos cabellos oscuros, entendió que lo había conseguido. Al momento, la lengua contraria corrió un camino suave por sus labios está vez con un desespero animal, como las lamidas de un gran león a un pedazo de carne entre sus garras. Cerró los ojos y jadeó, persiguiendo la textura con su propia lengua saliendo de su boca para pasear sobre la contraria. König lo recibió con los labios separados y un beso caliente, sus bocas se juntaron con delirio. Fue lento, con calma y demasiado calor pero cuando Horangi separó sus caderas y las junto con el mismo golpe, König mordió su labio inferior con mucha fuerza. Dolió, mierda, dolía demasiado. Horangi se separó tanto que las manos de König quedaron alzadas en su dirección, sin nada que tomar. El asiático lo miró con la barbilla alzada, con su lengua tanteando la carne interna de su labio y saboreando el metal de su sangre.

Los ojos de König estaban llenos de culpa mientras su propia boca tenía una pequeña mancha roja que delataba su crimen.

Horangi sonrió entonces, grande y de dientes manchados en sangre que su labio soltó por la forma en que se estiró.

Sus manos atraparon la cadera contraria antes de que sus caderas reiniciarán el movimiento, solo que Horangi no penetró con suavidad, él enterró su polla en ese cuerpo con una fuerza delirante. No permitió al hombre tomar aire entre embestidas, no le dejo encontrar un lugar apropiado para sus manos que buscaron un apoyo en la pared a sus espaldas y mucho menos se sintió mal por la forma en que la garganta de König se desgarró por sus gemidos altos y gruesos. Horangi solo tenía en mente hacer que König se corriera hasta las lágrimas.

El Austríaco trató de guardar silencio, sin embargo con golpe tras golpe apenas podía pensar en que alguien podría escucharlos, en que podrían alertar a cualquier persona en la base y conseguir un castigo. No, él solo estaba en la nube de su placer, con la electricidad resbalando por cada golpe directo en su próstata y su pene latiendo desesperadamente, había gotas de presemen goteando por su glande, creando un camino pegajoso en su estómago.

— ¡Hong Jin, Oh, dios! — su lengua se enredo entre sus palabras, casi soltando balbuceos sin sentidos —. ¡heilige... Hölle, ah!

Su entrada dolía pero de una forma agradable, esa quemazón e hinchazón le taladraba los sesos hasta hacerlo una masa sin otra misión más que ser jodido por Horangi. Sus testículos se apretaban en su cuerpo, casi recordándole que en cualquier momento podría correrse sin ser tocado ni una vez y su pene... Santa mierda, era como tener un candado al rededor que no le permitía explotar como quisiera. Era tan diferente, diferente bueno, diferente espectacular.

König trató de separar sus piernas cuando su vista se volvía borrosa, trató de que la experiencia mejorará mientras los dedos se sus pies se enroscaban, sus rodillas casi le tocaban el pecho y los muslos temblaban por el sobreesfuerzo. Fue diferente, ahora Horangi no rozaba el punto de nervios ahora lo tocaba una y otra vez, su punta no dejaba de golpearlo enviándole calambres que subían por la vena de su pene hasta las gotas de presemen formándose en la cabeza.

— Hong Jin — airoso gimoteo con la mente demasiado perdida, con su ingle tensa y la garganta ardiendo por sus quejidos —. ¡Mm, Hong Jin!

El llamado había caído en el paraíso, las expresiones de König eran una atracción demasiado buena. Había tanto en el rojo de su cara, en la forma en que sus pecas relucian y como sus ojos húmedos parecían perder toda cordura. Y la carne que rodeaba su pene se ponía tensa, succionaba conforme los gemidos de König crecían. Sabía que iba a terminar, que sus pelotas soltarían su carga cuando menos lo esperara. Por ello deslizó una mano hasta el pene rojo de König, tomó toda la viscosidad de su glande y la deslizó apretada hasta la base.

— ¡Esper... Ah! —. König no esperaba eso, no estaba listo para esa atención repentina, sus manos apenas tuvieron tiempo de atrapar el brazo ajeno cuando los hilos de semen salieron a chorros. Golpearon su barbilla, su pecho y el estómago, pintaron su cuerpo con una blanqueada baba pero él no prestaba atención, él se había apagado por completo. Su cabeza caía sin fuerza sobre su hombro, su pecho subía y baja en respiraciones erráticas, y las lágrimas bajaban por sus mejillas oscuras mientras su boca hipaba —. Hong... Jin.

— Dios —. Horangi paso su mano por el desastre viscoso —. König, dios mío, deberías mirarte ahora. Ah. A la mierda —. Tuvo que salir del cuerpo ajeno, bajar las piernas de König y colocarse sobre su torso con una mano tirando de su pene. — Abre tu boca, König. Abre grande para mi.

El llamado apenas presto atención a la forma en que Horangi metió su pulgar en su boca abierta y acaricio su lengua llenandola de su propia venida, él solo conseguía jadear y parpadear para tratar de eliminar las lágrimas. El solo podía pensar en la forma gustosa en que su cuerpo dolía.

— Cariño, Killian —. Horangi lo intentó —. Mírame.

