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El hermano del año ;)

Summary:

A Leandro siempre le gustó competir, pero enterarse de que su hermano fue demasiado lento como para tocar a Franco es la victoria más dulce que tuvo en su vida.

Y con Franco finalmente entre sus sábanas, demuestra por qué es el Hermano del Año.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

La tensión se volvió densa cuando, en medio de la vorágine de besos, la mirada de Franco bajó un segundo hacia el piso, donde la bolsa de Lando yacía olvidada. Sin dejar de sujetar a Leandro por la nuca, Franco dio un tirón firme, obligándolo a separarse apenas lo suficiente para que pudieran verse a los ojos, ambos respirando con dificultad ante semejante beso.

Leandro soltó el cuerpo de Franco, aunque mantuvo una mano firme en su cintura, sin querer romper del todo el contacto físico.

Se agachó, agarró la bolsa del suelo y, con una lentitud cargada de intención, sacó la camiseta de Boca. Al verla, levantó las cejas con una sonrisa ladina, genuinamente sorprendido por el detalle.

—Hay que admitir que el pibe tiene buen gusto, ¿eh? —comentó Leandro, soltando una risita mientras miraba la tela. —Lando siempre supo qué regalar.

Franco, sin perder el descaro, comenzó a quitarse su propia remera con un movimiento fluido. Leandro se quedó quieto, la tela azul y amarilla colgando de sus dedos, mientras su mirada se volvía pesada, casi voraz.

Observó cada detalle con lascivia, el recorrido de las curvas del chico, la piel lechosa y suave que parecía brillar bajo la luz cálida del lugar, y el contraste perfecto de sus pezones rosados, que empezaban a endurecerse ante la intensidad del escrutinio de Leandro. Sus ojos bajaron lentamente por el torso de Franco, deteniéndose en cada centímetro, en cada músculo que se tensaba con el movimiento. La respiración del tatuado se volvió más pesada, atrapado en el deseo que le provocaba esa imagen tan pura frente a él.

Sin embargo, Su contemplación fue interrumpida cuando Franco, con un gesto rápido y coqueto, se puso la camiseta de Boca. Leandro soltó un gruñido bajo al ver cómo la tela ocultaba lo que sus ojos apenas habían terminado de devorar. La camiseta le quedaba perfecta, pero el hecho de que hubiera cubierto su cuerpo, enfureció y excitó a Leandro en partes iguales. Ahora quería quitársela de nuevo, pero con sus propias manos.

—Te queda mejor a vos que a cualquiera —gruñó Leandro, tirando la bolsa lejos sin mirar dónde caía, mientras sus ojos oscurecidos se clavaban de nuevo en los de Franco. —Pero te aviso que no te va a durar mucho puesta.

Al terminar de hablar, Leandro lo arrastró hacia sí, rompiendo la distancia de un tirón. El beso fue un choque de dientes y lengua, una batalla por obtener el control, donde las manos del mayor se colaban bajo la tela arrancándosela con una urgencia que no admitía ningún reproche. Finalmente, la tela terminó nuevamente en el piso, ignorada, mientras el morochito los empujaba hacia la habitación.

Se movieron como si estuvieran sincronizados por una misma necesidad, tropezando con los muebles hasta que el borde de la cama detuvo su marcha. Leandro se dejó caer sentado, el aire escapándole de los pulmones en un siseo cuando Franco, sin perder el tiempo, se arrodilló entre sus piernas, obligándolo a abrirse aún más.

 

 

El ambiente se transformó instantáneamente. La luz de la tarde que entraba por la ventana parecía ajena a la atmósfera viciada que empezaba a formarse entre esas cuatro paredes, pesada por el aroma a piel caliente y la tensión que corría entre ellos. Leandro, ahora recostado contra el respaldo, intentó anclarse a la realidad aferrándose a las sábanas con una fuerza que le blanqueaba los nudillos, tratando de mantener un mínimo de control ante la atención que recibía. Pero el sonido rítmico que empezó a llenar el cuarto, el contacto húmedo y la entrega absoluta de Franco, lo fueron haciendo perder la cabeza casi por completo.

