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My one and only love

Summary:

Nos quisimos tanto que terminamos pudriéndonos por dentro. No sé en qué momento dejamos de abrazarnos para empezar a asfixiarnos, pero el pecado ya está en la sangre. Me da asco pensar en tus manos lejos de mí, me enferma pensarte en brazos de alguien más. No sabíamos amarnos, pero tampoco concebimos la vida lejos del otro. Y, si tengo que morir para retenerte, juro que nos moriremos juntos.

Solamente un Jiang Cheng enloqueciendo y jurando amor eterno a su único amor, Lan Xichen.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

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Aún podía recordar la primera vez que deseó ser amado. Tenía apenas 12 años cuando se quedó solo con la televisión prendida. Al principio no estaba prestando atención a lo que sea que estaban pasando, sin embargo, la escena de un beso apasionado tan vívido que parecía que los actores realmente anhelaban besarse, llamó su atención. 


La calidez con la que se abrazaban, el cómo sus pestañas temblaban con intensidad por el amor que sentían mutuamente, sus labios rojizos por el beso. Todos y cada uno de los detalles llenaron a su corazón de una abrumadora y pesada sensación que nunca antes había sentido. 


¿Alguna vez él sentiría lo mismo por alguien? ¿Alguien alguna vez lo amaría con tanta intensidad como para besarlo tan apasionadamente? ¿Lo mirarían como el protagonista masculino veías a su coprotagonista? ¿Era siquiera merecedor de ser querido?


Sus piernas se movieron por cuenta propia hasta llegar al espejo que colgaba de la puerta de la habitación. En él se reflejaba su apariencia demacrada, su cabello estaba revuelto por rodar todo el día en cama y su cara se veía más inflamada de lo normal por una extraña razón. 


Feo.


Pensó. Claro, por eso nadie se fijaba en él. Era feo, tonto, sin gracia y tenía una voz tan irritante que dolía escucharlo. Quizás siendo hombre tendría la suerte de ser amado por alguien, pero no fue así, era tan afeminado 


Claro, solo lo hacía aborrecible para la sociedad y estuvo convencido por ello durante años.


Con el paso del tiempo aquel deseo infantil comenzó a crecer junto a él. Nunca nadie se enamoró de él, nunca nadie preguntó por él y aún así siguió viviendo de la añoranza de un amor inexistente. Uno que no obtuvo hasta cumplir los 20 años.


Seguía siendo jóven y tenía un futuro por delante, pero eso no lo hizo dudar de aferrarse a la primera oportunidad que se le cruzó por el camino.


El primer chico a quien llamaba 'mejor amigo' fue el primero en romperle el corazón. Todo empezó con un pequeño beso entre amigos producto de un jugueteó que solo ellos entendían o, bueno, eso era lo que creyó Jiang Cheng. 


Todo era secreto, íntimo, algo de ellos dos literalmente. En el fondo era perfecto, la relación que siempre había soñado, pero a los ojos de los demás ellos dos eran solamente los mismos mejores amigos de siempre que poco a poco comenzaban a distanciarse.


Ser negado era doloroso, pero era aún más doloroso ver como aquel quién creía eterno se alejaba cada vez más de él y, antes de darse cuenta, ya habían terminado pues el chico se comenzaba a enamorar de alguien más.


De un ella.


El segundo chico que creyó que sería el amor de su vida llegó a los pocos meses de acabar su primera relación. Era un jugador de básquet apasionado, amable y totalmente su tipo, pero que, al contrario de lo que parecía, nunca pensó se fijó de manera romántica en él. 


Para su pareja él era simplemente el reemplazo de aquella ex novia que alguna vez estuvo ahí. Aquella que brillaba tanto como el sol, pero que a su vez estaba envuelta en un misticismo similar a la profundidad del mar.


Ella.


Un alguien que Jiang Cheng intentó imitar con todas sus fuerzas. Un alguien que tenía el mismo nombre que Jiang Cheng adoptó solo para complacer a un hombre que lo amaba por su gran parecer a dicha mujer y que se esfumó tan rápido como llegó. 


Pronto el tercero llegó, constantemente se repetía a sí mismo que la tercera era la vencida y el año que duraron juntos lo hizo convencerse de que era así. 


Este tercero fue quien se acercó a Jiang Cheng por decisión propia a comparación de las veces anteriores. Él siempre le mandaba flores, le regalaba chocolates, le llevaba serenata. Hizo hasta lo imposible para conquistar el corazón de aquel chico de corazón sensible.


Comenzaron a salir al poco tiempo. No todo fue perfecto en la relación, peleaban constantemente debido a la baja autoestima de Jiang Cheng así como por la natural presencia del Lan, pero, a pesar de ello, no cabía duda de que en su relación no faltaba amor.


No hasta aquel día. 


Apenas pasaron unas pocas semanas desde su primer aniversario de novios cuando Jiang Cheng decidió buscar a su pareja al trabajo. No era algo que solía hacer pues odiaba sentirse como una carga para su pareja así que eran muy pocas las ocasiones en la que hacía y este día era uno de esos. 


El restaurante quedaba a unas pocas cuadras de su casa, por lo que se podía dar la facilidad de ir y venir a pie. Mientras caminaba su mente divagó entre imaginaciones de cómo su pareja se alegraría por verlo, de cómo se besarían, se abrazarían, se dirían te amo e irían a casa juntos tomados de la mano.


Con cuidado empujó la puerta del restaurante llevándose una gran sorpresa que parecía no ser para él. 


Todo el salón estaba decorado con globos de colores dorados y rojos. A su vez un gran cartel de 'Felicidades, Guangyao' colgaba en una de las paredes beige del lugar.


Guang. Yao.


Jin Guangyao, un nombre que escuchó hacía no mucho tiempo y no le gustaba, le aborrecía, lo odiaba tanto que lo hacía vomitar.


Su mirada recorrió a todas las personas del lugar hasta llegar a la pareja que se estaba abrazando de una manera tan íntima que era incómoda de ver. El hombre acercó sus labios dejándole un beso suave cerca de la comisura de los labios de Jin Guangyao. 


- Lan Xichen... -el nudo que se le formaba fue lo único que le permitió decir antes de salir corriendo.


Sus palabras llamaron la atención de algunas personas que presenciaban la escena, entre ellas, el nombrado quien entendió que estaba pasando.


Estaba por ir a buscarlo cuando sintió como un brazo lo detenía en seco.


- No, no le vayas a mentir de nuevo.


Quien sostenía su brazo era el hombre al que Jiang Cheng alguna vez consideró como su mejor amigo: Nie Huaisang. En su mirada se podía notar la desaprobación de sus deseos, muy a pesar de ser consciente de que, si Lan Xichen fuese a buscarlo, las cosas podrían solucionarse.


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『𓏲ּ𝄢』

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Al salir, el aire frío del otoño chocó contra sus mejillas que se encontraban húmedas por las lágrimas que había empezado a derramar. Ese sentimiento de sentirse como un cero a la izquierda volvió a él haciéndolo derrumbar contra el muro del restaurante que daba a la oscuridad del pasillo que creía que estaba solo.


Sus piernas avanzaban por pura inercia, llevándolo a vagar por las calles cercanas a su departamento. Sabía exactamente por dónde caminaba, pero aun así se sentía perdido, como si el mundo a su alrededor hubiese dejado de tener forma.


