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Español
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Published:
2026-06-03
Words:
4,930
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1/1
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597

Beso

Summary:

Se supone que eran enemigos. Se supone que el Régimen y el Norte solo debían compartir tratados y fronteras distantes.

Pero entre búnkeres fríos y promesas a medias, Ash y Juan han pasado demasiado tiempo quedándose a milímetros de un abismo que el deber les prohíbe cruzar. Tras una serie de encuentros frustrados por el peso de sus coronas y el miedo a ser descubiertos, Juan decide que ha tenido suficiente y se retira al silencio de su propio taller de arte, decidido a romper el círculo de la espera.

Sin embargo, los ideales inquebrantables del Régimen comienzan a desmoronarse bajo el peso de la culpa cuando el imponente líder de hierro aparece en su puerta, despojado de su armadura militar y dispuesto a enfrentar las consecuencias de todo lo que dejaron a medias.

Notes:

Inspirado en la canción Beso de Jósean Log :)

Disfruten :D

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Beso.

Tan simple como eso.

Tan simple como un beso.

Todo puede cambiar.

 

En aquellas grandes salas del Régimen no solía hablarse, se obedecía. Ash gobernaba aquellas tierras bajo la premisa del orden absoluto. Su uniforme, de tonalidades moradas estaba mezclado con colores oscuros, sin olvidar los detalles de oro puro, claramente libre de cualquier arruga.

Cuando caminaba a los alrededores de su pueblo, sus botas marcaban un ritmo militar que congelaba la sangre de cualquiera, solo sus más allegados podían seguirle el paso, lograba imponer un silencio sepulcral tan sólo con una mirada directa. 

Para su nación, Ash era un hombre de hierro, no flaqueaba, no dudaba y sobre todo, no sentía.

O al menos eso creían todos.

Porque en la nación opuesta, donde el ambiente pasaba de ser frío a cálido, en aquella naturaleza indócil del Norte, existía Juan.

Juan era el Segundo al Mando de aquel territorio, el que su título tuviese un Deluxe generaba mucho peso extra en sus hombros, sin embargo, cualquiera que lo viera puede asegurar que es el alma de aquellas tierras. Fresco, espontáneo y risueño, la descripción perfecta.

Aquel castaño de gafas redondas prefería gastar saliva en la diplomacia antes que activar la pólvora. Él había sido la persona que, con mucho esmero, consiguió la tregua entre ambas facciones.

La gente murmuraba, diciendo que tanto el Norte como el Régimen caminaban sobre una senda delgada y que en cualquier momento podía disolverse aquel acuerdo, en cualquier momento podría volver a empezar una guerra. Sin embargo, lo que nadie sabía, era que el verdadero peligro no estaba en los tratados, si no, en lo que ocurría cuando las puertas se cerraban y ambas cabecillas tenían que verse cara a cara.

Para el castaño, encontrarse con Ash era un juego peligroso, pero encantador. Sabía perfectamente lo que ocasiona en el otro, conocía de antemano que una de sus sonrisas brillantes podrían resquebrajar la fachada del gran líder.

Para el de ojos morados, Juan era un hermoso caos que no podía controlar. Cada que tenían una reunión su postura perfecta se desmoronaba ante la risa chillona del menor. Su mirada usualmente fría y directa, terminaba perdida y atrapada sin remedio en él, ya fuese en su figura bien cuidada, en aquella bandana roja que no dejaba que ningún cabello se encontrase fuera de lugar, o en aquellos labios de ciertas tonalidades rosadas.

Ambos sabían que eran piezas de ajedrez opuestas, un mal movimiento y destruiría la paz que tanto había costado construir. Pero cada vez que tenían que encontrarse para las reuniones, la diplomacia pasaba a segunda instancia, siempre había una tensión silenciosa pero altamente eléctrica que amenazaba con quemar todo a su paso.

