Chapter Text
Un bostezo abandonó los labios de Naruto mientras arrastraba los pies descalzos por el piso de madera; el dorso de su mano derecha tallando con pereza su ojo cerrado.
El sonido de las teclas del computador portátil siendo presionadas con rapidez y la bocanada de aire húmedo que llenó sus pulmones, impregnado con el aroma de té de lavanda, le hizo saber que Hinata aún se encontraba en casa. Peculiar, considerando que el reloj en la sala mostraba que pasaban de las 8:15.
Sus deducciones fueron confirmadas cuando al pasar por el arco que dividía la cocina del resto del apartamento, encontró a su prometida sentada en uno de los taburetes de la isla. Una sonrisa dulce nació en los labios de Naruto al acercarse sigilosamente, brazos estirándose para rodear con gentileza los hombros de Hinata y atraerla hacia su pecho. Ella soltó un corto jadeo sorprendido, deteniendo el movimiento de sus dedos.
— Pensé que ya te habías ido —murmuró Naruto con los labios presionados sobre la parte más alta de su cabeza.
Hinata negó suavemente, cerrando los ojos para disfrutar del contacto. Su mano elevándose para dar un ligero apretón en el antebrazo de Naruto. El rayo de sol que se filtraba por la ventana se reflejó contra la delicada banda de oro que rodeaba su dedo anular, robándose la atención de Naruto; aún no se acostumbraba a verlo, a sentir el frío contra su piel.
—Mmh, hoy no iré a la oficina. Programaron una nueva reunión en Yokohama.
Naruto suspiró, expresando el cansancio por ella. Posó su mentón donde antes estaban sus labios.
—¿Otra vez? Creí que ya se había solucionado todo.
—Yo también —Hinata admitió, un deje de fatiga y desánimo tiñendo su voz. Llevaba dos semanas trabajando en concretar un importante proyecto y sus esfuerzos cada día parecían ser restringidos por una nueva queja del cliente.
Una de las manos de Naruto rompió el abrazo para viajar hasta el plato a medio comer frente a Hinata, robándose dos trozos de fresas. Uno lo llevó a sus labios y el otro a los de él.
—Siempre puedo llamar diciendo que estás muy enferma —ofreció con una sonrisa adormilada y un tono vacilón pero sincero—. Un terrible caso de parvovirosis
Una risa ligera brotó de los labios de Hinata ante la propuesta, abultando sus mejillas y transformando sus ojos pálidos en medias lunas. Un gesto que, inmune al paso del tiempo, jamás fallaba en propagar un sentimiento cálido por el pecho de Naruto.
—Naruto, eso solo les da a los perros.
—Mmh, por eso es terrible.
Dejó otro beso esta vez en su mejilla y se apartó para sentarse en el taburete a su lado, removiendo antes la enorme torre de documentos que ahí reposaba. Hinata estiró su espalda y continuó con lo que estaba haciendo antes de ser interrumpida.
Los ojos azules de Naruto viajaron hacia la pantalla, y al no entender nada entre todos esos números y letras, los volvió a enfocar en el bonito y concentrado perfil de Hinata. Viajaron por las delicadas facciones contorneadas por la luz, a un largo mechón de cabello negro que se había escapado del agarre del broche en su nuca, a el ligero fruncir en sus cejas y se detuvieron preocupados en las ojeras que comenzaban a crecer con el pasar de los días.
—¿Te quedarás a dormir allá? —preguntó recargando su rostro contra su palma sobre la encimera.
—Probablemente. Sabes cómo disfrutan de las cenas ostentosas —Hinata arrugó la nariz y Naruto la imitó por reflejo—. Lo siento.
— No, está bien. Al menos podrás dormir un poco más esta noche.
Hinata giró su cuello para observarlo.
—Estás preocupado —dijo, con una sonrisa recta en sus labios—. Te llamaré cuando llegue.
Naruto asintió.
—Solo quiero que estes bien.
Hinata bajó la mirada al anillo en su dedo y después estiró su mano para apretar la de Naruto.
—Lo estaré. Tu diviértete esta noche ¿Bien?
Naruto devolvió el apretón.
—Bien.
***
Naruto secó la gota de sudor que comenzó a rodar por el costado de su rostro hasta su cuello con el dorso de su mano manchada con tierra húmeda. Jadeó cansado y estiró el cuello hacía atrás; el intenso sol del medio día bañó su rostro. Sus ojos se entrecerraron por la luz y la sensación de las ligeras corrientes de aire que se colaban entre su camisa blanca y su piel pegajosa, aliviando momentáneamente el calor.
