Actions

Work Header

Servido en Lengua de Plata

Summary:

Jonathan Crane regresa a Ciudad Gótica. Tras visitar a Batman, llega a la mansión de Jack Grimm con un regalo para Jack que no es digno de entregarse en las manos.

Notes:

¡SPOILERS DE ABSOLUTE BATMAN #19-20! Recomiendo leerlos. La historia transcurre después de los eventos del número 20. Tengan en cuenta que escribí esto después de la publicación del número 20, así que si algo en los siguientes números no coincide con el fanfic, simplemente ignórenlo. Intenté que fuera lo más ambiguo posible para el futuro.

¡Jonathan es afrodescendiente en esta historia!

Work Text:

A Jack Grimm todavía le dolía la garganta de tanto reír. Su voz quedó ronca. Pero es que ya no aguantaba. Esconder la risa en su diafragma durante tanto tiempo le contrajo los músculos abdominales. Esto le generó, durante varios días, una sensación de nudo que ascendió hasta su garganta y enredó sus cuerdas vocales. Las tenía que desenredar a carcajadas. Después de horas, seguía sintiendo cada vibración de ellas en su garganta, como las cuerdas de un violín desafinado de tanto tocar, cuya nota se quedaba atorada entre ellas.

 

Jack seguía en la cueva. La sangre que mostraba la gran pantalla y la que escurría de pequeños órganos por la silla ya no estaba. Todo estaba limpio, hasta él. La única razón por la que subió fue para ducharse y cambiarse tras su rutina de regeneración. Mas bajó de nuevo, ahora con un set de pijamas. Llevaba una bata larga, sin amarrar, que le llegaba más abajo de las rodillas, un pantalón y una camisa que dejó abierta. Todo del mismo color violeta intenso y vibrante. Un púrpura real que hacía honor a su nombre cada vez que la luz reflejaba la calidad de la tela fina. Jack estaba terminando de verificar que todo estuviera en su lugar para irse a acostar. Deslizó su mano por el largo teclado del computador; los botones aguantaron sus risillas al toque de los dedos sin presión, solo desprendiendo una que otra luz suave. Cuando no hubo más camino de teclas, su mano viajó a la mesa de al lado con varios licores en botellas de cristal. Hizo chocar algunas delicadamente para escuchar cuál se le antojaba más según su tintineo. Un trago antes de subir a dormir le calentaría la garganta. Carraspeó al detenerse ante una que reconocía bastante bien por su artesanía hecha a mano, en forma de cantimplora del siglo XVI. Su botella de Louis XIII, uno de los coñacs más exclusivos y prestigiosos del mundo, creado en 1874, casi igual que él. Este que poseía ya casi cumplía un siglo. Abrió la botella y tomó dos copas de balón, no menos elegantes ni finas que las botellas de los licores, y sirvió un poco en ambas.

 

—Cariño, apaga ese cigarro. Sabes que no me gusta que fumes aquí en la cueva. Es malo para los murciélagos —dijo Jack sin voltear atrás. Los mismos murciélagos rieron ante la última frase. Alzó la copa, observando el líquido a contraluz para apreciar su profundo color caoba y sus destellos dorados. Después la acercó a su nariz. El calor de su mano, con la que lo sostenía, liberó las notas de coñac, miel y rosas secas.

 

No hubo sonido de pasos bajando las escaleras, pero Jack supo cuando llegó hasta el último escalón. Pronto, unos brazos delgados lo abrazaron por detrás con firmeza, y recibió un beso rasposo sin labios en la mejilla. Él posó la mano sobre uno de los brazos que lo rodeaban. El saludo de los vellos de este contra su palma le hizo notar que no llevaba el saco café de siempre y que sus mangas estaban arriba.

—Arruinas mis entradas —Jonathan murmuró al estar a su oreja. Era más alto que Grimm por unos centímetros—. Y mis descansos para fumar. ¿Un chiste de toc-toc te caería mejor? —Las letras de sus palabras salían secas, rasposas y pesadas, afectadas por el cigarro que aventó al abismo de la cueva.

 

—Para eso tendría que preguntar quién es. Y siempre sé cuándo eres tú. Prueba esto mejor, te va a gustar. —Grimm ofreció en el pulgar una gota de coñac, acercándolo a la boca de su pareja.

 

Jonathan tomó la muñeca de Jack y dirigió el pulgar hasta que chocó contra sus dientes. Dejó un espacio entre ellos para lamer la gota y, después, alejó la mano, degustando la cantidad de sabores suaves e intensos a la vez que cabían en una sola gota.

 

—¿Qué tal? Usualmente se recomienda aplicarlo en los labios para preparar el paladar —explicó Jack, haciendo justo eso con los suyos y con su pulgar—. Pero bueno, ya sabes —comentó, viendo la boca sin labios de Crane que se dirigía a su cuello. 

 

—Estabas riéndote —Jonathan declaró, frotando su nariz contra el cuello de Jack. En su opinión, tenía un aroma mejor que el de cualquier licor caro. Un toque de sangre que siempre se quedaría en su piel por más que la limpiara al estar lleno de ella, algo picante y cálido al mismo tiempo, y esa misma colonia masculina de notas de manzana verde que nunca dejó de usar desde 1940. 

 

El trago de coñac casi se iba a la dirección equivocada de la garganta de Jack al escuchar eso—. ¿Acaso todavía hay ecos de mi risa rebotando en las paredes de la cueva? 

 

—Te conozco. Eso grita más alto que cualquier eco. —Su nariz subió hasta la línea de su mandíbula, simulando un beso en ella como su boca se lo permitía. Sus manos subieron lentamente por su abdomen, acariciando—. Te escuché carraspear cuando llegué. Tu garganta está ligeramente más estirada, vibrando por dentro a cada “ja” que la golpeó con fuerza. —Dio una mordida suave en el cuello, sus dientes abrazaron la piel—. Tus músculos están relajados; por lo general estás tenso. —Detectó al pasar sus manos por su torso desnudo. —Y aunque no tienes líneas de expresión marcadas, sentí un pulso diminuto  corriendo cerca de ellas cuando te besé la mejilla. La risa que reprimimos en nuestro cuerpo, igual que el grito del pavor, es tan alta cuando sale.

 

—Bueno, debo decir —suspiró, moviendo la copa antes de darle otro trago y continuar—, que ese acto tuyo con el alcalde Gordon fue espectacular. Era el remate que necesitaba todo este tiempo. 

 

El sombrero de Jonathan casi se le caía del honor con eso, sarcásticamente. Soltó el cuerpo de su pareja y se puso frente a él, recargándose en la mesa de licores con ambos brazos detrás—. Ow, querido. ¿Te hice reír? —canturreó, ladeando su cabeza.

 

Tal vez era el coñac haciendo efecto tras pocos tragos, pero a Jack le ardió la garganta y le dio más sed. O tal vez fue Jonathan cuando se frotó contra su cuello y lo besó y mordió, como si quisiera abrirle la garganta con sus dientes para sacarle todas las risas que tenía enredadas en sus cuerdas vocales y atraparlas ahora en sus hilos cosidos a él, y así estar siempre en su boca. Pudieron ser ambos o ninguno. Y Crane, inclinándose hacia atrás sobre la mesa frente a él, vestido así, después de no verlo desde hacía un tiempo, era el alcohol más exclusivo que se le podía antojar. 