La primera vez donde pasó algo más, donde ambos estuvieron tan fuera de si, fue en aquel búnker central que tenía el Régimen, solía tener un olor particular, metal frío. En aquel lugar inmenso apenas iluminado por un par de luces pequeñas, Juan estaba inclinado sobre la mesa, hablaba con una firmeza tranquila que rozaba su habitual energía de siempre.

—Ash, si los suministros pasan por esta ruta podemos evitar el paso de los tanques—

Señalaba el mapa con entusiasmo.

—Al ser terreno del Norte, está libre el paso—

El castaño se giró tranquilo, quería ver lo que opinaba el gran líder, aunque su cuerpo quedó peligrosamente cerca del mayor. Notó algo que provocó un sonrojo inmediato en sus mejillas, el de orbes moradas no estaba mirando el mapa.

Por su lado, el líder estaba atrapado en el brillo de los ojos castaños, decir que se encontraba hipnotizado no era mentira, en ese momento le parecían unas galaxias hermosas, que solo lo miraban a él. 

Actuó como sus instintos le gritaban, dejando de lado la firmeza habitual. Se inclinó directamente hacia el menor, acortando el pequeño espacio que había entre ellos hasta que lo único que sintió fue el calor que emanaba Juan. Sus narices se rozaron suavemente, a ambos les generó una electricidad por cada parte de su cuerpo. El perfume del otro se terminó convirtiendo en un olor tan embriagante que terminó desapareciendo todo a su alrededor.

El silencio los alcanzó, una quietud tan cómoda. Las respiraciones se volvieron más pesadas, más difíciles de controlar, los labios de ambos se entreabrieron, sus rostros se aproximaron, la distancia fue acortandose poco a poco.

Hasta que un golpe seco y metálico provocó un gran estruendo en aquella sala, logrando que ambos se apartaran con prisa del otro, como si estar juntos les hubiera quemado. La voz de Haiper se escuchó al otro lado de la puerta metálica, mencionandole al líder que había llegado un informe urgente de la Cueva Polaca, informe el cual tenía que hacerse cargo de inmediato.

Ash, frustrado y precavido por lo que pudo haber pasado, tan solo quitó velozmente las "arrugas" de su traje con las manos temblorosas, recuperando de inmediato su máscara de hielo.

—¡Diles que voy en camino!—

Su voz salió cortante, rígida. Tan solo le dedicó una mirada rápida al castaño antes de pasar a retirarse. Por su lado Juan volvió a darse vuelta fingiendo una nula concentración en aquel mapa, señalando ríos al azar, su rostro reflejaba el color rojo carmesí que había obtenido, pero prefería no pensar en lo que estuvo por pasar, al menos no en ese momento.

Los días pasaron, y para ninguno de los dos les fue posible olvidar el rostro del otro. A veces a Juan se le escapaban sonrisas traicioneras mientras firmaba nuevos acuerdos o en alguna conferencia de prevención. Ash, por su lado cuando se encontraba completamente solo no podía evitar recordar las pestañas largas del miembro del Norte, o aquellas pecas que adornaban su rostro, y mucho menos lo cerca que estuvieron.

Un acuerdo más, otro día donde tenían una de las tantas reuniones burocráticas en el Régimen. Las puertas de la gran sala de consejos se encontraban cerradas, pero el silencio en la antesala no duró mucho. Al otro lado del pasillo podía escucharse el eco de voces alteradas, intentando molestarse los unos con los otros, ya que no era secreto para nadie lo mal que solían llevarse los integrantes de ambas facciones, era un reflejo de la desconfianza que se tenían mutuamente.

Ajeno a todo el disturbio exterior, Juan miraba al oji violeta con una seriedad, particularmente magnética. Su habitual alegría estaba contenida por la frustración de la situación.

—No confían en nosotros Ash...—

Lentamente se acercó a él.

—...Creen que cada propuesta del Norte es una trampa, tu gente siempre nos mira como si estuviéramos listos para atacar—

Un suspiro lleno de frustración salió de él.

