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Nunca imaginé que llegaría a esto.
Meses atrás, cuando Eliska y yo terminamos, creía tontamente que necesitaba tiempo, disfrutar de mi soltería y enfocarme en la Fórmula 1. Sin embargo, algo empezó a cambiar o más bien alguien apareció.
Franco Alejandro Colapinto
No encontraba respuesta lógica a todo esto que comenzó, fueron unas miradas en el paddock, las risas compartidas en alguna conferencia, la forma en que su acento argentino se enredaba en mis pensamientos mucho después de que nos separáramos al final del día. Al principio lo negué rotundamente, pensaba; que es solo compañerismo, una buena amistad que va formándose.
Pero el clic fue que yo no quería dejar todo en una amistad.
Deseaba sus manos perdiéndose en mi cabello, su boca hinchada de tanta mordedura y fricción, sentir el peso de su cuerpo cálido contra el mío.
Y es por eso que esta tarde, donde tuve mi victoria en Mónaco…
Sabía lo que quería alargar final del día.
Cerré la puerta de la suite y lo observe. Estaba de pie en el centro de la habitación, llevaba una camisa celeste ligeramente desabotonada por el calor de la celebración, su pecho aún subía y bajaba con esa carga restante de adrenalina post carrera. Mi pulso se aceleró de una forma casi dolorosa.
“Dios, ¿desde cuándo me había convertido en esclavo de un argentino?”
Me acerqué despacio, saboreando cada segundo de esta tensión que me apretaba el estómago y endurecía cada parte de mi cuerpo. Tomé su rostro entre mis manos y pude sentir que su piel ardía. Nuestros labios se rozaron con una lentitud tortuosa, apenas ese mini acercamiento que ya me había hecho temblar en cuerpo entero. Abrí la boca buscando más profundidad, buscando su lengua.
El contacto fue eléctrico, apenas nuestras lenguas se encontraron, batallaban con una humedad caliente que me arrancó un gemido desde el fondo de la garganta. Sabía a champán cara, vodka y a él. Franco jadeó contra mis labios y no me dejó más opción que profundizar aún más el beso, devorándolo.
Mis manos bajaron por su cuello, sintiendo el latido frenético bajo mis dedos, siguiendo el camino por sus hombros anchos. Recorrí su espalda con el pensamiento de memorizar cada músculo y curva. Podía sentir cómo se tensaba bajo mi tacto. Acerqué mi boca a su oreja y mordí suavemente el lóbulo mientras mis manos seguían explorando. Soltó un jadeo caliente.
Y ese sonido me atravesó como una descarga directa a la entrepierna. Estaba durísimo, presionando contra él, y no me importaba que lo notara.
—Franco… —susurré con la voz ronca, casi irreconocible.
Entre besos cada vez más húmedos y desesperados, nuestras camisetas desaparecieron, la suya fue la primera. En cuanto mi piel tocó la suya, el calor fue casi insoportable. Su pecho contra el mío, sus pezones endurecidos rozando mi torso, el abdomen firme contrayéndose con cada respiración agitada. Lo empujé suavemente contra la pared un segundo, solo para sentirlo mejor, y volví a besarlo con más fuerza.
Nuestras lenguas se enredaban con avidez, saliva compartida y respiraciones entrecortadas. Mis manos bajaron hasta su cintura, rozando el borde de sus pantalones, tentándome a ir más abajo, pero me contuve, quería alargar esto.
Desesperarme por él.
Lo tomé por debajo de los muslos con un movimiento firme. Soltó una risa sorprendida y sexi que me hizo sonreír contra su cuello. Sus piernas se envolvieron alrededor de mi cintura al instante. Sentí el calor de su entrepierna presionando contra mi abdomen y tuve que reprimir un gruñido. Estaba tan excitado como yo, sus brazos rodearon mi cuello y la presión de dedos ajenos se clavaron en mi nuca. Me besó con urgencia mientras caminaba con él en brazos hacia la enorme cama.
Cada paso era una tortura deliciosa. Su peso sobre mí, aquella boca devorando la mía, los jadeos entrecortados. Podía sentir cómo se frotaba sutilmente contra mi cuerpo, buscando fricción.
Lo deposité sobre las sábanas con cuidado, para luego ponerme sobre él inmediatamente, apoyando mi peso entre sus piernas abiertas. Nuestras miradas se encontraron un segundo: sus ojos avellana oscuros, brillantes de deseo chocando contra los míos que probablemente estaban igual de desesperados.
Aquí estábamos, con el corazón latiendo en la garganta y la polla palpitando contra su muslo, besándolo como si quisiera fundirme con él. Bajé la cabeza y capturé su boca de nuevo, lento, saboreando cada gemido que conseguía arrancarle. Mis manos recorrieron sus costados, bajando por sus costillas, apretando sus caderas. Carajo, nunca tendría suficiente de él.
Empecé a besarle el pecho. Su piel estaba caliente, ligeramente salada por el sudor de la celebración. Recorrí con los labios el centro de su esternón, cuando llegué a uno de sus pezones, lo rocé primero con la lengua, lento y luego lo atrapé entre mis labios, succionando con suavidad. Franco arqueó la espalda y soltó un jadeo entrecortado que me atravesó entero.