 

Justo como su coñac, no era amigable beberlo todo de un trago. Lo desperdiciaría por completo. Debía ser gota a gota. Tenía que formar un primer contacto pequeño de bienvenida al paladar, luego una fase visual, y poco a poco acercarlo a él, a su nariz, a su boca. Jack dio un paso hacia él y estiró la mano, acariciándole la mejilla con aberturas y costuras que hacían que su piel se viera como tierra agrietada. 

 

Al primer peso de Jonathan recostando su rostro en su palma, sabía que lo tenía atrapado. Deslizó su mano hasta su mentón y jaló amenazadoramente su rostro hacia el suyo, que también se acercaba. Paró a unos cuantos centímetros, y susurró—: Me sacas carcajadas, Jonathan. Me reí hasta que me dolió el pecho y, en lugar de parar, me reí más. Me asusté al creer que ya no me podría detener, que ya no podría salir de la cueva y fingir toda mi vida, actuar serio. Y entonces me reí de mi miedo. Temí que fueras tú dentro de mi cuerpo, golpeando mi pecho, queriendo salir. 

 

—Te lo acabo de decir, cariño —Jonathan susurró también, llevando su mano izquierda al pecho ligeramente velludo de Jack. Una de sus uñas largas se clavó en él sin sacarle sangre, como una aguja acariciando un globo—. Los chistes y el pavor no difieren mucho entre sí. Ambos son intolerables en el cuerpo, esperando ese remate—a que por fin suceda para poder gritar o reír y liberarse

 

—¿Tú también la sientes? 

 

—¿Qué cosa? —Los dedos de la mano sobre el pecho se abrieron, buscando consolar a su amado. Buscando una forma de abrirle verdaderamente el pecho y esconderse en él como lo describió, para no volver a separarse. 

 

La espera. Esa de la que hablas. Estamos tan cerca de escuchar sus gritos y él nuestra risa. Pero, por alguna razón, ahora el tiempo está pasando más lento. Quiero reír en todo momento. 

 

Jonathan resopló, divertido. Se acercó más a Jack y le murmuró sobre los labios—. Es solo ese tic-tac-tic-tac de tu reloj en la entrada. Te vuelve loco escucharlo sin saltarse ni un segundo. Quítale las pilas y ya.

 

—No bebiste tu coñac. —Interpuso la copa entre sus narices. Y cuando Jonathan intentó apartarla tanto del camino como del tema de conversación, Jack se alejó de él—. Ah-ah-ah —negó, moviendo el dedo índice de un lado a otro—. Sé que si te lo doy, lo beberás hasta el fondo.

 

—Hmph… —Jonathan quiso tener sus ojos para rodarlos.

 

—Permíteme. —Agarró con firmeza el mentón de Jonathan. Lo acarició con su pulgar como señal para que abriera la boca. No ocultó su sonrisa en sus labios al ver a Crane obedecer—. Lento y suave. —Guió la copa a la boca de Jonathan y la inclinó hasta que una tenue cascada de licor cayó sobre él. Al medir lo suficiente antes de que fuera mucho y lo derramara, distanció la copa y cerró la boca de Jonathan—. Bebe. ¿A qué te sabe? ¿Detectas el—? —Antes de que iniciara a listar sus sabores, Jonathan lo había tomado de la camisa abierta y jalado hacia él para un beso. Algo del licor se lo pasó en medio del beso y tuvo que tragarlo, casi llevándose la lengua de Jonathan en el proceso.

 

—Me sabe a esa espera que te abruma —dijo Jonathan jadeante, y mordió y jaló los labios de Grimm—. Perdóname, mi amor, pero solo quiero escupirlo y saborearte a ti en su lugar.

 

—Yo hablaba en serio —le reclamó sin despegarse de él. Rodeó su pequeña cintura con su brazo, y lo pegó a su cuerpo. La copa seguía en su mano, derramando algo de coñac entre sus dedos. 

 

—Yo también. —Pasó su lengua por sus labios, como si fuera la llave para abrirlos y adentrarse en ellos. Empujó su lengua dentro de Jack. Puso tanta desesperación y fuerza en ella que los empujó a ambos hacia aquella silla del centro. 

 

Jack fue el primero en caer en ella. Dejó la copa a un lado en el suelo para recibir con ambos brazos a Jonathan cuando se subió encima de él, aflojándose la corbata roja. Apenas Crane puso todo su peso sobre él, sus brazos lo rodearon. Era tan ligero como las plumas que dejaban sus cuervos en cada crimen que cometía. Le arrugó su camisa blanca y percudida. La mano derecha y larguirucha de Jonathan cayó sobre su brazo, prohibiéndole soltarlo.

 

—¿Hace cuánto que no te tengo a mi lado? —preguntó Grimm, pausando el beso para ver directo a esos botones verdes. 

 

Recordar la espera ponía mal a Jonathan. Enredó un mechón de cabello de Jack en su dedo, jugando con él mientras apartaba la mirada a otro lado—. No lo sé. Me despedí de ti antes de irme al otro lado del mundo a esparcir el terror. Quisiera decir que se sintió como un parpadeo cuando me enteré de que Bruce ya era un niño grande, pero no puedo parpadear.

 

—Oh, nuestro Brucey… Ha crecido tanto. 

 

—Hoy que lo fui a ver después de todos estos años… oh, tiene tus ojos, Jack—llenos de rabia y odio, queriéndose contener cuando no sabe que está a segundos de explotar.

 

—¿Te divertiste? 

 

La risilla que soltó Jonathan respondió por él. La emoción le ganó y atrapó en sus brazos el cuello de Jack. Juntó sus bocas en un beso corto y volvió a reír al separarse.

 

—Maldición, amor. Dime que no lo dejaste paralizado del miedo.

 

—Oh, no, no, no. Nada de eso. ¿No confías en mí? Lo asusté solo lo necesario para motivarlo a desmentirme. Ya conoces mis tácticas, falacias del hombre paja.

 

Jack pasó su mano por detrás de la oreja de Jonathan, acariciando su cabello que se erguía en un afro corto, la mayor parte oculto bajo su sombrero—. ¿Y cómo va a cavar más si le cortas las manos?

 

—Lo herí, sí. —Sacó del bolsillo de su pantalón su cortaplumas cerrado. Sus dedos se mancharon de rojo ante la sangre que escurría. —Pero nada que no pueda vendar mientras descubre lo dura que es la tierra al cavar. —Abrió la navaja, dejando que la sangre corriera por toda la hoja alta y filosa. 