Franco, arrodillado entre sus piernas, era el culpable de la tentación. Sus ojos, entornados y brillantes de lujuria, no le quitaban la vista de encima a Leandro. Tenía el pelo revuelto, cayéndole sobre la frente, y cada vez que su lengua recorría el falo con precisión, sus labios se volvían más rojos, más brillantes, dejando un rastro húmedo que Leandro no podía dejar de mirar.

Entonces, el celular empezó a vibrar sobre la madera del suelo. Leandro lo enganchó con un pie y como pudo lo trajo hacia él, mirando la pantalla:

Lando

Una sonrisa torcida y cruel se le dibujó en la boca. Atendió, apoyando el teléfono contra su hombro mientras sentía la calidez de la boca de Franco envolviéndolo por completo.

—¿Qué pasa, Landin? —dijo Leandro, con la voz apenas un hilo, casi un gruñido.

Franco, al escuchar el nombre de Lando, soltó una pequeña risa contra su piel antes de volver a bajar, con más hambre, con más ganas. Leandro cerró los ojos, apretando la mano en el pelo de Franco y tirando hacia atrás, obligándolo a estirarse más, exponiendo su cuello largo y la línea de su mandíbula.

—Estoy de Rodri, sí… —respondió, mientras el contacto de los dientes de Franco contra su piel lo hacía jadear. —¿Ah, e-eh? Estoy bien, pelotudo…re bien diría yo.

Leandro miró hacia abajo, sonriendo y deleitándose con la vista; Franco, arrodillado, con las mejillas ardiendo por el esfuerzo y el placer, y esa mirada desafiante que le lanzaba desde abajo, consciente de que el tatuado estaba mintiendo en su cara mientras le chupaba la verga.

La lengua de Franco, nuevamente, hizo un recorrido lento, húmedo, y Leandro se mordió el labio inferior hasta casi hacerse sangrar, luchando por no gritar de puro placer bajó la presencia telefónica de su propio hermano.

—Bueno, sí, te mando un abrazo, dale, suerte —terminó Leandro, cortando la llamada antes de que Lando pudiera decir algo más.

Tiró el teléfono lejos, sin importarle dónde cayera, y con un gruñido sordo, sus dedos se tensaron más en el pelo de Franco.

—Sos un hijo de puta —le susurró Leandro, con la voz rota y los ojos oscurecidos por el deseo.

Con un movimiento seco, bajó su mano derecha y rodeó la mandíbula de Franco, obligándolo a levantar la vista. Sus dedos se hundieron en los pómulos del chico, apretando lo suficiente para dejar claro quién mandaba en esa habitación.

—Sos como una putita, ¿eh? —escupió Leandro con una voz rasposa, cargada de una mezcla tóxica entre vulgaridad y deseo. —Te calienta, ¿no? Saber que Lando estaba del otro lado, preguntándome por su “noviecito”, mientras vos estabas acá, de rodillas, chupándole la pija al hermano. Te encanta que sea la mía la que tenés adentro, ¿No te das cuenta de lo que sos?

Franco no parpadeó. La presión en su cara no lo intimidaba, al contrario, le daba una excusa para dejarse llevar por la misma calentura. Con un movimiento rápido y desafiante, Franco soltó un jadeo que terminó en una risa seca, un sonido ronco que resonó en el silencio de la pieza.

—¿Que si me encanta? —respondió Franco, levantando apenas la barbilla, con los ojos brillando de una maldad pura. —Me encanta, Leandro. Me encanta y me da risa que no te sientas mal por querer garcharte al novio de tu hermanito.

La confesión, soltada con semejante insolencia, le revolvió la cabeza a Leandro. Se sintió expuesto, desnudo en su propia ambición de poseer lo que era de su sangre. Sin darle tiempo a seguir hablando, se agarró el miembro con una mano, tensando los músculos del antebrazo, y se lo restregó con firmeza y autoridad contra la boca de Franco, haciendo que el roce fuera una orden.

