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Julio, 2020.
Jude Bellingham. La gran promesa del fútbol inglés.
O al menos así es como lo habían vendido ante todos esos grandes clubes que se habían interesado en él. Con apenas 17 años.
Tuvo que despedirse del Birmingham City, después de todos esos años. Si deseaba convertirse en uno de los mejores, necesitaba buscar nuevos horizontes. Buenos jugadores había de sobra; el mundo estaba lleno de talentos, lo sabía muy bien. Tener un don no era suficiente.
Debía encontrar su lugar, con trabajo duro y esfuerzo.
Por ello, no dudó dos veces al aceptar la oferta del Borussia Dortmund. Era una gran oportunidad. La puerta hacia un futuro prometedor en el que jugaría junto a grandes profesionales.
Podía sentir toda esa expectativa, justo ahora, recorriendo las palmas de sus manos, hasta llegar a sus dedos inquietos, que sostenían el tirante de la mochila que cargaba sobre su hombro; apretando, quizás demasiado.
Apuró el paso.
No era solo la expectativa, estaba nervioso. Más de lo que le gustaría admitir.
Estar lejos de casa no era sencillo. Nunca había estado tan apartado de su familia y de sus amigos del antiguo club.
Solo, sin conocer a nadie. Prácticamente empezando desde cero en ese país, a kilómetros de su hogar, en la siempre nublada y gris Inglaterra.
Siguió caminando sobre ese campo verde interminable, cruzando las líneas blancas que marcaban los límites sobre el césped húmedo y recién cortado.
Se detuvo por un instante. Y lo sintió bajo su calzado. La firmeza de la tierra, sosteniéndolo. Respiró hondo, con el vaho saliendo de su boca.
Hoy hacía frío, igual que siempre. Ese crudo invierno alemán.
Pensó entonces, que sin importar en qué parte del mapa se encontrara, la cancha siempre podría ser un hogar para él.
Siguió adelante. Un poco más relajado.
Continuó hasta llegar al pasillo principal, acercándose cada vez más a los vestidores.
Su primer día de entrenamiento oficial en el complejo.
Escuchó las voces masculinas hasta el fondo. El eco de las risas, en un idioma totalmente ajeno. La puerta estaba abierta, dejando a la vista un tramo de luz cálida que pintaba el suelo del pasillo.
Y cuando finalmente estuvo en frente, se aferró aún más a la mochila.
Y entró.
Inmediatamente, sintió el calor de la calefacción colarse bajo su ropa. Un descanso del clima helado que lo hizo estremecerse.
Por supuesto que estaba lleno.
El alemán rápido, entre risas casi escandalosas, charlando sobre quién sabe qué; unos cambiándose los pantalones por el uniforme, otros atándose las agujetas.
Parecía que su presencia poco les había inmutado. Un par de miradas curiosas es todo lo que recibió. Honestamente, estaba un poco cohibido.
Así que se dirigió a la larga banca de madera, un poco lejos de los demás, y asentó su mochila.
Dirigió su vista al muro.
Ahí estaba. Frente a él. El jersey. Su jersey. Acomodado junto a los demás.
Bellingham. 22.
El negro estampado sobre el amarillo brillante de la tela colgada sobre la hombrera.
Sus ojos casi brillaron por la joven ilusión. Ensimismado, pasó una mano sobre su cabello espeso. Después se rascó la barbilla lampiña, asimilándolo.
Perdió la cuenta de cuánto tiempo pasó de pie. Y una sonrisa amenazó con plantarse en sus labios.
—Tu mochila está sobre mis espinilleras.
Una voz lo sacó de su letargo.
Parpadeó rápidamente, girando el rostro hacia un costado.
No había escuchado bien, pero supo que estaba hablando en inglés.
—Disculpa ¿qué dijiste?
—Que tu mochila está aplastando mi uniforme hombre.
Lo primero que notó, era que el tipo era enorme.
Jude era alto. Pero ese chico era prácticamente un gigante. Debía medir casi dos metros. Totalmente pálido, a diferencia de él.
—Ah, lo siento. —Respondió, mientras la hacía a un lado, despejando esa zona de la banca.
Lucía bastante joven a comparación con el resto de la mayoría del equipo.
El otro tomó sus espinilleras. Y después, se sentó junto a él, guardando la distancia.
—¿Eres el nuevo? —preguntó, mientras se quitaba la camiseta. —El señor Favre dijo que hoy llegaría el nuevo fichaje.
Tenía un acento peculiar. Bastante fuerte, pero no sonaba como alemán, sino algo diferente que no podía descifrar.
—Ah, sí. Soy Bellingham. Jude. —Dijo.
Extendió una mano de forma cortés, con la intención de saludarlo.
—Ya lo sé. —Contestó, con una pequeña sonrisita extraña. Pero la estrechó. —Erling Braut Haaland. —Terminó.
Abrió los ojos con sorpresa. Haaland. ¿El Haaland de las noticias?
Había escuchado un par de veces sobre él, sobre todo entre voces. Era un gran delantero, todavía en despegue, pero con grandes dotes físicos. Noruego. Una máquina de meter goles.
—¿Haaland? ¿número 17? —le preguntó.
El otro rió divertido ante su reacción.
—El mismo, ¿por qué te sorprende tanto?
—Todos en Europa hablan sobre tí. —Soltó su mano.
—Nah —Se rascó la nuca— no es para tanto. Solo hago mi trabajo. Diría que tu llegada causó más revuelo que cuando yo vine hace seis meses.
Levantó una ceja, incrédulo.
—¿Bromeas? —se acercó un poco a él, bajando el tono, casi en un susurro frustrado— literalmente nadie de aquí me ha dirigido la palabra.
—Eso es porque todavía no te han visto en el campo. —Aclaró.
—¿A qué te refieres?
Se levantó. Tomó su propio jersey que se encontraba doblado perfectamente a un costado.
—Tienes que pasar esa prueba primero. Nada es gratis aquí.
Entonces comenzó a ponérsela.
No dijo nada más.
Cuando Haaland terminó de vestirse, se colocó los tacos y los ató con fuerza.
La mente de Jude empezó a divagar.
Y el nerviosismo regresó, ahora en sus pies. Estaba rodeado de grandes elementos, jugadores como Erling, con una fuerza y resistencia increíbles, que ya llevaban tiempo trabajando juntos. Su pierna comenzó a moverse de arriba a abajo, a un ritmo constante.
Pero no había tiempo para eso. Ahora, debía cambiarse y estar listo para salir.
Así que se puso de pie para descolgar su uniforme.
Tardó demasiado en ajustarse las calcetas.
Tuvo que ponerse la camiseta térmica debajo del jersey.
Cuando terminó, apenas quedaban unos cuantos miembros del equipo dentro.
Sintió un toque en el hombro.
—Nos vemos afuera.
Haaland pronunció, y salió por la puerta.
Bellingham se sintió algo reconfortado; incluso si las cosas salían mal.
Soltó el aire que llevaba aguantando. Y fue detrás de él.
Al estar de nuevo sobre el césped (ahora vestido como todo un miembro oficial del equipo), inhalando el aire frío del exterior, ya estaba más tranquilo. Este era su terreno de juego. Aquí las cosas eran distintas. Estar en medio del campo siempre lo calmaba; todos esos signos de duda o temor, desapareciendo lentamente.
Aún así, se mantenía algo apartado del resto, más por cautela.
Al otro lado, sus compañeros conversaban entre ellos mientras calentaban. Ahí estaba Haaland también. Tan rubio como un noruego podía ser.
Así que empezó a estirar las piernas en silencio.
A lo lejos, divisó una figura.
Era Lucien Favre, el director técnico, quien había apostado por él desde un inicio. Llevaba una carpeta bajo el brazo, mientras aplaudía con entusiasmo al acercarse cada vez más.
—Así me gusta verlos. Con ganas.
—Buenos días señor. —Dijo Bellingham. Educado como siempre.
El resto del equipo también lo saludó, interrumpiendo su sesión previa de estiramientos.
—Parece que ya conocieron a Jude. —Habló, mientras extendía un brazo para señalarlo— Probablemente algunos de ustedes hayan escuchado hablar sobre él. Un gran talento, debo decir —añadió— estará con nosotros durante toda la temporada. Y las que sigan. Será una pieza valiosa para nuestro equipo, de eso estoy seguro.
—Gracias señor. —Dijo en voz baja.
—No me agradezcas muchacho. Sal a la cancha a mostrar lo que mejor sabes hacer.
Asintió. Más motivado que nunca en su vida.
Después de explicar la sesión de entrenamiento, las posiciones y designar al arquero, el ruido del silbato rompió el aire.
Todos los elementos en sus posiciones, listos, esperando los pases, uno a uno, corriendo por el césped, encontrando los tiempos. Jude notó que se conocían perfectamente, no solo eran un equipo, sino que jugaban como una familia. El ejercicio de transiciones rápidas inició.
El entrenamiento fue incluso más agotador que durante su tiempo en el Birmingham. Todos eran buenos; la línea defensiva, los laterales, el media punta. Y, por supuesto, el delantero. Erling Haaland. Quien parecía bastante sereno en su posición. Como si estuviera esperando el momento perfecto para anotar.
Ser mediocampista no era sencillo. Debía correr todo el tiempo. Pero estaba hecho para eso.
—¡Bellingham!
Alguién gritó.
De pronto, su visión periférica detectó la pelota. Rápida y con fuerza. Un pase largo, desde el área contraria.
Logró bajar la pelota con el pecho, sobre el césped, como si obedeciera sus pensamientos.
Con un toque sutil del empeine, la mantuvo en su lugar. Tenía dos jugadores frente a él, tratando de obstruir el paso y hacerse del balón. Así que le dió la vuelta, girando sobre su propio eje, sin perderlo.
Un ágil juego de pies, y segundos después, ya estaba corriendo a toda velocidad hacia el área del guardameta. No se detuvo, sintiendo el sudor empapando su frente. Buscó con la mirada, tratando de encontrar a Haaland para dar el toque y que rematara.
Pero tres jugadores se interpusieron, obstruyendo cualquier movimiento. No había lugar para ese pase. Era imposible.
Solo había una opción. Buscar la grieta.
Entonces se perfiló, observando con velocidad, y una precisión casi quirúrgica. Midiendo.
Y pateó. Con la zurda.
El balón salió disparado, pasando entre los hombros de los jugadores.
Al instante, el guardameta se lanzó para atraparlo, pero no fue lo suficientemente rápido y cayó sobre el césped.
El balón entró directo a la portería, empujando la red por la velocidad.
Siguió corriendo, un poco más lento, ahora con una sonrisa en la cara, sintiendo la brisa helar la punta de su nariz.
Sí. Estaba hecho para esto.
Tras el impacto, la intensidad del entrenamiento pareció congelarse. Los jugadores tardaron un segundo en reaccionar, asimilando la jugada, antes de avanzar hacia él.
Alguien lo tomó por los hombros.
Luego. Unas palmadas en su espalda.
El sonido de las manos. Aplausos.
Todo el equipo aplaudiendo. Por él.
—Vaya tarjeta de presentación. —Dijo uno de los defensores, mientras se cruzaba de brazos.
Estaba hablando en inglés.
A su alrededor, los demás se sumaron, con toques informales y comentarios en voz baja.
De lejos, su vista se cruzó con la de Haaland, al otro lado de la cancha. Tenía la respiración agitada y las manos apoyadas sobre sus rodillas, en un gesto de cansancio.
Extendió el brazo, levantando el pulgar hacia arriba, en una señal de aprobación.
Estaba seguro de que si no estuviera tan exhausto probablemente estaría riendo. Lo pudo ver en su expresión graciosa, casi infantil.
—Buen trabajo Bellingham —exclamó desde lejos, recuperando el aliento.
Agosto, 2020.
El primer partido de Jude con el Dortmund. Un amistoso contra el SCR Altach de Austria.
Pero ya no había más nervios ni titubeos.
El balón viajaba por todo el campo, de un extremo a otro, pasando entre los pies de los jugadores del equipo contrario, con una facilidad que nunca experimentó en ese viejo club de Inglaterra.
No era solo él. Eran todos. Complementando de manera perfecta. Un juego perfecto.
Apenas al minuto 14, Bellingham interceptó un pase en la salida del rival.
