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Yae Miko siempre había tenido predilección por las novelas románticas.
Eso era antes de conocer a Ei.
Yae Miko solía fantasear mientras leía aquellas narraciones sobre amantes que darían la vida el uno por el otro, aquellos que estaban destinados a ser, aquellos que estarían en las buenas y en las malas. Juntos, por siempre jamás.
Este tipo de literatura era su placer escondido, jamás dejando que su madre o sus compañeras shrine maidens supiera de su afición a ellas. Las atesoraba en un pequeño estante en su armario en el Gran Santuario Narukami.
La kitsune deseaba algún día encontrar algo así, un amor, una persona a la que amar y que la amase de vuelta. Una persona con la que vivir todos aquellos sentimientos y experiencias desconocidas para ella.Y si bien, es cierto que lo encontró, este no cumplía con el último de los requisitos: amarla a ella.
Su primer encuentro fue algo casual, una visita oficial de la realeza de Inazuma al Santuario Narukami, en el cual Yae fue encargada de recibir a las invitadas: las gemelas Raiden.
Ambas poseían una belleza casi inhumana, como si hubieran sido talladas en mármol por el mejor de los escultores. Piel blanca lisa, ropajes que detilaban alta costura lo vieras por donde lo vieras y unos ojos morados deslumbrantes.
Lo que es más, Yae no pudo evitar fijarse, quizá en un principio por curiosidad, en la segunda de las hermanas.
Mientras Makoto solía atraer las miradas y la atención fuera a donde fuera, Ei se quedaba allí estática, con una pose y rigidez militares y un aura misteriosa. Mientras los ojos de Makoto parecían morados como los primeros rayos de luz que tiñen el cielo por la mañana, los de Ei hablaban de tempestades y tormentas, una tonalidad más oscuros que lo de Makoto, o quizás faltos de brillo.
De una manera o de otra no fue la simpática y extrovertida hermana Raiden la que hizo su corazón latir alocado, sino Ei, la del tono monótono y una expresión neutra que parecía casi anclada a su rostro.
De ese día en adelante, una emoción en su pecho se instalaba a cada visita al Santuario, cada palabra que intercambiaban, la vez que Ei accedió a probar uno de los dulces caseros que Yae había secretamente cocinado para ella, el brillo genuino en sus ojos y la manera en la que poco a poco Yae notaba como Ei se acercaba a ella en ocasiones en las que acudía a visitar el Santuario.
Yae sabía lo que eran sus sentimientos, era imposible seguir negándolo cuando había estado toda su vida leyendo sobre ello. Las sonrisas, la risa fácil, los nervios, el verla y perder la noción del tiempo, odiar cada despedida, pensar en ella constantemente… Era amor, Yae lo sabía.
Sin embargo, abrir el corazón completamente a una persona por primera vez es una acción que debe realizarse con cautela. Una cautela que la ingenua e inexperta Yae no tuvo al enamorarse de Raiden Ei.
Yae Miko se dejó llevar por los latidos de su corazón, por el nudo en su pecho que solo parecía aflojarse cuando Ei estaba cerca. Sus ensoñaciones y su amistad con la pequeña de las gemelas Raiden la hicieron volar demasiado cerca del sol.
La caída era inminente.
La primera vez que Yae Miko probó la otra cara del amor, la cara dolorosa, la desesperación, la sensación extraña en su estómago; fue en el Gran Santuario Narukami.
Un buen día, Raiden Ei apareció allí, pero a diferencia de las demás ocasiones, esta vez no estaba sola. Una joven la acompañaba, una particularmente hermosa, de naturaleza oni. “Chiyo”, la presentó a Yae, quien solo asintió y le dedicó una pequeña sonrisa casi genuina. Casi.
Pasaron horas hasta que finalmente Yae pudo ver como se marchaban por la gran escalinata que llevaba al pie de la montaña. Aquel día Yae se quedó hasta tarde, sus pensamientos alborotándose y poniéndose en escenarios que no la dejaron dormir ni la mitad de sus horas normales.
