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El olor a café llenaba el comedor del palacio, una hazaña bastante complicada teniendo en cuenta las grandes dimensiones de la sala. Algunos ruidos provenientes de la cocina podían escucharse, pero la atmósfera general era silenciosa y un poco tensa.
Carlos tomó otro sorbo de su café sin levantar la vista del periódico. Si alguien le preguntara qué tipo de noticia estaba leyendo él no hubiera sabido qué contestar. Realmente estaba intentando concentrarse y seguir la lectura línea por línea, pero no lo lograba. Dentro suyo, sabía que tarde o temprano, su padre iba a hablar, y que no iba a ser bueno. Como si tuviera poderes adivinos, Carlos Sr depositó su taza en la mesa de forma abrupta, y comenzó a hablar.
— Hijo. Necesitamos hablar sobre esa mujer. — sus palabras eran secas, deliberadas.
— No creo que haya nada que hablar, papá. — Carlos bajó el periódico, de forma que quedara paralelo a la mesa pero aún sosteniéndolo. Sabía que era en vano, que su padre iba a insistir, pero si existía chance alguna de silenciarlo, iba a intentar todo bajo su alcance para hacerlo.
— Eres joven, estás emocionado, confundido, tal vez. Pero sabes que eres parte de la realeza, que tienes un deber con el que cumplir. Tus elecciones… nos afectan a todos. —
— Papá, no sé qué esperas de mí. Es una condesa. — Carlos sentía como el nudo en su garganta se ajustaba.
— Carlos, tú eres un príncipe. Debes pensar en un futuro con alguien de tu nivel. Además ¿Por cuánto tiempo han estado conociéndose? ¿No sería ya hora de pensar en el próximo paso si realmente te interesara? — Carlos odiaba que su padre tuviera un mínimo de razón. Él quería a Isabel, le gustaba realmente. Pero no podía pensar en comprometerse, simplemente no se sentía correcto. Tal vez por las presiones familiares, o tal vez porque ella sólo era un amor pasajero, una experiencia de aprendizaje, y no un proyecto a futuro. Carlos deseaba poder transitar esos amores pasajeros, deseaba reír, llorar, sufrir, sin sentir la presión de la corona sobre sus hombros.
— Sabes que no quiero comprometerme. —
— Yo creo que tú tienes que ser responsable, Carlitos…— intervino por primera vez su madre. — no puedes arriesgarte, no sé cómo has tenido tanta suerte todo este tiempo. Si sigues viéndote con la condesa, la prensa comenzará a hablar. Dirán que la has deshonrado y tendrás que casarte. Si realmente quieres escoger tu futuro, debes comenzar ahora. —
Carlos cerró sus ojos, apretó sus párpados de forma violenta. Sabía que sus padres tenían razón, sabía que estaba siendo egoísta, pero Isabel era su escape, su forma de sentirse vivo. Cuando estaba en el palacio cumpliendo sus funciones como príncipe o en los eventos públicos se sentía presionado. Estar con la condesa se sentía como libertad, aunque fuese arriesgado. Es por eso que, muy a su pesar y sabiendo que se arrepentiría luego, depositó el periódico en la mesa y salió de la sala sin esbozar palabra alguna.
Al pisar las piedras de la salida del palacio, Carlos respiró profundo. El aire madrileño era puro con un suave aroma a pino. Al verlo fuera, un carruaje se acercó rápidamente. El príncipe recitó la ya memorizada dirección y contempló el paisaje en la ventana.
No era la primera vez que recorría ese camino, ni tampoco la primera vez que pensaba que sería la última. Era idiota pensar que vestido con camisa, chaleco de terciopelo, pantalón de vestir y zapatos, sentado dentro del lujoso carruaje de cuero, podía sentirse libre. Carlos era todo menos libre, pero le gustaba engañarse a sí mismo, sentir que tenía poder sobre su destino.
Al llegar a la casa de estilo colonial, Carlos entró directamente, algunos mayordomos saludándolo. Encontró a Isabel sentada en el sofá, leyendo un libro. Su cabello rubio estaba finamente recogido.
— Su alteza, no sabía que vendría. — exclamó sorprendida.