Buscó con entusiasmo entre las cabezas. Y por supuesto que la encontró. Era imposible que alguien como él no sobresaliera, incluso en medio de tantos jugadores.
Un pase corto.
Haaland atrapó el balón. Luego, lo cedió a Giovanni Reyna, el chico revulsivo principal, que podía cambiar las jugadas en cuestión de minutos.
A estas alturas ya conocía los nombres de todos a la perfección.
Y después vino el gol.
Los gritos en el estadio explotaron, todos saltando de sus asientos. Una celebración.
Los jugadores se fueron sobre el anotador, prácticamente empujándolo. Haaland corrió hacia Giovanni. Lo tomó de la cintura y lo alzó en el aire, mientras el otro levantaba los brazos. Ambos eran muy buenos amigos, lo sabía; desde el primer día, cuando los vió bromear antes y después del entrenamiento. Haaland era enorme, le sacaba fácilmente una cabeza de altura y levantarlo pareció la cosa más sencilla del mundo.
Poco después, apenas en la mitad del primer tiempo, Jude estaba seguro de haber inventado una genialidad.
Un taconazo dentro del área para Erling Haaland, y el noruego reventó las redes.
Tras ese segundo gol, todos se abalanzaron sobre él. Gio se colgó de su espalda. El estadio explotó, otra vez. Jude corrió en su dirección, pero estaba tan rodeado de jugadores que no pudo acercarse como deseaba. Lo único que pudo hacer en medio de la multitud, fue darle unas palmadas en el hombro.
—Gran jugada —habló en voz alta.
Pero lo curioso fue que, de hecho, Haaland ni siquiera lo celebró. Solo sonrió, mientras levantaba los hombros. Como si fuera algo que hiciera todos los días.
Ese tipo estaba demente.
El juego continuó con una fluidez increíble.
Pero cuando llegó el minuto 45, ya era hora de los cambios.
Tuvo que regresar a la banca, sin embargo, a pesar de solo haber jugado durante el primer tiempo, estaba contento de haber aprovechado cada minuto.
Tan inesperado como sonara, cuatro goles más llenaron de ruido el estadio durante la segunda mitad.
Tras el pitido final, el marcador acabó 6-0 en favor del Dortmund. Una victoria aplastante, ni siquiera podía creerlo.
Estaba agotado, pero radiante. La ovación de las gradas inundó sus oídos.
El resto del equipo festejó, y el entrenador le dedicó palabras de aliento.
Todos rodearon a Haaland. Riendo y llenándolo de elogios. Jude tampoco podía dejar de sonreír.
Cuando todo se terminó, el equipo regresó a la banca para tomar sus pertenencias, y Haaland se quedó conversando con Gio.
Jude se dió la vuelta para levantar su botella de agua del suelo. Estaba sediento.
Bebió. Y al terminarse la mitad, con un jadeo satisfecho, sintió que un brazo le rodeaba los hombros.
Al voltear, se encontró con los mechones de Haaland.
—Estás loco Bellingham, ese pase fue increíble.
La sonrisa se sembró devuelta en sus rasgos.
—Nah, no fue nada.
—No seas modesto cuando te elogie —dijo, y llevó un dedo a su pecho, señalando, mientras daba golpecitos— si yo digo que algo es increíble es porque lo es. Lo eres.
Le alborotó el cabello.
Y lo soltó.
Se alejó trotando, para seguir charlando con Reyna.
Esa noche, cuando llegó a su departamento, horas más tarde, le costó conciliar el sueño. Rememorando el partido de esa mañana. ¡Era difícil cerrar los ojos y no pensar en nada! La emoción no se borraba tan fácil.
Se giró sobre el colchón, en medio de la penumbra de su habitación, tratando de encontrar una posición cómoda.
De repente, una vibración rompió la calma del cuarto. Y su celular se iluminó por un segundo.
Un mensaje nuevo.
Se frotó los ojos.
Se levantó sobre su espalda, confundido, con la frente arrugada. Pasó una mano por su cara y se acercó al teléfono sobre la pequeña mesa, cargando bajo la lámpara. Debía ser casi medianoche.
Lo desbloqueó. Luego, abrió la bandeja de entrada.
Número desconocido [23:30 p.m]:
Bellingham
¿Estás dormido?
Dudó un momento en responder. ¿Número desconocido?
Pero la pregunta era demasiado informal.
Jude Bellingham [23:31 p.m]
¿Quién eres?
Frunció el ceño, extrañado. ¿Quién diablos le estaba mandando mensajes de texto a estas horas?
Número desconocido [23:35 p.m]:
Soy yo, Haaland. Le pedí tu número al entrenador.
Jude Bellingham [23:35 p.m]:
Me asustaste.
Pensé que algún loco había robado mi número.
Número desconocido [23:36 p.m]:
No estas tan lejos de la realidad
Jude Bellingham [23:36 p.m]:
¿Sabes que es casi medianoche?
Número desconocido [23:38 p.m]:
Me dí cuenta de que no estabas en el grupo del Dortmund, ¿por qué no dijiste nada? Te voy a meter.
Más te vale guardar mi número.
Jude Bellingham [23:38 p.m]:
No sabía que tenían un grupo.
Gracias.
Haaland [23:39 p.m]:
No es nada.
Y también quería felicitarte por tu primer partido de hoy, aunque no fuera oficial, buen trabajo.
Hacemos buen equipo después de todo.
[Emoji de pulgar arriba].
Jude Bellingham [23:40 p.m]:
Gracias otra vez
Pero fuiste tú quien anotó el gol.
Haaland [23:42 p.m]:
El goleador no es nada sin la asistencia, no olvides eso…
En el próximo partido seguro marcarás.
Jude Bellingham [23:42 p.m]:
Dios oiga tus palabras.
Jude sonrió.
Pero ya casi eran las 12:00 a.m en punto.
Jude Bellingham [23:45 p.m]:
Mañana hay entrenamiento temprano, hay que dormir.
Haaland [23:45 p.m]:
Sí.
Nos vemos mañana.
Descansa.
[Emoji de cara feliz]
Dejó el teléfono sobre la mesa.
Volvió a cubrirse con las sábanas, acomodando la almohada bajo su cabeza. Y se durmió después de eso.
Septiembre, 2020.
Casi un mes después, se encontró anotando un gol en su debut oficial. Primera ronda eliminatoria de la Copa de Alemania.
Lucien Favre no dudó en mandarlo al campo desde el arranque, en el mediocampo, junto al experimentado Axel Witsel.
El arquero apenas pudo tocar la pelota, unos milímetros. Y al final terminó en la red, sellando el 2-0.
En cuanto vió entrar el balón, Bellingham corrió emocionado hacia el córner. Una sonrisa enorme de incredulidad. No hubo tiempo de hacer alguna filigrana o celebración ensayada, solo abrió los brazos de par en par, asimilando el momento.
Y de inmediato, fue atrapado por sus compañeros.
Sin embargo, una vez más, no pudo celebrar junto a Erling Haaland.
El estruendo del silbato terminó la contienda con un gran 5-0. Y se convirtió en el goleador más joven de la liga.
Esa noche también le costó dormir.
Con el tiempo, su relación con el equipo progresó de forma efusiva; todos eran grandiosos. Amables, cálidos pero competitivos.
Y, si bien, no era el único adolescente, la mayoría ya tenía una vida resuelta. Por ello, fue fácil que congeniara con Haaland, de 19 años en ese entonces. Y también con su amigo Gio.
Erling tenía un sentido del humor bastante peculiar. Y Jude estaba seguro de que no lo hacía a propósito. Simplemente, así era él.
Después de sus entrenamientos, charlaban de vez en cuando, no solo acerca del juego, sino de temas triviales: su estancia en Alemania, su familia y sus padres.
Supo que Haaland vivía solo, de forma independiente. Dentro de las zonas residenciales preferidas por los futbolistas del club. Pero solía recibir visitas frecuentes de su padre. Y que, a pesar de sus orígenes noruegos (y de haber pasado casi toda su corta vida ahí), de hecho, había nacido en Inglaterra.
Bellingham también estaba solo, y tener apenas 17 lo hacía todo más complicado.
Pero eso cambió con el pasar de los días.
En medio de una tarde agotadora con el equipo, con el sol iluminando su espalda (a punto de ocultarse bajo la tierra), recibió una llamada telefónica.
Era su madre.
Abrazó la noticia con entusiasmo. Ya no estaría más por su cuenta dentro de las cuatro paredes de su departamento en el distrito de Brackel.
Tras unos días, Dennise Bellingham se fue a vivir con él.
Octubre, 2020.
Jude respiraba con dificultad.
Le dolían las piernas por el esfuerzo, y tenía el cabello mojado gracias al sudor. Una gota le entró en el ojo, haciéndolo soltar un quejido por el ardor.
—Mierda. —Dijo, mientras se levantaba el jersey para secarse la frente y el ojo rojo.
Caminó hacia las gradas.
Logró divisar a Haaland a la distancia; sentado, sosteniendo un paquete de algo en su mano derecha.
Había sido una tarde muy agitada. El entrenador no tuvo piedad en aquella sesión, pero ya se estaba acostumbrando a las carreras interminables sobre el césped, tratando de robar el balón a sus compañeros a como diera lugar.
Era duro, sí, pero los resultados en el marcador lo decían todo.
—¿Quieres? —Escuchó a Haaland hablar con la boca llena, mientras extendía la envoltura de galletas frente a él.
—Tenemos prohibido comer esas cosas durante los descansos —respondió, todavía con la orilla de su camiseta sobre su ojo.
—¿Ves al señor Favre alrededor? —preguntó, volteando a ver a ambos lados, en un gesto sarcástico.
Soltó su camiseta.
—Afectará tu dieta.
El otro rodó los ojos.
—No seas mojigato. Unas galletas no van a matarme —agitó el empaque frente a él, con el crujido del aluminio de la bolsa, insistente— Anda, come una.
Jude suspiró, resignado. Y tomó una para comérsela.
Se sentó junto a él.
Estaba a punto de anochecer.
Le gustaban mucho los atardeceres en Alemania. Y con la vista grandiosa en las gradas de la casa club era incluso mejor. El cielo estaba despejado; una mezcla entre el naranja decreciente por el sol, y el púrpura de la oscuridad venidera.
Miró los zapatos de Haaland. Sus agujetas estaban sueltas, y sus calcetas manchadas de tierra.
La galleta estaba demasiado dulce para su gusto.
—¿Has pensado en el futuro?
La voz del chico lo sacó de su cabeza.
—¿A qué te refieres?
Lo vió limpiarse las migajas de su mejilla.
—Ya sabes. Se supone que estamos viviendo el sueño, y, no me malentiendas —giró para verlo— estoy encantado con lo que estamos haciendo. Pero mi sueño siempre fue vestir de azul.
Por supuesto que lo entendió.
—El Manchester.
El ojo le dejó de molestar.
—Como mi padre antes de mí. —Dijo, regresando su vista al frente. Y añadió, con una sonrisa genuina— ¿Te lo imaginas? Erling Haaland, anotando su primer gol en el City. Diablos.
Su ensueño fue contagioso. Imposible de no asimilar. Entonces le contestó, con un aire más llevadero:
—No si el mediocampista del Madrid te lo impide.
El otro soltó una carcajada.
Le dió un pequeño golpecito en la pantorrilla, con la punta del pie.
—Estás loco hombre, ¿Real Madrid? Ni siquiera entiendes el castellano.
Se encogió de hombros.
—Aprenderé.
Ninguno dijo nada más.
La noche llegó, pintando el cielo oscuro con puntos de luz a la distancia.
El camino a casa tardó más de lo habitual. Y el peso de su cuerpo lo golpeó como una ola dentro del autobús. Estuvo a punto de quedarse dormido.
Que horror.
Se puso los audífonos, con una canción de Blur llenando sus oídos hasta que llegó a casa.
El tiempo pasó rápido, entre entrenamientos y autoexigencia. Incluso, algunos lo llamaban demasiado apasionado. Pero ese era el objetivo ¿cierto? Buscar la perfección, aunque fuese improbable. Su mantra, incomodara a quien incomodara.
Y antes de que se diera cuenta, ya era el día 20 del mes.
El gran día. Fase de grupos contra en el Estadio Olímpico de Roma. Su debut en la Champions League.
Y durante todo el primer tiempo, estuvo sentado en la banca.