Iruka se encontraba a su lado en la vereda, en cuclillas sobre la pilea que acababan de trasplantar de maceta. Tomaba notas en su usual libreta color pistacho, murmurando cosas para sí mismo.
—¿Entonces puedo ponerla en la sala? —preguntó en voz alta.
Naruto volvió su atención hacía su papá y asintió. Sus dedos tomaron una de las redondas hojas de la planta, amarillenta y ligeramente quemada en los bordes.
—Sí, debe recibir luz indirecta. Puedes ponerla por la ventana y girarla cada cierto tiempo.
—Girarla cada cierto tiempo —Iruka repitió en un murmullo mientras anotaba.
Naruto se acercó más a la planta, revisando el tallo y las hojas nuevamente para asegurarse de que no tuviera plaga. Cada tantas semanas, solía recibir llamadas de emergencia por parte de Iruka, solicitando su expertise para impedir la muerte de una de sus más recientes llegadas. Naruto culpaba a Kakashi por esto, pues era él quien solía ver cualquier planta bonita y, sin preguntar mucho, la llevaba a casa porque sabía que a Iruka le gustaría.
Claro que después, la supervivencia de dicha planta quedaba en manos de Naruto. Su padre al menos se esforzaba por aprender, Kakashi se limitaba a sentarse en el sillón individual en la vereda. Siempre sosteniendo un libro cuyas páginas tornaba casi con pereza, sus ojos ocasionalmente abandonando la lectura para enfocarse en lo que hacían o para escuchar fragmentos de la plática que llamara su atención lo suficiente.
Naruto se levantó con un quejido y caminó en dirección a donde se encontraba Kakashi, dejándose caer en el sillón de dos plazas a su lado. Kakashi le ofreció una mirada de reojo y cambió la página.
—Hinata no vino —apuntó con una voz relajada.
Naruto asintió y suspiró agotado, recostando el cuello en el respaldo de madera clara. Iruka llegó a su lado y palmeó su pierna para que le diera espacio para sentarse. Naruto lo hizo con otro quejido y rápido cambió de posición para recargar la cabeza en el hombro de su padre. Era mucho más bajito de como lo recordaba en su infancia, cuando fácilmente podía rodear su cintura con sus piernas y esconder la cabeza en su pecho.
La oleada de nostalgia lo hizo cerrar los ojos.
—Tiene una reunión en Yokohama.
Iruka y Kakashi tararearon al unísono como respuesta. No era inusual en Hinata el tener continuos viajes de trabajo, era natural al ocupar un puesto tan alto en la empresa familiar.
—¿Estás nervioso por la boda?
Desde el enorme árbol que se encontraba al fondo del jardín, las aves cantaban desorganizadas. Y de una prominente rama, colgaba su columpio favorito, con un tablón torcido y cuerdas desgastadas por el uso. Un tablón que, desde que Naruto tenía catorce años, Iruka había prometido cambiar. El cabello castaño de Iruka cosquilleaba su mejilla y su voz vibraba a través de él. Le daba una sensación de calma que no sabía que anhelaba tanto.
—No hemos ni siquiera iniciado los preparativos. —Naruto rio entre dientes, una tensión trepando por su columna.
Una mano silenciosa se posó en su espalda, firme y gentil, haciéndolo abrir los ojos lentamente.
—Solo quiero que todo salga bien... —añadió.
—A veces tu mente comienza a contarte historias de terror sobre el futuro —Kakashi dijo, entrecerrando su libro y utilizando su meñique como un marcador de página. Su mirada calmada centrada al frente—. Enfócate en tu realidad, Naruto. Están a punto de empezar a planear un futuro juntos porque Hinata te elige hoy. Te elige todos los días.
Naruto parpadeó, tantos años y aún no se acostumbraba a la ocasional y valiosa sabiduría que Kakashi derramaba en los momentos precisos. Una sonrisa se esbozó en sus labios, una que llegó hasta sus ojos y le hizo asentir, una nueva convicción construyéndose. Kakashi tenía esa molesta costumbre de parecer casual mientras decía exactamente lo que necesitabas escuchar.
— ¿Te quedas a comer antes de ir a tu fiesta? —la mano en su espalda lo palmeó con cariño—. Preparé tu favorito.
Naruto soltó una risa suave.