— Lo siento, mi familia estaba siendo insoportable ¿Podríamos caminar por los jardines? —
— Ehhh, si, claro. ¿Sin un chaperón? — preguntó incrédula.
— No me importa, Isabel. — Carlos no tenía energía para soportar las formalidades.
— Vamos. —
La mansión de la familia Hernáez era mucho más pequeña y tranquila que el palacio real. Se sentía más como un hogar, aunque estaba muy lejos de serlo realmente.
Carlos e Isabel caminaron entre los árboles de forma lenta. El silencio reinaba y la mujer miraba al príncipe expectante. Carlos no era estúpido, sabía que Isabel estaba perdidamente enamorada de él… O de su dinero, o de su título, o de ambos. Tal vez de que él no la trataba como un objeto.
Realísticamente hablando, Carlos tenía que ser, probablemente, el soltero más codiciado de todo España. Un muchacho alto, en forma, con los ojos marrones más profundos que puedas imaginar, cabello negro lacio finamente peinado, una educación excelente y una familia envidiable. El heredero del trono.
— Isabel… —
— ¿Sí, su alteza? —
— Sabes que no tienes que llamarme así. — esbozó, frustrado.
— ¿Qué pasa, Carlos? — preguntó la duquesa a la vez que se frenaba frente al estanque. Estaban resguardados por varios árboles.
— No… Tú… ¿Tú sabes que esto…? — el problema era que ni siquiera Carlos sabía que era lo que quería decir. Isabel lo miró confundida. — No voy a pedirte matrimonio. —
— Vale. — susurró ella, mirándolo fijamente, para luego acercarse despacio y unir sus labios, como muchas veces ya lo habían hecho. Carlos la besó, claramente que lo hizo, no podía no hacerlo.
— No quiero que te ofendas. — Carlos dijo lentamente mientras separaba sus labios, pero dejando sus frentes unidas.
— No me has dicho nada nuevo, Carlos — la madurez de Isabel lo sorprendió. comparada con su propia falta de dicha virtud. De repente, el príncipe se sentía estúpido, como si todo el mundo a su alrededor supiera algo que él no.
Después la mañana transcurrió de forma normal. Ambos hablaron sobre novelas y música, intercalando besos suaves, y otros no tanto. Luego Carlos se retiró con la promesa de volver pronto, y se dirigió al palacio.
Cuando llegó a su morada, notó las miradas cuestionantes de sus hermanas y padres, pero hizo caso omiso. Durante la cena, Carlos Sr anunció un evento muy importante que se llevaría a cabo ese sábado.
— La competencia ecuestre, en la cual la princesa Ana participará, se celebrará en el hipódromo el sábado. La corona británica asistirá, espero que todos os comportéis de la mejor manera — todos asintieron, despacio. Carlos pensó en lo aburrido que sería. Tal vez podría fingir estar enfermo.
***
Carlos debía admitir que la competencia no había sido tan mala. Los caballos eran hermosos, el clima estaba perfecto, rondando los veinte grados celsius y soleado. Su hermana, la princesa Ana, había ganado el primer premio.
Mientras bajaba las gradas de forma cuidadosa, pudo ver a sus padres hablando con los reyes británicos. Rodó sus ojos de forma discreta. Si había algo que el príncipe odiaba más que los eventos públicos, era encontrarse con personas de la realeza en ellos.
— Carlos, hijo, por favor ven a saludar al rey Adam y la reina Cisca. —
— Su majestad. — dijo Carlos a la vez que hacía una pequeña reverencia con su cabeza.
— Hemos estado hablando, creemos que sería excelente que conocieras a la princesa Flo — su madre explicó con una sonrisa de oreja a oreja. Carlos se sintió culpable al tener que tomarse unos segundos para pensar de quién estaban hablando.
— Flo es una mujer fantástica. No sólo se destaca en equitación, también estudia literatura francesa y toca el violín. Creo que vosotros seríais perfectos juntos— la reina británica opinó al notar el silencio de Carlos, quien, francamente, no podía pensar en intereses más alejados a los suyos que los que habían sido descritos.
— Sería un verdadero placer, su majestad — respondió de forma educada. Sabía que no podría escapar de esta.