 

Una gota de sangre se deslizó por el filo del cortaplumas, lenta y sabrosa. Grimm temió que cayera al suelo. Su respiración se hizo pesada. Vio su reflejo en esa diminuta gota. Hacía tiempo que no se veía a los ojos. El verde de su iris haciendo contraste con el rojo lo llamaba a mezclarse. Una gota de la sangre de Wayne haría más que su elixir, en el que la sangre que caía después se limpiaba. Si esta se caía, era como si todos los océanos se secaran. Se relamió los labios y jadeó, un sonido que provenía de su estómago. Pues, Jack Grimm estaba peor que enfermo. Ninguna enfermedad se comparaba con lo que él tenía. Un hambre insaciable. Jack era alguien hambriento. Ninguna caza que completaba en sus islas lo llenaba. No había hueso, carne ni sangre que tapara todo el hueco de su estómago. Pero Bruce Wayne, a él lo había estado cociendo a fuego lento durante años. Y ahora Jonathan llegaba a él con el mismo cuchillo que lo había cortado, marinándose en su sangre.

 

—Para ti, mi amor —Jonathan ofreció, acercando la navaja a Jack.

 

Solo ahí, Grimm apartó la mirada de la gota de sangre para ver a Jonathan. Estaba tan complacido con la hazaña de su amado. Después de entregarle esa mirada intensa, se acercó tan rápido a la navaja que estuvo a centímetros de clavársela en el ojo. Alcanzó aquella gota de sangre que estuvo persiguiendo desde el principio. Sacó la lengua y la pegó a la base de la cuchilla, deslizándola hacia arriba. Sus ojos estaban cerrados mientras limpiaba la sangre, con Crane acariciando su nuca. Eran solo el sabor de esta y el sonido de la respiración pesada de Jonathan procesándose en su cerebro. Su aperitivo favorito con su melodía favorita. Todo servido en su utensilio favorito también, un cuchillo. Al llegar a la punta, abrió los ojos y vio directamente a Crane tras volver a la base, invitándolo a su festín.

 

El hambre era tan contagiosa como la risa. ¿Cómo podía decirle que no, Jonathan, a esos ojos? A ese verde intenso de su iris, que le ponía las rodillas tan débiles como el miedo. Jack le estaba compartiendo lo más preciado para él, Batman. Pronto Crane también se abalanzó a lamer la navaja delgada. Empezó desde arriba, en la punta, para sentir ese piquete en su lengua. Los dedos de Jack rozaron la mano de Jonathan que no sostenía el cuchillo, y este captó el gesto. Entrelazaron sus dedos en el acto. Tan románticos. Sus lenguas se encontraron en el camino de metal afilado. Con la cuchilla en medio de ellas, subieron lentamente sin romper el contacto visual ni el de lenguas hinchadas. Hicieron un cóctel de sus salivas, de su sangre al cortarse con el filo y de lo poco que quedaba de Wayne, todo servido directamente a sus bocas.

 

Fueron una, dos lamidas que recorrieron juntos. La sangre de Bruce desapareció en sus bocas, metiéndose entre sus cortadas de la lengua como agua en la tierra que alimentaba sus raíces malignas. Se estaba acabando. Jack recordó cómo los dedos de Jonathan se habían manchado de ella al sacar el cortaplumas de su bolsillo, y bajó sus labios a la mano de Crane que sostenía el mango del cuchillo. Besó su mano y Jonathan entendió lo que buscaba. Pasó el cuchillo a su otra mano y metió el dedo índice y el medio a la boca de Jack. Se quedó sin aliento por la emoción con la que los recibió.

 

—Oh, Jack —jadeó, abriendo más la boca, haciendo que sus hilos se estiraran con tensión. La lengua de su pareja envolviéndose en sus dedos le dio escalofríos. Inconscientemente, empezó a frotarse encima suyo mientras metía más a fondo sus dedos largos, moviendo sus caderas hacia atrás y hacia adelante—. Eso es, mi vida. Me mancho las manos de sangre solo para ti —murmuró.

 

Una vez que sus dedos estaban limpios, Jack los sacó de su boca. Su saliva escurrió por ellos. En agradecimiento, besó la misma mano de Crane. Luego de aquello, Jonathan volvió a tomar el cortaplumas en su mano derecha y lo volteó horizontalmente entre sus bocas. Continuaron con su festín ahora hecho con su propia sangre. Ambos viajaron por lados opuestos en la misma dirección. Jonathan lamiendo desde la base y Grimm desde la punta, hasta que sus lenguas chocaron a la mitad de la navaja. Las lenguas dieron un par de vueltas juntas, bailando sobre aquella pista sangrienta que las cortaba a cada mal paso que daban. Y ellos se divertían bailando sin una coreografía que seguir.

 

Jonathan se acomodó mejor sobre Jack. Más arriba de él, sobre su pelvis. Y más cerca, contra su pecho, donde sus corazones latían a la misma velocidad, juntos, en un recuerdo de su humanidad que tanto deseaban alejarse. Jack pasó su mano por la espalda de Jonathan, apretándolo a él y formando otro viaje usando su espalda de camino. Se frotaron más así. La tela suave de los pantalones de Jack se deslizaba con facilidad sobre los de vestir de Jonathan.

 

Los jadeos y gemidos de ambos guiaron la perversa danza hacia algo más intenso. Dejaron de simplemente lamer la cuchilla para besarse de verdad con la navaja entre ellos. Sus bocas sangrientas los alentaban a besarse con más hambre, como dos depredadores que se quedaron sin presas y solo se tenían entre sí. La mayoría de los movimientos de sus lenguas los hacía sangrar, pero no dejaban de luchar. El cortaplumas ya no era su pista de baile sino otro participante bailando con ellos. Uno peligroso que se turnaban para darle vueltas y al que a veces seguían. Jonathan se mareó con tantas vueltas y la cuchilla tomó el control de él, sacándolo del baile. En un contraataque, Crane empujó la navaja con la mano a la boca abierta de Jack hasta que el filo amenazó sus comisuras.

Grimm hizo un ruido como si se hubiera atragantado al detener el beso tan repentinamente por el cortaplumas que quedó en medio de sus labios abiertos. Jonathan jadeaba, presionando cada vez más contra las comisuras. Antes de que cortara, Jack detuvo su muñeca delgada y alejó el cuchillo de él con una tensión de resistencia de Jonathan que lo quería devolver a su boca.

 

—No es divertido, mi amor —dijo Jack. Gruñó y apretó más la muñeca de Jonathan cuando este quiso acercarse de nuevo. 

 

—Solo una cortada —Jonathan rogó, desesperado—. Para que sonrías junto a mí.

 

Cada vez que Jonathan atacaba de regreso, su cuerpo se movía más encima del de Jack. La tensión en sus brazos y la deliciosa fricción en sus caderas le quemaban a Jack y le hacían sudar.

 

—Cariño, sabes bien que te tengo a ti para que sonrías por mí.

 

—Pero quiero verla en tu piel, en tus labios. —Jonathan llevó su mano libre al rostro de Jack, posándola sobre su mejilla. Su dedo pulgar fue después a sus labios, manchados de sangre que resbaló por todo su mentón. Jack se veía tan lindo así. Su dedo y su uña larga bajaron de la colina del labio superior, sin dejar de ejercer presión con la navaja en la otra muñeca. Y sin dejar de frotarse contra su bulto.

