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El reino de Inazuma era famoso por todo Teyvat por sus coloridos festivales, llenos de puestos, eventos, teatros y, por supuesto, fuegos artificiales. De todas las formas y colores, los fuegos artificiales teñían el cielo de Inazuma. Un espectáculo que digno de ver, al que asistían visitantes de todos los reinos para unirse y contemplarlos al menos una vez en la vida.
Yae Miko, la princesa del reino de Inazuma y futura gobernante, siempre los había admirado desde lejos, más concretamente desde la seguridad de sus aposentos en el palacio real.
Sus padres, el rey y la reina de Inazuma, le habían prohibido participar en ninguna de estas festividades. “Es por tu propia seguridad, cariño”, aseguraba su madre, mientras que su padre simplemente negaba con la cabeza y añadía “una noble como tú no debe dejarse ver por eventos así, ni mezclarse con las clases populares”
Llegada a cierta edad, Yae simplemente dejó de intentarlo, resignándose a simplemente observarlos desde el balcón de su habitación en palacio.
Pero ahora todo aquello había cambiado.
A pocos días de su vigésimo primer cumpleaños, Yae había descubierto por casualidad a sus padres teniendo una conversación sobre ella. Como no podía ser de otra manera, ambos estaban planeando forzarla a casarse con algún hombre rico e influyente de uno de los grandes clanes del reino. El primogénito del clan Kamisato, para ser más exactos.
Yae Miko no era ninguna idiota, sabía que ese momento eventualmente llegaría y que era su destino aceptarlo y gobernar el reino junto a un hombre al que jamás amaría. Era algo para lo que estaba mentalmente preparada. Sin embargo, no pudo evitar que su corazón se encogiera al oírlo, corriendo hacia la seguridad de sus aposentos a descargar toda la ira y las lágrimas que se habían acumulado casi sin quererlo en sus ojos.
Fue entonces cuando decidió por primera vez quebrantar una de las estrictas reglas que sus padres le habían impuesto. Antes de ser forzada a casarse con un hombre solo por sus conexiones y ascendencia noble, Yae iría a esos festivales y vería aquellos fuegos artificiales que desde siempre había admirado. Nada la iba a parar.
Su plan era perfecto. Esa misma noche taparía sus cabellos y parte de su rostro con una capucha y se vestiría con ropa holgada sin ninguna clase de joyas que pudieran delatar su estatus social. Además, aprovecharía el momento exacto del cambio de guardias para escapar por la puerta trasera en los jardines.
Desafortunadamente para la princesa, pocos planes sucedían completamente acorde a lo previsto y es que Yae no tuvo en cuenta un pequeño cabo suelto: Raiden Ei, Capitana de la Guardia Real y General del ejército de Inazuma. Leal a la corona y mano derecha de su padre.
En cuanto esta vio un extraña en la residencia de los reyes corrió rápidamente a detenerlo.
— Alce las manos e identifíquese ahora mismo o me veré obligada a utilizar la fuerza.- Yae se quedó congelada al escuchar aquella voz neutra y autoritaria que conocía tan bien. Su plan se había destrozado nada más comenzar.
Temerosa de las consecuencias, Yae alzó los brazos, aún de espaldas a la otra mujer. La general no dudó un segundo en acercarse a ella y bajarle la capucha forzosamente.
— ¿Miko?- Esa manera de decir su nombre tan casualmente…Yae aún lo recordaba. De cuando ambas eran niñas y se escabullían de los guardias reales para jugar en el jardín. De cuando ambas no tenían ninguna responsabilidad y compromiso. La princesa estaba segura de que Ei no atesoraba esos recuerdos como ella lo hacía.
Yae jamás creyó ver tantas emociones en el rostro usualmente serio de aquella General. Se la notaba genuinamente tomada por sorpresa antes de que sus facciones volvieran a endurecerse rápidamente, adoptando nuevamente su papel como General.
— Siento muchísimo mi trato hacia usted, Alteza, no sabía de quién se trataba. Le ruego que me perdone.
¿Así que la General no iba a decir nada de qué hacía ella vestida así ni de qué hacía ella tratando de salir de palacio? Aquello le dio una idea a la astuta princesa.
— Aw, General Raiden, creo que me ha tirado del pelo al arrancarme la capucha de esa manera tan burda, ¿considera esa una manera de tratar a una princesa?
