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Amor desde el otro lado del apocalipsis

Summary:

Stanley había pasado décadas aprendiendo a quedarse quieto. Había sido soldado el tiempo suficiente para dominar el arte de la paciencia, la disciplina de esperar durante tramos interminables de aburrimiento el momento exacto, perfecto, para apretar un gatillo. Había sobrevivido emboscadas sin inmutarse, interrogatorios sin quebrarse, operaciones en las que una sola respiración equivocada habría significado la muerte.

Nada de ese entrenamiento lo había preparado para la agonía exquisita de ver al Dr. Xeno Houston Wingfield vivo y respirando y ahí, y no poder agarrarlo por el cuello de ese abrigo ridículo, arrastrarlo a algún lugar privado y besarlo hasta que a ninguno de los dos le quedara memoria de su propio nombre.

Por desgracia, la civilización tenía otros planes.

 

El reencuentro de StanXeno después de su despetrificación, ambientado en el capítulo 10.

Notes:

Antes que todo quiero agradecer a mi hermano por decirme términos científicos random para esta mini fic. La verdad es que no le entendí nada pero es el equivalente a Senku en mi vida así que sus conocimientos sirvieron para los dialogos de esta fic gay.

Voy a subir la versión en inglés mañana seguramente pero quería subir primero esta porque el fandom latino de Dr Stone (principalmente el lado StanXeno) se lo merece. Prometo smut para el siguiente capítulo, seguramente pasará de M a Explicit. Me gusta escribir cosas degeneradas.

<3

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Capítulo 1

Chapter Text

Pero el amor tiene formas de devolver las cosas a la vida.

- I knew it, I know you.

 

 

 

 

 

 

Lo primero que Stanley notó al estar vivo de nuevo fue el viento.

No la luz como aquella vez cuando despertó al lado de Xeno. Esta vez ni siquiera pensó en el asombroso e incomprensible hecho de que años se hayan disuelto en polvo y que de algún modo —de algún exorbitante modo— la humanidad fuera lo bastante obstinada como para resurgir de la tierra y la piedra, arrancando la civilización de vuelta a la existencia solo con sus manos desnudas y pura terquedad casi rencorosa.

Esta vez fue solo viento.

Se movió sobre su piel como si nunca hubiera dejado de hacerlo, como si hubiera estado esperándolo todo ese tiempo. La suavidad le resultó casi obscena. Durante más de cinco años —los suyos, al menos, aunque el tiempo dentro de la piedra nunca se había comportado como debía— no había habido nada. Ninguna sensación. Ninguna temperatura. Ningún peso. Ningún sonido. Solo el silencio vasto y sofocante de estar atrapado dentro de su propio cuerpo, consciente e inconsciente, vivo y no vivo, suspendido en una oscuridad tan absoluta que había empezado a sentirla como lo único que había existido jamás.

Y entonces llegó todo.

El mundo no regresó con suavidad. Se le echó encima como una ola rompiendo sobre su cabeza, frío e inmediato y sofocante. El olor mineral y afilado de la tierra recién removida. El escozor de la luz solar clavándose en las pupilas. La brisa cargada de húmedad que llegaba de la cascada detrás suyo. 

Y debajo de todo aquello, atravesando el ruido como una cuchilla:

Xeno.

Stanley había pasado décadas aprendiendo a quedarse quieto. Había sido soldado el tiempo suficiente para dominar el arte de la paciencia, la disciplina de esperar durante tramos interminables de aburrimiento el momento exacto, perfecto, para apretar un gatillo. Había sobrevivido emboscadas sin inmutarse, interrogatorios sin quebrarse, operaciones en las que una sola respiración equivocada habría significado la muerte.

Nada de ese entrenamiento —nada— lo había preparado para la agonía exquisita de ver al Dr. Xeno Houston Wingfield vivo y respirando y ahí, y no poder agarrarlo por el cuello de ese abrigo ridículo, arrastrarlo a algún lugar privado y besarlo hasta que a ninguno de los dos le quedara memoria de su propio nombre.

Por desgracia, la civilización tenía otros planes.

—Este es el distrito principal de manufactura.

Senku caminaba hacia atrás frente a ellos con la confianza absoluta e intocable de alguien que aparentemente nunca en su vida había contemplado la posibilidad de tropezar con una piedra y abrirse el cráneo contra el suelo. Señaló ampliamente hacia un denso conjunto de talleres, con humo saliendo perezosamente de las chimeneas y el aire vibrando con el sonido de la maquinaria.

