Work Text:
Los dos compañeros de trabajo, Cuajinais y Tripa Seca, se encontraban contando dinero en la sala principal.
Todo era casual y monótono como cada vez que finalizaban un atraco; esta vez, exitoso. Ambos estaban en un fuerte silencio, evitando perderse en las cuentas y solo escuchando las exhalaciones del contrario.
Pero no todo era igual que siempre. Tripa seca tenía sus dudas por aclarar.
— Oye, Cuajinais... como que has estado demasiado callado últimamente. -dio una calada a su cigarillo. — ¿Ahora que traes? Problemas amorosos con la Minina, ¿O qué?
— Con ella yo no tengo nada. -aclaró, sin dirigirle la mirada. — Solo ando cansado de tanto movimiento. De aquí para allá, dinero por aquí, correr hacia allá. Tú me entiendes.
— La edad te está consumiendo entonces.
— Estoy en mis treinta.
— Si, y cerca de los cuarenta.
— Mira quién habla. El tipo al que ya se le cae la piel a pedazos.
Tripa seca rodeó los ojos y continúo contando los billetes. Cuajinais creyó que la conversación había finalizado allí.
Pero no.
— Hace tiempo que no vemos a ese insecto, ¿No? ¿Se habrá muerto?
Bingo. Tripa seca le atinó a la razón del silencio repentino de estas semanas de su compañero. Claro que Cuajinais no iba a admitir que extrañaba a su rival número uno.
— Espero que sí. —afirmó, reprimiendo su dolor en el pecho.
— Mira, si llego a leer semejante notición en el periódico , ¡Habrá que celebrar, compadre! —le palmó el hombro a su compañero, entusiasmado.
— No te ilusiones. Solo queda rezar.
— Ya, Cuajinais, tampoco hay que ser tan pesimista. Piensa que puede ser una buena señal. El Chapulín Colorado no se ausenta tantas semanas.
— Tripa, mejor sigue tú. —se levantó de la silla. Intentó esconder su rostro irritado bajo la sombra de su sombrero. — Queda poco.
— ¡¿Cómo que sigo yo solito?! ¿Con todo este montón de dinero, hombre?
— A ti te va mejor en matemáticas, te doy mi confianza.
Y se fue.
Cuajinais soltó un largo suspiro al cerrar la puerta de una habitación lejana. No era su casa ni tampoco su cuarto, pero sí un lugar para reflexionar otro tiempo a solas.
Se sentó en una silla frente a un escritorio desordenado. Se reclinó y enfrentó a una ventana como su única fuente de luz en toda la habitación.
Por un lado, reflexionar sobre sí mismo y su vida le venía bien para comprender sus sentimientos y decisiones. Por el otro lado, odiaba caer en el bucle ansioso de posibilidades; ¿Y si en realidad ya no lo quiere ver a él ni a su mugrosa banda? ¿Y si se enfermó? ¿Y si se retiró de su ridículo trabajo?
¿Y si... en verdad murió?
Lo odiaba, a él y a su estúpido trabajo de superhéroe. Odiaba que siempre le dijera que se trataba de un trabajo secreto y que no podía revelar nada de su identidad.
Lo odiaba porque, si tan solo pudiera tener su número de teléfono, lo llamaría y sabría cómo está. Pero no; todos los días tenía que adivinar si algún día va a aparecer ileso, herido o con vida.
Lo odiaba porque solo puede dedicarle unos minutos de su tiempo a él por tener que ayudar a otros ¿Y que recibe a cambio? Nada, un simple gracias y agrandar su corazón bondadoso. Detestaba que fuese tan compasivo y amable con los demás como para no recibir ni siquiera una miserable moneda. No era justo tener que verlo solo quince minutos extra después de un crimen.
Su frustración era tanta que las lágrimas salieron por sus ojos. Se levantó de la silla dispuesto a golpearse la cabeza contra la pared.
Lo odiaba. Si, lo detestaba... o no.
No, en realidad no a él, sino a sí mismo. Le frustraba tener un trabajo criminal y completamente opuesto al amor de su vida que le impedía verlo constantemente.
Tal vez si él fuera un ciudadano normal y moralmente correcto lo podría ver a menudo. Tal vez hasta le dedicaría más minutos de su tiempo, incluso horas.
¿Y si acaso el Chapulín no quiere dedicarle más tiempo a su relación? ¿Y si él no lo ama realmente por ser un criminal? ¿Por ser el monstruo que es y que nunca va a poder cambiar?
— ¡Espera! ¡No lo hagas!
Cuajinais se frenó en seco al escuchar esa voz. Estaba sosteniéndose sobre la pared, con la cabeza inclinada hacia atrás. Dispuesto a callar su cabeza de una vez por todas.
De reojo vió una figura roja y amarilla con dos antenas. Detrás suyo, la ventana abierta.
— ¡Cuajinais! —el Chapulín se acercó y lo empujó suavemente, tomándolo por los brazos. — ¿Qué pensabas hacer? ¿De verás te ibas a quebrar el cráneo? ¿Quebrar ese hermoso cerebrito pensador?
Cuajinais agachó la cabeza para visualizarlo mejor. El Chapulín se veía de verdad preocupado. Aunque quisiera meter algo de su tonto humor, su rostro decía la verdad.
