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Español
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Published:
2026-07-24
Words:
3,128
Chapters:
1/1
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3
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39
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186

Evident

Summary:

Denise Bellingham se da cuenta que su hijo está perdidamente enamorado de su compañero de equipo.

Notes:

Tenía este borrador de cuando fueron a ver el partido de tenis juntos

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El partido de tenis ya había comenzado, pero para Jude, el mundo entero se había reducido a los escasos centímetros que separaban su hombro del de Franco.

Había una tensión eléctrica en el aire, de esas que te erizan la piel y te secan la garganta. Cada vez que golpeaban la pelota, Franco se inclinaba hacia adelante, mordiéndose el labio inferior por la concentración. Y Jude… Jude ni siquiera miraba el partido. Estaba demasiado ocupado memorizando la forma en que las luces del estadio se reflejaban en los ojos del argentino, o cómo su respiración se agitaba con cada punto decisivo.

No era un secreto. Al menos, no para quien supiera mirar.

Y Denise Bellingham, sentada al otro lado de su hijo, sabía mirar mejor que nadie.

Llevaba media hora observando cómo Jude buscaba cualquier excusa para rozar a Franco. Una rodilla que chocaba "accidentalmente" contra la otra, un susurro al oído que obligaba a Jude a invadir el espacio personal del chico, dejándolo a milímetros de su cuello. Denise sonrió para sí misma. Su hijo, estaba total e irremediablemente derretido por ese chico de sonrisa tímida.

Aprovechando que Jude se giró un segundo para responderle algo a Courtois en la otra fila, Denise decidió que era su momento. Se inclinó ligeramente hacia Franco, quien estaba absorto en la cancha.

—You’re Franco, right? —preguntó ella, con la voz cargada de una dulzura maternal.

Franco dio un pequeño respingo. Sus ojos muy abiertos se clavaron en la madre de Jude y, al instante, un rubor furioso le subió por el cuello hasta teñirle las mejillas de carmín.

El pánico se apoderó de él. Inglés. Le estaba hablando en inglés.

—Eh… —Franco tragó saliva, sintiendo que las manos le sudaban. Se pasó una mano nerviosa por el pelo, alborotándolo de esa forma que volvía loco a Jude—. Yes, yes. Sí, soy Franco. Hola.

Denise no pudo evitar que su sonrisa se ensanchara. Era exactamente como Jude se lo había descrito: puro, sin filtros, desarmante.

—You are very sweet —le dijo ella, mirándolo a los ojos con una ternura que traspasaba cualquier barrera del idioma.

Franco parpadeó, procesando a toda velocidad. Sweet. Dulce. Eso lo entendía, el moreno le había dicho así miles de veces.

—Ah… yo… thank you—tartamudeó Franco, llevándose una mano al pecho en un gesto de genuina humildad, casi encogiéndose de hombros bajo su campera—. Sorry, my English… is very bad. No entiendo mucho, lo siento.

Franco hizo un gesto con las manos, riendo con esa timidez nerviosa que lo hacía ver cien veces más adorable.

—Don't worry, darling —respondió Denise, riendo por lo bajo al ver cómo el argentino hacía esfuerzos titánicos por ser educado. Entonces murmuró, más para sí misma que para él—: Now I see why he looks at you like that. (Ahora veo por qué te mira de esa manera mi hijo).

Franco ladeó la cabeza, como un perrito confundido, con los labios entreabiertos.

—¿Qué? Sorry?

Antes de que Denise pudiera responder con señas, Jude volvió a girarse. Su mirada escaneó la situación en microsegundos: su madre sonriendo encantada y Franco con las mejillas ardiendo, luciendo hermoso y vulnerable.

—Mum, what are you doing? (Mamá, ¿qué hacés?) —preguntó Jude, con la voz un tono más ronca de lo normal, poniéndose repentinamente a la defensiva.

Denise le sostuvo la mirada a su hijo, desafiante pero llena de amor.

