Chapter Text
El marcador en la esquina superior del estadio mostraba los ochenta y cinco minutos, pero los números parecían correr a una velocidad diferente para cada uno. Para los cincuenta mil espectadores que llenaban las gradas, el tiempo se arrastraba, denso y viscoso como la humedad que colgaba sobre el lugar. Para los once jugadores de celeste y blanco que sufrían sobre el campo, cada segundo era un latido acelerado, una cuenta regresiva que se acababa.
Scaloni se mantenía de pie en el borde del área técnica, con los brazos cruzados inicialmente, pero luego desenfundados, gesticulando con una urgencia que rompía su habitual calma estoica. A su espalda, el banco de suplentes ya no existía como lugar de reposo; era una línea de jugadores tensos, de pie, siguiendo el vaivén de la pelota como un péndulo hipnótico. Ninguno se sentaba. Los botines golpeaban el césped sintético con impaciencia, las manos se repasaban el pelo o se apoyaban en las barandillas metálicas con tal fuerza que las nudillas se ponían blancas.
En el campo, el aire pesaba. El rugido de la tribuna se transformaba en un silencio cavernoso cada vez que la selección de Cabo Verde cruzaba la línea media.
Lisandro Martínez sintió el ardor en los pulmones como una lija interna. Su camiseta, pegada a la espalda, no había dejado de estar empapada desde el primer minuto. Se llevó la mano a la nuca, apartando el pelo sudado que le tapaba la visión, y volvió a correr. No había tiempo para pensar, sólo para reaccionar.
—¡Salí! —gritó, apuntando con el dedo índice hacia la derecha.
La voz no le salió completa, rasposa por el esfuerzo. Molina respondió con un movimiento brusco de la barbilla y se desplazó lateralmente, cortando el pase antes de que el delantero rival pudiera controlarlo. Fue un cruce seco y eficiente, seguido por un despeje que envió la pelota hacia el otro extremo del campo.
Lisandro no vio dónde cayó el balón. Ya estaba retrocediendo, acomodando su posición en el eje de la defensa. Sus piernas pesaban toneladas, y su rodilla protestaba, pero la mente las obligaba a moverse. Desde el borde del área, volvió a señalar.
—¡Cerrá!
Cuti Romero, a su lado, soltó un gruñido que fue más animal que palabra. Se lanzó de cabeza hacia un balón aéreo que parecía imposible de alcanzar. Su cuerpo chocó contra el rival, hueso contra hueso, y el impacto resonó en sus hombros. Ganó el duelo, pero el árbitro pitó inmediatamente.
—¡Falta! —protestó el árabe, levantando los brazos con la palma de las manos abiertas hacia el cielo.
El árbitro se acercó, con el silbato entre los labios listo para advertirlo. Cuti se mantuvo firme, con el pecho inflado, enfrentándose al árbitro con esa intensidad que solo él poseía, mezcla de respeto y desafío.
—Voy a la pelota, voy a la pelota —murmuró, mientras ayudaba al rival caído a levantarse con una mano firme, casi paternal.
En el instante en que el árbitro terminaba la amonestación verbal, el cerebro de Cuti ya había cambiado de canal. Se giró, miró la línea defensiva, y gritó:
—¡Dale, arriba!
Se acomodó las medias, que habían bajado hasta los tobillos, y corrió hacia su puesto. Entre él y Lisandro no hubo más que un cruce de miradas. Una comprobación rápida. El vínculo se había forjado en cientos de entrenamientos y partidos, en el barro y en el césped perfecto, en las victorias aplastantes y en las derrotas que dolían en el estómago.
—¡Vamos! —escupió Lisandro, volviendo a su posición.
El reloj marcaba los noventa minutos. Cada despeje del equipo recibía un aplauso de la grada, como si fuera un gol. La tensión era una cuerda de guitarra tensada al máximo, vibrando con el riesgo de romperse en cualquier momento.
Y entonces llegó el gol.
Fue una jugada trabada, un rebote en el área confusa, una pierna que se estira, un cuerpo que se lanza sin medir consecuencias. La pelota, que parecía condenada a ser rechazada por una defensa, encontró un hueco milimétrico. El pie izquierdo de Lisandro apareció de la nada, conectando con el cuero justo cuando el portero rival se lanzaba al suelo.
El impacto fue seco. La red se agitó.