— ¡Oh, mirad! Aquí viene — el rey Adam exclamó. Una mujer de aspecto un poco más joven que Carlos, con cabello y ojos marrones se acercaba lentamente. Detrás de ella, dos figuras más.
— Carlos, te presento a la princesa de Inglaterra, Flo Norris. Hija, él es el príncipe de España, Carlos Sainz — la reina los introdujo.
— Es un placer, su alteza — dijo Carlos, a la vez que depositó un beso en los nudillos de la princesa.
— Igualmente, señor — respondió ella, sonrojada.
— ¡Oh! No puedo olvidarme de ellos. La princesa Cisca, y el príncipe Lando — dijo el rey, a la vez que se apartaba para revelar a las misteriosas figuras de antes.
Carlos depositó su mirada en el joven príncipe británico. Era un poco más bajo y joven que Carlos, con pelo castaño claro y rizos que caían suavemente sobre su frente. Sus ojos eran una mezcla de verde y celeste, y sus labios eran gruesos. Lando lo miró también, para luego extender su mano, invitándolo a un cordial saludo. Carlos la tomó, suave y cálida, y pudo jurar que ambos se aferraron al contacto por más tiempo del necesario.
— Encantado. — Dijo Carlos mientras arreglaba la solapa de su blazer, de repente más consciente de su apariencia.
— Su alteza, nos gustaría invitarlo a un almuerzo mañana, en nuestra casa de vacaciones aquí en Madrid. Estoy seguro que Flo amaría deleitarlo con una pieza clásica en el violín — Invitó el rey.
Carlos lo miró fijamente, luego a sus padres. Los reyes españoles parecían pedirle por favor que aceptara la invitación. A simple vista, podría creerse que no se habían inmutado, sonriendo educadamente. Sin embargo, el joven español podía notar la tensión en su mandíbula.
— Sería un placer, su majestad — respondió Carlos, y pudo notar como sus padres sonreían aliviados — Pero, ¿Quiero creer que el príncipe Lando también nos deleitará con una pieza? — agregó sin pensar. No sabía de dónde habían venido esas palabras, quería golpearse a sí mismo repetidas veces. Por suerte, todos parecieron tomárselo de forma ligera, riendo suavemente. Carlos posó su mirada sobre el príncipe británico, que lo miraba tímidamente, algo sonrojado.
— Siento decirle que no soy muy talentoso con los instrumentos, su alteza — respondió Lando.
— Vale, estoy seguro que podrás enseñarme tus dotes. Sería bueno para mí ser amigo de otro príncipe — dijo Carlos.
— ¡Por supuesto! — intervino Flo, empujando a Lando suavemente hacia delante. — Estoy segura que mi hermano amaría pasar tiempo contigo ¿No es así, Lando? — preguntó.
— Dalo por hecho, hermana. Nos vemos mañana, señor Carlos — comentó Lando, seguro de sus palabras — Un placer, su majestad. — agregó, dirigiéndose a los reyes españoles.
Después de todas las despedidas, la familia Sainz se encontraba en el carruaje. Todos estaban muy emocionados. Los reyes no paraban de hablar sobre el estatus de la corona británica, y hace cuántos años que no se producía una unión entre ambas familias reales. Ana no podía callarse acerca de su victoria, y Blanca observaba la situación con una sonrisa en la cara.
Carlos, por su parte, no podía dejar de pensar en los Norris. Flo parecía una chica sincera, educada, y de una familia extremadamente prestigiosa. Era una princesa, exactamente lo que Carlos necesitaba para hacer sentir orgullosos a sus padres. Pensó que tal vez esta era la señal, tal vez nunca había percibido a Isabel como la indicada porque no lo era y en realidad Flo era la persona con la que estaba destinado a casarse.
Por primera vez, el príncipe español estaba emocionado. Sabía que el almuerzo sería la oportunidad perfecta para confirmar si Flo era una verdadera opción. Carlos debía hacerle preguntas, observar su trato con los reyes británicos y conocer a sus hermanos. Principalmente al príncipe Lando, que posiblemente se convertiría en su cuñado y su nuevo amigo.
