Work Text:
-No puedo más, Patricia
En cualquier otro momento, esas cuatro palabras la habrían paralizado por completo. Ahora, sin embargo, le sonaban completamente absurdas. Mas aun al alzar la mirada y verse reflejada en el espejo del baño: el pelo semirrecogido, una sudadera gris tres tallas más grande que olía a esa mezcla de perfume de hombre y suavizante barato, y unos pantalones cortos de pijama que había dejado hacía ya unas semanas en aquel piso de Benimaclet.
-Patri… Patricia… – volvió a reclamarla.
Aquello era ridículo. Tanto, que su propia imagen aguantándose la carcajada y negando con la cabeza fue el momento de mayor seriedad que había vivido en las últimas dos horas.
-Néstor, si no lo has probado casi – dijo, observándole desde el umbral la puerta.
La panorámica no tenía desperdicio. Allí estaba él: ocupando todo el largo del sofá, vestido con una camiseta blanca de manga corta y un pantalón de chándal negro y peleándose con la manta para que le tapara los pies.
-Venga, al menos la mitad – concedió ella, haciéndose un hueco en el borde del sofá – e incorpórate, que se te va a ir la sopa por mal sitio.
A regañadientes, como llevaba haciendo la mitad de la tarde, terminaron obedeciéndola. Apoyó el bol sobre la mesa y se colocó la manta sobre los hombros, asegurándose de que le cubría la totalidad de sus brazos.
-Es que no me entra… - protestó, comiendo una cucharada – y está fría.
-Hombre, si no llevaras veinte minutos soplando y dando vueltas, no estaría fría – arrebatándole el bol de las manos antes de levantarse.
-Es que antes quemaba – se justificó, siguiéndola con la mirada.
-Antes quemaba, antes quemaba… - murmuró desde la cocina mientras programaba dos minutos el microondas.
Apoyada contra la encimera, mientras observaba cómo aquel bol daba vueltas, se vio reflejada en el electrodoméstico. El metal deformaba su silueta, convirtiéndola en una caricatura de sí misma. En el fondo, se sentía exactamente así. Si la Patricia de hace dos años la viera ahora mismo, se habría burlado de ella. Al mismo tiempo, sentido habría una profunda envidia.
Era la primera vez en cuarenta y cuatro años que cuidaba de alguien; de ese mismo alguien que llevaba diez meses a su lado y que, también por primera vez, la había hecho sentir cuidada de verdad. Esa reciprocidad aprendida le aflojó un poquito el pecho, pero el agudo pitido del microondas le recordó que no era el momento. Mientras cogía el bol, apartó el pensamiento y lo guardó en ese rincón mental donde se acumulan las tareas pendientes porque las dos últimas horas ya habían agotado el cupo de lo gestionable.
-Siéntate bien, venga – ordenó mientras apoyaba la sopa enfrente de él.
-Ahora te has pasado de caliente… - señalando el humo que salía del bol.
-En otros momentos no dices eso – riendo ella sola ante su propia ocurrencia, más por no perder los papeles que por el chiste en sí – perdón, perdón…
Él bufó por la nariz, manteniendo una sonrisa, y se llevó la primera cucharada a la boca.
-Joder, que me quemo la lengua – jadeando levemente y buscando el vaso de agua a la desesperada.
-No me seas exagerado, Néstor, por favor – arrebatándole la cuchara y soplando ella misma - ¿voy a tener que hacerte el avioncito?
-No – respondió firme en un intento de recuperar la dignidad.
-Pues come y calla – replicó ella.
Contra todo pronóstico, Néstor acabó la sopa sin rechistar en poco más de diez minutos.
-¿Y tú? – se interesó el oncólogo.
-¿Yo qué?
-¿No cenas? Tienes que comer algo, Patricia...
Hasta en aquel teatro de fingida agonía que Néstor llevaba dos horas protagonizando, ella iba primero. La grieta que había prometido gestionar más adelante se volvió más grande, más visible, más urgente.