—Kimi…
El sonido de mi nombre saliendo de su boca me endureció aún más. Jugué con el otro pezón del mismo modo, mordisqueando suavemente, lamiendo, sintiendo cómo se endurecían bajo mi lengua mientras sus manos se enredaban en mi pelo, tirando con esa mezcla perfecta de desesperación y placer. Sus jadeos se volvían más profundos y cada uno de ellos me volvía más adicto. Mi propio pene palpitaba dolorosamente dentro de los pantalones, rogando por atención, pero yo solo quería disfrutar de esto: deshacerlo poco a poco.
Seguí bajando con besos húmedos por sus costillas, por el abdomen marcado que se contraía con cada respiración agitada, me estaba volviendo loco. Cuando llegué a la línea de la ingle, me detuve. Y levanté la mirada.
Franco estaba deshecho. Mejillas sonrojadas, pelo revuelto, labios hinchados de tanto besarnos, su pecho subiendo y bajando con fuerza. Y sus ojos avellana brillaban con un deseo tan crudo que no hizo falta que hablaramos. Solo asintió, impaciente, mordiéndose el labio inferior como si estuviera conteniéndose para no rogar.
Con las manos temblando ligeramente por la anticipación, desabroché el botón de sus jeans. Bajando la cremallera con lentitud, disfrutando del sonido metálico que cortó el silencio de la habitación. Tiré de la tela junto con los bóxers negros. Franco levantó las caderas para ayudarme y, cuando por fin liberé su erección, el aire se me escapó de los pulmones.
“Mamma mía.”
Ahí estaba, completamente desnudo en la cama, la piel dorada contrastando con las sábanas blancas, su polla dura, gruesa y curvada hacia arriba contra su abdomen, palpitando visiblemente. Una gota de líquido preseminal brillaba en la punta. Era la imagen más erótica que había visto en mi vida. Sentí que la cabeza me daba vueltas, como si todo el oxígeno hubiera abandonado la habitación. Mis piernas se aflojaron. Estaba arrodillado en el suelo y aun así sentí que podía caerme.
—Kimi… —susurró de nuevo, dulce, desesperado, casi temblando de necesidad.
Ese susurro me deshizo. Me acerqué más, apoyando las manos en sus muslos fuertes y separados. Empecé a besar el interior de uno de ellos, lento, con la boca abierta, dejando que mis labios y mi lengua marcaran un camino húmedo hacia arriba. Mi mano derecha subió por el otro muslo, acariciando con las yemas de los dedos la piel sensible, acercándose peligrosamente pero sin tocar todavía donde más lo necesitaba.
Franco soltó un gemido largo, gutural, sus caderas se movieron involuntariamente, buscando más contacto. Los jadeos llenaban la habitación, mezclados con murmullos en español que apenas podía entender pero que sonaban a mi nombre y a “por favor”, a “más”. Cada sonido me ponía más duro si era posible. Podía sentir mi propia excitación mojando el interior de mis pantalones.
Besé más arriba, muy cerca de su ingle, inhalando su aroma masculino y excitado. Mi mano libre subió hasta su abdomen, trazando líneas suaves mientras mi boca seguía torturándolo con besos y pequeños mordiscos en la cara interna de los muslos. Estaba tan cerca de su polla que podía sentir el calor que irradiaba, pero me contuve. Quería que temblara, que suplicara. Quería grabar en mi memoria cada segundo de esta noche merecida, porque después de meses negándolo, de convencerme de que solo era una atracción pasajera, tenerlo así —desnudo, jadeando mi nombre, rogando por mí— era mucho más de lo que jamás me había atrevido a soñar.
Abrí la boca y lo tomé despacio, centímetro a centímetro. El gemido que escapó de Franco fue gutural, casi un insulto muerto ahogado en su garganta
—¡Mierda! Andrea…
Su espalda se arqueaba violentamente sobre la cama. Estaba caliente, pesado, perfecto en mi lengua. Lo metí más profundo, cerrando los labios alrededor de él, succionando con lentitud tortuosa mientras mi mano acariciaba la base. El sabor salado y almizcle me inundó por completo y gemí alrededor de su carne, vibrando contra él.
Se aferró desesperadamente a mi cabello, tirando con fuerza, los dedos temblando. Sus caderas intentaban moverse, pero yo lo mantenía firme contra la cama.
—Ay… por favor…no —jadeó entrecortado, la voz completamente rota, anestesiada de placer. Sonaba como si estuviera sufriendo, pero sabía que era todo lo contrario.
Me reí suavemente alrededor de su pene, una risa baja y vibrante que lo hizo estremecer entero. Sabía que ese “no” era un “sí más fuerte”. Subí una de sus piernas y la coloqué sobre mi hombro, abriéndolo más para mí, ganando mejor acceso. Podía tomarlo más profundo, lamiendo la parte inferior mientras mi mano libre subía por su muslo y apretaba su cadera. Fran estaba perdiendo el control.
— ¡Sí, Kimi… Dios!, seguí así… oh por favor—suplicó, la voz entrecortada, casi llorosa de placer. Sus abdominales se contraían visiblemente, su polla palpitaba fuerte en mi boca. Estaba al borde, temblando, a punto de explotar, y yo quería llevarlo hasta allí. Quería tragármelo entero, hacerlo mío de la forma más íntima posible.
Estaba tan concentrado en él —en sus jadeos, en el sabor, en la forma en que mi propio deseo me palpitaba dolorosamente entre las piernas— que el resto del mundo había desaparecido.
