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El músico bostezó y se sentó sobre la cama, frotandose un ojo con una de sus manos mientras la otra descansaba perezosamente a un costado suyo.
—¿Qué hora es...? —susurró pensando en voz alta. Giró buscando ver el reloj sobre la mesa de noche pero fue detenido por un peso adicional sobre el colchón y unos brazos fuertes rodeandolo firmemente.
—Diez y media de la mañana. La voz gruesa y matutina del señor Zhongli dándole los buenos días, con el calor que su cuerpo normal- o anormal- mente irradiaba acogiendo al peliazul. Venti bostezó por segunda vez, muy adormilado como para reaccionar o decir algo por lo besos en su cuello.
—Buenos días. ¿No deberías estar ya en el trabajo...? —logró formular el chiquillo con su cabeza funcionando mejor. Zhongli besó la mejilla regordeta y no se contuvo a clavar sus dientes en la carne tierna y tibia. Venti se quejó suavemente y Zhongli se relamió cuando los colmillos lo liberaron.
—Mhmm... tienen más trabajadores —ahora llenando su mejilla de besos perezosos y reconfrotantes. El músico trenzó desmotivadamente el mechón largo y celeste que caía desde su hombro hasta más abajo y contuvo un bostezo, por pereza hasta de bostezar.
—Tan flojo —el peliazul murmuró.
—No me culpes —Zhongli volvió a pegar sus labios sobre la piel opuesta, plantando un beso afectuoso sobre su sien y con un mechón azul e irregular colándose en su paso. Al apartarlo de su camino se veía tiernamente diminuto entre los grandes y ásperos dedos suyos.
Seguido a eso su brazo regresó a su posición alrededor del cuerpo opuesto, sin dejarlo libre de su agarre ni un solo segundo. Bastante posesivo, pensaría Venti, si ya no estuviera acostumbrado.
Claro, con el tiempo te acostumbras a cualquier tendencia de tu pareja, ¡hasta te adaptas, podría decir! Todo siempre tan extraño y sorprendente una vez lo notas; tal vez a la semana de noviazgo, o si es algo muy oscuro, al casarse. Pero el caso de estos enamorados es uno particular, poco visto, o mejor dicho; nunca visto por lo mortales que caminaban por la Teyvat de ahora, cuyo pedazo en el cual la pareja vivía, era ahora conocido como Los Ángeles.
Entonces nos situaremos unos cuantos milenios atrás, cuando una reunión entre el viento y la tierra significaba estrictamente un desastre natural; con el suelo partiéndose castigadoramente o un tornado acercándose para azotar las montañas del territorio más tarde bautizado como Liyue.
Pero aquel desastre, jocosamente, no indicaba que en realidad algo anduviera mal.
Es más, en lo más alto y profundo de una montaña, con un umbral tan cálido como el sol que alimentaba a la flora de sus céspedes, así como la que crecía motivadamente a la orilla húmeda del lago poético y fresco en el centro de la misma entrada; en el dominio que servía de morada al Rey Geo, una pareja de Arcontes se sostenía amorosamente uno contra el otro sobre el piso de bambú y a unos preocupantes centímetros de la mesita de madera que presentaba dos tazas de té ya no tan humeantes.
Sí, de ese tipo de costumbres hablamos; con las que llevas conviviendo por tantos años que tanto la persona y la tendencia ya son parte de tí.
Pero eso fue como en la maldita era de los dinosaurios. No hablaremos de eso.
A lo que nuestro narrador va es que el lazo que unía esta pareja es mucho más significativo que una rosa, un anillo reluciente o unos votos matrimoniales. Porque lo suyo era resistente como una roca, pero suave y ligero como el viento.
Porque en Teyvat nada los pudo separar, con Celestia cayendo y la sociedad evolucionando caóticamente, naciones se unieron y separaron; cambiando potencialmente hasta que los Arcontes y todo lo que alguna vez existió pasó a ser un cuento o un mito, mientras los seres inmortales de ese mundo fantástico se camuflan y caminan entre los mortales.
Entonces regresamos a nuestro presente, con los enamorados arcaicos luchando por despertar temprano aunque fuera un dia. Claro, Barbatos partió montañas sin nisiquiera necesitar de luz del sol para ser preciso en su tarea, pero Venti, el humano músico, admitía que siempre amó dormir y no se resistiría a sus deseos débiles para nada de Arcontes. Simplemente era tonto jugar a ser un Dios ahora.
—Pedí vacaciones. Reveló el castaño mirando el perfil del joven, adorando como se veían sus pestañas y su mejilla redondita desde ese ángulo. —¿Realmente? ¿Por qué? —Venti giró para verlo. El músico tarareó con una mano moviéndose para hundirse entre los cabellos avellana. Los dedos masajeando el cuero cabelludo
—Tu cumpleaños... —susurró Zhongli ásperamente mientras apoyaba su frente sobre su hombro descuidadamente expuesto por la camisa mal abrochada. Venti jadeó ya bien despierto hace rato, pero sin dudas recargado por la noticia.
—¡Oh, que maravilla! —los hoyuelos a cada lado de su rostro—. Creí que no aprobarían vacaciones en esta época del año —los orbes aguamarina brillando de ilusión, con un destello independiente de las cortinas cerradas de la habitación.
—Claro que sí; solo no te dije. Venti sonreía— ¿Entonces no estás faltando? Zhongli besó el cuello— No, estoy indudablemente faltando a mi deber. Empiezan el próximo lunes. Era jueves.
El músico suspiró desmotivado. —Te van a despedir... Lloriqueó.
—Mi jefa es joven.
—La juventud es cruel hoy en día —Venti negó decepcionadamente con la cabeza.
El oficinista cerró los ojos— Sí, Xiao finge que no somos sus padres.
Se miraron silenciosamente a los ojos y pronto estallaron en risas suaves, no tan escandalosas por los oídos sensibles y cabezas adormiladas.
Venti se recargó y su cabeza descansó sobre el pecho opuesto, inclinándola hacia atrás para ver a su esposo.
Simplemente serían ellos. Siempre para siempre.