—Claro que sí.
El columpio se balanceó bajo la brisa de verano mientras el aroma de la comida escapaba desde la ventana abierta de la cocina.
Por un instante, sentado entre Iruka y Kakashi, Naruto sintió que no había ningún lugar en el mundo donde preferiría estar.
***
Abarrotado.
Fue el primer pensamiento que tuvo Naruto al abrirse espacio entre las personas sentadas en el bar. Su vista aún batallaba en adaptarse a la tenue luz roja que emanaba de las lámparas colgantes adornando el techo y sus oídos a la música en vivo que sonaba desde el pequeño escenario en la esquina; cuando ubicó unos cuantos rostros familiares. Todos agrupados en una larga mesa alejada de la barra, parloteando alegres entre ellos.
Los ojos verdes de Sakura rápidamente lo atraparon entre la multitud y un ademán efusivo de su mano lo invitó a aproximarse.
—¡Y llegó el festejado! —Sakura gritó apenas se acercó, provocando que el resto de sus amigos levantaran la mirada para verlo. La chica se levantó para rodearlo con sus brazos, una felicidad genuina en su expresión—. Aún no puedo creer que te vas a casar.
Naruto sonrió ampliamente, devolviendo el apretón con la misma fuerza.
Sakura era su mejor amiga, un lazo que empezó por la obligación de armar equipos aleatorios en un proyecto de ciencias. Una molestia para ella, pero un sueño para el Naruto de secundaria, que estaba loco por ella. Cuánto habían crecido. Ahora, el aroma de flor de cerezo en el shampoo de Sakura ya no se sentía como un anhelo romántico, sino como un refugio familiar.
—Yo tampoco.
Rompió el abrazo para poder saludar a todos, un calor agradable subiendo a sus mejillas. Tan solo unos minutos ahí, le recordaba lo mucho que disfrutaba de estar rodeado de sus amigos; apreciar el brillo en sus ojos y el entusiasmo de su adolescencia que volvía cada vez que se reunían.
Con el pasar de los años, parecía imposible que un grupo de adultos lograra liberar sus agendas y coincidir. La historia de siempre: uno cancelaba y, de inmediato, los demás se desanimaban hasta que la salida se posponía sin fecha determinada. Su amistad se mantenía viva a base de mensajes y actualizaciones de los sucesos más importantes; por eso, Naruto había soltado la noticia de su compromiso con Hinata a las 8:47 de la misma noche de su propuesta, sin esperar una gran reacción. Lo que no sabía era que su mensaje desencadenaría una ola de emoción tal, que terminaría por arrastrarlo, casi de imprevisto, hasta el ruidoso y brillante bar que tanto habían frecuentado en sus años universitarios.
—¡Naruto! Dios, hace tanto no te veía. Ven, ven siéntate aquí. —una sonriente Ino le señaló la silla que había apartado con su bolso, en su mano sostenía una margarita a medio beber.
Naruto obedeció. A su costado izquierdo, Shikamaru le pasó la primera botella de cerveza como saludo y levantó el mentón. La tomó y dio un largo trago. Hoy sabía extrañamente dulce.
—Qué pena que Hinata no pudiera venir —Ino dijo con un tono desanimado—. Quería ver su anillo.
—Es una mujer cotizada y muy ocupada —Naruto secó la gota que se derramó por la comisura de sus labios; la sonrisa en ellos era de puro orgullo.
—Oh, que presumido. Yo también quisiera ser un sugar baby.
—¡Oye! Ser un sugar baby y paramédico es un trabajo de tiempo completo. Requiere carisma, dar masajes excelentes cuando ella llega estresada de la oficina y, sobre todo, lucir espectacular con el uniforme —respondió casi gritando por sobre la música, dándose una palmadita en el pecho con orgullo—. Yo salvo vidas viéndome sexy y ella me salvó de comer ramen instantáneo por el resto de mis días. ¡Es un ganar-ganar!
Ino rodó los ojos y ahogó una risa, mientras que Sakura levantó su botella para brindar por eso.
Conforme pasaban las horas y el nivel de alcohol en la sangre subía, el grupo se volvía cada vez más ruidoso y efusivo. Los meseros iban y venían esquivando el bullicio, apareciendo y desapareciendo con platos nuevos y vasos llenos.
