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Trinidad y Puerto

Chapter 6: Frances

Summary:

Frances intenta aprender a hacer amistades. Arya aprende que el mundo no es tan sencillo como creía.

SEGUNDA PARTE
La ausencia.

Notes:

“Extraño no ejercer más
oficio de recién llegada.”
Alejandra Pizarnik.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Confiar.

¿Realmente podré ser capaz de hacerlo, de repente, confiar en quienes me rodeaban? Cosas simples, como dormir en la noche, comer, o darle la espalda a alguien mientras caminaba me resultaban casi imposibles. Temía de todos a mi alrededor. Me preocupaba el momento en el que ellos dejaran de tratarme de forma decente y me pusieran otra vez como un ave a la que le han cortado las alas, en una jaula con ruedas. Atarían mis manos a esos pesados grilletes, me encadenarían los tobillos también, y no vería la esperanza de nuevo.

Arya se preocupaba por mí cada día, aunque intentaba esconderle mis emociones. Cuando estábamos solos, lo que eran más ocasiones de las que me gustaría, su habilidad se concentraba sólo en mí y me preguntaba cómo me sentía, a sabiendas que iba a mentirle. Solía decirme que todo sería mejor si tan sólo le permitiera que controlara y sosegara mi pánico. Era una pérdida de tiempo, pues nunca aceptaba y él esperaba con paciencia a que cambiara de opinión.

Por la noche, tenía pesadillas. Algunas eran muy vívidas, muy dolorosas. Otras parecían extraños sueños, aunque me despertara con los ojos desorbitados. Sabía que eso hacía que Arya tuviera problemas para dormir también, aunque no lo mencionaba. Las ojeras bajo sus ojos, violetas y cubiertas de sus pecas, parecían golpes en su piel. Yo podía verle, pero me negaba a observarme en el reflejo borroso del pequeño espejo de nuestra tienda, por miedo a que no me gustara mi aspecto.

Vernos a ambos mal dormidos y unidos como si estuviéramos conectados, hacía a los miembros con menos escrúpulos, murmurar infinidad de cosas vergonzosas. Fingía que no los escuchaba, sobre todo porque no debía generar conflicto. Arya me había advertido que Sharma estuvo detrás de mi detención, y que esperaba el más mínimo de los errores para deshacerse de mí. Incluso en contra de las expresas órdenes de un hombre con mayor rango que el Capitán.

—Mi tío —dijo con orgullo—. Le he escrito una carta en cuanto supe quién eras. Todavía debe estar en camino, por un par de días más. Estoy seguro que va a estar ansioso de verte, por eso he previsto su decisión aún sin saber su respuesta.

Hice una mueca. No podía imaginarme a alguien ansioso de verme, y me preocupaba la voz en mi cabeza que sospechaba de una trampa. Para ponerme otra vez en el monasterio, de una vez por todas. Dada mi reciente experiencia, podía imaginar las posibilidades de mi futuro. Sharma podía ponerse de acuerdo con la monja mayor, avisarle de mi paradero, así tendría que preocuparme por un grupo de personas y no gente aislada.

Sin embargo, luego de unas largas semanas, las amenazas me parecían, cada día, menores. Aquellos robustos centinelas, los altos soldados, se acercaban a inofensivos. Incluso había aprendido algunos de sus nombres  y a su vez, ellos el mío. Sólo me preocupaban los señores que se reunían con Arya cada noche. Casi nunca salían de sus casas, pequeñas y cuadradas, que iban primero en la línea de procesión. Se reunían de noche, comían aunque el resto de nosotros no hubieran probado carne y tartas dulces en un largo tiempo. Bebían jugos frutales de olor ácido y hacían planes.

—Sobretodo reclutamiento —me contó una noche mi compañero, quitándose las botas de cuero—. Necesitan dónde conseguir más soldados, de qué familias recaudar dinero. Hay impuestos que se deben pagar, nosotros nos aseguramos que así sea.

—¿Qué tipo de impuestos?

Arya se encogió de hombros, sonriendo.

—Tantos como sean necesarios. Los más prometedores son a los descendientes, y a las grandes industrias.