No culpó al director técnico, aún era muy joven. Debía probar su valor en un campeonato de ese calibre.
Sin embargo, tras ver el desempeño de su equipo, comenzó a ponerse ansioso.
Haaland estaba ahí, haciendo su trabajo como siempre. Pero el resto parecía distraído, quizás por los nervios. O quizás por el clima. No estaba seguro.
Lo único real en ese momento era el marcador. 2-0 a favor del equipo contrario. Estaban perdiendo, no había duda.
Calentó, y después esperó sentado, a punto de morderse las uñas. Hasta que por fin se anunció el segundo tiempo.
Se formó, listo para entrar y pelear hasta el último segundo. Un gol. Eso era todo lo que pedía; un descuento, como mínimo.
Cuando entró a la cancha (aún estando bajo una enorme presión), pensó, corriendo de un extremo a otro.
Cayó un par de veces: dos faltas de la defensa rival.
A pesar de ello, siguió adelante. Calibró, mientras observaba, buscando, sin parar.
Cuando robó el balón milagrosamente, sus ojos se posaron en Haaland. De pie, cerca de la portería, caminando casi con tranquilidad; como si estuviera esperando algo. Un movimiento.
Esa era su especialidad.
Corrió, y cuando estuvo a la distancia suficiente, dió la asistencia.
Por supuesto que la aprovechó. Su nombre era Erling Haaland, el androide.
Así que anotó, con la cabeza.
La ovación que recibieron por la afición fue fantástica. El corazón le latía tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho en ese preciso instante. Qué golazo. Su cuerpo parecía tener vida propia.
Lo vió a lo lejos en el campo.
El noruego se dirigió hacia él, a toda velocidad, enardecido con una expresión tan maravillosa. Las mejillas rojas por el agotamiento y la emoción. El jersey empapado de sudor.
Cuando lo tuvo enfrente, Haaland lo tomó de la cintura (justo como solía hacer con Gio), y Jude pegó un salto para aferrarse a sus hombros. Puro instinto. Lo mantuvo en el aire durante unos segundos que para él fueron eternos. Levantó el puño derecho, mientras se sostenía con el otro brazo. La gente no dejaba de gritar.
Y a pesar de que, al final, ese partido lo terminaron perdiendo, no se sintió para nada como una derrota.
Esa fue la primera vez que celebraron juntos.
La foto que se publicó después fue magnífica.
Noviembre, 2020.
Estaba quizás demasiado concentrado en la televisión. Un partido de pretemporada en vivo, nada demasiado importante.
Pero no podía despegar la vista de la pantalla (seguramente por el aburrimiento de estar solo en casa la mayor parte del tiempo).
De pronto, observó al delantero, a punto de tirar un penal.
Sentado sobre el sofá como estaba, con una bolsa de papas fritas a medio comer sobre su regazo, su teléfono vibró.
Bajó la mirada a la pantalla. Un mensaje nuevo.
Entonces, oyó el grito del narrador. ¡Golazo al ángulo!
Cuando giró devuelta a la TV, maldijo por lo bajo. Se lo había perdido.
Haaland [21:00 p.m]:
Bellingham.
Jude Bellingham [21:01 p.m]:
Haaland.
Haaland [21:01 p.m]:
Oye
Jude Bellingham [21:01 p.m]:
Me perdí el penal del partido por tu culpa.
Qué pasó.
Haaland [21:05 p.m]:
¿Qué?
Oye, ¿estás ocupado?
Jude Bellingham [21:06 p.m]:
Lo estaba, ¿por qué?
Por supuesto que era mentira.
De hecho, este fin de semana había sido la cosa más tediosa e interminable del mundo. Su madre se había ido unos días a visitar a su abuela y, sin sus viejos amigos, no le quedaba más que quedarse dentro del apartamento viendo televisión.
Haaland [21:12 p.m]:
Había quedado con Gio y unos amigos para ir al cine esta noche, pero el imbécil me canceló a última hora.
Queda una entrada libre.
Jude se sorprendió un poco al leer el mensaje. Era, después de todo, una invitación implícita.
Hasta ahora, sus interacciones se reducían a la cancha y a los partidos. Se tomó su tiempo para escribir.
Jude Bellingham [21:14 p.m]
¿Quieres que vaya?
Haaland [21:15 p.m]
Solo si tú quieres.
Jude se rascó la nariz.
Jude Bellingham [21:16 p.m]:
¿Los otros son del equipo?
Haaland [21:16 p.m]:
Algunos. Otros amigos míos.
No será incómodo, lo prometo.
Lo pensó. No estaba muy seguro, sobre todo con personas que ni siquiera conocía. Pero cualquier cosa era mejor que quedarse en casa hasta morir del aburrimiento.
Jude Bellingham [21:20 p.m]:
Tu invitas las palomitas ¿no?
Tardó un poco en recibir respuesta. Y por un momento, pensó que se había arrepentido.
Haaland [21:35]:
Lol
Trato hecho.
[Emoji de cara riendo]
Negó con la cabeza.
Le mandó el punto de encuentro. Y Jude buscó algo para ponerse.
El transporte público se había convertido en algo cotidiano para él, pero a esta hora, en un domingo por la noche, eran pocos los autobuses que pasaban en la parada.
Al final llegó un poco tarde (o al menos eso pensó, hasta que se dió cuenta de que Haaland llegó todavía más tarde). Pero se mantuvo entretenido conversando con Thorgan Hazard, el extremo prodigio del equipo.
Se perdieron los primeros minutos, pero le dió igual. La película era bastante mala, y ni qué decir de los efectos especiales.
Solo valió la pena por los chistes estúpidos de Haaland.
Estuvo durante casi todas las dos horas sentado al lado de Jadon Sancho (el ofensivo), con Haaland después de él. Sin embargo, el noruego parecía terco en lanzar bromas desde su lugar.
Casi le dió vergüenza lo mucho que le estorbaba la vista a Sancho para responderle. Pero no podía evitarlo, era jodidamente gracioso sin siquiera intentarlo.
Entonces vino el clímax de la trama. Una gran explosión en la pantalla, los gritos despavoridos, y la batalla final entre el villano y el héroe. A lo mejor, si los efectos fuesen mejores, le habría prestado más atención.
—Oye, Bellingham.
Dijo Haaland, llamándolo, con la voz un poco baja.
Jude se inclinó, frente a Sancho.
Se acercó a su oído. Y se burló del protagonista, casi en un susurro.
Arrugó la nariz, soltando una risa que casi le hizo doler el estómago.
—Jesús Bellingham. —Sancho se quejó, casi empujándolo de vuelta a su asiento— Si solo vas a estar riéndote de las idioteces de Haaland mejor cámbiate de asiento, por el amor de Dios.
Erling trató de contener la carcajada que casi se le escapó.
—Oye, oye, tranquilo, solo nos estamos divirtiendo, no te lo tomes personal. —Expresó, pasando una mano por los hombros del otro, en un gesto de camaradería. Pero Sancho parecía fastidiado.
—Algunos de aquí sí vinimos para ver la película, por si no lo sabían. —Respondió.
—Mañana podrás hacernos pagar en el entrenamiento, ¿qué te parece?
Le dió unas palmaditas en el hombro.
—Eres un imbécil Haaland —Dijo.
Pero después, pudo ver que casi se le formó una pequeña sonrisa en la comisura, mientras dejaba salir el aire.
—Más te vale no mal influenciar al pobre Bellingham.
Pero él ya no era ningún niño.
La película terminó sin pena ni gloria. Casi se termina el bote de palomitas.
Al salir, los otros chicos se marcharon después de despedirse. Mañana tenían entrenamiento, igual que todos los días entre semana.
Al final, tras algunos minutos de palabras compartidas, quedaron solo Haaland y él, uno al lado del otro, caminando por la acera frente al cine. Jude tenía las manos en los bolsillos. Había comido demasiado.
—Esa película ganó oficialmente el premio a una de las peores cosas que he visto en mi vida. —Dijo.
—No podría estar más de acuerdo.
Caminaron durante un rato, siguiendo el mismo tramo recto, con nada más que la luz amarilla de los postes de alumbrado, y los cables que colgaban como lianas. No había prácticamente nadie cerca de la plaza a estas horas.
—Honestamente, pensé que no vendrías —pronunció Haaland. —Pensé que estabas con tu novia o algo así. Ya sabes, fin de semana. Gio me canceló por eso.
Se llevó una mano a la nuca, aliviando una picazón inexistente.
—No tengo novia.
Respondió.
—Mierda, pensé que sí. —Casi volvió a reírse. —Bueno, soltero igual que el resto. Al menos tendré por seguro que no me dirás que no la próxima vez.
Al final, Haaland se ofreció a llevarlo en su auto.
Le sorprendió saber que tenía uno, estacionado a un par de cuadras.
Al principio lo rechazó, diciendo que estaba bien. Que su departamento no estaba tan lejos (sí lo estaba). Pero tras pensarlo bien, y darse cuenta de que, en realidad, muy probablemente su autobús tardaría horas en llegar, terminó aceptando. Casi a regañadientes, aun sabiendo que era la única opción si no quería llegar hasta la madrugada.
En el asiento del copiloto, Jude se cruzó de brazos y apoyó la sien sobre el cristal de la ventana. Observó las luces de los otros autos, que se transformaban en líneas por el movimiento. La calefacción hizo todo aún más cómodo.
Haaland le habló sobre sus primeros días en el Dortmund. Su debut, los increíbles partidos y los triunfos. Luego acerca de su niñez, el estar bajo la expectativa de su padre. Tratar de ser un niño normal siendo el hijo de un gran futbolista del City.
Pero él era todo menos común.
Sin darse cuenta, su propia respiración se tornó más pausada. Los párpados comenzaron a pesarle, y sus extremidades se relajaron. Lentamente, pasando de la vigilia al sueño.
Y se quedó dormido.
Diciembre, 2020.
Las vacaciones de navidad fueron increíbles.
La bienvenida a casa le levantó el ánimo como jamás se lo imaginó. Finalmente, de vuelta en su hogar. Su hermoso lugar natal. Nada mejor que la lluvia constante bajo ese cielo color tiza. Aquello que siempre conoció.
Sus viejos amigos le prepararon una sorpresa, una cena en honor al nuevo gran jugador del Borussia Dortmund. Su familia estaba orgullosa, y ni hablar de sus compañeros, incluso los del Birmingham.
Pese a ello (y aunque estaba más que contento por el cálido recibimiento), para ser honesto, empezó a extrañar a los chicos de Alemania después de un par de semanas.
Lo que se estaba forjando ahí era especial, de eso estaba seguro.
Su amistad con Erling se volvió más estrecha con cada día que pasaron juntos; en el club, durante los partidos, en los descansos, en esas salidas furtivas entre compañeros, en las que parecían tener una conexión genuina. En el juego y en la vida. Un amigo así no se encontraba a menudo.
Tras un par de días, comenzó a recibir mensajes de texto. Un video gracioso, un resumen increíble de algún partido importante, o simplemente para preguntar qué estaba haciendo.
Y Jude le respondía sin dudar.
Se volvió cada vez más frecuente. La primera semana, hablaron apenas unas cuantas veces. Para cuando llegó la mitad de la segunda, empezó a acostumbrarse a tener una notificación en su celular todos los días.
Y al llegar la tercera, en un domingo por la noche, recibió una llamada. El tono lo sobresaltó, en medio de la cocina mientras fregaba los platos.
Era Erling.
—¡Bellingham!
El grito casi lo asustó. Su voz al otro lado sonaba juguetona, más grave de lo habitual.
—Dios, ¿por qué no puedes decir hola cómo una persona normal? —Respondió.
Se secó las manos y se dió la vuelta. Con la espalda apoyada en el borde del fregadero.
—¿Parezco una persona normal para tí?
Jude rió.
—No. —Dijo finalmente.
Se dirigió a su habitación, mientras el otro le contaba sobre las cosas interesantes que había hecho en sus vacaciones. Los interminables partidos de golf con su padre.
A Jude no le gustaba el golf, para nada. Pero lo escuchó, porque era Erling.
Y esa noche, hablaron hasta que llegó la madrugada.
No se dió cuenta, distraído por la vibración de la voz de Haaland al otro lado; su risa, estúpida y contagiosa. Hasta que su madre lo reprendió por seguir despierto.