-Sí, ahora me hago un sándwich – aclaró, más por llamar a su propia cabeza que por dar respuesta a la preocupación de Néstor.
-Y algo más…
-Y un postre.
-¿Y para mí no hay? – dijo volviendo a aquel tono de absoluta invalidez.
-Para ti, pastillas – anunciado, levantándose a por ellas.
El ruido de las cajas de cartón, del botiquín de plástico y de los cajones del pequeño armario de madera que estaba debajo del lavabo se empezaba a confundir entre sí. Uno, dos, tres minutos; demasiado tiempo para unas simples tabletas.
-¿Qué traes? -preguntó desconfiado al ver a Patricia con el blíster en las manos.
-Ibuprofeno – extendiéndole la medicación – me lo ha dicho chatGPT.
-Mejor paracetamol, es antipirético – indicó él, intentando recuperar la graduación profesional que, de cara a la presidenta, había perdido contra la inteligencia artificial
-¿Qué?
-Antipirético, que baja la fiebre – aclaró.
-Néstor, que no tienes fiebre – exclamó ella, rodando los ojos.
-¿Cómo que no? – se defendió, claramente ofendido – 37.2º marcaba el termómetro.
-Eso no es fiebre, eso son unas decimillas – bromeó mientras cedía con el cambio de comprimidos. Al fin y cabo, el título de medicina lo tenía él.
-Es fiebre… - murmuró
-Es ser el mejor médico y el peor paciente, Néstor –ofreciéndole el paracetamol.
-Gracias, supongo – cogiendo la pastilla con una sonrisa cómplice.
Apoyó el comprimido en su mano izquierda y se la quedó mirando en silencio. La pose exacta de quien espera algo de alguien, suponiendo que ese alguien ya sabe qué se espera de él.
-¿Y ahora qué te pasa? – se cruzó de brazos.
-Que necesito agua, esto no entra a palo seco – extendiendo el vaso vacío hacia ella.
-Si no te la hubieras acabado… - masculló ella.
-Si la sopa no quemara… – respondió él.
-Joder, Néstor – concluyó visiblemente indignada, pero consciente de que si él se daba el lujo de jugar a ser un niño indefenso, era porque ella era la primera en permitírselo.
Esta vez, la expedición de Patricia por el piso no duró más de veinte segundos. Era una maniobra simple, puramente mecánica: ir a la cocina, abrir grifo, llenar vaso, cerrar grifo y volver al salón. Cuando regresó, el sindicalista había vuelto a ocupar todo el largo del sofá.
-Eres insoportable – masculló al verle, extendiéndole el agua.
-Encima… - protestó mientras se tomaba el paracetamol – yo creo que me ha subido la fiebre, en serio.
Patricia volvió a rodar los ojos; un gesto que ya había repetido en innumerables ocasiones a lo largo de la tarde.
-A ver, quejica
La presidenta se sentó a su lado en un pequeño hueco que él había dejado a la altura de su estómago. Con delicadeza, se arremangó la sudadera y apoyó su mano izquierda en el frente del médico.
-Estás perfecto. Fresco como una lechuga, Néstor – cogiendo la mano de él y estampándola contra su propio frente, sin molestarse ni siquiera en apartar los mechones que la cubrían – estoy yo peor, tío.
Él le atrapó la mano y le besó suavemente el dorso. Un gesto tierno, íntimo, de los dos, que saltó por los aires cuando Néstor la rodeó por la cintura con su brazo libre, tirando de ella hasta hacerla aterrizar sobre su pecho.
-Que no, que no, que me ha subido la temperatura… - insistió mirándola a los ojos – me noto caliente – susurró en su oído mientras, estratégicamente, la acomodaba encima de él.
La presidenta no tuvo apenas tiempo para enarcar la ceja cuando sintió contra su bajo vientre una erección repentina que empezaba a asomar en el cuerpo del médico. De su garganta se escapó un sonido involuntario, que no era tanto un gemido, sino un jadeo breve nacido de la sorpresa. Sin desencajar sus centros, alzo su torso hasta quedar sentado a horcajadas sobre él. Por pura inercia, más bien costumbre, Néstor se incorporó en busca de su boca.