—¿Descendientes… son como hijos? —pregunté desconcertada.

Estaba aprendiendo palabras todos los días. Cada mañana, pues el camino era largo, Arya elegía alguna palabra que creía que desconocería y me ponía a prueba. Yo intentaba adivinar qué significaban, pero casi todas escapaban de mi conocimiento.

—En los lugares más alejados de la capital, hay múltiples informes sobre familias que superan los límites de… —hizo una pausa para observarme— hijos, por pareja.

—¿Hay un límite?

—¡Desde luego! Cinco niños por cabeza matrimonial. De lo contrario, hay que pagar por los excedentes. 

No pude contener mi sorpresa al oirlo. Lancé un bufido, y los hombros se hicieron para adelante, mientras toda mi espalda se curvaba en desgano. Repetí las palabras en mi cabeza. Impuestos. A familias. Por sus hijos. Cinco niños era el límite. Abrí la palma de mi mano. Sabía que tenía cinco dedos, así que imaginé a cada familia para la que trabajé, colocando sólo cinco de sus hijos repartidos en mis dedos. Me sentaba mal. Llamar "excedentes" a los que nacieran fuera del límite, me parecía aún peor.

Había estado conviviendo con Arya por un tiempo. Podíamos entender el humor del otro, saber cuándo debíamos dar espacio. La mala noticia es que gracias a esta relación, también sincronizaba sus emociones con las mías. Y cuando me sentía culpable y recelosa como estaba en ese momento, sabía que podía notarlo. Ya no éramos extraños frente al otro. Cuando le mentía, jamás lograba engañarlo. Ambos lo sabíamos, por eso nunca optaba por hacerlo con cosas importantes.

Estaba segura. Quizás no sabía cómo contar, pero en todas las familias en las que había trabajado, habían muchos niños. Demasiados niños. A veces eran tantos que no podían alimentarlos, y la mayoría moría antes de poder trabajar con sus padres. Sin embargo, con esas restricciones de las que no tenía idea, y con la mirada entrometida de la Guardia en cada sector donde se generase trabajo en los bordes de cada camino posible a la Capital, me pregunté otra cosa.

—Si esta gente… la familia, no puede pagar los excedentes —hice una mueca al pronunciarlo—, ¿cómo se saldan esas deudas?

Arya se encogió de hombros. Decir lo que estaba por decir le parecía el pensamiento más lógico del mundo.

—Jamás pagan con dinero. Así que llevamos al primogénito, si éste no ha muerto. O bien, el mayor de todos los hijos. Para alivianarles la carga.

Para reclutarlos como pago.

Tomaban a los hijos más grandes, aquellos que habían sobrevivido a la infancia y estaban enteros para poder trabajar o cuidar a sus hermanos más pequeños, y los llevaban consigo. ¿Cómo esperaban que las familias pudieran progresar y sobrevivir si les quitaban a los hijos en quienes apoyarse?

Entonces, recordé mis pasadas experiencias en las cosechas, sobre todo, antes de comenzar a tomar prestados pantalones y dormir en los cuartos comunes con los demás jóvenes. Antes de presentarme como un muchachito, y asegurarme, más o menos, la seguridad de mis noches y mi integridad. Aunque eso no me ahorra todos los malos momentos.

Cuando era Frances, y los ojos de las personas veían en mí a una muchacha resistente, buscaban mis órganos internos. Más específicamente, aspiraban a poder comprar de alguna forma, el pequeño tiempo de nueve meses gestado para alguien. Deseaban utilizar mi útero, asegurarse el nacimiento de un niño, pagarme por las molestias causadas, de no morir, y dejarlo con la familia que me había pedido el favor. Para ello, había sido revisada y espiada por un largo tiempo. Justo como a un caballo, o una vaca. Tocada como si fuese un pedazo de tela, midieron mis extremidades, contaron mis dientes, hasta tomaron el tiempo de cada vez que sangraba. Para tomar la mejor elección, entre tantas otras personas emocionadas como yo de ser elegida.