Hasta que la puerta de la suite fue aporreada con fuerza.
El sonido nos paralizó a los dos.
Antes de que pudiéramos reaccionar, la puerta se abrió de golpe. La música alta de la fiesta que aún seguía en el salón abajo irrumpió en la habitación junto con el ruido de pasos tambaleantes. Franco se tensó debajo de mí. Yo saqué su polla de mi boca con un “plop” húmedo, girando la cabeza hacia la derecha justo cuando un quejido lloroso cortó el aire.
Era Pierre.
Estaba completamente destrozado, se tambaleaba en la entrada de la suite. Aferrándose apenas de la pared con una mano mientras con la otra sujetaba una botella de champán carisimo casi vacía. Tenía los ojos rojos, el pelo revuelto y la camisa a medio desabotonar. Lágrimas gruesas le corrían por la mejilla y hacía un puchero ridículo, casi infantil.
—Ella me dejó… —balbuceó entre sollozos, la voz pastosa por el alcohol—. Kika… se fue, putain…
Se quedó allí, balanceándose, sin registrar todavía lo que estaba viendo: Fran desnudo en la cama con el pene al aire libre, yo arrodillado entre sus piernas con un pene golpeando mi mejilla, ambos jadeando, con la piel brillante de sudor y la excitación aún latiendo en el aire.
Me moví por instinto, rápidamente. Agarré las sábanas revueltas de la cama y cubrí a Franco en un segundo, intentando blindar su cuerpo desnudo con el mío mientras me colocaba entre él y la puerta. Mi propio corazón latía desbocado, todavía cargado de deseo frustrado, la boca aún sabiendo a él, el pene duro y palpitante contra la tela de mis pantalones.
Esto no podía estar pasando.
—¡Pierre, la puta madre! ¿¡Qué hacés, amigo!? ¡No te podés mandar así! —gritó Franco desde debajo de mí, la voz ronca de excitación y ahora también de bronca. Lo sentí moverse, buscando su ropa a tientas.
Después de unos segundos eternos, me dio un asentimiento discreto con la cabeza. Me corrí de encima de él, aunque cada fibra de mi cuerpo protestaba. Me puse de pie y busqué mi camisa a los pies de la cama, pasándomela por la cabeza sin abotonarla. Fran se levantó también, con solo la camisa puesta y los bóxers que había alcanzado a rescatar. Sus jeans habían volado quién sabe dónde durante nuestro frenesí, así que terminó envolviéndose la cintura con una de las sábanas blancas del hotel, como si fuera una toga improvisada. Aun así, se veía increíblemente hermoso: pelo revuelto, labios hinchados, mejillas aún sonrosadas y esa mirada que prometía que esto no había terminado.
Pierre trastabilló peligrosamente hacia la mesita de vidrio. Me lancé hacia él y lo sujeté por los hombros justo a tiempo, sintiendo el peso muerto de su cuerpo borracho contra el mío.
—Tranquilo Gasly… —murmuré, más por reflejo que por otra cosa.
Pierre levantó la cabeza lentamente, como si le costara enfocar. Nos miró a Franco, luego a mí, luego otra vez a Fran. Sus ojos rojos se abrieron un poco más al procesar la escena: las sábanas revueltas, nuestra ropa tirada, el olor a sexo que aún flotaba en el aire.
—¡Perdonnnn! —lloriqueó de repente, la voz pastosa y rota—. ¡Soy un re mal amigo…! Les arruiné su noche de sexo de festejo…
Se le escapó un sollozo vergonzoso y se dejó caer contra mi pecho, abrazándome como si fuera su salvavidas. Le di unas palmadas torpes en la espalda. Minutos antes tenía la polla de Franco en la boca, escuchándolo suplicar mi nombre, y ahora esto.
Fran suspiró profundamente, acercándose. Se notaba que intentaba mantener la calma por su compañero de equipo, aunque sabía que por dentro estaba tan frustrado como yo.
—Ya, ya… no fue nada en serio. ¿Qué pasó, Pierre? —preguntó con voz más suave, parándose a nuestro lado, todavía envuelto en esa sábana ridícula que apenas disimulaba la erección que aún no había bajado del todo.
Este hipaba y lloraba contra mi hombro, soltando la botella de champán que rodó por el suelo. Entre balbuceos borrachos nos contó que habían discutido fuerte con Kika en la fiesta, que se gritaron cosas feas y ella se fue diciendo que no la buscara porque no quería hablar con él. Lloraba como un niño, con lagrimones gruesos y pucheros que en cualquier otra situación habrían sido cómicos.
—Ay, Pierre… —murmuró Franco, poniéndole una mano en la espalda para consolarlo.
Pero entonces Pierre se separó de mí de golpe, miró a Franco con los ojos vidriosos y murmuró:
—Fran…no me siento bien.
Antes de que pudiéramos reaccionar, se dobló hacia adelante y vomitó con fuerza. Un chorro caliente y ácido cayó directamente sobre los pies descalzos de Franco y salpicó la alfombra cara del hotel.
Fran se quedó congelado, mirando hacia abajo con una mezcla de asco, incredulidad y resignación. Yo todavía sostenía al francés por los hombros, el olor agrio del vómito invadiendo rápidamente la habitación.
