Work Text:
Roberto Alvarado empezaba a creer que el universo le tenía muy poca consideración. No porque entrenaran más. No porque las concentraciones fueran más largas.
No.
El verdadero problema era que, por alguna razón completamente incomprensible, siempre terminaba encontrándose a Brian y a Armando besándose.
La primera vez había sido un accidente.
La segunda… también.
La tercera empezaba a parecer una broma de muy mal gusto.
—No sé si yo tengo muy mala suerte o ustedes muy buena —dijo, apoyado todavía en el marco de la puerta.
Brian se separó de Armando de golpe.
El Piojo ya podía calcular el tiempo que tardaba en ponerse rojo. Era casi inmediato.
—Piojo…
—No, no.
Levantó una mano antes de que intentara explicar absolutamente nada.
—Ya no quiero explicaciones.
Brian cerró los ojos con resignación. Armando, en cambio, seguía sonriendo.
—¿Entonces qué quieres?
Roberto los señaló alternativamente.
—Quiero saber por qué siempre soy yo el que los encuentra manoseándose.
Brian abrió los ojos de golpe.
—¡No nos estábamos manoseando!
—Ajá.
—¡Solo nos estábamos besando!
Roberto empezó a reír.
—Mira nomás. —Se dio un golpecito en el pecho. —Ya hasta acepta los cargos.
Brian se cubrió la cara con ambas manos. Armando soltó una carcajada.
—Pobrecito, déjalo.
—No le tengas lástima. —Roberto señaló a Brian con absoluta convicción.
—Hace un mes decía que nomás era atento, ahora ya hasta defiende los besos.
—Lárgate. —Soltó Brian fingiendo fastidio.
—Con gusto. —Se dio media vuelta, pero antes de salir, volvió apenas la cabeza. —Nomás avisen cuando quieran privacidad, porque ya me siento parte de la relación.
Después de ese momento, Roberto decidió que el destino estaba intentando decirle algo. Y, como cualquier adulto funcional…Decidió responder con música.
La ventaja de cargar una bocina a todas partes era que nadie cuestionaba demasiado sus elecciones musicales. Roberto podía poner salsa a las ocho de la mañana, banda durante los estiramientos y reguetón mientras recogían el material sin que nadie dijera absolutamente nada.
Así que una playlist romántica no despertó sospechas. No al principio.
Conectó la bocina antes del entrenamiento, subió un poco el volumen y esperó.
Brian apareció por la puerta del gimnasio al mismo tiempo que Armando.
Perfecto.
Roberto sonrió para sí.
Tomó la bocina como si fuera un micrófono.
—Muy buenos días, muy buenos días, mi gente hermosa de Verde Valle.
Sus compañeros lo miraron sabiendo que estaba por hacer uno de sus típicos shows.
—Ya empezó este cabrón. —Murmuró alguien.
—Esta mañana queremos dedicar la siguiente canción…
Hizo una pausa dramática.
“…para todos aquellos que mantienen un romance secreto, o mejor dicho, prohibido...”
Brian se quedó congelado en mitad del camino. Armando bajó la cabeza para esconder la sonrisa.
Roberto oprimió el botón de play y los primeros acordes de Amor Prohibido comenzaron a sonar por todo el gimnasio.
Roberto empezó a cantar desde la primera línea con una entrega digna de un palenque.
Brian se pasó una mano por la cara.
—Te odio. —Le soltó con una mezcla de enojo y vergüenza.
—¿Qué pasó? —Roberto fingió sorpresa. —¿No te gusta Selena?
—Sí me gusta.
—Entonces disfruta.
Armando ya estaba temblando de la risa. Brian le lanzó una mirada que, en cualquier otro contexto, habría significado haz algo.
Armando simplemente levantó ambas manos.
Cuando llegó el coro, Roberto ya estaba completamente metido en el personaje.
Levantó la bocina por encima de la cabeza como si animara un baile de pueblo.