Creía que era sólo para no tener que contratar más trabajadores cada temporada, pero ignoraba ver cómo los hijos mayores desaparecían cada año. Resultaba un problema con una solución muy sencilla, que ahorraría a todos, muchas malas experiencias. Nunca me había quedado más de una temporada en cada pueblo si podía, y comenzaba a quedarme menos tiempo en cada lugar. Aunque mi seguridad no estaba comprometida como antes, había otras personas en riesgo.

—Tenés que parar eso.

—¿Parar qué?

—El secuestro de niños mayores —exclamé con desesperación—. ¡No deben llevarse a las personas así! ¡No es justo!

Mi voz subía de tono, y me dolía la cabeza. Quería llorar. Estaba llorando, pero no estaba triste. Era molestia lo que sentía. Era miedo. Sentí otra vez el intenso terror que me sofocaba cada vez que me miraban demasiado los arrendatarios, cuando me llamaban por mi nombre, cuando se aseguraban que estuviera en buenas condiciones.

Arya, me tomó las manos. Ya que no leía la mente, esperaba que mis emociones fueran tan claras como para entender en ella mis problemas. Miré en sus ojos preocupados, el reflejo de mi rostro. A punto de estallar como pólvora. ¿Podía evitar una dulce mirada detener la inminente explosión?

La respuesta era no.

Solté un grutal gruñido lleno de enojo, y salí de la tienda. Si la puerta hubiera sido más sólida que una lona de piel, la hubiera golpeado. Esperando que el sonido aliviara mi frustración. Por lo que, por ser flexible y plana, sólo cayó a mi paso. El cuero golpeó contra los bordes de la tienda al cerrarse y ese fue el único sonido que escuché mientras me marchaba.

Sabía que habían guardias, había entreoído sobre los turnos para cuidar las cargas misteriosas por las que los desdichados estarían dispuestos a matar o morir. Y cuando uno de ellos se giró para observarme pasar a su lado, le di una mirada rápida antes de pasar de largo. El sentimiento me revolvía el estómago, ni siquiera logré sostener la mirada. Sólo alcé mi cara para que pudiera ver quién era, pues mi humor no estaba para responder preguntas en un intento de charla casual. 

Un rostro joven, escondido entre las sombras de la oscuridad, perfilado por la luz artificial del fuego, pues la luna no brillaba en el cielo, me encontró durante el trayecto de la culpa. Sus ojos, brillando como cristal, me escrutaron con alerta. Ya conocían mi rostro. No había relevos. Todos los que habían cuando quisieron condenarme por la muerte de aquel guardia, eran los mismos que comían a mi lado cuando no podía hacerlo dentro de la tienda. Le di un asentimiento discreto, y este hizo lo mismo.

El cuerpo, menudo, enfundado en metal y cuero, se volvió a erguir con poca destreza. Parecía tan inexperto, tan nuevo, que me pregunté cuánto hacía que lo habían arrebatado de su familia. Cómo había tenido que pasar esa terrible noticia… una con la que no se puede pelear. Porque, cuando uno no nace en el hogar correcto, no se obtiene el privilegio de decidir. Luchar, resistir, resulta imposible, una pérdida de tiempo, de fuerzas. Albergar esperanzas de cualquier tipo de elección es ridículo, pues cada persona debe tener un rol en la sociedad. Y cuando vi cómo el metal de su armadura se amoldaba a las curvas de su pecho, me pregunté si la experiencia de otros sobre su cuerpo le resultaba más agradable entre soldados, a diferencia de un entorno como el que yo conocía. Quizás también era parte de alguna familia, y entrenar y servir era mejor que rezar por vivir un día más cada anochecer.

No podía explicar cómo funcionaba, pero estaba conciente que alejarse de la capital, Mabelle, era también, asegurarse un final mucho más cercano y menos orgánico. El tiempo pasaba rápidamente en los pueblos, aunque parecía durar lo mismo en todos lados. Y con ello, sus pobladores morían con la misma velocidad. Enfermedades o vejez, terminaban con los adultos en un suspiro. Por ello, se necesitaba desesperadamente tener hijos fuertes que tomen las riendas de la familia. Tenían los días contados, todos lo sabían.