—Mejor callate y dale, chupá —sentenció Leandro, soltando un gruñido de pura frustración y placer.
—Dejá de recapacitar y ocupate de lo que tenés enfrente. Demostrame qué tan desesperado estás por ser mío.

Franco no esperó una segunda invitación. Con una mirada que prometía satisfacción, se lanzó otra vez a la tarea, envolviéndolo con una profundidad que hizo que Leandro lanzara un gemido ahogado, perdiendo finalmente cualquier rastro de control. La saliva brillaba en los labios de Franco, que ahora se movían con una cadencia frenética, disfrutando de chupar el falo, mientras Leandro se hundía en las sábanas, dejándose dominar por esa sensación que sabía que no iba a poder esconder por mucho más tiempo.

El menor se movía con una maestría que rozaba la tortura. Cada vez que bajaba, sentía cómo el tatuado se tensaba bajo su tacto, sus dedos enterrándose en el pelo de Franco, tirando de él con una mezcla de súplica y control. El sonido era un eco húmedo que llenaba toda la habitación, una cadencia frenética que hacía que Leandro perdiera la noción de dónde terminaba su propio cuerpo y empezaba el del otro. Franco lo miraba desde abajo, con los ojos entrecerrados y los labios brillantes, disfrutando de cada espasmo de placer que le arrancaba al moreno.

Leandro sentía la cabeza a punto de explotar. La lengua sumamente húmeda, el calor de su garganta y la manera en que succionaba sin piedad, lo estaban empujando hacia el borde del abismo. Cuando sintió esa chispa previa al final recorriéndole la base, no pudo más. El impulso de terminar ahí mismo era casi irrefrenable, pero el deseo de tomar el control ganó.

Con un gruñido ahogado, Leandro soltó el pelo de Franco y le apartó la cara con un empujón brusco, obligándolo a separarse justo antes de soltar siquiera una gota de líquido. Franco se quedó jadeando, con la boca roja y los labios hinchados, mirándolo con confusión y deseo. El de ojos más claros no lo dejó ni respirar; con una fuerza que le quemaba los músculos, lo agarró por las caderas y lo levantó del suelo de un tirón.

Franco cayó de espaldas sobre el colchón, el cuerpo estirado y vulnerable, pero todavía con esa llama desafiante en la mirada. Leandro no perdió ni un segundo en seguir. Se arrodilló entre sus piernas, atrapándolo contra las sábanas, y empezó a recorrerle el cuerpo con besos lentos y calientes, bajando desde el cuello, pasando por sus pezones rosados, hasta llegar a la parte baja de su abdomen.

—Ahora te toca a vos, pero no esperes que te termine haciendo el amor… —le susurró Leandro en la boca del estómago, mientras sus manos bajaban a la cintura de Franco, marcando su piel con la presión de sus dedos.

Franco soltó un jadeo tembloroso, arqueando la espalda mientras sentía cómo Leandro exploraba cada rincón de su torso con una mezcla de devoción y maldad. La luz del atardecer que se colaba por la persiana a medio cerrar parecía arder sobre sus pieles transpiradas. Leandro, sintiendo el calor desesperado que emanaba el chico, se apartó apenas unos centímetros, dejando que sus ojos recorrieran con una lentitud tortuosa el cuerpo que ahora tenía a su absoluta disposición.

La atmósfera en la habitación, ya cargada de una tensión casi insoportable, se rompió cuando Leandro se lanzó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Franco. Sus ojos, oscurecidos por el deseo, recorrieron la silueta de aquel cuerpo con una lascivia que no ocultaba nada, deteniéndose sin vergüenza en la curva de sus glúteos, que resaltaban provocadores ante él.

—Qué vista, ¿no? —soltó Leandro con una voz ronca y cargada de un sarcasmo punzante. —Una lástima que Lando no tenga idea de lo que se está perdiendo.