El odio, los celos, esa sensación constante de no ser suficiente, todo eso vivía en él desde hacía tiempo. Pero ahora, tras presenciar una vez más el engaño emocional de su pareja, aquellas emociones crecían hasta desbordarse.


Él me engañó.


La frase le martillaba la cabeza. Era ridículo. Él mismo se repetía que no era para tanto, que su berrinche desaparecería apenas cruzara la puerta y fuera recibido por los brazos del hombre que decía amar.


Mentiras. Puras mentiras suyas. Se aferraba a la idea de que se amaban, cuando ninguno de los dos lo hacía. Mientras él buscaba un amor que jamás fue suyo, su pareja simplemente buscaba entretenerse hasta que la persona que realmente amaba regresara a casa.


Cuando por fin llegó al departamento, Jiang Cheng se quedó inmóvil en la entrada. Los primero que vio fue un par de tacones negros, acomodados al lado de los zapatos de vestir de su novio, ¿En qué momento se le habían adelantado en el camino estos dos imbéciles? 


Con la vista aún fija en aquellos insignificantes objetos, se dió cuenta que el mensaje había sido claro. Todos esos momentos de inseguridad, de sentir que claramente su pareja no era feliz con él, estaban frente a sus narices y, aún así, él había preferido ignorarlo incluso ahora que habían llevado a esa mujer al único lugar donde él creía sentirse seguro.


Un portazo retumbó detrás de él cuando abandonó el departamento, limpiándose con torpeza unas lágrimas que creyó no volver a derramar.


Con los dedos temblando buscó el número de su amigo, pero un par de mensajes entrantes de Lan Xichen hicieron que la rabia le hirviera en la garganta. No quería saber nada de ese hombre. No quería explicaciones. No quería seguir pidiendo amor donde nunca lo hubo.


Quería estar solo. Quería respirar.

Quería dejar de sentirse así.


El portazo que dio al salir fue el preludio de su colapso. En la calle, su teléfono vibró con mensajes de Lan Xichen. La garganta le ardió en un grito mudo. Con un espasmo de furia, arrojó contra el asfalto el bolso costoso que Xichen le había regalado, deseando que fuera el cráneo de la intrusa el que se estrellara contra el suelo.


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『𓏲ּ𝄢』

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4 de la mañana. 


Lo único que quedaba en el pequeño departamento compartido era la paz que se había asentado apenas ambos habitantes decidieron cada quien tomar su rumbo debido a la pelea. 


Ninguno iba a admitir que se estaban dejando guiar por sus emociones más primitivas, eran personas que odiaban el no tener la razón por lo que solo podían dejarle al tiempo resolver sus malentendidos.


La tensión suspendida en toda la pieza, se vio interrumpida por un par de pasos vacilantes que se adentraba a la casa. 


Jiang Cheng se apoyó contra la pared del comedor observando el par de tazas sobre la mesa. El único par de tazas que tenía en la casa había sido utilizado y ensuciado por esa perra.


Ese par de tazas que solo le pertenecían a él y a su hombre. 


La cólera subió desde la parte más baja de su pelvis hasta su garganta y en su ceguera, se lanzó contra la mesa, agarró las tazas y las arrojó con todas sus fuerzas contra la pared. El estallido fue seco, brutal, miles de pedazos de porcelana volaron a sus alrededores.


No era justo, no era justo, NO ERA JUSTO.


Un grito gutural salió de su garganta antes de que sus rodillas fallaran, cayendo con todo su peso sobre los fragmentos afilados. La porcelana se hundió en su carne, pero el dolor físico era un chiste comparado con el ardor de su mente. En un frenesí psicótico, comenzó a azotar su frente contra el borde de la mesa, una, otra y otra vez, buscando apagar la idea de esos dos compartiendo el mismo espacio.


​El asco total lo dobló en dos. Una bocanada de vómito amargo y espeso le quemó la garganta, salpicando sus manos, sus muslos y el suelo. El olor era putrefacto, pero en medio de la miseria, Jiang Cheng comenzó a reír. Una carcajada histérica, rota y húmeda que resonó en las paredes vacías.


Patético.

Él podía ser mejor. Él podía romperse las costillas si Xichen se lo pedía, podía sangrar por él. Pero Lan Xichen jamás lo miraría a él mientras ella respirara el mismo aire.


Así es. Ella no debía de existir para que pudieran vivir su historia de amor. 


Sin siquiera intentar levantarse e irse a cambiar de ropa, se dejó caer completamente sobre el suelo frío, sintiendo la madera pegajosa bajo su mejilla. Todo iba a estar bien porque ahora iban a vivir juntos por siempre.


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『𓏲ּ𝄢』

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El tiempo no perdona y los días fueron avanzando con la misma rapidez con la que avanzaban en diciembre para un niño pequeño. Durante este receso las aguas entre ambos amantes se habían calmado en la superficie, sin embargo, ambos sabían que nada estaba bien.


Un miércoles por la mañana ambos se habían levantado temprano, desayunaron juntos y se arreglaron juntos como todos los días en los últimos años, sin embargo, algo había detenido en seco a la pareja que estaba por salir.


— Para el señor... ¿Jiang Cheng? —dijo el repartidor apenas la puerta fue abierta.


Dos pares de miradas curiosas se clavaron de inmediato en el enorme ramo que el hombre sostenía en brazos. Era una masa de lirios blancos y caléndulas. A simple vista, el arreglo era hermoso, cargado con la delicadeza de un recién enamorado que junta el valor para cortejar a su amor, pero entre líneas, el mensaje era visceral, casi una burla. Una bofetada que apestaba a pena, a dolor y a una presencia ajena.


Oh.


¿Quién podría haber sido aquel remitente? Miles de personas pasaron en su mente en segundos, pero ninguno daba señales de ser tan indecoroso como para enviarlas. Era evidente que Lan Xichen no lo era. A pesar de ser alguien culto, en las circunstancias actuales no actuaría así y menos si prefería comprar jazmines mecánicamente, sin importarle si eran o no sus flores favoritas. 


Un escalofrío lo recorrió de lo más bajo de su espina dorsal, hasta la punta de su lengua. No quería hacerse ideas sin fundamentos, pero si resultaba ser así entonces solo le quedaba devolver el regalo.


— ¿Quién fue? —Sus orbes dorados se encendieron con ese brillo primitivo que Jiang Cheng conocía a la perfección.


— ¿Cómo podría saberlo? Nadie más que tú podrías enviarme un ramo de este estilo. —cierta exasperación se resbaló en su voz


— Podrías checar la carta que tiene ahí de adorno. —imitó su tono.


❝ What if we were fools? Somos uno, un mismo anhelo, un mismo deseo. Perdona mis pecados, así como yo perdonaré los tuyos, fuimos idiotas, pero sobre todo. Amantes.❞


Romántico, no dudaba de ello. Aunque su fachada cursi y acaramelada no ayudaba respecto a quién había enviado, ni el porque parecía sentir cierta excitación ante su codicia carnal.


— ¿Entonces? —la voz de su pareja lo sacó de su burbuja.


—No hay remitente. —guardó la carta en el bolsillo de su pantalón, acción que no parecía agradarle al más alto.


— ¿Y? 


— ¿"Y"? -replicó.


Lan Xichen siempre fue noble, era conocido por su grupo más cercano como alguien poco reactivo, quien prefería dialogar y llegar a un acuerdo antes de acudir a cualquier método de violencia para desahogarse. Sin embargo, en la intimidad era otro.


