Chapter Text
¿Saben? Cuando las cosas estaban densas entre ellos, el Impala siempre resultaba ser el punto neutro, ese que nunca los abandonaba y que, sobre todo, les ofrecía un hogar donde el amor se podía percibir; al menos, ellos nunca se sentían desamparados siempre y cuando estuvieran en ese auto…
Sin embargo, en ese instante, por mucho que Baby tratara de ayudarlos con eso, no podía. El ambiente dentro era tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo de caza.
—Te estoy diciendo que el patrón coincide, Dean —insistió Sam, girándose en el asiento del copiloto, con la maldita laptop iluminando su rostro cansado—. Tres desapariciones en menos de una semana en este pueblo. Las víctimas no tienen nada en común, excepto que todas asistían a la misma iglesia. Seguramente hay demonios relacionados ahí o algo peor. Está a solo cuarenta minutos de la autopista principal.
Dean ni siquiera parpadeó. Tenía los nudillos blancos de tanto apretar el volante y la mandíbula tan tensa que le dolía. El rugido del motor solía ser el único sonido capaz de calmar sus pensamientos, pero esa noche el zumbido sobre el asfalto de la ruta interestatal se sentía como una olla de presión a punto de estallar…
Ya estaba fastidiado, harto y, sobre todo, cansado de ver cómo Sam intentaba, con desespero, buscar a esa demonio que le seguía molestando en sobremanera: Lilith. Relacionaba todo caso, desaparición o muerte con ella y, sinceramente, Dean estaba lleno de esa piedra gigantesca en su zapato. El mal humor se exponía en sus facciones, eso era tan seguro como lo que le respondería, de nuevo:
—Y yo ya te dije tres malditas veces que no hay caso, Sammy —escupió Dean, con la voz pastosa, arrastrando las palabras con un cansancio que iba más allá de lo físico—. Es algo completamente humano. No hay nada de paranormal en un par de monaguillos adolescentes que salieron corriendo de sus casas y no han vuelto, y un miserable vagabundo que dejaba limosna en la iglesia que ya no está en los alrededores... que por una vez que hayan dicho que veían fantasmas sea verdad. Sam, no vale la pena perder el tiempo.
—Hemos conducido más por menos que esto. ¿Desde cuándo te importa si es monaguillo o un vagabundo que dicen ver fantasmas, las personas afectadas? —soltó Sam, frustrado, molesto y, sobre todo, confundido.
Desde que Dean había vuelto del Infierno, la distancia entre ellos se había vuelto abisal. Ya ni siquiera lo miraba como antes; ahora, apenas le veía a los ojos y Dean desviaba la vista al instante. El único momento verídico que había tenido de cercanía con su hermano fue cuando lo abrazó al llegar a esa habitación junto con Bobby; después, nada de toques como palmadas o roces siquiera.
Era como si Sam le quemara, como si le hiciera daño con solo rozarlo y, al verlo, Dean hacía una mueca como si Sam oliera a perro muerto o a desecho tóxico; no sabía qué pasaba, pero sí sabía que eso le estaba arrebatando a su hermano.
Sam ya no pudo tolerar más.
—¡Hay personas muriendo, Dean! —insistió con fuerza. Ya no pedía ni suplicaba; ahora estaba exigiendo atender a ese sitio—. ¡Debemos ir a revisar cuando menos!
Pero Dean negó con un movimiento de cabeza, lo cual terminó por desquiciar al menor de los Winchester.
—Suficiente —mencionó, cerrando su laptop de golpe, tomando su mochila para la misma del asiento trasero—. ¡Detén el auto o lo haré yo! —imperó.
Dean frenó de golpe, justo como aborrecía hacerlo, y todo porque Sam habría abierto la puerta cuando notó que su hermano no desaceleraba. Al estar ya quieto el auto, Sam bajó y cerró azotando la puerta. “Lo siento, cariño”, se disculpó mentalmente y con una caricia leve al costado de la puerta con el auto; podría estar enojado con su hermano, pero Baby no tenía la culpa de ello.
—¡¿Qué diablos crees que haces?! —Dean bajó de inmediato y lo siguió hasta la parte trasera del Impala.