—Actualmente estamos produciendo componentes para los sistemas de guía del cohete. Mecanizado para mayor precisión, sobre todo. La ventana de error es mínima a comparación de cualquier cosa que hayamos intentado antes, pero el equipo de Chrome ha estado...

Stanley asintió.

—Mm.

Los ojos de Senku se entrecerraron.

—¿Me estás escuchando?

—Absolutamente.

—No tienes ni idea de lo que acabo de decir.

—Ni una palabra.

A su lado, Xeno emitió un sonido. Quedo, apenas audible; una exhalación suave por la nariz que no era exactamente una risa pero tampoco dejaba de serlo. El tipo de sonido que solía hacer a las tres de la mañana en algún laboratorio universitario diminuto cuando Stanley decía algo lo bastante estúpido como para arrancárselo.

Stanley casi se olvidó de cómo funcionaban sus pulmones.

Dios.

Más de cinco años.

Más de cinco años desde que había oído ese sonido. Años de nada más que piedra y silencio y el terror lento y reptante de olvidarlo por completo, de que el recuerdo se erosionara hasta que ya no pudiera evocar el tono exacto de la diversión de Xeno o la forma en que siempre parecía atascársele un instante en la garganta antes de escapar.

Xeno se veía distinto.

No de una forma que un extraño notara. Pero Stanley lo notaba. Stanley había pasado la mayor parte de su vida adulta catalogando cada detalle de ese hombre, y lo notaba todo.

Las nuevas líneas tenues grabadas alrededor de sus ojos, más profundas que antes. El agotamiento que intentaba —y no conseguía— enterrar bajo su habitual fachada de compostura. El modo en que el cabello le había crecido, las puntas rozándole el cuello de una forma que al viejo Xeno lo habría vuelto loco. La manera en que se sostenía, los hombros colocados con demasiada rigidez, como si el peso de una civilización entera se le hubiera amarrado a la espalda y él hubiera decidido simplemente soportarlo sin quejarse.

Quizás así era. Quizás era exactamente lo que había pasado.

Quizás ese era el problema.

Stanley se quedó mirándolo.

Xeno fingió, con mucha intensidad, no darse cuenta.

Stanley sabía que estaba fingiendo. Se conocían desde hacía demasiado tiempo. No existía versión de ese hombre que Stanley no pudiera leer como un libro abierto, y Xeno lo sabía, razón por la cual probablemente miraba al frente con la determinación rígida de alguien que intenta ignorar un edificio en llamas.

—Eso que haces… mirar todo menos lo que intento mostrarte tan fijo. ¿Alguna vez vas a parar?—observó Senku, aún caminando hacia atrás.

—No.

La boca de Senku se torció en una mueca.

—Lo suponía.

Xeno se pellizcó el puente de la nariz, un gesto tan familiar que golpeó a Stanley en pleno pecho como un impacto físico.

Stanley lo amaba. Lo amaba con una ferocidad que resultaba casi patológica. Lo amaba tanto que genuinamente empezaba a preocuparle desde un punto de vista médico.

Siguieron atravesando la aldea. La gente saludaba al pasar; aldeanos que no tenían idea de quién era Stanley, que lo veían solo como otro desconocido revivido en un mundo que de repente rebosaba de ellos. Los niños correteaban entre los edificios, chillando de risa. Las máquinas traqueteaban y siseaban. El humo se enroscaba desde las chimeneas de los talleres, trayendo consigo el olor acre del metal caliente y el carbón ardiente. Dondequiera que miraba Stanley, la humanidad había regresado. La vida se había arrastrado de vuelta desde la extinción y se había plantado en la tierra como una mala hierba que se negaba a morir.

El mundo, según resultaba, era igual de terco que las personas que lo habitaban.

Le pareció reconfortante. Un poco ridículo, pero reconfortante.

Xeno caminaba a su lado, lo bastante cerca para que sus hombros casi se rozaran a cada paso. Sin tocarse. Casi. La fracción de centímetro entre ellos le pareció más íntima que cualquier cosa que Stanley hubiera experimentado en años.

Quería cometer crímenes al respecto.