Naruto ya había rotado casi por toda la mesa; principalmente para ponerse al día con el grupo, pero también para huir de Ino. La rubia se había convertido en un peligro para la salud pública: cada vez que veía a alguien sin un trago en mano, le encajaba la botella en la boca para vaciarle un shot directo. Al principio, Sakura intentó detenerla, preocupada por el hígado de todos, pero bastó un susurro de Ino en su oído para que cambiara de bando y se uniera al complot incitador. Pocas veces Naruto había agradecido tanto ser un Alfa y gozar de la altísima resistencia al alcohol que venía con el kit.
Terminó aterrizando al lado de Sai. El chico de piel pálida parecía sumamente concentrado en pelar un plato entero de edamames; sus dedos delicados iban depositando las cáscaras en una montañita perfecta sobre una servilleta arrugada con manchas de teriyaki secas. Sai solía ser de pocas palabras, alguien que disfrutaba en exceso del papel de observador, pero el ligero sonrojo que teñía sus mejillas, su balbuceo incesante y una curiosidad peligrosamente potenciada revelaban que él también había sido víctima de la estrategia de Ino
—Sai, hola —saludó Naruto, dejándose caer en el asiento libre con un suspiro de alivio—. Veo que Ino ya te convirtió en otro soldado caído.
Sai no despegó los ojos de su edamame. Separó la vaina con una precisión milimétrica, sacó el grano verde y lo depositó en su boca antes de hablar. Su voz sonaba un tono más alto de lo normal y arrastraba ligeramente las palabras.
—Ella es... una fuerza opresiva muy eficiente —dictaminó Sai, parpadeando con lentitud hacia Naruto—. Pero estoy bien. El alcohol estimula mi flujo de pensamiento. De hecho, estaba pensando en ti, Naruto.
—¿En mí? ¿Por qué? ¿Me extrañabas mucho? —Naruto rio, cruzando los brazos detrás de su cabeza y batiendo las pestañas.
—No. Pensaba en tu boda —Sai finalmente se giró a mirarlo, con las mejillas encendidas por el sake y la cerveza, sus ojos oscuros como los de un ave, curiosos—. En después de tu boda. ¿Qué pasa después de una boda?
La pregunta fue tan directa y llana que a Naruto se le congeló la sonrisa un milisegundo. El ruido de las risas de Ino y Sakura al otro lado de la mesa de repente pasó a ser ruido de fondo. Naruto contempló la respuesta, sus ojos vagando por el lugar mientras una sensación burbujeaba en su pecho. Era cálida y vergonzosa de admitir en voz alta.
—Vaya, el alcohol te vuelve más profundo. —rascó el costado de su rostro con su dedo índice, tragando saliva—. Bueno, ya sabes... A mí y a Hinata nos gustan las familias grandes y las casas ruidosas.
Sai se detuvo de pelar su edamame y observó a Naruto, parpadeando dos veces. El rubio estaba listo para un psicoanálisis gratuito cuando una sonrisa sincera se instaló en su rostro.
—Sí, puedo verlo.
***
Se recargó contra la pared de ladrillo oscuro, llenando sus pulmones de la brisa fresca de la medianoche y el humo del cigarro que Shikamaru fumaba a su lado. Naruto no fumaba; solo necesitaba aire fresco y poder hablar sin tener que gritar durante cinco minutos.
—¿Y cómo va el trabajo?
—Oh, Dios. Ni empieces con eso —el rostro de Shikamaru se arrugó con desagrado ante la más banal de las preguntas, sacando una risa de Naruto. Sacudió la ceniza de la cola del cigarro y suspiró—. Es un fastidio. Todos siempre tienen un problema por resolver y juró que su nivel de urgencia es inversamente proporcional a su capacidad de pensamiento lógico. O sea, nulo.
Naruto sonrió, mirando hacia el cielo. La contaminación de Tokio y las luces de neón no dejaban ver ni una sola estrella, pero la luna llena en medio del lienzo al menos resultaba un consuelo.
—Ayer me resbalé con el contenido de una bolsa de colonoscopia —declaró, mirándolo de reojo.
—Qué puto asco. Tú ganas. —Shikamaru negó con la cabeza, dejando salir el humo lentamente. El silencio que siguió era el de dos amigos que compartían el peso de ser adultos.
—A veces me pregunto en qué momento crecimos tanto —comentó Naruto entre un suspiro, bajando la mirada hacia sus tenis—. Somos tipos cansados que se quejan de fluidos corporales y compañeros de oficina. Con lo de la boda encima, no sé... me da un golpe de realidad rarísimo. Siento que finalmente estoy construyendo el hogar que siempre deseé y me aterra.