—Quiero mi mochila. Abre la cajuela, no lo volveré a pedir amablemente —repitió Sam la orden—. No estoy bromeando, ¡abre la maldita cajuela!
Dean notó el destello oscuro en esos orbes hazel. Lo hizo, pero por dos cuestiones: una de ellas, no dañaría a su auto por un capricho de Sam y, la segunda, no lastimaría a su hermano por algo así. Abrió la cajuela y Sam comenzó a juntar sus cosas: su ropa, su arma, un poco de munición, agua bendita y ciertos artilugios que pudiera necesitar.
Lo echó todo sin cuidado en la maleta, luego retomó su postura y cerró él mismo la cajuela, esta vez sin lastimar al Impala.
—Nunca pensé que fueras del tipo de persona que juzga y menos cuando nosotros mismos hemos cruzado líneas tan finas que se difuminan con lo que está bien o mal.
—Sam, no hay nada ahí.
—¡¿Cómo puedes estar seguro?! ¡¿Tienes súper poderes de los que no hemos hablado?! ¡¿O ya tienes línea directa con los ángeles y ellos te dicen sí o no?! Desde que volviste del Infierno, te desconozco; ahora, pareces un perro de ataque con una correa más corta que la que papá tenía atada a tu cuello.
Esas palabras perdieron el sentido ante el pitazo que le quedó en sus oídos luego del puñetazo recibido. Fue tan fuerte que Sam juntó la sangre y saliva para luego escupirla a un costado; regresó la vista a su hermano, sonrió mostrando los dientes blancos manchados de rojo y asintió:
—Como lo pensé, ya juegas bajo reglas distintas. Pero yo seguiré con lo mío; total, estuve solo por unos meses y claramente soy capaz de cuidarme por mi cuenta. Adiós, Dean, cuídate.
Sam no le dijo nada más, se echó la mochila al hombro y comenzó a caminar en dirección opuesta a la que Baby quedó señalando.
Dean se quedó ahí, viendo cómo la silueta de su hermano era tragada por esa oscuridad que parecía acariciarlo con elegancia por toda la figura; sintió celos y coraje… Mejor la negrura obtenía eso que él quería y que le correspondía. ¡Que era suyo por derecho!
Suspiró.
Sacudió la cabeza; una vez más estuvo a punto de cometer una tontería, un pecado por el cual los mismos ángeles lo regresarían al Infierno… Era mejor dejar que Sam se marchara.
{...}
Sam se alejó lo suficiente como para que el ronroneo de Baby se perdiera a la distancia. Al frente solo había oscuridad y grillos que coreaban dándole un poco de compañía; no que la quisiera, pero que sí agradecía. Se limpió el rastro de sangre del labio con el revés de la mano; las cosas con Dean estaban de mal en peor y él no sabía ya cómo llegarle, cómo hablarle para que, cuando menos, le compartiera un poco de lo que sentía.
Caminó por el acotamiento durante minutos que no contó; todo en su mente era Dean de vuelta, Dean hablándole, Dean peleando, Dean comiendo a su lado, Dean siendo su hermano de nuevo… Él pensó que nunca más lo vería después del ataque del sabueso infernal y ahora, luego de semanas de convivencia, de nuevo lo estaba perdiendo sin necesidad de que un ente se lo arrebatara…
¡Era peor así!
Los faros amarillentos de una vieja camioneta Ford de los ochenta iluminaron su sendero al frente.
Sam extendió el pulgar, forzando su mejor sonrisa de "chico universitario perdido" aunque el labio le doliera. El conductor, un granjero local con olor a tabaco de mascar y estiércol, no hizo preguntas; solo asintió con la cabeza y le señaló el asiento del copiloto. Durante el trayecto hacia el pueblo, Sam se quedó pegado a la ventana, dejando su mochila con ropa entre ambos y su maletín para la laptop sobre sus piernas; sí confiaba en las personas, pero no como quisiera, debiera o le gustaría.
Su pecho se sentía apretado: quizás la rabia que bullía en su interior, quizás la soledad, quizás solo un poco de nostalgia de ahora no tener a Dean ni al auto…
De nuevo, Dean volvió a su mente…
Y el puñetazo, y ese típico zumbido en sus oídos.