El problema no era solo la separación física. El problema era la memoria. Cada vistazo a Xeno, cada mirada de medio segundo, conjuraba otra versión de él sin pedir permiso. Xeno a los veintitrés años, inclinado sobre un microscopio en un laboratorio universitario a las dos de la mañana, con temblores de cafeína en las manos. Xeno dormido sobre un montón de planos, con las gafas torcidas y la boca ligeramente abierta. Xeno desmontando todo un argumento de un profesor disertante con precisión quirúrgica y una sonrisa lo bastante afilada para sacar sangre. Xeno riéndose a las tres de la mañana porque Stanley había activado accidentalmente la alarma de incendios intentando hacer fideos instantáneos con un mechero Bunsen, y ambos habían tenido que quedarse fuera en el frío mientras evacuaban el edificio, y Xeno no había parado de reír en veinte minutos seguidos.

Décadas de recuerdos. Toda una vida apilada detrás de ellos.

Y ahora años sin uno solo nuevo.

La ausencia se alojaba en el pecho de Stanley como un órgano perdido. Algo vital. Algo sin lo que había aprendido a funcionar durante años, pero cuyo contorno fantasma nunca había dejado de sentir.

Lo quería de vuelta.

Inmediatamente.

—Estás haciéndolo otra vez —dijo Xeno en voz baja, con un tono lo bastante quedo para que solo Stanley lo oyera.

Stanley parpadeó.

—¿Haciendo qué?

—Mirarme fijamente.

—Me lo he ganado.

—Así no es como funciona ganarse algo.

—Discrepo.

Xeno puso los ojos en blanco, el movimiento lo bastante exagerado para resultar teatral, pero la comisura de su boca lo traicionó. Se alzó. Apenas. Un milímetro, quizás dos.

Stanley sintió una oleada de afecto genuino tan poderosa que casi lo deja inconsciente.

Senku gimió, fuerte y teatral.

—Me arrepiento de haberte traído de vuelta.

—Lo dices como si hubieras tenido elección —dijo Stanley con tono neutro.

—Tenía a Ryusui.

—Parece que él no se consideraba suficiente.

La aldea se fue disipando poco a poco, los edificios cediendo paso a un claro más amplio, y Stanley lo vio antes de que nadie tuviera oportunidad de anunciarlo.

El cohete.

Por un instante, el mundo simplemente... se detuvo.

La estructura se alzaba del paisaje como un desafío lanzado directamente al cielo: puros ángulos afilados y metal reluciente, imposiblemente alto, imposiblemente real. Era la ingeniería despojada hasta su forma más arrogante. Era la ambición humana hecha física, hecha visible, hecha inevitable. Era el tipo de cosa que no debería existir en un mundo apenas rescatado de la piedra, y sin embargo allí estaba, negándose a pedir disculpas por su propia audacia.

Stanley se quedó mirando.

Esta vez, nadie se lo reprochó.

Hasta Senku se había callado, su energía maníaca habitual atenuada en algo cercano a la reverencia. Porque ahí estaba. La prueba irrefutable. La humanidad se había arrastrado fuera de la extinción con las uñas, había mirado alrededor las ruinas de todo lo que alguna vez construyó, e inmediatamente había decidido buscar pelea con la puta luna.

—Increíble —murmuró Stanley.

—¿Verdad? —dijo Senku, y la única palabra le salió casi sin aliento, lo más parecido al asombro que Stanley le había oído jamás.

A su lado, Xeno se cruzó de brazos. Una pequeña sonrisa le tiró de la comisura de la boca; apenas perceptible, fácil de pasar por alto si no estabas mirando. Stanley siempre estaba mirando. No era orgullo, exactamente. El orgullo era más ruidoso, más teatral. Esto era algo más hondo. Más callado. La satisfacción privada, casi sagrada, de ver un sueño que había vivido dentro de tu cráneo durante décadas convertirse por fin en algo que podías tocar.

Stanley miró el cohete.

Luego a Xeno.

Luego de vuelta al cohete.

La comparación no era justa. Nunca lo había sido. El cohete perdía todas y cada una de las veces, y ni siquiera era una competencia reñida.

—Eres imposible —dijo Xeno, sin mirarlo.

—No he dicho nada.

—No hace falta. Estás bordeando lo escandaloso.

Stanley sonrió. Lento, deliberado y completamente impenitente.

Xeno fue el primero en apartar la mirada.