—Mi gente protege lo suyo, Juan. Somos cautelosos y todo el tiempo estamos alerta...—

Respondió Ash manteniendo su tono firme como el líder que era, sin embargo, al ver la vulnerabilidad en los ojos del castaño su fachada flaqueo. Dio un paso al frente rompiendo la distancia que tenían.

—...Pero yo confío en ti—

La confesión tan directa desarmó al chico el cual estaba acomodando sus gafas. Sus mejillas se tiñeron de color carmesí, un sonrojo sumamente notorio. Ash, dejándose llevar por un gran impulso que no se permitía mostrar con nadie más, subió su mano hasta la nuca del menor, atrayéndolo con una gran firmeza. Juan por su lado, se aferró a las hombreras del mayor, buscando refugio en el único hombre que no lo veía como un enemigo o un trabajador. 

Sus rostros quedaron tan cerca, podían sentir la respiración a través de los suspiros que ambos soltaban, sus labios tan cerca como una promesa muda, listos para olvidar todo a su alrededor.

—¡Les recuerdo que están en territorio del Régimen, muestren respeto!— 

La voz de Haiper resonó con fuerza en el pasillo, seguida por una respuesta airada proveniente de la voz de Tina.

—¡Firmamos la paz pero no vamos a dejarnos humillar por ustedes!—

La discusión subió de tono drásticamente, rompiendo la burbuja perfecta que se había formado.

Ash y Juan se congelaron a milímetros del beso. Ambos, al mismo tiempo, soltaron un suspiro largo y pesado, una gran mezcla de frustración y resignación compartida. Sabían perfectamente que la situación podía salirse de control muy rápidamente, el deber llamaba.

El mayor soltó a Juan con lentitud, recuperando su postura rígida y su mirada fría habitual, mientras que el castaño pasaba una mano por su cabello, forzando una ligera sonrisa para disimular el notorio sonrojo.

—Te toca—

Susurró apenas audible el oji violeta, dando un paso hacia atrás.

—Siempre me toca a mí—

Respondió Juan con su chispa usual, aunque la respiración aún la tenía algo alterada. Este enderezó su espalda y caminó directamente hacia la puerta del pasillo, antes de salir acomodó su bandana roja. Estaba listo para usar el diálogo con tal de calmar a ambos bandos antes de que todo lo que había construido se derrumbará ahí mismo.

Ash tan solo pudo observar, desde la sombra, como desaparecía la silueta del menor en aquel largo pasillo, conteniendo las ganas de correr trás él y retenerlo un segundo más.

Nuevamente ambos al pasar los días no podían olvidar la situación en la que estuvieron. Esta vez ambos se sentían ansiosos, ambos querían probar los labios del otro.

A Juan aún le costaba asimilar lo que sentía por el líder del Régimen, era su "enemigo", y aún así, quería que lo besara como si fuera el fin del mundo. Ash, no dejaba de pensar en la calma y el miedo que el Segundo al Mando Deluxe le causaba, cuando estaba con él, todo se sentía tan real, tan único, con él presente podía sentirse libre. Pero el miedo lo arrinconaba mucho más, debía ser su enemigo, sabía el poder que estaba tomando en su interior, sabía que los sentimientos causaban debilidad, aunque todo valía la pena si se trataba de él.

Habían estipulado ir a revisar juntos la frontera entre el Norte y el Régimen, cuando la fecha llegó ambos fueron acompañados por Foolish y Tubbo respectivamente, sin embargo, los que les acompañaban se empezaron a dispersar, no querían interrumpir las conversaciones diplomáticas entre ellos.

La inspección en la frontera era silenciosa, más de lo esperado. La niebla cubría todos los alrededores, los aislaba. Ash caminaba con la mano muy cerca de su arma, preparado para desenfundarla en cualquier momento, siempre alerta, caso contrario a Juan, este se encontraba saltando y riendo entre los troncos caídos.