Naruto estaba a punto de continuar hablando cuando el sonido de la puerta de madera rechinando lo interrumpió y lo hizo girar a su dirección.
Una figura alta y envuelta en un saco negro salió del bar. Cada uno de sus movimientos parecía calculado, practicado hasta ejecutarlo a la perfección. Se detuvo a unos pasos de ellos, ladeando el rostro a la izquierda mientras encendía un cigarrillo entre sus pálidos labios. La llama del encendedor alumbró por un efímero momento un conjunto de rasgos afilados y unos ojos que asemejaban a un hoyo negro, un abismo que se tragaba toda fuente de luz.
El desconocido exhaló el humo lentamente, dejando que la brisa de la medianoche lo desdibujara entre ellos. Se pasó una mano por el cabello espeso y azabache, apartándolo de la frente solo para que este volviera a caer con rebeldía sobre sus ojos. Fue justo en ese instante, al levantar la mirada del asfalto, que sus ojos se encontraron con los de Naruto.
El tiempo pareció dilatarse. La voz de Shikamaru y el bullicio del bar se distorsionaron en sus oídos.
Naruto sintió un tirón violento en la boca del estómago al percibir un eco de reconocimiento en facciones que jamás había visto en su vida. Era una sensación idéntica a intentar recordar un rostro borroso en un sueño febril, el eco de una voz que nunca habías escuchado. La epifanía de encontrar algo que ni siquiera concebías perdido.
El pelinegro frunció apenas el ceño, sosteniéndole la mirada con una fijeza desconcertante. Su cabeza, aún ladeada, le daba un aspecto extrañamente pensativo. Confundido.
Naruto se preguntó, con el pulso acelerado, si el otro estaría atrapado en la misma neblina mental.
El momento estalló cuando el otro apartó la mirada de forma brusca. Naruto lo imitó, abrumado por la sensación a su alrededor. De reojo, vio al chico presionar el cigarrillo apenas iniciado contra el ladrillo, apagándolo por completo antes de dar media vuelta y reingresar al bar a paso apresurado. La puerta se cerró tras él, devolviéndolo a la realidad.
—Volveré adentro —le informó a Shikamaru.
—¿Ya? ¿Pasó algo?
—No lo sé.
***
Naruto puso el tarro de cerveza vacío sobre la mesa; el frío de las gotas condensadas en el cristal contra su piel era lo único que lo mantenía anclado a la realidad. Frente a él, Sai manoteaba lejos la mano de Ino, quien intentaba colarse en el refugio formado por sus brazos para robarle uno de los pocos edamames que le quedaban. Sai negaba repetidamente con la cabeza, pegando el plato contra su pecho mientras Ino reía, encantada con su reacción.
A unos metros, el vestido rojo de Sakura giraba a la par de sus movimientos. Su aura emanaba un brillo cegador mientras bailaba en la pista improvisada; la mano de un chico la tomó de la cintura, reduciendo la distancia para besar su mejilla y provocando que ella echara la cabeza hacia atrás con una sonrisa enorme y el rostro encendido.
Sin embargo, Naruto era incapaz de procesar nada de eso. Por más que se lo prohibiera a sí mismo, sus ojos no dejaban de desviarse hacia la silueta sentada en la barra.
Una. Dos. Tres veces.
Quería olvidarse de la peculiar sensación que había invadido todos sus sentidos.
El chico se había despedido de una mujer de cabello rojo hacía veinte minutos, rodando los ojos a sus espaldas de una manera casi cariñosa. Y ahora bebía solo, ladeando un vaso de lo que parecía whisky de un lado al otro, la mirada perdida en el tono ámbar que reflejaba la luz del techo.
Quería olvidarse de la curiosidad que crecía como burbujas en su estómago.
Naruto contempló su tarro vacío y se levantó de la mesa, caminando hacia la barra. Ordenó una cerveza al barman y esperó con la cadera recargada contra la superficie.
Fingió interés en los estantes llenos de licores del fondo, pero la realidad era que el espacio entre ellos se había reducido a un escaso metro. A esta distancia, la presencia del pelinegro ya no era una silueta difusa; se sentía densa, fría y extrañamente atrayente.
El barman deslizó el tarro nuevo hacia Naruto. Él pagó en automático, pero en lugar de dar media vuelta y regresar al refugio de su mesa, se quedó ahí. Sus dedos tamborilearon sobre el cristal húmedo.