 

Mghh —Jack gimió, sin saber si fue por el esfuerzo de detener la cuchilla o por las caderas de Jonathan que se movían, haciéndolo crecer. Era una tortura fascinante—. ¿Ya lo olvidaste, cariño? Que tú eres el de la sonrisa bonita entre los dos. —Él también puso su mano libre en el mentón ensangrentado de Jonathan. Su pulgar jugó con uno de sus hilos rojos—. Que cuando me sonreíste por primera vez, no quise nada más que verte sonreír siempre. Y vaya que me encargué de que ningún día te faltara esa sonrisa, ¿no lo hice? —Subió el pulgar por el hilo rojo hasta tocar la piel donde estaba cosido. Bajó y tocó la cuerda como la de una guitarra. Acercó su rostro al de Jonathan, deteniéndose frente a su boca y pasando a la siguiente cuerda—. ¿No lo hice? —repitió.

 

Jonathan jadeó. Como si fuera atraído por un imán, se inclinó aún más hacia Jack. Le mordió suavemente la yema de su pulgar, raspándola con sus dientes—. Sonriendo para ti. Sonriendo por ti. —Abrió más la boca, esperando el beso.

 

—Justo así —Grimm afirmó, y antes de que el beso llegara, le arrebató el cortaplumas de la mano—. Bajaste la guardia —le susurró a milímetros de él, ahora él con el cuchillo sobre la boca de Crane. El movimiento fue tan rápido que el sombrero de Jonathan se movió un poco de su lugar—. Esto es mucho más divertido. —Acarició un par de hilos rojos con la navaja, terminando metiendo el cuchillo detrás de ellos—. Vamos, cariño. Ríete.

 

Al principio no hubo nada, ni un bufido. Ni siquiera el sonido de la respiración de ninguno de ellos. La misma navaja rogó para cortar el silencio. Y entonces Jonathan sonrió más. Empezó con una pequeña risilla. Terminó como una carcajada. Abrió su boca de más, estirando sus cuerdas vocales y las rojas también. La misma vibración de su risa tocaba sus cuerdas rojas y componía la mejor música para los oídos de Jack. En todos los años que Grimm había vivido, ninguna banda, orquesta, o coro le encantó sus oídos como la risa de su amado. 

 

Mientras Jonathan reía sin parar, con la cabeza hacia atrás, Jack jaló la navaja hacia arriba, llevándose en el filo dos de los hilos de Crane. Los cortó y estos reventaron contra la piel de Jonathan. Pero ni siquiera eso detuvo su risa. Lo que la detuvo fue el mismo Jack, tomándolo por la nuca y atrayéndolo a un beso. Le succionó toda su carcajada. El gemido de Jonathan sonó más bajo que el cortaplumas al caer al suelo, mas fue lo único que Jack escuchó.

 

Había un nuevo espacio entre los hilos cortados, una nueva puerta. Jack adentró su lengua entre ellos. Jonathan volvió a gemir como saludo al recibir a su invitado en su cavidad bucal. Jack era el único a quien dejaba pasar. El único que esperaba a que entrara rompiendo la puerta, aunque tuviera todo el permiso para abrirla sin problema. Apenas daba un paso adentro y Jonathan lo abrazaba con su lengua también. Lo tomaba y lo guiaba como si le diera un tour por su casa, a pesar de que Jack conocía cada rincón y su lugar favorito para bailar o pelear. 

 

El sabor de su sangre entre sus lenguas cortadas y el tiempo sin verse los condujeron a la hambruna. Tanto que Jonathan mordió la lengua de Grimm para hacerla sangrar más y pintar de ese rojo carmesí las paredes bucales, sus dientes, y sus labios. Jack gruñó y abrió los ojos en medio del beso, viendo a Jonathan transformarse en un carnívoro que probaba la carne por primera vez. Antes de que le mordiera la lengua hasta arrancársela y tragársela, Grimm se apartó sin aliento. Alcanzó su vaso de coñac que había dejado a un lado de la silla en el piso y lo llevó a sus labios. Dejó una mancha de sangre en el cristal como una marca de labial.

 

Jonathan lo vio paciente; su pecho subía y bajaba. Notó que Jack nunca tomó un trago. Y con eso, Jack lo volvió a tomar de la nuca y se inclinó hacia él como si fuera a besarlo, con los ojos semiabiertos, mirando directo a su boca. Antes de que sus labios lo tocaran, escupió con fuerza el licor en la boca de Crane. Fue preciso, atinando justo en el espacio de sus hilos rotos.

 

¡Mphh! —Jonathan jadeó. Suspiró al sentir la mano de Jack alrededor de su cuello, lo que le hizo inclinar la cabeza hacia atrás y obligó al licor a descender por su garganta. El alcohol escabulléndose por las grietas de su lengua cortada le ardió. Balbuceó entre dientes, sin formular bien, como si el sentido de las palabras se derritiera en su lengua ardiente—. ¡Grimm, joder! 

 

Jack respondió a su llamado. Jadeó y regresó a Jonathan, dándole un beso. Sin embargo, en lugar de calmar el ardor, se quemaron aún más. Sintieron chispas naciendo entre las cortadas, uniéndose hasta que sus lenguas quedaron selladas la una contra la otra. 


Fue un beso corto esta vez. Crane se separó, empujando a Jack fuera de él. Dejó ambas manos en el pecho de Jack para tomar impulso y frotarse desesperadamente. El ardor en sus bocas no se comparaba con el de abajo. Jonathan se movió feroz contra el bulto duro de Jack, cuya fina tela de pijama le hacía destacar toda su figura en longitud y anchura. Ambos estaban acalorados, como si Jonathan se frotara para encender la cueva en llamas y dejar que sus cuerpos se consumieran en ellas. 

—Oh, Crane —gimió Jack, tomándolo de las caderas para imponerle firmeza a sus movimientos. Recostó la cabeza en la silla, atento a su pareja—. Eres tan bueno para mí. Tan condenadamente bueno. —Subió sus manos a la cintura de Jonathan, acariciando y apretando con los pulgares su torso, jadeando.

 

Una risa traviesa salió de Jonathan, acercándose maliciosamente a Jack. Subió sus manos por su cuerpo hasta su mandíbula y metió ambos pulgares en su boca, estirándola ligeramente. No le otorgó tiempo a Jack para que los lamiera. En su lugar, los sacó bañados de sangre. —Solo quiero hacerte sonreír —dijo, pintando con ambos pulgares una sonrisa sangrienta en su rostro desde el medio de sus labios hasta sus pómulos.

 

Grimm dio un respiro profundo, viendo serio a su amado. Dibujar una sonrisa en Jack Grimm, ya fuera verdadera o falsa, era una tarea más difícil que pintar aquella sonrisa en la Mona Lisa. Haría que Leonardo da Vinci se suicidara por no encontrar una que encajara con las facciones de Jack. Pero Jonathan Crane podía hacerlo pintándola con los dedos. 

 

—Tú eres mi sonrisa —contestó Jack, sin cambiar su expresión ni su tono, pintando las palabras de sangre también.

 

Y como todo artista, tenía que firmar su obra. Crane sonrió hasta que sus hilos se tensaron. Se acercó al cuello de Jack y clavó sus dientes en él.