—¡Ah no! ¡La puta madre que te re mil parió, Pierre! ¡Te mato, hijo de puta! —exclamó el argentino, furioso, con ese castellano suyo que siempre me encendía más de lo que debería.
El puteo me sacó del shock. Solté a Pierre de inmediato y me abalancé sobre Franco antes de que pudiera dar un paso hacia el borracho. Lo rodeé por la cintura con fuerza, pegando su espalda contra mi pecho. Todavía estaba envuelto solo en esa sábana blanca que se deslizaba peligrosamente por sus caderas, y sentir su piel caliente bajo mis manos volvió a despertar todo lo que el vómito había intentado apagar.
—Shh, mi amore… —le susurré al oído en italiano, sabiendo cuánto le gustaba que le hablara así. Besé su mandíbula, luego su mejilla, bajando con besos suaves pero firmes mientras mis manos recorrían su cintura y su abdomen por debajo de la sábana—. Tranquilo, respira…
Fran forcejeaba, tenso, pero poco a poco se fue aflojando entre mis brazos. Sentí su respiración agitada contra mi cuello.
—Me vomitó el pelotudo… ¡Encima que me corta el polvo, me lanza encima el hijo de…! —gruñó, todavía caliente pero ya sin intentar soltarse.
Sonreí contra su piel y giré su rostro hacia mí. Le di varios picos cortos en los labios, lentos, húmedos, intentando recuperar aunque sea un poco de esa intimidad que nos habían robado.
—Mi amor, está borracho. No lo hizo a propósito. Lo vamos a solucionar y después volvemos a lo nuestro —murmuré contra su boca, rozando su labio inferior con la lengua—. Te prometo que no he terminado contigo.
Soltó un suspiro largo, entre frustrado y rendido. Me miró a los ojos y señaló con la cabeza hacia el costado.
—¿Seguir en lo nuestro? Mira.
Me giré hacia Pierre, que ya no tenía a nadie sosteniéndolo, este había perdido el equilibrio por completo. Y ahora estaba tirado en el suelo, sobre su propio vómito, gimiendo bajito como un cachorro herido. La imagen era tan patética que por un segundo no supe si reír o llorar.
—No lo vamos a dejar así —dije, resignado.
Fran chasqueó la lengua contra el paladar, bufando con fastidio.
—Me voy a bañar. Cuando termine lo metemos bajo agua fría. Borracho de mierda… —masculló mientras se alejaba hacia el baño, soltando una cadena de insultos argentinos que no entendí del todo, pero que me sacaron una risa baja.
Suspiré, todavía con el cuerpo ardiendo y el pene medio duro dentro de los pantalones. Esta noche estaba siendo una montaña rusa. Me agaché, agarré a Pierre por debajo de los brazos y lo levanté como pude. Pesaba más de lo que parecía. Lo arrastré hasta uno de los sillones grandes del salón y lo senté allí, intentando que no manchara más cosas.
Este levantó la cabeza con dificultad, los ojos entrecerrados y vidriosos.
—¿Me va a perdonar…? —balbuceó, la voz pastosa, yendo y viniendo entre la conciencia y la inconsciencia.
—¿Kika? por supuesto que sí —respondí suavemente, limpiándole un poco la boca con una servilleta que encontré—. No tuviste un buen fin de semana y lo van a arreglar hablando, estando ambos sobrios. Pero Franco… dudo que te quiera a un metro cerca por un buen rato, amigo.
Pierre soltó una risa borracha, sin entender del todo el chiste, pero dejándose llevar por el alcohol. Se rio conmigo, con la cabeza cayendo hacia un lado.
Me quedé ahí, sentado en el brazo del sillón, mirando hacia la puerta cerrada del baño donde se oía el agua correr. Imaginaba a Franco bajo la ducha, el agua caliente corriendo por su piel, por ese cuerpo que minutos atrás había tenido entre mis manos y en mi boca.
Limpié un poco el desastre del suelo con toallas del hotel mientras esperaba, lanzando miradas constantes hacia la puerta del baño.
Después de casi veinte minutos de lucha, logramos meter a Pierre bajo la ducha. El francés se resistía como un niño, balbuceando tonterías y tratando de abrazarnos mientras el agua caía. Apestaba aún a alcohol, vómito y sudor. Fue un asco y una pérdida de tiempo que solo aumentaba mi frustración.
Al final lo sacamos, lo secamos como pudimos y lo arropamos con una bata blanca del hotel. Lo llevamos hasta el sofá grande del salón, pensando que por fin dormiría el mono.
Pero el borrachito tenía otros planes.
Apenas lo soltamos, el muy idiota se liberó con una energía inesperada, corrió tambaleándose y se lanzó de cabeza a la cama king size donde minutos antes yo había tenido a Fran desnudo y jadeando. Se estrelló contra el colchón, abrazó una almohada y palmó como una morsa, roncando casi al instante.
—¡La concha de tu hermana, Pierre! —gruñó Franco, furioso, intentando tirar de él para sacarlo—. ¡Levantate, boludo!
Pierre ni se inmutó.
Yo observaba la escena desde atrás, conteniendo una risa. Fran estaba adorablemente cabreado, solo con boxers y camiseta, el pelo todavía húmedo de la ducha rápida que se había dado antes. Me acerqué por detrás en silencio, rodeé su cintura con los brazos y pegué mi pecho contra su espalda. Dejé un beso lento detrás de su oreja, luego otro más abajo, en el cuello.