Victoria. Pequeña. Casi mezquina. Pero profunda, profundamente significativa.

Senku, aparentemente decidiendo que el momento ya se había alargado bastante, se lanzó a una explicación. Ratios de producción de combustible y estabilidad del oxidante. Mecánica de separación de etapas de vuelo. Algoritmos de navegación y sistemas de guía redundantes. Explicaciones de ingeniería estructural y las dieciséis maneras distintas en que todo el conjunto podía fallar catastróficamente si alguien respiraba cerca en el ángulo equivocado.

Stanley intentó de verdad prestar atención. De verdad, genuinamente lo intentó. Incluso logró absorber algunas palabras aquí y allá —algo sobre oxígeno líquido, algo sobre distribución de peso de carga útil— pero el problema era que Xeno seguía parado ahí. Existiendo. Respirando. Metiéndose un mechón de pelo detrás de la oreja con un gesto ausente e inconsciente que no debería ser devastador pero absolutamente lo era. Viéndose demasiado compuesto e injustamente hermoso bajo el baño dorado del sol de la tarde.

Más de siete años.

Casi una maldita década.

Cada segundo de este recorrido se estiraba como caramelo. Cada minuto se sentía como un ataque personal.

Con el tiempo, Stanley dejó incluso de fingir que prestaba atención. No se molestó en ser sutil al respecto. La sutileza lo había abandonado en algún momento alrededor del cuarto año dentro de esa prisión de piedra, y claramente no pensaba volver.

Senku lo notó de inmediato.

—Otra vez no estás escuchando.

—No.

—¿Por qué estoy siquiera...? —Senku se interrumpió, luego se giró y siguió la trayectoria de la mirada de Stanley directamente hasta Xeno, que ahora examinaba algo en un banco de trabajo cercano con la atención cuidadosa y absorta que le dedicaba a todo. Senku miró a Xeno. Miró de vuelta a Stanley. Luego exhaló el suspiro largo y derrotado de un hombre que había construido un programa espacial desde cero pero se enfrentaba a fuerzas mucho más allá del alcance de la comprensión científica.

—Repugnante —dijo con tono plano.

—Lo sé.

Xeno se cubrió la cara con una mano. Despacio. Deliberadamente. Como quien cierra un ataúd.

 

 

 

 


 

 

 

 

El sol comenzó su lento descenso hacia el horizonte, desangrándose de dorado a ámbar y al primer rubor tenue del rosado. Las sombras se estiraron largas y perezosas sobre los senderos de la aldea. Los trabajadores regresaron poco a poco a sus hogares, herramientas tintineando, las voces suavizándose a medida que la percusión constante del día se desvanecía en algo más gentil. Faroles empezaron a parpadear en las ventanas, pequeños charcos de luz cálida resistiendo el avance del crepúsculo.

Stanley observó el mundo apagarse a su alrededor y pensó, con la intensidad concentrada de un hombre ajustando la mira:

Por favor.

Por favor.

Solo cinco minutos. Era todo lo que necesitaba. Cinco minutos a solas, cinco minutos sin público, cinco minutos para extender la mano y cerrar la distancia que lo había estado devorando vivo desde el momento en que abrió los ojos.

Bueno. No. No era todo lo que necesitaba. Cinco minutos apenas arañarían la superficie. Cinco minutos ni siquiera empezarían a cubrirlo. Pero sería un comienzo. Un cimiento. Algo sobre lo que construir.

Por desgracia, cada vez que el momento empezaba a parecer prometedor —cada vez que la multitud se dispersaba, cada vez que la atención de Senku se desviaba a otra parte, cada vez que Xeno le lanzaba una mirada con algo indefenso titilando detrás de los ojos— otro científico se materializaba de la nada. Otro ingeniero con una pregunta urgente. Otra reunión que aparentemente no podía esperar. Otra crisis que exigía la atención inmediata de Xeno.

Dr. Xeno, los cálculos de la mezcla de combustible—

Dr. Xeno, el equipo de Chrome reportó una anomalía de presión en el puesto—

Dr. Xeno, necesitamos que revise—

Stanley revisó su evaluación anterior.

La civilización humana tenía un pésimo sentido del espacio.

La cena resultó todavía peor.