La siguiente vez que la vio también era acompañada por aquella oni. Las dos parecían estar ensimismadas en su conversación ya que no vieron como Yae aparecía para recibirlas.
Cuando Raiden notó su presencia, se apuró a soltar la mano de Chiyo de la suya, pero no fue lo suficientemente ágil porque Yae lo vio. La imagen de aquellas manos unidas se quedó grabada en su mente.
Más tarde, la curiosidad de Yae, quizás incluso masoquismo, la llevaron a observarlas desde la distancia, seguirlas solo durante unos momentos. Su corazón se lo rogaba, queriendo saber si había caído en las manos equivocadas, queriendo pensar que lo que había visto era solo una simple muestra de amistad.
No obstante, para sorpresa de nadie, lo que encontró cuando fue a verlas sigilosamente no pudo gustarle menos.
Ellas dos, Raiden elegantemente sentada en sus piernas, con la cabeza de Chiyo sobre sus piernas.
Si bien era cierto que aquel gesto no era intrínsecamente romántico y podía tan solo evidenciar amistad, Yae lo vio en los ojos de ambas. La manera en la ambas se miraban, las pequeñas caricias y roces breves… Yae no supo cuando sus ojos habían comenzado a derramar lágrimas pero ahí estaba.
Aquel brillo de los ojos de Ei… era algo que había soñado con ver. ¿Quién hubiera dicho que Yae finalmente lo vería? Solo que en esta ocasión no cabía duda que aquella vitalidad en los ojos normalmente neutros de Ei no la había causado ella. No era por ella. Raiden Ei no sería para ella.
Si estaba claro que amaba a otra persona.
Yae, quien era inexperta en el amor, aún peor en el desamor, se alejó de allí sujetando su pecho con una mano temblorosa. ¿Por qué dolía tanto? Era como si un puñal hubiera sido clavado en su pecho, cada latido le resultaba doloroso.
Aquella noche Yae no durmió en absoluto.
Semanas pasaron desde aquel incidente. Yae se había negado a dejar el Santuario, comía mal y dormía peor. Por lo menos, se decía ella, lo peor había pasado. No podía haber cosa peor que darse cuenta de que la persona de la que estás enamorada está enamorada de otra, ¿no es así?
Como se dijo anteriormente, Yae era aún ingenua. Por ello, no se daba cuenta de lo equivocada que estaba.
A partir de ese momento, tuvo que soportar verlas juntas, la manera en la que Ei una vez acudió a ella para pedir consejo, verla hablando sonriente de otra persona, verla feliz... Yae jamás se creyó capaz de odiar la felicidad de alguien, pero una parte oscura de su mente no podía evitar que algo se revolviera en su estómago cuando las veía, cuando veía ese brillo en sus ojos y sabía que no era por ella.
Que jamás sería por ella.
Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses y los meses en años. ¿Habría pasado un siglo ya? Yae no estaba segura.
Las visitas de Ei al Santuario cesaron, y Yae creyó por ello que sus sentimientos por su Diosa se habían desvanecido ya. Sin embargo, aquel clavo en su corazón seguía allí, solo que Yae se había acostumbrado a vivir con ello. A vivir con un corazón malherido.
Una parte de ella, una parte que la misma sacerdotisa odiaba y trataba de acallar, aún la echaba de menos. Verla, aunque sea desde la distancia.
Verla, aunque sea con otra persona.
No fue hasta años después que ella descubriría lo ocurrido. Makoto había muerto, y con ella Chiyo y prácticamente casi todas las personas que conocían el secreto de las gemelas Raiden.
Nadie en Inazuma veló por la muerte de Makoto, ya que nadie en Inazuma supo nunca que su Arconte había fallecido. Makoto parecía que había sido olvidada excepto, claramente, por la única persona además de Yae que seguía viva guardando aquel secreto; Ei.
En cuanto Yae se enteró supo que debía ir a verla. Puede que Ei hubiera roto su corazón pero no merecía pasar por aquello sola. Yae sabía bien cuán preciada era Makoto a ojos de su hermana.