El estadio, que contenía la respiración desde hacía veinte minutos, exhaló todo el aire de golpe en una explosión sónica. El rugido era tan fuerte que parecía hacer vibrar las estructuras de cemento del estadio.
La explosión de adrenalina movió su cuerpo antes de que pudiera pensar. Echó a correr hacia la tribuna con una sonrisa imposible de contener. Julián fue el primero en alcanzarlo y lo empujó con tanta fuerza que casi lo tiró al césped.
—¡Dale, Licha! —gritó alguien, una voz que se perdió en el estruendo.
Paredes apareció de la nada, girando el pelo con ambas manos, riendo como un loco. De Paul le golpeó la espalda con una palmada que debía doler, gritando algo ininteligible sobre la madre del árbitro o dios sabrá, nadie lo había escuchado bien.
En medio del caos, Cuti llegó trotando, con esa sonrisa pícara y desafiante que iluminaba su cara. Se le acercó y le dio un golpe suave en el pecho, justo donde el corazón acelerado golpeaba las costillas.
— Sos un animal —exclamó Cuti, con los ojos brillantes.
Lisandro solo pudo sonreír, exhausto, mientras lo empujaba hacia el medio campo.
—¡Vamos que falta todavía! —respondió, recuperando el aliento.
El alivio fue temporal, una droga efímera. Cabo Verde, herida pero no muerta, se lanzó con todo al ataque en los minutos finales. El partido se convirtió en un asiento. El balón no salía del campo argentino. Los lanzar defensoreson sus cuerposuna y otra vez frente a los tiros, bloqueando, sufriendo, despejando hacia cualquier lado con tal de alejar el peligro.
El tiempo se estiró, el árbitro marcó cuatro de adición. Cuatro minutos que parecieron una eternidad. El sudor goteaba por las narices, las piernas ardían.
En una de esas tantas incursiones rivales, Argentina logró robar la pelota. Una contra rápida, desesperada. El balón viajó hacia el sector derecho, donde Julián corría como un espectro. Centró. La defensa rival despejó mal. El balón quedó muriendo en el borde del área.
Cuti, que había subido desde atrás buscando el milagro, llegó antes que nadie.No pensó. No calculó. Se lanzó de cabeza, o tal vez fue una tijera, la mecánica del movimiento se perdió en la neblina de la fatiga. Lo único cierto fue que conectó.
La roja se agitó por segunda vez.
El silencio fue breve, casi inexistente, seguido por un grito que nació de las entrañas de la hinchada. Cuti cayó al suelo, rodeado al instante por una marea de camisetas celestes y blancas. Él mismo se tocó la cabeza, incrédulo, preguntándose cómo su cuerpo había obedecido a esa orden absurda de su cerebro.
Lisandro llegó corriendo, con el pecho ardiendo. Se rió mientras le daba un empujón con el hombro, esa mezcla de orgullo y complicidad.
—¡Sos un genio! —le gritó entre carcajadas.
—¡Aprende! —respondió Cuti, mientras alguien desde atrás, quizás Paredes, le despeinaba el pelo completamente.
El árbitro tuvo que intervenir, separando la montaña de cuerpos para reiniciar el juego. Pero el partido ya estaba muerto. Lo que quedaba era mero trámite. Los últimos
Segundos se consumieron con los toquecitos de rigor, el equipo manteniendo la posesión mientras el rival ya no tenía fuerzas para perseguir.
Cuando el silbato final sonó, fue como si le hubieran quitado un peso de encima a todo el estadio.
El cuerpo de Lisandro dejó de responder. Las instrucciones, las marcas, la tensión, todo se apagó de golpe. Se dejó caer de espaldas sobre el césped, mirando el techo del estadio, los focos brillantes que desdibujaban la visión. Cerró los ojos un instante, sintiendo cómo el corazón le bombeaba sangre a los oídos.
Solo fue un segundo. Un segundo de paz absoluta.
Entonces sintió el peso.
Fue brusco, sin anuncios. Cuti se le tiró encima sin medir la fuerza, dejando caer todo su peso sobre el cuerpo de Lisandro. El impacto expulsó el aire de los pulmones de Licha, pero no importó. Los brazos de Cuti lo rodearon con urgencia, aferrándose a su camiseta.