Franco, lejos de intimidarse, soltó una risa sutil y desafiante mientras se daba la vuelta con parsimonia, quedando de espaldas y arqueando apenas la cintura para resaltar más su cuerpo.

—¿Te gusta lo que ves? —replicó Franco, con la respiración entrecortada y los labios aún húmedos.
—Porque si seguís con tanta cháchara, te vas a quedar con las ganas. Sos un medio lerdo, Paredes.

Leandro no le respondió con palabras. Su paciencia se agotó en un segundo. Se abalanzó sobre él y, antes de que Franco pudiera procesar el movimiento, le propinó un golpe firme y seco en una de sus nalgas, dejando la marca de su mano impresa sobre la piel pálida.

El sonido del impacto resonó en el cuarto, seguido inmediatamente por un agarre brutal, el mayor le hundió los dedos en la carne, apretando con posesividad, atrayéndolo y obligándolo a pegarse más contra él.

Franco soltó un gemido agudo, una mezcla de sorpresa y placer que le salió de lo más profundo. Su respiración se volvió errática, un siseo contra las sábanas, mientras sentía el agarre de Leandro dominando cada centímetro de su cuerpo.

—Cuidado con lo que pedís, nene —susurró Leandro contra su oído, su voz vibrando con una intensidad peligrosa. —Porque cuando empiece, no voy a tener ninguna intención de parar hasta que me supliques que lo haga.

Tras una suave risita, el morocho no soltó el agarre, al contrario, hundió más los dedos en la carne del chico, marcando el terreno antes de bajar su mano libre hacia el centro de la acción. Franco soltó un jadeo tembloroso contra las sábanas, su respiración convirtiéndose en un siseo irregular que llenaba el lugar.

Sin quitarle la vista de encima, y queriendo ver cómo la soberbia de Franco se desmoronaba bajo su tacto, Leandro introdujo un dedo, previamente ensalivado, con una lentitud deliberada, casi tortuosa. Lo hizo entrar sin avisar, estirando, sintiendo cómo el cuerpo de Franco se tensaba y contraía instintivamente alrededor de él. El mayor se tomó su tiempo, moviendo el dedo con precisión, sabiendo exactamente qué puntos tocar para que Franco perdiera el hilo de sus propios pensamientos.

—¿Te gusta así? —preguntó Leandro, su voz cargada de un sarcasmo gélido mientras jugaba con él, entrando y saliendo con una cadencia que era pura provocación. —¿O preferís que me apure?

Franco apretó los dientes, enterrando la cara en la almohada para ahogar un gemido que sonó como un sollozo de pura frustración. Sus caderas se movían solas, buscando más, buscando algo que Leandro le negaba con una sonrisa ladina. añadió un segundo dedo, obligando a Franco a abrirse más, a rendirse completamente a la invasión. Jugó con sus paredes internas, presionando, girando, deleitándose al escuchar cómo el aire le faltaba con cada movimiento.

—Sos un desgraciado... —logró articular Franco, con la voz rota, intentando retomar algo de control aunque su cuerpo le traicionara con cada espasmo.

Leandro rió, un sonido bajo y ronco que vibró en la espalda del menor. Aprovechó que el otro estaba distraído intentando respirar para darle otro golpe firme en el otro glúteo, una palmada que dejó un ardor excitante y que hizo que Franco se estremeciera de la cabeza a los pies.

—No soy un desgraciado, ey. Solamente estoy siendo considerado y te estoy preparando, bonito —susurró, antes de empezar a usar sus dedos con una velocidad y profundidad que hizo que Franco empezara a perder la batalla contra el placer, arqueándose desesperadamente contra la mano que lo torturaba.

Leandro sentía la urgencia latiendo en sus sienes, pero la rabia y el deseo de dominio eran más fuertes. Justo cuando Franco, con la cara hundida en la almohada, estaba al borde del colapso bajo el ritmo frenético de sus dedos, se detuvo en seco y le quitó la mano.