Antes que un pitido pudiese perforar lo último que le quedaba de cordura, observó en detalle las facciones de su enamorado intentando saber que pasaba por su mente. 


Era guapo: de piel delicada y morena, sus cejas pobladas que solían darle un aire intimidante ante el mundo. Pero ante él, esa fachada se evaporaba.


Entre sus manos, Jiang Wanyin no era más que un muñeco de trapo moldeable, un objeto diseñado para saciar sus necesidades.


Y cuánto te adoraba.


Su muñeca de trapo cedía ante el primer beso, sus piernas flaqueaban cuando sentía la lengua de Lan Xichen recorrer cada uno de los espacios de su cavidad bucal hasta quitarle el último suspiro de sus pulmones. Le fascinaba escucharlo gemir cuando lo obligaba a arrodillarse, forzando su miembro en la garganta de Jiang Cheng hasta provocarle arcadas violentas, exigiendo que se trágase su semen hasta provocarle un reflujo que muchas veces acababa en llenar a ambos de vómito ácido y amarillo lleno de la pasión sumisa que suprimía el interior de Jiang Cheng. 


Y ni hablar de lo favorito de su pequeña y sucia muñeca enferma, aquello que necesitaba con unas ansías dolorosas cuando el calor de su cuerpo era tal que dolía hasta los espasmos: los fluidos de su amo.


Él también lo adoraba. Ver como la humillación se escribía en la cara de su perra mientras se llenaba hasta las fosas nasales de su orina, tragando y tragando hasta que su garganta ardiera de subir y bajar tantas veces o simplemente escupir lo que sobraba. Y si Jiang Cheng osaba a hacer esto último, ensuciando el suelo, Xichen le cruzaba la cara con bofetadas secas que le encendían las mejillas de un rojo vivo. Después de todo, ¿cómo iba un simple perro a atreverse a ensuciar a su dueño?


El recuerdo de esa humillación sistemática actuó como un interruptor directo en su entrepierna. El bulto en sus pantalones palpitó, denso y hambriento.


Dio un par de pasos para acercarse al chico que aún se creía capaz de mantener el contacto visual entre ambos. Extendió su mano para enredar sus dedos en el extremo más cercano de su cabello al cuero cabelludo y jalar con una fuerza que amenazaba con arrancarle ese pedazo de su cráneo. 


El dolor obligó a Jiang Cheng a arquear el cuello, dejando escapar un gemido ahogado y húmedo que solo sirvió para engrosar la erección de Xichen.


— ¿Y? ¿Aún te atreves a preguntar "Y"? —susurró cerca de su oído mientras se proyectaba sobre el otro— ¿Quién te crees cómo para responder de esa forma, perra?


Soltó su agarre para plantarle una cachetada con tal potencia que desestabilizó a Jiang Cheng tirándolo para atrás. 


— ¿Aún piensas ocultarlo? 


Antes de que Jiang Cheng pudiera procesar el insulto, Xichen soltó el cabello y le plantó una bofetada con tal potencia que el impacto desestabilizó al menor, mandándolo de espaldas contra el suelo.


Jiang Cheng quedó completamente aturdido. El zumbido en su oído era ensordecedor y la vista se le nubló por un segundo. No lograba comprender en qué maldito momento la rutina de la mañana se había degradado a lo que sea que fuera esto. Pero cuando apenas lograba recuperarse del golpe, el ardor agudo en su cuero cabelludo lo trajo de vuelta a la realidad.


​Xichen lo había tomado del pelo otra vez y lo arrastraba sin piedad, adentrándose en la casa como quien jala un saco de basura. Mientras más intentaba Jiang Cheng zafarse o buscar tracción en el suelo, el dolor se volvía una tortura insoportable, instándolo a gemir con una desesperación animal.


Sus pulmones dejaron escapar su aire en el momento en el que la mesa colisionó contra su última costilla sin piedad. El dolor fue agudo, aterrador, lo que hizo que pusiera los ojos en blanco antes de dejarse caer hacia atrás, con el cuerpo temblando intensamente en un espasmo de agonía.


En este punto, Jiang Cheng no lograba procesar el balbuceo absurdo de su pareja debido al gran dolor agudo que le provocaba el golpe en las costillas. Respiraba con dificultad, le ardía a tal punto que le provocaba náuseas profundas, sin embargo, sabía que si vomitaba el bilis que se almacenaba en la boca de su estómago, el castigo sería aún más humillante. 


— Maldito perro necesitado.


El gruñido del hombre lo regresó a la tierra. Él volvió a sostenerlo del cabello para alzarlo hasta la altura de su entrepierna y clavó su rostro en la tela áspera del pantalón. Empujó lo suficientemente fuerte como para correrse con solo eso, pero no era suficiente por lo que embarró sus facciones por la tela, dejando que los dientes metálicos del cierre le lastimaran la piel de la mejilla mientras esperaba, de esa forma tan retorcida, que su víctima suplicara perdón.


— Xi...Xichen, por favor. —su voz tembló gracias al entumecimiento de su lengua.


— ¿Tanto quieres mi polla, zorra asquerosa? 


Sin soltar el cabello azabache, bajó la cremallera del pantalón para sacar su miembro erecto y embutirlo sin piedad en la boca de su muñeca de trapo. 


Azotaba su rostro contra la piel de su pelvis, gimiendo en voz baja al disfrutar de la fricción forzada y el roce de la lengua ajena contra la base gruesa de su pene. Los sonidos lascivos que escapaban de los labios sonrojados del menor solo alimentaban su deseo de corromperlo, animándolo a atragantarlo una y otra vez. Lo obligó a succionar desde la base hasta la punta, dejando que una mezcla obscena de líquido preseminal, saliva y posiblemente vomito se escurriera a través de sus labios.


Cuando por fin desocupó la cavidad bucal del Jiang, el rostro de este estaba completamente enrojecido, cubierto de lágrimas y hematomas. La saliva espesa se le resbalaba por la barbilla hasta manchar el cuello de su camisa. Su imagen era tan degradada, sucia y patética, que podría hacerse pasar como la viva estampa de una puta desesperada por ser tomada por una gran polla, y que Xichen, cegado por el calor que recorría su parte baja, no iba a negárselo. Empujando el cuerpo dócil violentamente contra el sillón gris oscuro.


Sin darle ni tiempo para respirar, le arrancó sus pantalones para que, sin compasión alguna, su miembro se abriera camino hasta lo más profundo del ano del Jiang. Acción que arrancó un grito ahogado de puro dolor al ser embestido de forma despiadada.


​El ruido húmedo del choque de piel contra piel terminó por demoler los últimos fragmentos de la cordura de Jiang Cheng. El dolor era un incendio infernal, su vista estaba borrosa y el aire le faltaba, pero su mente torcida empezó a procesar la violencia como una recompensa, su favorita sin duda pues, al final, Lan Xichen lo estaba haciendo suyo. 


Sí, solamente Xichen podía montarlo de forma tan salvaje que era capaz de perforar sus intestinos, llenado toda su barriga de su semilla hirviente y dejándolo embarazado. 


Y Él. Él lo amaba. 


Aferrado ante la idea enfermiza de una realidad que solo existía en sus fantasía, Jiang Cheng se corrió en seco, arqueando su espalda por los grandes espasmos que lo hacía temblar agresivamente. De sus labios carnosos se escapaban gritos agudos y desgarradores que hacían competencia ante el chillido exasperados de los cerdos al ser degollados en el matadero. 