Lisandro reaccionó instintivamente. Sus manos buscaron la espalda de Cuti, palpando la humedad de la camiseta, la dureza de su espalda, el calor que desprendía su cuerpo. Se abrazaron allí, en el suelo, fundiéndose en una sola masa de músculos agotados y sudor.
Cuti le agarró el pelo suavemente, con la yema de los dedos, un gesto casi tierno en medio de la euforia bruta. Lisandro hizo lo mismo, sus dedos entrelazándose en la nuca húmeda de su compañero, presionando la frente contra el hombro del otro.
Alrededor seguían escuchándose gritos, silbatos y carreras, pero ninguno de los dos les prestó atención. No había grada, no había rival, no había cámara. Solo el olor a hierba, a sudor, y la respiración entrecortada del otro contra su oreja.
Duró nueve segundos. El tiempo pareció detenerse para ellos dos, encapsulados en su propia burbuja de alivio y victoria.
El festejo se arrastró como una marea hacia el túnel. Apenas cruzaron la puerta del vestuario, la atmósfera cambió drásticamente. La tensión competitiva se evaporó, reemplazada por una euforia contagiosa y caótica.
Alguien conectó un parlante portátil y la música explotó, rebotando entre las paredes de azulejos y los bancos de madera. Era reguetón, cumbia, no importaba el género, solo el volumen.
De Paul, con la camiseta ya medio quitada y el torso brillando por el sudor, empezó a cantar a gritos, desafiando a propósito como si estuviera dando un recital en un estadio lleno. Paredes, desde su banco, le respondió lanzándole una toalla que había sacado de algún lado.
Tagliafico, con los ojos brillantes, amenazó con esconder el parlante si no cambiaban la canción, amenaza que fue ignorada por completo. Molina, tomó una botella de agua fría y la lanzó como unproyectilhacia el grupo del fondo.
La botella giró en el aire y terminó pegándole de lleno a Lisandro en la espalda.
—¡Eh! —gritó Licha, girándose bruscamente.
El frío del agua se mezcla con el calor de su piel. Sin esperar respuesta, agachó la cabeza, levantó la botella del suelo húmedo y la lanzó de vuelta hacia Molina con toda su fuerza. Falló. La botella rebotó en el borde de un banco, desviándose hacia la izquierda, y terminó empapando a Mac Allister, que intentaba limpiar sus botas en silencio.
Alexis se levantó, chorreando agua, con una expresión de indignación cómica.
—¡Qué hacen manga de pelotudo! —protestó, secando la cara con la manga.
El vestuario estalló en carcajadas. La risa colectiva fue un alivio físico, liberando la adrenalina acumulada.
En otra punta de la habitación, Cuti intentaba sacarse las medias, sentado en un banco con las piernas abiertas, completamente agotado. La tela se resistía, pegada a la piel por el sudor seco. Hacía fuerza con los dientes, frustrado.
Licha pasó por detrás de él, en camino hacia su casillero, y le dio un pequeño golpe en la nuca con el puño cerrado, suavemente, un gesto de complicidad.
—¿Así que ahora haces goles? —dijo Licha, exagerando la indignación.
Cuti logró arrancarse la media izquierda y la lanzó al aire.
—Aprendé, eso se hace con clase —replicó, con esa sonrisa de lado que siempre usaba para molestar.
—La empujaste nomás. Fue un rebote —insistió Licha, deteniéndose y apoyándose en el brazo del banco.
—¿Y vos? El tuyo fue puro quincho, pateaste al aire —respondió Cuti, señalando con el dedo.
La discusión no avanzó porque Molina volvió a la carga, esta vez con una toalla mojada que giraba sobre su cabeza como un lazo.
—¿Pueden dejar de romper las pelotas cinco minutos? ¡Estamos ganando! —gritó, riéndose, mientras soltaba la toalla sobre los dos.
Las duchas se encendieron, llenando el ambiente de vapor y el sonido del agua chocando contra el suelo. Las cargadas continuaron, se mezclaron con el jabón y champán que apareció de la nada. El ruido era ensordecedor, una celebración orgánica de la vida y el esfuerzo.
Pero el cuerpo tiene sus propios límites, y la energía de la victoria, aunque inmensa, no era infinita. Poco a poco, el ritmo bajó. Las voces se volvieron más graves, los movimientos más lentos. Finalmente, el grupo se empezó a organizar para salir. Botines en las bolsas, camisetas de cambio puestas, mochilas al hombro.