Al día siguiente, la tanda de mensajes de texto hasta que se puso el sol se repitió. Y al siguiente. Y al día después de ese también.
El mes pasó volando. Diciembre, luego enero.
Luego vino febrero, y con ello, el regreso a la cancha para disputar la Copa de Alemania.
Entre trabajo duro y el sudor de su frente, otro mes se terminó antes de lo esperado.
Su amistad con Haaland se volvió más íntima. Y el sonido de sus risas compartidas se volvió familiar.
Mayo 2021.
El Dortmund se coronó campeón tras aplastar 4-1 en la final del torneo. El doblete de Haaland fue espectacular.
En medio del estadio, con las luces iluminándole el rostro y el cabello revuelto, levantó los brazos con júbilo. El confeti bañó su ropa, pegándose en su piel y por detrás de las orejas. Estaba tan feliz.
La medalla de oro colgaba de su cuello, junto a sus compañeros. A un costado de Haaland. Lo vió tomar la enorme copa y levantarla sobre su cabeza.
Un momento que atesoraría para siempre en su memoria.
Jude todavía era menor de edad.
Así que no le permitieron beber alcohol durante la celebración.
Haaland, por el contrario, bebió demasiado. Lo supo cuando miró la sonrisa tonta que no se le quitaba. Su cabello estaba creciendo. Ahora usaba una banda elástica sobre su cabeza para que no le obstruyera la visión.
Estaba borracho. Con los mechones apuntando a todas partes. Definitivamente no podría regresar a casa en su auto en esas condiciones.
La cena transcurrió entre risotadas y canciones. Y Jude estaba llenísimo.
—¿No quieres que te lleve a casa grandulón? —dijo el capitán, Marco Reus, al ver el lamentable estado de su compañero.
—Nah. Todavía aguanto un poco más. —Recargó la cabeza en el respaldo de la silla, cerrando los ojos.
—No puedo regresar tan tarde Haaland, tengo que irme.
En este punto, ya solo quedaban ellos tres.
—Te doy permiso. —Entrelazó los dedos sobre su estómago.— Déjame disfrutar un poco más.
Se llevó los dedos a la frente, resignado. Negó de lado a lado y soltó un suspiro.
Se inclinó sobre Jude para hablarle.
—¿Tu departamento está a unas cuadras de aquí cierto?
Parpadeó un par de veces.
Sí. A un par de ellas. El lugar estaba bastante cerca de hecho.
—¿Por qué?
—¿Te lo puedo encargar?
Bueno.
Debió suponer que las cosas terminarían así.
La buena noticia era que su madre aún no regresaba de su corta visita a Inglaterra. Así que estaba solo. No tendría que enfrentar el penoso regaño de llevar a un amigo ebrio a su puerta.
Lo pensó.
—Está bien. —Aceptó.
Y tal como dijo, tras unos minutos, se marchó.
Haaland no dijo mucho más, estaba más dormido que despierto, y tuvo que obligarlo a levantarse poco después.
Al salir, Jude tuvo que pasar el brazo por sus hombros para que no se tropezara al caminar, pero era difícil sostenerlo con todo ese peso; era altísimo.
Cuando se tambaleó, casi se lo llevó con él; así que, inmediatamente, se apoyó sobre su pierna izquierda y le rodeó la cintura, aferrándose a su ropa para no caerse.
—Mierda. —Musitó.
—Perdón Jude —el otro arrastró las palabras.
Recuperó el equilibrio.
—No te preocupes.
Caminaron así durante un rato. Hasta que Haaland rompió el silencio. Estaban tan pegados que pudo sentir la vibración de su voz a través de su cuerpo.
—Estoy jodidamente borracho Jude…
El aroma etílico desbordaba por toda su ropa. Nunca fue fan de ese olor.
Entonces comenzó a murmurar cosas que no logró descifrar; tan bajo que, a pesar de tener su rostro tan cerca de su oído no las entendió.
Después pronunció su nombre. Otra vez.
—Jude…
Extrañamente, el ebrio Haaland decidió que hoy era Jude, y no Bellingham.
—¿Qué pasa? —preguntó, más por no querer dejarlo hablando solo que por otra cosa.
No respondió.
En su lugar, empezó a canturrear una melodía. Bastante desafinada a decir verdad.
Al principio fue ambivalente, tratando de encontrar las notas correctas; pero tras unos instantes, la reconoció de inmediato.
—Naaa naaa naaa —rió entre dientes—na na na naaa…
—Muy gracioso Erling.
—Heeey Judeeee…
Quiso soltarlo de golpe, pero se lo impidió. Haaland lo sostuvo con fuerza para mantenerlo en su lugar.
—No seas aguafiestas.
El brazo se cerró alrededor de su cuello, apretándolo contra su cuerpo. Dió un quejido por la fuerza y casi se tropieza de nuevo.
Tras unos cuantos pasos más, fue capaz de ver el edificio cruzando la calle. Su destino.
Arrastró al otro consigo hasta la entrada. Fue un martirio llevarlo por todo el pasillo y tratar de pasar desapercibido frente a los pocos inquilinos que cruzaban de vez en cuando. Pero lo logró, sacando las llaves de su bolsillo cuando estuvo frente a la habitación número 122, con el tintineo metálico llenando el espacio estrecho.
La cabeza de Haaland prácticamente colgaba de su cuello hacia abajo.
Abrió la puerta y lo metió a empujones. Casi cae al suelo, pero pudo sostenerse del reposabrazos del sofá, medio despierto.
Con trabajo, se dejó caer sentado, con las piernas desparramadas en el piso, laxo.
—Dios —dijo.
Era tan largo que cualquier cosa parecía pequeña a su lado. La banda en su cabello estaba a punto de ceder, dejando caer parte del flequillo sobre su frente.
Jude se inclinó, apoyando su peso sobre una rodilla para desatar las agujetas de Haaland.
Deslizó el zapato hasta quitárselo. Y repitió lo mismo con el otro. Los párpados del otro vacilaban entre cerrarse o mantenerse abiertos.
—Tengo calor… ayúdame a quitarme la sudadera.
Lo escuchó balbucear.
—No hace calor.
Se acercó a él, quien levantó los brazos para facilitar la tarea. Bellingham tomó la orilla de la tela y la subió por su torso. Luego por sus brazos, hasta sacarlo por su cabeza, despeinándolo aún más. Se quedó con la camiseta debajo, sus pantalones de chándal y los calcetines.
Estaba a punto de retirarse para dejar la ropa en cualquier otro lado.
De repente, Jude sintió que algo (o alguien) lo jalaba hacia adelante.
Tuvo que asentar su palma sobre el respaldo para no irse de cara sobre el otro.
Luego de la sorpresa, fue consciente de que Haaland había sido el culpable de ese movimiento.
Era su mano. En el cuello de su camiseta. Tirando de él.
Abrió los ojos, con una mezcla de confusión y sorpresa.
—Jude.
Lo miró. Estaba muy adormilado, sus iris desenfocados, tratando de fijarse en algún punto frente a él. Captó los suyos, totalmente sobrios, como si quisiera encontrar algo ahí.
El silencio se prolongó entre ellos, estirándose hasta el límite. Estaban tan cerca que podía sentir su aliento sobre él. Caliente. Fue consciente de su propia respiración.
Qué carajos.
Y frente a cualquier cosa que se hubiera imaginado que sucediera, Haaland le pasó la mano abierta por delante de la cara, desde la frente hasta la barbilla. El gesto lo obligó a cerrar los ojos de golpe y, al abrirlos, parpadeó varias veces, completamente desorientado por el asalto.
Lo soltó, empujándolo levemente hacia atrás. Jude se incorporó.
Dejó caer su cabeza en el respaldo, cerrando los párpados.
Erling Haaland durmió sobre su sofá durante el resto de la noche.
Julio 2021.
El verano de los fichajes.
Bellingham tenía 18 años recién cumplidos. Y Haaland ya era la estrella consolidada del Borussia Dortmund.
El Chelsea, Barcelona, Real Madrid; todos apostaron por él. Pero Jude sabía que el noruego no se marcharía por ninguno de ellos.
Aún así, cuando supo la noticia, lo llamó enseguida, con los dedos tamborileando sobre la mesa del comedor.
Quería saber.
Durante la charla, Haaland le confesó que en realidad lo pensó. Después de todo, su sueño siempre fue brincar a las grandes ligas. Sin embargo, la expresión de Jude se relajó al escuchar lo que vino después.
Erling tenía un contrato de tres años con el Dortmund, y aún le faltaba la mitad. Estaba disfrutando de su tiempo allí, verdaderamente. Era hombre de palabra, y respetaría todo lo que el Club había hecho por él.
Quería ver a Haaland en la cima, como cualquier buen amigo. Incluso Sancho ya se había ido al United.
Pero no quería que se fuera tan pronto.
No quería que lo dejara. Aún no.
Ninguno mencionó nada acerca de esa noche dentro de su departamento. Con Haaland borracho hasta la punta de los pies. Supuso que lo había olvidado, estaba apenas despierto. Así que Jude lo olvidó también.
Septiembre 2021.
El cabello de Haaland estaba tan largo que ahora usaba una liga para atarlo. Un moño alto en la parte de atrás.
A Bellingham le pareció que el estilo le quedaba. Iba perfecto con su personalidad.
Muy nórdico, a decir verdad.
Su físico también había cambiado bastante. Ahora tenía 20, y cada día se volvía más fuerte.
Jude ya debía afeitarse cada par de días para mantener su aspecto prolijo.
Todos los arduos entrenamientos recientes los prepararon, llevándolos a ese preciso momento. Para el que se habían estado preparando.
El día 15 del mes.
Torneo de la Champions. Su rival: el Beşiktaş. En el Vodafone Park. Estambul.
Las gradas estaban teñidas de negro y blanco, y el ruido de la afición local era ensordecedor cada vez que el Dortmund tocaba el balón.
Sin embargo, a pesar de que la tensión estaba a tope, de forma casi milagrosa, Jude anotó el primer gol.
Esta vez, no fue a celebrar con la grada.
Sus piernas se movieron cuando lo vió. Y corrió, directamente hacia la esquina para encontrarse con Haaland.
Él también iba hacia Bellingham. Como solían hacerlo siempre.
Un momento de pura adrenalina.
Se lanzaron el uno hacia el otro en plena carrera, saltando a la vez. El impacto de sus pechos al chocar en el aire resonó como un estallido sordo en medio del ruido del estadio. Al caer de nuevo sobre el césped, la inercia los empujó hacia atrás, pero sus miradas se mantuvieron fijas, encendidas por la misma chispa de victoria.
Violento, sudoroso y perfecto.
A la segunda anotación, las piernas le fallaron por el cansancio y la euforia, y se dejó caer de espaldas, con los brazos abiertos y el pecho agitado. Sonriendo, con los ojos cerrados.
No tuvo tiempo ni de tomar aire. Un segundo después, la sombra de Erling se cernió sobre él, cubriéndolo casi por completo. Apoyado sobre sus rodillas y una mano sobre el suelo, a un costado de su cabeza.
Le dijo algo. Pero el estruendo en las gradas no le dejó entenderlo.
Este partido tenía algo distinto. En el aire. O entre ellos. No podía decir exactamente por qué, pero la química con Haaland, y con la pelota, era diferente a cualquier otro día.
Mientras el eco de Estambul se apagaba, Jude entendió que no había estadio en el mundo capaz de hacerle sombra, si Erling estaba cubriéndole la espalda.
Al regresar a los vestidores, tomó asiento sobre la banca central para beber un poco de agua.
El noruego entró después, arrastrando un poco los pies.
Se quitó el jersey, y tomó asiento al lado suyo.
—Gran trabajo Bellingham.
Le dió unas palmadas en la espalda, y dejó su mano ahí.
Sus rodillas se tocaron.
—Sí. Hacemos un gran equipo.
La mano de Haaland viajó hacia arriba, hasta llegar a su nuca. Sintió el calor de su palma sobre la humedad del sudor.
Un toque.
Ese era el tipo de cosa que Erling comenzó a hacer después de cada partido. Fuera victoria o derrota, siempre le daba un abrazo al final. Probablemente más fuerte de lo necesario. Después, llegaban a los vestidores, y le acariciaba la cabeza con torpeza cariñosa, despeinándolo un poco en el proceso. Le daba palmaditas en la mejilla, o le acariciaba un poco el cuello.