—¡Ten cuidado Juan!—

Justo en ese momento, el castaño se distrajo con la voz grave del líder, una de sus botas resbaló a causa del musgo que cubría una parte del tronco. Antes de que su cuerpo tocará el suelo, Ash lo atrapó por la cintura, el menor se aferró al cuello del mayor para no caer.

—Sabía que me atraparías—

Juan soltó una risa baja, fresca, espontánea como él mismo. Ash lo miró con intensidad, pero no como un líder, sino como si estuviera admirando a una deidad.

—Siempre—

Respondió con calma. El impulso aún seguía entre ellos, ninguno se quería dejar ir. La risa se le congeló a Juan al ver la mirada intensa y cargada de deseo que el oji violeta le proporcionaba. Estaban solos entre aquella densa e inmensa niebla.

Aunque Ash temblaba por dentro, mantuvo firme su agarre, nuevamente dejándose llevar por sus impulsos comenzó a inclinarse centímetro a centímetro hacía esos labios que siempre parecían sonreír. Juan cerró sus ojos, disfrutando de cada latido acelerado que sentía en su interior. Ambos comenzaron a sentir los labios del otro tan cerca, era mágico, hasta que...

—¡Juan! ¡Ash!— 

El grito que Foolish y Tubbo dieron se escuchó tan fuerte en su interior, sacándolos del momento tan íntimo, ambos se alejaron rápidamente, nuevamente sin besarse.

Las voces de los chicos empezaron a resonar con más cercanía, Ash nuevamente recobró su postura rígida. Notó como las siluetas de quienes gritaban ya empezaban a verse entre esa niebla, la privacidad se había esfumado. Se acercó con premura a su jefe de maquinaría y amigo, únicamente para saber el motivo de la urgencia.

Juan tan solo se abrazó a sí mismo, sintiendo todavía el calor de los brazos de Ash. Un suspiro lleno de decepción salió de sus labios,con esta ocasión ya habían sido 3 veces donde casi se besan, era tan simple que solo juntaran sus labios, él solo quería que Ash lo besara, no podía ser tan difícil.

Foolish se acercó a su amigo con cautela, notando la desilusión que tenía encima.

—¿Todo bien?—

—Sí, supongo que sí—

Comenzó a caminar rumbo hacía las figuras de Ash y Tubbo, ignorando momentáneamente aquellas emociones. Aún tenía que planear la cena donde celebrarían las alianzas que han formado, Vegetta le había pedido que fuera un gran banquete, tenía que centrar su mente en eso, y no en que estuvieron a escasos centímetros de besarse.

Le llevó dos semanas lograr organizar la Gran Cena, ofrecida por el Norte. No fue nada fácil dedicarse a perfeccionar cada pequeño detalle, desde la comida, las invitaciones hechas a mano, la inversión en los trajes de alta costura. Todo bajo la estricta aprobación del Rey del Norte.

El día llegó, todos los príncipes se encontraban con un traje hecho a medida, totalmente pulcros, dando la bienvenida a las personas que llegaban. Los que se encargaban de la seguridad del lugar vestían un nuevo traje militar que había diseñado el Segundo al Mando Deluxe, la princesa del Norte portaba un vestido digno de realeza, el Rey resplandeciente como siempre, no dejaba nada a desear, acompañado del Segundo al Mando ++ él cuál también deslumbraba, incluso destacaban sus tonalidades doradas como el tótem que era.

Para la gran noche que tanto trabajo le llevó organizar, Juan optó por una elegancia que gritaba "Norte" sin perder su toque personal. Vestía una chaqueta de uniforme de corte impecable, teñida en un púrpura profundo que parecía terciopelo. La prenda lucía detalles asimétricos en lavanda y botones dorados que subían por el pecho, rematada por hombreras formales y un cordón de gala dorado cruzando el torso. Claramente sin dejar de lado su característica bandana, solo que esta vez de color morado, sus lentes habituales, su gracia y su espontaneidad de siempre.