—Just talking to Franco. He’s lovely (Solo hablo con Franco. Es adorable) —dijo ella. Y luego, bajando la voz para que solo Jude la escuchara, soltó tapandose la boca para que nadie más lo entendiera—: You’re absolutely gone for him, Jude. I can see it in your eyes. (Estás perdidamente enamorado de él, Jude. Lo veo en tus ojos).

Jude sintió que el corazón le daba un vuelco. Tragó grueso, sintiéndose repentinamente expuesto. Quiso negarlo, quiso hacerse el duro, pero cuando giró la cara y vio a Franco mirándolo con esos ojos grandes y expectantes, toda su fachada se derrumbó.

—Yeah... I know (Sí... lo sé) —susurró Jude, casi sin aliento, rindiéndose ante la evidencia.

Franco frunció un poquito el ceño.

—¿Todo bien, Jude? —preguntó el argentino en voz baja, rozando con el dorso de su mano el brazo de Bellingham.

Ese simple roce fue como fuego sobre la piel de Jude. Se le cortó la respiración un segundo.

—Todo perfecto, Fran —murmuró Jude en español, dedicándole una sonrisa tan cargada de adoración que hasta a Denise le dolió un poco el pecho de ternura.

............

El caos estalló en el momento en que pusieron un pie fuera de la zona VIP. El pasillo estaba atestado de gente, gritos y los temidos *flashes* de la prensa cegando a cada paso.

En medio de ese torbellino, Franco se detuvo. Ignorando a las cámaras, se volvió hacia Denise, con la postura recta y los modales intactos que lo caracterizaban. Esperó pacientemente a que ella pasara primero, abriéndole paso con el cuerpo como si fuera su guardaespaldas personal.

—After you, señora —dijo Franco, con un acento marcado pero esforzándose al máximo por ser todo un caballero.

Denise se llevó una mano al pecho, derretida por el gesto.

—Thank you, Franco. It was a pleasure.

Franco le regaló una última sonrisa brillante, de esas que arruinaban el raciocinio de Jude, y se adelantó unos pasos para esperar al inglés cerca de la puerta automática.

Jude se quedó a solas con su madre por un segundo. Se acercó para darle un beso en la mejilla de despedida, pero ella lo detuvo agarrándolo del antebrazo con firmeza. La mirada divertida de Denise había desaparecido; ahora había una intensidad feroz en sus ojos.

—Escúchame bien, Jude —le advirtió en inglés, apretando su brazo—. Don’t waste this opportunity. (No desaproveches esta oportunidad).

Jude sintió que un nudo se le formaba en la garganta y miró de reojo a Franco, que lo esperaba a unos metros de distancia, jugueteando con las mangas de su campera, completamente ajeno al impacto que tenía sobre ambos.

—Lo sé, mamá. Lo juro.

—And be careful (Y ten cuidado) —añadió Denise, endureciendo el tono mientras miraba a los fotógrafos hambrientos de exclusivas agolpados afuera—. Cuídalo de la prensa. Protege esto. Los medios destruyen lo que no entienden, y la forma en que lo miras es demasiada información para las cámaras.

Las palabras de su madre se clavaron en el pecho de Jude como sentencias. Asintió, sintiendo el peso de esa promesa calando hasta los huesos.

—Lo haré.

Jude se separó de ella y caminó hacia Franco. Cuando llegó a su lado, el ruido de los paparazzis del exterior parecía ensordecedor, pero Jude ya no sentía miedo. Solo instinto de protección.

Sin importarle quién miraba desde lejos, Jude levantó la mano y la colocó firme en la parte baja de la espalda de Franco. Un tacto posesivo, cálido, que hizo que el argentino soltara un pequeño suspiro, arqueara levemente la espalda buscando el contacto y lo mirara de reojo.

—¿Vamos? —susurró Franco, con las pupilas dilatadas por la cercanía de Jude, sintiendo la electricidad subiendo por su espina dorsal.

Jude apretó sus dedos sobre la cintura de Franco, atrayéndolo un milímetro más hacia él. Lo miró a los labios por un microsegundo antes de clavar sus ojos en los de él.

—Vamos, sweetheart. Vamos a casa.

Y juntos cruzaron las puertas de cristal, enfrentándose al caos en su propia burbuja secreta, donde el único idioma que importaba era la tensión ardiente que latía entre los dos.