—¡Esa va con mucho cariño para los enamorados que todavía creen que nadie se ha dado cuenta!
—¡Piojo! —susurró Brian.
—¿Qué?
—Bájale.
—¿A la música?
—¡No!
—Entonces no entendí.
El resto del equipo seguía estirando entre risas, convencido de que Roberto simplemente había despertado especialmente castroso esa mañana.
Nadie relacionó las canciones con Brian y Armando.
La playlist de Roberto continuó sonando con éxitos relacionados al amor. Armando giró apenas la cabeza hacia Brian y lo encontró con las orejas completamente rojas otra vez.
Sonrió.
Y, aprovechando que todos miraban hacia Roberto mientras improvisaba otra de sus dedicatorias de sonidero, rozó apenas los nudillos de Brian con los suyos. Fue un contacto tan breve que cualquiera habría pensado que había sido un accidente.
Brian, no. Sin mirarlo siquiera, entrelazó sus dedos apenas un instante antes de soltarlos otra vez. Lo suficiente para que Armando sintiera la sonrisa ensanchandose sin remedio.
Al otro lado del gimnasio, Roberto seguía con su espectáculo.
—¡Y recuerden, amigos! El amor siempre triunfa… aunque algunos tarden meses en darse cuenta.
Brian soltó el aire por la nariz.
—De verdad lo voy a matar.
Armando rió por lo bajo.
—No.
—¿No?
—Déjalo.
Brian volvió la cabeza hacia él.
—¿Por qué?
Armando observó un momento a Roberto, que ya bailaba solo con la bocina en una mano.
Después volvió a mirar a Brian.
—Porque, aunque sea insoportable… —Hizo una pausa apenas para disfrutar cómo Brian esperaba la respuesta. —…le debemos una.
Brian resopló porque muy a su pesar… No podía discutirle eso.
***
Desde que Brian empezó a llevar a Armando en su camioneta después de los entrenamientos, las salidas de Verde Valle adquirieron un ritmo propio.
Los aficionados ya lo sabían.
Apenas la camioneta blanca aparecía por la salida del estacionamiento, un pequeño grupo se acercaba con playeras, gorras, balones y plumones preparados. Brian detenía el vehículo junto a la banqueta, bajaba el vidrio del conductor y Armando hacía lo mismo del lado del copiloto. Durante un par de minutos, las dos ventanillas se convertían en una especie de fila improvisada donde las manos entraban y salían cargando recuerdos que, con un par de firmas, terminaban regresando a sus dueños.
Era una rutina tan establecida que ambos podían hacerla casi sin hablar.
“Gracias.”
“Cuídense.”
“Que les vaya bien.”
Un marcador cambiaba de mano. Una fotografía volvía por la ventanilla. Un niño sonreía con una playera firmada contra el pecho. Todo sucedía con una naturalidad aprendida.
Aquella tarde no fue distinta.
Brian terminó de firmar un balón mientras Armando devolvía el último plumón que alguien le había alcanzado desde el otro lado del coche.
—Muchas gracias.
—Gracias a ustedes.
El muchacho se apartó de la ventana todavía sonriendo.
Brian recorrió con la mirada el grupo de aficionados una última vez y subió el vidrio.
La camioneta apenas permaneció inmóvil un segundo más antes de incorporarse a la avenida. Armando soltó una risa baja.
—Hoy si traes prisa.
Brian fingió no entender.
—¿Por qué dices?
—Porque ya ni revisaste si alguien más quería una firma.
—Sí revisé.
—Mentiroso.
Brian sonrió sin apartar la vista del camino.
—Ya habían acabado.
—Ajá.
Armando apoyó un brazo sobre la puerta mientras lo observaba conducir.
Había empezado a reconocer ciertas expresiones de Brian. La forma en que escondía una sonrisa cuando intentaba parecer serio. Cómo se le marcaba apenas un hoyuelo cerca de la comisura izquierda cuando algo le hacía ilusión.