—¿Whisky japonés? —preguntó, su voz proyectándose al frente con demasiado aire.
El chico no se había movido, pero el vaivén del líquido en su vaso se detuvo de golpe. El hielo tintineó suavemente contra el vidrio.
—Seguirme hasta aquí es un poco obvio, ¿no crees? —ignorando por completo su pregunta, una voz llegó a los oídos de Naruto por encima de la música. Era una voz baja, grave, con un sutil tono aterciopelado. No se había girado a mirarlo; seguía con los ojos fijos en la barra.
Naruto parpadeó, atrapado in fraganti, pero su naturaleza extrovertida y determinada reaccionó antes de que el pánico lo hiciera retroceder. Una sonrisa ladina se instaló en sus labios mientras daba los dos pasos que los separaban, ocupando el banco vacío a su lado. A su nariz llegó un aroma sutil y reconfortante, profundo como el té negro y la lluvia por noche.
Provenía del desconocido.
—No te estaba siguiendo, —mintió descaradamente Naruto, apoyando los codos en la madera y mirándolo de perfil—. Solo vine por una recarga. Aunque, ahora que lo mencionas... el callejón se quedó un poco helado cuando entraste.
El chico ladeó el rostro lentamente. Sus ojos oscuros, ahora iluminados de cerca por las luces cálidas de la barra, escanearon las facciones de Naruto con una fijeza desconcertante. El ceño del pelinegro se frunció apenas un milímetro, Naruto pudo identificar el cambio en su expresión.
—Eres ruidoso —dictaminó, dándole un sorbo corto a su trago, aunque no hizo ningún ademán de alejarse o exigir que lo dejara en paz.
—Y tú un enigma —retó Naruto, ensanchando su sonrisa, sintiendo que el corazón le latía un poco más rápido de lo normal—. Soy Naruto.
El pelinegro sostuvo el contacto visual por un segundo que pareció eterno, como si estuviera debatiendo internamente si valía la pena enredarse con él. Finalmente, dejó el vaso sobre la mesa.
—Sasuke.
Naruto se acomodó en el taburete, acortando la distancia entre ellos. Presentía que esa revelación era lo más cercano a una invitación que iba a recibir.
—Es irlandés.
—¿Huh?
—El whiskey. Es irlandés, no japonés.
—¿Ser todólogo es parte del misterio? —dijo Naruto, recargando el mentón en su mano—. ¿Y cuál es la diferencia? En realidad, todos saben muy mal, no sé cómo puedes beberlo. Yo siento que se me atora en la garganta —añadió, con una mueca de desagrado pintando su rostro al recordar el sabor.
Sasuke frunció el ceño; su ojo izquierdo se contrajo ligeramente ante su ignorante mente y paladar.
—Hay una gran diferencia —explicó, su tono volviéndose extrañamente elocuente y soltando más palabras de las que Naruto creía capaz—. El irlandés es destilado tres veces, lo que vuelve su cuerpo más suave y ligero. El japonés se basa en el método escocés; es robusto, seco y ligeramente ahumado.
Una sonrisa desafiante brotó en los labios de Naruto al ver lo fácil que había sido picarle el orgullo.
—No te creo —contestó remarcando cada sílaba, encogiéndose de hombros.
Aquello pareció irritar a Sasuke de inmediato. El pelinegro llamó la atención del barman con un gesto firme y ordenó un trago de cada destilado, demostrándole a Naruto hasta dónde era capaz de llegar solo para ganarle un argumento.
Ambos eran, por naturaleza, extrañamente competitivos.
El barman colocó los dos vasos pequeños frente a ellos. El líquido ámbar atrapaba los reflejos de las luces del bar.
—Es un desperdicio de buen alcohol para alguien que claramente prefiere la cerveza barata —murmuró Sasuke. Deslizó el primero hacia Naruto. —Bebe. El irlandés primero.
Naruto miró el vaso como si tuviera ácido. Al inclinarse hacia adelante, el aroma a lluvia y té negro proveniente Sasuke volvió a golpearlo, mezclándose de forma extraña con el olor dulce del grano destilado. Se lo tragó de un golpe. El alcohol le quemó la garganta y Naruto arrugó toda la cara, tosiendo un poco mientras ahogaba un quejido.
Justo como lo recordaba.
—¡Sabe horrible! —protestó, con los ojos llorosos—. ¡Es exactamente igual de malo!