—Ey…ya está—susurré contra su piel, dejando que mi aliento lo erizara—. No te va a oír. Ya está dormido completamente. Porque mejor no pensamos en otra cosa.
—¿Como que a ver?
Mis manos bajaron por su abdomen, acariciando por debajo de la camiseta, sintiendo cómo su respiración cambiaba.
—La habitación ya no huele tan mal, tenemos un lindo sofá grande y amplio para estrenar….
Soltó un suspiro tembloroso, aún tenso de bronca, pero ya inclinando la cabeza para darme más acceso a su cuello donde dejaba un rio de besos húmedos y calientes.
—¿Qué decís amore? —murmuré, mordiendo suavemente el lóbulo de su oreja.
Franco giró entre mis brazos y me besó con hambre. Fue un beso profundo, con lengua, jadeos compartidos y dientes chocando. Sus manos se clavaron en mi nuca.
—Sillón —exigió contra mi boca, la voz ronca.
No necesité más. Lo tomé por debajo de los muslos, lo levanté y caminé con él hasta el sofá grande que quedaba frente a la cama. Lo deposité allí con cuidado y me coloqué encima. Las prendas volvieron a desaparecer rápido: su camiseta voló, mis pantalones bajaron, y pronto solo quedamos piel contra piel.
Me dediqué a sus pezones con devoción. Los lamí, succioné y mordí suavemente mientras escuchaba cómo se ahogaba sus gemidos mordiéndose los labios. La adrenalina de saber que Pierre dormía a solo unos metros encendía algo peligroso y excitante. El riesgo de que despertara, de que nos viera…
Franco se aferraba a mi cabello, tirando fuerte, y elevaba las caderas buscando fricción. Nuestras erecciones se rozaban con cada movimiento, calientes y húmedas. Gemí contra su pecho y hundí las manos en el elástico de sus boxers, empezando a bajárselos lentamente, ansioso por tenerlo otra vez en mi boca.
—Fran… —se oyó un quejido lastimero desde la cama.
Ambos nos paralizamos.
Franco bufó con fuerza, frustrado hasta el alma.
—¿Qué, Pierre? ¡Dormite! —ordenó, molesto, mientras sus manos insistían en que yo siguiera.
Obedecí. Volví a besarlo, riéndome bajito contra sus labios, tratando de recuperar el momento.
—Fran… —repitió la voz pastosa.
—Dios, Pierre, te mato hijo de puta. ¿Qué, qué mierda querés? —soltó fastidiado, mientras yo bajaba por su mandíbula, chupando y mordiendo su cuello, dejando marcas que esperaba que le durarán días.
—¿Me das agua? Tengo sed…
No pude evitarlo. Solté una risa seca contra el cuello del argentino, vibrando contra su piel. Me separé un poco, le di un beso suave en la frente y me levanté, todavía duró, solo en bóxers.
—Voy yo, amore. Tú quédate ahí —le dije, guiñandole un ojo.
Ayudé a Pierre a incorporarse. El francés estaba hecho un desastre: ojos entrecerrados, pelo revuelto, babeando un poco. Le acerqué el vaso de agua y lo sostuve mientras este bebía con torpeza, quejándose de que todo le daba vueltas.
Mientras tanto, Franco nos observaba desde el sofá con una mirada que podría haber perforado acero. Parecía a punto de cometer un asesinato.
Dejé el vaso sobre la mesa y prácticamente volé de vuelta al sofá. Pierre se había vuelto a tumbar, murmurando incoherencias, y por un segundo creí que tendríamos paz. Franco me esperaba con los ojos oscuros ardiendo de frustración y deseo acumulado. Apenas me coloque encima, nuestras bocas chocaron con urgencia brutal. Ya no había lentitud.
Nuestros cuerpos hervían.
Le bajé los boxers con un tirón impaciente, liberando su polla dura que golpeó contra su abdomen. Fran hizo lo mismo conmigo, ansioso, casi desesperado, arrancándome la ropa interior como si quemara. Reí bajito contra sus labios, intentando calmar esa prisa con besos más profundos, más húmedos.
—Tranquilo, mi amore… tenemos tiempo —susurré, aunque ni yo mismo me lo creía.
Nuestras erecciones se rozaron por primera vez sin barreras. Ambos soltamos un jadeo ahogado al mismo tiempo. El calor, la suavidad de su piel contra la mía, la humedad que empezaba a escaparse… era demasiado bueno. Franco empezó a mover las caderas buscando más fricción, y yo lo acompañé, frotándonos con necesidad.
Tomé sus brazos y los pasé alrededor de mi cuello. Mis manos bajaron hasta su cintura y lo levanté con facilidad, colocándolo a horcajadas sobre mi regazo. Fran jadeó fuerte cuando nuestros penes quedaron atrapados entre nuestros estómagos. Empezó a moverse, lento al principio, luego más intenso, cabalgándome con las caderas mientras se aferraba a mis hombros. Mis palmas se clavaron en su culo firme, apretando y guiando cada movimiento, empujándolo más contra mí.
—Kimi… si…mierda… justo ahí… —balbuceaba, las palabras patinando en su boca entre jadeos y súplicas inconexas. Su acento se volvía más marcado cuando estaba así de perdido.