Y aquella sonrisa estaba ahí.
—No era por las firmas.
Brian aflojó apenas la presión sobre el volante.
—¿Qué cosa?
—La prisa.
Giró un momento para verlo. Armando ya conocía esa mirada.
La había visto demasiadas veces durante las últimas semanas, siempre acompañada de esa necesidad casi infantil que tenía Brian de aprovechar cualquier momento para quedarse a solas con él.
—Eres bien desesperado.
Brian negó entre risas.
—No soy desesperado.
—No.
Armando sonrió.
—Eres ansioso.
—Tampoco.
—¿Entonces?
Brian guardó silencio unos segundos.
Las casas comenzaron a desfilar al otro lado del parabrisas mientras el tráfico de media tarde avanzaba despacio.
—Me gusta cuando ya somos nomás nosotros.
Armando sintió que algo se le aflojaba en el pecho. Porque esa era exactamente la clase de cosas que Brian decía sin darse cuenta de lo mucho que significaban.
Esperó hasta que el siguiente semáforo los obligó a detenerse. Entonces estiró la mano por encima de la consola y entrelazó sus dedos con los de Brian.
Él respondió al contacto de inmediato. Como si hubiera estado esperando cualquier pretexto para buscarlo.
—¿Ves?
Murmuró Armando. Brian volvió apenas la cabeza.
—¿Qué?
—Sí traías prisa.
Brian bajó la vista hacia sus manos. Después volvió a encontrar los ojos de Armando y la sonrisa terminó por vencerlo.
—Sí. —Esta vez no intentó negarlo. —Ya quería llevarme a mi marido.
Armando soltó una carcajada tan espontánea que terminó recargando la cabeza contra el asiento.
—¿Tu marido?
—Ajá.
—¿Desde cuándo?
Brian se encogió de hombros con una tranquilidad desarmante.
—Desde que se subió a mi camioneta.
Armando negó entre risas.
—Estás bien mal.
—Un poquito, pero es tú culpa.
El semáforo cambió a verde.
Brian no soltó su mano. Como si incluso el tráfico pudiera esperar un poco mientras disfrutaba aquel gesto diminuto que, unos meses atrás, jamás se habría permitido frente a nadie.
Y Armando, observándolo de perfil mientras el sol de la tarde comenzaba a colarse por el parabrisas, terminó de entender que la verdadera prisa de Brian nunca había sido abandonar Verde Valle. Era por llegar a ese instante exacto en el que el mundo se reducía al interior de una camioneta, una mano buscando la suya sobre la consola y el camino de regreso compartido con la persona a la que, sin darse cuenta, ya empezaba a llamar hogar.
***
La llave del departamento de Brian giró en la cerradura con un chasquido familiar.
—Ya.
Armano empujó la puerta con la cadera, cargando las bolsas de plástico que crujían con el peso de la cena. Brian lo siguió, dejando su propia mochila y las llaves sobre la pequeña mesa de la entrada con una sonoridad que ya sonaba a casa.
—¿Quieres algo de tomar?
—Sí, por favor.
La rutina se movía como un engranaje invisible. Mientras Brian iba a la cocina, Armando dejaba las bolsas sobre la mesa del comedor. Sacó los ingredientes para los tacos que prepararían. Ya sabía dónde estaba el cuchillo más afilado, el tazón grande para la salsa, la tabla de cortar que Brian usaba para las verduras.
El zumbido de la licuadora se mezcló con el sonido de las latas de cerveza al abrirse. En un momento, la salsa verde ya estaba en la mesa con un par de limones partidos al lado y la carne comenzaba a chisporrotear en el sartén.
Brian se acercó con las dos latas, colocando una a su lado. Se quedó de pie un momento, observándolo.
—Ya te mueves en mi cocina como si vivieras aquí.
Armando sonrió, lento.
