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El granjero había cerrado la puerta de la cabaña de madera dejando las llaves sobre una caja de cartón sin desempacar. Sus palabras de bienvenida todavía flotaban en el aire húmedo, pero ni Sam ni Sebastian tenían energía para procesarlas. Solo tres días atrás, su universo entero se había fracturado y reconfigurado en la clínica de la ciudad. Ahora, el silencio de la granja se sentía inmenso, roto únicamente por la respiración corta y rítmica del bebé que dormía en un nido de mantas improvisado sobre el suelo.
La cabaña era un caos. Enormes cofres de roble vacíos, que el granjero no había alcanzado a mover, dominaban las esquinas exhalando un aroma denso a frutas. No había cuna, solo una cajita llena de mantas, una cama matrimonial vieja con el colchón hundido y un par de maletas abiertas de donde sobresalían mamelucos sin lavar, cables de computadora y la guitarra de Sam sin su funda. El cambio no había sido una transición estable; había sido un golpe seco contra el pavimento.
Sebastian estaba sentado al borde de la cama, con la espalda encorvada y los ojos fijos en el suelo de tablones. Tenía unas ojeras oscuras que competían con el color de su cabello descuidado. El dolor físico de los últimos días seguía allí, una molestia sorda que le recordaba que su cuerpo había hecho algo que desafiaba toda su lógica científica. Se miraba las manos, temblorosas por la falta de sueño, sintiéndose completamente ajeno a sí mismo. Ya no había horarios de programación nocturna, ya no había cigarrillos frente a la ventana de su sótano, ya no había soledad.
"¿Crees que tenga frío?" preguntó Sam en un susurro casi imperceptible, rompiendo el trance.
Sam estaba de rodillas junto al bebé, estático, como si temiera que el más mínimo movimiento fuerte fuera a romper al niño. Su habitual energía brillante parecía apagada, sustituida por una mirada de pánico puro. Llevaba la misma camiseta desde el día del parto y sus manos daban vueltas en el aire, dudando si acomodar la manta o dejarla como estaba.
"Es verano y estamos en Pueblo Pelícano, Sam. Si le pones más, se va a derretir." respondió Sebastian. Su voz sonaba áspera, desprovista del tono sarcástico que solía usar para protegerse. Estaba demasiado cansado para ironías.
"Es que es tan... pequeño" insistió Sam, tragando saliva. Miró a su alrededor, perdiéndose en el desorden de la cabaña.
"Oye, el granjero dijo que mañana me enseñará a usar sus herramientas. Dice que si le ayudo con los cultivos de verano, nos dará parte de las ganancias para arreglar esto. Pero... míranos. No sé cómo voy a dejarte aquí solo mañana con las cajas."
Sebastian levantó la cabeza y miró la guitarra de Sam, apoyada inútilmente contra la pared. Sintió una punzada de culpa mezclada con agobio. Él había pasado meses ocultando sus propios cambios biológicos, convenciéndose de que todo saldría bien, de que el aislamiento de su habitación en casa de Robin bastaría. Ahora estaban en una cabaña prestada, viviendo de la caridad de un extraño, y el peso de la realidad los estaba aplastando.
"Tenemos que limpiar esto primero" dijo Sebastian, intentando ponerse de pie, pero un mareo repentino lo obligó a sentarse de nuevo con un quejido ahogado.
"¡No, no te muevas!" Sam se levantó de un salto, olvidando el cansancio, y se arrodilló frente a él, tomándole las manos
"Quédate ahí. Yo moveré los cofres mañana y las cajas las desempacaremos también, pero por hoy sólo hay que descansar."
Sebastian lo miró a los ojos. En el fondo del pánico de Sam, seguía estando esa necesidad desesperada de protegerlos, la misma que lo hacía decir cosas absurdas cuando el ambiente se ponía tenso. Sebastian suspiró, dejando caer su frente contra el hombro de Sam, buscando el calor familiar que el frío húmedo y desolante de la granja parecía querer robarles.
"Esto es una locura, Sam" susurró Sebastian contra su cuello.
"Lo sé" respondió Sam, abrazándolo con cuidado, temiendo lastimarlo. "Pero es nuestra locura. Solo danos unos días para entender cómo funciona todo esto."