Era un tipo muy táctil y expresivo (lo cual contrastaba bastante con su enorme presencia).
Pero no podía evitar pensar, a veces, que invadía de más (solo un poco) su espacio personal.
Sentado sobre esa banca, percibió el movimiento de los dedos ajenos sobre su piel. Sus yemas, revoloteando detrás de su oreja.
Pero se preguntó si todos los compañeros de equipo hacían esas cosas. O si simplemente su amistad era diferente.
Jude se aclaró la garganta, y volteó hacia el otro lado. Pero no se apartó.
Después de aquél día. Esa caricia en particular se repitió casi religiosamente tras cada partido.
Octubre, 2021.
Bellingham ya conocía a la perfección el auto de Haaland.
Durante unos de los entrenamientos, a principios del mes, éste se ofreció a llevarlo a su departamento. Y aunque le dijo que no se preocupara (que no era necesario, tal y como la primera vez que ocurrió algo similar), al final la insistencia del otro pudo más que el ímpetu de no querer ser una molestia.
Naturalmente (como todas las cosas que pasaban entre ellos), se volvió una costumbre.
Estaba implícito. Después de ducharse y cambiarse, Erling siempre estaba esperándolo afuera, con su propia maleta tras su espalda y la mochila de Jude en una mano. No podía mentir, las cosas eran bastante más sencillas así; ya no debía esperar por el transporte, sobre todo cuando terminaban muy tarde.
Su madre se llevaba muy bien con él. Descubrió que ambos compartían el mismo sentido del humor. Y apoyaban a los mismos equipos.
Quién lo diría.
A veces, Haaland se quedaba en su casa, y jugaban videojuegos hasta tarde. Se ponían a ver una película en su habitación, o miraban videos graciosos en el teléfono. Sentados el uno junto al otro, en el suelo, recargados sobre la base de la cama.
Y a veces, Erling dejaba una mano descansando sobre su pierna.
La primera vez que sucedió, se apartó por reflejo. Pero volvió a ocurrir tantas veces que simplemente lo aceptó.
Ya no estaba tan seguro de si los amigos hacían ese tipo de cosas.
No pudo evitar pensar que, en este punto, ya había ocupado el lugar de Giovanni como el mejor amigo de Haaland. A lo mejor se habría sentido un poco mal, si el chico no estuviera tan ocupado hablando de su novia todo el tiempo. Parecía la única cosa en su mente.
Ahora, sentado sobre el asiento del copiloto, dejó que su vista se perdiera en el exterior. Afuera, el vecindario pasaba como una cinta borrosa; una sucesión de fachadas que cambiaban de color, techos de tejas que subían y bajaban, y portones cerrados.
—¿Quieres que encienda la calefacción?
Haaland habló, con las manos sobre el volante. A pesar de que las ventanas estaban cerradas, por esta época, el frío calaba los huesos, incluso por debajo de su abrigo.
Lo estaba llevando a casa, como ya era costumbre.
—Sí, está bien —contestó.
Giró la perilla.
Una brisa cálida llenó el auto, haciéndolo estremecerse. La radio tocaba una canción desconocida.
En ocasiones, el recuerdo de Haaland borracho sobre su sofá llegaba a su mente. Y a veces (solo a veces), le daban ganas de preguntar. Pero nunca lo hizo.
—¿Tienes algo que hacer mañana? —dijo el otro.
—No realmente.
Poco a poco, fue disminuyendo la velocidad. Ya estaban bastante cerca.
Lo vió tamborilear los dedos sobre el volante, como si estuviera meditando su siguiente oración.
—¿Quieres ir a mi casa? Mi padre me obsequió la nueva versión del Fifa hace unos días.
Abrió la boca para continuar, pero se detuvo repentinamente.
—¿Enserio?
—Sí.
Le bajó el volumen a la radio.
Lo tomó un poco por sorpresa. Pocas veces había estado en su casa. Las únicas ocasiones en las que ocurrió siempre fue con alguien más. El capitán, Gio, o cualquier otro miembro del equipo. Pero nunca habían estado a solas.
—Solo si estás listo para que te derrote —bromeó.
—Estás loco si piensas que te dejaré ganar.
Haaland estiró el brazo y le dió un golpecito en la cabeza, como siempre solía hacer.
El contacto duró más que de costumbre, pudo darse cuenta, durante un momento suspendido en el aire. Siguió maniobrando el volante con la otra mano. Como si no fuera suficiente, la deslizó hacia abajo, viajando por su nuca, aumentando la presión.
Acto seguido, rascó suavemente su cuello con las uñas.
Jude sintió que ese toque lo quemaba.
Cuando retiró los dedos, lo hizo arrastrándolos, con una lentitud extraña.
No pudo decir nada más.
Ese era el tipo de caricia que no terminaba de entender. Esto no era una victoria postpartido, con las emociones intensas desbordándose en sus extremidades. No había razón.
Los chicos no hacían este tipo de cosas entre ellos.
El otro siguió manejando en silencio por un par de calles más, con el ruido del motor llenando el espacio entre ambos.
Deseó que no le hubiera bajado el volumen a la canción.
Más tarde, después de lo que pareció una eternidad, Haaland dijo:
—Ya llegamos.
El auto se detuvo frente a la entrada, en medio de esa fría noche de Octubre, con Bellingham frotándose la oreja.
—Gracias.
—No me agradezcas.
Casi al instante, pensó en voz alta. Y su boca se movió antes de que pudiera darse cuenta.
—¿Por qué haces todo esto? —Dijo de pronto, casi en un susurro.
Fue inesperado. Haaland frunció el entrecejo, confundido, y soltó el volante.
—¿Porque eres mi amigo? —preguntó, mirándolo, como si fuera la cosa más obvia del mundo.
Jude pasó una mano por su cara. No debió haber preguntado eso.
—Olvídalo.
Se desabrochó el cinturón de seguridad.
—No, ¿qué quisiste decir con eso?
—Nada, no es nada. —Abrió la guantera para tomar su teléfono.— Gracias por traerme.
Levantó la mochila en sus pies.
—¿Estás enojado por algo?
Tomó su botella de agua del portavasos.
—No estoy enojado.
Lo metió en la bolsa del costado.
—Entonces por qué evitas mirarme.
Sintió que los dedos le picaban. Guardó el resto de sus pertenencias, con más velocidad de lo necesario.
—Bellingham.
Se acomodó los zapatos. Después las calcetas.
—Jude. —Levantó un poco la voz.
Soltó aire, derrotado.
Giró para encararlo, al fin.
—Está bien Haaland, no es nada. De verdad.
—¿Hice algo malo? —ladeó la cabeza, con los ojos preocupados.
Por Dios.
Negó.
—No, no es eso —trató de dedicarle una sonrisa ladeada, tratando de calmar las aguas. Tampoco quería que pensara que estaba enfadado. — Gracias por traerme a casa. —Terminó. Y puso una mano sobre su hombro.
Haaland relajó el ceño, y se mordió el labio inferior.
La mirada de Erling estaba fija en él. Quizás demasiado intensa, igual que ese día en su departamento; demasiado pesada. Pero no estaba ebrio esta vez.
Vió cómo sus ojos bajaban por un milisegundo, y luego volvían a subir.
Esto se estaba poniendo raro.
Era mucho contacto visual, y comenzó a sentirse incómodo. El aire entre los dos se tornó extraño. El rostro de Haaland, envuelto en una duda muda.
Jude levantó la mano de su hombro para apartarse y marcar distancia. Pero no le dejó. Antes de que pudiera retirarla, sus dedos se cerraron firmes alrededor de su muñeca, frenando el movimiento en el aire y obligándolo a quedarse ahí, atrapado bajo el peso de su escrutinio.
—¿Qu-
Ni siquiera terminó la palabra.
No le dio tiempo ni de respirar. Haaland se inclinó hacia delante, acortando el espacio.
Y juntó sus labios.
El contacto lo tomó tan por sorpresa que una oleada de confusión le recorrió el cuerpo, de arriba abajo. Su mente quedó en blanco. Abrió los ojos con asombro, perplejo. El corazón martillándole en las costillas.
¿Qué era todo esto?
El otro tenía los ojos cerrados. Las pupilas de Bellingham se dirigieron a donde todavía sostenía su muñeca.
Definitivamente nunca se imaginó que la noche terminaría de esta forma.
Sintió un calor terrible inundarle la cara, sus mejillas.
Los pensamientos le atropellaban, entrelazándose, tratando de buscar una explicación lógica. Las intenciones de Haaland…
¿Siempre fueron estas?
Los labios se movieron.
No era tiempo para pensar, menos en una situación así. Su cuerpo reaccionó por puro instinto, quejándose bajo el calor de su boca.
Apoyó la mano libre contra su pecho para intentar apartarlo. Una necesidad desesperada de ganar espacio porque no sabía cómo reaccionar ante el vuelco que le acababa de dar el mundo, poder entender qué demonios estaba pasando.
Ante su protesta, finalmente cedió y se separó, soltándolo en el proceso.
En cuanto la distancia volvió a interponerse, el impulso que había movido a Haaland pareció evaporarse, dejando en su lugar una expresión arrepentida. Tenía la respiración agitada, con su pecho subiendo y bajando.
Como si estuviera dándose cuenta de lo que acababa de hacer.
La vergüenza inundó por completo a Jude, provocando un nudo en su estómago. Miró al suelo, sin saber qué decir.
—Mierda. No quise…
—Quiero bajarme.
Interrumpió, con la voz atrapada en la garganta. Tragó saliva, profundamente abrumado, atrapado entre el deseo de preguntar qué carajos había hecho, y las ganas de salir corriendo.
Oyó el click. El seguro ya no estaba puesto.
—Perdón, no quise… —se pasó una mano por el cabello, frustrado. Lo llevaba suelto, a cada lado de sus sienes. —Carajo Jude.
El ambiente se había puesto tan tenso que no buscaba dónde mirar. Apretó la tela de su pantalón. No podía quedarse un minuto más dentro de ese maldito auto.
Así que abrió la puerta, bajándose rápidamente. Haaland se quedó dentro del auto, atónito, posiblemente con el pánico de haber arruinado las cosas para siempre.
—Jude, espera.
Cerró la puerta y se colgó la mochila. Lo escuchó soltar una maldición a lo lejos.
Caminó por el jardín delantero, sin voltear hacia atrás, con el corazón latiendo hasta el cuello, desbocado.
Subió hasta su departamento. Los dedos temblorosos y pasos torpes. Casi se le resbalan las llaves después de sacarlas de su mochila.
Entró rápido, queriendo escapar a la seguridad de su habitación lo más pronto posible.
Pero su madre estaba sobre el sofá viendo la televisión.
—Jude, mi amor. ¿Cómo te fue? —preguntó, sorprendiéndolo un poco, con esa cálida expresión en su rostro.
No quería más drama en esta noche, así que forzó una sonrisa.
—Bien mamá. —Dijo, dejando caer su mochila sobre el sillón.
—¿Tu amigo Haaland no se quedará hoy?
Reguló su respiración. No quería actuar fuera de lo normal y preocuparla. Pero tampoco quería pensar en él en este momento.
—Hoy no mamá. Está ocupado —se quitó el abrigo, y después los zapatos, dejándolos en la entrada— Estoy cansado. Creo que iré a dormir.
—¿Tan temprano?
Jude carraspeó.
—Mañana tenemos entrenamiento a las siete. De verdad estoy muy cansado —trató de excusarse.
Su madre lo observó, extrañada. Pero al final lo dejó ir sin hacer muchas más preguntas; nadie mejor que ella entendía el agotamiento que producía cada hora de juego. Tampoco era del todo mentira, todavía sentía esa quemazón en las piernas.
Al subir las escaleras, no pudo evitar el peso de la culpa (después del nerviosismo de no saber qué hacer). El haber dejado a Haaland solo dentro del auto, igual o todavía más desorientado que él. Su rostro, lleno de ese aire de arrepentimiento, rozando la tristeza al presenciar la reacción de Bellingham. Jamás los había visto así.
No estaba enfadado con él. Estaba frustrado, confundido. Quizás algo indignado, por no haberle preguntado, si quería, y solo hacerlo, sin importar qué pensara. O qué sintiera.
Al fin y al cabo, lo había rechazado. Su beso. Ese que le había robado.
