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Don’t let me be gone

Summary:

Yae siente una inexplicable sensación en su pecho. Algo anda mal, algo anda realmente mal. Eso le dicen sus instintos.

Estos se confirman cuando un cuervo ensangrentado se posa en el Santurario.

El mismo cuervo que solían usar Ei y ella para enviarse mensajes.

Day 2: Injury

Notes:

Por alguna razón no estoy demasiado orgullosa con el resultado esta vez pero espero que lo disfruten, gente.

Por fin el día 2 después de como 2 o más semanas de que pasara la fecha:)))

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Yae Miko había despertado aquella mañana con una sensación extraña en el pecho.

Los pájaros de la Grand Narukami Shrine cantaban como siempre su misma melodía, la gélida brisa mañanera soplaba y todas las demás doncellas del santuario charlaban entretenidas como cada mañana. Los primeros visitantes de la mañana llegaron al santuario, como cada día. Todo parecía en su sitio.

Sin embargo, algo le decía a Yae que algo no estaba bien.

“No será nada”, pensó “solo es mi cabeza”. Pero, aquello no logró deshacerse de aquella presión en su pecho.

Algo le decía que algo le había pasado a Ei.

La confirmación de sus temores llegó horas de incertidumbre después, cuando vio a lo lejos como una pequeña mancha negra se posaba en una de las ramas del Gran Árbol de Sakura. Yae solo recordaba dejar sus labores como shrine maiden atrás para ir a inspeccionarlo.

En efecto, aquella mancha que había visto a lo lejos no era ni más ni menos que un cuervo. El cuervo estaba malherido, o eso parecía por la sangre pegada a sus plumas, pero lo peor era que reconocía a ese cuervo.

No se trataba de un cuervo cualquiera, lo supo por el aura de energía electro que emanaba de él y que ella podía percibir perfectamente. Aquel era el cuervo de Ei.

Ansiosa, llamó al cuervo, como tantas otras veces había hecho para recoger los mensajes que su Arconte le enviaba. No obstante, esta vez, ningún pergamino colgaba de la pata del cuervo.

¿Se habría caído de su pata al volar desde donde fuera que estuviera combatiendo Ei? ¿O sería que no había ningún mensaje desde el principio?

Yae no pudo evitar tensarse, sintiendo la ansiedad recorriendo sus venas, llenándola de la sensación de que algo realmente malo le había pasado a la diosa. Aquel sentimiento de impotencia, de ser incapaz de hacer algo a respecto… Yae quería correr hacia donde quiera que aquella idiota estuviera.

Pero la sacerdotisa sabía que sería en vano. Se resignó a volver a su puesto, haciendo sus labores mientras rezaba todas las plegarias que sabía para que lo peor no hubiera pasado.

“Ei, por favor, sigue viva”, rogaba Yae silenciosamente entre rezos.

 

*******************************************************************

 

A la mañana del día siguiente, no fueron los primeros rayos de sol ni el sonido de los pájaros lo que despertó a Yae Miko de las pocas horas de sueño que había dormido, sino gritos.

Yae se incorporó enseguida, confundida y alerta, hasta que las palabras de Saiguu la hicieron por fin reaccionar. “¡El Santuario está cerrado hoy! A todas las shrine maidens, por favor, tómense el día libre, yo me encargaré de la Raiden Shogun”

Raiden Shogun. Esas dos palabras hicieron que Yae saltara de su cama y saliera a trompicones de sus aposentos. No fue consciente siquiera de todas las personas a su alrededor, solo pudo ver la mancha morada y escarlata que era el cuerpo de su amada en el suelo del Santuario.

Yae Miko tampoco supo cuando había empezado a correr, ni fue consciente de los brazos de Saiguu rodeándola, parándola.

— ¡No! ¡No, por favor! ¡Saiguu, déjame! ¡Déjame verla! — Yae le imploró, con lágrimas en sus ojos. Sin embargo, su mentora no vaciló con su agarre. Impiediendo a Yae acercarse más-

— Yae, Ei necesita ser tratada ahora mismo, es una cuestión de vida o muerte. Si quieres ver a tu Arconte vivita y coleando te recomiendo que te apartes y me dejes curarla.