En ese momento, el bebé comenzó a removerse entre las mantas, emitiendo un gemido agudo que preludiaba el llanto. Ambos se tensaron al mismo tiempo, conteniendo el aliento, un instinto que los hacía querer actuar antes que el otro.
Cuando el bebé se calmó, ambos prácticamente se desmayaron de cansancio sobre la cama.
La noche no ofreció descanso. El colchón viejo se hundía en el centro, obligándolos a rodar el uno contra el otro, pero el verdadero obstáculo para el sueño no eran los resortes oxidados. Eran los pensamientos. Cada crujido de la madera de la cabaña sonaba como una advertencia sobre preparar el lugar antes de la llegada del invierno, y el silencio de la granja solo alimentaba la ansiedad por lo que traería el amanecer.
Cuando los primeros rayos de luz grisácea filtraron por las rendijas de la ventana, un llanto agudo y entrecortado rompió la tensa calma.
Sam abrió los ojos de golpe, con el corazón acelerado. Se levantó antes de que Sebastian pudiera siquiera reaccionar, envolviéndose en una chaqueta para combatir el frío de las seis de la mañana. Con manos torpes y temblorosas por el desvelo, revisó el pañal de tela del pequeño. Estaba seco. No estaba sucio. Sam lo tomó en brazos, intentando recordar los movimientos que había visto hacer a su madre con su hermanito Vincent, pero el bebé seguía llorando, estirando sus pequeños puños con desesperación.
"Debe tener hambre", pensó Sam, sintiendo un vuelco en el estómago. No tenían fórmula para bebé en la cabaña; el granjero había prometido traer una caja desde la tienda de Pierre esa misma tarde. Miró de reojo la cama. Sebastian seguía sumido en un sueño profundo y pesado, con el rostro pálido y el ceño fruncido. Estaba exhausto, consumido por el desgaste físico del parto. Sam no tuvo el corazón para despertarlo.
Caminó de un lado a otro sobre los tablones que crujían, arrullando al niño contra su pecho, tarareando una melodía sin ritmo, pero nada funcionaba. El llanto no cesaba. Una oleada de frustración, mezclada con una profunda impotencia, le apretó el pecho. No podía encender la estufa de leña porque no sabía cómo, no podía darle de comer y no podía callar ese sonido que parecía acusarlo de no ser suficiente.
Mientras mecía el pequeño cuerpo, Sam miró fijamente la pared de la cabaña, y por un segundo, su mente escapó. Pensó en su vida apenas unos meses atrás. Parecía un borrón extraño, una película de alguien más. Recordó las tardes eternas patinando frente a su casa, las quejas de Jodi por los zapatos sucios, las horas perdidas jugando videojuegos con Sebastian en el sótano, sin más preocupación que conseguir una puntuación alta. Todo eso se había disuelto. La transición de ser el chico despreocupado del pueblo a convertirse en un hombre con una vida humana entre las manos había sido un salto de avión que cruzó sin paracaídas. El peso de las responsabilidades enormes lo aplastó de golpe.
De pronto, el llanto comenzó a disminuir, transformándose en pequeños hipos y suspiros. El bebé se acomodó contra su hombro, buscando su calor.
Sam bajó la mirada con cuidado. La luz del sol naciente iluminó por fin el rostro del recién nacido, y una sonrisa involuntaria, suave y llena de asombro, apareció en los labios de Sam. El pequeño tenía unos mechones finos y rebeldes de un rubio idéntico al suyo, pero al entreabrir los párpados por el cambio de luz, revelaron los mismos ojos oscuros, profundos y encantadores de Sebastian. Incluso la forma de su pequeña nariz era una réplica exacta de la de su nuevo esposo.
La risita de bebé que le siguió fue lo que necesitaba para iluminar su día; su carita se iluminó como un girasol y Sam se inclinó para darle un beso en su cabecita.
El pánico en el pecho de Sam se transformó en una resolución silenciosa. Miró la carita de su hijo y pensó para sí mismo que esto no podía ser tan malo. No tenía permitido asustarse. Necesitaba madurar, dejar atrás al adolescente de la patineta, no solo por el futuro de ese bebé, sino por Sebastian, que ya había entregado todo su cuerpo y su energía para traerlo al mundo.