Se encontraba al lado derecho del Rey, recibiendo con cortesía a los primeros en llegar, los Holandeses. Les invitó a pasar mientras que el príncipe Senpai les indicaba el camino rumbo al gran salón.

Cuando los miembros pertenecientes a la Cueva Polaca llegaron, les saludó con efusividad a la gran mayoría, la diplomacia con ellos terminaba siendo momentos llenos de risas. Los dejó a cargo del príncipe Roier para que este les mostrará los asientos que ocuparian.

Solo faltaba la facción con quienes alguna vez la guerra se desató, su postura volvió a ser firme, esperando su llegada. Tardaron un par de minutos pero al verlos subir por aquella gran escalera su corazón se aceleró al ver al oji violeta.

Ash, era una declaración andante del poder del Régimen. Su atuendo de gala era menos un uniforme y más una armadura de estatus. Predominaba un negro militar riguroso, adornado con pesadas hombreras y puños dorados recargados, que brillaban con la autoridad que poseía. Un drapeado de tela púrpura imperial caía por su brazo izquierdo, sujeto por una hebilla dorada.

Vegetta los recibió con su característico tono lleno de calidez, sin dejar de lado la firmeza que proporcionaba al ser el Rey del Norte. Él personalmente, iba a llevarlos al lugar de la reunión, sin embargo, la declaración de Ash dejó a la gran mayoría de los presentes sorprendidos.

—Rey Vegetta, personalmente me gustaría que quién nos dé el recorrido hasta el lugar de la celebración sea quién la organizó y quien nos invitó, Juan—

Un sonrojo inmediato atacó las mejillas del castaño, no obstante se obligó a regresar a la realidad, tenía un deber por cumplir. Aclaró su garganta con fuerza para comenzar a mostrar el camino, su andar era tranquilo, ligero. Conocía los pasillos de la gran mansión como la palma de su mano, él ayudó con la construcción. Una vez llegaron, se retiró inmediatamente ya que debía revisar que toda la Gran Cena saliera perfecta.

Después de un discurso de agradecimiento que Vegetta dió, la celebración comenzó, brindis por doquier, y el bullicio comenzó. La música empezó a vibrar a través de las grandes paredes de la mansión, no tardaron en llegar las risas compartidas entre la gran mayoría de los presentes.

A pesar de que todo salió bien, el anfitrión principal ya no se encontraba ahí. Había escapado hacía la azotea exterior, buscando algo de aire fresco que solo la noche le podía proporcionar.

Una persona se había percatado de la desaparición del castaño, de hecho lo había seguido en silencio, pasando desapercibido. Ash observó la silueta de Juan iluminada por la luz de la luna, este sostenía una copa con algún líquido, al acercarse con cautela notó los ojos castaños brillando de alegría, estaba seguro que le gustaba mucho el color castaño.

Juan al sentir la presencia del mayor tan solo le sonrió de forma tranquila, después tomó un trago de aquél gran licor, una pequeña gota brilló bajo la comisura de su labio, aunque no se percató de ello.

Ash lo notó sin problemas, con una audacia que desafiaba todo su ser, extendió la mano, sus dedos que usualmente eran firmes y distantes, buscaron la piel blanquecina del menor. Con una suavidad que sólo se permitía con él, deslizó la yema de su pulgar por el labio inferior de Juan para limpiar la gota.

Ese roce sútil fue el detonante. Un gesto tan personal, demasiado real, terminó derrumbando el muro de hielo que el oji violeta intentaba mantener. Al sentir la calidez de Juan bajo su dedo, la firmeza del líder, su autocontrol y sus semanas donde fingía contención, se desmoronaron en un segundo. Volvió a perder su juicio, tomó con una urgencia feroz la nuca de Juan, enredando los dedos entre sus cabellos con desesperación, lo atrajo hacia sí, la poca distancia que había era escasa. Estaban atrapados en esa atmósfera donde el tiempo parecía agotarse de golpe, podían sentir la respiración del otro, también apreciar el aroma del dulce licor que ambos ingirieron.