— Chapulín... ¡Chapulín!
Lo envolvió en un abrazo tan fuerte como si evitara que se escape. El chaparro se sorprendió ante el repentino tacto (usualmente es él el toquetón). Sin dudarlo, lo abrazó.
— Creo que no me extrañaste. —rió y le dió palmadas en la espalda. — ¿Qué tal? Leí que tuvieron muchos atracos con éxito desde que me fui de vacaciones. Si me preguntas a mi, ¡Visité Argentina! Estuvo padre, ¿Sabes? No creí que el obelisco fuese tan alto, ¡Casi me mareo cuando...!
Pero el Chapulín sintió su hombro izquierdo humedecerse y unos dedos clavarse en su espalda.
— Chapulín... —balbuceó Cuajinais con la voz quebrada. — No... no vuelvas a hacerme esto...
— Hey, hey... —el enano suavizó su tono y dejó las bromas. — No me pasó nada, de verás. Estoy bien, en carne y hueso. Solo fue una semana de vacaciones.
— ¡¿Una semana?! —se separó, pero aún manteniendo el tacto agarrándolo por los hombros. — ¡Seis semanas! ¡Un mes ausente! Y me podrías haber avisado, ¡Pero no! Todo tiene que ser un secreto entre tu y yo. Si tan solo... ¡Si tan solo me hubieras dejado tu número de teléfono! Yo... yo...
Frenó su discusión un momento por las lágrimas que escapaban. Chapulín estaba tieso y admitiría que nunca había visto al Cuajinais tan sentimental y herido como ahora.
— Lo siento... Carlos...
— ¡Hasta tu sabes mi verdadero nombre! —gritó otra vez, está vez soltando el agarre. — ¡¿Y yo ni siquiera puedo tener tu número de teléfono para saber si estás vivo acaso?! ¡¿Así nos vamos a llevar?!
— ¡Lo sé, es mi culpa! Lo admito... Soy un idiota por no darte algún aviso, alguna carta ¡Algo! No pensé... —confesó. Sus antenitas se agacharon. — Perdón... de verás, Carlos, tu si me importas.
— ¿De verás? ¿Te importa nuestra relación? —dijo e hizo el esfuerzo de mantener su voz firme. — Si realmente te importo, confiarías en mí.
— Si confío, Carlos. Yo...
El Chapulín no sabía lidiar con estás situaciones. Ha tenido discusiones de pareja antes con otras personas, pero está es la primera vez que se sentía un completo fracasado y totalmente culpable de un corazón roto.
— No sé cómo podrías perdonarme...
El silencio posterior fue el más incómodo de sus vidas.
Entonces, Chapulín anotó en un papel y se lo dió al Cuajinais.
— Tienes toda la razón del mundo, Carlos. Cometí un error grave que casi hizo que te partieras la cabeza al medio... y lo acepto. No era mi intención que las cosas terminaran así.
Cuajinais tomó el papel y leyó tres números de teléfono.
— ¿Por qué tres?
— Distintas casas.
— Bien. —y se guardó el papel en el bolsillo.
No hacía falta recordarle a Cuajinais que no debía compartir su número con nadie. Chapulín confiaba en su astucia.
Aún con el caso resuelto, el mafioso seguía con el ceño fruncido.
— Yo... bueno, esto es incómodo, pero debo-
— Irte. Si, lo suponía. —Cuajinais rodeó los ojos. — Que te vaya bien.
Chapulín fue hacia la ventana que había dejado abierta todo este tiempo. Puso los pies sobre la baranda, haciendo equilibrio. Cuajinais, conociendo su torpeza, se posicionó detrás suyo.
— Ah, y antes de que me vaya. —el chaparro se arrodilló para quedar cara a cara con su mafioso favorito. — ¿Este sábado estás libre?
— A la noche, ¿Por qué?
— Creo que ya es tiempo de una cita, ¿Qué te parece? Yo invito.
Cuajinais abrió los ojos asombrado. Creía que él iba a ser el primer idiota en invitar a su rival a una cita romántica donde cualquiera podría reconocerlos, especialmente a él por su enorme cicatriz.
— ¿Cita? ¿En serio?
— Si, y te lo debo. Después de haber destruído tu noble corazón, quiero encargarme de todo: de el lugar, de llevarte, de invitarte, ¡Todo! —respondió. — Entonces, tu...¿Aceptarías salir conmigo?
Cuajinais quería mantener su mirada fría después de la escena anterior, pero el tierno gesto de su casi algo le impedía siquiera fruncir el ceño.
Se rió ante la propuesta. Una risa verdadera.
— Bien, pero cambiaremos de ropa. No me pueden ver en la calle ni a mi ni a ti.
— Obvio no.
El mafioso sintió un entusiasmo repentino de tan solo imaginarlo con otra prenda que no fuera ese ridículo traje.
— Bien, sábado a las veinte será. Debo irme. -se inclinó y le dió su típico beso corto de despedida. — Y perdón, otra vez.
Antes de desaparecer de su vista, Cuajinais lo jaló del brazo.
— Espera... ¿Cómo supiste que... estaba por golpearme la cabeza?
— Bueno... mis antenitas de vinil detectaron peligro por toda esta zona, pero decidí ir primero a por tí.