Pero esas reglas sobre hijos mayores aceleraba el proceso. Mientras la Guardia se aseguraba los hijos mayores, las familias pagaban caro su estabilidad económica.

Ni siquiera podía ignorarlo. No cuando había pasado tantos días con las mismas personas. Ya no era una extraña entre ellos, éramos una pequeña comunidad de viaje. Luego de recibir la carta del cabecilla Dhanasevi, podía decir que nos dirigíamos de vuelta al inicio. Aunque yo estaba con ellos, y un soldado muerto no. Se podía decir que la cuenta era la misma. Una vida por la otra. Sin embargo, y quizás esa es la razón por la que era objetivo del Capitán Sharma, no me casaría con su hijo. El difunto sí.

Quién sabe cuántos jóvenes fueron recolectados durante el camino. Si eran nuevos, no lo parecían. Si las familias habían sorteado las reglas, o pagado el precio, no podía asegurarlo. De hecho, sabía poco y nada de los asuntos que circulaban a mi alrededor, y aún así, estaba segura, conocía a muchos rostros que ya me eran familiares. Si conocía a las personas, ¿significaba que podía pertenecer a un lugar?

Quizás una caravana no era la gran cosa. Pero sabía cuál era mi siguiente destino. La capital de Trinidad sería mucho más grande e imponente de lo que recordaba, en mis memorias borrosas de la niñez. Cuando vivía ahí, todo me parecía majestuoso, brillante y alegre. Incluso pensar en esos momentos me entristecen. En especial porque mis últimos días fueron los peores que había experimentado luego de la noticia de la muerte de mi madre. Los adultos que revoloteaban a mi alrededor no estaban seguros de qué hacer conmigo, sólo querían que la niña saliera de sus planos visuales.

Entregarme al monasterio parecía la solución más lógica. Y no despedir a mi madre, la que me evitaría el trauma de su deceso. Ahora había huído, el problema estaba ahí y me dirigía al mismo lugar. Aunque en esta ocasión, era yo quien decidía mis próximos movimientos. Incluso si estos estuvieran también en manos de mi compañero.

Arya.

Pensé en su rostro tan grande, y sus músculos como troncos, la forma desdeñosa en la que me había tratado la primera vez. Su asco hacia la sangre o la mugre, la dificultad que resultaba para él dormir sobre el piso y vestirse por sí solo. El rechazo que tenía hacia mis acciones y modales pocos refinados, mi pobre léxico y mi mala actitud.

Con todo eso en contra, también recordé la alegría en sus ojos cuando la esperanza de que yo fuese yo se hizo realidad, el tono de su voz, su emoción. Cómo logró que me liberaran, aún en contra de las órdenes de Sharma que pedían por mi ejecución sin razón lógica. El ridículo título de concubina que me protegía de cualquier amenaza a la que estuviera expuesta; cada noche que dormía en su tienda, y me compartía sus lujos, incluso la ropa que vestía o el pañuelo que me cubría el cabello. Sus lágrimas en la madrugada cuando yo no podía llorar. Su preocupación, sus manos ridículamente grandes intentando sostener las mías, sus ojos deseando leer mi mente. Sus lecciones a caballo, enseñándome a contar.

¿Podría confiar incluso en él?

Estaba sentada en la raíz de un árbol, cerca del camino. Habíamos estado avanzando todo el día, incluso los animales que teníamos consigo estaban agotados. El sol saldría por el horizonte y el frío congelaba mis dedos. Abracé mis rodillas, mirando la oscuridad de la noche.

Las hojas, aplastadas por las pisadas, eran un sonido claro y fácil de reconocer. Giré mi rostro, asustada por el movimiento.

Quizás finalmente había logrado leer mi mente, o sólo era muy bueno llenando los espacios en blanco. Un poco de ambas. Parecía esa determinada oveja a la que le colocan en el cuello una campana, para que el resto la siga.

Un rebaño pequeño, mi concubino y yo.

—¿Puedo sentarme a tu lado?

Observé sus botas mal lustradas y deseé poder reírme de la situación. Pero su presencia me recordaba porqué me había alejado de la tienda en primer lugar.