Dejó al bebé descansando con cuidado en el nido de mantas y se cambió de ropa apresuradamente, vistiéndose con unos pantalones gruesos de mezclilla y una camisa vieja que no le importara arruinar.
A las siete en punto, se escuchó el crujido de las sábanas. Sebastian se despertó, emitiendo un leve quejido mientras se sentaba lentamente en el borde de la cama, frotándose los ojos con evidente debilidad. Al levantar la vista se encontró con Sam, completamente cambiado y de pie junto a la puerta.
"Sebastian, ya son las siete de la mañana. Tengo que irme" dijo Sam, intentando mantener la voz firme y transmitir una seguridad que apenas empezaba a construir.
Sebastian sintió el impulso de levantarse, aunque fuera un momento, para despedirse de Sam en la puerta. Sin embargo, sus piernas no respondieron; el más mínimo esfuerzo le recordaba el agotamiento extremo que arrastraba. Sam soltó una risita baja, llena de ternura, y se acercó a la cama para acortar la distancia.
"El bebé está en su cajita" dijo Sam en voz baja, bajando la mirada. "Hace rato se despertó... Creo que tiene hambre."
Al pronunciar esas últimas palabras, el tono de Sam decayó. Sintió una punzada de culpa en el pecho, una decepción profunda hacia sí mismo por no tener comida lista para su propio hijo. Se sintió, sin lugar a dudas, como el peor padre del mundo.
Sebastian asintió en silencio, entendiendo de inmediato cuál era su siguiente tarea. Levantó la cabeza y, mirándolo a los ojos, le dijo con suavidad:
"Ten cuidado."
"Tú también" respondió Sam, apretando las manos de Sebastian entre las suyas para transmitirle un poco de calidez.
Sam caminó hacia la salida, pero antes de girar el pomo de la puerta, se detuvo. Dudó un segundo, con la mano suspendida en el aire, y volvió la cabeza.
"Seb, amor... ¿estás seguro de que no quieres pedirle ayuda a tu mamá o a la mía? Vendrán esta tarde, lo sabes. Creo que sería buena idea..."
Sebastian suspiró profundamente mientras se deslizaba hacia la orilla del colchón. Se puso de pie con una pesadez que parecía pesarle en los huesos, encaminándose lentamente hacia el nido de mantas para levantar al bebé y prepararle algo de comer.
"Ya veré" contestó Sebastian, sin querer comprometerse.
Sam asintió con evidente duda, pero finalmente cedió. Sabía que el granjero ya debía estar esperándolo afuera y no podía permitirse llegar tarde.
Al salir a la intemperie, el aire fresco de la mañana le golpeó el rostro. A unos metros de la cabaña, el granjero observaba la enorme extensión de su terreno. No hacía mucho que esa alma caritativa había llegado a Pueblo Pelícano -apenas unas dos estaciones-, y el estado de la propiedad lo dejaba claro: aún había mucho espacio silvestre y desorganizado. En cuanto notó la presencia de Sam, el hombre levantó la mano y saludó con un movimiento suave a su sombrero de paja.
"Buenos días."
Sam reunió todo el ánimo posible y correspondió al saludo con un asentamiento de cabeza algo incómodo. Estaba profundamente agradecido con ese hombre por haberles dado un techo, pero la magnitud del favor lo hacía sentir que ya le debía la vida entera.
"Buenos días... " alcanzó a decir Sam.
El granjero volvió la mirada al frente, apoyando una mano sobre su azada.
"No he limpiado las zonas más lejanas de la granja" explicó el granjero, mirándolo de reojo. "Te enseñaré a quitar hierbajo y a picar piedra. No tengo mucho tiempo para enseñarte a talar árboles, así que hoy solo recogerás las ramas que encuentres desperdigadas por ahí."
En cuanto terminó de hablar levantó la herramienta y la colocó sobre el pecho del rubio. Sam apretó el mango de la azada, asimilando las órdenes.
El trabajo físico apenas comenzaba, y mientras el granjero caminaba hacia los matorrales, Sam echó una última mirada a la chimenea apagada de su nueva cabaña, esperando que Sebastian pudiera controlar la situación allá adentro.