Siempre pensó que a Haaland le gustaban solo las chicas. A Jude le gustaban. Había tenido una que otra novia desde la secundaria, jamás se imaginó…
Se puso el pijama, pensando demasiado en las cosas, con la mente dando vueltas.
Esa noche no pudo dormir.
Y al día siguiente, cuando llegó al entrenamiento y dejó sus cosas en el casillero, fue la cosa más incómoda del planeta.
Haaland llegó tarde esa mañana, con el cabello desordenado (algo fuera de lo común), mal atado y algo desalineado.
Pudo verlo entrar al vestidor, de reojo mientras descolgaba su jersey. Y, para su maldita suerte, el casillero de Erling estaba al lado del suyo.
Desvió rápidamente la mirada, no quería hacer contacto visual innecesario. Jude se quitó la camiseta, fijándose en la pared al otro lado.
Escuchó su voz apenas a unos pasos de distancia; sus compañeros saludándolo mientras soltaban pequeñas risas divertidas.
Seguramente ya había notado su presencia.
El sonido de sus pasos acercándose lo puso nervioso. Se colocó el jersey lo más rápido que pudo. Después los pantalones cortos.
Se dio media vuelta para tomar asiento en la banca y ponerse las espinilleras. A estas alturas, Haaland ya estaba rebuscando entre sus pertenencias del casillero. A su derecha.
Bellingham no dijo nada. Acomodó sus protectores, limitándose a echar un vistazo de vez en cuando a su espalda (sin que se diera cuenta, claro está).
Al verlo a punto de desvestirse, se concentró rápidamente en sus propios pies.
La desnudez de Haaland nunca lo incomodó en lo más mínimo, como cualquier otro compañero. Era natural en un ambiente así. Sin embargo, tras lo sucedido la noche anterior, claramente lo cambiaba todo.
Llevó una mano a su cuello, presionando demasiado fuerte sobre su piel.
¿En qué momento le había empezado a gustar a Haaland?
¿Fue durante esa cena cuando se puso borracho? ¿Cuando se quedaban solos en la habitación de Jude? ¿Después de esa llamada hasta la madrugada?
Cayó en cuenta de que estaba quitándose las cutículas con las uñas.
—Bellingham.
El oír su nombre lo sobresaltó.
El otro ya estaba sentado a su lado.
Titubeó antes de responder.
—Ah. Hola.
Pero tampoco dijo más. Supuso que no quiso incomodar. Se acomodó el resto del uniforme en silencio. Y salió.
Jude se quedó sentado un rato en la banca.
Durante la sesión en el campo, no pudo evitar que su vista se desviara hacia él, incluso aunque se reprendiera a sí mismo.
Pero el otro no hacía el esfuerzo de verlo siquiera, sino todo lo contrario. Parecía que lo estaba ignorando aún más que el mismo Jude. ¿Qué se supone que diría de todas formas?
¿Perdóname por besarte?
Logró meter un gol. Haaland no se acercó para felicitarlo cuando todo terminó.
No lo llevó a casa después del juego. Bellingham tuvo que esperar casi una media hora en la parada del autobús.
Noviembre, 2021.
Tampoco recibió ningún mensaje después de eso.
Esperó unos días, pensando que, quizás, Haaland le mandaría un texto diciendo algo al respecto. O a lo mejor, simplemente enviar un video gracioso para romper el hielo; olvidarlo todo, fingir que nunca pasó. Cualquier cosa. Pero ese momento nunca llegó. Y se dió por vencido luego de un par de semanas.
Jude también pudo haberle dicho algo. Un texto de voz, una llamada fortuita.
No lo hizo.
Y siempre andaba con una sensación amarga en el estómago.
Cualquier cosa habría dolido menos. Perder su amistad por algo así era estúpido.
Pensó que el tiempo curaría todo, como si pudiera borrarlo. No obstante, su relación no hizo más que enfriarse con cada anochecer.
En los entrenamientos, bastaba con saludarse de forma cortés cuando se veían (estaban el uno al lado del otro, era inevitable). Era posible que Haaland estuviera enojado con él por haberlo dejado hablando solo. Quién sabe. Ya no sabía qué pensar. Solo podía limitarse a verlo jugar a lo lejos, mientras bromeaba con los otros como solía hacerlo con él. No más tardes de videojuegos, ni compartir el desayuno, o risas en la intimidad de un rincón, alejados del resto. Como si nada más existiera en la tierra.
Mucho menos las caricias inesperadas.
Ya ni siquiera lo tocaba, ni un roce. Nada. Sus interacciones se limitaron a un par de palabras intercambiadas al entrar y salir. Y la indiferencia durante todo el día.
Tenían tanto que aclarar y conversar. Poner las cosas sobre la mesa. Pero tal parecía que el orgullo podía más (incluyéndose a sí mismo).
No se podía tapar el sol con un dedo.
Sus amigos tardaron poco en darse cuenta de que algo había ocurrido. El capitán se acercó a él durante uno de los descansos, preguntándole, tratando de sonar lo más prudente posible. Por supuesto que no le contó la verdad.
Una discusión acalorada sobre su posición en la cancha, había dicho. Era más fácil de explicar. Aún así, Reus le advirtió que debían resolver eso lo antes posible. Después de todo, su desempeño también estaba siendo afectado, no lograba concentrarse como antes. Parecía tener la cabeza en otro mundo. Era evidente.
Su madre también lo cuestionó sobre la situación. Se había acostumbrado tanto a la presencia del otro que, el hecho de que estuvieran tan distantes era cuanto menos inusual. Sabía que a una madre no se le podía engañar, lo conocía demasiado bien. Así que se limitó a decir que Haaland estaba más ocupado de lo habitual. Por supuesto, no lucía convencida con su respuesta, pero tampoco lo presionó.
Ya no podía verlo cambiarse en el vestidor sin sentirse cohibido. Demasiado cerca de él.
Cada vez que sus ojos se desviaban a su brazos desnudos se sentía inquieto. Tenso. Como si estuviera haciendo algo indebido.
Si ese idiota tan solo se hubiera controlado dentro de su auto. Las cosas seguirían igual que antes. Ahora todo era tan complicado.
Y como si no fuera suficiente castigo, Erling comenzó a ocupar cada parte de sus pensamientos.
No podía olvidarlo, no era tan sencillo. Los dos habían sido cercanos, habían congeniado tan bien.
Lo extrañaba.
Diciembre, 2021.
Todo terminó de irse al caño cuando Haaland empezó a llevar a una chica a los entrenamientos. Faltaba una semana para las vacaciones.
Jude no le preguntó nada al respecto. Tampoco hablaban mucho ya.
El sonido de la risa de ella se filtraba desde la banda, aguda y fuera de lugar entre las órdenes a gritos del entrenador y el impacto de los tacos contra el césped. Se obligó a mantener los ojos fijos en el balón, pero el pecho le ardía. No sabía si era por el cansancio. O por algo más.
Haaland se la pasaba casi todo el día pegado a ella, incluso en los espacios libres entre los ejercicios. Intentaba no prestar mucha atención, no quería saber nada.
Ahora, el vestuario era solo el lugar donde Jude evitaba mirarlo, mientras él se cambiaba a toda prisa para salir a verla.
Un día de esos, la vió llegar con una prenda que se le hizo familiar.
Era la sudadera que Erling llevaba puesta cuando lo besó dentro de su auto.
Se mordió el interior de la mejilla, mientras desinfectaba el raspón en su pantorrilla por la reciente caída, descansando sobre el suelo. Siseó al sentir el alcohol sobre su herida abierta.
Cuando llegó a casa más tarde, revisó la bandeja de entrada de su teléfono. No había mensajes nuevos.
Abrió la conversación del contacto de Haaland. Su pulgar se deslizó por la pantalla, perdiéndose entre sus viejas pláticas. La luz azul de su teléfono encendido entre la penumbra y soledad de esas cuatro paredes.
Dos días después, un partido amistoso se les presentó en el camino. Jude no se sentía tan preparado como solía hacerlo antes de cualquier juego, estaba disperso.
Pese a ello, lograron dominar con un 2-1 gracias a un penal en el último minuto.
No podía seguir así mucho más tiempo. Ni siquiera estaban peleados, no habían discutido. Solo distantes, por haber cruzado esa línea peligrosa.
Los amigos no se daban besos en los labios.
Lo vio ahí, de pie en medio del césped, bebiendo de esa botella hasta acabarla. Y dudó un momento, pensando en acercarse.
Bellingham tuvo que tragar todo su ego.
Sus piernas se movieron casi por voluntad propia. Si lo pensaba demasiado acabaría huyendo.
Cuando estuvo detrás de él, le tocó el hombro para llamar su atención.
Giró sobre sus pies. Sorprendido por el contacto.
—Lo hiciste bien hoy— dijo. Más tímido de lo esperaba. Evadiendo su mirada como siempre.
Haaland se tomó su tiempo para responder.
—Gracias. —Respondió— Tú también. —Añadió.
Finalmente tuvo el valor de verlo. Y al hacerlo, notó ese gesto amable en su rostro. Ese que siempre le dedicaba. Antes de que las cosas cambiaran.
Jude relajó la postura.
En ese momento, una diminuta voz en su cabeza le dijo, que quizás las cosas sí podrían repararse.
Esperó a que el otro pusiera una mano en su hombro, aunque eso jamás llegó.
Quiso decir algo más, pero de pronto, ella llegó, abrazándolo por detrás, casi colgándose de su espalda.
Sintió los ojos de Haaland fijarse sobre él, escrutándolo por un segundo. Como si también quisiera decirle algo, mientras ella seguía insistiendo con el abrazo. O probablemente estaba tan desesperado que lo imaginó.
¿Desesperado por qué?
Se dió la vuelta para irse.
Durante la fiesta de celebración, tras la derrota del equipo contrario, Erling volvió a embriagarse.
Todos ya cumplían la mayoría de edad, así que no tuvieron problemas dentro del antro.
Jude se sentó sobre la barra, queriendo alejarse un poco de todos, sin pedir nada con alcohol para beber. No le gustaba la cerveza.
Apoyó la mejilla sobre su mano, mientras meneaba el vaso de vidrio con refresco. Los hielos bailando de una esquina a otra, que reflejaban su propio rostro distorsionado.
Pensó en él otra vez, en contra de su voluntad.
Y, como si lo hubiera invocado, vislumbró una cabellera rubia acercarse a su izquierda, diseminándose entre el humo y las líneas de luces, pintando su ropa con franjas rojas y azules delgaditas.
Se removió sobre la silla. Y bebió un sorbo del vaso. Pensó por un segundo que Haaland diría algo.
Se perdió en sus pensamientos, como siempre, hasta que sintió el leve toque de unos dedos tímidos sobre su rodilla. Eso lo sacó del trance. Ahí dentro hacía calor. La música a todo volumen, la vibración de los bajos a través de los altavoces.
Esa canción si la conocía.
Los dedos tantearon, buscándolo, y dejó la mano ahí. No subió más, ni intentó alguna otra cosa.
Giró para verlo, con una chispa breve de valentía.
Sintió que el corazón iba a escaparse de su pecho. No se apartó, ni movió la pierna para evitarlo.
Dios, el rostro de Haaland. Era un puñado de emociones concentradas. Solo para él. La música se convirtió en un eco sordo, junto a las voces de fondo y el ruido del cristal de los vasos, en esos brindis cargados de euforia. Sus labios entreabiertos, la piel blanca como la leche, las cejas rubias que enmarcaron la melancolía en sus facciones.
Tenía tantas ganas de abrazarlo.
Marco se encargó de llevarlo a su casa esa vez.
Jude ya no dormía bien. Hacía varios anocheceres que no descansaba.
Y así pasó la última semana. Entre la incertidumbre de acercarse o dejar que todo siguiera como estaba. Ya no lo soportaba más, todo estaba llegando a un punto de quiebre. Insostenible. Cada mañana, viéndose dentro del campo.
Quería que Haaland volviera a tocarlo como antes. Que se recostara en el suelo tras las victorias, y luego le dejara tumbarse sobre él, rodeándolo con sus brazos, acariciando su cabello, pese a las decenas de cámaras que estaban apuntándolos.
Durante el último día de entrenamiento, después de terminar los últimos minutos de estiramientos, se dirigió al vestidor para recoger sus pertenencias. Debía vaciar su casillero, y guardar todo en su mochila para llevarlas a casa. Su hogar.