El castaño soltó un quejido agónico, perdiendo el apoyo y dejando que su cuerpo cayera desplomado contra el colchón, buscando el contacto que le acababa de arrebatar.

—Date vuelta —ordenó Paredes, con una voz que no admitía réplicas.

Franco obedeció, girándose con torpeza, con los ojos brillando de una mezcla de frustración y necesidad. Leandro se posicionó entre sus piernas, obligándolo a abrirlas del todo, dejándolo completamente expuesto y vulnerable. Se inclinó sobre él, apoyando sus manos a ambos lados de la cabeza del más chico, acorralándolo contra el colchón.

—Quiero verte la cara —susurró Leandro, con los ojos perdidos en el deseo mientras recorría con la mirada los labios hinchados de Franco.

Franco intentó mantener la mirada, pero el aire le faltaba. Sin darle más tiempo, el tatuado se posicionó frente a su entrada. Presionó la punta contra él, sintiendo cómo el menor se arqueaba instintivamente hacia adelante, buscando la profundidad que Leandro le negaba por un segundo.

—Mirame, Colapinto —repitió, y en el instante en que sus ojos se encontraron, Leandro se hundió en él de un solo empuje, lento, pesado y firme.

La habitación se llenó con el sonido del jadeo profundo de Franco, que se quedó sin aire ante la invasión total. Leandro se quedó estático un momento, sintiendo cómo los músculos internos del chico se contraían alrededor de él, atrapándolo, mientras le acariciaba la cara con el pulgar, observando cómo el placer y el dolor se fusionaban en una sola expresión en ese rostro que ahora le pertenecía.

—Ahí está.. —murmuró Leandro, empezando a moverse con una cadencia deliberadamente lenta, disfrutando de cada centímetro de fricción. —Mírame bien, así no te olvidás de quién te está haciendo esto.

Franco asintió con los ojos desorbitados, clavados en los de Leandro. A medida que este aceleraba, pasando de la lentitud a un ritmo más firme y constante, el cuerpo del menor comenzaba a perder el control sobre sí. Sus manos se aferraban a los hombros de Leandro, hundiendo las uñas en su piel, buscando aferrarse a él.

Cada vez que Leandro encontraba un ángulo distinto, o una embestida más profunda, Franco soltaba un gemido agudo y ahogado que terminaba en un suspiro tembloroso.

Leandro, viendo cómo la mirada de Franco se nublaba por el exceso de estímulo, dejó de moverse por un segundo. Con una mano, le sujetó la cara con firmeza, obligándolo a enfocar, a no cerrar los ojos. Sus pulgares presionaban contra sus mejillas, forzándolo a mantener el contacto visual mientras, de un solo golpe seco, el mayor retomaba el movimiento con una velocidad que hizo que aquel chico se arqueara violentamente.

—Mirame —gruñó Leandro, y esta vez, el movimiento no fue lento.

Comenzó a embestir con una ferocidad salvaje, perdiendo la delicadeza. Franco, con la boca entreabierta, dejó escapar un grito que se convirtió en una serie de gemidos incoherentes.

Su respiración era un siseo constante, mientras su cuerpo se volvía un manojo de nervios y espasmos.
Leandro, con los dientes apretados y el rostro marcado por la tensión, le agarraba el rostro cada vez que Franco intentaba cerrar los ojos por el placer que lo desbordaba, obligándolo a ser testigo de cada vez que ese hombre entraba y salía, de cada vez que reclamaba ese espacio.

El sudor les cubría la piel, haciéndolos brillar bajo la ya tenue luz que se esparcía por el lugar. Franco ya no podía sostener la mirada por mucho tiempo, su cabeza caía hacia atrás o se hundía en la almohada, pero Leandro lo corregía al instante, tirando de su mandíbula o de su pelo, recordándole quién tenía el control. Era una danza brutal, donde solo existían el choque de sus cuerpos y la entrega total de Franco, que ya solo respondía con espasmos frenéticos y gemidos que llenaban cada rincón de la pieza.