..............
El trayecto en el auto hasta la casa de Jude fue un ejercicio de tortura silenciosa. Las luces de Madrid parpadeaban a través de las ventanillas, iluminando de a ratos el perfil de Franco. Jude tenía una mano sobre el volante y la otra descansaba en la consola central, a milímetros de la de Franco.

El aire adentro del vehículo pesaba. Estaba cargado de todo lo que no se habían dicho, de las miradas interrumpidas por los flashes y de la tensión que venía acumulándose desde hacía meses.

Jude no aguantó más. Movió su mano apenas unos centímetros y cubrió la de Franco. Sus dedos largos se entrelazaron con los del argentino, apretando con suavidad. Franco dio un respingo, pero no se apartó. Al contrario, giró la mano para devolverle el agarre de su novio, su pulgar acariciando los nudillos de Jude con una timidez que le dio un vuelco al corazón del inglés.

Cuando por fin llegaron y la pesada puerta de madera se cerró a sus espaldas, el mundo exterior desapareció por completo. Franco apenas dio dos pasos hacia el interior cuando Jude lo tomó suavemente por la cintura, tirando de él hacia atrás hasta que la espalda del argentino chocó contra su pecho.

—Jude… —murmuró Franco, la voz temblándole apenas.

Jude hundió el rostro en el hueco del cuello de Franco, inhalando su aroma.

—No tenés idea de lo que fue estar sentado al lado tuyo hoy —le susurró al oído, la voz ronca, profunda, vibrando contra la piel de Franco—. Estabas tan hermosoy yo sentía que me iba a volver loco. No podía mirar el maldito partido, Franco. Solo podía mirarte a vos.

Franco soltó un suspiro tembloroso y echó la cabeza hacia atrás riendo, apoyándola en el hombro de Jude. Jude lo giró despacio, acorralándolo contra la puerta con una delicadeza que contrastaba con su tamaño. Levantó las manos y acunó el rostro de Franco, sus pulgares acariciando sus pómulos. Se miraron a los ojos, y en ese cruce no hubo barreras de idioma, no hubo dudas, no hubo miedos. Solo una necesidad absoluta.

Jude se inclinó y lo besó.

—¿Y? —preguntó, girando la cabeza hacia Jude—. ¿Aprobé?

—¿Aprobar? —Jude se rio—. Franco, mi mamá me dijo que sos lo mejor que me pasó desde que llegué a Madrid.

—¿Eso dijo? —Palabras textuales. Bueno, en inglés. Pero eso dijo. Franco se mordió el labio, intentando esconder la sonrisa. Falló completamente.

—Yo no entendí nada de lo que me decía —confesó—.

—Se notaba. —Jude se llevó la mano de Franco a los labios y le besó los nudillos —. Fue lo más tierno que vi en mi vida. Estabas ahí, todo colorado, tratando de entender lo que decía… No podía concentrarme en el partido, ¿sabés? Ni un solo punto. Estabas hermoso, cariño.

Esos apodos todavía le hacía cosas a Franco. Llevaban meses juntos y ese intento de pronunciar "cariño" con acento inglés, un poco torpe, un poco masticado, seguía provocándole lo mismo que la primera vez: un calor repentino subiéndole por el cuello.

—Vos también estabas muy lindo —murmuró—.

—Odio cuando te ponés esa campera de cuero.

—¿La odiás?

—La odio porque no puedo mirarte tranquilo en público. -Franco soltó una carcajada y apretó su mano.

—Te quedás a dormir —dijo. No era pregunta.

—Tenemos entrenamiento temprano.

—Ya sé, salimos juntos. —Jude lo miró con afecto—. Quedate. Hoy conociste a mi mamá. No quiero terminar este día dejándote en tu departamento como si nada.

—Bueno —dijo—. Pero cocinás vos.

—Siempre cocino yo.

—Por eso lo digo. Me acostumbraste mal.

.................