Juan sintió como su corazón lo golpeaba con fuerza en el pecho, sus mejillas se encontraban totalmente coloradas, se aferró con firmeza a los hombros de Ash, sentía que esta sería la ocasión. Sabía que en cualquier momento los fuegos artificiales comenzarían, era una bomba de tiempo.

—Bésame, bésame antes de que todos se den cuenta—

Susurró en un ruego desesperado, gracias a la valentía que la bebida embriagante le proporcionó. Esta vez ambos cerraron los ojos disfrutando, inclinándose, listos para rendirse por completo a la boca del otro, hasta que un destello carmesí iluminó la oscuridad del cielo nocturno.

Habían comenzado el show de fuegos artificiales, por un momento Juan creyó que el mayor no entraría en pánico y lo besaría. Error. Empezaron a escuchar el eco de los pasos apresurados, voces de sus conocidos comenzaron a resonar con fuerza desde las escaleras, estaban subiendo a la azotea para admirar el espectáculo de luces.

Ash sintió que sus acciones ardían, por lo que soltó la nuca del menor, dando un paso atrás. Sus ojos se fijaron en él, por primera vez mostró en su rostro una mezcla de culpa y de deseo, no quería dejarlo ir, pero el deber militar era más importante. Volvió a recuperar su frialdad habitual.

—Tengo que irme—

Dijo el oji violeta, con la voz áspera, apenas un hilo de sonido que costaba reconocer. No dió tiempo para que Juan respondiera, esta vez sabía que fue el miedo a ser descubierto lo que evitó aquel gran beso que tanto había fantaseado. Se giró sobre sí mismo rumbo a la entrada de la azotea, haría creer a sus allegados que se perdió entre los pasillos de la gran mansión, para que nadie sospechara jamás que estuvo a solas con el Segundo al Mando Deluxe del Norte.

Juan por su lado, se quedó de pie en medio de la terraza, que por primera vez sentía que era pequeña, su rostro iluminado por los colores del cielo reflejaba una frustración absoluta. La melancolía que sintió por el fantasma del calor de Ash se transformó en una opresión en el pecho. Estaba harto. Harto de las interrupciones que los obligaban a separarse, harto de sus compañeros, pero sobre todo, estaba harto del oji violeta, harto de que a pesar de todo siempre se quedaba a las puertas de besarlo. ¿Cuándo sería el día que lo eligiera a él?.

Esa misma noche sus pensamientos fueron muy claros, necesitaba un lugar para escapar. Un lugar para centrar su mente y sus pensamientos, no quería deprimirse nuevamente por un tema amoroso. Delegó algunas responsabilidades del Norte para poder tener tiempo libre y se marchó al spawn, con sus pocos ahorros compró un pequeño local en el centro de la isla, armaría su propio negocio.

Mientras los días pasaban centraba su mente solo en la remodelación de la tienda, claramente también estaba ignorando los mensajes que el piel ceniza le mandaba.

Necesitaba aire, necesitaba distancia, y sobre todo, necesitaba plasmar toda esa frustración acumulada en un lienzo. Las semanas pasaron, y el silencio entre los dos se volvió un abismo incómodo. Juan se había jurado a sí mismo que no volvería a buscarlo.

"Pronta inauguración de MiArte by Juan Qubito"

Esparció la publicidad de su tienda por toda la isla, y aunque su corazón quería invitar personalmente a la persona de la que estaba enamorado, aún seguía molesto con él.

La noche previa a la inauguración de su taller, cuando llegó al local para organizar los últimos detalles, encontró en la entrada un pequeño paquete envuelto en tela oscura, cómo si fuera un secreto, lo tomó con cuidado, acercándose sin prisa al mostrador para poder destaparlo con calma.