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『𓏲ּ𝄢』

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Desde aquel encuentro Lan Xichen nunca regresó a casa. No durmió bajo su techo, no se ducho en su baño, no vivió junto a él en la cama y sabía cual era el motivo de ello. 


Durante este tiempo, se vio devorado sin piedad por sus propios pensamientos.El deseo rabioso de arrancarle la vida a esa maldita mujer que cada vez lo alejaba más y más del amor de su vida lo estaba pudriendo por dentro, y el departamento era el fiel reflejo de su mente: los libros antes acomodados por color en la estantería ahora estaban esparcidos por la sala como si una tormenta hubiese pasado por ahí; la cocina, que solía mantenerse impecable, estaba llena de pedazos de vidrio y restos de comida que llevaba días sin ser tocados. El descuido era evidente en cada rincón. 


En medio del caos, Jiang Cheng se encontraba acostado sobre el rígido suelo, abrazando una camisa de Lan Xichen que solamente cubría su pecho y la mitad de su rostro. 


Luego de su partida aquel día, el se mantuvo acostado en el sillón día y noche sintiendo como su ano palpitaba constantemente después de haber sido desgarrado en carne viva, quejándose del fantasma que dejó el pene tras tomarlo sin piedad. 


Le había costado un universo ponerse en pie, y cuando finalmente lo logró, no fue por fuerza de voluntad, sino por un violento arranque de celos que le infectó de una energía psicótica. El simple hecho de pensar que su hombre se había escapado con aquella mujer, lo llenaba de bilis. Pero en ese instante, quebrado y sangrante, no podía hacer mucho más que llorar, aferrándose con desesperación a las prendas del Lan, que estaban impregnada de un olor ajeno.


Jazmín


Claro, era tan claro de quién pertenecía ese aroma y aún así quería convencerse de que no era así. Su estupidez solo ocasionó que una risa rasposa saliera desde el fondo de su pecho, una risa que pronto se quebró en un llanto. No era por enojo. No era por tristeza. Era impotencia, esa sensación punzante que le repetía una y otra vez los mismos pensamientos sobre lo reemplazable que era.


Arrojó la camisa al otro extremo de la habitación por lo que la prenda golpeó una de las mesas de noche y, en el impacto, derribó todo lo que había encima. 


Sus manos recorrieron el suelo buscando una nueva prenda para abrazar, pero ninguna de ellas servía. Aún así, arrugó las más cercanas y se envolvió entre ellas simulando que fuera un nido.


— ¿Cheng? 


No respondió. De hecho, no se había dado cuenta de que alguien había entrado hasta que la luz blanca lo cegó de repente, contrastando con la oscuridad en la que había permanecido durante horas.


Con dificultad se levantó del suelo, cada músculo le pesaba como si una fuerza invisible intentara mantenerlo acostado. Aun así, se obligó a arrastrar los pies hasta la figura de su pareja, quien ya juntaba la ropa del suelo mientras mascullaba reproches entre dientes, asqueado por la inmundicia del departamento.


— ...Y sólo mira cómo está la habitación, ¿acaso pensabas en correrme de-


No logró terminar la frase. Jiang Cheng, quién ya se encontraba de pie a un lado suyo, impulsó su brazo con una velocidad que ni él reconoció. El puño chocó en seco contra el pómulo de Lan Xichen. Fue un golpe tan áspero que, con un sonido hueco, hizo vibrar los huesos de su propia mano. El impacto los desestabilizó a ambos. Xichen retrocedió torpemente y Jiang Cheng cayó con él, los dos desplomándose sobre el suelo.


Antes de que Lan Xichen pudiera procesar lo ocurrido, Cheng ya se había montado sobre él. El segundo golpe cayó con más fuerza y el tercero fue directo al puente de la nariz, provocando que un hilo espeso de sangre comenzara a brotar, manchándole los labios a Xichen. Cada vez que su puño bajaba, la piel de sus nudillos ardía más, raspándose, agrietándose. Pero no paraba. No podía.


Xichen apenas logró levantar un brazo, Jiang Cheng lo apartó de un manotazo casi sin mirar.


Los golpes se volvieron desordenados, cortos, rabiosos. Algunos impactaban en la mandíbula, otros en la mejilla, otros en cualquier parte que su mano alcanzara. El sonido era repetitivo, crudo, adictivo.


Con cada puñetazo, la respiración de Cheng se volvía un jadeo roto, desenfrenado gracias a las emociones del momento. Su visión se volvió un tanto borrosa que la acompañaban millines de destellos y sombras moviéndose alrededor con la misma adrenalina que circulaba en sus arterias. Tenía la mandíbula tan apretada que los dientes le crujían. No pensaba. La razón se había evaporado para cederle el paso a un impulso primitivo que le exigía triturar el rostro del hombre que amaba.


​Debajo de él, el pulcro Lan Xichen solo emitía quejidos ahogados, con el orgullo y el cuerpo aplastados bajo el peso de su agresor. Su rostro ya empezaba a hincharse en tonos rojizos y morados, mientras que su labio inferior se adornaba con una pequeña abertura en uno de sus costados.


Poco a poco, el Jiang fue recuperando la claridad. Sus golpes perdieron fuerza, volviéndose más espaciados, esa pausa le dio a Xichen el segundo que necesitaba para empujarlo lo más lejos de él con la poca fuerza que le quedaba. Cheng cayó hacia atrás, impactando contra la base metálica de la cama, dejando escapar un gemido ahogado.


Durante un rato largo ninguno habló. No porque no hubiera nada que decir, sino porque el silencio era la única forma desatar el huracán que se formaba entre ellos. Sus respiraciones eran superficiales, negadas a inhalar el aire espeso que los rodeaba, uno que se tiño de un color más profundo que el rojo del amor y el odio que compartían, era algo más primigenio. 


Pasó una eternidad antes de que Xichen rompiera el vacío.

​—¿Por qué...? —la voz le salió astillada, y el sabor metálico de su propia sangre le inundó la lengua al gesticular.


Jiang Cheng levantó apenas la cabeza, buscándolo con los ojos aún vidriosos.


—¿Me amas? —preguntó en un tono que sonaba más a prueba que a súplica—. Respóndeme.


Xichen tragó saliva. Le costaba respirar. Parte de él quería quedarse callado, pero la otra sabía que el silencio no haría más que empeorar las cosas.


— ...¿Por qué dudas de eso, cariño?... —miró las manchas rojas en sus manos-. Solo mírate, pareces desquiciado.


No, no parecía, lo estaba. Y el único causante de esa demencia que lo devoraba día y noche era el hombre que tenía enfrente. 


—Entonces ¿por qué si me amas, sigues revolcándote con esa zorra? —intentó incorporarse, apretando los dientes cuando un latigazo de dolor le recorrió la nuca.


— Es solo una amiga.


— Por favor, que forma más patética de decir que es tu amante. —Jiang Cheng tomó el rostro hinchado de Xichen entre sus manos, sus pulgares temblaban.


—No lo es. —Xichen quiso apartarlo, pero el cuerpo no le respondía por primera vez en mucho tiempo.


— Entonces no la veas más. —susurró el menor, inclinándose hasta que sus labios rozaron la comisura partida de Xichen. Un beso húmedo y asquerosamente tierno como su regalo más honesto de amor. 


Xichen tragó la bilis que le subía por la garganta, sintiendo como perdía el control en su pequeña mascota.