La cena fue pasta, ahora estaban con las piernas de Franco cruzadas sobre el regazo de Jude y la mano de Jude dibujando círculos distraídos en su tobillo. Hablaron de lo que había sucedido, Jude le tradujo, ahora sí, todo lo que Denise le había dicho de verdad: que era dulce, que era caballero, que entendía perfectamente por qué su hijo estaba así de perdido, y que antes de irse le había susurrado "take care of each other".

—¿Eso qué significa? —preguntó Franco.

—Que nos cuidemos. El uno al otro.

Franco se quedó en silencio un momento, mirando el techo.

—Me cae muy bien tu mamá.

—le caés mejor que yo, creo.

—Obviamente. Soy encantador.

Jude le apretó el tobillo y Franco se rio, y esa risa hizo lo de siempre: le vació la cabeza a Jude de cualquier otro pensamiento. Se quedó mirándolo. Franco se dio cuenta —siempre se daba cuenta— y la risa se le fue apagando despacio hasta convertirse en otra cosa. En esa mirada de los dos que ya conocían de memoria y que siempre terminaba igual. —Vení —dijo Jude, bajito. Franco se movió sin preguntar. Se acomodó a horcajadas sobre él, las rodillas hundidas en el sillón a los costados de sus caderas, y Jude lo recibió con las manos abiertas sobre su cintura, como si ese lugar hubiera sido diseñado para sus palmas.

— My love—Jude le acarició la espalda por debajo de la remera, despacio, sin apuro, piel conocida bajo dedos conocidos—. ¿Sabés lo que fue estar todo el partido al lado tuyo sin poder tocarte como realmente quiero? Con las cámaras ahí. Con todo el mundo mirando. Vos a diez centímetros y yo sin poder hacer esto… -Le besó el cuello.

—…ni esto…-Le besó la mandíbula.

—…ni esto.-Le besó la boca.

Y Franco se derritió contra él como se derretía siempre, sin resistencia, sin orgullo, era un beso lento, devoto. Sus labios se movieron sobre los de Franco con una ternura que desarmaba. Franco soltó un gemido bajito, abriendo la boca para dejarlo entrar. Sus manos subieron instintivamente hasta los hombros de Jude, aferrándose como si fuera un salvavidas. El beso se volvió más profundo, más húmedo, más urgente. Jude saboreaba cada rincón, devorando los suspiros del otro, transmitiéndole con la boca todo lo que no sabía decirle en español.

Sin romper el beso, Jude lo levantó por los muslos. Franco enredó las piernas alrededor de su cintura de inmediato, aferrándose a él mientras Jude caminaba a ciegas por el pasillo hasta la habitación.

Lo depositó en la cama con un cuidado que contradecía toda la urgencia, y se quedó un segundo ahí, de pie, mirándolo. Franco despatarrado sobre sus sábanas, el pelo revuelto, los labios hinchados, los ojos brillantes en la penumbra.

—You are so beautiful —murmuró Jude contra sus labios, besando la comisura de su boca, su mandíbula, bajando hasta su cuello—. So fucking beautiful.

Franco no necesitaba un diccionario. El tono ahogado de Jude, la forma en que sus manos grandes y cálidas recorrían su cintura, se lo decían todo. Jude le quitó la ropa con una mezcla de desesperación y cuidado, deteniéndose a besar cada nueva porción de piel que quedaba al descubierto. Cuando quedó desnudo bajo él, Jude se arrodilló al borde de la cama y se quitó su propia ropa, sin apartar los ojos del argentino ni por un segundo.

—¿Qué? —preguntó Franco.

—Nada. Que sos mío —dijo Jude—. Todavía no me lo creo, a veces.

—Bueno, vení a comprobarlo. Recorrió el cuerpo de Franco con la boca como si fuera la primera vez y la número mil al mismo tiempo: el cuello, las clavículas, el pecho, el vientre que se contraía bajo sus labios. Franco tenía los dedos enredados en su pelo y la respiración cada vez más rota.

—Jude… dale…

—Shh. Déjame apreciar tu cuerpo.

—Sos un desastre…

—Soy detallista —murmuró Jude contra su cadera—. Amo tus tatuajes, sos tan perfecto.