Es por ello que la kitsune se presentó en el Gran palacio donde la Arconte vivía, tras un siglo sin verla, con el único deseo de consolarla.
Los guardas no pudieron hacer más que dejarla pasar, no solo era ella la Suma Sacerdotisa del Gran Santuario Narukami, sino una completa y determinada testaruda que insistió en ver a Ei cueste lo que cueste.
Si bien es cierto que la dejaron entrar a sus aposentos en palacio, Yae no vio a Ei aquel día. Yae vio, y eso es cierto, la imagen de Ei, su figura, su cuerpo; pero no era la verdadera Ei.
La voz del muñeco era monótona, su expresión (si es que a eso se le podía llamar expresión) era completamente neutra. No neutra de la forma en que el rostro de Ei una vez lo fue, sino completamente fría, sin vida. Yae supo enseguida que aquella no era su Ei. Aquel “ser” se parecía a Ei, sí; tenía su rostro, pero jamás su vitalidad.
Aquel androide podría engañar a muchas personas, pero no a la kitsune.
Ver en lo que se había convertido su primer amor casi volvió a romper su corazón en pedazos. Yae ordenó verla, no a ese títere, sino a la verdadera Arconte. Su petición fue de nuevo denegada.
— Ei, Ei… Por favor, déjame entrar, sé que estás ahí. Déjame ayudarte.— La expresión robótica del muñeco no cambió. Los ojos de Yae empezaron a derramar lágrimas, lágrimas que odió porque la hacían verse débil.— Ei… Por favor…
Más que una petición, parecía una súplica. Yae no solo había sido rechazada por la Arconte una vez, sino dos.
— Vete.— El tono del muñeco había cambiado de repente. Yae lo notó en sus ojos; aquella había sido Ei, no el muñeco. Ei le había pedido que se marchase.
Yae sabía perfectamente que Ei estaba dolida, más que eso, estaba destrozada. Sabía que debería haber insistido en aquel momento, por lo menos para forzarla a hablar con alguien, forzarla a que alguien la sacara de allí.
Pero no hizo nada de eso. En cuanto Yae supo que fue Ei y no el muñeco la que la había echado, aquel clavo en su corazón volvió a doler como el primer día, como si otro más se hubiera clavado en él.
— Ei, si me echas juro que no volveré. Retíralo.— Sus palabras salieron casi en un sollozo, aquel era el momento de inflexión. Si Ei volvía a echarla, ella jamás volvería. Yae nunca se había sentido tan indefensa como en ese momento; su corazón dependía completamente de la decisión de Ei en ese momento.
El muñeco tan solo la miró impasible y levantó una mano hacia los guardias de la entrada.
— Ellos te escoltarán hasta la salida.— Fueron las palabras textuales de Ei.
El corazón de Yae dolió tanto en aquel momento, que juraría que el sonido que hizo al romperse podía ser escuchado. Hasta mirar a los ojos de Ei parecía doler.
Yae no dijo más. Solo salió de allí a pasos acelerados, ni siquiera tratando de ocultar sus lágrimas de los guardias que la acompañaron en silencio hasta cerciorarse de que la sacerdotisa había salido del Tenshukaku.
Desde aquel momento, ninguna novela romántica pasaría por las manos de la sacerdotisa. Cada final feliz dolía más que el anterior.
Cinco siglos pasaron desde aquel momento, pero el dolor seguía allí. Si bien es cierto que se había ido desvaneciendo, Yae supo siglos atrás que su amor por Ei no había desaparecido ni lo creía capaz de desaparecer. Su amor por Ei era su propia maldición.
El clavo seguía allí, oxidado ya, volviendo a la vida solo en los escasos momentos que Yae se había permitido a sí misma pensar en la Arconte o cuando el día estaba particularmente claro y la kitsune podía entrever en la lejanía la sombra del Tenshukaku, donde sabía que estaba la única persona que seguía teniendo su corazón en sus manos, incluso después de tantos años.