Regresaría a Inglaterra con su familia por navidad, y aquello le levantó el ánimo.
Las luces principales del estadio ya se habían apagado, dejando solo los fluorescentes del pasillo emitiendo un zumbido eléctrico, bajo y monótono. Ya quedaban muy pocos dentro de las instalaciones. Jude seguramente había sido el último en terminar. Exigente consigo mismo, como todos decían.
Los reflectores eran lo único que lo guiaban en medio de ese pasillo estrecho, con la resonancia hueca de sus pasos en la madera, con los músculos del cuerpo protestando por el cansancio del entrenamiento extra que se había autoimpuesto para no pensar.
Empujó la puerta del vestuario con el hombro, con las palabras de una disculpa casual flotando en la punta de su lengua por si quedaba algún intendente adentro, limpiando ya toda la zona.
Sin embargo, las palabras murieron en su garganta.
El olor a linimento para deportistas pareció congelarse en sus pulmones. Frente al bloque de casilleros del fondo, en un rincón, estaban ellos.
Haaland. Y esa chica de la cual nunca supo su nombre.
Solo estaban conversando, aparentemente. Pero parecían algo molestos.
En ese momento, ella lo tomó con fuerza de la camiseta. Y lo besó. Él tuvo que encorvarse para llegar a su altura, era mucho más baja hasta que Jude. La chica devoró sus labios, como si estuviera desesperada, bajo esa pobre luz cenicienta.
El impacto fue físico. Algo. Un golpeteo. En el esternón. Se expandió como ácido por sus costillas, pesado y sofocante.
—Lo siento… no quise interrumpir —sonó ajeno, desprovisto de su vigor habitual. Áspero.
No esperó a ver la reacción de Erling, ni el desconcierto en los ojos de ella, ni la forma en que los dos se separaron bruscamente. Con la mirada fija en el suelo, se acercó a su casillero. Abrió la taquilla de golpe, el metal resonó con un golpe sordo en el espacio. Empezó a guardar sus cosas con una velocidad frenética, casi violenta: las espinilleras, la sudadera, el cargador de su teléfono. Ni siquiera se cambió el uniforme. No estaba ordenando; estaba evacuando. Necesitaba vaciar ese espacio. Tenía que salir de ahí.
—Jude.
Pasó de largo sin mirar atrás, y cerró con un portazo.
El regreso se le hizo infinito. Ese nudo horrible seguía ahí, dentro de él, apretando más con cada bocanada de aire frío que daba. Al salir a la superficie, cruzó el patio trasero del complejo deportivo, con la vista fija en la silueta negra de la reja principal que marcaba la salida. Solo unos metros más. Desaparecer en la oscuridad de la carretera.
Estaba a punto de cruzarla.
Pero entonces, escuchó el impacto pesado y rápido del calzado sobre el pavimento.
—¡Jude! ¡Espera!
Esa voz que lo había atormentado durante más de un mes.
No se detuvo. Aceleró el paso, logrando rozar la cerradura.
Sus dedos se cerraron sobre el metal frío, cuando una mano firme lo sujetó con fuerza del brazo, obligándolo a girarse de golpe.
Lo vió.
Estaba jadeando, con la chaqueta del club a medio cerrar. En sus ojos claros no percibió la distancia de las últimas semanas, sino algo más. ¿Pánico?
—Suéltame.
Dijo Jude, con cansancio. El dolor en su pecho todavía sin desaparecer.
—Déjame explicarte. No es lo que piensas. —comenzó, dando un paso hacia él.
—¿Explicarme qué? —se soltó de un jalón. —Es tu novia, no tienes que darme explicaciones de nada.
—Carajo. Ella no es mi novia Jude. —Su manzana de adán se movía desesperada en su garganta, pudo verlo. —Es solo una chica que estaba conociendo.
—¿Por qué debería importarme de todas formas? Puedes salir con quien te dé la gana. Es un país libre.
—Por Dios Bellingham. —Dijo, casi agudo. Frustrado. — Ya no podemos pretender que nunca pasó nada.
En ese momento, sintió que el enojo le llenaba el cuerpo. Enojo por Haaland. Por todo, por la falta de concordancia entre sus palabras y sus acciones. Hablaba sobre pretender, y jamás se acercó para aclarar las cosas. Ni una sola vez.
—Eres un maldito hipócrita. —Escupió.
El impulso le ganó a sus extremidades. La rabia se acumuló hasta no poder sostenerla más.
Y lo empujó hacia atrás, desde su pecho.
Pero era tan enorme que se sintió como tratar de mover un bloque de concreto. Maldijo entre dientes. Una humillante sensación de debilidad recorriéndole el cuerpo.
Erling retrocedió un milímetro, impactado por la crudeza.
—Tu fuiste el que me besó —agregó Jude, con la boca seca. —Y después me ignoró como si fuera un puto fantasma.
—¿Disculpa? —dijo, con una mezcla extraña de tartamudeo por la sorpresa y una rigidez incómoda— Tú fuiste quien salió corriendo. —Pasó una mano por su cabello, quitando los mechones que se desparramaban en su frente— Me dejaste ahí hablando solo. Ni siquiera me dejaste explicártelo, o decir algo más, o disculparme como era debido, ni siquiera… —Dejó de hablar, buscando las palabras. — Ni siquiera pude dormir esa noche. O la siguiente. Por el amor de Dios, apenas me dirigiste la palabra al día siguiente.
—¡Estaba asustado, maldita sea! —exclamó. Con la voz rota, la mandíbula apretada mientras clavaba sus yemas en la tela de su ropa. —No pensé que tú… —el labio inferior amenazó con temblar— Y ahora vienes con esa mujer salida de quien sabe dónde. Paseándote con ella frente a mí, después de lo que hiciste. Y quieres que crea que no son nada, y que lo que ví ahí dentro era mentira….
—Pensé que no te importaba.
Jude chasqueó los dientes.
Haaland miró sus manos inquietas.
Se acercó nuevamente, más lento esta vez, tomando su muñeca para acercarlo.
—Te dije que me soltaras. —Murmuró. Impotente.
—No creo que eso sea lo que en realidad quieres.
—¿Qué sabes tú de lo que yo quiero? —protestó.
—Porque te conozco. —Dijo. Como una declaración, fuerte y clara. Jude no se hizo a un lado. Tenía ganas de morderse la lengua. —Porque antes de cualquier cosa, eres mi amigo.
Bellingham miraba a cualquier lugar menos a él, fijándose obsesivamente en detalles insignificantes (como los cordones de sus zapatos), sintiendo sus palmas sudorosas.
—Porque eres importante para mí. —Añadió— Y si me dejaras explicarte…
—No la habrías traído a ella si te importara —respondió rápido.
—Ella me besó, lo viste. —Soltó un suspiro, abatido. —Tu me rechazaste Jude. ¿Qué se supone que debía hacer? —Lo vió raspar la grava con la punta de su zapato— Ella y yo no somos nada, nunca lo fuimos. Solo nos estábamos conociendo, yo… —se aclaró la garganta, tratando de calmarse un poco— Estábamos hablando sobre eso, precisamente.
—¿Sobre qué?
—Que ya no deberíamos seguirnos viendo. —seguía sin soltarlo— Pero supongo que dí por sentada su respuesta. Estaba enojada. Y entonces me besó.
El aire, que hasta ese momento entraba en su pecho de forma errática, comenzó a fluir con un ritmo más pausado. Una exhalación larga escapó de sus labios.
—¿Por qué debería creerte?
—Dime cuándo te he mentido.
Bueno. Tenía razón.
Pero aún así dolía.
—Nunca. —Musitó. Más tímido de lo que esperaba.
Su rigidez comenzó a retroceder.
Un proceso lento, casi imperceptible; el sutil abandono de la tensión en su cuello.
—Perdóname. —Dijo Haaland, acercándose aún más, hasta quedar frente a frente. — Fui un imbécil.
Jude se mordió la piel interna del labio.
—Te propongo algo. —Prosiguió. En ese momento, fue muy consciente de la diferencia de altura. —No quiero que nuestra amistad se arruine, menos por algo así. Podemos olvidarlo si quieres, empezar de cero. —Finalmente liberó el agarre en su muñeca— No intentaré nada. Lo prometo.
Tuvo que levantar el rostro para poder verlo. La luz blanca del reflector le pegaba en la espalda y en la nuca, provocando que su cara luciera como una sombra difusa. A contraluz.
Lo pensó, quizás demasiado. Imaginando el futuro. Que las cosas volvieran a su lugar. Tan simples como hace un par de meses, sin que tuviera que preocuparse por evadir su cuerpo en el estrecho espacio del vestuario.
Esta vez fue él quien hizo el primer movimiento.
Dejó caer la frente en su hombro, tentativo. Como solía hacer cuando estaba muy agotado durante los partidos.
Y lentamente, envolvió sus brazos alrededor de su espalda, en un abrazo.
Haaland respondió de inmediato, con más fuerza de la prevista. Sus manos se posaron sobre su cintura, y hundió el rostro en su cuello.
—Yo también lo siento. —Jude habló.
Erling lo apretó aún más contra su cuerpo, como si no quisiera soltarlo jamás. Podía oír el ritmo de su corazón contra el suyo.
Sintió el roce frío de su nariz en su piel. La brisa de su aliento.
Se aferró a su chaqueta. Él tampoco quería dejarlo ir.
No necesitaba los golpes de adrenalina después de alguna victoria para que se tocaran así.
—Qué pasa si no quiero que las cosas vuelvan a ser como antes.
Dijo Jude. Todavía en medio del abrazo.
—¿A qué te refieres?
Notó su preocupación.
Se separó, poco a poco.
Cuando lo tuvo frente a él, llevó ambas manos a sus mejillas, acunando su rostro. Haaland pareció asombrado por el gesto.
—No creo que soportaría verte con alguien más.
Una confesión. Tácita. Finalmente, las cosas sobre la mesa. El maldito elefante en la habitación.
Jude Bellingham siempre fue un hombre de acciones, y no de palabras. En el juego y en la vida. Por ello, en lo que representó uno de los actos con más agallas que jamás había hecho (al menos, en cuanto a relaciones se refiere), cerró el espacio que los separaba.
Le plantó un beso en los labios. Una mezcolanza ambigua entre desesperación, deseo y la exasperante necesidad de decirle que a él también le gustaba. Muchísimo.
Que lo había puesto nervioso desde la primera vez que lo vió. Cuando le reclamó por aplastar sus estúpidas espinilleras.
Había tardado tanto en darse cuenta. Había desperdiciado tanto tiempo, arriesgándolo todo, igual a un tiempo extra después del empate.
Movió sus labios sobre los de Haaland, y éste intensificó el agarre en su cintura; sus manos, presionando contra él. La fuerza, tan cargada de tensión acumulada que el aire casi dolía. No hubo espacio para la delicadeza, ni preámbulo alguno. Erling le respondió con avidez, tomando el control de su boca, haciéndolo jadear en medio del beso.
Rodeó su cuello, y las manos ajenas subieron, acariciando su espalda, tanteando. Podía sentir el contacto de su abdomen contra el de Haaland, en medio de ese arrebato. Luego bajaron otra vez hasta posarse en sus caderas.
Esto era totalmente diferente a besar a una chica.
Un cosquilleo en su vientre hizo que empezara a darle calor. Los labios suaves contra los suyos, insistentes. Jude estaba demasiado metido en esto, demasiado entusiasmado.
Su cuerpo empezó a dominar a su mente, y al sentido común.
Haaland le dió un leve empujoncito, sacándolo del aturdimiento para separarse, aunque fuera por un momento.
—Dios Jude, tranquilo… —Dijo, con el aliento sofocado.
Buscó sus labios nuevamente, pero el otro lo mantuvo en su lugar.
—Espera, necesito respirar. Olvidas que hay cámaras aquí.
Su tono cambió a uno divertido. Así como Haaland solía ser. Jude se sintió apenado, cayendo en cuenta de que probablemente estaba emocionándose más de lo debido.
Se relamió los labios, algo maltratados.
Erling juntó sus frentes, cerrando los ojos.
—Sabes que siempre fuiste tú.
Le susurró.
El viento leve le erizó la nuca.
Enero, 2022.
Haaland [20:30 p.m]:
Jude
Hey
Jude Bellingham [20:35 p.m]:
Hola
¿Qué pasa?
