Work Text:
Los disparos resuenan en las calles a la par de pisadas rápidas y suspiros de cansancio. Los callejones oscuros hacen que la huida sea cada vez más difícil. Mierda. Esto no estaba en sus planes para una buena noche de fiesta en un bar de la zona prohibida, pero asume que la culpa es suya por desobedecer el acuerdo territorial entre ambos bandos. Aunque, a su favor, puede decir que siempre ha sido un rebelde sin causa. O quizás, simplemente está harto de la corona de espinas que significa liderar a su bando, harto de los contratos, de la mirada vigilante de su familia y de las malditas expectativas que asfixian su vida diaria. El peligro en esta zona prohibida tiene un sabor extrañamente libre. Un sabor extrañamente familiar.
La vista se le nubla por la ligera neblina. Jude le hace una seña al chico de su izquierda mientras recarga la pistola de 9 mm sin detener su carrera. Se esconde detrás de un contenedor de basura con un olor más que repugnante. Relaja la respiración contando hasta diez, escuchando los gritos que ordenan registrar cada rincón del sector en su búsqueda. Al reconocer esa voz grave y arrastrada que conoce desde hace años, una sonrisa involuntaria se le forma en los labios. Ya no es solo la adrenalina lo que hace que su corazón martillee desbocado en su pecho; es una anticipación eléctrica que lo quema por dentro, un deseo latente de ser atrapado por la única persona que realmente puede desarmarlo.
De reojo, mira al chico de apellido Güler frente a él. Con la respiración agitada y el arma temblando en sus manos, se nota que es un novato; Jude ya se está arrepintiendo de haberlo traído consigo en su escapada. Este chico solo es un estorbo para el juego que está por comenzar.
—Vete —ordena, con una voz extrañamente ronca. El menor lo mira con los ojos abiertos y el entrecejo fruncido, pero no objeta. Se levanta y, con un trote sigiloso, se aleja del lugar sin decir una sola palabra.
Jude escucha los pasos cada vez más cerca, resonando como la cuenta regresiva para un encuentro inevitable. Sabe que no saldrá bien si sigue ahí, esperando a que lo encuentren, pero no puede evitar la tentación de ver hasta dónde llega esto. Así que, con la respiración más serena, se levanta con suavidad, haciendo el menor ruido posible. Se arrepiente al instante... o quizás es exactamente lo que buscaba. Lo que reconoce muy bien como la punta de una pistola, fría y dura, se posa justo detrás de su oreja. El contraste del metal helado contra la piel caliente y sudorosa de su cuello le arranca un escalofrío que le recorre la columna.
Cierra los ojos y suelta un suspiro entrecortado, maldiciéndose internamente por ser tan estúpido... y tan predecible. Ha caído directo en la trampa más vieja y, Dios, cómo la disfruta.
—¿Por qué no me sorprende encontrarte aquí, junto a la basura, Jude? Es tan propio de ti.
La voz de Erling, susurrada cerca de su oído con ese tono denso, es como una caricia peligrosa que hace que todos los vellos de su cuerpo se ericen. Suelta un bufido para disimular la temblorosa exhalación que amenaza con traicionarlo y gira para encararlo. Centra sus ojos en las facciones marcadas de Erling. Sus cabellos rubios están pegados a la frente a causa del sudor, y un nerviosismo extraño florece en el pecho de Jude. La mirada de Erling lo recorre por completo, intensa y hambrienta, haciéndolo sentir diminuto a pesar de su propia altura de atleta. En un parpadeo, es despojado de su pistola. El mayor la guarda en el bolsillo de su pantalón de vestir, y Jude se siente repentinamente desarmado, no solo físicamente. Está desnudo ante la mirada de este hombre. Lo oculta rápido tras una sonrisa descarada, una máscara de arrogancia que ambos saben que es falsa.
—Qué te puedo decir, es un lugar ideal para esconderse en últimas instancias como en la que me encontraba, Erling —responde, con la voz un tono más baja de lo habitual. Ahora la punta fría del arma presiona su frente, un recordatorio letal del poder que el rubio tiene sobre él.
—Lo supongo. Como la rata que eres, no me extraña —Erling da un par de pasos más hacia él, invadiendo su espacio personal hasta que sus pechos casi se tocan. Baja el cañón por su mejilla con lentitud tortuosa, como si estuviera delineando una obra de arte, hasta colocarlo debajo de su mentón. Jude se ve en la obligación de alzar un poco la cabeza, exponiendo la línea de su cuello al depredador. La mirada fija y extrañamente clara de Erling brilla en la penumbra del callejón, analizándolo con la fijeza de quien estudia a su rival antes de dar el golpe final—. Lo que sí me extraña es que hayas aparecido por aquí, sin haberme pedido autorización para ingresar a mi territorio y acudir a uno de mis bares, Jude.