La kitsune logró por fin zafarse de los brazos de Saiguu, cayendo de rodillas frente al cuerpo inmóvil de Ei.

— Ei, por favor, abre los ojos. Mírame, por favor…— Pero los llantos de aquel corazón roto no lograron hacer que despertara.— Yo… Yo la cuidaré Saiguu, incluso si gasto todo mi poder en ello. Ayúdame a llevarla hasta mi cama.

La kitsune de cabellos blancos pareció pensárselo, antes de asentir y resignarse.

— Si hay algo en lo que confío es en tus capacidades, Yae Miko. Salva a mi amiga, por favor.— Yae solo asintió, sin apartar la vista de Ei.

 

Juntas, ambas kitsunes transportaron el peso muerto de la Shogun hasta la pequeña habitación de Yae en el Santuario, dejándola caer en la pequeña cama.

Yae ni pareció inmutarse al ver las manchas de sangre que Ei había dejado en sus sábanas o cuando Saiguu salió de su habitación para empezar a gritar órdenes como traer vendas, desinfectante, aguja e hilo.

La sacerdotisa solo pudo empezar a desgarrar la preciosa tela del yukata de Ei, empapado de su propia sangre. Lo único que la mantuvo cuerda en aquel momento fue ver el pecho de su amada, aunque magullado y surcado de heridas, seguía subiendo y bajando a un ritmo errático pero ahí estaba. Ei estaba viva, eso era lo único que importaba.

Fueron varias horas las que Yae se mantuvo al lado del cuerpo de Ei, drenando toda su energía en parar el sangrado, limpiar y desinfectar las diferentes heridas y cortes repartidos por todo el abdomen y las extremidades de la diosa y cubrir todas y cada una con una venda.

Tras horas de estabilizar el estado de su amada y de usar hasta la última gota de sus poderes, Yae siguió negándose a dejar su puesto al lado de la mujer, sosteniendo una de sus pálidas manos entre las suyas propias. Las de Ei estaban frías, como sin vida.

Ella trató de alejar estos pensamientos de su mente, pero jamás había visto a Ei de esta manera: pálida, con los labios rasgados, vendas tapando gran parte de su piel, su pelo pegado a su frente por el sudor…

A pesar de prometerse a sí misma que velaría el sueño de la Arconte, las pocas horas de sueño y la energía tanto física como mental de cuidar a Ei en ese estado le pasaron factura. Los ojos de Yae pesaban demasiado.

La sacerdotisa estaba a punto de sucumbir al agotamiento cuando de repente unas palabras resonaron en sus oídos.

— ¿M-Miko?— Yae estaba tan ensimismada en sus pensamientos que tardó en darse cuenta de que realmente había escuchado esa voz y no era un producto de su imaginación.

— ¡Ei!— La kitsune realmente no pudo más con todas las emociones que había estado conteniendo al ver aquellos preciosos ojos morados abiertos de nuevo.

Acunó el delicado rostro de Ei entre sus manos, pegando su frente contra la suya, dejando escapar unas pocas lágrimas. Lágrimas de alivio, de alegría por escuchar de nuevo la voz, aunque ronca y débil, de su diosa.

— Miko… E-estoy aquí, t-tranquila…— ¿Por qué era Ei la que parecía estarla consolando?

— Claro que estás aqui, ¿quién crees que ha estado cuidándote todo este tiempo, idiota?— Pero no había ni una pizca de enfado en su tono, entrecortado por el llanto y demasiado aliviado como para enfadarse con Ei… Al menos hasta que ella estuviera mejor.

— Miko…— Las palabras se le atragantaban, la única que fue capaz de articular era el nombre de la persona que más amaba en este mundo. Yae Miko. La reverencia en su tono casi hizo que Yae se sonrojara. Su propio nombre sonaba como una plegaria en los labios de la diosa.

Ei trató de incorporarse para envolverla en sus brazos pero al tratar de moverse notó como los puntos en su vientre tiraban hasta abrirse.