-¿Tú no estabas malísimo? – dijo apoyando las manos sobre su pecho, volviendo a tumbarle.
Néstor dejo que su cuerpo respondiera por él. Su superioridad física – quince centímetros, veinte kilos y diez veces más testosterona que ella – fue suficiente para reincorporarse. Su mano izquierda atrapó el culo de Patricia, presionándola contra su erección, mientras que la derecha se encajó entre sus escápulas, dejándola sin apenas espacio para maniobrar.
-Lo estaba, lo estaba… -murmuró ya perdido por su cuello.
Patricia le separó de su cuerpo tomándole por la barbilla. Con un solo dedo, le obligó a levantar la cabeza mientras ella le observaba con incredulidad.
-Y lo estoy – decretó alzando su índice – pero… - añadió, sosteniéndole la mirada apenas un par de segundos antes de regresar con urgencia a su cuello.
Aprovechando nuevamente su ventaja corporal, Néstor les dio la vuelta. Con una suavidad que distaba de esos besos desesperados que habían comenzado a dejar marca en el cuello de Patricia, él le separó las piernas y se colocó entre ellas, volviendo a encajar sus centros.
-He tenido… - dijo contra su clavícula.
Con un gesto rápido, le quito su propia sudadera a la presidenta, que ya no oponía ninguna resistencia. Al comprobar que no había más ropa que retirar, una sonrisa iluminó su rostro automáticamente, mientras que el hambre más crudo y primitivo se adueñaba de sus ojos.
-A la mejor… - bajando por su esternón hasta perderse en sus pechos descubiertos.
Esta vez, fue el cuerpo de Patricia el que respondió involuntariamente. Clavó los talones en el sofá, arqueó la espalda con violencia para presionar su pezón contra la boca de él y hundió la mano en sus rizos oscuros, soltando jadeos incontrolables.
-Enfermera – mascullo, con la boca aun ocupada en su pecho.
Sin perder el ritmo lingual, sus manos tomaron otro rumbo. Eran grandes, ágiles y hábiles; solo le bastó un tirón para deshacerse del pantalón y del tanga. Sus dedos recorrieron la humedad de abajo a arriba y sonrio involuntariamente contra el esternón.
-Gracias – susurro, justo antes de hundir su boca en el sitio exacto que sus dedos habían rozado segundos atrás.
La oleada no tardó en llegar. En estos diez meses, Néstor había perfeccionado sus habilidades sobre el cuerpo de Patricia. Dominaba esos dos milímetros más a la derecha, esa insistencia cuando ella comenzaba a temblar o esa cadencia exacta que provocaba que ella se desbordara. Relamiendo sus labios húmedos, degustando de sus comisuras los últimos rastros del sabor de ella, ascendió por su torso hasta quedar frente a frente.
Los ojos de ella, aún brillantes de placer, contrastaban con los suyos, aun hambrientos.
-Te quiero – murmuro él, dejando un suave beso en la nariz – gírate – ordenó justo después.
Solo él podía pasar de la absoluta ternura al más primitivo deseo en tan solo tres palabras y una sonora carcajada, casi tanto como sus gemidos minutos atrás, salieron de la garganta de Patricia. Se sorprendió a sí misma: por primera vez, la risa había sido su primera reacción. No había miedo, no había grietas, no había nada que meter en el cajón mental de las tareas pendientes. Sentirse desarmada, en vez de asustarla como de costumbre, se convirtió en algo que, también por primera vez, catalogaría, incluso, como agradable.
Con una sonrisa que no tenía tanto que ver con el sexo, sino con esa calma emocional que le acababa de invadir, Patricia hundió su cara en uno de los cojines. De reojo podía observar como él se había desnudo solo lo justo: la camiseta estratégicamente colocada para no interferir entre los cuerpos y el pantalón a la mitad del muslo, exponiendo su dureza. Aquella estampa le provocó un tirón en su bajo vientre y, por instinto, abrió más las piernas. Él, al comprobar que seguía igual de húmeda, rosa e hinchada, se introdujo entre ellas.
