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Trinidad y Puerto

Summary:

Frances, una joven desolada por la incertidumbre, se vuelve soldado del clan de su pueblo para descubrir quién es y qué ha sucedido con la persona que tenía todas las respuestas en su vida: su madre, quien ha sido asesinada en un acto de guerra. Muchas preguntas y pocas explicaciones, entre la realidad y la fantasía, esta joven le dice que no a una sociedad herida que se ha frenado en el tiempo.

Notes:

Dedicado a Marie, quien lo pensó primero.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Prefacio

Chapter Text

El calor era insoportable.

Los árboles se doblaban sobre sí mismos, cerrando los espacios entre ellos. El viento era tan fuerte que los sacudía, y sus ramas amenazaban con el filo suficiente para rasgar la piel. No se podía escapar, no había salida. Incluso la luna lo sabía, pues su luz se volvía más tenue a medida que los latidos de un corazón desbocado marcaban el registro del tiempo. Pronto, sólo serían los astros quienes podrían ponerle orden al mundo. La noche duraría eternamente, en la memoria de los testigos, y de quién corría de ellos.

Un haz de luz, como una capa gigantesca, se cernía contra el firmamento. Las estrellas brillaban rodeadas de un blanquecino halo, como agujeros en la gruesa tela del universo, cómo ventanas a otros mundos. Cómo asientos estelares para ver la terrorífica obra que bajo sus ojos se desarrollaba. Los espectadores estarían tan lejos, que los gritos jamás ascenderían a sus oídos. Sólo verían la obra, como una rápida secuencia de imágenes, y cuando esta llegara a su fin, nada quedaría de lo que una vez fue.

El aire comenzaba a escasear, ardía la garganta, los músculos del cuerpo dolían. ¿Dónde estaba su voz? Partes de su persona se habían perdido durante el escape. Ahora sólo era su alma desgarrada la que intentaba abandonar la inútil prisión del cuerpo físico, lleno de límites que no podía contemplar. Es que sus extremidades habían perdido la rigidez de los huesos, la voluntad de sus decisiones. Ya no tenía opción alguna, cuando alguien más decidió por ella su destino. Alargar el sufrimiento era el único remedio para sentir que todavía había vida, y su conciencia no le había sido arrancada también.

En cada dirección, las sombras formaban rostros. Eran horribles y acusatorias caras que querían su cabeza rodar hasta sus pies. Tenían muecas, y sus bocas parecían gritar justicia. Pero, qué era la justicia cuando ella se decidía en base a una única voz. Manos nudosas cargaban con horcas, por mucho que uno intentara alejarse de ellas, nunca se estaba tan lejos. Le sostenían los extremos de la falda, le cortaban los brazos, herían su rostro. No podía defenderse lo suficiente, el dolor era ensordecedor, sólo los pensamientos tenían el volumen adecuado, pero retumbaban en la soledad de su mente. Nadie podía oírle. Todos estaban muertos.

Voces cantaban, haciendo eco en las superficies amenazantes que crecían a su alrededor. De pronto ella era muy pequeña, su existencia se reducía sin resistencia. El peso del mundo sobre sus hombros, la aplastará por fin. Oh, cuánto deseaba no tener la fuerza de Atlas y dejarse ir.

“Eso no va a ser suficiente” retumbó en la soledad de sus pensamientos. Si era su voz, o la de alguien más, no podía saberlo. El ritmo de su corazón, casi en su garganta, iba de un extremo al otro de su cabeza, golpeando las paredes de la cáscara que era su cráneo, retumbando sobre cualquier otro sonido. Quizás no era una voz, era la certeza, un instinto. Tenía las manos sobre su propio cuello, cruzados los brazos, la posición perfecta para el descanso eterno. Los dedos le temblaban, o quizás era la fuerza de los latidos que hacía temblar al cuerpo en su agonía. Incluso ahí, tan cerca del final, con las mejillas húmedas de lágrimas que nunca dejaron de correr, con los ojos cerrados, el paso que no daba era casi imposible de lograr.

Dónde estaba, no lo sabía, a dónde iba, tampoco. Dentro de ella, ya no quedaba nada. Cargaba con la pérdida, con el desasosiego, un hueco de ausencia que no podía ser llenado. Todo pensamiento que nacía, se extinguió como un débil fuego expuesto a la tormenta. No sentía nada, sólo dolor. Incluso este no parecía haber nacido, ni tampoco tener fin.

Se puso de rodillas, la humedad del suelo la recibió como un colchón. Su cuerpo se desplomó sobre sí mismo. En los confines de sus memorias, una de ellas brilló cual estrellas en el cielo. Luz propia tenía, la visión más bella que había podido conocer. Los labios se curvaron en una sonrisa tan débil como el susurro que le siguió después.

El cielo se fundió con la tierra en un beso, la colisión hizo que nada más existiera. Pero la última vibración, el sonido de un nombre, pareció resistir a todo.

Frances.