El cuerpo de Franco comenzó a sacudirse violentamente, sus caderas buscando el punto donde Leandro lo hacía estallar. Sus uñas se clavaban en la espalda ajena, dejando marcas rojas, mientras un grito ahogado y prolongado escapaba de su garganta; su orgasmo lo tomó por sorpresa, una descarga que lo dejó temblando, con los músculos contraídos y la piel encendida.

Leandro, sintiendo el espasmo frenético de las paredes internas de Franco, apretó los dientes, con las venas del cuello marcadas por el esfuerzo de no ceder ahí mismo.

Sin mediar palabra, con una mirada feroz, le hundió los dedos en la cintura, tirando de él con brusquedad. Franco apenas tuvo tiempo de abrir los ojos, nublados por el placer, antes de sentir cómo lo levantaban en el aire. En un movimiento seco, Leandro lo obligó a darse la vuelta, acomodándolo a horcajadas sobre su regazo.

El roce fue algo brusco. El menor aterrizó sobre él, siendo penetrado hasta lo más profundo de su ser.
El impacto fue tan profundo que la respiración de ambos se cortó al unísono. Leandro se quedó estático un segundo, apretando sus manos contra los muslos de Franco hasta dejar marcas blancas, mirando con lascivia ma boca entreabierta del otro.

Franco, todavía convulsionando por los restos de su orgasmo, bajó la cabeza hasta chocar su frente contra la del otro. El aire entre ellos era escaso, solo un intercambio de alientos calientes y pesados. Leandro comenzó a moverse desde abajo con cautela. Franco respondió instintivamente: sus manos buscaron el pecho del tatuado, aferrándose, mientras sus caderas empezaban a seguir el juego de la fricción, moviéndose con urgencia y acatando lo que su cuerpo le ordenaba.

Cada embestida de Leandro, ahora más alta y dominante desde el fondo, era respondida por un jadeo sordo de Franco. El mayor le sujetó la nuca, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello, mientras el ritmo se aceleraba hasta volverse un golpe seco, rítmico y salvaje entre ambas pieles. Ya no había mucho que decir, solamente se escuchaba el sonido de la piel chocando, el crujir de la cama y los espasmos de Franco, que cada vez que sentía la verga de Leandro, solo podía responder con un gemido que terminaba en un suspiro entrecortado, perdiéndose en la penumbra del cuarto.

Leandro, con la respiración hecha un siseo ronco contra su hombro, intensificó las embestidas desde abajo. Eran golpes secos, que obligaban al otro a moverse en un vaivén rítmico que lo dejaba al borde del desmayo. Franco, todavía sensible por el orgasmo reciente, sentía cada roce como una nueva sensación que jamás había experimentado.

De la nada, el morocho frenó el movimiento de sus caderas, deteniendo el ritmo en seco, dejando a Franco en el aire, suspendido sobre él, con los músculos en pura tensión. Sin decir nada, le clavó los dedos en los costados y lo obligó a seguir el movimiento por sí mismo.

—Dale —gruñó, una orden sorda que vibró contra la piel lechosa del menor.

Franco, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en los de Leandro, comenzó a montarlo. Al principio fue un vaivén lento, cargado de una fricción agónica, hasta que encontró el ritmo que el mayor le exigía.
Mientras se hundía, buscando el fondo una y otra vez, las manos grandes recorrían su cuerpo con una posesividad obsesiva; sus dedos se paseaban con fuerza por la curva de su espalda, bajando hasta apretar sus glúteos con firmeza, obligándolo a pegarse más a él en cada embestida.

Leandro se concentraba maniáticamente en marcarlo. Su cabeza subió, buscando el cuello de Franco. Primero fueron besos húmedos, casi lentos, que contrastaban con la urgencia del movimiento de las caderas de ambos. Luego, la suavidad se transformó en algo más salvaje, el de ojitos claros le clavó los dientes en la piel, succionando y dejando marcas rojizas en la base del cuello, reclamando cada rincón.