El siguiente paso fue subir al micro, al principio, mientras el vehículo abandonaba el estadio y se incorporaba al tráfico, el entusiasmo se mantenía. Algunos, desde el fondo, seguían cantando trozos de canciones. Enzo y Julian, sentados uno al lado del otro, comparaban estadísticas del partido en sus teléfonos, discutiendo sobre quién había corrido más. De Paul, desde su asiento, insistía con tararear la misma canción de la entrada al vestuario por quinta vez, a pesar de los ruegos de sus compañeros para que parara.
Pero conforme el micro se alejaba del estadio y las luces de la ciudad se iban imponiendo sobre las de la cancha, el cansancio empezó a ganar la batalla. La adrenalina se desvaneció, dejando tras de sí un vacío pesado en los músculos.
Las conversaciones se apagaron como velas al viento. Uno a uno, las conversaciones se apagaron hasta dejar el micro casi en silencio. El ruido del motor se volvió el sonido dominante, un murmullo constante e hipnótico.
Lisandro se sentó junto a la ventana, en uno de los asientos de la primera fila. La luz de las farolas pasaba rápidamente, iluminando su perfil y sumiéndolo luego en la penumbra. Tenía el teléfono en la mano, con el brillo bajo, mirando las repeticiones del partido. Sus ojos, muy abiertos al principio, empezaron a pestañear con lentitud.
Cuti estaba sentada en el asiento de al lado. Con las piernas estiradas lo máximo que el espacio permitía y los brazos cruzados, miraba por la ventanilla de enfrente, sin foco, dejando que su mente vagara.
—Viste ese bastante al principio? —preguntó Cuti en voz baja, intentando mantener viva la charla.
Lisandro tardó unos segundos en responder. Su cerebro procesó la pregunta con retraso.
—Sí... estuvo bien —murmuró, sin apartar la vista de la pantalla.
Cuti lo miró de reojo. Notó cómo los párpados de Licha caían pesadamente, cómo la cabeza le cabeceaba suavemente cada vez que el micro tomaba una curva, conocía esa cara. La había visto después de entrenamientos eternos, de viajes largos y de partidos donde el cuerpo terminaba funcionando por inercia. Sabía que a Licha le quedaban, como mucho, un par de minutos antes de quedarse dormido con el celular en la mano.
—Estás reventado, hermano —dijo Cuti, con una mezcla de burla y ternura.
—No... estoy viendo la jugada —mintió Lisandro, aunque la voz le salió pastosa.
Un minuto después, el teléfono empezó a resbalarse de entre sus dedos. La gravedad reclamaba su derecho. Cuti, con reflejos rápidos, extendió la mano y atrapó el dispositivo antes de que cayera al suelo del micro. Bloqueó la pantalla con un deslizamiento de pulgar y lo dejó suavemente sobre el bolso de Licha, sin decir nada. No hizo falta.
Pocos minutos después, Cuti sintió un peso sobre su hombro derecho, Lisandro se había quedado dormido. La cabeza de Licha se inclinó lentamente hacia la izquierda, buscando apoyo, y terminó recostándose sobre el hombro de Cuti. Su boca estaba entreabierta, respirando con un ritmo profundo y pausado. Los auriculares blancos todavía estaban puestos en sus orejas, aunque hacía rato que la música se había detenido.
El cordobés se quedó quieto, no quería despertarlo. Bajo apenas la vista. Dormido, Licha parecía mucho más tranquila. La arruga que solía marcarle el entrecejo había desaparecido por completo.
El reflejo en la ventanilla le devolvió la imagen: dos defensores, uno apoyado en el otro, en un viaje silencioso bajo las luces amarillas de la ciudad.
El micro siguió avanzando por una avenida amplia y casi vacía. Afuera, la ciudad era un desfile de sombras. El chofer tomó una rotonda con una suavidad extrema, casi como si manejaba sobre nubes, tratando de no perturbar el sueño de los jugadores.
En el asiento de adelante, Julián intentaba convencer a un bostezante Enzo de mirar otra vez el resumen del gol.
—Dale, Juli, fue un golazo, ya lo vimos —murmuró Enzo, con los ojos cerrados.
—Siempre decís lo mismo —insistió Julián, aunque sin mucha convicción.