Lo preparó con la paciencia de quien conoce ese cuerpo mejor que el propio, con los dedos y con besos repartidos por la cara interna de sus muslos, leyendo cada reacción, cada gemido ahogado. Franco ya no se tensaba como los primeros meses; ahora se abría para él con una confianza total, entregado, y esa entrega era lo que más desarmaba a Jude en el mundo.

—¿Listo? —susurró, subiendo por su cuerpo hasta quedar cara a cara.

—Hace media hora —jadeó Franco.

—Exagerado.

—Apurate.

Jude se acomodó entre sus piernas y entró en él despacio, profundo, sosteniéndole la mirada en todo momento. Franco echó la cabeza hacia atrás con un gemido largo, y Jude aprovechó para besarle la garganta expuesta mientras se quedaba quieto, muy quieto, dándole tiempo.

—¿Bien? —preguntó contra su piel.

—Perfecto —exhaló Franco—. Siempre perfecto.

Empezaron a moverse juntos. Al principio lento, esa mecida honda que ya tenía ritmo propio, un ritmo de ellos, construido a lo largo de meses de noches como esa. Jude apoyado en un antebrazo, la otra mano entrelazada con la de Franco contra la almohada. Franco con las piernas alrededor de su cintura, subiendo las caderas para encontrarlo en cada embestida.

—Te amo —dijo Jude de pronto, en español, sin acento casi, porque esa frase la había practicado más que ninguna otra—. Te amo, Franco.

—Yo también… ah… yo también te amo…

El ritmo fue creciendo. Las manos de Franco en la espalda de Jude, marcándolo; la boca de Jude en su cuello, en su hombro, en sus labios; los nombres del otro dichos cada vez más rotos, cada vez más urgentes. Jude conocía el punto exacto y lo buscaba sin piedad, y Franco se deshacía debajo de él, gimiendo sin filtro porque ahí, en esa habitación, no había cámaras, ni prensa, ni idiomas, ni nada que esconder.

—Jude… ya… ya casi…

—Juntos —jadeó Jude, bajando una mano entre los dos para acariciarlo al ritmo de sus caderas—. Mirame. Juntos.

Franco lo miró. Y así, con los ojos en los ojos, se rompieron los dos casi al mismo tiempo: Franco primero, con un gemido que Jude se tragó en un beso, temblando entero, apretándose alrededor de él; y Jude un instante después, hundiéndose profundo una última vez, deshaciéndose dentro de él con el nombre de Franco atorado en la garganta.

Se quedaron así, enredados, con el corazón golpeando salvajemente contra el pecho del otro. Jude no se apartó; en cambio, escondió el rostro en el cuello de Franco, repartiendo besos húmedos y exhaustos mientras trataba de recuperar el aliento.

Franco le acariciaba la espalda, subiendo hasta la nuca, trazando líneas invisibles sobre la piel caliente del inglés. Una sonrisa perezosa, enorme y genuina, se dibujó en su rostro.

Y mientras Franco cerraba los ojos, sintiendo el peso reconfortante del cuerpo de Jude sobre el suyo, se sintio feliz.

Jude fue al baño, volvió con una toalla tibia y limpió a Franco con delicadeza, depositando besos sueltos donde pasaba la tela. Franco lo dejaba hacer, adormilado, sonriendo con los ojos cerrados.

Apagó la luz y se metió en la cama detrás de él, pegándose a su espalda, un brazo alrededor de su cintura y la nariz hundida en su nuca. Franco entrelazó los dedos con los suyos sobre su propio pecho, ahí donde el corazón todavía no terminaba de calmarse.

—Amor.

—¿Mmm?

—Hoy tu mamá me dijo algo cuando nos despedimos. Bajito. No entendí nada. ¿Qué me dijo?

Jude sonrió contra su nuca. Se acordaba perfectamente.

—Te dijo: "Thank you for making my son this happy."

—¿Y eso qué significa?

Jude lo apretó más fuerte contra su pecho y le besó el hombro, la nuca, el punto detrás de la oreja que hacía que Franco se estremeciera hasta dormido.

—Significa "gracias por hacer tan feliz a mi hijo".

Notes:

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