Cuando se dió el tiempo de abrirlo, se encontró con un juego de pinceles profesionales de cerdas finas y mangos de madera oscura pulida, las mejores herramientas que como artista podía tener, eran caras, pero alguien se había tomado la molestia de darle aquel regalo. 

Justo alrededor del juego de pinceles, estaba atada una nota de papel grueso con un cordón sencillo de tonalidades moradas. Conocía de primera instancia el material, más veces de las que podía contar recibió acuerdos para firmar provenientes de ahí, se memorizó la textura del papel que fabricaba el Régimen, ya sabía de quién se trataba.

"Sé que las palabras no borran lo que sucedió esa noche de la Gran cena, ni la forma en que te dejé solo cuando debí quedarme. No pretendo que esto arregle todo, pero espero que este regalo te ayude en algo. Perdóname."

Juan apretó la nota entre sus manos, sintiendo como la molestia dentro suyo comenzaba a agrietarse ante el peso de los pinceles. Intentó convencerse de que un bonito regalo no cambiaba el hecho de que Ash seguía atrapado en su fachada de "Líder perfecto", pero el gesto ya había logrado calar hondo.

El día de la inauguración llegó, no quería hacer un gran show para que fuesen a comprarle comisiones de arte, tan solo abrió la puerta, en algún momento alguien llegaría. El pequeño local en el centro de la isla olía a madera, óleos y café. Las paredes de ladrillo estaban coloridas gracias a unos lienzos que colgó. Logró construir un refugio propio, donde el peso del Norte no existía, donde los problemas con Ash pasaban a segundo plano, era un espacio lleno de luz, música suave y plantas decorativas.

Detrás del mostrador de madera, se encontraba un armario empotrado con las repisas abiertas. Juan estaba concentrado allí, dándole la espalda a la entrada mientras acomodaba con extremo cuidado aquellos pinceles profesionales que había recibido la noche anterior. Deslizó con cuidado las yemas de sus dedos por los mangos de madera, sintiendo un vuelco en el estómago al recordar las palabras de la nota. Los colocó justo en la repisa central, mientras tarareaba una melodía alegre para ahuyentar los pensamientos que lo ligaban al oji violeta.

Justo cuando acomodaba el último pincel en su sitio, la campana de la entrada tintineo con un eco metálico. Una sonrisa inmediata se posó en su rostro, se dió la vuelta con ligereza para dar la bienvenida a quién esperaba fuera su primer cliente del día. Sin embargo, las palabras se le atoraron en la garganta, se congeló por completo abriendo paso a un intenso e involuntario sonrojo que le tiñó las mejillas.

Era Ash.

El oji violeta vestía, (según Juan), ropas civiles por primera vez, una chaqueta oscura y sencilla que lo hacía ver diferente, menos inalcanzable, aunque aún mantenía su postura firme y esa mirada directa que siempre aceleraba su pulso. El hombre que la noche anterior le había mandado una disculpa escrita a escondidas, ahora estaba ahí, de pie en su tienda, rompiendo todas las distancias.

Un silencio espeso y pesado se instaló de inmediato en el taller, rompiendo toda la paz del lugar. Ash se quedó estático, sosteniendo la mirada. El recuerdo de la azotea flotaba entre los dos como si de una barrera invisible se tratase, la herida enorme que dejó la ausencia del mayor resonaba en todo el interior de Juan, y la culpa resonaba dentro del piel ceniza.

El de mayor altura avanzó un par de pasos lentos, rompiendo la quietud. Sus ojos bajaron por un segundo hacia el armario detrás del mostrador y se detuvieron justo en la repisa central, notó que el juego de pinceles estaba ahí, perfectamente colocado con cuidado. Se dió cuenta que, a pesar de todo, aún no lo había perdido por completo, por lo que suavizó sus movimientos antes tensos.

Fue entonces cuando decidió romper el hielo.