Una mesa entera atestada de gente. Científicos e ingenieros y constructores y estrategas, todos aparentemente unidos en la sincera convicción de que aquella era la manera apropiada de darle la bienvenida a Stanley de vuelta al mundo de los vivos. Una celebración. En su honor. Habían dispuesto comida y bebida y asientos y discursos, por el amor de Dios —breves, milagrosamente, pero aun así— y cada persona en esa mesa parecía genuinamente feliz de estar allí.

Excepto Ryusui que decidió faltar por razones de público conocimiento.

Un gesto considerado.

Stanley quería prenderle fuego a la mesa entera.

No era que no apreciara el sentimiento. Lo apreciaba, en la forma abstracta en que uno aprecia un regalo que no pidió y no puede devolver. El problema era puramente logístico. El problema era que Stanley había pasado el día entero siendo paseado por una civilización que no reconocía, rodeado de extraños que no lo conocían, separado de la única persona a la que realmente quería ver por un flujo constante e implacable de obligaciones e interrupciones y gente. Y ahora se esperaba que se sentara aquí, en esta mesa, a mantener una conversación educada, mientras Xeno estaba lo bastante cerca para tocarlo y lo bastante lejos para constituir una violación de las Convenciones de Ginebra.

Stanley se sentó a su lado. Por supuesto que se sentó a su lado. ¿Dónde más iba a sentarse?

Lo bastante cerca para sentir el calor radiante del cuerpo de Xeno a través del estrecho espacio entre ellos. Lo bastante cerca para oír cada respiración, cada pequeño roce de tela, cada murmullo ausente de asentimiento que Xeno emitía cuando alguien se dirigía a él. Lo bastante cerca para captar el tenue aroma familiar; jabón y algo más acre, algo químico, probablemente de lo que fuera que hubiera estado manipulando antes de la cena.

Lo bastante cerca para volverse completa e irreversiblemente loco.

No lo bastante cerca para hacer una maldita cosa al respecto.

La conversación fluía a su alrededor en corrientes superpuestas. Planes para la siguiente fase de pruebas del cohete. Cálculos de cadena de suministro y disputas sobre distribución de recursos. Cronogramas de construcción y protocolos de contingencia. Misiones futuras, problemas futuros, futuro todo. La mesa entera vibrando con esa energía concentrada y colaborativa que aparentemente había reconstruido el mundo mientras Stanley estaba atrapado en piedra.

Él contribuyó cuando fue necesario. Asintió en los momentos adecuados. Ofreció un puñado de respuestas secas y funcionales cuando alguien le hizo una pregunta directa. Su reputación, según resultó, lo había precedido —el francotirador, el soldado, el hombre que casi había matado a la mitad de los presentes en esa mesa antes de cambiar de bando— pero nadie parecía guardarle rencor. La coalición de Senku operaba con una especie de pragmatismo agresivo que a Stanley le resultaba casi inquietante. Eras útil, o estabas en el camino. No existía una tercera categoría.

Pero sobre todo, observaba a Xeno.

La forma en que los dedos de Xeno rodeaban su taza. La manera en que inclinaba la cabeza ligeramente al escuchar, un hábito que tenía desde la niñez. Cómo la luz de las velas atrapaba las hebras plateadas entre su cabello. El modo en que desviaba las preguntas sobre sus propias contribuciones con un giro de frase elegante y modesto que hacía reír a todos los demás en la mesa mientras redirigía limpiamente la atención a otra parte.

Xeno siempre había sido bueno en eso. Desviar. Redirigir. Mantener a la gente exactamente a la distancia que él quería. Stanley había pasado veinte años aprendiendo a leer las variaciones sutiles en esa distancia, las señales microscópicas que significaban acércate en lugar de aléjate. En ese momento, cada señal gritaba lo mismo, y le estaba costando cada gramo de disciplina que poseía no actuar en consecuencia.

En un momento dado, debajo de la mesa —accidentalmente, o al menos verosímilmente accidental— sus rodillas se rozaron.

El hilo de pensamiento de Stanley descarriló tan por completo que olvidó su propio nombre. Olvidó dónde estaba. Olvidó cómo funcionaba el lenguaje. Su existencia entera se redujo a ese único y brevísimo punto de contacto: el calor de la rodilla de Xeno contra la suya, la ligera presión, el hecho de que Xeno no se apartó.

Stanley tampoco.