— No, y por ello pido perdón, Alteza. ¿Qué puedo hacer para compensárselo?- La mujer de cabellos morados, sin duda no pensó aquellas palanras antes de que salieran de sus labios. Yae siempre conseguía lo que quería.
— Olvida que me has visto hoy, prometo volver antes de que ninguna de sus majestades despierten. Solo si haces eso perdonaré tu insolencia.
—Yo… Disculpe, Alteza, pero no puedo hacer eso.- Había un atisbo de preocupación en su voz.— Como Capitana de la Guardia Real juré lealtad y protección a la corona. Eso te incluye a ti, Miko. No podría dormir con la conciencia tranquila sabiendo que estás por ahí sola en el medio de la noche.
Yae no pudo evitar sentir una calidez en su pecho al escuchar la preocupación en su tono de voz así como la familiaridad en su trato hacia ella, algo que pensaba que se había perdido tiempo atrás.
— Hacía mucho tiempo que no te escuchaba referirte a mi por mi nombre y no por mi título…—Al escuchar estas palabras, la princesa pudo ver cómo Ei se tensaba visiblemente. Yae se aclaró la garganta.— Entonces, te propongo un trato: ven conmigo al festival, así no estaré sola y podrás protegerme.- Cuando vio que la General abría la boca para reclarmarle algo, ella simplemente alzó la mano, acallándola.- Nada de peros. Voy a ir a ese festival antes de que mis padres decidan casarme a la fuerza. Iré tanto si es contigo como si no.
Aquello acalló cualquier protesta que la mujer de cabellos morados antes de que pudiera siquiera formularla. Ei pareció sumirse en sus pensamientos por unos segundos. Yae no estaba segura de si ella accedería a aquello y, aunque en ninguno de sus gestos lo demostrara, ella estaba nerviosa. ¿Qué pasaría si Ei decide rechazar la oferta y decirle a sus padres de su intento de fuga? Y… ¿Qué pasaría si Ei accediera después de años de ni tan siquiera cruzar sus miradas?
No era como si Yae no buscara su mirada, aquellos dulces ojos morados que recordaba, pero Ei jamás la miró de vuelta.
—Está bien. Acepto.- Respondió Ei en un suspiro resignado,y Yae no pudo contener su alegría.
— Vamos, General.- Dijo la princesa mientras tomaba a su antigua amiga de la mano.- Prometo que lo pasaremos bien. Como en los viejos tiempos, ¿no es así?
Raiden no respondió, tomada desprevenida por el contacto, tan solo atinó a seguir a la enérgica princesa por la puerta trasera del palacio, rumbo hacia Ritou, donde aquellas festividades tenían lugar.
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Ei y Yae caminaron juntas por los diferentes puestos de Ritou. Bueno, más que caminar, sería más apropiado decir que Yae arrastró a Ei por todos y cada uno de los puestos, parándose solo para contemplar puestos repletos de libros para hojearlos con ojos brillantes y curiosos, como si fuera una niña pequeña en una tienda de chucherías.
A veces le tendía algún libro a Ei, alguno cuya premisa le hubiera parecido interesante, sabiendo de antemano que el gusto por las novelas era algo que ambas compartían. Si Ei fuese sincera consigo misma, aquellas novelas no eran ni la mitad de interesantes que observar la sonrisa inconsciente de la princesa al ver expuestos allí algunos de sus títulos favoritos o su ceño adorablemente fruncido cada vez que leía algo que le interesaba.
Ei tan solo dejó su puesto al lado de Yae para rondar una pequeña tienda de peluches donde había visto algo que captó su atención.
Bingo, ahí estaba.
Un pequeño kitsune rosado de peluche, con una aparencia suave y pelaje tupido. Si bien Ei sabía que ambas eran algo mayores para jugar con peluches, algo dentro de ella no se lo pensó dos veces antes de tender a la mujer que llevaba el puesto el precio exacto de ese adorable zorrito. Era algo simplemente incontrolable al ver a esa preciosidad que tanto le recordaba a Yae.
-Ey, te perdí de vista por un segundo, ¿qué estás haciendo?- La General corrió rápidamente a esconder aquel peluche tras ella, avergonzada de repente de haber pensado en aquella tontería para regalarle a una princesa.- Raiden Ei, ¿qué es lo que escondes ahí detrás?
Mierda.
— Uhh, esto es… ¡Espera!- Pero ya era muy tarde. Yae ya se había hecho con el pequeño peluche.