Franco soltó un gemido largo, un sonido que nació desde el estómago, mientras se arqueaba bajo el peso de esos mordiscos. Se movía sobre Leandro con desesperación, sus manos aferradas al colchón o a los hombros ajenos para buscar estabilidad y así seguir con su tarea. El sudor los hacía resbalar, pero ninguno se soltaba. Las manos del hombre no paraban; subían y bajaban, recorriendo la columna vertebral de Franco, sintiendo cómo los músculos de este se tensaban y se relajaban con cada golpe. Estaban absortos de dolor y placer, en un lugar donde solamente se escuchaba el sonido de la piel chocando, los jadeos de Franco contra su oído y el ritmo frenético de sus cuerpos que, poco a poco, empezaban a perder la cordura.

Franco aceleró de golpe, perdiendo cualquier rastro de timidez o duda. Se sostuvo fuertemente de los hombros de Leandro con fuerza, clavando las uñas en su piel, y empezó a montarlo con un ritmo frenético, casi violento. Subía y bajaba con una velocidad salvaje, buscando la máxima profundidad en cada golpe, haciendo que el impacto entre sus cuerpos resonara en toda la habitación con un sonido obsceno y constante.

Leandro tiró la cabeza hacia atrás contra el respaldo de la cama, con los ojos cerrados y la mandíbula tan apretada que le dolían los músculos de la cara. Sus manos, que seguían firmes en el culo de Franco, ya no intentaban guiar el movimiento; simplemente lo sostenían, apretando la carne con desesperación a medida que sentía cómo el interior ajeno lo empujaba directo a tocar su pico de satisfacción. Las paredes internas de Franco, calientes y húmedas, lo envolvían a una velocidad que le quemaba la poca cordura que le quedaba.

El menor ahora soltaba gemidos cortos, que se cortaban con cada embestida. El sudor les corría por el pecho, mezclándose en el punto donde sus cuerpos chocaban. El vaivén se volvió tan caótico y desesperado que Leandro abrió los ojos de golpe, con la mirada completamente perdida, para tratar de ver el rostro de Franco: tenía la boca completamente abierta, babeando del puro éxtasis mientras intentaba encontrar aire, con la mirada perdida y los ojos en blanco, mostrando el cuello lleno de mordidas rojas e hinchadas que brillaban por la mezcla de transpiración y saliva.

Esa imagen fue suficiente. Leandro sintió la presión acumulándose en la base de su pene, una corriente que ya no pudo contener. Con un último gemido sordo que se ahogó en su garganta, tiró de las caderas de Franco hacia abajo con una fuerza brutal, obligándolo a encajar por completo en un golpe definitivo mientras se venía dentro de él.

El espasmo fue agresivo. El mayor se arqueó sobre el respaldo, derramándose con pulsaciones pesadas y calientes que hicieron que Franco soltara un grito agudo, apretándolo con fuerza mientas recibía toda la carga. Se quedaron en esa posición durante varios segundos, temblando al unísono, con el pecho de ambos subiendo y bajando de manera errática, atrapados por el final de ambos hombres.

Franco se dejó caer hacia adelante, sin fuerzas, desplomándose por completo sobre el pecho de Leandro. Sus piernas seguían a cada lado del cuerpo robusto, pero sus extremidades ya no respondía; era un peso muerto, cálido y bañado en sudor. Apoyó la mejilla justo encima del corazón del otro, escuchando los latidos frenéticos que poco a poco intentaban encontrar un ritmo normal.

Leandro soltó una bocanada de aire, dejando caer los brazos a los costados del colchón durante un par de segundos, completamente reventado. El techo de la habitación parecía dar vueltas en la penumbra. Sentía el calor intenso que emanaba el menor, la respiración pesada e irregular que le hacía cosquillas en la piel del pecho, y el cansancio mutuo pegándose a las sábanas revueltas.