 

—Mphh. —Jack cerró los ojos y apretó el agarre en la cintura de Jonathan—. Cariño, nada visible. Ya lo sabes.

 

—No es visible si lo ocultas —murmuró, regresando a morderlo.

 

—¿Me harás ahorcarme obligándome a abotonarme el cuello hasta arriba? 

 

—¡Claro que no! Puedes ahorcarte usando una de esas bufandas de verano para ricos.

 

—Una mascada.

 

—Hasta el nombre es estúpido —dijo, luego gruñó desesperado—. Dios, puedo saborear tu risa desde aquí en tu garganta. Me pone a vibrar toda la boca. —Jadeó y lo mordisqueó como si comiera de él y chupara su risa—. Me pregunto si tus gritos estarán igual de buenos.

 

—Me temo que no son míos, cariño —aclaró en su oído, sosteniéndolo con más firmeza—. Son de los que gritaron tan fuerte que no pude digerirlos, mucho menos tragarlos. Esos gritos han estado ahí en mi garganta, queriendo asfixiarme.

 

Jonathan suspiró ante lo dicho y acarició con su pulgar izquierdo el cuello de Jack, como si estuviera a punto de abrirlo con su uña para indagar en los gritos que se asomaban por su piel—. ¿Qué tan cerca está una risa de ser un grito? 

 

—¿Ya nos viste? —respondió, acariciando su espalda y mirando directamente a sus botones.

 

—Creo que es aún más cerca —murmuró. Y tal como dictó, se acercó hasta besarlo. Lamió sus labios suavemente y fue resbalando su lengua por la línea de sangre que trazó hasta limpiarlo de un lado. 

 

Pero era todavía más cerca. Así que Jack suspiró, cerró los ojos y, con una mano, realizó un tacto más íntimo y, con la otra, uno más vulgar. Posó una de sus manos sobre la de Crane, que se encontraba entre su cuello y su mandíbula. Y cuando Jonathan se acomodó para ir a lamerle la otra mejilla, dejó caer su mano en su bulto atrapado entre sus pantalones cafés, y dio un apretón justo cuando él terminó de limpiarle la cara. El gemido que soltó Jonathan cayó justo en la mejilla fresca de Jack. Este sintió cómo sus poros abiertos guardaban el encantador gemido dentro de su piel. Justo como todos los gritos de sus víctimas.

 

Y, como una víctima que buscaba saber si su monstruo era humano, Jonathan deslizó su mano libre hasta su pecho, donde latía su corazón—. De aquí nacen todos los gritos y las risas —dijo, golpeando con su uña—. Por eso te duele el pecho al aguantarte una carcajada. Tú dices que no gritas, pero yo digo que lo que siento y escucho latir aquí dentro no es tu corazón sino gritos retumbando en tu pecho. Y no solo de los de ellos que hicieron camino por tu garganta al final, sino también de tus risas que no sacaste a tiempo y se convirtieron en gritos. 

 

Grimm se giró a verlo—. ¿Y si quiero que tu grito sea el único que haga mi corazón palpitar? —murmuró.

 

Jonathan sonrió—. Tendrás que hacerme reír primero.

 

Jack resopló divertido. Le dio un beso rápido y tierno en su mejilla que resonó al separarse—. Me alegra que estés de vuelta —dijo, cambiando de tono de voz y de besos a uno más apasionado, yendo a su cuello—. De vuelta a mis labios. —Como venganza por la mordida, plantó un par de chupetones en el cuello de Jonathan—. A mis brazos. A mis manos. —No le dejó cupo a ninguna queja en la boca de Crane de lo llena que estaba de jadeos, no solo ante la atención en su cuello, sino también en su bulto que siguió apretando y acariciando con su pulgar en círculos. 

 

Ahh. Devuelta a ti —dijo Crane, y sin esperar más, se desabrochó el cinturón negro, desabotonó el pantalón y sacó su polla dura. Su desesperación agradeció que su pareja estuviera en pijama, pues solo tuvo que jalar la tela hacia abajo para ya tener su verga afuera también—. A nosotros. —Juntó ambos miembros, envolviéndolos en su palma—. Ya te tenía llorando por mí, cariño —burló al ver el líquido pre-seminal saliendo de Grimm. Movió su pulgar sobre la punta sensible del miembro de Jack, jugando con el fluido. 

 

—¿Te burlas de mí cuando tú fuiste quien se frotó como una puta en celo? —Gruñó para tapar sus gemidos, tomando a Jonathan de sus muslos delgados. Subió y bajó sus manos por ellos, delicadamente.

 

—¿Debería quedarme tranquilo mientras tú te pones duro debajo de mí? —dijo y escupió sobre ambos miembros—. Tu turno. 

 

—Tú nunca te quedas tranquilo —dijo, y luego dejó caer un hilo de saliva para mezclarse con el de Jonathan—. Mucho menos con mi verga —murmuró sobre su boca. Soltó un gemido después de que Crane esparció sus salivas, y, estando bien lubricados el uno del otro, este empezó a masturbarlos.

 

—Se siente bien estar de vuelta —comentó entre jadeos, con una sonrisa, subiendo y bajando su mano por ambos, al mismo tiempo que movía ligeramente sus caderas para acompañar el movimiento. Su polla se resbalaba contra la de Grimm—. Todo es mejor cuando estamos juntos.

 

Y en eso estaba en lo cierto. Sus pollas, abrazadas por la mano larga de Jonathan, tenían a Jack con los ojos cerrados y jadeando también. Tuvo que sostenerse mejor de la cintura del otro para tener algo que apretar y así relajarse de la tensión en su cuerpo. El tacto de estar unidos, piel con piel, y la mano rasposa de Jonathan por todo el trabajo duro que hacía eran espectaculares para Grimm. Eso y todo lo demás que era mejor al estar juntos. Planear. Investigar. Asechar. Aterrorizar. Matar. Reír. Jack, aun con la vista apagada, dejó caer la frente sobre la de Jonathan en un suspiro. Al pasar de otros jadeos dio dos besos cortos y continuos a la comisura rota de su amado. Crane río adorable ante lo tiernos que sonaron y se sintieron, ganándose todavía más de aquellos por toda la piel rasgada de su boca de arriba a abajo y a los lados. 

 

—Móntame —ordenó Jack en medio de sus besos de piquito, subiendo sus manos por su espalda—. Móntame, mi vida. —Bajó apurado sus besos por su mentón, cuello y pecho—. Haz un show para mí. 

 

La desesperación y la necesidad fueron correspondidas. Jonathan se soltó inmediatamente de ambos. Se paró y bajó los pantalones y la ropa interior. Jack se recostó mejor en su silla y se mordió el labio inferior al verlo. La camisa blanca quedó suelta y le caía hasta la mitad de sus glúteos, ocultando su erección. La poca luz de la cueva entraba por la puerta abierta y bajaba por las escaleras como una cascada. Esta resaltaba los matices azules de la piel de Crane en sus piernas delgadas y velludas, y su frialdad en toda su complexión y en su persona. Grimm quiso jalarlo de la corbata roja tan rápido que le hiciera caer el sombrero. Pero en su lugar, agarró su vaso de coñac y bebió el último trago para calmar la sequía de su boca, provocada por el calor de Jonathan a su distancia, como un sol que no podía alcanzar. El frío de Jonathan le daba calor. Dejó el vaso vacío en el suelo, sin apartar la vista de Crane, quien regresó a sentarse lentamente de rodillas en la silla.