— ¿Y quién eres para decirme a quién ver y a quién no? —la voz del hombre vaciló, llena de miedo y rabia contenida.


— ¿Quién más podría ser, cariño, sino tu único y verdadero amor? —Jiang Cheng sonrió sobre sus heridas, bajando el rostro para lamer el rastro de sangre que bajaba por el cuello de Xichen, dejando besos que escocían como el alcohol puro.


— Eso es una estupidez.


— Lo digo en serio. —la risa que soltó el menor fue pequeña, ronca, casi fuera de lugar.


— te tienes demasiada estima como para ser solo un perro descerebrado.


— No digas estupideces, cariño —dijo antes de pellizcarle la mejilla con más fuerza de la necesaria, un gesto disfrazado de amor—. Buscaré medicamento para tus heridas, no te muevas.


Se levantó sin prisa, como si la discusión ya estuviera resuelta en su cabeza. Entre la ropa tirada buscó la camiseta que había tenido entre sus manos y se la puso, respirando hondo capturando las últimas notas de lavanda y menta que le quedaban, quedando totalmente embriagado de su aroma.


— Por cierto —añadió desde la puerta—, no dejes que esa zorra vuelva a dejar su perfume en tu ropa.


Y sin esperar respuesta, salió de la habitación, azotando la puerta. El sonido resonó como un recordatorio de que nada estaba realmente terminado.


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『𓏲ּ𝄢』

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El sonido del timbre interrumpió la comodidad de Jiang Cheng, quien se encontraba dormitando en el sillón en el que había vivido infinidad de situaciones con su adorado.


Estaba por cerrar nuevamente los ojos cuando el timbre volvió a sonar, ahora con mayor insistencia que la vez anterior. Sea quien sea, era un imbécil sin neuronas y no iba a salirse con la suya tan fácilmente. 


Antes de abrir la puerta, acomodó un poco su flequillo que se encontraba alborotado gracias a la almohada en la que había hundido su rostro. Tras abrir, se encontró con una bella sorpresa.


Una belleza envidiable.


​Abrió los ojos de par en par, ocultando la envidia negra que le brotó en el pecho bajo una fachada de intriga absoluta ante la visitante menos esperada. Era inevitable sentir una punzada de celos enfermos ante una mujer que acaparaba las miradas donde pisara, incluso llevando un maquillaje sutil y un escote tan profundo que apestaba a provocación intencionada. Justo como ahora.


— Jin Guangyao, ¿Qué te trae por acá? —Habló meloso, como si fuesen amigos de toda la vida.


— Oh, necesitaba hablar contigo sobre algo. —sonrió de forma automática. 


— ¿Segura que conmigo? Lan Xichen no debe de tardar mucho en llegar. —miró su muñeca como si tuviese un reloj en ella.


— Sí, contigo. Si quisiese hablar con él, iría directo hasta su oficina. 


​Las palabras de la mujer cayeron como dagas, clavándose directo en su orgullo. Con o sin intención, Jin Guangyao se había encargado de remarcar la dolorosa jerarquía: ella tenía el pase directo a la vida de Lan Xichen, mucha más importancia que el hombre que llevaba años compartiendo su cama.


Con un bufido sordo, Jiang Cheng se hizo a un lado y la dejó pasar a la casa, que extrañamente se mantenía impecable. Le indicó con un gesto cortante que tomara asiento en el comedor mientras él iba a la cocina a calentar algo de té para ambos.


— Y bueno, ¿Que deseas hablar conmigo? —preguntó el hombre mientras paseaba por la cocina.


— Tú y...Xichen, ¿Pelearon recientemente? —a pesar que le habían indicado de tomar asiento, prefirió apoyarse en la barra de la cocina para observarlo. 


— ¿Y qué si lo hicimos? No es de tu incumbencia, Jin Guangyao —respondió sin siquiera voltearla a ver.


— Puedes llamarme A-yao, no seas tan formal conmigo —sonrió ampliamente—. Y te lo comentaba por el estado en el que apareció Lan Xichen el otro día. 


— Ah, eso... —miró el pocillo en donde el agua se calentaba—, tuvo un accidente de camino a casa. 


— No parecía ser un accidente, sino más bien que lo molieron a golpes. —fingió preocupación. 


— Por eso, A-yao —masticó con hastío su nombre—. Lo agarron a golpes antes de llegar a casa.


— ¿Por qué lo harían si A-huan no es una mala persona?


— ¿Yo qué podría saber? No controló a los matones de la colonia, ¿Sabes? —se dio la media vuelta, apoyando sus brazos sobre sus caderas.


— Fuiste tú, ¿Verdad? 


​Jiang Cheng simplemente curvó los labios en una sonrisa gélida ante tal especulación. Sin prisa, tomó una de las dos tazas y la llenó hasta la mitad con parte del líquido que ya humeaba con fuerza.


— ¿Qué te hace pensar eso? 


Dejó el pocillo nuevamente sobre la rejilla de la estufa, girando la perilla para subir la intensidad de la llama azul al máximo. Si bien el agua ya estaba en su punto de ebullición, a él le fascinaba el té hirviendo. 


Le gustaba que quemara.


— ¿Es por el tipo de relación que llevo con Lan Xichen? —Guangyao subió las manos a su rostro, apenado—, pero nosotros no somos más que amigos. 


— Yo nunca mencioné que tuviera un problema contigo.


— Pero lo tienes -se inclinó sobre la barra, susurrando—. Es por eso que él acabo de ese modo, ¿No? 


— No te hagas la lista, Jin Guangyao.


— Odias que él solo te use como una herramienta, odias el hecho que prefiera pasar los días en otro lado en vez de contigo porque tienes un carácter de mierda.


— Jin Guangyao.


— La forma en la que actúas, arrastrándote por puros celos... —bajó la mirada—. Así nunca podrás gustarle de verdad.


No pudo terminar la siguiente palabra. El agua hirviendo, recién salida de la flama, impactó de lleno en el fino rostro de la mujer haciendo que un calor ciego y destructivo invadiera su piel, que comenzó a ampollarse y derretirse con el paso de los segundos. Yao retrocedió un par de pasos soltando alaridos inhumanos, chillidos de terror puro. Y, como la vista se le había nublado por completo debido a las quemaduras, tropezó contra las patas de la mesa, cayendo sobre sus rodillas de forma histérica, arañándose la cara.


— Cuida tu estúpida boca, Jin Guangyao.


Para entonces, Jiang Cheng ya estaba parado frente a ella, contemplando desde las alturas cómo se retorcía como un gusano en el suelo por el dolor de la carne viva. Ella no podía verlo, pero en los labios del menor ya se dibujaba una sonrisa llena de una sorna enferma. El regocijo se le incrementó en el pecho cuando, balanceando la pierna, le plantó una patada brutal en el pecho que mandó a la mujer a volar contra la pared.


— ¿Por... por qué? —intentó llorar, pero las quemaduras en sus lagrimales solo ardían intensamente.


El joven se limitó a patearla en repetidas ocasiones, un castigo rítmico y despiadado que oscilaba entre la espalda de ella y los costados de su cabeza. Desahogaba ahí cada maldito sentimiento que esa perra le había hecho arrastrar: los celos asfixiantes, el rencor acumulado, el miedo a la soledad y la profunda tristeza. Entre más fuerte fuera la emoción más se dedicaba a intentar romperle los huesos en pedazos.