— Aw, Ei, ¿es para mí?- Muchas veces, Ei había pensado que añoraba aquella sonrisa maliciosa de Yae, aquella que ponía cuando bromeaba con Ei. Pero, en estos precisos instantes, Ei no podía extrañarla menos.
— Yo… Uh, no… Digo, sí.- Tartamudeó Ei mientras un leve tono rosado se posaba en sus mejillas y sus orejas ardían un poco de la vergüenza.- M-me recordó a ti. Los kitsunes son astutos como tú y este es del mismo tono rosa que tu pelo, así que simplemente te lo quise dar. Además…- Ei pareció dudosa antes de añadir, en bajo.- es adorable.
Yae no pudo evitar soltar una pequeña risa ante aquel gesto por parte de su amiga de la infancia. Aquello le recordó tanto a los viejos tiempos que sintió como su pecho se comprimía. La tímida y torpe Ei, aquella niña de sus recuerdos que siempre la acompañaba en todo, tanto en sus travesuras como en los malos momentos. Siempre correteando tras ella y llena de moretones por sus entrenamientos con su pequeña espada de madera.
Su mejor amiga…
Su primer amor.
-Gracias, Ei. Me encanta, lo atesoraré siempre.- Dijo Yae, con una ternura en su voz casi impropia de ella. Una ternura solo reservada para Ei.
— N-no es nada…- Respondió Ei aún algo avergonzada.
Yae pensó en aquel momento lo gracioso que realmente era que esa mujer, con años de entrenamiento militar, un manejo de la lanza y la espada incomparables y músculos de acero, fuera a ponerse nerviosa solo por regalarle un peluche.
Puede ser que la antigua Ei que ella conocía y esta nueva versión no fueran tan distintas después de todo.
Caminaron por las calles de Inazuma durante horas, poniéndose al día y viendo los diferentes puestos y juegos que el festival tenía para ofrecer. Recordando el gusto de Ei por los dulces, la princesa insistió en comprar para ambas raciones de dango, pasteles y golosinas. A pesar de lo muy avergonzada que se sentía Ei por ser tratada como una niña pequeña, fue incapaz de disimular en brillo en sus ojos cada vez que probaba los diferentes dulces. Yae, por su parte, tampoco disimuló aquella risita risueña que le salía al observar a su amiga ensimismada con su dango.
Fue entonces cuando los organizadores del festival anunciaron el comienzo del espectáculo de fuegos artificiales. Aquel era el momento que Yae había estado esperando por años.
Para su sorpresa, Ei la tomó de la mano, guiándola hasta una pequeña colina donde ambas pudieron echarse en la hierba fresca. Un sitio perfecto para admirar los fuegos artificiales. Incluso cuando ambas se habían tumbado en la hierba, la mano de Ei no se separó de la suya.
El primer fuego se alzó en el cielo, explotando de manera que tiñó el cielo nocturno de Inazuma en tonalidades de rojo y verde. Más fuegos fueron disparados. Explosiones de rosa, azul, morado…
Yae no podía apartar la vista del precioso espectáculo, una sonrisa inconsciente pero genuina posada en sus labios. Ella estaba aquí, en el festival, viendo los fuegos por primera vez.
— Son preciosos, ¿no es así?- La princesa se giró hacia su acompañante, quien la miraba a ella.
-Lo son.- Confirmó Ei. Una vez más, el atisbo de alguna emoción se ocultaba en su tono, una emoción que Yae no pudo distinguir pero que, aún así, pudo notar.
Los fuegos artificiales continuaban surcando el firmamento, de diferentes formas, tamaños y colores; Yae podía notar los colores reflejados en los ojos de Ei. Aquellos ojos tan bonitos, neutros la mayoría de las veces, pero que ahora parecían tan expresivos…
Ambas fueron incapaces de apartar la mirada a pesar de todo. Un espectáculo como ese solo ocurría una vez año, aquello por lo que Yae se había escapado tan temerariamente de palacio y sus padres. Y, sin embargo, ahora solo podía ver a Ei.
Sus pensamientos se arremolinaban en su cabeza: los ojos de Ei, la piel de Ei, el tacto de Ei, los labios de Ei. Ei, Ei, Ei, Ei… Yae se sintió mareada.