 

Jack besó a Jonathan en la mejilla, apretando su cintura y uno de sus glúteos con delicadeza. El trato suave era más carbón alimentando la intensidad de la llama de Jonathan. Tomó el miembro de Jack y lo apuntó hacia su entrada.

 

—¿No prefieres que te prepare antes, querido? —A pesar de la pregunta, ayudó a Crane a meterse, abriéndole las nalgas.

 

—Te quiero tomar así. 

 

—Ha pasado tiempo.

 

—Exactamente —susurró Jonathan sobre sus labios—. ¿Qué mejor para recordarte que tu verga dura abriéndome crudo? —Poco a poco fue bajando en Jack, quedándose sin aliento al recibirlo.

 

Sin poder devolverle el aire, Jack echó la cabeza hacia atrás, también jadeando entrecortado con la boca abierta. Sus uñas cortas se clavaron en Jonathan, aguantando las ganas de bajarlo de un sentón en toda su polla y follarlo como un desquiciado. Gruñó varias veces por lo fácil que se resbalaba en Crane al estar bien lubricado.

 

—Mierda, mi amor. —Vio atento cómo su polla desaparecía en Jonathan. Algo de saliva escapó por la comisura de sus labios sin darse cuenta, y miró directamente a su amado después—. Siempre tomándome tan bien. Siempre listo y dispuesto para mí.

 

Jonathan terminó de sentarse por completo, con Jack tocando fondo en él. Suspiró y dio una risilla al verlo—. Y tú siempre necesitándome —dijo, limpiando su saliva con el pulgar. Sacó la lengua, y se llevó el pulgar a ella. La esencia del licor en la saliva de Jack no lo extasió tanto como la sangre disuelta en ella. A ese punto, debería estar ebrio de tanto probar la sangre de Jack directamente. Pero Jonathan ya había desarrollado una resistencia a ella, como un alcohólico con años de carrera profesional. La botella en su mano no faltaba, o en ese caso, la mano sangrienta de Jack en la suya. Hubo noches en las que ahogó todos sus sentimientos en su sangre. De no ser así, ya estaría perdido en el alcohol brincando en Grimm.

 

Ohh —Jack gimió alto y apretó los ojos por un segundo. Los movimientos de Jonathan apenas comenzaban y él se sentía como si hubiera despertado de un golpe en la cabeza que lo noqueó durante todo ese tiempo que estuvieron separados, encontrándose a sí mismo en una silla, no atado a ella, sino a su pareja encima de él, que lo devolvió a la vida—. Mi sonrisa, te extrañé tanto. —Soltó su apodo de cariño, subiendo y bajando la mano de la cintura a sus costillas sobre la ropa. Le dio tanta dedicación al toque como un artista esculpiendo y transformando el significado de su obra.

 

—Puedo notarlo —comentó Jonathan, relamiendo la piel rasgada bajo sus cuerdas. Jadeó y enredó un brazo en el cuello de Grimm para acariciarle la nuca—. Palpitaste dentro de mí. —Atrapó entre sus dedos un par de mechones negros y se aferró a ellos para montarlo más rápido. Su cuerpo se inclinó hacia atrás, apoyando su peso con el otro brazo en el respaldo de la silla. Los golpes de sus pieles fueron más ruidosos y obscenos.

 

Grimm gruñó a consecuencia del jalón en sus cabellos y de la rudeza con la que Jonathan se penetraba así mismo. Sus manos se mantuvieron ahora en sus caderas para no dejarlo salirse por completo de su pene—. Yo también puedo notarlo en ti —atacó de vuelta, sonriendo—. Regresas y lo primero que haces es apretarme estupendamente, como si odiaras la idea de soltarme y volverme a extrañar.

 

—Te voy a montar tan bien que te sentiré siempre y no extrañaré —declaró y liberó a Jack de sus cabellos para empujarlo contra la silla. Ambas sus manos cayeron detrás de su cuerpo, y entonces saltó de verdad sobre Jack. 

 

Los cambios que Crane manejaba al cabalgarlo eran un golpe sin previo aviso para Jack, directo al pecho y al estómago. Le tensaban los músculos y le sacaban el aire. Era peor que cuando aguantaba la risa rodeado de cientos de personas. Por más que se mordiera los labios, sus gemidos encontraban un escape de la cárcel de su boca y huían libres hacia los oídos de Jonathan a susurrarle que lo tenía a él pidiéndole que se quedara.

 

—Cariño. —Jack trató de componerse, manteniendo el contacto visual—. Oh, cariño, solo harás que tu cuerpo ruegue por mí apenas te deje vacío. —A pesar de combatir con palabras, sus tropas cayeron en su garganta sin alcanzar a sujetarse para salir vivos de las caídas de Crane—. ¡Mierda!

 

—Cuidado, querido. No te vayas a  morder la lengua —burló. 

 

—Ve más rápido. Móntame como si me hubieras extrañado todo este tiempo. —Algunas órdenes se daban más por falta de poder que por disponer de él, y esa era una de ellas. Grimm odiaba cuando sonaba así. Débil. Se auto castigaría cortándose la lengua por ello y dejaría que le creciera otra, si no fuera porque con esa misma probó a Jonathan en todos los sentidos.

 

—Joder, suenas tan tierno así —Jonathan dijo como si supiera exactamente como se sentía Jack—porque sí lo hacía. Le gustaba molestarlo, burlarse de cómo tenía el control sobre todos, excepto sobre él, y complacerlo después de ello—. Lo que quieras, amor. —Y tras ello, subió y bajó en él a mayor velocidad. Sus brazos se quemaban por el soporte que le daban. Y ese ardor lo encendió aún más, cayendo duro en la firmeza de Jack.

 

—Así, joder —Jack animó—. Fuiste hecho para mí, cariño. Para mí y nadie más. Todo tú para mí —habló igual de agitado que su respiración—. Hah. Estás- mgh. Crane, estás-...

 

Jonathan estaba babeando. Un hilo de saliva se abrió paso entre sus hilos rotos y se deslizó por su mentón. No dijo nada al señalamiento. Simplemente se pegó a Grimm, quedando más alto por su posición. Tomó sus pómulos elegantes y dejó caer la saliva en su boca que abrió para él sin ninguna instrucción. Jack tragó sin problema y cerró los ojos. Al abrirlos, vio a Jonathan rodeando su cuello con ambos brazos mientras lo cabalgaba más despacio imitando el movimiento de una marea en sus caderas.

 

—Mírate —dijo Jack, acariciando la espalda de Jonathan. La imagen de su amado arqueando el cuerpo, con las mangas arriba y el sombrero bien puesto, cantando en jadeos y salpicando su sudor, era un show que no quería que se acabara—. Qué show me das, mi vida. Te ves hermoso encima de mí. —Lo juntó más a él y agachó la cabeza hasta su torso para darle varios besos largos. Sus costillas marcadas debajo de su camisa le hicieron cosquillas en los labios, mas no rió—. Como si pertenecieras ahí—a mí. —Escaló sus besos hasta su pecho, cerca de su aureola.