Cuando se hartó del castigo físico, la jaló sin una pizca de piedad de las puntas de su cabello sedoso, alzándole la cabeza hasta la altura de su propio pecho. El rostro de la mujer, antes una obra de arte envidiable, ahora era una simple masa rojiza, inflamada y deforme. Sobre todo esos ojos almendrados que solía presumir, ahora estaban sepultados bajo párpados hinchados de líquido y sangre.


Pero eso no era suficiente.


​No iba a permitir que esa maldita volviera a pavonearse por los alrededores de Xichen con la misma suficiencia de antes. Así que, con una calma espeluznante, la arrastró por el piso de la cocina, dejando un rastro húmedo, hasta llegar al cajón donde guardaba el cuchillo más indicado para terminar con su sufrimiento.


— Dime, Jin Guangyao, ¿Qué parte de tu cuerpo te gustaba más? —silenció los sollozos que salían de la mujer—. ¿Eran tus manos? ¿O quizas tus labios rojos? Si se lo preguntas a Xichen quizás diga que tus tetas, ¿No? le gustaba apretarlas y morderlas mientras tenían sexo, ¿O miento?


Tras encontrar el cuchillo con el que cortaba cortaba el pan del desayuno, se arrodilló a su lado acariciando con un sentimiento maternal el cabello caliente de la mujer. Y, sin un gramo de vacilación, clavó la punta afilada directamente en el centro de la mano delgada de la mujer, atravesando la palma hasta enterrar el metal en la madera del suelo. Un grito desgarrador, ronco y primitivo brotó de la garganta de Jin Guangyao, tan lleno de desesperación que habría hecho temblar las piernas del hombre más valiente.


— Oh, no, no, cariño, no grites de esa forma o vas a espantar a los vecinos. —Susurró Cheng con ternura, antes de plantarle una bofetada seca que hizo saltar una bocanada de sangre de los labios de la mujer.


A pesar de la advertencia del demente, Yao no tenía otra opción más que chillar por su vida, pataleando inútilmente en el intento de separarse, mientras su mano derecha seguía clavada de por vida contra el tablón de madera


— Si te dije que te calles, es porque te callas, perra sarnosa.


Con la punta del arma, Jiang Cheng repasó las mejillas de la mujer con cortes rápidos y descuidados, abriendo finos hilos de sangre que le decoraron el rostro. Pero el dolor solo hacía que Yao luchara con más desesperación. Harto del forcejeo, Cheng la tomó firmemente de la cabeza, le forzó la mandíbula hacia abajo hasta dislocarla y, atrapando la lengua entre sus dedos, comenzó a rebanarla desde lo más profundo con una paciencia milimétrica. 


— Oye, no te vayas a morir solo porque te corte la lengua, ¿Ok? Todavía no hemos jugado lo suficiente —azotó el cuchillo un par de veces en sus mejillas antes de tirar el órgano a cualquier parte de la habitación. 


— Yo creo que ya no te va a funcionar esta mano, deja corto un poco para ayudarte a aliviar el dolor.


Sujetó la muñeca de la mano sangrante viendo como era que un mar de sangre comenzaba a manchar su suelo recién limpiado. Hizo un puchero al pensar que tendría que limpiarlo todo de nuevo, no le gustaba la idea, pero parecía ser que a Jin Guangyao no le gustaba jugar limpio este tipo de juegos.


Sujetó la muñeca ajena y comenzó a aserrar con el cuchillo la piel. El proceso era tosco, lento; el filo chocó enseguida con una barrera de huesos y tendones imposibles de traspasar con esa hoja. Soltó un bufido, tanta estupidez hizo que se levantara de donde estaba y buscara un cuchillo algo más amplio.


— Venga ya, no te hagas la desmayada —dijo el Jiang viendo que la chica del suelo ya no reaccionaba. Tomó la jarra de agua fría que guardaba en el refrigerador y se lo echó encima-. Anda, linda, pon de tu parte porque sé que a Lan Xichen le va a gustar lo que voy a cocinarle.


Volvió a tomar lugar entre las piernas de la mujer que estaba entre la vida y la muerte y azotó todo el filo del cuchillo en donde ya había cortado. El golpe cortó limpio a través de las extremidades. Una sonrisa juguetona e infantil apareció en sus labios, tomó la mano amputada, le plantó un beso cariñoso en los dedos muertos y la acercó a los ojos cerrados de la víctima.


Una sonrisa juguetona apareció en sus labios y tomó la mano, ahora separada del cuerpo para besarla y acercarla a los labios de Yao. 


— Dale un beso, me salió bastante lindo el corte. —apretó la mano sobre su cara antes de dejarla a un lado. 


Viendo que la mujer ya no se resistía más, arrastró su cuerpo hasta dejarla acostada sobre los tablones de madera. Examinándola con una curiosidad casi clínica, entendió por qué los hombres caían ante su silueta: era una anatomía curvilínea, pero tan delgada que delataba los estragos de un trastorno alimenticio.


Sintiéndose hipnotizado comenzó a sacarle las prendas de ropa una por una hasta dejarla totalmente desnuda ante sus ojos. Como pensaba, su piel era tersa y blanca, sin ningún rastro de cabello, ni siquiera a los alrededores de su vagina. 


Tragó saliva. Apoyó la punta del acero al inicio de la garganta y descendió en línea recta, observando cómo la línea roja se abría de inmediato en un flujo espeso de tono vino. Metió los dedos en la incisión; el tejido era claustrofóbico, viscoso y extrañamente rígido debido a los músculos tensos por la muerte. Jiang Cheng se preguntaba qué secretos almacenaba la mujer en un espacio tan estrecho.


Sujetó algo gelatinoso, pero duro, posiblemente era su traquea. Con ciertas dudas decidió jalarlo, pero se encontraba totalmente pegado al tubo que descendía hasta su pecho. 


Desistiendo del cuello, enfocó su atención en el abdomen plano de la chica. ¿Es que acaso comía algo? Una pequeña curva se formaba desde la esquina de sus costillas hasta el inició de su pelvis. Con el cuidado de un neurocirujano, cortó dos grandes líneas que formaban en su piel una cruz. Corto, corto, hasta desgastar los músculos y de ahí, con ayuda de sus dedos abrió queriendo observar el interior de Yao. 


Rojo.


Era como lo imaginaba, un mapa asqueroso, sucio y repulsivo de órganos ordenados de forma caótica. El hedor a hierro y fluidos corporales le golpeó el rostro, provocándole una arcada incontrolable. Sin poder contener la respiración, Jiang Cheng vomitó todo el contenido amargo de su estómago directamente dentro del torso abierto de Jin Guangyao. El líquido biliar, de un tono verdoso, se mezcló de inmediato con la sangre cuajada.


No le importó mucho la imundicia sobre el cuerpo antes santo y siguió jugueteando por un rato más en los espacios donde el vómito y la masa molida de órganos se unían, metiendo los brazos hasta los codos, fascinado por la textura del hígado y los riñones. Con cortes metódicos, comenzó a separar las piernas y los brazos del torso ya vacío. Buscó un par de bolsas plásticas en la despensa, metió la mitad de los restos para meterlos al congelador y llevó el resto al lavabo para lavarlo bajo el chorro de agua.


Claro, nunca se iba a deshacer de ese bello rostro.


— A Xichen le va encantar mi caldo. —tarareó el Jiang mientras abría el grifo.