El contacto duró menos de un minuto. Quizás treinta segundos. Lo suficiente para que alguien le hiciera a Xeno una pregunta sobre presurización de combustible, lo suficiente para que Xeno respondiera sin ningún cambio detectable en su voz, lo suficiente para que el resto de la mesa permaneciera completamente ajena al hecho de que el sistema cardiovascular de Stanley acababa de declarar el estado de emergencia.

Se sintió más largo. Se sintió como horas. Días. Años.

Una década.

Cuando la cena por fin, misericordiosamente, terminó, Stanley estaba preparado para agradecer personalmente a cada deidad que la humanidad hubiera inventado, en orden cronológico, con notas al pie.

La gente se dispersó gradualmente. Las conversaciones se fragmentaron en grupos más pequeños, luego en despedidas individuales. Los faroles parpadearon por toda la aldea, puntos cálidos de luz tendidos entre los edificios como una constelación bajada a la tierra. La noche se posó suavemente sobre todo, fresca y silenciosa e imposiblemente gentil después del caos del día.

Al fin.

Al fin, por fin.

Stanley se encontró de pie afuera, más allá del alcance de los faroles, bajo un cielo tan denso de estrellas que parecía casi texturizado; capa sobre capa de luz extendiéndose en cada dirección, la Vía Láctea una cicatriz luminosa sobre la oscuridad. Sin contaminación lumínica. Sin ciudades. Solo el universo, vasto e indiferente e impresionantemente hermoso.

En su mano su cigarrillo a medio consumir y a su lado Xeno.

Solo Xeno.

Sin científicos. Sin ingenieros. Sin crisis. Sin civilización.

Por un momento ninguno de los dos habló. Los sonidos de la aldea se desvanecieron en la distancia, amortiguados por el aire fresco de la noche. En algún lugar lejano, un búho cantó. La brisa se movió entre la hierba.

Stanley lo miró.

Xeno le devolvió la mirada.

Las palabras permanecieron entre ellos, sin decirse, pesadas como piedra. Habían estado allí todo el día, flotando al borde de cada mirada, cada casi-roce, cada momento que no podía convertirse en lo que necesitaba ser. También estaban allí ahora. Pero el peso se sentía diferente. Menos sofocante. Más como algo que por fin podía dejarse en el suelo.

—Sigues mirándome fijamente —dijo Xeno. Su voz era más queda ahora, despojada de la soltura teatral que había llevado durante la cena. Más suave. Casi vacilante, una palabra que Stanley nunca había asociado con el Dr. Xeno Wingfield.

Stanley sonrió.

—Lo sé.

—No has parado en todo el día. Cada vez que levantaba la vista, ahí estabas. Mirando.

—Lo sé.

Xeno negó con la cabeza, pero ahora él también sonreía. Pequeña. Cariñosa. Tan hermosa que a Stanley le dolió el pecho.

—Hombre espantoso.

—El peor —Stanley arrojó su cigarrillo a un lado del camino y lo pisó.

—Absolutamente insoportable.

—Culpable de todos los cargos.

La sonrisa de Xeno se ensanchó, apenas un poco, y Stanley sintió que algo se aflojaba detrás de sus costillas. Algo que había estado apretado con fuerza desde el momento en que abrió los ojos.

Dio un paso más cerca. Un paso, luego otro, y la distancia cuidadosa que habían mantenido todo el día simplemente... desapareció. Se cerró como una puerta. Por primera vez desde que revivió, no había nada en medio. Sin obligaciones, sin responsabilidades, sin público, sin civilización exigiendo su atención.

Solo ellos.

Solo Xeno.

Stanley alzó la mano despacio, de la forma en que te acercas a algo frágil. Algo precioso. Sus dedos rozaron la mejilla de Xeno, ligeros como una pluma al principio, apenas un roce de piel contra piel, y la sensación casi lo deshizo. Cálida. Real. Viva. El aliento abandonó sus pulmones en un escape que no pudo controlar.

Xeno se inclinó hacia el contacto de inmediato. Instintivamente. Sus ojos se cerraron a medias, y el sonido pequeño y quebrado que hizo —apenas audible, no exactamente un suspiro, no exactamente un jadeo— le dijo a Stanley todo lo que necesitaba saber.

Él también había estado esperando.

Quizás había estado esperando todo el tiempo. Años construyendo una civilización de la nada, cargando el peso del mundo sobre sus hombros, sonriendo en reuniones y resolviendo problemas imposibles y sin permitir nunca que nadie viera lo cansado que estaba. Años siendo fuerte para todos los demás.