—Quizás deberías. No deseo ver el amanecer con mi cuello colgando de una soga atada a un árbol —murmuré tan bajo que apostaba que sólo mis oídos habían capturado todo el mensaje.

Con un gruñido, dejó caer su cuerpo en el suelo.

—Frances —dijo, mi nombre en sus labios se oía raro, pues casi nunca necesitaba llamarme—, por favor, necesito que hables. Que me hables.

Hundí mi barbilla entre mis rodillas. La postura que mantenía hacía que los lazos del corsé atados en mi espalda se ajustaran sobre la camisa que tenía debajo. Chemise, me recordé.

—No… no puedo —solté con el ceño fruncido. La poca iluminación no iba a permitirle observar mi rostro, pero podría guiarse con mis emociones. Como acostumbraba. Aún no había decidido si me gustaba ahorrarme las palabras y dejar que mi humor dominara las conversaciones, o me sentía invadida en la privacidad que mi mente debía tener.

La silueta de su mano se alzó en el aire. Un ligero relieve de la luz del fuego me mostró que planeaba tomarme del brazo, pero desechó la idea.

Exhalé audiblemente.

—Tengo un problema. Bueno, no es mi problema, es colectivo. Hay un problema, ¿de acuerdo? —sentencié con molestia. No me acostumbraba a tener que explicar tanto—. No puedo discutirlo con vos porque… sos parte del problema. Y no quiero ser parte del problema también.

Se hizo un silencio tan hondo que tuve que arrastrar los ojos para adivinar las facciones de Arya a mi lado. Sus gruesas cejas estaban fruncidas. Para estar pensando, parecía más haber comido alguna fruta en mi mal estado.

—No entiendo.

—¡Los chicos, Arya! —chillé.

Di una patada al suelo y giré todo mi torso en su dirección.

—Lo dijiste. Se llevan a los niños mayores de las familias. Los usan como pago. A personas. Como pago. Sé que ambos esperamos que aprenda a leer en un futuro cercano, pero sé pensar. No soy tonta. Eso no puede ser legal. Está… mal. —Se me escapó un gemido de incredulidad—. El chiste es que yo, Frances, estoy explicándole a alguien que debe ser más inteligente que yo, nociones básicas. ¿Acaso esas cosas no aparecen en los libros que leíste? Las personas no pueden ser pagos. Son seres vivientes, que experimentan, que deben poder decidir. ¿Hay sinónimos para la palabra “pago”? Porque estoy quedándome sin palabras para esta clase…

Arya por fin me detuvo.

Me tomó las muñecas, pues no dejaba de gesticular con mis manos la frustración que sentía por dentro.

—Eres inteligente.

—¿Qué?

—Dijiste que yo soy más listo que tú. No es verdad.

—Suéltame.

El recordatorio de los grilletes en mis muñecas me aceleró la respiración. Pero era Arya quién me sostenía. No estaba presa. Al menos no de esa forma. En un fogonazo, vi el rostro endurecido de quien me había metido en este lío, muerto.

Hilbert, que había vuelto por mí. Hilbert, quien también había matado a alguien y me había echado la culpa. Sus palabras resonaron como un eco: “ningún guardia azul es inocente del todo”. 

Yo no quería ser parte de la culpa. No quería quedarme sentada, conforme con la vida que podía tener si bajaba la cabeza y aceptaba cómo otros decidían por vidas ajenas. Tampoco conviviría con alguien que sí estaba dispuesto a hacer todo eso en su lugar. Aún si su presencia y compañía me mantenía segura de estar prisionera otra vez, cualquiera fueran los cargos.

Al menos mi compañero podía cumplir órdenes simples. Me soltó sin preguntar por qué.

El silencio volvió. ¿Cuántos guardias nos escucharían hablar? ¿Podía considerar traición lo que pensaba?

—No pienses más de la cuenta de estas cosas, por favor. Muchos jóvenes tienen dificultades para abandonar sus hogares al principio, pero luego adoptan la vida militar sin problemas. Las leyes son bastantes claras. Es un decreto real —comentó incómodo—, uno no puede negarse a la autoridad del rey.