—Porque siempre me lo querés mostrar cuando me estoy durmiendo —replicó Enzo, acomodándose en el asiento.
Una risa apagada se escapó del asiento de Cuti. Movió el hombro un milímetro, ajustando la posición para que el cuello de Lisandro no quedara torcido. Con el movimiento, la cabeza de Licha se acomodó mejor, el frente rozando la tela de la campera del otro.
Cuti podía sentir el aroma del jabón mezclado con el perfume suave que Licha usaba siempre. Era un olor conocido, el mismo que había quedado impregnado en concentraciones incontables, viajes y vestuarios compartidos. Sin pensarlo demasiado, volvió la vista hacia la ventanilla.
Cuti cerró los ojos también. Después de un día entero corriendo detrás de la pelota, el peso de Licha sobre el hombro ya ni siquiera le molestaba. Simplemente encontró una posición cómoda y dejó que el ruido constante del motor hiciera el resto.
El micro siguió su ruta. El resto del viaje transcurrió entre bostezos, cabezas apoyadas contra las ventanillas frías y el murmullo constante del motor que funcionaba como una cuna mecánica. Algunos teléfonos vibraron en los bolsillos con notificaciones de redes sociales o mensajes de familiares, pero nadie les prestó demasiada atención. El sueño era más fuerte.
En las últimas filas, una discusión en voz baja sobre una falta polémica del segundo tiempo se apagó antes de llegar a una conclusión.
—No era falta, tocó la pelota —susurró uno.
—Y después le arrancaste la pierna —replicó otro, antes de quedarse en silencio.
Cuando el hotel apareció al final de la avenida, una estructura imponente y silenciosa contra el cielo nocturno, varios comenzaron a incorporarse despacio, despertando de sus sueños fragmentados. El micro se detuvo frente a la entrada principal con un suave frenazo hidráulico.
Las puertas neumáticas se abrieron con un suspiro de aire comprimido.
Entró una bocanada de aire fresco y nocturno, que barrió el olor a humedad y aire acondicionado del interior.
Lisandro seguía dormido, profundamente ajeno a que había llegado. Con el dorso del índice, Cuti le dio dos toques suaves en el hombro.
—Eh, Licha —llamó.
Lisandro abrió un ojo apenas, desorientado. Parpadeó, confundido por la luz de la entrada del hotel.
¿Ya llegamos? —preguntó, con la voz ronca y gruesa.
Cuti sonoramente, con esa picardía que nunca abandonaba.
—No, solo te quería avisar que chocamos…mentira, bajate que te vas a quedar acá adentro y mañana te llevan al depósito.
Lisandro tardó unos segundos en procesar la respuesta. Sus ojos se enfocaron lentamente en la cara de Cuti, y luego entendió la broma. Soltó una risa corta, seca, mientras se pasaba una mano por la cara para desperezarse.
—Bajá antes de que te dejemos acá —dijo Cuti, levantándose y estirando los brazos sobre su cabeza, sintiendo cómo sus vértebras crujían.
Los dos descendieron últimos. El resto del plantel ya caminaba hacia la entrada giratoria del hotel, una procesión de figuras encapuchadas y con mochilas colgando de un solo hombro. Algunos todavía comentaban jugadas a medias, otros solo caminaban mirando sus propios pies.
En el hall del hotel, el ambiente era de un silencio agradable, solo roto por el clic de las puertas automáticas, el saludo respetuoso del personal nocturno y el suave rodar de las ruedas de las valijas sobre el mármol pulido. Era un oasis de calma después del caos del estadio y el viaje.
La cena, servida en una sala privada del restaurante, era mucho más tranquila que el vestuario. Ya no había gritos ni música estruendosa, solo el tintineo de los cubiertos y el murmullo de voces bajas.
Las iban conversaciones y venían sin seguir un hilo conductor, flotando en la neblina del cansancio. Uno imitaba una jugada polémica con la cuchara y el pan, otro exageraba una caída para hacer reír al compañero de al lado. Desde la otra punta de la mesa, alguien aseguraba con certeza matemática que había corrido más kilómetros que todos, provocando la inmediata respuesta de tres voces distintas acusándolo de mentiroso con la boca llena.