Me perdí en su cuello, chupando, mordiendo. Mi mano derecha bajó entre nosotros y rodeé los dos penes juntos, masturbándonos al mismo ritmo de sus vaivén de caderas. Estábamos resbaladizos, calientes, palpitando. Era casi insoportable.
—Sei così bello… —jadeé en italiano, la voz quebrada contra su piel—. Così perfetto per me… Ti voglio da mesi… Ti amo così tanto così…
Fran se derrumbó completamente. Un gemido largo y ronco escapó de su garganta mientras se apretaba más contra mí, moviéndose más rápido. Sentía el orgasmo acercándose en la base de mi ingle, ese calor líquido bajando, tensando todo mi cuerpo. Él también estaba cerca; temblaba, se aferraba a mí, besándome con desesperación mientras el placer nos arrastraba al borde.
Estábamos a punto. Tan cerca…
—Fran… yo calor… —se quejó una voz pastosa desde la cama.
El golpe fue brutal.
Pierre se removía, quitándose las sábanas de encima con torpeza y tirando también de la bata, quejándose en francés entre balbuceos. El calor del momento se desplomó como un balde de agua helada. El orgasmo que ya sentía explotar se cortó de forma seca y dolorosa.
Franco intentó ignorarlo. Siguió moviendo las caderas contra mí, besándome con más fuerza, casi con rabia, como si pudiera obligar al placer a volver.
—Seguí… por favor… —suplicó contra mi boca.
Pero yo miré por encima de su hombro. Pierre estaba medio incorporado, con los ojos entrecerrados, llamando el nombre de Franco y quejándose del calor, intentando quitarse la bata por completo.
Suspiré y detuve el movimiento de mis manos, sujetando las caderas de Fran con firmeza para que parara también. Apoyé mi frente contra la suya, respirando agitado.
—Mi amore… espera —susurré, besándolo suavemente en los labios, esta vez con ternura—. No así. No con él despierto.
Soltó un gruñido de pura frustración, enterrando la cara en mi cuello. Podía sentir su corazón latiendo tan fuerte como el mío, su pene hinchado y palpitante contra mi abdomen. El orgasmo ahí…a punto caramelo.
Se levantó de mi regazo con evidente fastidio, el cuerpo tenso y la expresión de alguien que está a punto de cometer un asesinato. Le extendí sus boxers y mi propia camisa; se las puso con movimientos bruscos, casi enfadado con la tela. Antes de que se alejara, lo atraje un segundo y deposité un beso lento y suave justo encima de su cadera, donde la piel era cálida y suave. Lo oí suspirar profundamente, como si ese pequeño gesto hubiera calmado un poco la tormenta que llevaba dentro.
Mientras Fran abría de par en par el resto de las enormes ventanas que daban al balcón, dejando entrar el aire fresco de la noche de Mónaco, le habló a Pierre con firmeza pero conteniendo la bronca:
—Ya abrí todas las ventanas, así que no te saques la bata. Dormite de una vez.
Volví a ponerme mis boxers y me quedé observándolo. Cuando Fran regresó para acostar nuevamente al francés en la cama, nuestras miradas se cruzaron. Verlo solo en boxers y mi camisa que le quedaba grande me provocaba como una tentación imposible de consumar. El argentino tomó la sábana fina de la cama, ignorando los quejidos de protesta de Pierre.
—No la vas a usar, Pierre. No me hagas calentar porque te voy a meter las sábanas por el ‐… francés de mierda —gruñó Fran—. Dormite y dejá de joder.
No pude evitar soltar una risa baja y suave. Mi argentino era peligroso cuando se enojaba.
Se acercó a mí con pasos pesados. Abrí los brazos y se dejó caer contra mi pecho, exhausto y todavía caliente de deseo insatisfecho. Lo acomode por el amplio sillón y nos acomodamos de lado: él contra el respaldo y yo pegado del lado de afuera, nuestros cuerpos encajando perfectamente a pesar del espacio medio reducido. Tiré la sábana fina sobre nosotros.
—¿No podemos intentar un poquito más? —susurró contra mi cuello, casi suplicante.
Sonreí y besé su frente, luego su sien, mientras acariciaba su espalda por debajo de la camisa.
—Lo dejamos para la próxima, mi amor —murmuré, llenándolo de besos suaves—. Cuando nos vayamos a Barcelona… vamos unos días antes y hacemos lo nuestro. ¿Hmm? Solo vos y yo.
Su pierna se elevó y terminó sobre las mías. Yo me metí entre las suyas, enredándonos hasta que fue imposible saber dónde empezaba uno y terminaba el otro. Piel contra piel, respiraciones mezcladas, el calor de su cuerpo pegado al mío.
—Francés pelotudo… —masculló aun molesto—. La próxima vez dejo que nos vayamos en tu auto a un callejón antes que a la habitación VIP de una fiesta. Dios, qué castigo. Justo ahora que estábamos…
—Ya, no importa —susurré en su cabello, dejando pequeños picos suaves—. Es solo aplazar por unas horas. Vas a aguantar, yo sé que sí.
Soltó un bufido, pero luego sonrió contra mi pecho.
—Más vale que me cojas en todos los rincones, quiero y merezco una buena revolcada. Después de aguantar semejante cosa.
Reí bajito y apreté su cintura.
—Ey, se supone que lo hacíamos por mi victoria en Mónaco.
—Ay mi amor, eso cambió desde el momento en que nos cortaron a medio pete y me vomitaron los pies —respondió, dejando un último beso lento en mis labios.