—Y si te dijera que es porque me la sé de memoria?
Brian se acercó lentamente. Dejó su cerveza sobre la encimera junto al cuchillo.
—Bueno. —Dijo con una calma que traía consigo todo lo que no se atrevía a gritar. —Pues sería muy cierto.
Armando sintió un nudo en la garganta. Una mezcla de alegría y miedo que no había sentido nunca. Porque decir "te quiero" era una cosa. Pero construir un hogar, paso a paso, con cepillos de dientes extra, ropa en el armario que no le pertenecía y el conocimiento exacto de dónde guardaba el sal… eso era de otro tamaño.
—¿Y si me quedo por mucho tiempo?
La pregunta salió en un susurro. Brian ni siquiera parpadeó.
—Entonces tienes que comprarte tu propia salsa de soja. —Respondió con el tono más serio que pudo armar. —La mía es especial.
Armando soltó la risa que le había ahogado la emoción. Brian lo siguió, y la tensión se rompió en pedazos. Se inclinó y le dio un beso rápido, sabroso, con el regusto de la cerveza.
—¿Vas a cocinar o nos besamos primero?
—Primero lo segundo. —Susurró Armando contra sus labios. —Después los tacos.
***
La película pasaba desapercibida en la pantalla. Luces de neón reflejadas en charcos de lluvia, diálogos susurrados que ya no tenían sentido. Brian y Armando estaban recostados en el sofá, demasiado juntos para ser platónicos, demasiado cómodos para estar incómodos. La cabeza de Armando descansaba en el hombro de Brian, y uno de los brazos de este lo rodeaba, con la mano posada sobre su estómago.
—¿Viste?
Murmuró Brian sin apartar la vista de la tele.
—¿Qué?
—Esa es mi playera.
Armando abrió los ojos y miró hacia abajo. La playera gris que llevaba puesta, la que le había quedado grande y suave, era efectivamente de Brian.
—Ajá.
—Se ve bien en ti.
Armando sonrió sin decir nada. Se acomodó un poco más, buscando el calor del cuerpo de Brian con una naturalidad que le sorprendía a él mismo. Se sentía como volver a un lugar que siempre había sido suyo,.
Brian apretó un poco más su brazo. Deslizó la mano bajo la playera de Armando, tocando la piel caliente de su abdomen con la punta de los dedos. El contacto fue mínimo, casi casual, pero hizo que a Armando se le pusiera la carne de gallina.
—¿Tienes frío?
—No. —Dijo Armando, aunque la voz le salió un poco ronca. —Al revés.
Brian le dio un beso en la sien. Luego otro en la mejilla. Luego, muy lentamente, giró la cabeza de Armando con suavidad para encontrar sus labios.
No era un beso apasionado, lleno de prisa y deseo, como los que se robaban en los vestidores o en el auto. Era un beso profundo, tranquilo, un beso que decía "está bien", un beso que prometía más noches como esta. Un beso de casa.
Armando se giró un poco más, hasta quedar boca arriba en el sofá, con Brian medio recostado encima de él. La película continuaba su curso sin ellos, sus luces parpadeando en la pared, su banda sonora un murmullo lejano. Solo existían los dos, en el pequeño universo del sofá, el peso de Brian sobre él, el sabor de su boca, la seguridad de sus brazos.
Brian se apartó un poco, rozando su nariz contra la de Armando.
—Creo que los tacos se están enfriando.
—Que se enfríen. —Dijo Armando, y tiró de él para volver a besarlo.
Era la clase de beso que se perdía la noción del tiempo. Un beso que no buscaba un final, sino que se disfrutaba en el trayecto. Brian sentía cómo el cuerpo de Armando se relajaba bajo el suyo, cómo una mano le subía por la nuca y se enredaba en su pelo, no para apremiarlo, sino para anclarlo allí. Afuera, la película llegaba a su clímax con una música dramática que sonaba ridículamente lejos.