Expandió sus pupilas atrapando su atención en el asiático cuando su nombre real se deslizó por sus oídos cubiertos en algodón. Levantó la barbilla para mirarlo a la cara. Horangi lo recibió con una sonrisa, entonces bajó su vista hasta el pene frente su nariz, ese que el azabache acariciaba con apuro, y su única acción fue chupar el dedo dentro de su boca.

— Oh — jadeó Horangi entre una risita —. Así cariño, ¿Qué dices, puedes hacer lo mismo con esto? — golpeó la punta de su pene contra la punta de su nariz.

König asintió animado, demasiado excitado por hacer sentir bien a Horangi. Así que abrió la boca y sacó su lengua sin necesidad de que se lo dijeran, luego choco sus pupilas con las contrarias en un intento a animarlo a entrar en su boca.

Horangi pareció apunto de perderlo todo cuando saco su pulgar de su boca y subió la mano por su mejilla hasta sus cabellos largos.

Dejó su glande descansar en la lengua contraria, subiendo y bajando mientras más rápido jalaba.

— Ah... No voy a durar, Killian — admitió —. ¿Puedo venir aquí?

Cómo respuesta, König lo tomó de las caderas y empujó hacia a frente para que la cabeza entrara a su boca hambrienta. Una vez ahí, cerró los labios y chupo fuerte, cuidando que los dientes no lo tocaran. Horangi gimió entre sonrisas sintiendo el puño de su mano golpear los labios hinchados de su compañero y la lengua del mismo girar sobre la punta roja.

Sí, Horangi iba a correrse bien y duro.

König trató de meter más en su boca pero la posición no lo permitía, así que despegó una mano de la cadera ajena para deslizarla por los testículos tensos de Horangi. Trató de girarlos entre sus dedos a la par que sus mejillas se hundieron con una succión particularmente fuerte.

— ¡Oh!.. Killian —. Horangi lanzó su cabeza hacia atrás, sintiendo el nudo apretarse y apretarse hasta que jaló de los cabellos de König y llenó su boca. El otro, sin esperarlo, frunció el ceño tragando sin pensar el semen que golpeaba su garganta.

Se quedaron quietos, casi sin respirar hasta que el azabache acaricio con cariño su cabeza y salió de su boca con cuidado. Luego bajo de su pecho, sentandose a su lado con las uñas rascando aún las hebras rojizas de su cabeza.

Respiraron juntos, mirando el techo mientras los latidos de sus corazones se controlaban. Duraron unos minutos antes de que el asiático se sentará de golpe y lo mirara con sorpresa.

— ¡Lo siento! Déjame conseguirte algo donde puedas escupir mi... Bueno, umm, una camiseta o algo —. Fue ridículo avergonzarse a ese punto, lo sabía bien pero no podía evitarlo ahora que la adrenalina había bajado.

König lo detuvo con un brazo flojo sobre su pecho, consiguiendo que Horangi lo mirara sin comprender hasta que abrió su boca y saco la lengua para mostrar que no había nada que escupir.

Jamás había visto a Horangi tan avergonzado, normalmente era el quien se moría de la pena por cualquier situación. Era un cambio adorable.

El asiático se recostó de nuevo a su lado, está vez cara a cara —. ¿Lo tragaste?

— Sí.

— ¿No te dió asco?

König negó ofendido.

— Okay —. Horangi parpadeo de su boca a sus ojos dos veces antes de sonreírle —. Creí que no te gustaría, eres demasiado especial para los sabores.

Lo era, König admitía que muchas veces se encontraba haciendo muecas cuando las comidas del comedor tenían un sabor demasiado fuerte. Y tendía a quejarse con Horangi sobre eso, hasta que conseguía que el otro le diera alguna chucheria que escondía en su habitación. Los dulces de corea eran buenos, no muy azucarados ni muy agrios, apenas perfectos.

Pero era algo que Horangi le había dado, era diferente pero podía acostumbrarse.

— Tenía gusto extraño — admitió consiguiendo las carcajadas limpias de su compañero.

— Lo sabía.

— No me desagrado, sin embargo.

Horangi rodó los ojos creyendo poco en su palabra y, sin permitirle continuar su defensa, cambio de tema —. ¿Ya no tienes calor?

König lo pensó. Analizo la sensación húmeda de su cuerpo, el sudor y la viscosidad, la baba y lágrimas secándose en su rostro. La forma en que la habitación se sentía caliente, como su respiración le incomodaba por el viento cálido que provocaba. Pensó en el dolor en sus piernas, en como su pene dolía y sus pezones picaban. Luego miro a Horangi con su nuca rasguñada, su labio abierto y sus cabellos cortos apuntando a todas direcciones. Notó sus ojos mirándolo con adoración y esa sonrisa siempre presente entre sus labios sangrantes.

König suspiró —. ¿Si digo que no, me vas a abrazar?

— Te voy a abrazar aunque digas que si —. La sonrisa del asiático creció con sus palabras.

— Entonces sí, hace puto calor de mierda.

Le gustaba hacer reír a Horangi, le gustaba la forma en que sus ojos desaparecen por la presión de sus mejillas. Le gusta mucho Horangi y ahora le gustaban las noches cálidas, solo si atraían al coreano a sus brazos.

Notes:

Traducción (de Google porque no se ni coreano, ni alemán)

저주 - maldición
Fick mich - jodeme
Heilige Hölle - santo infierno

 

Gracias por leer. Les envío un besote.