Con una lentitud que contrastaba con la violencia de hacía unos minutos, el hombre levantó una mano y la llevó a la cabeza de Franco. Pasó los dedos entre sus mechones húmedos por la transpiración, acariciándole el pelo con un ritmo perezoso, casi ausente. El chico soltó un suspiro largo, un siseo de puro alivio, y se acomodó mejor contra él, hundiéndose en el abrazo implícito.

Ninguno de los dos tenía intenciones de moverse ni de romper el silencio. El cuarto quedó sumido en una calma pesada, densa, donde solo se escuchaba el murmullo acompasado de sus respiraciones volviendo a la normalidad en la oscuridad.

El silencio en la habitación ya era espeso, roto solo por sus respiraciones y el roce sutil de las sábanas. Franco seguía con la cabeza apoyada en el pecho de Leandro, sintiendo cómo los latidos de este finalmente se habían estabilizado. La tensión salvaje de hacía un rato había mutado en una pesadez cómoda, dejándoles el cuerpo flojo y la mente en blanco.

Leandro, que seguía pasando los dedos de forma perezosa por el pelo de Franco, rompió la calma con una risita baja, un sonido ronco que le vibró directo en el pecho.

—Ey —soltó, mirando el techo con una sonrisita de lado. —Me imagino que ahora ya sabés quién de los dos garcha mejor, ¿no?

Franco ni se movió, solo esbozó una sonrisa contra su piel, disfrutando del ego herido y competitivo de Leandro. Pero este no se quedó atrás, la intriga le venía carcomiendo la cabeza hacía rato y, aprovechando el momento post-sexo, tiró el palito con un tono falsamente desinteresado:

—Va, seguro que el pollito de mi hermano ya te habrá hecho dar un par de vueltas antes que yo, ¿o me vas a decir que no?

Al escuchar eso, Franco no pudo contenerse. Soltó una carcajada limpia y se despegó un poco de su pecho, apoyando el mentón sobre sus manos para mirarlo desde abajo, con los ojos brillando de diversión pura ante la cara de celos camuflados del otro.

—¿Qué decís, tarado? —se rió Franco, negando con la cabeza. —Jamás me cogí a tu hermano. Nunca pasó nada con Lando.

Leandro arqueó una ceja, la mitad de él aliviada y la otra mitad intentando procesar eso sin quedar como un desesperado.

—¿Posta? —preguntó, mirándolo fijo, mientras su mano bajaba de nuevo por la espalda de Franco, recuperando un poco de ese territorio que ahora sabía que era puramente suyo. —Mirá vos...qué lerdo resultó ser Landín. Mejor para mí, entonces.

Franco soltó un bufido divertido y volvió a esconder la cara en el hueco de su cuello, dejando un beso tibio en su piel antes de cerrar los ojos.

—Sos re denso, Leandro. Dejá de competir con tu sombra.

El nombrado no contestó, pero la respuesta fue más bien física. Envolvió a Franco con sus brazos, pegándolo por completo a su cuerpo en un abrazo rústico pero posesivo, atrapando sus piernas con las suyas. Este no se quejó; al contrario, se acomodó en el pecho de Leandro como si ese lugar le perteneciera desde siempre.

La penumbra de la tarde ya se había transformado en la oscuridad de la noche. El aire en la pieza se fue enfriando de a poco, pero entre las sábanas revueltas el calor de los dos era lo único que importaba. Con la respiración de Franco volviéndose pausada contra su pecho, Leandro cerró los ojos, saboreando el peso de un secreto que sabía perfectamente que los iba a volver a juntar en esa cama muy pronto.

Notes:

bueno pipis, es mi primer smut, nunca escribí cosas de este estilo así que mil disculpas si se sintió como sexo típico o repetitivo :(

Pero bueno, espero que lo hayan podido disfrutar y nos estaremos viendo en otra historia!!