El sonido del choque de sus cuerpos, unido al eco de los gemidos de ella y los gruñidos de él, conquistó el salón durante un cuarto de hora. Ella acabo primero. Él, ya acostumbrado a ese esfuerzo consciente de no desbordarse antes de tiempo, lo hizo después. Salió lentamente de ella, obligándole a sentir cada uno de sus centímetros, para posteriormente limpiar con sus dedos los restos de ambos de los muslos de Patricia. Se colocó su propia ropa y, después, volvió a vestirla a ella con cuidado y una ternura que nada tenían que ver con la urgencia salvaje con la que la había desnudo.
Néstor se tumbó nuevamente a su lado, le besó la cabeza y la estrechó contra su pecho. Con el brazo libre, estiró la manta para cubrirlos a ambos.
-¿Ahora te han vuelto los virus de golpe o qué? - dijo Patricia al verso nuevamente envuelta en la actuación del oncólogo.
-Nunca se habían ido - se defendió él.
-Tendrá morro el tío... - refunfuñó mientras una risa seca y breve salía de su boca.
Con la cara hundida en el cuello de Néstor y los brazos aferrados a su torso, Patricia terminó quedando dormida al ritmo de las caricias que el médico trazaba en su espalda. Poco después, como de costumbre, el sueño le venció también a él.
Patricia amaneció más encogida de lo habitual. Eso fue lo primero que notó Néstor; que no se había despegado de él en toda la noche y ni siquiera el deslumbrante sol de la mañana, colándose por una persiana a medio cerrar, había logrado despertarla.
Por pura deformación profesional, llevó sus labios a la frente de la presidenta y confirmó sus peores presagios: Patricia tenía fiebre. De la verdad. A ojo, rozando los 38º.
Con sumo cuidado, Néstor se escabulló del sofá, asegurándose primero de dejarla bien tapada antes de meterse en la ducha, preparó los desayunos de ambos y eligio la medicación idónea para ella. Cuando regresó al salón, ella ya se había incorporado y tenía la vista fija en el correo del móvil mientras de fondo escuchaba las noticias en la televisión.
El pitido del termómetro los devolvió a la realidad. De un vistazo rápido, Patricia comprobó la cifra y apagó el aparato.
‐¿Cuánto? - preguntó él.
-Unas decimillas
-¿Cuánto, Patricia? - repitió con intencionalidad.
Patricia bufó por la nariz, rodó los ojos y clavó la vista sobre él.
-37'9°, pesado - dijo encogiéndose de hombros.
-Lo que yo decía - susurró para sí mismo.
Era bueno y lo sabía, pero no era el momento de regodearse en su ego de médico.
-Ahora mismo vas a dejar el móvil, vas a desayunar y te vas a tomar un paracetamol - indicó mientras apoyaba tanto el desayuno como la medicación en la mesa - y luego a descansar aquí.
Aun no se acostumbraba a ello. Después de diez meses, a veces se le hacía extraño que alguien se preocupara de ella sin esperar nada a cambio, ni siquiera un salario. Cuidar ella era una cosa, pero ser paciente era otra muy distinta. Y eso que su historia había comenzado exactamente en esos términos.
-Sí, doctor - terminó cediendo, sabiendo que el conflicto era inútil - aunque yo estoy perfectamente.
-Patricia, tienes fiebre - sentenció, sentándose a su lado y depositando un suave beso en su cabeza.
-¿Como tú anoche, pegavirus?
La risa se volvió sola, como arma y como escudo. Porque era más fácil llamarle "pegavirus" que admitir que su plan de sábado había sido pasar la tarde cuidando de su novio, ligeramente resfriado, aceptando el riesgo de enfermar ella. Y que, aun así, le había gustado. Y que lo repetiría.
-Pero en tu caso sí es verdad - admitió Néstor.
La risa de ambos retumbó en el salón.
-Ya