Era mucho tiempo.

Para los dos.

—Hola —dijo Stanley en voz baja.

Xeno soltó una risa queda, apenas un soplo, una cosa sorprendida.

—Hola.

Stanley tragó saliva. Había planeado este momento mil veces —durante la guerra, durante la petrificación, durante los largos años silenciosos dentro de la piedra cuando lo único que tenía eran sus recuerdos y sus arrepentimientos. Había ensayado discursos. Bromas. Comentarios ingeniosos. Conversaciones enteras, guionizadas hasta la última palabra.

Todas y cada una se desvanecieron.

Solo quedó la honestidad.

—Te extrañé.

La sonrisa se desvaneció del rostro de Xeno. No porque estuviera molesto. Porque entendió. Porque esas dos palabras no eran casuales, no eran un formalismo, no eran el tipo de cosa que dices para llenar un silencio. Contenían años de ausencia, de silencio. Años sin saber si el otro estaba vivo o muerto o en algún punto intermedio.

Años de tender la mano hacia alguien que no estaba allí.

—Lo sé —susurró Xeno.

Stanley cerró los ojos un instante. Cuando los abrió de nuevo, Xeno seguía allí. Seguía siendo real. Seguía mirándolo con una expresión tan abierta, tan desprotegida, que Stanley sintió algo resquebrajarse dentro de su pecho.

—Te extrañé muchísimo —dijo, y esta vez la voz se le quebró en la última palabra. No le importó.

Algo en la expresión de Xeno se suavizó por completo. La última barrera, el último muro cuidadosamente mantenido, simplemente se derrumbó.

—Yo también te extrañé.

Fue todo lo que hizo falta.

Stanley lo besó. De inmediato. Sin vacilación, sin contención, sin cálculo cuidadoso de tiempo y circunstancia. Años de espera colapsaron en un solo movimiento, un solo punto de contacto, un solo momento que por fin, por fin tendió el puente entre el deseo y la posesión.

Xeno le devolvió el beso con la misma ferocidad. Una mano se aferró a la pechera de la camisa de Stanley, tirando de él para acercarlo más. La otra se deslizó entre su cabello, los dedos enroscándose contra su cuero cabelludo con una especie de alivio desesperado y posesivo.

Vivo. La palabra latía en el pecho de Stanley como un segundo corazón. Vivo, vivo, vivo.

Se sentía casi mareado. El calor de la boca de Xeno. La familiaridad de su cuerpo, recordado hasta el último detalle y sin embargo de algún modo nuevo para él. La certeza —la certeza absoluta, calada hasta los huesos— de que esto era lo correcto. Esto era lo que había estado esperando. No el cohete. No el regreso de la civilización. No el futuro, fuera lo que fuera lo que contuviera.

Esto.

La boca de Xeno contra la suya. Las manos de Xeno sobre él. Xeno vivo y real y aquí, en sus brazos, donde pertenecía.

Cuando por fin se separaron, ninguno de los dos se alejó demasiado. Frentes apoyadas una contra la otra, compartiendo el mismo aliento, lo bastante cerca para que Stanley sintiera el aleteo de las pestañas de Xeno contra su mejilla. Ambos respiraban con fuerza. Ambos sonreían; sonrisas indefensas, eufóricas, que ninguno de los dos parecía capaz de controlar.

Todos esos años se fueron.

No borrados. Nunca se borrarían. Esos años siempre estarían allí, una cicatriz que ambos llevarían, un espacio hueco que nada podría llenar del todo. Pero los habían sobrevivido. Soportado. Dejado atrás.

Juntos.

Sobre ellos, las estrellas se extendían hasta el infinito, un cielo tan lleno de luz que parecía casi codicioso. Por delante los esperaban la luna, y el cohete, y cualquier futuro imposible que Senku y Xeno hubieran soñado entre los dos. Habría más reuniones, más crisis, más momentos robados entre obligaciones.

Pero por ahora —solo por ahora— Stanley rodeó a Xeno con sus brazos y lo sostuvo cerca. Sintió el peso sólido y vivo de su cuerpo. Enterró el rostro en la curva del cuello de Xeno y lo respiró.

Por primera vez desde que despertó, todo se sintió bien.