— Miko… L-la herida.— Yae se secó las lágrimas rápidamente para poder observarla con atención. La herida de su vientre, un corte limpio y profundo de espada, estaba volviendo a teñir sus vendas de escarlata.

Yae se apresuró a tratar la herida, volviendo a parar el sangrado y retirando la venda empapada en sangre, tirándola a un cubo lleno de ropajes, vendas y paños también teñidos de rojo.

 

**************************************

 

— ¿Duele?— Ei siseó una maldición por lo bajo, negando con la cabeza. Yae resopló, como siempre Ei era una testaruda, incluso cuando la kitsune estaba pasando un trapo empapado en desinfectante por la herida de su abdomen.— Bien, entonces podrás soportar lo que viene a continuación.

Yae sacó aguja e hilo de un estante. Ei miró aquella aguja con terror.

— ¿P-podemos tomarnos un descanso, Miko?— El temor en sus ojos no pasó inadvertido por la sacerdotisa, sino que simplemente decidió ignorarlo.

— ¿Descanso…? ¿Descanso dices?— Ei supo en aquel mismo instante que había metido la pata con sus palabras. Tan solo por el brillo de advertencia que tomaron los ojos de Yae pudo saberlo.

— Yo… Lo siento…— Pero fue interrumpida.

— Ayer estuve toda la mañana con una sensación insoportable en el pecho, que fue a peor en cuanto vi aquel cuervo ensangrentado posarse en las ramas del árbol de Sakura.— Yae hizo una pequeña pausa en la que se acarició las sienes en claro signo de cansancio. La ira de su tono se fue extinguiendo hasta que solo quedó una profunda tristeza.— Pasé la noche en vela, preguntándome dónde estabas, si te había pasado algo… Y para cuando llega la mañana, ¿sabes qué fue lo primero que vi?— Hizo otra pausa, pero Ei supo que no debía contestar a la pregunta.

En su lugar, Ei tan solo acercó su mano aún dubitativa para envolver la de Yae. Su pulgar realizó pequeños círculos en su palma, tratando de calmarla. La sacerdotisa tomó una profunda respiración antes de seguir con su discurso.

— Te vi a ti.— Ahora su voz era tan solo un hilo, la imagen del cuerpo de Ei aún tan fresca en su memoria Yae que era incapaz de contener el nudo en su garganta— En el suelo del Santuario, ensangrentada y debilitada hasta el punto que no sabía si aún respirabas. Creo que jamás he sentido algún dolor peor en mi vida.— Ignorando el dolor punzante en su abdomen, Ei la atrajo hacia sus brazos.

— Ei, yo…— Aquí venía el llanto otra vez.— Pensé que de verdad te perdía esta vez… — Dijo entre lamentos, su voz entrecortada y ronca por el nudo en su garganta, su rostro escondiéndose en el hueco del cuello de su Arconte.

Ei simplemente la dejó llorar contra ella, acariciando sus cabellos rosas, susurrando palabras de consuelo en sus adorables orejitas de zorro y probablemente manchando su uniforme de shrine maiden de sangre incluso más de lo que ya lo estaba.

Después de un tiempo manteniéndose ambas así, en un silencio cómodo, Yae se atrevió a hablar de nuevo.

—Si vuelves a hacer algo así, juro que te mataré yo misma, Raiden Ei…— A pesar de la clara amenaza, Yae seguía adorablemente tumbada a su lado, escondiéndose en su cuello.

Ei dejó escapar una pequeña risa, algo que le causó una pequeña molestia en el abdomen pero que era soportable. Aquella era sin duda su Miko.

— Prometo no volver a darte jamás esta clase de sustos, Miko.

— Más te vale.— Tan solo contestó, antes de caer rendida a todo el agotamiento que sentía.

Ahora, era Raiden Ei la que velaba el sueño de aquella orgullosa kitsune.

Notes:

Espero que os haya gustado la lectura. He tratado de no describir en demasiado detalle las heridas de Raiden pero igualmente lo he puesto en las tags por si acaso.

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