 

—Jack —suspiró Jonathan, derritiéndose en las manos de su amado, cuyas caricias no eran para un espantapájaros, sino para una persona. Cada vez que Jack hundía sus dedos en él no se sentía a sí mismo relleno de paja sino de músculos y huesos débiles. Cada vez que Jack corría sus manos por su desnudez en los muslos y las piernas, no se sentía de arpillera, sino de piel reseca. Cada vez que Jack lo besaba en el torso y el cuello, no se sentía adormecido por los estímulos, sino que le provocaba un hormigueo. Jadeó sin aliento, echando la cabeza hacia atrás al sentir la boca de Grimm en su pezón cubierto por la camisa—. ¡Ahh! Grimm, joder. Tú- tú también eres tan bueno para mí. Sabiendo qué hacer conmigo. —Sus dedos largos se perdieron entre los mechones oscuros del cabello de su amado. Bajó la cabeza hasta darle algo similar a un beso, lo más cercano que su boca rota le permitía. Lo apretó más en sus pequeños saltos que dio para no interrumpir su buen trabajo en su pezón.

 

Primero las órdenes de Jack sonaban sumisas y ahora su verga pulsaba cuando Jonathan le decía lo bien que estaba haciendo. Como si fuera un hombre de traje caro cualquiera que necesitaba motivación para no renunciar a su empleo y no el maldito rey del mundo. Estaba seguro de que Jonathan sintió su emoción en su interior al pronunciar esas palabras. Sabía que se burlaría, como lo había hecho antes. Mas esta vez no se lo permitió. Succionó el pequeño pezón, lo lamió y lo mordió. La tela quedó mojada en esa zona. La estimulación se sentía mejor con la ropa puesta. Nada más que gemidos y lloriqueos salieron de Jonathan. Y, para asegurarse aún más de que no hablara, Grimm tomó su pene duro, que saltaba entre ellos, y lo atendió.

 

Poco a poco, Jonathan fue doblegándose a su toque. Crane recostó la cabeza en el hombro de Jack, lloriqueando a lo bajo. Sus manos se rindieron en sus hombros también. Sus caderas fueron más lento, ahora en círculos.

 

Jack también se fue deteniendo. Se separó de su pecho y soltó a Jonathan tras masturbarlo durante un rato. Recostó la espalda en la silla y abrazó a su amado con fuerza, dándole besos en el rostro.

 

—Así de cerca —susurró antes de darle un beso debajo de la oreja.

 

—¿Mmm? 

 

—Me preguntaste qué tan cerca estaba una risa de ser un grito. Así de cerca. —Ocultó también su rostro entre su hombro y su cuello, frotando su nariz contra ellos. Era lo más cerca que podían estar. Abrazados firmes. Uno dentro del otro. Ni un beso los podría acercar más.

 

Se quedaron unos segundos así. Yendo despacio sin una noche por terminar. Olieron su sudor. Jonathan tenía el aroma a paja y tabaco mojado. Jack era más a una calle mojada cuya lluvia borraba la sangre derramada en ella. Crane fue quien se separó del abrazo. Pasó su lengua por los labios de Grimm, una lamida rápida y tierna. Sus manos corrieron por sus hombros hasta su torso de arriba a abajo, y frenaron en su pecho velludo. Miró a Jack a los ojos antes de impulsar su cuerpo para montarlo a mayor velocidad, acelerando sus caderas por cada segundo que pasaba.

 

Si algo adoraba Jack de la forma en que Jonathan lo montaba, era el intenso contacto visual. Incluso antes de que sus ojos fueran reemplazados por botones, jamás tuvo miedo de mirarlo a los ojos. Todos los demás agachaban la cabeza cuando él pasaba, o la subían alto como soldados, pero no Jonathan. Mucho menos al montarlo. Él había visto al diablo a los ojos antes de conocerlo. Jack estaba tan celoso de eso. Debió ser él como el diablo. Debió ser él viendo a los ojos vírgenes de Jonathan antes de que la vida le pasara.  

 

—Dime que me extrañaste —Jack pidió, jadeante. Sus manos estaban en la cintura de Crane.

 

La cueva se llenó de gemidos. Más de Jonathan. Golpearon en ecos por todas las paredes hasta rebotar en cada escalón y salir por la puerta como una pelota perdida tras ser lanzada. El tick-tack del reloj en la entrada se abochornó al oír la pasión de los dos y detuvo el tiempo para ellos, para no escucharlos. Solo eran ellos dos ahora, dejando una ruta a seguir con sus gemidos para encontrarlos ambos, así, sin un mañana.

 

—Jack, me voy a correr —Jonathan avisó, con la cabeza hacia atrás. Su mano se aferró a la camisa abierta de Jack como si fuera su cuerda de vida para no caer al vacío.

 

—Di que tú también me extrañaste —repitió. 

 

Relléname.

 

—Me vendré fuera y te sentirás tan vacío que apenas me salga, me extrañarás —Jack dijo más firme esta vez, con aire en los pulmones y un rojo en los ojos—. Dilo. Dímelo.

 

—¡Joder, te extrañé! Te extrañé tanto, Jack —Jonathan lloriqueó. Su brazo se estiró hasta el cuello de Jack, y su espalda se arqueó tanto que tuvo que agarrar su sombrero para no dejarlo caer. Se vino justo ahí, manchando su propia camisa. Luego suspiró y bajó la mano de su sombrero hasta su propia polla, tocándose para eyacular toda la carga.

 

Jack empezó a reír. 

 

—Ahora te ríes —Crane dijo. En su voz se oyó cómo rodaba los ojos. Sin embargo, siguió balanceándose en aquella posición, sujetado del cuello de Jack, como si estuviera en un toro mecánico.

 

Así como el ritmo de Jonathan se intensificó, la risa de Jack también. Se convirtió en una carcajada que le empujó la cabeza hacia atrás. Su pecho subió y bajó con fuerza, como si cada “ja” le sacara todo lo que tenía. Jonathan vio algo dentro de Jack moverse en ese momento. Tal vez aquella cosa de la que le habló que no lo dejaba detenerse y que la confundió con él. Se asomaba por su piel como hule. Entre más reía, más se movía. Y ahora fue Crane quien pensó que aquella cosa saldría del pecho de Jack y se abalanzaría sobre él para atacarlo. Y lo único que Crane hacía era montarlo más y más.

 

—¡Maldición! —Jack gritó, regresando de la carcajada como si lo hubieran resucitado al estar cerca. Tomó a Jonathan de las caderas y lo hundió lo más posible en su polla—. Joderjoderjoder —balbuceó. 

 

—Vente en mí. Vente en mí, amor. Te extraño. 