—Ya. —Murmuró Brian contra la boca de Armando, aunque no movió ni un músculo para separarse.
—No. —La respuesta de Armando fue un susurro casi inaudible. —Un poco más.
Y cedieron. Cayeron de nuevo en ese ritmo lento y profundo, explorando, aprendiendo, recordando.
Armando exhaló un temblor. Un gemido que se escapó sin permiso. Brian sintió el sonido en la base de su garganta y se lo tragó con otro beso, esta vez más hondo, más urgente. Su mano, que había estado descansando sobre el estómago de Armando, comenzó a moverse con una intención nueva. Deslizó sus dedos bajo la tela, trazando la línea del vello que bajaba del ombligo, disfrutando del suspiro de Armando contra sus labios.
—Brian…
Era una rendición. Con el nombre todavía en la boca, Brian bajó la cabeza hacia el cuello de Armando, besando la piel sensible donde el pulso latía con fuerza. Un temblor recorrió a Armando. Brian sonrió contra su piel antes de abrir la boca y succionar suavemente, dejando una marca pálida que desaparecería en minutos.
Sus manos se movieron al unísono. Brian desabrochó el pantalón de Armando con una torpeza excitada, mientras la mano de este ya buscaba la misma respuesta en él. No había vergüenza, ni hay duda, solo el contacto directo y necesario de piel contra piel, la familiaridad de la forma y el calor, la confianza de saber exactamente qué le gustaba al otro.
Brian se deslizó más abajo en el sofá. Su boca dejó un rastro de besos y pequeños mordiscos por el pecho de Armando, por su abdomen, hasta que estuvo arrodillado en el suelo entre sus piernas. Miró hacia arriba. Armando tenía la cabeza echada hacia atrás sobre el respaldo del sofá, el cuello arqueado, respirando con la boca abierta. Era una imagen perfecta.
Con una lentitud que era casi una tortura, Brian deslizó el pantalón y el boxer de Armando hasta sus rodillas. Se quedó mirando por un segundo, absorbiendo la imagen, la intimidad cruda de estar tan expuesto y tan deseado.
Luego se inclinó.
Tomó a Armando en su boca con una reverencia que contradecía el hambre de sus gestos. Su lengua trazó el contorno, aprendiendo de nuevo cada pliegue y textura. La mano de Armano descendió a su cabeza, los dedos aferrándose a su pelo con una mezcla de urgencia y cariño. No lo empujaba, solo lo seguía en el movimiento, un ancla en la tormenta creciente de sensaciones.
El mundo se redujo a esto: al peso en su lengua, al sabor de la piel, a los sonidos rotos de Armando, que ya no podía formar palabras. Brian aumentó el ritmo, llevándolo más profundo, sintiendo cómo las caderas de Armando comenzaban a moverse para encontrarlo, una pregunta y una respuesta en un solo gesto.
Armando se irguió sobre los codos, la mirada fija en la cabeza de Brian que se movía entre sus piernas. Verlo así era casi demasiado, demasiado íntimo, demasiado real. Cerró los ojos un segundo, ahogando un grito.
—Bri… —Su nombre fue un susurro quebrado. —Voy a…
La advertencia solo hizo que Brian lo deseara más. Tomó su ritmo, sus movimientos más deliberados ahora, centrados. La mano de Armando en su pelo se tensó, no con fuerza, sino con el temblor incontrolable del placer que lo invadía. Brian sintió la tensión recorrer el cuerpo entero de Armando, sintió cómo se endurecía en su boca y luego la liberación cálida, el sabor salado, el temblor final que lo dejó sin aliento.
Se quedó allí hasta que el último espasmo cesó. Luego, lentamente, liberó a Armando y subió por su cuerpo hasta poder besarlo de nuevo, un beso lento y profundo que compartía el eco de su placer.