Sasuke soltó un bufido que casi pareció una risa; un sonido corto y despectivo, pero extrañamente relajado.
— ¿Eres tonto? Se supone que debes beberlo despacio y reposarlo en tu boca. Eres un caso perdido —Sasuke apuntó al vaso restante con un movimiento de cabeza, con los brazos cruzados—. Ahora el otro. Si tu paladar no está completamente atrofiado, notarás el ahumado.
Naruto acató su consejo y dio un sorbo lento. El sabor impregnó su boca, calentando su lengua y su tráquea. La sensación lo hizo retorcerse.
—Bueno, este sabe aún peor. Que asco... pero ¡Oye, si sabe ahumado! —dijo con la voz apretada y los ojos abiertos con sorpresa. Sasuke dejó salir un sonido aprobatorio, tomándolo como una victoria.
El rubio apartó el vaso discretamente, relamiéndose los labios algo resecos por el alcohol.
—¿Y qué haces aquí? —le preguntó de forma directa, sus manos moviéndose expectantes alrededor de su tarro de cerveza.
—Debía unos tragos —Sasuke respondió de forma simple; no parecía ser el tipo de persona que explicaba el porqué de su accionar. Naruto asumió que hablaba de aquella pelirroja. Levantó su vaso para beber lo poco que quedaba en él. Naruto notó que su rostro pálido comenzaba a tomar color; ni siquiera alguien tan sereno y genial como él se libraba de los efectos de ese fuerte licor marrón—. ¿Tú?
—¿Yo? —titubeó. El origen de sus propias dudas lo confundía—. Vine a celebrar mi compromiso con unos amigos.
Sasuke detuvo su movimiento por una fracción de segundo.
—Ya veo —respondió contra el borde de cristal antes de empinarlo por completo hacia sus labios
—Un Alfa enamorado. —comentó Sasuke, con un tono seco y arrastrado, bajando el vaso a la mesa en un movimiento duro—. Qué idílico.
—Suenas como si fuera una sentencia de muerte —intentó bromear Naruto, aunque la risa se le quedó atrapada en la garganta al ver la intensidad en los ojos oscuros de Sasuke.
Sasuke ladeó la cabeza, observándolo con una mezcla de lástima y una curiosidad que quemaba. Rozó el borde de su vaso vacío con el dedo índice.
—Para algunos lo es —respondió Sasuke en un susurro, casi para sí mismo. Luego, miró el tarro de cerveza de Naruto y asintió levemente—. Felicidades, entonces.
A pesar del tono cortante, Sasuke no se levantó. Había algo en la gravedad de la barra que los retenía ahí, una inercia pesada que ninguno de los dos lograba romper.
—Gracias —sonrió Naruto, y sus ojos azules se suavizaron con una calidez completamente honesta, perdiendo la mirada en su reflejo en el cristal de la superficie—. La verdad es que... Ella es la persona más buena que conozco. Es dulce, paciente y, no sé cómo, logra aguantar mis horarios horribles y también los suyos.
A su lado, Sasuke ladeó la cabeza ligeramente. Sus dedos, que aún rodeaban el vaso vacío, se crisparon apenas un milímetro. Sasuke parpadeó, intentando aclarar una repentina neblina en su campo visual, y se obligó a relajar los hombros.
—Te juro que es el tipo de persona que te hace querer ser mejor solo para estar a su altura
Naruto hablaba desde el corazón. Amaba a Hinata. Quería esa vida con ella.
Sasuke lo escuchaba en un silencio absoluto. Su perfil se veía rígido, y Naruto notó que la respiración del pelinegro empezaba a volverse sutilmente más profunda, el pecho subiendo y bajando con un ritmo un tanto errático.
—Suenas muy seguro —murmuró Sasuke, tardando demasiado en reaccionar. Una delgada capa de sudor perlando su piel.
—Lo estoy. Es lo que siempre he soña... —Naruto se interrumpió a sí mismo. Dejó su tarro sobre la barra rápidamente y se giró por completo en el taburete, adoptando una postura de alerta—. Oye, Sasuke. Mírame un segundo.
Sasuke no lo hizo. Mantuvo la vista al frente, pero Naruto notó que sus pestañas temblaban y sus fosas nasales se expandían de forma rítmica, como si le faltara el aire.
—¿Qué? —consiguió decir Sasuke. Su voz ya no tenía ese tono aterciopelado; sonaba rasposa, tensa.