Asentí, todavía riendo.
—Entonces más vale dormir bien —murmuré con voz ronca, bajando la mano hasta apretar su culo con posesión—. Te quiero descansadito para agarrarte en el avión, hotel… miércoles, jueves, viernes y todo el puto fin de semana.
Fran soltó un jadeo bajo y deseoso cuando apreté más fuerte, clavando los dedos en su carne. Sentí cómo su cuerpo reaccionaba, aunque el momento ya no diera para más. El deseo seguía ahí, latente, ardiendo bajo la superficie.
Nos quedamos así, enredados, respirando el mismo aire, con el sonido lejano de la fiesta y los suaves ronquidos de Pierre de fondo. Le acaricié; pelo, espalda y la curva de su cintura, memorizando cada centímetro.
La luz dorada del amanecer en Montecarlo se filtraba sin compasión a través de las cortinas entreabiertas, bañando la suite en un resplandor cálido que contrastaba con el caos de la noche anterior. Pierre Gasly despertó con un gemido lastimero. Tenía la boca pastosa, como si hubiera tragado algodón y alcohol, el cuerpo empapado en un sudor frío pegajoso, y una migraña que le taladraba las sienes. Se incorporó lentamente, mareado, y miró a su alrededor con los ojos entrecerrados.
Por un segundo, el pánico lo invadió. Estaba en una habitación desconocida, desnudo bajo una bata del hotel abierta. ¡¿Con quién carajos me acosté anoche?! pensó, aterrado. Pero entonces su mirada se posó en el amplio sillón del salón, donde un bulto grande con forma de una espalda ancha morena, bajo una sábana fina se movía ligeramente.
Entrecerró los ojos, enfocando.
Y gritó.
—¡MIERDA! ¿¡Qué carajos!?
El bulto (o espalda) se removió con pereza pero siguió dándole la espalda, fue Franco quien se incorporó como un resorte entre ese cuerpo aún dormido y el respaldo del sillón, despeinado, con los rizos oscuros convertidos en un nido caótico y los ojos hinchados de sueño. Llevaba una camisa blanca de varias tallas más grande, se le caía por un hombro, revelando un cuello y clavícula marcados por un reguero de chupetones rojizos y mordidas que descendían como un mapa de la pasión interrumpida.
Pierre se expulsó de la cama, completamente horrorizado.
—¡Mierda! ¿¡Tuviste sexo con un extraño en la misma habitación donde yo estaba!? ¡Eres un enfermo, Colapinto!
Franco parpadeó varias veces, todavía procesando la realidad. Se pasó una mano por la cara y soltó un bufido cansado.
—¿Qué decís, Pierre? Medicate, amigo… ¿Qué hora es? —murmuró con voz ronca, buscando a tientas uno de los teléfonos sobre la mesita.
—¿¡Qué otra explicación hay!? ¡Maldito loco! ¿¡Ni un poco de respeto por mí!? —gritó el francés, sintiendo cómo la migraña se intensificaba con cada palabra.
Franco explotó. Se sentó por completo en el sillón con la sábana enredada en las caderas, cubriendo sus partes íntimas tanto las suyas cómo las del “extraño”. Estaba furioso y aún medio dormido pero no iba a permitirlo.
—¡Respeto! ¡Hijo de puta, ojalá hubiera cogido al lado tuyo o enfrente de tu cara! ¡Borracho de mierda! Me cortaste MI noche entrando a la habitación llorando como magdalena porque te peleaste otra vez con tu novia. ¡Ojalá mínimo me hubieran terminado el pete que me merecía después de meses esperando! Pero no… tuve que hacer de niñero de un francés maricon que se revolcó en su propio vómito.
La espalda ancha que cubria en parte el cuerpo de Franco se movió tras los gritos. Kimi se sentó lentamente, revelando su torso desnudo y el rostro aún marcado por el sueño. Sin decir nada, rodeó la cintura de Franco con un brazo posesivo y depositó un beso lento y deliberado detrás de su oreja, susurrándole algo en italiano suave y bajo que hizo que los hombros del argentino se relajaran un poco.
Pierre abrió y cerró la boca varias veces, procesando la imagen: los chupetones, la cercanía, la forma en que Kimi acariciaba el brazo de Franco con ternura.
—Ah… yo… perdón, Fran. No quería… —balbuceó, rojo de vergüenza.
Franco suspiró, bajando el tono, aunque todavía molesto.
—Me vomitaste los pies, boludo. Te tuvimos que bañar como a un chico, acostarte, darte agua… y no paraste en toda la noche de romper las pelotas. Fuiste re denso, Pierre.
El francés se pasó las manos por la cara, mortificado. La culpa trepaba por su cuello hasta teñirle las mejillas.
—Perdón, Fran. En serio… te lo voy a compensar. A los dos —dijo mirando también a Kimi, que solo sonreía con esa expresión tranquila y satisfecha—. Me voy, no los molesto más. Gracias por cuidarme, y aguantarme en ese vergonzoso estado… de verdad. Luego te lo compenso Fran.
Pierre recogió sus cosas a toda prisa, dirigiéndose a la puerta con pasos tambaleantes.
Franco, con una sonrisa traviesa asomando en los labios, fingió pensarlo.
—Está bien no pasa nada, ahora. Me encantaría abrirte la puerta, pero Kimi está desnudo y no quiero que le veas el bicho recién parado.