Su hermano lo había golpeado. Dean lo había dejado tirado en medio de la carretera, solo… Ese no podía ser su hermano ¿o sí? Pero ¿qué tanto se puede conservar de lo que eres si es que regresas a la vida y, lo peor, luego de pasar unas vacaciones en el Infierno? Pues no podría saberlo.
Dean no le decía nada.
{...}
Mientras tanto, a unos kilómetros de ahí, en la dirección opuesta, Baby devoraba el asfalto bajo el control de un Dean Winchester que conducía con el alma rota y los nudillos de la mano derecha palpitando de dolor.
¿Qué demonios hice?, se repetía mentalmente, apretando los dientes mientras la culpa lo quemaba por dentro. Le había pegado a Sammy. Había visto la sangre correr por su labio y, aun así, lo dejó solo en esa carretera desierta.
Pero, sinceramente, la alternativa en ese auto era peor; si Sam seguía presionándolo, si seguía mirándolo con esos malditos ojos hazel implorándole confianza, Dean iba a terminar confesando cosas que no tenían perdón de Dios.
Cosas que lo asqueaban de sí mismo.
Cosas que se descubrieron en el Infierno y que lo rompieron completamente.
El daño físico no quebró a Dean Winchester; lo que lo quebró completamente fue eso que Alastair encontró y que supo usar, y que desde que había vuelto no lo podía sacar de su mente; era como un géiser haciendo erupción de vez en cuando, continuo, constante, ese acumular de emociones y sentimientos que no debía tener…
Necesitaba ruido. Necesitaba alcohol. Necesitaba cualquier cosa que apagara el incendio de su cabeza.
Como invocado por su propia miseria, un letrero de neón parpadeante apareció a la orilla de la carretera, anunciando un bar de carretera llamado "The Crossroads' Rest". El estacionamiento estaba a reventar: una línea imponente de motocicletas Harley-Davidson y camionetas antiguas flanqueaban el lugar. Desde afuera se escuchaba el bombo pesado de una batería tocando blues rock clásico y el murmullo espeso de una multitud.
Dean estacionó el Impala frente a la línea de motocicletas, a un costado de un inmenso árbol que no sabía cómo se llamaba, pero que resultaba colosal. Apagó el motor y respiró hondo. Caminó directo a la puerta con esa confianza un poco mermada, y no porque no supiera cómo lidiar con esos sujetos o el lugar, sino porque al voltear a ver el auto, el copiloto no estaba y esa risilla de gato junto con la mirada tan pura que le dedicaba, tampoco.
Sam le hacía falta.
Al cruzar la puerta de madera y que el olor a cerveza rancia, sudor y humo de cigarrillo le golpeara directo en la nariz, Dean se dio cuenta de que, en un día normal, ese lugar sería una mina de oro. Podría jugar un par de mesas de billar, estafar a algunos tipos duros con apuestas falsas, coquetear con la mesera en turno y embolsarse unos cuantos billetes para pagar el próximo motel.
Y, sin embargo, con un suspiro que escapó de su ser, se dio cuenta de que no tenía energía para actuar. No quería sonreír falsamente, no quería sostener un taco de billar ni quería la compañía de una mujer que terminara recordándole lo que no podía tener.
Esquivó la zona de las mesas y se abrió paso directamente hacia el fondo del local, tomando asiento en la esquina más apartada de la barra de madera gastada, donde ese sitio se reservaba para casos extremos que el barman (como en todos los bares) usaba como confesionario improvisado.
Justamente, el cantinero, un hombre de edad indescifrable con un tatuaje descolorido en el antebrazo y ojos extrañamente calmos que parecían haberlo visto todo en esta vida, se acercó sin prisa. La barba canosa, el corte de cabello rudo y ese porte mostraban que podía lidiar con lo que fuera, sin importar si era físico o no.
Dean asintió e hizo la seña de “1” con el índice; eso abrió la cuenta y la charla entretiempos con ese hombre que, antes de comenzar a intercalarle whisky y cervezas, le pidió pago por adelantado, las llaves, así como un número de celular para marcarle a alguien y que fuera por él.