Lisandro comía despacio. Picoteaba la comida, más por obligación que por hambre. El cansancio todavía estaba pegado a su cuerpo como una segunda piel, pesado y viscoso. Sus ojos tenían ese brillo vidrioso de quien necesitaba dormir desde hacía horas.
En un momento, dejó los cubiertos sobre el plato con un pequeño sonido metálico. Se estiró hacia atrás, levantando los brazos sobre su cabeza, hasta hacer crujir la espalda.
—No siento las piernas —admitió, dejando caer los brazos a los lados con un golpetazo suave.
Cuti, que estaba frente a él, terminando de masticar un bocado de pasta, levantó la vista. Tenía una servilleta de papel en la mano.
—Milagro que hoy descubriste que también las usas para correr, Licha —lanzó la broma con toda la naturalidad del mundo, limpiando la comisura de los labios.
Lisandro hizo un bollo apretado con su servilleta usada y se la lanzó.
La servilleta le pegó de lleno en el pecho. Cuti la atrapó al vuelo antes de que cayera al suelo, con reflejos de gato, y la dejó sobre la mesa al lado de su plato, como si nada hubiera pasado, arqueando una ceja en señal de desafío.
Las risas, contenidas hasta ese momento por el cansancio, volvieron a llenar el comedor, calentando el ambiente.
Poco a poco, los platos quedaron quedando vacíos. El personal retiró las fuentes con movimientos sigilosos. Scaloni, el director técnico, apareció en la puerta unos minutos después. Tenía el rostro sereno, pero había una satisfacción palpable en su postura.
Recordó brevemente el horario del entrenamiento regenerativo de la mañana siguiente. Sus palabras fueron recibidas con una mezcla de bostezos y algunos "sí, maestro" dichos sin demasiada convicción, pronunciados por bocas que preferían estar durmiendo.
Cuando todos terminaron de comer, el grupo empezó a dispersarse como humo. El ascensor hizo varios viajes seguidos, llevando a los jugadores hacia sus refugios temporales, hacia las camas blandas que los esperaban en los pisos superiores.
En el pasillo de la alfombra espesa del hotel, ya casi no se escuchaban voces. El silencio absorbía cada paso.
Cristian caminaba unos pasos delante de Lisandro. Buscaba con la mano la tarjeta de la habitación en los bolsillos del pantalón.
Revisó el bolsillo derecho. Nada. Después del izquierdo. Tampoco. Frunció el ceño, deteniéndose en seco frente a la puerta 204.
—No puede ser... —murmuró para sí mismo, comenzando a revisar las bolsas de la campera.
Detrás de él, Lisandro se detuvo. Apoyó la mano en la pared, observando el drama de su amigo con una expresión de cansancio divertida. Sabía exactamente dónde estaba.
Lisandro suspiró y, con calma, extendió la mano al bolsillo lateral del bolso de gimnasio que Cuti llevaba colgado al hombro. Sus dedos se cerraron alrededor de la plástica rectangular y la sacaron a la luz.
—¿Buscabas esto? —preguntó, agitando la tarjeta frente a la cara de Cuti.
Cuti soltó una risa cansada, una risa que solo sale cuando ya no queda energía para reír a carcajadas.
—Me salvas la vida…—dijo, tomando la tarjeta. Sus dedos se rozaron apenas.
—Alguien tiene que hacerlo —respondió Lisandro con un encogimiento de hombros, recostándose de nuevo en la pared.
Cuti asintió con la cabeza mientras pasaba la tarjeta por el lector. La luz se puso verde y la cerradura pasó con un clic.
—No me despiertes mañana veinte minutos antes del desayuno —dijo Cuti, empujando la puerta y dejándola abierta.
—No prometo nada —replicó Lisandro, con una media sonrisa.
—Pesado —dijo Cuti, antes de desaparecer dentro de la oscuridad de la habitación.
La puerta se cerró despacio, con un clic apenas audible. Lisandro se quedó en el pasillo un instante más, mirando la madera lisa de la puerta. Escuchó cómo el cerrojo se giraba desde adentro.
Se pasó una mano por la cara, sintiendo la raspadura de la barba. El cansancio lo volvió a invadir, pesado y cálido. Dio la vuelta y empezó a caminar hacia su habitación que estaba a tan solo unos metros.
Cuando el pasillo quedó vacío, el hotel recuperó su silencio solemne, interrumpido solo por el zumbido distante de un ascensor que subía.