—¡No, no se levanten! Me voy, nos vemos —exclamó Pierre, huyendo prácticamente corriendo y cerrando la puerta tras de sí con un portazo avergonzado.
En cuanto se quedaron solos, Kimi soltó una carcajada ronca y profunda, dejándose caer de nuevo contra el sillón.
—No estoy desnudo y mucho menos tengo el “bicho” parado, —dijo entre risas, mirándolo con ojos brillantes.
Franco se volteó lentamente. La luz del sol acariciaba su piel, resaltando los moretones que Kimi le había dejado. Sus ojos avellana se oscurecieron con deseo renovado mientras gateaba sobre las sábanas hasta quedar a horcajadas sobre el italiano.
—¿Ah, no? —ronroneó, la voz aún ronca de sueño y promesas—. Bueno, eso lo podemos solucionar ahora mismo.
Franco se deslizó bajo las sábanas con una lentitud deliberada. Kimi abrió la boca para preguntar, pero las palabras murieron en un jadeo ahogado cuando contuvo la respiración al sentir las manos del argentino bajando su bóxer con cuidado, liberando su erección que ya comenzaba a endurecerse por la anticipación. El primer roce de labios cálidos contra la punta le arrancó un jadeo profundo.
—Joder… Fran… —gimió Kimi, arqueando las caderas involuntariamente, una mano enredándose en los rizos oscuros del argentino.
Una risa baja y vibrante respondió desde debajo de la tela. Franco besó toda su longitud con devoción, lamiendo lentamente desde la base hasta la cabeza, saboreándolo como si fuera el premio que realmente había estado esperando toda la noche.
—Felicidades por tu victoria en Mónaco, amor —murmuró contra su piel caliente, antes de abrir la boca y tomarlo profundo de una sola vez.
Kimi echó la cabeza hacia atrás con un gemido largo y entrecortado, una mano volando instintivamente hacia los rizos oscuros de Franco, enredándose en ellos con fuerza pero sin lastimar. El placer era intenso, casi abrumador después de tantas interrupciones. La boca de Franco era caliente, húmeda y hambrienta; su lengua trabajaba con precisión perversa, rodeando, presionando, succionando justo donde sabía que lo volvería loco.
—Dios… sí… así… —jadeaba Kimi, los músculos del abdomen tensos, las caderas moviéndose con pequeños impulsos involuntarios—. Franco… mi amore… eres perfecto.
Franco respondió con un gemido vibrante alrededor de su carne, acelerando el ritmo poco a poco. Una de sus manos subió para acariciar el pecho de Kimi, pellizcando suavemente un pezón, mientras la otra masajeaba sus testículos con delicadeza.
Kimi lo miraba fascinado: la forma en que la sábana se movía sobre la cabeza de Franco, los sonidos húmedos y obscenos que llenaban la habitación, los pequeños gemidos que escapaban del argentino mientras lo chupaba con dedicación absoluta. Sentía el orgasmo construyéndose en la base de su ingle, caliente y ansiado, después de una noche eterna.
—Estoy cerca…por favor mi amor… —advirtió con voz quebrada.
El argentino no se apartó. Al contrario, lo tomó aún más profundo, succionando con más fuerza, mirándolo fijamente cuando Kimi levantó la sábana para encontrarse con aquellos ojos avellana llenos de deseo y triunfo.
El italiano se corrió con un gemido largo y ronco, el cuerpo entero tensándose mientras oleadas de placer lo atravesaban. Franco tragó cada gota de ese semen caliente sin apartarse, acariciando sus muslos temblorosos hasta que Kimi quedó completamente laxo sobre el sillón, respirando agitado.
Cuando Franco emergió de debajo de las sábanas, tenía los labios hinchados, brillantes, y una sonrisa satisfecha y un poco arrogante. Kimi lo atrajo inmediatamente hacia arriba y lo besó con profundidad, saboreándose a sí mismo en la lengua del argentino. Sus manos recorrieron la espalda de Franco con ternura, bajando hasta apretar su culo por debajo de la camisa prestada.
—Si me das media hora, te pongo en cuatro y estrenamos el sofá como corresponde —susurró el italiano completamente extasiado y satisfecho.
Franco riendo y negando con la cabeza se levantó de aquel sillón para caminar hacia la cama deshecha donde se sentó en la orilla y comenzó a sacarse el boxer bajo la atenta mirada oscura que le ponía la piel de gallina. Una vez expuesto con su pene golpeando su estómago erecto, sintiéndose más atrevido que de costumbre se tomó por los muslos y abrió un poco más las piernas para dejar espacio.
—Me parece recordar que antes de que llegara un borrachito. Tenía a alguien entre mis piernas arrodillado ¿No?.
Kimi río enormemente mientras se colocaba de pié y caminaba hacia su argentino, al llegar a su abertura de piernas. Sin dudarlo se arrodilló sin esperar orden quedando entre las piernas de Franco Colapinto. Tomó una pierna del muchacho y la subió a su hombro.
—Y este es tu premio por ser tan buen amigo, felicidades. Disfruta amore —sonrió por último el italiano, para tomar por la boca el pene de Franco Colapinto que se desarmaba gemidos y jadeos.
Si este era el premio por haber ganado en Mónaco y soportar a un francés borracho y molesto...
Valía toda la jodida pena.