Haaland [20:37 p.m]:
Hey
Jude
[Emoji de cara riendo]
Jude Bellingham [20:38 p.m]:
No puedo creer que acabas de interrumpir mi partido por eso.
Haaland [20:38 p.m]:
Te extraño
Mucho.
De vuelta en Inglaterra, Jude estaba en el comedor, con el control remoto en la mano. Y en la otra su teléfono celular.
Le dio un mordisco a su sándwich, mientras sonreía a la pantalla como un idiota.
Jude Bellingham [20:39 p.m]:
Yo también.
No puedo esperar a verte otra vez en el campo.
Haaland [20:39 p.m]:
¿Te puedo llamar más tarde?
Jude Bellingham [20:40 p.m]:
Sabes que sí
Erling tardó más tiempo de lo usual en responder.
Dio golpecitos sobre la mesa. Esperando. Hasta que el sonido de la notificación lo hizo revisar.
Haaland [20:50 p.m]:
Tengo tantas ganas de tocarte como no tienes idea…
Jude sintió un calor formarse en su cuello, y luego subir hacia su cara.
Luego, otro mensaje más.
Haaland [20:51 p.m]:
Besarte como esa noche
Tenemos cuentas pendientes, Bellingham.
Su pierna comenzó a moverse. Se rascó el brazo.
Haaland [20:52 p.m]:
¿Alguien te ha dado un beso francés alguna vez?
Casi se atraganta con el pan a medio masticar.
—Jude, mi amor, ¿ya terminaste de cenar?
Su madre entró a la habitación.
Casi por reflejo, bloqueó el teléfono boca abajo sobre la mesa, como si el aparato fuera a explotar.
—Ah. Sí sí, ya voy.
Terminó rápidamente el resto de jugo de un sorbo.
Después de lavar los trastes, tomó el teléfono y subió a su habitación, casi tropezando con sus propios pies.
Abril, 2022.
Llevaba tres meses saliendo con Haaland.
Y fue ahí cuando reafirmó que el tipo estaba completamente loco. Pero de buena manera.
Las risas antes de cada entrenamiento nunca podían faltar. Cuando creía que no podía decir alguna estupidez más grande… sí, de hecho, podía. Pero a Jude le gustaba así. Con esa sonrisa enorme y juguetona, que tomaba pocas cosas demasiado en serio. Jugaba sin presión. Vivía sin presión. Cada día con su afán.
Lo envidiaba un poco. Poder estar así de calmado y tranquilo, incluso frente a situaciones complicadas (dentro y fuera del juego).
Sus partidos incluso mejoraron. Ahora podían encontrarse con una mirada rápida. La presencia del otro, esperando el pase final. Su espalda, el apellido Haaland y el número 7 grabado en el jersey amarillo. El destello de su cabello dorado, ese que ya conocía tan bien. Que ya había acariciado tantas veces a esas alturas. Suave, enredándose entre sus dedos, mientras le besaba el cuello. Jude, erizándose debajo de él, con esos nervios tan jóvenes e inexpertos. Y ese calor en su entrepierna, cuando rozaba contra la del otro.
Sus compañeros notaron cosas, fue inevitable. Pero tampoco indagaron demasiado. Estaban más contentos de que se hubieran vuelto a dirigir la palabra en un primer lugar.
Los medios comenzaron a especular. Sus celebraciones enérgicas cargadas de abrazos y emociones intensas habían empezado a despertar la curiosidad de sus seguidores.
A Jude nunca le importó la opinión del público.
Su madre se convirtió en el ser más feliz del mundo cuando Haaland regresó a pasar las tardes de vez en cuando. Se llevaban bien. Pero no podía besarlo como quería bajo el peligro de que su madre entrara a su cuarto y los encontrara en una situación comprometedora.
Así que se quedaba en casa de Erling algunas veces.
Y después de ver algún partido, o una película; durante los créditos, la mano en su pierna (como había hecho antes en ocasiones), se movía hacia arriba, acariciándolo con dulzura. A veces, una pequeña sugerencia hacia algo más.
Después de los estiramientos finales, Jude y él caminaban el uno al lado del otro.
Haaland pasaba un brazo por sus hombros, acercándolo, y Jude también hacía lo mismo. Luego le daba un beso en la sien, para seguir alejándose de las gradas y llegar al estacionamiento. Llevarlo a casa, como antes.
Cada mañana, esperaba ese mensaje de buenos días. Luego en la noche, antes de dormir. Las llamadas hasta la madrugada.
Su primera experiencia con un chico. Y la única.
Mayo 2022.
Fue cuestión de tiempo hasta que los mejores clubes de Europa volvieran a interesarse en Haaland. Era un hito. Uno entre millones. Un talento así no se encontraba todos los días.
El Manchester City. Finalmente.
Lo compraron por una baja suma (considerando sus dotes) de 60 millones. Pero era su gran sueño, y cuando Erling le dio la noticia, después de cenar juntos en su casa, Jude lo atrapó entre sus brazos. Haaland le tomó el rostro y lo llenó de besos; la intensidad de Bellingham hizo que el otro tropezara con el borde del sofá, cayendo sobre éste, sentado.
Se subió a horcajadas sobre su cuerpo, tomándolo de la nuca para volver a besarlo. Una y otra vez. Sus respiraciones juntas, buscándose, mutuamente.
Estaba tan feliz por él.
Pero esa pizca de amargura de saber que en un par de meses no volverían a jugar juntos (Dios sabe durante cuánto tiempo), se formó dentro de él. Como una pequeña espina. Maleza. De la que carcome y destruye todo.
Haaland se acercó a su oído, rozando su pómulo con sus labios en el camino. El aliento caliente y húmedo.
—Te prometo que esto no va a separarnos.
Dijo.
Y Jude sintió que el corazón se le volvía pequeñito.
—Lo prometo. —Insistió.
Bellingham escondió la cara en su pecho.
—Lo sé. —Respondió.
Tres días después. El último partido oficial de Haaland para la Bundesliga.
Victoria por 2-1 a favor del Borussia Dortmund.
Julio 2022.
Haaland se marchó al Manchester.
Jude se convirtió en el líder indiscutible del Dortmund. Tenía 19, pero según los críticos jugaba como todo un veterano.
Tuvieron una buena racha, pero las cosas nunca fueron las mismas.
Lo extrañaba demasiado.
Las llamadas por la noche no eran suficientes. Necesitaba verlo, tocarlo. Sentirlo. Como en ese viejo departamento cerca del club.
Y así pasaron las semanas. Luego los meses.
Erling brillaba en el campo. La nueva estrella del City, apenas en ascenso. Y jude no podía sentirse más orgulloso de él.
Los partidos y torneos de temporada los mantenían ocupados, apenas tenían tiempo libre. Pese a la promesa de Erling, era imposible mantener el ritmo y la mente enfocada con el corazón en otra parte. Aún así, ninguno de los dos dejó de contactar al otro. Un mensaje, una llamada. Cada vez que podían.
Y de vez en cuando; tras un largo juego agotador, o una hermosa victoria llena de euforia, llegaban esas ansiadas noches. Se visitaban. La casa de Haaland; o la de Jude, que ya vivía solo a estas alturas. Hundiéndose en la placentera angustia de poder tocarse después de no verse durante tanto tiempo. Y por las prisas, a veces olvidaban algo en el departamento del otro. Una prenda, un par de calcetines, una gorra.
Pero aún eran jóvenes, y tenían una vida por delante. Mantener una relación de esta forma era insostenible.
Su madre se enteró a mediados del año siguiente. Inevitable en ese punto.
Cuando Bellingham le contó todo lo que había ocurrido entre ellos, desde sus primeros días juntos en el Dortmund, no pudo evitar sentir la humedad en sus ojos interponerse entre sus palabras.
Ella lo consoló esa mañana.
Para cuando Jude fue fichado en el Real Madrid, llevaban ya algún tiempo sin poder contactarse. Haaland siempre estaba ocupado. Pero Bellingham lo entendía. Nunca reclamó, ni discutió. Solo esperó, sentado en su habitación, con el teléfono en la mano y el pie derecho desesperado. Por el tintineo de un mensaje nuevo.
Aún así, no dejó que aquello menguara la felicidad que le trajo jugar para las grandes ligas. Estar junto a grandes estrellas.
Y, por supuesto, eso significaba que, inevitablemente, enfrentaría al noruego en más de una ocasión, durante la disputa tan anhelada de La Champions League.
Cada maldito año.
Se mordió el labio, mientras una sonrisa amenazaba con asomarse.
Por supuesto, ver a Haaland del lado contrario sería completamente diferente. Durante 90 minutos, todo debía olvidarse. Y concentrarse en nada más que el balón.
Eran amantes, pero también eran rivales.
Diciembre, 2025.
Simplemente no pudieron evitarlo.
Incluso con la distancia; y a pesar de que Haaland se había ido a vivir a Noruega, en esa enorme mansión que Bellingham ya había visitado en varias ocasiones. Tenía un par de pantalones que seguramente seguían sobre su cama.
Se necesitaban.
Y esa noche, después de enfrentarse en la fase de liga de la Champions, tras la victoria del Manchester sobre el Real Madrid, Haaland fue a su habitación de hotel.
Como siempre después de cada enfrentamiento. Solo uno podía llevarse la gloria; pero después del partido, regresaban el uno al otro.
Lo dejó tomar todo. Cada parte de él.
Su cuerpos, tan juntos que el toque era casi electrizante. Las manos de Jude, aferrándose a los hombros del otro, sobre el colchón, sentado sobre él. Sobre su miembro. Balanceando sus caderas a un ritmo constante, buscando su placer. Las manos de Elring lo tomaron de la cintura, con fuerza, mientras besaba y mordía su cuello. Ya llevaba varias marcas que no se habían borrado hasta hoy, de sus encuentros anteriores.
Jude jadeaba sin parar. La cabeza le daba vueltas, abrumado por el deleite. El sudor en sus sienes, ya no por el cansancio de patear la pelota, sino por el frenesí de tener a Haaland dentro de él. Golpeando ese punto que lo hacía estremecerse con cada estocada.
—No te detengas…
Bellingham casi suplicó, ahora abrazando su espalda, mientras sentía su propio miembro húmedo y necesitado rozar con el abdomen desnudo del otro. Atrapado entre ambos, buscando poder aliviarse.
Seguramente llegaría al clímax sin tocarse. Solo… era demasiado bueno. Y hacer esto con él lo desinhibía de toda lógica.
Los suspiros de Haaland, y los suyos, llenando esa habitación de hotel. Tampoco podían darse el lujo de hacer demasiado ruido; el resto del equipo dormía. No tenía ganas de resolver preguntas incómodas mañana.
Las manos bajaron por la curva de su espalda, a sus caderas (como a él le gustaba tanto hacer), y después llegaron a su trasero. Acariciando, explorando.
El impacto en su glúteo derecho lo sorprendió, llenando el vacío hueco de las cuatro paredes blancas.
Ese ardor, dándole un subidón de adrenalina.
Ya no estaban en el Dortmund. Ambos habían crecido. Y el sexo era diferente.
Con el tiempo, entendió que no podía tener suficiente de él. Sus brazos, tomándolo, dándole consuelo después de la derrota.
También descubrió lo flexible que podía ser el cuerpo humano.
Pero esta era una de sus posiciones favoritas. De alguna forma, así era más profundo.
Entonces, le pidió a Erling que lo hiciera de nuevo. Por supuesto que obedeció.
Jude acarició su pecho, sintiendo la firmeza de sus músculos, admirando el tamaño de sus hombros, tratando de grabar todo de él en su memoria. Porque sabía, que seguramente pasaría mucho tiempo para volver a estar así. Días largos, en la soledad de su hogar en Madrid. Al otro lado del continente.
Acunó sus mejillas, mientras observaba los rasgos nórdicos que lo flecharon hace años, el cabello que había visto crecer desde que ambos eran adolescentes.
El lenguaje de la carne, que ahora manejaban tan bien como el fútbol.
No duraron mucho más.
Lo supo cuando apareció ese hormigueo en su vientre. Ese punto de éxtasis, que Haaland sabía tan bien como darle.
Un gemido roto.
Y el calor de esa sustancia pegajosa manchó su estómago, mientras cerraba los ojos.
Esa noche durmieron juntos.
Y muchas más vinieron después.