 

Fue todo lo que necesitó Jack para venirse dentro de Jonathan por fin. Nuevamente, Jonathan curvó la espalda, sintiendo su interior más caliente y más lleno. Todo su cuerpo se apretó instintivamente. Sus puños en el cuello y en la camisa de Jack. Los dedos de sus pies descalzos. Sus dientes contra sí. Su fondo que envolvía la polla de Jack. Algunos espasmos del orgasmo levantaron las caderas de Jack, embistiendo a Crane ligeramente. Lo único que les quedó a ambos fue temblar al acabar.

 

Jonathan se elevó y sacó a Jack de su cuerpo—. Te extrañé también —dijo entre risas, viendo el líquido seminal escurriendo de él y deslizándose por su muslo. 

 

—¿Tanto te costó decirlo? —Se quejó Jack, recuperando la respiración. Guardó su polla hinchada y suave en sus pantalones de pijama.

 

—Eso es tu culpa —declaró y mordió suavemente el lóbulo de la oreja de su pareja. Se sentó en su regazo, sin mucho peso que añadirle.

 

—¿Cómo es eso mi culpa? 

 

—Te envío cartas. —Su mano se deslizó por el pecho de Jack—. Deberías leer mis sentimientos a través de ellas.

 

—Son cartas de póker. Una carta de Joker, específicamente. 

 

—Me recuerdan a ti.

 

—Vamos a la habitación —dijo, más calmado y acariciando su espalda sudorosa.

 

—No voy a subir todas esas escaleras. No siento las piernas —avisó, volteando a ver las escaleras de piedra que daban a la puerta abierta. De tan solo verlas lo hicieron jadear.

 

—Yo te cargo. —Agarró con firmeza a Jonathan, colocando un brazo bajo las rodillas y el otro bajo la espalda. Hizo fuerza con las piernas y el abdomen y se levantó de la silla. 

 

Crane rodeó el cuello de Jack con sus brazos inmediatamente—. ¡Alto! —Lo detuvo antes de que diera dos pasos—. No olvides mis cosas —señaló sus pantalones. Y lo volvió a parar cuando Jack intentó agacharse para recogerlos—. Yo me encargo —se ofreció aún en sus brazos. Balanceó una de sus piernas largas al suelo. Estaba muy concentrado, con la punta de su lengua fuera. Pescó entre los dedos de sus pies sus pantalones, subiéndolos hasta agarrarlos con una mano—. Listo. Vamos. Chop-chop. —Palmeó el pecho de Jack.

 

—Eres incorregible —soltó, y empezó a caminar hacia las escaleras.

 

—Lo dice el inmortal en su cueva. 

 

—En lo que te fuiste, le puse un nombre —dijo, subiendo las escaleras.

 

—Uh. ¿Cómo le llamaste?

 

Jack lo miró divertido, con una sonrisa ladina—. Baticueva.

 

La risilla salió en Jonathan de inmediato—. Ese es bueno… Carajo, mi cuchillo. —Recordó y volteó hacia atrás. Estaba en el suelo a un lado de la silla. A unos diez escalones debajo de ellos—. Tendrás que bajar de nuevo para que lo agarre.

 

Grimm suspiró. Bajó un escalón.

 

───

 

—Ya estás listo —dijo Jack. Guardó la aguja y el hilo rojo en el estuche de terciopelo que también contenía un par de botones verdes. Dejó el estuche en la mesita de noche, a un lado de la única lámpara encendida, y regresó con Jonathan, dándole un beso en la mejilla—. ¿Quieres dormir ya? —preguntó al estar ambos en pijama. La bata púrpura estaba colgada junto al sombrero de Crane.

 

Jonathan jugó con su cuerda nueva en su boca, jalándola y soltándola como la de un instrumento musical probando que estuviera afinada—. No tengo sueño —dijo sin voltear a verlo. Estaba enfocado en el álbum de colección que tenía entre las piernas. 

 

—Sólo di que no te gusta la cama. 

 

—Me atrapaste. Prefiero dormir en un montón de paja, con mi sombrero en la cara. 

 

Habían llegado a la habitación de Jack hace unos minutos. El cuarto principal de toda la mansión. Era más oscura y fría que la cueva—que la noche misma—, con su tapiz que, por más refinado que se mostraba en sus colores púrpura, Jonathan podía oler la putrefacción que ocultaba tras él. Las manchas de moho se traspasaban al patrón del tapiz y dibujaban nuevos diseños. El colchón de un millón de dólares estaba pintado de amarillo, relleno de ácaros y resortes que se reían de él al subir a la cama por no pertenecer a un lugar tan adinerado como ese que hasta se imaginaba cosas. Si tan solo el cuarto estuviera realmente podrido, se sentiría más cómodo.

 

Todo estaba igual que cuando se fue. El edredón de seda seguía sin darle la calidez que la paja lo hacia. Podía jurar que era hasta el mismo aire circulando en la habitación desde hacía años, pesando en él y dándole comezón. Lo que evitó que se rascara hasta descarapelarse fue Jack, quien lo recostó en la cama, le trajo una camisa de tirantes blanca y un pantalón de pijama de su cajón de ropa designado para cuando se pasaba por Ciudad Gótica un tiempo, le enseñó el álbum que hizo con todas las cartas que le mandó, y cosió lo que le cortó de sus hilos. 

 

Jack se sentó a su lado, pegando hombro con hombro. Pasó las páginas del álbum, recorriendo todo el mundo en tan solo una vuelta de hoja. Jonathan le enviaba una carta de Joker de las ciudades a las que iba a hacer su trabajo. Cada una era distintiva de su ubicación, diseñada a la cultura e historia de su momento y lugar. El Joker como la población en su esencia más tradicional, salpicada de la sangre de su gente. Eran sus tarjetas postales, entregadas por sus cuervos en el balcón de su habitación, donde Jonathan solía pasar más tiempo cuando estaba en la mansión, aparte de la biblioteca. En ellas estaban escritas la fecha del envío y su firma, “Tuyo, eternamente tuyo, J.C.” Cuánto odiaba que no tuvieran su nombre completo. Solo tener sus iniciales le hacía pensar a Jack que no todo él era suyo como decía la carta.

 

—¿Me conseguirás una carta de Joker de Gótica ahora que estás aquí?

 

—Es una lástima, querido. Brucey y sus amigos dejaron de jugar al póker después de lo que pasó. —Entregó las malas noticias, pero consoló a Jack acomodándole un mechón de cabello detrás de su oreja—. Me temo que perdieron sus cartas.

 

—Je.

 

—Y yo me perdí de reírnos juntos de ello hoy —reprochó a Jack por haberse reído solo antes de que él llegara. 

 

—No te pongas triste, mi sonrisa. —Jack lo tomó del mentón—. Estoy guardando esa risa juntos para después. Si ambos vamos a reír hasta que nos duela el estómago, tiene que ser en su cara. 

 

—Me agrada la idea. 

 

—Pero no te agrada esta cama —le reclamó de nuevo, recostándose y tapándose con las cobijas.

 

Jonathan giró su cuerpo hacia el de su pareja. Sin acostarse, puso una mano en su pecho—. Grimm.

 

—¿Mmm? —Jack respondió, poniendo sus dedos en el hombro expuesto de Jonathan, acariciándolo.

 

—¿Te importa si fumo ese cigarrillo ahora?