—No quiero mala fama en mi sitio —fue lo que le dijo.
Dean pagó más de quinientos dólares, le dio el celular sin contraseña y solo le pidió que sirviera, así sin más.
El cantinero alzó la ceja; eso era mucho dinero para alguien tan joven. Bueno, él serviría hasta donde ese chico cayera dormido.
Entre tragos pesados, cervezas y atención al resto de la clientela, el barman comenzó a charlar con ese hombre. Dean se convenció de que nunca más vería a ese sujeto, así que decidió charlar abiertamente con él un rato. ¿Total, qué podía pasar?
—Entonces, ¿tu mal de amores es hacia un hombre y no te atreves a confesar? —preguntó el barman, luego de la hora pico en ese sitio.
El volumen de la música había bajado un poco, hombres y mujeres ya estaban relajados quizás por las cantidades de alcohol en su sistema, pero el ajetreo les permitía la charla fluida. Ese hombre se sorprendió de la resistencia de ese chico, en serio que bebía como cosako viejo. Seguro poseía un hígado de reemplazo.
El volumen de la música había bajado un poco; hombres y mujeres ya estaban relajados, quizás por las cantidades de alcohol en su sistema, pero el ajetreo les permitía la charla fluida. Ese hombre se sorprendió de la resistencia de ese chico; en serio que bebía como cosaco viejo. Seguro poseía un hígado de reemplazo.
—Lo sé. Asqueroso, ¿cierto? —la risa nerviosa de Dean delataba la vergüenza.
—Mmm, no, no es eso. Es solo que en esta sociedad actual no hay tanto freno; entonces, me sorprende que un chico guapo como tú tema no ser suficiente para confesarse.
Dean sonrió.
—No es problema que sea un hombre —siguió—. El problema es que…
Luego guardó silencio, negando. Él sabía que, sin importar qué tan abierto de mente se mostrara ese sujeto, al escuchar la frase de “Amo a mi hermano de forma no fraternal” se espantaría, lo juzgaría y señalaría; seguramente tendría que salir de ahí con rapidez, y se sentía cómodo en ese lugar, en ese banco, con ese ambiente.
Entonces, Dean no mencionaría nada de esa relación.
—Solo diré que está prohibido —mencionó Dean. Quizás no fue la mejor elección de palabras, porque fue capaz de ver la cara horrorizada de ese hombre—. ¡No, no! ¡Santo cielo! No, no es un menor de edad. Se llama Sam y puedes buscar una foto en mi celular para que te sientas más tranquilo.
Dean ofreció tal acceso; el barman tomó el móvil, lo abrió y buscó. Solo bastó un poco de movimiento en la galería para encontrar la foto de Sam, sonriendo plenamente, sentado sobre el Impala, comiendo lo que parecía ser una hamburguesa. Se veía feliz, radiante y muy, muy pleno.
—Vaya, sí que es guapo.
—¿Verdad que sí?
—Pues no entiendo cuál es el problema, amigo, pero… —luego el barman guardó silencio, lo miró de nuevo con serenidad y asintió—. De acuerdo, haré una excepción ya que me das confianza, aunque debo aclarar: esto pudiera ser una charlatanería, ¿de acuerdo? Una mera chuchería local que me intercambiaron hace mucho los nativos propios de la zona; estaban de paso, pero…
Dean se quedó viendo atento. El barman se dio la vuelta y, de debajo de la repisa principal, sacó una botella de vidrio oscuro, sin etiqueta, que parecía haber estado guardada por décadas.
—Según ellos, un trago de esto te hará olvidar eso que sientes, al menos hasta que tengas que confesarlo o, de plano, hasta que te deshagas de ello; así lo entendí yo, no sé si sea a lo que ellos se referían. ¿Qué dices? ¿Te atreves? —preguntó sirviendo la bebida.
Lucía como rompope, pero en negro; así de espeso, viscoso, aunque olía a vainilla. Dean dudó; ese destello en el pequeño vaso le decía que no lo tomara, su estómago de cazador experimentado se retorcía mostrándole que era mala idea, que no lo hiciera.
