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Hirose vs the world | El harem de Nakamura

Summary:

Nakamura anda enamorando a media escuela y Hirose va a tener que ponerse las pilas.

[Voy a ir sumando los personajes a las etiquetas a medida que avance la historia]

Chapter 1: Mukai

Chapter Text

El viento sopla tan fuerte que le despeina el flequillo. Mira hacia abajo. El día anterior quería arrojarse de esa terraza. Dejarse caer y quedar dibujado como una mancha roja junto a las chicas que se juntan ahí a chismorrear. Hoy no, hoy solo quiere verlo a él. Pero no lo encuentra. A Nakamura se lo traga la tierra cuando es hora del almuerzo. Mukai tiene el estómago cerrado. Se pregunta si será el vértigo.
Oye la puerta abrirse y de repente Hirose está detrás de él. Tiene la cara larga, cosa tan atípica de Hirose.
Ya debe saberlo, intuye Mukai.
–¿Te encuentras bien? –pregunta Hirose.
–Ya pasó todo.
Dos semanas atrás, poseído por un ataque de celos, terminó confesándole su amor a Takeuchi. Estaban en medio de una discusión, se les había asignado un trabajo en grupo y Takeuchi no avanzaba con su parte por pasarse todo el día intentando salir con Yuka. Al final empezaron a pelear, y cuando la discusión se puso más acalorada, Mukai terminó admitiendo sus celos. Takeuchi, todo tonto e inmaduro, siguió burlándose de sus sentimientos, hasta que Mukai agregó que no eran celos de amigos, sino de pareja. Después de eso, nada volvió a ser como antes.
–Si sirve de algo, creo que lo que hiciste fue muy valiente.
–Me serviría si pudiera estar de acuerdo con eso. Pero ya ves, así están las cosas.
Hirose está seguro que todo puede volver a ser como antes. Si hablan y arreglan las cosas, si Mukai al menos miente que fue todo un malentendido.
–No tiene caso –dice Mukai –. Dije lo que dije y con eso me basta. A decir verdad, fue liberador. Ojalá lo hubiese hecho antes.
–¿Qué quieres decir?
–Tú sabes que quiero decir.
Hirose no se la traga. Él sabe bien que el amor no se acaba apenas se lo exterioriza. Es imposible dejar de amar tan rápido. Mukai saca una lata de gaseosa de su mochila. Se la ofrece a Hirose, pero este la rechaza temiendo que esté muy caliente.
–De todas formas –dice Mukai tras refrescarse la garganta con la gaseosa –, te pedí que nos encontráramos aquí porque siento que también tengo que arreglar las cosas contigo.
Es cierto. Desde que pasó lo de Takeuchi, la amistad de los tres empezó a tambalear. Al principio, Hirose creyó que había sido una simple pelea por el trabajo grupal, pero en cuanto los días fueron pasando, los rumores empezaron a correr. Tuvo miedo. No sabía cómo manejar la situación, por eso dio un paso al costado. Un movimiento muy cobarde, escondido de «voy a darles su espacio».
–Lo siento –es todo lo que Hirose puede decir. Cualquier otra cosa sería un adorno extra que resta en lugar de sumar.
–¿Me odias? –pregunta Mukai.
–Por supuesto que no.
–¿Te doy asco?
–¡Jamás! Eres de mis mejores amigos.
Mukai lo mira fijamente. Quiere creer que uno es capaz de medir la sinceridad del otro a través de los ojos.
–Entonces, tonto, no vuelvas a alejarte así.
Hirose traga saliva. ¿Y si ahora resulta que él también le gusta a Mukai?
–También te pedí que vinieras aquí porque tengo algo que contarte. De verdad necesito decírselo a alguien.
–Cuéntame.