La forma en que Erling pronuncia su nombre hace que a Jude se le seque la garganta. Se pasa la lengua por los labios, un acto instintivo que hace que los ojos del rubio se oscurezcan de inmediato. Busca una respuesta favorable, pero en su mente no hay más que la peligrosa e intensa fantasía de rendirse ante los brazos de Erling. Dios, fue un acto de pura rebeldía y aburrimiento, sí, pero también fue una necesidad biológica, un escape. Un líder de la mafia también necesita distraerse, pero esta distracción en particular siempre termina quemándole las manos.
—Respóndeme, hijo de puta, te hice una jodida pregunta —el cuello de su camisa es estrujado por los grandes dedos de Erling, mientras la pistola se aprieta más bajo su mentón, justo donde el pulso le late con fuerza—. ¿Acaso quieres una maldita bala alojada en tu cerebro? ¿Eh? Responde.
—Solo quería distracción.
Erling suelta la camisa con un movimiento brusco y lanza una carcajada seca que retumba en las paredes de ladrillo. El sonido es tan carente de alegría que a Jude se le oprime el pecho. Aleja la pistola de su mentón solo para empujarlo contra el muro más cercano, usando la abrumadora envergadura de su cuerpo para acorralarlo. El impacto contra el ladrillo frío le deja sin aire, pero la proximidad de Erling es todavía más asfixiante; la imponente espalda del nórdico bloquea por completo la entrada del callejón, cubriéndolo con su sombra. Jude puede oler el sudor, la pólvora y esa colonia que lo obsesiona. El calor que emana del cuerpo de Erling es insoportable, y la presión de su muslo firme colándose deliberadamente entre las piernas de Jude lo hace jadear.
—¿Distracción? Distracción mis bolas, Jude Bellingham. Dime qué hacías en mi zona o en serio se va a alojar una bala en tu cráneo. —La voz de Erling es un gruñido bajo, lleno de una rabia que parece ocultar algo más.
—No estoy mintiendo, solo quería distraerme un poco, nada más. —Jude lo mira directamente a los ojos, su máscara de arrogancia tambaleándose ante la intensidad de la emoción en la mirada del rubio—. Y no hay nada mejor para eso que venir a joderte la sensibilidad que tienes.
La provocación está ahí, flotando en el aire cargado entre ellos. El mayor vuelve a reír, pero esta vez la risa es diferente, más peligrosa. Jude se une a su risa, pero en una fracción de segundo el semblante del contrario cambia por completo. El brillo malicioso en los ojos de Erling se transforma en algo más profundo, algo hambriento y posesivo. A Jude le hace tragar saliva con dificultad. Se da cuenta de que ya no están jugando.
—Ah, Jude, ¿sabes qué es lo que pienso que haces aquí? —El menor niega con suavidad, su mirada bajando de forma inevitable hacia los labios de Erling—. Bien, pienso que... me extrañabas. Extrañabas ver mi rostro y que juguemos al gato y al ratón en la habitación de algún motel barato, ¿no es así?
La mención del motel golpea a Jude como una bofetada de recuerdos y deseos reprimidos, trayendo a la superficie todo lo que habían compartido en secreto. Ríe esta vez, una risa un tanto histérica y desesperada que parece confirmar las sospechas de Erling. Las lágrimas se le acumulan en los ojos por el esfuerzo y sus mejillas se colorean bajo la luz tenue del callejón. Erling se queda sin aliento por un momento; es una imagen realmente hermosa, dolorosamente hermosa, y se odia a sí mismo por encontrarla así.
Cuando se calma, Jude suspira con suavidad y mira al mayor, su máscara de suficiencia derrumbándose por completo para revelar la vulnerabilidad que ha estado ocultando.
—Tan vanidoso desde siempre, Erling. Pero lamento arruinar tus fantasías de conquista, porque te equivocas. —Su voz es apenas un susurro, carente de la convicción habitual.
—¿Me estoy equivocando? —Erling acorta la distancia que queda entre ellos, su respiración rozando la mejilla de Jude, sus labios casi tocando su oreja.
—Sí.
—Creo que no.
—Yo creo que sí.
La mirada del rubio recorre todo su rostro, deteniéndose en sus ojos húmedos, en su nariz, antes de posarse firmemente en sus labios entreabiertos. Un leve temblor invade a Jude, y la sensación de desprotección y deseo se vuelve más fuerte, casi dolorosa.
—Puedo afirmar que no... tus acciones me están diciendo lo contrario. Nunca eres tan sumiso conmigo como lo estás siendo ahora, Jude, y créeme, yo nunca me equivoco. —Erling desliza su mano libre desde el hombro de Jude hacia su cuello, apretándolo ligeramente, esos dedos largos y pesados abarcando casi por completo su piel con una delicadeza que contrasta con la ferocidad de sus ojos.
—Realmente te equivocas esta vez. —Su voz se quiebra al final, una confesión silenciosa de su mentira.
Siente una pizca de repulsión hacia sí mismo por ser tan débil, tan predecible ante este hombre. Pero esa repulsión se esfuma por completo cuando el rostro ajeno se acerca más, permitiéndole sentir el calor y la respiración de Erling contra sus labios secos. En un acto instintivo de rendición, se los humedece, capturando de inmediato la atención del mayor. Es el permiso que Erling estaba esperando.