—Estás hiperventilando —dictaminó Naruto, con la voz volviéndose profesional, directa y calmada. En su mente, los síntomas empezaban a encajar—. Estas diaforético. Te está subiendo la temperatura de golpe. ¿Tienes alguna alergia? ¿Tomaste algún medicamento antes de venir?
—Estoy bien —mintió Sasuke en un hilo de voz, pero sus dedos se clavaron en el borde de la barra con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Un espasmo involuntario le recorrió la espina dorsal, rompiendo toda su fachada de autocontrol. Intentó tomar aire, pero soltó un jadeo corto, ahogado, como si lo hubieran sofocado de un golpe.
Shock anafiláctico, un golpe de calor o una arritmia súbita, pensó Naruto en milisegundos, descartando cualquier otra posibilidad. En su mente, esto era una emergencia médica de manual.
—Voy a tomar tu pulso, no te muevas.
Se levantó del taburete y extendió la mano, sujetando la muñeca rígida de Sasuke. Su piel quemaba, hirviendo a una temperatura que no tenía sentido lógico. Pero antes de que Naruto pudiera contar los latidos, una ola expansiva, invisible y violenta, barrió sus alrededores.
El aroma a tormenta y tierra de Sasuke mutó en un parpadeo, volviéndose denso, espeso y cargado de una nota peligrosamente dulce, almizclada y caliente que se le filtró a Naruto por las fosas nasales, directo al cerebro.
El diagnóstico médico de Naruto se desintegró en su cabeza.
No era un ataque al corazón.
No era una reacción alérgica.
Eran las feromonas descontroladas de un Omega.
Sus pupilas se dilataron hasta devorar el azul de sus ojos y el instinto que había ignorado durante toda la noche, despertó con un rugido ensordecedor que le nubló el pensamiento crítico. La voz racional en su cabeza paró de forma abrupta todo monólogo.
Sasuke soltó un gemido ahogado y sus fuerzas flaquearon, los músculos que lo mantenía erguido fallaron en conjunto. Naruto, atrapado entre el reflejo de ayudar a un paciente y el impulso primitivo de reclamar lo que sentía como suyo, lo sostuvo por la cintura con fuerza, pegando su cuerpo ardiente contra el suyo. Creando una barrera entre Sasuke y todo lo demás.
A pocos metros, sus amigos seguían riendo. Pero para Naruto, el mundo se había reducido a la línea de no retorno.
Sasuke levantó la mirada en busca de la de Naruto; en sus ojos brillaba la desesperación, miedo y pánico puro:
—No te vayas.
El último rastro de un pensamiento consciente en Naruto se borró cuando sus brazos lo apretaron y pronto se encontró saliendo de ese bar con Sasuke a su lado.
***
Naruto despertó por una punzada en la cabeza y el sol en su rostro.
En una cama que olía a suavizante de telas, a sí mismo, y a algo familiar. Un aroma familiar que no era suyo, pero que su propia biología reclamaba con un sentido de pertenencia.
Té negro y lluvia por la noche.
El calor del whisky en su garganta.
Un par de ojos tan negros como la obsidiana.
Y unas manos que se aferraron a su camisa en busca de ayuda. De alivio.
Se incorporó de golpe, mirando con sorpresa todo lo que le rodeaba. Sus ojos horrorizados se posaron en la figura grácil que yacía a su lado. Un rostro completamente relajado, un pálido pecho salpicado con marcas rojas.
¿Qué había hecho?
La sangre corriendo por sus venas se tornó fría y su estómago dio un vuelco violento. Las lágrimas empañaron su vista en un segundo, pero se obligó a tragárselas, negándose el derecho a llorar.
Se vistió a tropezones, con el asco a sus acciones subiéndole por el pecho.
Miró a Sasuke, quien se había girado para abrazar la almohada aún caliente por el cuerpo que la había abandonado antes, la nariz hundida en la almohada perfumada por el sol y su aroma.
Salió rápidamente de la habitación.
Nauseabundo, tuvo que recargarse con pesadez contra la pared del pasillo exterior para recordarse respirar. Con los dedos entumecidos, buscó en su bolsillo y sacó el celular. Lo encendió, solo para arrepentirse al milisegundo de que la pantalla cobrara vida.
Había una notificación en la pantalla de bloqueo. Un mensaje enviado hacía unas horas:
"Llegué al hotel. Descansa y no tomes mucho. Te amo.”