Una semana después de lo sucedido con Takeuchi, Mukai no podía más. A la hora de la salida, abrió su casillero y encontró una foto de los dos que tenía guardada. Tuvo que esconderse para sollozar en paz. Incluso para él, era sorprendente tener tantos sentimientos, entonces empezó a reír como loco. Fueron sus carcajadas las que llamaron la atención de un distraído Nakamura, que otra vez estaba saliendo tarde por haber olvidado algo en el aula. Estiró un poco el cuello y se encontró con Mukai sentado en el suelo con los ojos rojos.
«¿Un drogadicto en la escuela?», se preguntó.
Mukai le hizo mala cara y Nakamura dio media vuelta, listo para irse. En ese momento, lo reconoció. Era el amigo de Hirose.
Se acercó a él y le preguntó si se encontraba bien. Mukai lo mandó a la mierda, pero el temple de Nakamura no cambió en ningún momento. Hurgó entre sus cosas y sacó una lata de Pepsi algo caliente.
–Me equivoqué en la máquina expendedora. No me gustan este tipo de bebidas. Puedes quedártela.
Mukai estaba listo para tirársela por la cabeza, pero Nakamura agregó:
–Es importante hidratarse y vigilar el azúcar para evitar una sobredosis.
Luego se marchó.
Mukai quedó completamente desconcertado, pero debía concederle algo a Nakamura: el sabor dulce de la pepsi le hizo volver en sí. Se secó las lágrimas y caminó a casa con la frente en alto, como si nada hubiera pasado.
El lunes siguiente tenía muchas ganas de agradecerle a Nakamura, pero su cara de idiota amargado lo retenía. Quería hablar con Hirose, seguro él sabría de alguna manera para agradecerle, pero cada vez que volteaba a verlo, Hirose miraba hacia otro lado.
Finalmente, venció la timidez y se acercó a pedirle consejos a Kawamura, la segunda -y quizás última- persona con la que había visto interactuar a Nakamura. Ella dijo que tampoco tenía mucha idea sobre los gustos de Nakamura, pero que escribía con un portaminas con cabeza de pulpo, y que en clases usaba a veces un cuaderno forrado con motivos marinos, así que seguro cualquier cosa relacionada con el fondo del mar podría agradarle.
Otro pulpo será entonces, pensó Mukai sin hacer mucho esfuerzo.
Fue a la tienda de obsequios y, cuando vio todo lo que había en la tienda, se preguntó si valía la pena y si acaso era para tanto el pequeño gesto de Nakamura. Vio unos lápices con la punta de pulpo como las que Nakamura ya tenía, así que los descartó. Luego, una camiseta con la estampa de un pulpo gigante atacando un barco, pero le pareció demasiado. Se topó con unos peluches reversibles de pulpos y, por alguna razón, las mejillas se le pusieron rojas y calientes. Tuvo que golpearse la cara para volver en sí.
Finalmente, terminó comprando un llavero de mediopelo que costó menos de lo que había gastado en el tren hasta allí.
El llavero era un pulpo verde manzana bastante llamativo. Pudo haber comprado uno rojo, pero le parecía demasiado común, pero ¿por qué tenía ganas de darle algo llamativo, después de todo?
El día siguiente en la escuela, cuando no quedaba nadie en el salón, se acercó a Nakamura y le puso el llavero en la cara. Los ojos de Nakamura empezaron a brillar en ese mismo momento.
–Por lo del otro día –le dijo a secas Mukai.
–¿Qué? ¿PARA MÍ?
Se levantó emocionadísimo y casi que le arrancó el llavero de las manos.
–¡Vaya! Nunca había visto uno verde –dijo con una sonrisa de oreja a oreja –. Muchas gracias por este obsequio –agregó haciendo una reverencia de lo más formal. Luego se puso a cantar mientras admiraba el obsequio.
Mukai no podía creerlo. Ese tipo con esa cara tan oscura podía también hacer gestos tan… Tan… ¡Tiernos!
Esa era la palabra, maldición.
–No hay de qué –le dijo esperando que se calmara, aunque la emoción de Nakamura no bajaba.
–¡Me encanta, me encanta! Voy a poner mis llaves ahora mismo.
–Oye… –intentó agregar Mukai con las palabras atoradas en la garganta –Por… Por casualidad, ¿te gustan los peluches reversibles?
–¿Qué? –Nakamura volvió a su misma cara de siempre.

Desde entonces, Mukai empezó a buscarlo con la mirada siempre que podía. Pero Nakamura nunca estaba viéndolo. Siempre parecía estar fijando los ojos hacia cualquier parte excepto en su dirección.
Los primeros días, esto frustró a Mukai, pero luego notó que Nakamura usaba muy a la vista el llavero verde. Entonces se dijo a sí mismo: "Qué idiota, guarda bien ese llavero, vas a perder todas tus llaves”. Pero en realidad, ese pequeño gesto lo llenaba de esperanza y alegría.
Sí, su corazón ya no se sentía roto. Y las emociones que sentía ya no le daban miedo, más bien, eran una sorpresa agradable, como los gestos de Nakamura.
Takeuchi y Hirose, por otro lado, seguían sin poder mirarlo a la cara. Pero necesitaba un amigo, necesitaba alguien a quien contarle que un corazón roto no es el fin del amor.
Por eso se había tragado el orgullo y le había pedido a Hirose verse en la terraza. Porque no tenía sentido seguir evitándose y tampoco podía vivir excluido como un criminal.

–Verás, Hirose. Me gusta alguien nuevo ahora.
–Eso fue rápido, amigo. Pero me alegra que puedas pasar página por fin –responde Hirose –. ¿De quién se trata ahora? –por dentro piensa: “ojalá no sea yo, ojalá no sea yo”.
–Es Nakamura.
A Hirose se le borra la sonrisa de la cara y piensa: Ojalá, al menos, hubiese sido yo.