El agua corría roja por el desagüe. Él seguía completamente bañado en la sangre de la amante de su esposo, pero nada de eso importaba. Lo verdaderamente crucial era preparar el guiso perfecto para el dueño de su vida.


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『𓏲ּ𝄢』

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Lan Xichen regresó a casa esa noche con el cuerpo molido, pero el aroma que salía de la cocina lo desarmó por completo. Jiang Cheng lo recibió con una mansedumbre que Xichen interpretó como sumisión, como si el perro finalmente hubiera aprendido a obedecer. 


Con paso posesivo, el Lan se acercó por la espalda y posó sus manos sobre la cintura del menor, quien terminaba de servir el caldo espeso en platos hondos. Antes de apartarse, Cheng tomó un trozo de la proteína principal del platillo con los dedos y se lo llevó a la boca a su hombre, dándole de comer directamente.


— ¿Te gusta? —volteó el rostro para besarle la mandíbula.


— ¿Dónde conseguiste esta carne? Se siente algo dura —masticó un par de veces antes de tragarla—. Aunque no está mal, sabe deliciosa.


— Intenté probar un nuevo carnicero. —acarició la mejilla del hombre antes de soltarse. 


Caminó hacia el comedor meneando las caderas, llevando ambos platos humeantes. Después de haber terminado la limpieza en la mañana, lo mejor que pudo hacer fue quitarse la ropa ensangrentada y ponerse un short tan corto que, ante el mínimo movimiento, revelaba la mitad de sus glúteos redondos. Una clara provocación descarada.


El Lan lo siguió con la mirada, acercándose en silencio por detrás para plantarle una nalgada seca que le arrancó un gemido ahogado a Cheng, quien volteó a verlo con un enojo fingido.


— Pervertido. —hizo un puchero, alejándose al lado de su mesa.


— Tu culo pedía a gritos que lo haga mío. —lamió sus labios de solo pensarlo.


— Primero come y después te diré si te lo mereces. 


La cena transcurrió entre risas falsas y comentarios halagando el sabor tan exquisito del caldo. Hablaron de lo trivial, del chisme más sonado de las últimas semanas en el pueblo, hilando la fachada perfecta de un matrimonio en santa armonía. Una vida normal como siempre había deseado.


​Más tarde, mientras Jiang Cheng se encontraba frente al fregadero lavando los trastes, sintió un golpe de aire frío recorrer la parte baja de su cuerpo. Sin previo aviso, Lan Xichen se había arrodillado detrás de él, bajándole el short para besarle los glúteos, saboreando con la lengua lo salado de su piel.


— Xichen. —gimió en voz baja, intentando enterrar la cara del otro en su culo.


¿Qué opinas ahora, Jin Guangyao?


pensó Jiang Cheng con una descarga de adrenalina recorriéndole la espina dorsal al sentir cómo la lengua caliente y húmeda de Xichen comenzaba a abrirse paso sin piedad entre sus paredes embriagado del sabor repulsivo de su ser. Lan Xichen ahora lame y besa mi cuerpo como si fuese un pedazo de carne de la más alta calidad. Adora cada milímetro de mí, haciéndome gemir y jadear como nunca antes lo hizo contigo.


Cheng soltó la esponja, olvidándose de los platos. Con una de sus manos se aferró al borde del lavabo y con la otra se sujetó un glúteo, tirando de él hacia un lado para darle a Xichen más espacio donde empujar, donde mamar y desgarrar. Gemía en voz alta, con la mente completamente fragmentada, inundado por el amor violento de Lan Xichen.


La punta de su pene, roja de excitación, chocaba contra la puerta de madera chorreando líquido preseminal con cada lamida que le daban a su interior. Cuando menos lo esperaba, el menor se vio alzado en el aire; Xichen lo cargó con una fuerza bruta, dejándolo caer de espaldas sobre el mármol frío de la barra de la cocina.


Desde donde estaba podía ver como la cara de Xichen se encontraba contraída en una mueca distorsionada de excitación y algo más, un deseo carnal. Sin esperarlo más, Xichen lo jaló de las caderas para acomodarlo y penetrarlo de una sola estocada, sepultándose hasta la base.


Sus testículos chocaban en un vaivén violento contra las nalgas de Jiang Cheng, creando un eco húmedo y obsceno que solo animaba al Lan a aumentar la velocidad. Los labios de Xichen devoraban el cuello color canela del menor, llenándolo de mordiscos rabiosos y chupetones de pura posesividad.


Jiang Cheng temblaba con los ojos en blanco bajo el peso del cuerpo de su hombre, soltando gemidos agudos que se transformaban en gritos desgarradores cada vez que el miembro chocaba contra su punto sensible. La fricción lo estaba volviendo loco.


Entre jadeos y espasmos, Cheng desvió la mirada hacia el fondo de la cocina. Ahí, reluciente bajo la luz de la campana, reposaba el cuchillo que había utilizado en la mañana. El metal parecía pedir a gritos ser bautizado otra vez, anhelando enterrarse en la suave piel de su marido. ¿Y quién era él para negarle ese deseo?


— Xi... —gimió con fuerza, arqueando la pelvis contra la de su ejecutor— Xichen, quiero probar algo. —pujaba con el aire escapándose de su pecho. 


— ¿Qué cosa? —siguió embistiendo sin piedad.


— Tráeme el cuchillo —señaló el lugar donde anteriormente estaba viendo—. Ese de ahí. 


Xichen, sin comprender el retorcido pedido, detuvo el ritmo por un segundo y lo miró con cierta confusión entre la bruma del placer. Sin embargo, bajo la mirada exigente, oscura y dominante de su perro, no pudo más que complacerlo. Al fin y al cabo, la cena había sido deliciosa y el culo de su novio se sentía más estrecho y caliente que nunca, se merecía cualquier recompensa.


​Estiró el brazo hacia la encimera y tomó el mango del cuchillo, entregándoselo a su muñeca bajo suyo. En cuanto Jiang Cheng sintió el peso del metal en sus dedos, se hundió la hoja con una fuerza brutal en la parte baja de su propio abdomen, justo por encima de donde nacía el vello que cubría su pubis. Con un crujido sordo, movió el filo de un lado a otro dentro de su propia carne, desgarrando capas de piel y músculo para crear un hueco lo suficientemente ancho y profundo.


— Coge...cógeme en mi vagina, lléname de tus niños. —suplicó Jiang Cheng. Por sus mejillas ya corrían lágrimas gruesas y calientes. La emociones del momento no alcanzaban a anestesiar por completo una abertura tan dolorosamente asfixiante.


Xichen lo miró consternado por una milésima de segundo, pero la bruma del placer y la demencia compartida reemplazaron cualquier rastro de cordura. No podía creer que su juguete favorito fuera capaz de destrozarse a sí mismo con tal de complacerlo. Con una sonrisa trastornada y los ojos inyectados en sangre, el Lan volvió a abalanzarse sobre él como un animal salvaje, forzando la entrada recién hecha con su pene, que palpitaba desbocado por la excitación.


​El mayor soltó un jadeo caliente contra la oreja de Jiang Cheng, cuyo cuerpo comenzó a convulsionar suavemente, perdiendo poco a poco la consciencia de la realidad. Al sentir la calidez interna de su muñeca ensangrentada, Xichen empezó a moverse de forma lenta, pero pronto sus estocadas se volvieron frenéticas e intensas, completamente cegado por el olor morboso a hierro, vísceras y sexo que llenaba la cocina. Los fluidos se mezclaban sobre el mármol frío.