—¿Lo has intentado siquiera? —pregunté, apretando los puños, las uñas se me clavaron en la piel de las palmas, apreté con más fuerza. Con dificultad me levanté del suelo, tomé el borde de mi vestido, esta vez mucho menos pesado que el anterior y comencé a caminar otra vez.

Los pasos de Arya, y su respiración exasperada me siguieron.

—Voy a tomarte del brazo si no dejas de caminar —me advirtió en voz alta, a sabiendas que no me gustaba que me tocaran. No me pedía permiso, por lo que era el último recurso. Frené mis zancadas y me crucé de brazos—. Entiendo tu molestia por todo esto, pero no podemos desobedecer órdenes reales. Esto se hace desde los comienzos del estado de Trinidad, es la forma de enlistar y controlar la población que decidió el consejo y el rey aprobó. Tampoco vas a cambiarlo en una noche, aún si tu deseo es llevarte a todos por delante.

Su último comentario me hizo rodar los ojos. Claro que no iba a cambiar esta situación en las próximas horas pero tampoco podía pretender que desconocía, que no me enfermaba, que no me hería no hacer algo al respecto.

—¿Te acordás lo que te dije en la tienda, cuando discutimos? La razón por la que no me molesto en pretender que soy mujer. Es ese maldito impuesto lo que provoca los nacimientos a cambio de alimentos. —Mi voz tembló cuando exclamé las últimas palabras. El recuerdo de la indiferencia hacia aquellas niñas embarazadas que lloraban de dolor me produjo un escalofrío que me sacudió las manos—. Vos mismo lo dijiste. Cabeza matrimonial. De forma que están fuera de ese sistema que tanto protegés, quienes no contraigan matrimonio.

No lo vi, pero el sonido que hizo la garganta de Arya al tragar, me llegó perfectamente a los oídos. Toqué una fibra sensible. Quizás era mi propia fibra, pero él podría experimentarla de igual forma.

—Te… tenemos un estimativo de esos casos… Estoy seguro que mi tío conoce ese problema y está pensando cómo arreglarlo. Aunque fuese como decís, no puedes salir a mitad de la noche sólo porque algo te molesta —me acusó Arya, con tono severo—. Esto no está bien. Así no se solucionan los problemas.

Quería gritarle que el problema eran personas engañadas y maltratadas, torturadas. Jóvenes que creen que la única forma de sobrevivir es cumpliendo una parte como sociedad, dando de sí para que otros se aprovechen de ellos. Que ni siquiera era seguro dar a luz en donde se lo hacía, a escondidas, sin nada que mitigue el dolor, con un balde de agua y un cuchillo. Eso sólo condena aún más a los ingenuos, y hace poderosos a los privilegiados.

Si pudiera, lloraría por ello. Justo en ese momento. Me lanzaría al suelo a quitar la pena y el miedo de mi cuerpo. Lucharía con el remordimiento de los lujos que sé que no merezco, por el destino que no enfrento. Sólo un pensamiento me mantuvo de pie: tenía una oportunidad para cambiarlo.

Pese a todo, entre la oportunidad vaga que tenía y la dura realidad de estar de pie en el medio de vaya uno a saber, había un gran trecho. Sí, no podía arreglar mañana estos problemas que me carcomían desde el segundo que los conocí, pero más miedo me daba olvidarlos. Me asustaba rodearme de la vida sencilla que era Mabelle y no volver a pensar en ningún joven engañado y usado en contra de su voluntad. Lo que más me preocupaba, era no volver a tener que pasar por ello, como una vez lo hice, y perder toda la experiencia que eso me había dejado.

Si volvía a ser Frances, sería porque no debía pretender. Si ya no vestía de forma diferente para ocultarme o luchar por mantener al margen ese largo tiempo rutinario de saltar entre cosechas, recolección, ganado y hasta tareas industriales, sería como dejar también a las personas que conocí ahí.  Y con ello, cada jóvenes de familias pobres que entraban y salían de las habitaciones correctas durante las noches. Lágrimas, sollozos, vergüenza. No quería dejar a las personas que lo pasaron, o ignorar a quienes deben sufrirlo ahora mismo.