—Parece que tengo el honor de ser tu primer cliente—

Dijo Ash, intentando sonar casual, aunque por dentro los nervios lo estaban torturando.

Juan le sostuvo la mirada al oji violeta por un par de segundos que se sintieron horas para ambos. El dolor aún seguía fresco, por lo que enderezó su postura y dejó salir un suspiro irónico, apoyó con cuidado sus brazos sobre el mostrador.

—Vaya... El líder supremo del Régimen está apoyando el arte local. Eso sí que es digno de noticia nacional—

Lo dijo, más sincero que de costumbre, la sonrisa en sus labios era ligera, pero sus ojos reflejaban un gran reproche afilado y acumulado. 

—Esta vez espero no me abandones—

Agregó en un susurró directo, frío y un tanto distante.

Aquello cayó como un balde de agua fría para el piel ceniza. Tensó los hombros de inmediato, la culpa, que había intentado esconder trás su fachada casual y tranquila, volvió a reflejarse en su rostro. 

El castaño, al ver el impacto de sus palabras ablandó un poco el gesto. No quería que se fuera, solo necesitaba dejar en claro que las cosas no se arreglaban tan fácil. Recuperó su frescura habitual, con el corazón latiendo fuertemente, le hizo una señal para que le siguiese al segundo piso, una vez ahí, señaló aquel sofá blanco.

—Siéntate ahí, más te vale no moverte—

Prácticamente el de gafas le estaba dando una orden, sin embargo, eso logró romper el ambiente denso.

—Voy a hacer un retrato tuyo antes de que cambies de opinión, o de que pienses que cobró muy caro—

Juan tomó su paleta de colores, un lápiz, y bajó corriendo por los pinceles. Comenzó a bocetar, trazar líneas finas, colores por doquier, manchandose en el proceso. Pasó casi una hora, el único sonido era el suave raspar del pincel contra el lienzo.

Aunque Ash se mantenía perfectamente inmóvil, sus ojos no se despegaban ni un segundo del castaño, logró apreciar como mordía su labio inferior al mezclar los colores en la paleta, incluso vió la ilusión en su rostro cada vez que lograba el trazo correcto.

—Terminé, ven a ver—

La voz de Juan lo sacó de sus pensamientos, se levantó con cuidado y estiró un poco su cuerpo debido al entumecimiento, se acercó a él sin prisa. En el lienzo, no existía un líder frío y severo como todos conocían, había retratado la mirada cálida y suave que solo le mostraba cuando estaban a solas.

—Juan... Esto es...—

Se quedó sin palabras, era una obra digna de un artista mundial. Se giró hacia Juan, quedando a centímetros de distancia. 

La atmósfera de la tienda se volvió densa en un segundo, cargada con el peso de todo lo que se había guardado desde el búnker, la antesala, en el bosque y por supuesto en la Gran cena. Esta vez no había nada ni nadie que los pudiera interrumpir, solo estaban ellos dos.

Juan miró fijamente los labios de Ash, dió un paso al frente, eliminando cualquier rastro de espacio. Su mano, que aún estaba manchada de pintura morada, subió lentamente por la chaqueta del mayor hasta posarse en la calidez de su cuello. Al sentir el tacto reconfortante de sus dedos, el piel ceniza perdió la poca rigidez que aún tenía, exhaló un suspiro tembloroso tomándolo de la cintura con una urgencia feroz que le quemaba el pecho.

Sus respiraciones se mezclaron, el ambiente se tornó cálido. Sus labios se rozaron apenas, la electricidad que les provocó recorrió todo su cuerpo, el contacto fue efímero y desesperado. Ojos cerrados, entregados completamente al otro, con el corazón latiendo desbocado, y listos, por fin, para dar ese paso que lo cambiaría todo... Un beso.

 

Tan simple como eso.

Tan simple como un beso.

Todo puede cambiar.

Todo puede arreglar.

Notes:

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