​En pleno preorgasmo, Xichen mordió con fuerza el hombro del contrario, el desgarre fue tan violento que arrancó un pedazo de carne viva entre sus dientes, masticando como animal el dulce pedazo de Jiang Cheng. El cuchillo seguía firmemente aferrado en la mano del Jiang quien, en un último destello de lucidez, alzó el brazo y rasguñó profundamente con el filo el pecho de Xichen. El Lan ya no solo jadeaba, ahora gemía a gritos, uniendo el dolor y el éxtasis en el clímax de su propia fantasía. 


La mordida brutal hizo que Jiang Cheng abriera los ojos de golpe, regresando a la realidad gracias al ardor lacerante de su hombro desgarrado. Encima de él, su novio seguía embistiéndolo con el frenesí de un perro en celo contra esa herida abierta en su abdomen, alcanzando el orgasmo en el momento menos esperado. Xichen gemía sin piedad, apretando con fuerza el cuerpo de Jiang Cheng mientras una mezcla densa de sangre, semen y fluidos gástricos se resbalaba por los costados del mármol.


— Te..


Te amo.


Lan Xichen bajó la mirada parpadeando con pesadez hacia su propio torso. Allí, incrustado hasta el mango en su vientre, se encontraba el cuchillo. Una sonrisa sarcástica y amarga le cruzó el rostro pálido, después de todo, nunca iba a lograr domar a un perro tan desobediente y salvaje, ¿verdad?


​Antes de que pudiera procesarlo, el par de brazos de Jiang Cheng lo empujó con brusquedad, alejándolo de su cuerpo malherido. Cheng, tambaleante, con las entrañas expuestas y la vista nublada, se arrastró hacia él para arrebatarle el arma blanca y volverlo a apuñalar con saña.


— Jin...le...gustar —su garganta ardía con cada sílaba que decía. 


Alejándose del hombre, abrió el congelador, para tomar entre sus manos la cabeza de la amante del Lan y se la arrojó directo a los brazos, provocándole un espasmo de horror instintivo.


— Jiang Cheng —dijo cubriéndose las heridas—. ¿Por... qué tienes esto?


Miró la cabeza con la cara totalmente distorsionada, pero que, fue capaz de reconocer de quien se trataba.


— Úsala... —se dejó caer sobre el refrigerador, observándolo— O te... puñalar de nuevo...


Oh. 


​Entendiendo la retorcida y última exigencia de su pareja, Lan Xichen se agachó en el suelo de la cocina con la espalda curvada por la agonía. Sujetó los cabellos tiesos de la muerta y forzó su pene, que comenzaba a ablandarse por la pérdida de sangre, dentro de el orificio bajo la cabeza helada de su ex amante.


Estaba congelada, rígida, pero la idea aberrante de violar los restos de la mujer por la que tanto había peleado con Jiang Cheng, solo le inyectó una última descarga de excitación, más intensa que la que había sentido al profanar el agujero ensangrentado de Jiang Cheng. Con sus propias manos, Xichen subía y bajaba la cabeza sobre su miembro, suspirando de dolor y placer de vez en cuando, sosteniendo un contacto visual directo con el menor. Jiang Cheng, sin embargo, frunció el ceño, profundamente insatisfecho con la escena.


​Arrastrándose a gatas sobre el piso frío, el Jiang avanzó hasta los pies de su esposo. Con los dedos resbalosos, tomó el cuchillo que había caído al suelo y, sin pensarlo mucho, comenzó a trazar cortes profundos y largos a lo largo de los muslos de Xichen, cobrándose en carne cada gemido que el hombre le dedicaba a la muerta.


Sus labios se acercaron a los del hombre, envolviéndolos en un beso salvaje, húmedo y desesperado, saturado con el sabor del ácido estomacal y la sangre caliente. El contacto hizo que Cheng rodara los ojos hacia atrás, excitado y al borde del colapso por la pérdida de fluidos.


​—Xichen...


​Murmuró Jiang Cheng contra su boca antes de descargar todo el peso de sus brazos para clavar el cuchillo directamente en el lado izquierdo de su pecho, perforando el músculo cardíaco del Lan. El impacto fue definitivo, el cuerpo de Xichen se arqueó en un espasmo y no pudo evitar vomitar un chorro espeso de sangre directamente sobre la boca abierta del Jiang, quien se tragó los fluidos gustoso, saboreando la vida de su amante desparramarse por su garganta.


Sí, su corazón solo le pertenecía a él. 


Soltó una pequeña risa ronca, histérica y húmeda, mientras comenzaba a moler sin piedad el pecho abierto de Xichen para arrancarle el órgano latiendo. Una vez lo tuvo entre sus manos, lo alzó y se lo mostró al hombre que había dejado de reaccionar en ese mismo instante.


— Xichen...mira... —sonrió entre lágrimas— ahora...me pertenece...


Sus labios temblorosos se abrieron con suavidad, dándole un mordisco directo al músculo arenoso y tibio que aún vibraba entre sus dedos. Sabía exactamente a como se lo había imaginado durante tantas noches de soledad. Era el sabor puro de Lan Xichen, la esencia misma de su existencia. Ahora, él sería el único ser sobre la tierra que sabría a qué sabía su hombre. Nadie más volvería a tocarlo, nadie más volvería a olerlo.


Y entonces.


El timbre resonó en el departamento, quebrando una serenidad que hacía años no se respiraba bajo ese techo. En el suelo de la cocina, la pareja continuaba recostada; sin embargo, solo uno de ellos aún mantenía una respiración superficial, con la mirada fija en el rostro pálido, pero extrañamente pacífico, de su amante. A pesar de haberse vuelto rígido y frío, en las facciones de Lan Xichen todavía era posible vislumbrar la nobleza y la rectitud con la que se rigió durante toda su vida. Era lo que lo hacía único. Lleno de belleza, incluso en la muerte.


Pero el timbre volvió a interrumpir su paz. 


​A Jiang Cheng le costó un universo levantarse del suelo. Todo su cuerpo estaba sumido en un dolor atroz y punzante que, de alguna forma irónica, era lo único que lo mantenía con vida. Caminó tambaleante hacia la entrada y, al abrir la puerta, se encontró con el mismo repartidor de hacía unos días.


— Flores para... Lan Xi-


​El chico no pudo terminar la frase. Un grito lleno de espanto puro escapó de su garganta al contemplar el estado físico del cliente: bañado en sangre ajena y propia, y con un gran agujero bajo su abdomen que no pasaba desapercibido. Las piernas del repartidor fallaron, haciéndolo caer de espaldas mientras soltaba el ramo de lirios blancos y caléndulas recién florecidas.


Jiang Cheng intentó agacharse para recoger el arreglo, pero sus fuerzas se evaporaron por completo. Su cuerpo se venció y se azotó contra el piso, justo a un lado de donde las flores habían quedado esparcidas. Con el impacto, la pequeña tarjeta que venía oculta entre los pétalos se abrió, dejando al descubierto el mensaje en su interior.


❝ What if we were fools? Somos uno, un mismo anhelo, un mismo deseo. Perdona mis pecados, así como yo perdonaré los tuyos, fuimos idiotas, pero sobre todo. Amantes.❞


— NHS & JC


Claro, Nie Huaisang siempre supo que el mayor pecado de su mejor amigo fue amar a ese hombre. 


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