—Estamos a dos días de Mabelle, llegaremos pronto —Arya murmuró, avanzando hacia mí. Ignoraba mis emociones, o finalmente no las sentía. Porque tenía tanta energía que de poder doblegar su fuerza física, le rompería la mano—. Voy a abrazarte, ¿está bien?

Acto seguido lo hizo. Sus brazos tan gruesos y pesados me tomaron los hombros y me arrojaron contra su pecho. Sentía que abraza a un árbol, o a una pared. Me resistí, removiéndome con molestia. No quería su tacto ni su calor, quería estar molesta, quería experimentar cada parte de mi furia. Porque no podía dejar que el miedo me ganara. Y dentro de ese abrazo, con la extraña sensación de confort que me asustaba, grité.

No fue un grito normal. Ni siquiera pude terminar de lanzarlo, pues la voz se me quebró y comencé a llorar. Lo hice con tanta fuerza que asusté a Arya, pues su abrazo se aflojó. Pero yo no lo dejé ir. Pasé mis brazos por su pecho, y me aferré a él como pude. Sentía espasmos como no lo había experimentado en un tiempo, mi rostro estaba húmedo por las lágrimas. El dolor me apretaba el pecho, quería alejarme de él  y al mismo tiempo, que me mantuviera ahí. Mis palmas se movían por sí solas, peleaba con el agarre que sentía en los brazos, intentaba clavarle las uñas para que me soltara. Seguía gritando.

Estaba pateando el suelo, intentaba dejarme ir, sin éxito. Una parte de mí, cuando una de las manos de Arya se amoldó a mi nuca y mantuvo mi cabeza quieta, quiso quedarse ahí. Pero mi espalda se arqueaba aún para zafarse. Lloraba sin poder controlarlo tampoco, hasta que mis movimientos tan erráticos comenzaron a ser más difíciles de realizar. Con fuerza, pero sin que pudiera sentir dolor, Arya me estaba inmovilizando de a poco, o quizás yo era quién se calmaba.

Mis uñas parecían garras, hundidas en la gruesa tela del abrigo de Arya. Me sostenía de eso. Y cuando dejé de moverme con tanta fuerza, con mi respiración más calmada, me di cuenta que estaba lloviendo.

No eran mis lágrimas las que habían empapado la ropa, sino las grandes nubes de tormenta. Oscuras, aún en la noche, estaban sobre nosotros. El rugido de los truenos iluminó por un momento el cielo. Sentí su vibración, pero no escuché el sonido. De hecho, podía experimentar en mis brazos y en mis piernas una descarga inestable que me recorrió como cosquillas. Había visto rayos en el cielo, parecía que albergaba una de sus ramas en mis extremidades.

Arya se separó de mí con una mueca de dolor. No me soltó, pero hubo un espacio entre nosotros que se volvió frío por su ausencia.

—¡Ay!

Lo miré sin entender.

Esperaba que fuera a soltarse del todo y se marchara otra vez, pero no lo hizo. Se acomodó otra vez, tomándome el la cabeza y apoyándola sobre mi pecho. Negó con la cabeza antes de responder.

—Sólo fue un escalofrío. Estoy bien —se encogió de hombros, minimizando el asunto. Yo, que aún lloraba, ya no experimentaba tristeza. O cualquier otro tipo de emoción. Me acarició el la cabeza sobre el pañuelo que la cubría y me susurró al oído—: Arreglaremos eso. Te lo prometo. Pero primero debemos llegar a la capital, luego, te enseñaré con quién hay que hablar. Aún si tenemos que conocer al rey en persona.

Una ligera sensación de alivio me cubrió por completo. Respiré hondo, con las pesadas gotas de agua perfilando los costados de mi rostro. La humedad no me molestaba, y me acostumbraba al confort momentáneo de aquel abrazo.

Entonces lo decidí. Si debía depositar un poco de confianza en alguien, esa persona sería Arya.

Notes:

Normalmente las citas al comienzo de los capítulos las escribo para los capítulos, pero voy a dejar el puesto abierto hasta que pueda pensar en una.

Notes:

Este trabajo es para mí, y por mí. Quería tener un lugar dónde leerlo, para verlo con ojos de lector.