La General alargó un brazo hacia su rostro, apoyándolo en su mejilla. La cara de Yae se sintió arder tan solo con ese contacto, pero ladeó su cabeza hacia aquella mano, disfrutando el contacto de su piel callosa por años de entrenamiento con armas. Ei echó su capucha gentilmente hacia atrás, alternando su mirada entre sus ojos y sus labios, de una manera tan suave y tierna que parecía casi impropia de una guerrera como ella.
-Miko… No quiero que te cases con él.- La voz de Ei salió en un susurro entrecortado, como si tuviera un nudo en la garganta. O como si estuviera a punto de llorar.
—Yo tampoco quiero casarme con él, Ei.
“Pero no es decisión mía” quiso añadir, pero las palabras dolían en su garganta. Tragarlas se sintió como bilis.
Los brazos de Ei la rodearon de repente, brazos firmes y algo musculados, prueba de su arduo entrenamiento. El rostro de la General se enterró en el hueco de su cuello.
-Lo he intentado, Miko. Juro que lo he intentado; mantenerme lejos de ti, protegerte desde la distancia, enterrar todos estos pensamientos y… sentimientos.- La voz de Ei se rompió definitivamente. Era la primera vez en todos estos años que Yae la veía llorar.- Pero no soy capaz. Tenerte tan cerca y saber que jamás podré estar contigo… era algo que creí que había aceptado pero, cuando me dijiste que te ibas a casar yo… Todo de repente se hizo tan real…
Yae la abrazó de vuelta, sintiéndose la peor persona del mundo por hacer que una persona tan fuerte y valiente como Ei se rompiera de esta manera por su culpa. No supo en qué momento había empezado a llorar hasta que sintió la calidez de una lágrima rodar por su mejilla. Y otra, y otra más. La princesa se aferró a la General tanto como la General a ella.
Los fuegos artificiales hace tiempo que se habían acabado, las risas en la lejanía fueron sustituídas por un silencio sepulcral. La noche aparentaba estar tres veces más oscura de lo habitual.
Fue entonces cuando Yae se apartó un poco, lo suficiente para ver el precioso rostro de Ei, hermoso hasta surcado por las lágrimas y enrojecido por el llanto. Una sonrisa melancólica se posó en sus labios.
-Ei, llevo enamorada de ti desde que éramos niñas. Ojalá pudiera haber sabido que mi amor era correspondido antes.
—No cambiaría nada…- Dijo Ei tristemente, aún incapaz de mirarla a los ojos.
—Sí lo haría. Habría hecho esto mucho antes.
Y sin más dilación, Yae la besó.
Fue un beso dulce, lento, con el sabor de las lágrimas aún presente. Ei abrió los ojos sorprendida, antes de relajarse y derretirse contra los labios de Yae. Los brazos de Ei rodearon la cintura de la princesa, los de Yae rodearon el cuello de la General, profundizando el beso, aferrándose la una a la otra como si sus vidas dependieran de ello.
Yae sentía como si una nueva ronda de fuegos artificiales se dispararan dentro de su pecho. Ei la estaba besando, y ella a Ei. Su amiga de la infancia. Su protectora.
Su Ei.
El beso fue breve, de tan solo unos segundos, pero bastó para que ambas perdieran el aliento. Cuando tuvieron que apartarse por la falta de aire, Ei no paró de repartir pequeños besos en sus labios, y por su rostro, como si fuera imposible para ella guardarse todo su amor por la princesa después de tanto tiempo conteniéndose.
—¿Qué… qué significa esto Yae?— Los ojos de Ei no se podían apartar de sus labios, deseando más.
— Significa que te quiero. Quiero que estemos juntas.
— Pero te seguirás casando con él…— La General levantó la mirada para chocar con la de Yae, un brillo de tristeza aún presente en sus ojos.
— Me enfrentaré a mis padres si hace falta.— Prometió Yae, acunando la mejilla de Ei con su mano.
Y esas palabras bastaron para apaciguar las dudas en el corazón de Ei. Si bien su parte racional le estaba gritando que aquello no sería posible y que Yae era una princesa con responsabilidades, su corazón le pedía disfrutar de aquel momento.
El tacto de Yae, su sonrisa, sus labios, su calor… Todo ello finalmente hizo callar la voz en la cabeza de Ei que le gritaba que aquello estaba mal.
Yacieron juntas en aquel claro hasta que las luces del festival se fueron apagando y la gélida brisa nocturna de Inazuma las obligó a bajar de sus ensoñaciones y volver a palacio.