Pero Dean estaba desesperado y, si con una sola bebida ese sentimiento se iba de su ser, que así fuera. Lo tomó sin dudar, lo alzó y se lo dedicó al barman. Lo bebió de un hilo hasta el fondo, luego golpeó el vaso contra la barra y sonrió.
Miró a todos lados, buscando algo raro en él, pero no había nada… por unos segundos. Luego, una extraña comezón por todo su cuerpo le hizo vibrar primero, para luego apretar todos y cada uno de sus músculos, tensarse y, después, poder sentir que algo se escurría de él, abandonándolo y haciéndolo más ligero, al menos de pensamientos. Gruñó al final, sacudiéndose. Miró sonriendo al barman.
—Esto patea como mula, pero es de efecto retardado —se burló, para luego beber otro shot de whisky ya normal.
—Menos mal tiene buen sabor —el barman cerró la botella y la devolvió a ese sitio empolvado.
Dean continuó bebiendo, sintiendo cómo el alcohol normal quemaba el recuerdo del golpe, pero sin notar que la verdadera pesadilla apenas comenzaba.
Afuera, la noche parecía haberse vuelto más densa alrededor de Baby. La oscuridad se concentró en el punto justo detrás de la salpicadera trasera del Impala; la sombra que se había desprendido de Dean terminó de tomar forma. Era exactamente Dean: el mismo que bebía dentro del bar, ese que sonreía de modo resignado y que no tenía idea de lo que acababa de hacer.
Su pesar se acababa de separar de él y, con eso, su espíritu. Dean estaba en un lío y ni enterado de ello. Su otra figura afuera lo vio con atención, casi odiándolo; agudizó la vista para luego sonreír.
El doppelgänger estiró los brazos, tronándose el cuello con el mismo gesto rudo que el cazador hacía antes de una pelea. Miró fijamente la nuca del Dean real a través de la puerta de doble bisagra del bar, grabándose esa debilidad en la memoria, y sonrió de un modo peligrosamente idéntico.
Dean sintió un escalofrío sobrenatural, uno que le dictaba que algo de su línea de trabajo requería atención; pero no vio nada más y, como fue algo pasajero y no se repitió, pensó que había sido propio del alcohol. Continuó bebiendo y charlando.
Mientras afuera, el clon giró sobre sus talones. Sus ojos se enfocaron en la carretera abierta, justo en la dirección opuesta de la que Baby había llegado. La dirección que Sam había tomado.
Sin embargo, él no pensaba caminar bajo la negrura con elegancia.
Sus intenciones eran mucho más mezquinas.
Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta de cuero —una réplica exacta de la de Dean— y sus dedos rozaron el metal frío de un juego de llaves idéntico al original. Con paso tranquilo y seguro, caminó hacia la puerta del conductor del Impala. El pestillo cedió sin resistencia. El clon se deslizó en el asiento de vinilo, acarició el volante con una familiaridad escalofriante y encendió el motor. El rugido de Baby rasgó el aire de la noche.
Antes de meter velocidad, el doble sacó un teléfono celular del bolsillo. Lo primero era rastrear a Sam; lo segundo, bueno, eso lo decidiría al momento de verlo, pero, sí o sí y a la voz de ya, impedir que el Dean verídico, Bobby o cualquier otro ser se interpusiera en su misión era lo primordial.
Usando esa crianza de espía y militar, el clon intervino el celular de Sam, mostrando una interfaz idéntica en otro de los móviles: un espejo digital perfecto que parpadeaba, interceptando y clonando cada señal, cada mensaje y cada llamada que el menor de los Winchester intentara hacer a partir de ese segundo. El clon guardó el aparato, metió primera y aceleró a fondo, engullendo los kilómetros de asfalto en busca de su presa.
De ese modo, estaba desactivando cualquier amenaza posible para él y, al mismo tiempo, le daba ese espacio necesario para su única misión.
Dentro del bar, el sonido del motor de un Chevy del 67 perdiéndose en la distancia se confundió con el bombo pesado de la batería de blues. Dean dio el último trago a su vaso, completamente ajeno a que su posesión más sagrada, su identidad y la seguridad de su hermano se alejaban a toda velocidad en la oscuridad de la noche.