—¿Es así?
—Es muy así. —Apenas puede formar las palabras.
Alcanza a ver una débil sonrisa en los labios de Erling antes de sentir el impacto devastador de los suyos. El sonido de la pistola al caer al suelo resuena en el callejón, un eco de la rendición de Erling a su propio deseo. Las manos grandes del rubio rodean su cintura con brusquedad, esos dedos fuertes hundiéndose con fuerza implacable en el cuero de su pantalón para pegarlo por completo contra su cuerpo, levantándolo ligeramente y borrando cualquier rastro de aire entre ambos. La mente de Jude se nubla en una marea de sensaciones contradictorias, donde la rabia, el miedo y un deseo abrumador se mezclan y se confunden.
Es el choque de dos cuerpos atléticos, dos fuerzas que en el exterior se contienen bajo las reglas del juego, pero que en este rincón oscuro se devoran sin piedad. Jude corresponde a ese beso hambriento, desesperado y posesivo que le hace temblar las piernas; tiene que enredar sus brazos firmemente alrededor del cuello foráneo para no caer, buscando apoyo en su enemigo. La lengua de Erling delinea sus labios con exigencia y Jude abre la boca con un gemido sordo, entregándose por completo, dándole permiso para entrar y enredarse con la suya en una batalla sin tregua que ambos quieren perder.
Las manos de Erling descienden desde su cintura hacia sus caderas y luego bajan descaradamente hasta sus glúteos, apretándolo y moldeándolo con una fuerza descomunal. Lo empuja hacia adelante, obligando a Jude a sentir la dura y evidente erección que ya presiona contra su propia entrepierna. Jude suelta un gemido ahogado directo en la boca del rubio, arqueando la espalda y frotándose instintivamente contra el cuerpo macizo de Erling, buscando desesperadamente calmar el fuego que amenaza con consumirlo. El sonido húmedo del beso, mezclado con las respiraciones entrecortadas y el roce pesado del cuero, llena la oscuridad del callejón. Jude se aferra a esos hombros anchos y a los bíceps marcados del nórdico, completamente sometido a la intensidad del momento, queriendo ser tomado ahí mismo contra la maldita pared.
Dios, era eso lo que realmente estaba buscando cuando violó la norma de hermandad entre ambos bandos: ser besado, aplastado y tocado por Erling Haaland de esa manera, ruda, posesiva y desesperada. Dejar de lado ese estúpido papel de enemigos fuera de juego y solo ser ellos, entregados a las sensaciones que arrastran desde hace tiempo.
Busca saciarse, pero el placer es tramposo. A medida que el agarre de Erling se vuelve más demandante, casi doloroso, y el frío del muro cala hondo en su espalda, la cruda realidad empieza a colarse por las grietas de su raciocinio. El olor a pólvora e impureza le recuerda de golpe quiénes son; el peso de la musculatura de Erling se siente de pronto como una condena inevitable. Si su familia lo viera así, besándose y frotándose con tanta lascivia contra el líder del bando enemigo en un callejón cualquiera de la zona prohibida, la mirada de desprecio sería eterna.
Una decepción más, Jude.
El pensamiento lo asfixia más que la falta de aire. El peso de su traición, la realidad de sus apellidos y lo que representan lo golpea con la fuerza de un impacto limpio. El pánico le gana al deseo. Rompiendo el hechizo de golpe, junta toda la fuerza que puede conseguir —una fuerza nacida puramente de la desesperación y el arrepentimiento— y empuja el cuerpo de Erling lejos de sí.
El mayor lo mira con una mezcla de extrañeza, dolor y una profunda decepción reflejada en sus ojos claros. Tiene los cabellos alborotados y los labios magullados, hinchados y rojos por la intensidad del encuentro. Jude intenta calmar su respiración entrecortada y se cubre el rostro, murmurando pequeñas disculpas en un arranque de timidez y conciencia, esperando que el mayor pueda entender la tormenta que acaba de desatarse en su cabeza, aunque sabe que en el fondo ni él mismo lo entiende del todo. Ahora solo queda la fría realidad del callejón.
Escucha un suspiro cansado, un sonido cargado de resignación y una tristeza que le oprime el pecho. Al abrir los ojos, ve al rubio agacharse para recoger su pistola del suelo y luego alejarse con pasos firmes y pesados, sin mirar atrás una sola vez. Su imponente figura se pierde en la penumbra. Jude se queda estático en la oscuridad, con el cuerpo aún temblando por el deseo insatisfecho, maldiciéndose una vez más por ser tan idiota.
Dejó ir a Erling por enésima vez. Aunque ahora no sabe qué le duele más: si haberlo apartado de su cuerpo cuando más lo necesitaba, o el hecho de que el maldito infeliz se haya marchado con su orgullo, con su pistola favorita... y con la única parte de su corazón que aún no lograba corromper.