Se quedaron así por un largo momento. Dos cuerpos entrelazados en el sofá, pegajosos y exhaustos, con la película ya mostrando los créditos en la pared. La respiración de Brian era pesada contra el cuello de Armando. Levantó la cabeza con dificultad, encontrando los ojos de Armando abiertos, observándolo con una intensidad que lo desarmó por completo.
—Los tacos se enfriaron para siempre. —Dijo Armando, con la voz ronca y una sonrisa tonta en la cara.
Brian soltó una risa baja, un sonido perezoso y satisfecho.
—No me importa. —Pasó una mano por el pecho de Armando. —Prefiero el postre.
Brian sonrió y lo besó de nuevo.
Afuera, la ciudad continuaba con su ruido de fondo, pero dentro de aquel departamento, el único sonido que importaba era el de dos corazones latiendo al mismo ritmo.
***
El autobús siempre encontraba la manera de convertirse en el lugar donde nacían los peores chismes del plantel.
Tal vez porque el cansancio volvía a todos más habladores. O quizá porque, después de un entrenamiento, nadie tenía suficiente energía para fingir que no estaba prestando atención a las conversaciones ajenas.
Aquella tarde el ambiente era especialmente ligero. Tala iba peleándose con una bolsa de cacahuates que se negaba a abrirse. Ángel Sepúlveda acababa de apropiarse de la bocina del Piojo para poner música, mientras Diego Campillo insistía en que nadie tenía derecho a volver a elegir una playlist después de haber escuchado tres canciones seguidas de Roberto.
Brian ocupó su lugar habitual, dos filas después del cuerpo técnico junto a la ventana. Armando llegó apenas unos segundos más tarde y, sin preguntar, se dejó caer en el asiento de al lado.
Brian apoyó distraídamente el codo sobre el descansabrazos compartido. Armando hizo lo mismo. Sin pensarlo demasiado, los dedos de ambos terminaron rozándose.
Era un gesto mínimo. Tan automático que ninguno reparó en él, hasta que una voz se escuchó desde el asiento de atrás.
—Ya pueden agarrarse bien la mano, ¿eh?
Brian retiró la suya como si acabara de quemarse.
Volteó de golpe.
Diego sonreía con esa satisfacción insoportable de quien llevaba demasiado tiempo esperando el momento adecuado.
—¿Qué?
—Que ya, wey. —Diego hizo un gesto despreocupado con la mano. —No hace falta que sigan actuando.
Brian frunció el ceño.
—¿Actuando de qué?
Sepulveda, que iba cruzado de brazos del otro lado del pasillo, soltó una risa.
—Ay, Brian… —Negó lentamente con la cabeza. —Que tú te hayas tardado meses en darte cuenta, no significa que nosotros estamos igual de ciegos.
Tala terminó de abrir la bolsa de cacahuates con un tirón victorioso.
—Ya es bien incómodo fingir que no vemos nada.
Brian giró despacio hacia Armando, quien lo miró igual de confundido.
—¿Qué…?
La palabra murió antes de terminar.
Porque Roberto acababa de asomarse por encima del respaldo del asiento. Tenía la sonrisa de un hombre que llevaba demasiado tiempo esperando aquel instante.
—Yo les dije que nomás era cuestión de tiempo.
—Tú cállate —contestó Brian sin siquiera voltear.
—No. —Roberto se llevó una mano al pecho. —Hoy nadie me va a callar.
Diego señaló a Brian con un dedo.
—La neta, ya estaba raro ver cómo se comen con la mirada.
—¿Neta? —Armando estaba entre sorprendido y divertido.
—Sí.
Ángel intervino antes de que pudiera seguir preguntando.
—Compadre… —Se inclinó apenas hacia adelante. —Te ibas con él todos los días.
—¿Y?
—Comían juntos.
—¿Y?
—Y este —Señaló a Brian. —Siempre trae su mirada de perrito abandonado cuando estás lejos.
Brian abrió la boca para defenderse..
Ángel levantó una mano.
—No. Todavía no acabo. —Empezó a contar con los dedos. —Le llevabas café, le prestabas la sudadera.
Diego continuó la lista.
—Le abrías la botella, lo esperabas para salir, siempre acababas sentado junto a él.
Roberto asintió con una seriedad admirable.
—Y una vez hasta le quitaste un mosquito de la cara.
Brian parpadeó.
—¿Eso pasó?
—Sí.
—No me acuerdo.
—Nosotros sí.
Un silencio recorrió el autobús.
Brian paseó la mirada por los asientos.
Había demasiadas sonrisas.
No eran solamente ellos cuatro. El resto del equipo también estaba escuchando.
Y, peor aún… Varios ya se estaban riendo.
Alguien levantó la cabeza desde unas filas más atrás.
—Estábamos esperando a que por fin alguien lo dijera.
—Yo también.
—La neta ya estaba muy descarado.
Brian sintió el calor subirle hasta las orejas con una velocidad que ya empezaba a resultarle familiar.
Se volvió hacia Armando buscando ayuda. Lo encontró mordiéndose el labio para no reírse.
—¿Tú también?
Armando intentó mantenerse serio.
—Un poquito.
Brian dejó caer la cabeza contra el respaldo.
—No puede ser.
—Sí puede.
Tala le lanzó una bolsa de cacahuates. Brian la atrapó por reflejo.
—Bienvenido al club de los últimos en enterarse.
Las carcajadas llenaron el autobús.
Roberto aprovechó el momento para ponerse de pie.
—Aprovechando que ya salió el tema…
Todos soltaron un quejido.
—¡Siéntate!
—¡Ya, Piojo!
Él ignoró las protestas con absoluta dignidad.
—Quiero dejar constancia de que fui el primero en descubrir este romance.
Diego levantó la mano.
—Objeción.
—¿Qué?
—No lo descubriste.
—¿No?
—Los acosaste hasta que aceptaron.
El autobús volvió a estallar en risas. Incluso Brian terminó soltando una.
Roberto hizo una mueca ofendida.
—Como sea. —Señaló a la pareja con toda la solemnidad que pudo reunir. —El punto es que ya no hace falta que finjan.
Brian miró a Armando. Después volvió a mirar al resto del equipo y no encontró una sola expresión incómoda. Solo sonrisas.
Armando fue el primero en actuar.
Buscó la mano de Brian sobre el descansabrazos. Esta vez no la rozó. Abiertamente la tomó. Entrelazó sus dedos con los suyos sin preocuparse por quién estuviera mirando.
Brian lo observó un segundo. Luego sonrió.
La risa volvió a recorrer el autobús.
“¡Eso!”
“¡Ya era hora!”
“¡Por fin!”
Roberto levantó los brazos como si acabaran de ganar una final.
—¡Ese es mi trabajo!
Tala le dio un zape en la nuca.
—Cállate, Cupido.
—Arquitecto. —Puntualizó.
—Metiche.
—Visionario.
Diego negó entre risas.
—Lo que seas.
Ángel se acomodó otra vez en el asiento, cruzándose de brazos con una sonrisa tranquila.
—Nomás una cosa.
Brian levantó la vista.
—¿Qué?
Ángel señaló sus manos entrelazadas.
—No necesitamos ver cómo intercambian saliva.
—Yo ya tuve la mala fortuna… varias veces. —El Piojo hizo una mueca.
Brian bajó la mirada.
Sin darse cuenta, había empezado a acariciar distraídamente el pulgar de Armando con el suyo. Esta vez ya no hizo el menor intento por soltarlo.
—No prometo nada. —Le robó un beso rápido a su enamorado.
Se escucharon los silbidos de sus compañeros.
Y el autobús siguió su camino entre música, carcajadas y un montón de compañeros que, mucho antes de que ellos mismos encontraran el valor para admitirlo, ya habían decidido que aquella historia merecía llegar a buen puerto.
